Modelo 77, de Alberto Rodríguez

¡AMNISTIA! ¡LIBERTAD!

“En este país no ha cambiado nada, siguen mandando los hijos de los dueños”

Si hay un cineasta capital en el cine español de la transición, que se centraba en el cine más incómodo y más arriesgado, ese no es otro que Eloy de la Iglesia (1944-2006), que con películas como Navajeros (1980), Colegas (1982), El pico (1983) y su secuela de 1984, se acercó de forma transparente, con rigor y de verdad al fenómeno quinqui que asolaba el país, mostrando la cara más cruda de la sociedad española, en películas protagonizadas por delincuentes, en un tiempo de cambios políticos, sociales y culturales del país, De la Iglesia miró hacia los arrabales, hacia los más desfavorecidos y sobre todo, mostrando la rutina de los heroinómanos, y la cárcel y sus injusticias, con toda crudeza y realidad. El séptimo largometraje en solitario de Alberto Rodríguez (Sevilla, 1971), el sexto que escribe junto a Rafael Cobos, también se detiene en la rutina de la cárcel, llevándonos al período donde el cine De la Iglesia mostraba las miserias del país, y más concretamente al período que abarca de febrero de 1976 hasta octubre de 1978, casi tres años de vida carcelaria de un joven llamado Manuel, acusado de desfalco que entra en la Modelo, la mítica cárcel de Barcelona.

Casi toda la película la veremos a través de la mirada de Manuel, un lugar nuevo para él, un lugar anclado en el pasado a pesar de la transformación que estaba viviendo el país. El director sevillano opta por un estilo marcadamente minimalista, muy austero, y de verdad, sin artificios ni nada que se le parezca, heredando la forma de míticas películas como Un condenado ha muerto se ha escapado (1956), de Robert Bresson, La evasión (1960), de Jacques Becker y El hombre de Alcatraz (1962), de John Frankenheimer, entre otras, donde cada mirada cuenta, cada detalles resulta esencial, y sobre todo, en un espacio muy acotado, donde la celda se convierte en el único universo. No es la primera vez que Rodríguez y Cobos nos hablan del período del tardofranquismo, ya lo hicieron en la estupenda La isla mínima (2014), donde nuevamente construían su narración a través de dos figuras, el veterano y el joven, un método recurrente en la filmografía de los andaluces, y otra vez, uno de los personajes, el más experimentado no es otro que Javier Gutiérrez, basado en una figura real.

La estructura obedece a modo de diario, en que los casi tres años que aborda la trama, nos van testimoniando la lucha de los presos por mejorar su situación personal, atrapados en condenas injustas, con la famosa ley de “vagos y maleantes”, donde entraban desde homosexuales, robos leves, borrachos, gandules y demás ciudadanos que el estado represor y fascista consideraba que debían estar mejor en la cárcel. Vemos la salida de los presos políticos, pero los comunes quedaban ahí dentro, con su reivindicación a partir de motines, cortes de venas y demás trifulcas para protestar por su situación y su mejoría, a través de Copel, una asociación que velaba por sus derechos. Modelo 77 no solo se queda en un diario de las protestas de los presos comunes, sino que va más allá, creando todo un entramado sencillo e íntimo de las normas represivas de la cárcel, que las muestra con crudeza y sin edulcorantes, y también, de las relaciones íntimas y demás que se van produciendo en la prisión, desde la homosexualidad latente, los primeros heroinómanos, los chivatos, las asambleas clandestinas y los continuos tejemanejes de unos y otros por el control de la cárcel o sus “zonas”.

Si la narración resulta verosímil y atractiva, la forma no se queda atrás, porque Rodríguez, muy sabiamente, se hace acompañar por algunos técnicos desde sus principios, como el cinematógrafo Álex Catalán, que está con él desde Bancos, el cortometraje hace veintidós años que rodó junto a Santi Amodeo, que consigue una luz apagada, muy de rostros y miradas, que contribuye a toda esa trama a partir de pequeños gestos y momentos cotidianos de los presos, la gran aportación en el montaje de José M. G. Moyano, que ha trabajado en todas las películas del cineasta sevillano, construyendo una interesantísima narración de personajes y magnética atmósfera para condensar con peripecia los ciento veinticinco minutos del metraje, que pasan con inquietud, intensidad y pausa. El excelente trabajo de Julio de la Rosa con esa música, que opta por alejar los temas populares del momento, para adentrarse en esa línea más intima y personal. Destacar el gran trabajo de Eva Leira y Yolanda Serrano en el apartado de casting, porque la película emana naturalidad y verdad en cada personaje por breve que resulte, y no podemos olvidar otro cómplice esencial en la filmografía del andaluz que no es otro que el productor José Antonio Félez, que ya estaba en El factor Pilgrim (2000), que codirigió junto a Santi Amodeo.

La película se basa en hechos reales pero se ha tomado las licencias habituales para crear su relato de los hechos acontecidos, con un reparto muy interesante, lleno de verdad, que es muy natural y sobre todo, es complejo y muy cercano, empezando por un maravilloso Miguel Hernán en la piel de Manuel, el recién llegado que no se amilanará por las durísimas condiciones de maltrato y vejación de los funcionarios y el sistema medievo carcelario, y protestará, luchará y se enfrentará a las continuas injusticias, además peleará junto a sus compañeros hasta el fin. Junto a él, un formidable Javier Gutiérrez como Pino, qué decir de un intérprete que sin hablar ya lo dice todo, con su “celda” convertida en una especie de oasis para soportar tantos años de condena, con esos libros de ciencia-ficción, sus latitas de conservas y esa pausa que parece tener constantemente. Y luego, están los otros, en un reparto muy coral, con un gran Jesús Carroza como el Negro, que ha estado en unas cuantas de Rodríguez, siempre natural y magnífico, con ese momento impagable de la presentación de Pino, y  Xavi Sáez, un actor cabecilla de Copel, homosexual y heroinómano, que luchará codo con codo con sus camaradas de cárcel.

Tenemos breves apariciones pero llenas de encanto y furia, como la de un Fernando Tejero sublime, muy alejado de la comicidad que le caracteriza, en un personaje de mal agüero como El Marbella, un tipo de armas tomar que controla la parte más conflictiva del penal, y la joven Catalina Sopelana dando vida a Lucía, la chica que visita a Manuel, en una historia que ayuda a relajar el ambiente opresivo y difícil de la cárcel, además de la retahíla de otros intérpretes que ayudan a formar toda esa jungla de desgraciados, analfabetos, pobres y miserables que poblaban las cárceles españolas franquistas. Rodríguez vuelve a ponerse el mono de cronista del país, y sobre todo, del tardofranquismo, donde se abría un mundo de esperanza e ilusiones para muchos, pero también, una etapa que arrastraba la violencia estatal de un estado demasiado anclado en el pasado y todavía resistente a la dictadura. Con Modelo 77 se afianza en un director con aplomo, que se mueve en un narración y argumento contenido, que escapa de lo gratuito y las modas, para crear un relato de buena armadura y sólido, donde demuestra su buen hacer por las atmósferas sencillas e hipnóticas, y un grandísimo trabajo de elección de intérpretes lleno de grandes trabajos, composiciones hacia adentro, de las que se recuerdan y de verdad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Semih Kaplanoglu

Entrevista a Semih Kaplanoglu, director de la película «La promesa de Hasan», en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el viernes 7 de octubre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Semih Kaplanoglu, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Ersin Adiguzel del Instituto Yunus Emre, Centro Cultural de Turquía en Madrid, por su labor como intérprete, y a Pere Vall de Paco Poch Cinema, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La leyenda del Rey Cangrejo, de Alessio Rigo de Righi y Matteo Zoppis

LA HISTORIA DE AMOR DE LUCIANO Y EMMA.

“Historia es, desde luego exactamente lo que se escribió, pero ignoramos si es lo que sucedió”

Enrique Jardiel Poncela

Para hablar de la primera película de ficción de Alessio Rigo de Righi y Matteo Zoppis, italoamericanos nacidos en 1986, nos tenemos que remontar hasta Vejano, un pueblo de la Toscana italiana, y detenernos en la figura de Ercolino, un hombre que dejó Roma para instalarse en el pueblo. En su casa de campo se reúne con cazadores de la región para comer, beber y contar historias de la zona. De esos encuentros y tertulias nacieron Belvanera (2013), un cortometraje que los dos directores codirigieron juntos, y Il solengo (2015), en que el tándem se detenía en la historia de Mario de Marcella, un ermitaño que vivía en el bosque cerca de Roma. Ahora, nos llega La leyenda del Rey Cangrejo, también surgida de los encuentros de Escolino, en la que la pareja de directores nos llevan a finales del XIX y principios del XX, para hablarnos de Luciano, un tipo perdido, alcohólico e inadaptado, que no encaja en una sociedad de gentes de la tierra sometidos a la voluntad del príncipe de turno. Los días pasan y Luciano se pierde en deambulaciones, borracheras y demás. Solo el amor que tiene en Emma, una bella y sencilla mujer del pueblo, a la que también pretende el dueño y señor.

A través de una historia que nace de Tommaso Bertani, uno de los productores, Carlo Lavagna y los propios directores, componen un relato nacido de la tradición oral y las leyendas y mitos de los pueblos, donde predomina un paisaje frondoso que rodea a los personajes, entre esa naturaleza bella y salvaje que entronca con esas rígidas normas sociales impuestas por el príncipe y las durísimas vidas de las gentes de la tierra. Aunque, la película se centra en la vida y desgracia de Luciano, todo se mueve por Emma, la autentica heroína del relato, la esperanza y la vida del propio protagonista, en una película estructurada a través de dos capítulos. En el primero, estamos en Vejano, el pueblo italiano alrededor de la fecha citada anteriormente, en el que se desarrolla el amor de Luciano y Emma, y los conflictos con el príncipe por la oposición del propio protagonista, en un marco de drama rural convincente donde se evoca lo etnográfico y lo antropológico, y una mirada crítica y testimonial de los acontecimientos que suceden.

En la segunda mitad, nos trasladamos hasta el fin del mundo, y más concretamente a Tierra del Fuego, en Argentina, donde seguimos a Luciano, ahora convertido en buscador de oro en una tierra donde el entorno es duro, rocoso, gélido y lleno de peligros y codicia y egoísmo. A través de una marcada atmósfera de western, pero en sus diferentes variantes, porque en la primera parte, estaríamos en el western clásico, donde el héroe debe enfrentarse al cacique de turno, con el amor de por medio, y también, las injusticias contra los más débiles. En la segunda, el western sería más crepuscular, más de viaje, de itinerario, donde siguiendo el mismo ritmo pausado y emocional, vamos con una letanía acompañando a un grupo de hombres que siguen un tesoro escondido, a través de un cangrejo, que funciona como símbolo mágico y extraño porque los guía hasta el codiciado premio. Otro animal en el cine de Rigo de Righi y Zoppis, como la pantera de Belvanera, y el jabalí de Il solengo, que funcionan como bestias de otro mundo que sirven de guía a los humanos.

Un equipo formado por técnicos cómplices que han participado en todos los trabajos del tándem de directores, como el músico Vittorio Giampetro, ayudando a crear ese mundo físico y espiritual por el que se mueve el relato, y el cinematógrafo Simone D’Arcangelo, que ha estado en los equipos de cámara en películas de Carlos Saura y Woody Allen, entre otros, consigue esas maravillosas luces cálidas que contraponen la miseria moral de las leyes impuestas en el pueblo italiano, y esa otra luz mortecina y dura de Tierra del Fuego. Con la entrada de dos aportaciones de la coproducción argentina con nombres tan ilustres como los del editor Andrés Pepe Estrada, que ha estado en películas de Trapero, Mitre y Schnitman, entre otros, dando forma a una película de varias formas, texturas y registros y condensando un ritmo pausado y lento en sus ciento seis minutos, y el increíble sonido de Catriel Vildosola, que tiene en su haber directores de la talla del mencionado Trapero, Lisandro Alonso, Amat Escalante y Anahí Berneri, entre otros.

Una película que apela en todo momento a la tradición oral, a las ancestrales historias y relatos que no están escritos y forman parte de las leyendas, mitos y cuentos de los pueblos y sus habitantes, tiene en su elenco buena parte de esos lugareños del pueblo de Vejano, que dan vida a sus antepasados y aquellas gentes que vivieron antes, en una idea de cine de los lugares, contando con la participación de los habitantes como actores no profesionales, que retrotrae al imaginario de Renoir, Rossellini y Kiarostami, donde la vida y el cine se fusionan de forma maravillosa. Para la pareja protagonista se cuenta con Maria Alexandra Lungo que da vida a Emma, que recordamos como la protagonista de la película El país de las maravillas (2014), de Alice Rohrwacher. Emma es una mujer encerrada en esa sociedad patriarcal, solo se siente libre junto a Luciano, aunque la cosa será dificultosa. Frente a ella, Luciano al que da vida Gabrielle Silli, un artista plástico y performativo que vive en Roma, que compone un magistral y furioso tipo que está en un lugar al que no pertenece. Dos interpretaciones naturales y cercanísimas que se funden con la naturaleza en contrapunto con la sociedad inmoral e injusta. Celebramos con energía que la distribuidora Vitrine Filmes se aventure a traernos películas de esta naturaleza, porque tienen cine, vida y sobre todo, humanismo, esa parte tan importante que la sociedad y sobre todo, el cine olvida demasiado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La promesa de Hasan, de Semih Kaplanoglu

UN CUENTO MORAL.

“Hay que ser buenos no para los demás, sino para estar con paz con nosotros mismos”

Achile Tournier

El cine de Semih Kaplanoglu (Esmirna, Turquía, 1963), apareció por estos lares con la bellísima trilogía Yusuf, compuesta por las películas Huevo (2007), Leche (2008) y Miel (2010), donde nos explicaba la vida del citado Yusuf, desde su infancia, su juventud y su madurez, pero a la inversa. Muchos nos quedamos asombrados por su tremenda delicadeza para atrapar el universo rural, sus quehaceres y cotidianidades, a través de un magnífico rigor narrativo, donde la belleza formal se fusionaba con excelencia con el componente moral de sus historias, con unos personajes que siempre se debatían entre aquello que debían a hacer y aquello que deseaban hacer. El cine de Kaplanoglu no es condescendiente con sus personajes y con aquello que cuenta, sino todo lo contrario, se muestra como un observador atento y tenaz, que explica las situaciones y sus conflictos, pero siempre dejando que la condición humana aflore y reparta suerte o desgracia, según se mire.

Con La promesa de Hasan, segunda parte de la trilogía “Promesas”, que arrancó con La promesa de Asli (2019), y se completará con La promesa de Fikret. En la que nos ocupa, tenemos en liza a Hasan, un agricultor obsesionado con la propiedad y lo suyo, que siempre ha de salirse con la suya en el conflicto que tenga entre manos, alguien que no quiere perder ni ceder. Digamos que el macguffin de la película, como mencionaba el gran Hitchcock, no es otro que la instalación de una torre de alta tensión que se ha programado para que se instale en las tierras fértiles de Hasan. Este conflicto que, aparentemente, resultará un obstáculo más, nos sumergirá en la cotidianidad de Hasan, y nos ocupará buena parte de la primera mitad de la película, porque en la segunda mitad, el relato se detendrá en el interior de Hasan, porque planea un viaje a la Meca junto a su esposa Emine, para cumplir el quinto de los pilares del islam, el Hajj, situación que le lleva a rendir cuentas con su pasado y de reencontrarse con los errores que cometió por su egoísmo y avaricia, y visitará a aquellas personas que hizo daño. Entre medias, la película, muy inteligentemente se introduce en el subconsciente de Hasan, y mediante extrañas y acusadoras pesadillas, apalean emocionalmente la mente culpable de Hasan.

El director turco vuelve a contar con el cinematógrafo Özgür Eken, que ya estuvo en Huevo  y Leche, en una magnífica luz en la primera película digital de Kaplanoglu, realizada en 6K y con una Sony Venice que, no solo cuenta de forma estética cada plano, cada encuadre, sino que su paleta de colores que va de la luminosidad hacia la oscuridad, contando el periplo emocional del protagonista, se elabora de manera bellísima y llena de espectacularidad, donde cada detalle y objeto está lleno del particular y tenso descenso de los infiernos que está viviendo Hasan. El gran trabajo de arte de Meral Aktan, que hizo el mismo trabajo en El peral salvaje (2018), de Nuri Bilge Ceylan, y la sensible y certera composición de sonido que hace Seckin Akyildiz, que ha estado en varias películas de Kaplanoglu como Grain (2017), y la mencionada La promesa de Asli (2019), y en la conocida Un cuento de tres hermanas (2019), de Emin Alper, y el extraordinario trabajo de montaje, que realiza el propio director, que amén de dirigir, también escribe y produce, en un estupendo trabajo de contención y pausa, donde lo que importa es testigo sin alardes ni piruetas del viaje emocional y metafísico que experimenta un atribulado protagonistas, condensando con enorme pericia sus más de ciento cuarenta y siete minutos de metraje.

Un gran reparto repleto de caras poco conocidas, tanto en sus personajes de reparto con Gökhan Azlağ como Serdar, Ayşe Günyüz en la piel de Demirci  Nisa y Mahir Günşiray dando vida a Muzaffer, y la maravillosa pareja protagonista que hacen Umut Karadag, con mucha experiencia en televisión, se mete en el rostro de Hasan, y su compañera, Filiz Bozok que da vida a Emine, debutante en el cine, que sirve como reflejo del alma de un atormentado protagonista. Estamos ante una película deudora del lenguaje cinematográfico poético y alejado de modas, narrativas deudoras de la televisión y demás piruetas sin sentido. En La promesa de Hasan vemos y vivimos el cine que hacían Renoir, Rossellini, Tarkovsky, Kiarostami, Erice y el citado Bilge Ceylan, por mencionar a algunos de los más grandes cineastas de la mirada, el tiempo y la poética, sumergiéndonos ya no solo en bellos e inquietantes paisajes, sino en el interior de los personajes, en esos mundos oníricos, filosóficos y llenos de miedos e inseguridades, donde lo más importante no es lo que se cuenta, que sí, sino también, todo aquello que no vemos pero está ahí, aquello que decía Bergman en relación al cine de Tarkovski: “Es el cineasta que mejor me ha transmitido la relación entre realidad y sueño”.

Apaguen todos los aparatos electrónicos que lleven encima, y decídanse a entrar en una sala de cine, y déjense llevar, aunque solo sea por un rato breve, por las imágenes, sonidos y silencios que propone una película como La promesa de Hasan, que les transportará a otros universos camuflados en este, porque entre otras cosas, el relato de Kaplanoglu está construido para saborear el tiempo, para mirar el tiempo, para dejarse llevar por el tiempo, para construir el tiempo que diría Tarkovski, porque es cuando nos detenemos que vivimos intensamente la vida, la vivimos de verdad, mirando todo lo que nos rodea, todas esas pequeñas cosas que están a nuestro lado y nos las miramos por nuestras estúpidas prisas, por nuestros malditos egos, por nuestro estúpido orgullo. Así que, háganme caso y entren a ver una película como La promesa de Hasan porque les va a reconciliar con sus existencias y les hará reflexionar sobre como actuamos con los demás, y el daño que nos hacemos a nosotros mismos. Así que ya lo saben, no lo demoren mucho, porque ya saben cómo va esto del cine en la actualidad, todo va tan de prisa que nos acabamos perdiendo lo que no habría que perderse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Girasoles silvestres, de Jaime Rosales

EL ROSTRO DE JULIA.

“No filmar para ilustrar una tesis o para mostrar a hombres y mujeres limitados a su aspecto externo, sino para descubrir la materia de la que están hechos. Alcanzar “ese corazón” que no se deja atrapar ni por la poesía, ni por la filosofía, ni por la dramaturgia”.

Robert Bresson

Vistas las siete películas que forman la filmografía de Jaime Rosales (Barcelona, 1970), podríamos decir que existen dos etapas bien diferenciadas. En la primera, la que va de Las horas del día (2003), La soledad (2007), Tiro en la cabeza (2008) y finaliza con Sueño y silencio (2012). Cuatro trabajos donde prima el rigor estético, tanto formal como narrativo, donde su cine explora la condición humana atravesada por la irrupción violenta de un hecho que trastoca las vidas de sus personajes. Un cine que le dio una enorme reputación internacional en los festivales más prestigiosos. Con Hermosa juventud (2014), abre una nueva senda en su cine, donde las formas se suavizan, sin perder un ápice de interés, pero abriéndose más al público. Le siguen Petra (2018), y la que nos ocupa Girasoles silvestres. Un cine anclado en la mirada de tres mujeres, tres mujeres que buscan su lugar en el mundo, que sienten diferente y que no se detendrán ante nada ni nadie. Una mirada que sigue profundizando en esos brotes violentes que sacuden la aparente tranquilidad de sus individuos. Una mirada crítica de las alegrías y tristezas cotidianas en el nexo familiar, y sobre todo, un análisis certero sobre uno de los males ancestrales del ser humano y no es otro que la terrible incomunicación que padecemos, nuestra incapacidad para expresar aquello que sentimos y compartirlo con los demás.

Con su nueva película, coescrita junto a Bárbara Diez (que debuta en labores de guionista después de una carrera como jefa de producción desde Tiro en la cabeza y ejecutiva desde Hermosa juventud), Rosales hace un fiel y certero retrato de Julia, una joven de veintidós años y madre sola de dos niños pequeños. Una de esas mujeres que vive en la periferia barcelonesa, con una capacidad enorme pa’ tirar palante, y también, una luchadora incansable en su búsqueda del amor. El retrato de Julia lo hace a través de tres hombres que pasan por su vida. Óscar, es el típico nini de barrio, sin oficio ni beneficio, obsesionado con los tatoos, con su físico que se machaca haciendo deporte, y muy apasionado, posesivo y ido de la olla. También, están Marcos, el joven militar, padre de sus dos hijos, ese amor juvenil alocado y del momento, que no es capaz de asumir sus responsabilidades paternas ni tampoco emocionales, y finalmente, Alex, el tipo más centrado, más trabajador, y más racional, pero con sus defectos e inseguridades, como todos.

El director barcelonés recupera los ambientes periféricos, precarios y difíciles que ya transitó en Hermosa juventud. La Natalia que interpretaba maravillosamente Ingrid García Jonsson, no está muy lejos de Julia, pasando por el mismo momento emocional de pasión y vitalidad, a pesar de los problemas de ganarse la vida, encontrar a un hombre de verdad y tirar palante con una familia. Julia es una hermana gemela de Natalia, un ser que, a pesar de su temprana maternidad, no se rinde, sigue tirando hacia adelante, con ánimo, a pesar de los obstáculos que se va encontrando, su dependencia al amor, una especie de yonqui del amor, o mejor dicho, de la pareja, con esas emociones “montaña rusa”, que van y vienen, donde todo nace y muere cada día, en un torbellino de emociones incontroladas para bien y para mal, porque la película nunca hace un retrato maniqueo y sentimentalista de Julia y su entorno, sino todo lo contrario, imprimiendo una realidad construida que emana una naturalidad y cercanía de verdad, en la que ayuda el 35 mm de una experta como Hélène Louvart, que vuelve a trabajar con Rosales, después de las experiencia de Petra, donde se traspasa la piel y el cuerpo de los personajes para buscar esa emoción, sobre todo, la del personaje de Julia, epicentro de la trama y todo lo que vemos y lo que no.

El exquisito e inteligente montaje de Lucía Casal, en su tercer trabajo con el director después de Hermosa juventud y Petra, que condensa con sabiduría y estupendo ritmo los ciento seis minutos que abarca el metraje, donde no cesan de suceder cosas, con esos grandes espacios elípticos, marcas de la casa del universo Rosales. El gran trabajo de sonido de una grande como Eva Valiño, en la cuarta película junto al director catalán, en que el sonido se convierte en un personaje más, porque lo escuchamos todo, como ocurría en el cine de los cincuenta, sesenta y setenta europeo donde la verdad también se construía con lo que escuchábamos y con lo que no. Destaca, como ocurre en el cine de Rosales, la elección de los temas musicales, temas que escuchan los personajes al igual que nosotros, exceptuando tres canciones de Triana, que obviaremos sus títulos por el bien de la experiencia del espectador, que estructuran con inteligencia los tres segmentos en los que se sustenta el relato.

Otro de los elementos destacables en el universo cinematográfico de Rosales es su elección del reparto. Un elenco que está siempre muy bien elegido, como esos breves papeles de Manolo Solo y Carolina Yuste, como padre y hermana de Julia, que no hace falta decir palabra para saber la relación que tienen con la protagonista, con esos intervalos tan significativos que tienen entre ellos, como olvidar esa despedida en la estación, se puede decir más con tan poco, con esos maravillosos cruces de miradas y nada más, que no es poco, y ese entorno de caravanas donde se dice tanto sin subrayar nada. Tenemos a los tres tipos que se cruzarán en la vida de Julia, con un Lluís Marqués que hace de Alex, que recordamos de Isla bonita y Chavalas, aquí dando ese contrapunto de serenidad y madurez, con sus cositas que todos las tenemos,  a Quim Àvila, que nos divirtió siendo el tontaina de Poliamor para principiantes, aquí siendo Marcos, un tipo que parece centrado como militar, pero en el fondo está lleno de inmadureces que le siguen desde su adolescencia, y finalmente, Oriol Pla, que repite con Rosales como Óscar, después de su inolvidable Pau en Petra, en un rol completamente diferente a lo que le habíamos visto, un especie de macarrilla de barrio, lleno de pájaros y tremendamente pasional y descerebrado.

Mención aparte tiene el extraordinario trabajo del personaje de Julia, alma mater de Girasoles silvestres, con la mirada y la vitalidad de una apabullante Anna Castillo, una actriz dotada de una naturalidad, ingenuidad y pasión que le imprime a un personaje que vive con todas las de la ley, que ha tenido que madurar demasiado rápido debido a su pronta maternidad, pero que la asume con brío y fuerza, sin achicarse lo más mínimo. Una mujer de raza, algo alocada, pero también, llena de coraje y energía ante los avatares de la vida, alegre y triste, ingenua y madura en el amor, y sobre todo, una tía de verdad, que quiere estar bien y estar junto a un hombre con el que crear una relación con sus altibajos pero de verdad, compartiendo amor y problemas como debe ser. Nos encanta este viraje hacia formas menos rígidas que hace con cada película Jaime Rosales, porque no ha perdido aquello que le caracterizaba y le ha hecho grande que, no es otra cosa, que su mirada de observador inquieto y curioso hacia esas vidas anónimas e invisibles que se cruzan cada día con nosotros, unas existencias que su cámara recoge con sensibilidad y humanidad, explorando todos sus conflictos, complejidades y alientos, en el mismo rumbo que estarían el Free Cinema y los Dardenne, donde su Rosetta (1999), no estaría muy lejos de Julia. Un magnífico cine social y humano, que describa realidades incómodas y emociones íntimas, que tanta falta hace en la cinematografía, que no solo describa el ánimo y la situación de muchos y muchas personas, sino que deje un legado de cómo se vivía, se trabajaba cuando lo hay, y sobre todo, como nos relacionamos con los demás y con nuestro entorno, y sobre todo, con nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

De qué hablamos cuando hoy hablamos de Historia del Cine? por Santos Zunzunegui en la Filmoteca de Catalunya

Conferencia «De qué hablamos cuando hoy hablamos de Historia del Cine? por Santos Zunzunegui, Catedrático de Comunicación Audiovisual de la Universidad del País Basco, con la presencia de Esteve Riambau, director de la Filmoteca de Catalunya, en el marco de la inauguración de l’Aula de Cinema 2022-23, en la Filmoteca en Barcelona, el miércoles 5 de octubre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Santos Zunzunegui, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño, y al equipo de la Filmoteca que ha realizado la grabación. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Kumjana Novakova y Guillermo Carreras-Candi

Entrevista a Kumjana Novakova y Guillermo Carreras-Candi, directores de la película «Tierra removida», en el marco de La Inesperada Festival de Cine, en el Zumzeig Cinema en Barcelona, el sábado 26 de febrero de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Kumjana Novakova y Guillermo Carreras-Candi, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Miquel Martí Freixas y Núria Giménez Lorang, directores de La Inesperada, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una historia de amor y deseo, de Leyla Bouzid

AHMED CONOCE A FARAH.

“No parecen gran cosa, las palabras. Parecen inofensivas, desde luego, como bocanadas de aire, soniditos que brotan de la boca, ni calientes ni fríos, y fáciles de captar en cuanto llegan por el oído, al enorme aburrimiento gris del cerebro. Bajamos la guardia ante las palabras y llega la desgracia”.

La periferia parisina ha sido objeto de representación y estudio en la cinematografía francesa en películas como El odio (1995), de Mathieu Kassovitz, Los miserables (2019), de Ladj Ly, París, distrito 13 (2021), de Jacques Audiard, Arthur Rambo (2021), de Laurent Cantet, entre otras. Cine que mira a los suburbios parisinos, cine social y muy potente, que está muy alejado de la condescendencia habitual, para construir relatos sobre la dura realidad que se vive, en contraposición con el centro de la ciudad. A Leyla Bouzid (Túnez, 1984), que estudió literatura francesa en la Sorbona y cine en la Fémis, la conocimos con Al abrir los ojos (2015), su ópera prima que seguí los pasos de Farah, una argelina de 18 años, a pocos meses del estallido popular y revolucionario, de vida disoluta que la enfrentaba al conservadurismo de su familia.

Con Una historia de amor y deseo, su segundo trabajo, vuelve a hacer un retrato íntimo y personal sobre Ahmed, un chaval de 18 años, de familia argelina y de la periferia parisina, que empieza literatura en la Sorbona, y un día conoce a Farah, una joven tunecina que ha dejado su país para estudiar también literatura. Entre los dos jóvenes nace un amor y un deseo, aunque Ahmed luchará íntimamente entre su deseo sexual hacia Farah contra las ideas religiosas y tradicionales que le han inculcado desde niño. La directora tunecina construye con pausa y sensibilidad una película entre dos mundos, entre dos formas de pensar y sobre todo, sentir, donde siempre hay un forma y su reflejo, porque nos habla de literatura árabe del siglo XII, sumamente sensual y erótica, y por otro lado, está la idea tradicionalista del mundo árabe, y las diferentes formas de pensar y sentir entre los países árabes del norte de África, como pueden ser la Argelia de Ahmed y el Túnez de Farah. Dos jóvenes en las antípodas del pensamiento y los sentimientos pero que se han cruzado, y la mirada de Bouzid los retrata de forma humanista, con sus ilusiones, tristezas, miedos, inseguridades, deseos y sexualidad.

Una detallista y cromática escala de colores y luces que firma el cinematógrafo Sébastien Goepfert, que conoció a Bouzid mientras estudiaban en la Fémis, y ya se encargo de la luz de al abrir los ojos, bien acompañado por un gran trabajo de montaje de Lilian Corbeille, que la conocemos por sus trabajos en Les combattants, Mentes brillantes y la serie Vernon Subutex, entre otras, que condensa con sabiduría los ciento tres minutos de metraje, que suceden de forma rítmica y con intensidad. La extraordinaria música casi experimental del casi debutante en cine Lucas Gaudin, describe con suavidad todos los demonios interiores del joven Ahmed, bien acompañada por esos otros momentos sublimes donde escuchamos música en directo como esos hermosísimos momentos del saxofonista a orillas del Sena, el concierto de Ghalia Benali y el baile que se marca Ahmed a ritmo de las darboukas. Otro de los aspectos fundamentales de Una historia de amor y deseo es su pareja protagonista, que bien están los dos, Sami Outalbali es Ahmed, que se ha fogueado en series de televisión. Un intérprete extraordinario que sabe construir un personaje entre dos universos, un mundo interior en pleno tsunami emocional, luchando frenéticamente entre lo que siente, lo que desea y lo que se niega a ser y desear, su impulsos sexuales, sus miedos y su cobardía para enfrentarse a quién quiere ser.

Frente a él, una increíble Zbeida Belhajamor, una actriz amateur de teatro en Túnez, que se mete en el rostro, la piel y el cuerpo de una fantástica Farah, dando la réplica y el contrapunto idónea al personaje de Ahmed, agitándolo para que tome las riendas de su vida, y empiece a caminar libre de ataduras e ideas prejuiciosas, sin olvidarnos del resto del reparto, intérpretes todos desconocidos pero con un gran naturalidad para componer sus diversos y complejos personajes. Aurélia Petit, una actriz francesa que ha trabajado con grandes como Haneke, Ozon, Donzelli y Amalric, entre muchos otros, da vida a la profesora de literatura que todos hemos tenido alguna vez, esa profe que nos ha abierto la mente, que nos ha mostrado otras formas de ver, de pensar y sobre todo, de sentir, en este caso, la inmensa y desconocida literatura árabe medieval llena de erotismo, sensualidad y sexo, todo un abanico de sabiduría y posibilidades que enriquecen el universo de Ahmed y Farah y todos aquellos que tengan inquietudes y curiosidad.

Solo nos queda agradecer a la distribuidora Flamingo Films que siga apostando por este cine hecho desde la verdad, un cine social potente y real, muy alejado de la moralina y los estereotipos habituales en producciones que pretenden mostrar una realidad y acaban haciendo cine propagandístico, superficial y lo que es peor altivo y pretencioso. En la película de Leyla Bouzid no encontramos nada de todo eso, sino todo lo contrario y mucho más, porque su cine enmarca a todas las realidades que convergen en esos espacios y lo hace desde la mirada del que quiere conocer, situando la cámara a la altura de los ojos de sus inquietos y complejos personajes, sumergiéndose en todas las diferentes particularidades de aquellos que viven y vienen de la periferia parisina, de la amalgama de formas de pensar y sentir entre todos los inmigrantes que han llegado y de sus hijos, nacidos en Francia, pero envueltos en tantos mundos que los hace confundir y les dificulta su existencia, aunque como ocurre en la película, siempre les quedará la poesía árabe para dejarse llevar por sus sentidos, su erotismo y experimentar su sexualidad como les sucede a Ahmed y Farah. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Oriol Paulo

Entrevista a Oriol Paulo, director de la película «Los renglones torcidos de Dios», en el Radisson Blu 1882 Hotel en Barcelona, el jueves 29 de septiembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Oriol Paulo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Loreto Mauleón

Entrevista a Loreto Mauleón, actriz de la película «Los renglones torcidos de Dios», de Oriol Paulo, en el Radisson Blu 1882 Hotel en Barcelona, el jueves 29 de septiembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Loreto Mauleón, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA