Entrevista a Ibon Cormenzana y Manuela Vellés, director y actriz de la película «Cuatro paredes», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el viernes 25 de abril de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ibon Cormenzana y Manuela Vellés, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Ken Scott, director de la película «Érase una vez mi madre», en el hall del Hotel Seventy en Barcelona, el miércoles 28 de mayo de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ken Scott, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Marien Piniés de A Contracorriente Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El amor de una madre por un hijo no se puede comparar con ninguna otra cosa en el mundo. No conoce ley ni piedad, se atreve a todo y aplasta cuanto se le opone”.
Agatha Christie
Si pensamos en madres coraje nos vienen a la memoria Maddalena Cecconi, el personaje que hacía la gran Anna Magnani en Bellísima (1951), de Luchino Visconti, y también, Cesira que componía la otra grande Sophia Loren en La ciociara (1960), de De Sica. Dos madres imperfectas. Dos madres corajudas. Dos madres luchadoras. Dos madres que pelean contra molinos-gigantes como hacía aquel hidalgo, con el propósito de conseguir que sus vástagos lleguen donde se proponen por muchos obstáculos y males en su contra. A este dúo podríamos incluir sin ningún género de dudas a Esther Pérez, la madre que protagoniza Érase una vez mi madre (en el original, Ma Mère, Dieu et Sylvie Vartan), el séptimo largometraje de Ken Scott (Quebec, Canadá, 1970), que muchos recordarán su gran éxito con De la India a París en un armario de Ikea (2018). En su nueva película, basada en la novela homónima de Roland Pérez, la citada Esther se enfrenta a que, su sexto hijo, Roland, naze con una malformación en un pie en el París de los sesenta, y ella, tozuda como una mula, se niegue a aceptar la incapacidad del niño y agarrada a su convicción, su esperanza y una voluntad de hierro luche contra viento y marea para cambiar el destino de su hijo.
Como en sus anteriores trabajos, el director canadiense construye una interesante mezcla de drama, comedia, con toques de costumbrismo y social con un tratamiento de fábula al mejor estilo de películas como Amélie y Big Fish, donde recorremos la infancia de Roland en su peregrinaje con médicos, especialistas y vendedores de elixires que lo tratan y le ofrecen una salida de discapacitado. La madre erre que erre y seguirá consultando con otros y otras para que el sueño de ser alguien normal para su hijo se haga realidad. La gran valedora y sostenedora de este cuento de hadas no es otra que Leïla Bekhti, la gran actriz que recordamos por su participación en película como Un amor tranquilo, de Lafosse, y Querida desconocida, de Bureau y la más reciente Maria Montessori, de Todorov, compone una extraordinaria Esther Pérez pasando por medio siglo de una vida siendo esa madre protectora, torpe, valiente, sagaz y sobre todo, amorosa, quizás demasiado, con su Roland. Una interpretación que mantiene a flote la película porque hace lo difícil de forma muy natural y transparente, nada impostado, creando una mujer y madre de verdad, que no se arruga ante la adversidad y sigue pa’lante.
Hay que hacer mención a los técnicos que acompañan a Scott como dos de sus habituales que les han acompañado en cuatro películas como son el editor Yvann Thibaudeau, con casi tres décadas de carrera con más de 70 títulos en su filmografía, y el músico Nicolas Errèra, en medio centenar de películas, amén de tener en su haber los nombres de Larry Yang, Frédèric Jardin y Patrick Timist. Y la presencia del cinematógrafo Guillaume Schiffman, también con más de 50 películas entre las que destacan títulos de Claude Miller, Michel Hazanavicius, Emmanuel Bercot y Martin Provost. Y otro editor Dorian Rigal-Ansous, que ha estado en 8 películas del famoso dúo de directores Olivier Nakache y Eric Toledano, que muchos recordarán por su popular Intocable. Todos ellos realizan un gran trabajo, al igual que los equipos de arte, caracterización y vestuario para hacer creíble aquellos sesenta tan convulsos y domésticos, donde se reflejan los pequeños detalles de toda una época y su característica forma de vivir, vestir y hacer. Sin olvidar, por supuesto, las canciones de Sylvie Vartan, tan importantes en la vida del pequeño Roland, ya sabrán porque les menciono. Unos temas que le dan calidez, paz y esperanza a Roland, a Esther y la familia.
Acompana a Bekhti la presencia de Jonathan Coen, siendo Roland de adulto, que hemos visto hace poco siendo uno de los Dalís de Daaaaaalí!, del inconfundible Dupieux, la citada Bartan que hace de sí misma como no podía ser de otra forma, y la impertinente Madame Fleury que hace Jeanne Balibar, una especie de ogro en este cuento atemporal, sensible y esperanzador, que mientras te van contando el drama de un niño que debe arrastrarse por su piso y ser llevado en brazos por una madre que no se detendrá ante el destino que le anticipan los doctores a su hijo. Érase una vez mi madre es el relato de un niño, ya adulto, que nos cuenta su vida, y sobre todo, la relación con su madre. Una señora Pérez demasiado protectora, demasiado presente, pero ante todo, demasiado en todos los sentidos, para bien y para mal. Se puede ver la película como una historia lo que significa ser madre y también, ser hijo, dentro de las torpezas e imperfecciones de una y otro, porque lo que es este historia es el relato de unas personas de verdad, que aciertan e hierran a partes iguales, y consigue emocionarnos con una película pequeña, de unos inmigrantes en el París de los años sesenta, porque mientras unos querían cambiar el orden imperante y establecido, otros, como la señora Pérez se obstinaba en cambiar su mundo escenificado por su pequeño Roland. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Belén Funes, directora de la película «Los tortuga», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 30 de abril de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Belén Funes, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“No hace tanto tiempo, en este mismo barrio, la felicidad era también una manera de resistir”.
Almudena Grandes
Con La hija de un ladrón (2019), de Belén Funes (Barcelona, 1984), que seguía el coraje de Sara, una joven madre de 22 años que intentaba vivir dignamente, que se basaba en el personaje de su aplaudido cortometraje Sara a la fuga (2015). Una película que demostró la enorme capacidad de la cineasta que creció en Ripollet, haciendo un cine social y político y situándonos en lo más profundo de la periferia y de las gentes que vivían en ella. Con su segundo largometraje Los tortuga, sigue escarbando los espacios y los sentimientos que subyacen en los territorios del contorno de las ciudades, esos lugares amenazados de desahucios, con individuos en constante peligro, con viviendas precarias y trabajos que penden de un hilo muy fino, casi invisible. Vidas de prestado, como alguien las llamó. No vidas que se mueven entre nosotros, con sueños e ilusiones como nosotros, pero al borde del abismo cómo podemos acabar nosotros.
Con la ayuda en el guion de Marçal Cebrián, como ocurrió en las anteriores citadas, construyen sus “tortugas” (con la mítica fotografía de Miserachs de 1962 que aparece en la película), a partir de la joven Anabel, que no está muy lejos de la mencionada Sara, que con 18 tacos estudia cine y echa de menos al padre muerto. Vive junto a Delia, su madre que conduce un taxista por la noche y hace lo que puede para que su primogénita siga materializando su sueño. Pasan sus vidas así, y visitando a la familia jienense del padre y pensándolo a través de los olvidos que le legó a Anabel, como nos deja claro la secuencia que abre la película que, de un modo plenamente documental, asistimos a la recogida de olivas por parte de toda la familia. Funes sitúa el foco en los interiores, tanto físicos como emocionales, que recorren las existencias de madre e hija, otra vez en un conflicto maternofilial, como sucedía en la citada La hija de un ladrón, que era entre padre e hijo, sobre todo, planta su mirada en todos esos tiempos muertos o silenciosos en los que sus personajes están pensando o simplemente recogiéndose en sí mismos, o en compañía hablando de lo difícil que está todo, de las pocas oportunidades para los jóvenes y para todos y todas, pero no cae en el pesimismo, sino en pequeñas y leves esperanzas que van apareciendo a golpes de codo, con muchas dificultades, pero que luchan por hacerse un pequeño hueco.
Como ocurría en su anterior largometraje, el equipo técnico brilla con soltura y se acoge a ese cine sobre las intermitencias y las oscuridades cotidianas. Tenemos a Diego Cabezas, que coincidió con Funes en la serie La ruta, con una cinematografía que consigue una imagen de “verdad”, es decir, un encuadre que sigue con intensidad las vidas agitadas de las dos mujeres, sin caer en positivismos de pandereta ni en estúpidas proclamas sobre la valentía de escaparate y demás banalidades. La música de Paloma Peñarrubia, que hemos escuchado hace poco en películas como ¡Que caigan las rosas blancas!, de Carri, y Caja de resistencia, de Alvarado y Barquero, que ayuda a acompañar con honestidad y sencillez las vicisitudes de las protagonistas. El montaje conciso y magnífico de un grande como Sergio Jiménez que, en sus 109 minutos de metraje, nos da espacio para reflexionar sobre lo que sucede, tanto lo que vemos como lo que se guardan los personajes, unas almas en continua agitación, encarceladas en unas vidas duras y nada complacientes, además, de pasar un duelo que está siendo peor de lo que imaginaban, porque cada una hace y huye de la empatía necesaria para ayudarse y ayudar a la otra.
En el aspecto interpretativo, Funes vuelve a elegir un gran reparto encabezado por la debutante Elvira Lara interpretando una natural y sublime Anabel, siguiendo la estela de Dunia Mourad de Sara a la fuga y de Greta Fernández de La hija de un ladrón. Una mirada profunda y real que traspasa la pantalla, tanto cuando sonríe como cuando la vida se pone cabrona. Una gran elección que deseamos que siga llenando su talento en próximas películas. Le acompaña Antonia Zegers haciendo de una madre cansada, con poca vida y mucho menos feliz, con su taxi a cuestas como los “tortuga” con sus cosas. La actriz chilena de la que hemos disfrutado en muchas obras, consigue esa cercanía y la complejidad que respiran tanto ella como la complicada relación con su hija y los familiares de su marido ausente. Destacamos la presencia de Mamen Camacho que, algunos espectadores reconocerán como integrante del reparto de la serie diaria Servir y proteger, crea uno de esos personajes-puente, cuñada y tía de las protas, que sabe y hace todo para generar esa unión que parece algo rota. Bianca Kovacs es una vecina rumana que también lucha como puede para seguir, y Sebastián Haro, un actor de raza andaluz visto en mil y una. Y luego una retahíla de intérpretes naturales que forman la familia jienense.
Volvemos a aplaudir con fuerza la honestidad y el humanismo que destila cada imagen que vemos en Los tortuga, porque es un cine de aquí y ahora, centrado en las gentes de la periferia, esa que está ahí sin que nadie les haga ni puto caso. Un cine bien hecho, un cine social y política, insistimos ya que en este país se ve bien poco, y además contado con sutileza, con fuerza y valentía, deteniéndose en los problemas reales como la falta de una vivienda digna y un trabajo sólido y duradero. Belén Funes vuelve a mirar hacia adentro, su padre jienense que vino a Barcelona siendo un tortuga más, y ella, hija de la periferia que estudió cine como la mencionada Anabel, donde el cine y la vida actúan como espejo-reflejo como medio para reflexionar sobre lo que nos sucede y cómo se cuenta con una cámara y unos intérpretes en esos viajes de ida y vuelta entre un pueblo de Jaén y la urbe barcelonesa, tanto monta monta tanto, donde parece que todo no se va nunca y las cosas suceden en un bucle viciado y triste. Corran a ver la película de Funes, porque muchos se van a ver muy reflejados, porque antes o después se verán envueltos en alguna de las situaciones emocionales de las que profundiza la cinta, y si no al tiempo, por eso es bueno estar preparados y seguir pa’lante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Riccardo Milani, director de la película «Bienvenido a la montaña (Un mondo a parte)», en el marco de la Mostra de Cinema Italià de Barcelona, en el hall del Hotel Condes en Barcelona, el viernes 13 de diciembre de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Riccardo Milani, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano”.
George Orwell
Esta es la historia de Michele, un maestro cansado y amargado que lleva demasiado tiempo intentando enseñar en la jungla romana. Un día, le llega la gran noticia. Su traslado se ha hecho efectivo y coge el coche y se va al Instituto Cesidio Gentile, conocido como “Jurico”, en la pequeña localidad de Rupe con 378 habitantes, en el corazón de los Abruzos, en uno de esos pequeños pueblos rodeados de montañas y nieve. En ese recóndito y aislado lugar, Michele empezará de nuevo y a reencontrarse con el maestro que ya ha olvidado. Allí se encuentra con otra realidad, la adaptación no es fácil, y encima, el Instituto amenaza cierre por falta de nuevos alumnos. Agnese, la directora del centro le enseñará otra forma de vivir, de enseñar y de hacer comunidad. En Bienvenido a la montaña (“Un mondo a parte”, en el original), de Riccardo Milani (Roma, Italia, 1958) con una trayectoria que abarca los 12 largometrajes, unas cuántas series y algún que otro documental, se ha especializado en comedias divertidas que sacuden las convencionalidades en las que vivimos en un tono ligero y punzante, en la que ha tenido grandes éxitos como Mamá o Papá y Cómo pez fuera del agua, ambas de 2017, protagonizadas por el dúo Paola Cortellesi y Antonio Albanese, el Michele de la que nos ocupa.
La historia gira en torno en los valores perdidos por la urbe como el contacto con el otro, la naturaleza y su observación y preservación, así como el respeto de su fauna salvaje, la cooperación como mejor arma contra las adversidades, y sobre todo, la enseñanza como vehículo de comunidad y de aprender desde la base, desde los problemas cotidianos y no dejar de ser un profesor que enseña sino uno más que aprende, vive y lucha por los demás y por sí mismo. El tono ligero de la película ayuda a encontrar este interesante cruce que va desde la comedia y lo social, a partir de una posición donde prevalece lo humano a lo mercantil, sin lanzar proclamas ni nada por el estilo, sino construyendo relaciones humanas y conflictos cotidianos y reales que pasan en muchos lados en relación a las escuelas rurales por falta de habitantes en las zonas y por ende, de nuevos alumnos. Milani construye una historia pequeña pero que puede ocurrir en cualquier lugar, muy local y general a la vez, sin tiempo, mezclando con inteligencia los momentos divertidos, muy a lo Buster Keaton que padece el recién llegado y otras situaciones, más sociales que generan “el problema”.
El director romano ha mantenido en la totalidad de su filmografía una constante fidelidad en relación a sus colaboradores como demuestran los nombres que componen el equipo de Bienvenido a la montaña, repleto de amigos y cómplices técnicos como el músico Piernicola Di Muro, con el que ha hecho dos series y Rodando hacia ti (2022). El cinematógrafo Saverio Guarna, con el que ha trabajado en 14 títulos entre películas y series, amén de una película con el gran Mario Monicelli. La pareja de montadores Patricia Ceresani con 12 y Francesco Renda con 8. Lo mismo pasa con el reparto encabezado por el mencionado Antonio Albanese, que da vida al “despertado” Michele, 6 títulos con Milani, amén de haber dirigido 5 películas, en una carrera al lado de grandes cineastas como los hermanos Taviani, Pupi Avati, Gianni Amelio, Woody Allen, entre otros. A su lado, Virginia Rafaele como Agnese, que debuta en el universo del director italiano, componiendo un personaje en constante lucha, contra sí misma, con su marido ausente y la escuela que tanto ama, una actriz vista en comedias al lado de directores como Veronesi, Brizzi y De Luigi, entre otros. Amén de la mayoría del elenco compuesto por lugareños de la zona, tanto de niños como adultos.
La película Bienvenido a la montaña, de Riccardo Milani podrá gustar más o menos a los espectadores que se acerquen a ella. Lo que sí tiene, y eso no podrá discutirlo nadie, es su honestidad y su voluntad de hablar de temas serios y reales, eso sí, sin ponerse trascendente, o no haciéndolo sin esperanza, sino con la idea que las cosas pueden cambiar, aunque sean desde un lugar tan apartado, casi invisible e inexistente para los problemas de las grandes urbes. Porque lo que nos cuenta una película como esta es que cuando pierdes tu identidad y el amor a un oficio como el de enseñar, quizás lo recuperas o al menos, lo ves desde otra prisma en un lugar perdido entre montañas que, en invierno se aísla por la nieve y en verano es inaguantable por el calor que hacer. Si, en ese inhóspito y difícil lugar, ya no sólo para vivir sino para ejercer tu profesión, las cosas que van más lentas se ven y sobre todo, se miran y se observan de otra forma, quizás la forma que necesitabas para volver a mirar y vivir todas esas cosas que ya no miras: como a ti mismo, a los demás y a tu entorno, un mundo a descubrir y sentir que te haga despertar y cambiar de sentido y de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La sordera es más que un diagnóstico médico; es un fenómeno cultural en que se unen inseparablemente, pautas y problemas sociales, emotivos y lingüísticos”.
Hilde Schlesinger y Kathryn Meadow
Primero fue un cortometraje de 18 minutos de título Sorda, codirigido por Eva Libertad (Molina de Segura, Murcia, 1978) y Nuria Muñoz, con la que codirigió tres trabajos en total, y protagonizado por Miriam Garlo, hermana de Eva, y filmado en 2021, que pasó por más de 110 festivales y cosechó más de 60 premios, donde se exponían las dificultades de una joven sorda que quería ser madre en un mundo hecho para oyentes. Cuatro años después, nos llega el largometraje que conserva el mismo título y profundiza en todos los desafíos y muros a los que debe enfrentarse Ángela, una sorda que es madre junto a su pareja oyente Héctor. Alejándose totalmente del victimismo y la condescendencia, Libertad que dirige en solitario, traza un sensible e íntimo relato en el que no quiere abanderar ninguna causa, sino, de un modo relajado y tranquilo exponer las diferencias y los conflictos que surgen en cualquier pareja que acaban de ser padres, y además, con el añadido que la madre es sorda y debe lidiar con una sociedad por y para los oyentes.
En el primer tramo de la película vemos una vida compartida y acompañada entre Ángela y Héctor, en la que reina la armonía, la comprensión y la mirada cómplice y el amor entre los dos. Se producen las visitas de los padres de ella, tan temerosos por su hija, y aún más, cuando descubren que será madre. La complicidad de Ángela con los demás sordos/as donde todo es comunicación, comprensión y alegría y luego, están los amigos de él, donde Ángela puede ser una más con sus pequeñas dificultades. La segunda parte, cuando son padres, la historia vira a los conflictos que van surgiendo donde ella se siente desplazada y busca refugio en los demás sordos. La película explica con detalle y sobriedad todos los pequeños conflictos que se van produciendo, y lo hace con total claridad y transparencia, donde observamos los muros cotidianos, esos que se van creando casi sin darnos cuenta, donde lo que vemos “normal” es completamente dificultoso para alguien que es sordo. Pero, la directora murciana se destapa en su ópera prima con una valentía e inteligencia que hace que su película encuentre en las diferencias su mejor virtud, porque las acoge y no da soluciones, sino que las describe minuciosamente y expone los hechos que luego deberán ser lidiados por los personajes, tan cercanos como de verdad.
La luz cálida y mediterránea que desprende toda la película, a pesar de los nubarrones emocionales que van cayendo sobre la relación de los principales protagonistas, ayuda a tener ese tiempo de reflexión que propone la película, en un gran trabajo de la cinematógrafa Gina Ferrer, de la que conocemos sus trabajos con Juan Miguel del Castillo, Estibaliz Urresola, Pau Calpe y la reciente Bodegón con fantasmas, de Enrique Buleo, entre otras. La interesante y profunda música de una especialista en la materia como Aranzázu Calleja, que tiene en su haber a cineastas como Borja Cobeaga, Galder Gaztelu-Urrutia, Alauda Ruiz de Azúa y los Moriarti, dando esos toques leves de negrura en el interior de los personajes, sin poner el acento, con tremenda sutileza. El montaje de una grande como Marta Velasco, habitual de los Trueba, los Javis, Agustín Díaz Yanes y algunos más que, con sus 99 minutos de metraje el tempo va in crescendo, de forma reposada, sin aspavientos ni prisas, con sencillez y cercanía para entender todos los conflictos tanto internos como externos, manejando con sabiduría todos los instantes sin caer en ningún momento en el victimismo o cosas por el estilo.
La maravillosa pareja protagonista es capital en Sorda, porque tenemos a Miriam Garlo y Álvaro Cervantes, que saben transmitir toda la ternura, compañía y amor de una pareja que han vencido las diferencias y viven con cariño e intimidad. La llegada de su hija los trasbalsa como sucedería con cualquier pareja en la que los dos fueran oyentes. Sus dificultades nacen con las relaciones sociales de un mundo oyente que tiene poca empatía con los sordos y ahí es donde la película coge un vuelo magnífico porque saca a relucir todas las diferencias, conflictos y muros tanto de la pareja como de su entorno, y la posición de la película es extraordinaria porque no se deja de las consignas, banderas y demás estupideces, y saca toda su humanidad para hablarnos de temas tan candentes y cuestiones que desafían el amor de la pareja y su propia paternidad y maternidad. Los dos intérpretes están sublimes, porque lo hacen todo muy fácil, a pesar de la complejidad que va adquiriendo la historia con las distancias que se van generando. Los estupendos Elena Irureta y Joaquín Notario son los padres de Ángela que, saben transmitir todos los miedos que tienen acerca de su hijo, y por ende, mucha de la visión de los oyentes hacía los sordos.
Lo que deja claro una película como Sorda es que todos deberíamos aprender el lenguaje de signos, y no por ayudar a los sordos, que sí, sino también para ayudarnos a nosotros, para no olvidarnos de los que viven de otra forma, y sobre todo, para empatizar con todos ellos. Una lengua que debería ser obligatoria para todos en la enseñanza pública, porque nos ayudaría a entender nuestra sociedad, todas sus diferencias, diversidades y problemas. Hemos de agradecer a Eva Libertad que haya hecho una película como ésta, una película que aborda los conflictos desde una complejidad diferente y nada complaciente, sino todo lo contrario, explorando los recovecos y los espacios que se originan en la relación que vemos en la cinta. Hay algunas películas que habían tratado las tremendas dificultades de los sordos como El milagro de Ana Sullivan (1962), de Arthur Penn o Hijos de un dios menor (1986), de Randa Haines, entre muchas otras, pero hasta ahora nadie había tratado esos primeros meses de una madre sorda y las complicaciones que surgen para una madre que hace lo imposible por aceptar y adaptarse y en cambio, la sociedad, tan ensimismada en mirarse a sí misma y nada afuera, y se muestra incapaz incapaz de mirar y empatizar con el otro, y en este caso, con las personas sordas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real”.
Jorge Luis Borges
Descubrí el mundo de Quentin Dupieux (París, Francia, 1974), con la película Mandíbulas (2020), la extraña aventura de dos fumaos que encuentran a una araña gigante y deciden adiestrarla para ganarse la vida con ella. Una comedia diferente, alocada y tremendamente absurda que me sacó varias carcajadas, momentos llenos de ternura y sobre todo, una radiografía irreverente y nada complaciente del estado actual de las cosas y de la estupidez de la sociedad en la que vivimos. El entusiasmo por su cine me llevó a recuperar un par de títulos que encontré en la imperdible Filmin. Au poste¡ (2018) y Le Daim(2019), sendos policíacos disparatados en los que se burlaba de esos aparentemente sofisticados y pulcros thriller estadounidenses tan elegantes como vacíos de contenido. De los 12 títulos hasta la fecha del director francés, desde su debut con Steak (2007), la cosa va de comedias muy absurdas donde nada ni nadie hace algo con sentido, en las que se lanzan críticas para reírse de todo y de todos, siempre usando un tono punzante y directo.
Sus tres últimas películas son Daaaaaalí¡ (2023), en la que una reportera intenta inútilmente hacer una entrevista al pintor que se va desdoblando en múltiples clones que escenifican las diferentes etapas de su vida. Le siguió Yannick (2023), en la que un actor detenía la obra que estaba haciendo para retomar el control. Y la que nos ocupa El segundo acto (“Le deuxieme acte”, en el original), con sus 80 minutos de duración, acogiéndose a esa duración de hora y cuarto que tienen sus films. Tres obras en las que Dupieux da un paso hacía adelante en su carrera, es decir, introduce el elemento de la representación, a eso que llamamos realidad y ficción, los contradice, los contrapone y sobre todo, inventa y fabula en un interesante ejercicio de farsa o no, de realidad o no, y de ficción o no, dividido en tres actos bien diferenciados, de ahí su toque onírico con el título, donde dos parejas: la que forman dos amigos David y Willy que hablan en plano secuencia panorámico ya que David quiere que seduzca a Florence, la mujer con la que sale y que no le gusta. El diálogo velocísimo y descacharrante habla de esos temas tan en boga en la actualidad de la corrección política y de tolerar todo y a todos y caer en repetidas contradicciones y estupideces varias. En la segunda secuencia, rodada igual que la anterior, encontramos a Florence, la chica de la que David quiere deshacerse hablando con su padre. En la última, ya en el restaurante y los cuatro intérpretes se tropiezan con el camarero, en su debut como figurante, muerto de nervioso que no da una.
Tres instantes en los que la película rompe constantemente la cuarta pared de modo directo y frontal, donde se representa y nos representamos, en un continuo cruce de miradas, gestos e interpretaciones de aquello que llamamos realidad y ficción. Dupieux que se encarga de la cinematografía y el montaje, brilla de modo inteligente en su retrato al mundo superficial y falso del cine y sus personajes, como el padre, que pierde el culo ya que le ha llamado un famoso director de Hollywood, también se ríe del modelo de calco de cierto cine de autor tan manido como efectista, vacío en la forma y en su fondo, y todavía hay más, reírse de el significado de tanto cine y tan dramático como estúpido, y si alguien se daba por aludido, arremete contra los efectos de tolerar tantas extrañezas que finalmente habra que condenar al que no lo es. El director profundiza en cómo la sociedad ha entrado en una deriva de tontería sin fin, donde lo anormal es cada vez lo imperante, y sobre todo, atiza contra lo políticamente incorrecto que ya parece más correcto que lo correcto. Vuelve a retratar a una sociedad occidental a la deriva, llena de prejuicios y vanidades, donde lo importante es venderse y mercantilizar todo, en una carrera sin sentido donde todo vale para coronarse.
Destacar el magnífico reparto de la película, como suele ser marca de la casa en el cine del cineasta francés, donde encontramos a intérpretes de primer nivel de la cinematografía francesa. Tenemos a los dos amigos: Louis Garrel como David, que debuta en el universo de Dupieux, junto a Willy que hace Raphaël Quenard, en su tercera colaboración después de Mandíbulas y el protagonista en Yannick. Y el padre y la hija: Vincent Lindon y Léa Seidoux, ambos debutantes, y Manuel Guillot, el nervioso extra que tiembla como un flan. No desvelaremos el toque final que nos reserva bajo la manga el talento de Dupieux, que con El segundo acto se ha metido a jugar en una liga superior, porque sin dejar su humor grotesco, alocado y muy absurdo, se ha sumergido en la esencia del cine mismo, en sus innumerables cuestiones de sus diferentes formas de representación y en la investigación que existe en cada plano, encuadre, mirada y demás, eso sí, lanzando pullas por doquier, porque que sería la crítica siendo condescendiente con todos, por el contrario, si una se pone a tirar piedras, que sea a todo lo establecido, y más en el mundo del cine, donde hay muchos edificios inamovibles y donde todo acaba siendo tan efectivo como grotesco y las buenas intenciones siempre dan grima. Chapeau, Quentin! Pasen y disfruten. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La historia del toreo está ligada a la de España, tanto que, sin conocer la primera, resultará imposible comprender la segunda”.
José Ortega y Gasset
Los primeros instantes de Tardes de soledad, de Albert Serra (Banyoles, 1975), son realmente sobrecogedores, y lo son de una forma sencilla y nada complaciente, porque vemos a un toro que nos observa, en mitad de la oscuridad acompañado de un silencio sepulcral, sólo roto por su agitada respiración, que nos acompañará durante todo el metraje. La cámara lo filma y el toro se mueve y nos mira, sin nada más. Inmediatamente después vemos al torero Andrés Roca Rey, después de una corrida, cansado y exhausto. Ese hilo invisible o quizás, puente imaginario, en el que toro y torero comprenden una suerte de comunión que se escenifica en la plaza. Un encuentro lleno de desencuentros son los que filma la película que deja al público en off, fuera de campo, al que sólo escucharemos entre voces, gritos y demás. La cámara baja al ruedo y nunca mejor dicho, se posa junto al burladero, una cámara-Ozu, o lo que es lo mismo, un cuadro a la altura de lo que filma, donde nadie es más que nadie, donde la vida y la muerte penden de un hilo casi invisible.
Las imágenes de la película con su extrema cercanía no habían sido hasta ahora, nadie las había filmado de esa forma, y eso hace la obra de Serra, desde un ámbito cinematográfico como audaz, brillante y diferente. Estamos ante una cinta que se ejecuta a través de lo esencial: las corridas de toros y el antes y después de las mismas, casi en silencio, dejando que las cosas sucedan, eso sí, pero que sean filmadas de la mejor forma posible, sin perder esa conexión entre toro y torero, donde ellos son lo principal, son lo único, donde las imágenes trascienden hacia otra cosa, hacía algo en mitad de la belleza, el compromiso, la fe, el trabajo, el compañerismo, el miedo, el horror, la sangre y la muerte. Una película de pliegues, de retazos, de planos, de imágenes poderosas que se van juntando unas a otras en una ceremonia donde lo cotidiano y lo salvaje se confunden, se mezclan de una forma natural, sin estridencias ni artificios. Todo lo que vemos está ocurriendo en ese instante, sin trampa ni cartón, y el arte cinematográfico lo capta con la técnica más depurada e íntima para captar todo ese universo que existe entre toro y torero que la película capta en muchos instantes, donde el tiempo y contexto no existen, sólo las mutuas respiraciones y agitaciones de los dos mundos.
Una película de estas características tiene en la técnica un trabajo extraordinario donde cada elemento y detalle deben estar a la altura de todo aquello que se quiere capturar. El director de Banyoles vuelve a rodearse de grandes técnicos que llevan acompañándolo en su filmografía. Tenemos a Jordi Ribas en sonido, esencial en esta película, porque logra captar todos las respiraciones y sonidos de toro y torero, donde no hay apenas diálogos, si exceptuamos los pocos que escuchamos en el interior del automóvil que traslada a Andrés Roca Rey y su cuadrilla antes y después de las corridas, donde hay seriedad, mucha tensión y algo de humor. La cinematografía vuelve a correr de la mano de Artur Tort, acompañado de otros operadores como Christophe Farnarier, que hizo la fotografía de Honor de cavalleria (2006), e Ion de Sosa, director de Sueñan los androides (2014) y Mamántula (2023), entre otras, en un excelente trabajo donde se filma lo invisible, lo que no vemos y todo lo que vemos construyendo una traspasante intimidad que nos deja alucinados, en el que cada detalle está ahí, cada gesto y cada mirada, rodeados de una tensión brutal y donde la sangre tiñe cada encuadre y cada plano. La exquisita música de Marc Verdaguer, que logra fusionar lo real con lo imaginario y la belleza con el horror. El montaje que firman el citado Tort y el propio director nos sitúa en el centro de todo, entre toro y torero, siendo testigos de esta experiencia, con esos encuadres en los hoteles donde se viste y el magnífico encuadre fijo en el interior del coche que se va repitiendo en sus demoledores 126 minutos de duración.
La generosidad del torero Andrés Roca Rey y su cuadrilla han sido vitales para la producción de la película, porque abren su vida y su toreo al servicio del cine, abriendo su alma y dejándonos entrar en ese coto tan cerrado y atávico que es el mundo de los toros, construyendo unas imágenes antes imaginadas y nunca vistas y mucho menos como las que muestra la película. Una experiencia que estaría cerca de aquella otra, más de medio siglo atrás, de Lejos de los árboles (1972), de Jacinto Esteva, en otro contexto y circunstancia, claro está, pero filmando de una forma donde lo importante es traspasar la pantalla y compartir con los espectadores esa experiencia salvaje y diferente de una forma clara, sincera y directa. La película quiere llegar al alma de las corridas de toros, todo lo que se genera a su alrededor y todo lo que transita por ese universo, pero no haciéndolo como se había hecho hasta ahora, sino yendo muchísimo más allá, desde las entrañas, desde el interior tanto de toro como de torero, donde las dos almas nos traspasan y muestren su interior, o al menos, parte de él, para que podamos sentir esa extraña ceremonia entre la verdad, la fuerza, la tragedia y el horror que se produce en una corrida de toros.
Otro de los grandes elementos de Tardes de soledad, es su no posicionamiento a las corridas de toros, desconocemos la posición de la película ante lo que filma, y sinceramente, es de donde se puede filmar algo así, porque a día de hoy, el mundo de los toros, antaño el mayor espectáculo de masas del país, ahora en vías de extinción, o al menos, con mucho menos aceptación del público y seguidores, y lleno de controversia y polémicas y críticas, no se podía filmar de la forma que está hecha si la película se convirtiese en un alegato a favor o en contra de los toros. Nada de eso ahí, y la película consigue algo extraordinario, porque el que suscribe nunca ha estado en una corrida de toros y tampoco le gustan y he vivido una experiencia brutal con la película, porque el cine se rinde a lo que tiene delante y se enriquece de toda su técnica para filmar lo que está viendo, de un modo descarnado, de frente y nada complaciente, en una película que muestra toda la verdad y el horror que se produce en una viaje íntimo y abismal del cine de Serra donde la desmitificación es su eje vertebrador como ya hiciese en su memorable Història de la meva mort (2013), con la que Tardes de soledad tiene muchas conexiones, en la que también confluyen la vida y la muerte y la comunión entre la razón y la barbarie, entre lo invisible y lo trágico, entre el todo y la nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA