La diosa fortuna, de Ferzan Ozpetek

LA DEFINICIÓN DEL AMOR.  

“La Diosa Fortuna tiene un secreto, un truco mágico. ¿Cómo haces para que la persona a la que quieres se quede contigo para siempre? Tienes que mirarla fijamente, robar su imagen y cerrar fuerte los ojos. De esta forma va directa a tu corazón y desde ese momento, siempre permanecerá contigo”.

Arturo y Alessandro son el sol y la luna, el agua y el aceite, pero llevan 15 años juntos. Arturo se gana la vida como traductor y sueña con ser escritor, un sueño que se alarga demasiado. Es un obsesivo del orden y lleva la casa. En cambio, Alessandro es fontanero, rudo y directo, desordenado y todo lo contrario a Arturo. La pareja lleva un tiempo distanciada, el sexo y la pasión han desaparecido y se plantean dejarlo. Pero, su suerte cambia, cuando Annamaria, una amiga de la pareja, se planta en su casa, y les pide que cuiden de sus dos hijos pequeños, Martina y Sandro, mientras ella se hace unas pruebas médicas. Toda su situación deja de ser importante, y se convierten en “padres” por unos días o más.

El universo de Ferzan Ozpetek (Estambul, Turquía, 1959), está lleno de personas que aman, amores de toda índole, estructuras y texturas. Sus películas describen los comienzos del amor o cuando estalla la pasión, donde un grupo de personas se ven envueltos en relatos sobre las emociones, donde prevalecen nuestras contradicciones, miedos e inseguridades. Muchos recordarán su opera prima, Hamam: el baño turco (1997), El hada ignorante (2001), La ventana de enfrente (2003), No basta una vida (2007), o Tengo algo que deciros (2010), entre otras. De la mano de su guionista predilecto, Gianni Romoli, Ozpetek nos sitúa en una relación a punto de romperse, o mejor dicho, una relación a la que solo se falta ponerle una fecha para finiquitarla. Pero, a veces, cuando todo parece acabarse, la suerte o el destino llega a nuestra existencia para ponerlo todo patas arriba, la llamada “Diosa de la fortuna”, que hace referencia el título, y replantearnos muchas verdades o mentiras que creíamos a pies juntillas, reflexión que provocan la llegada de los hijos de Annamaria, que se convierten, por unos días, en los hijos de Arturo y Alessandro, y sin proponérselo, deberán lidiar con la nueva situación.

El director turco, que lleva desde 1976 viviendo en Roma, parte de una situación real, para construir un relato naturalista y cercano, donde nos habla de redefinir el amor, y también, la paternidad, y lo hace de una manera sencilla y directa, sin sentimentalismos ni vericuetos argumentales, todo se cuenta de forma honesta y sensible, manejando el ritmo y el tempo cinematográfico con astucia y sinceridad, mostrando una diversidad de tono y marco en el que se desarrolla la película, en la que vamos de la risa al llanto en la misma secuencia, como el espectacular arranque, con la boda de los amigos (unos amigos que serán parte de esta historia, con esas secuencias corales llenas de vida, comicidad y fraternales), recorriendo las miradas, gestos y testimonios de cada invitado, para finalmente, llegar a los protagonistas, y darnos cuenta de todo lo que ocurre, cuando el silencio y la tensión se apodera de ellos. O ese otro instante mágico de los protagonistas junto a los niños, en el santuario de Fortuna Primigenia, donde trabaja Annamaria, en el recinto sagrado dedicado a la Diosa Fortuna en la ciudad de Palestrina, donde la pareja es invadida por recuerdos que quizás no esperaban recordar, donde memoria e historia se cruzan en la realidad que viven los protagonistas.

Ozpetek nos habla de fragilidad, de corazones frágiles, de emociones, de inseguridad, de sentimientos que no sabemos interpretar, de gestionar nuestras emociones cuando todo es incierto, de esa montaña rusa, a velocidad de crucero, de la dificultad de amar y desamar, de no escuchar tanto a nuestra cabeza y dejar libre a lo que sentimos, de tomar decisiones, de aceptarnos y aceptar la vida con sus alegrías y tristezas, o ese tiempo que parece que no pasa nada y en realidad pasa mucho. Stefano Accorsi, un intérprete que ha trabajado en varias ocasiones con Ozpetek, vuelve a su universo para encarnar a Arturo, Edoardo Leo es Alessandro, al que hemos visto en películas de Monicelli y Moretti, y Jasmine Trinca es Annamaria, un torbellino de vida, alocada e impetuosa, una actriz que vimos con los Taviani o Moretti. En su decimotercer trabajo, Ozpetek habla de la vida, del amor, de la buena fortuna, y de también, que hacemos con las cosas que ocurren, con esos contratiempos y estallidos que vienen sin avisar, como gestionamos lo inesperado, que hacemos con aquello que no habíamos pensado, ni siquiera imaginado, si somos capaces de amoldarnos a los accidentes de la vida, que vienen para enseñarnos alguna cosa o simplemente, vienen porque los estábamos pidiendo, aunque no de una manera consciente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El Drogas, de Natxo Leuza

EL DROGAS FRENTE A ENRIQUE.

“Hay quien piensa que si vas muy lejos, no podrás volver donde están los demás”.

 Frank Zappa

La película se abre con Enrique Villarreal “El Drogas” (Pamplona, 1959), en la actualidad, acostado en la cama y con la mirada pensativa. Se levanta y sale de la habitación. Una secuencia reveladora de la historia del músico, en una especie de resurrección anímica, en una existencia plagada de grandes éxitos en el mundo del rock, y también, grandes fracasos, como su despido de Barricada, sus relaciones con las drogas, o el Alzheimer de su madre. La cinta de Natxo Leuza, paisano y “colega” del músico, con más de 15 años dedicado al documental como realizador, guionista y montador, dirige su opera prima, repasando la trayectoria de “El Drogas”, a modo de enfrentamiento a sí mismo, a tumba abierta, donde conocemos al hombre que hay detrás de la rockstar, al niño que creció en el barrio obrero de Txantrea, en Pamplona, que vivió las huelgas y oposiciones al régimen franquista, y aquellos años durísimos de la transición, y los primeros ochenta, con la puta mili, sus comienzos en la música, sus colegas de viaje como Mikel Astrain, que fallecido prematuramente, o Boni Hernández, que formaron el exitoso Barricada, y los años de éxitos que alcanzaron casi tres décadas, y luego el ocaso, sus problemas con las drogas, su salida del grupo, su depresión, y su vuelta de los infiernos, iniciando nuevas etapas donde vuelve a tocar hasta la actualidad.

La película también muestra el otro lado, en el que conoceremos y escucharemos a sus compañeros de viaje como Mamen, “Su socia”, la mujer de su vida y madre de sus dos hijos, hablándonos de sus momentos buenos y malos, de sus hijos, de su hermana o cuñada, y de otros músicos, amigos del alma, como Rosendo, Kutxi Romero, Fito Cabrales, Carlos Tarque, Gorka Urbizu, Marino Goñi. Todos recorren la experiencia vital y profesional de Enrique, de “El Drogas”, y de todos los rostros y caminos que ha emprendido el músico, tanto a nivel personal como profesional. Enrique nos habla sin tapujos, face to face, a las bravas, sin dejarse nada de nada, en un documento que está más encaminado al psicoanálisis personal, donde repasa su viaje, lo vivido, su identidad, su trayectoria, sobre todo, aquella que empezaba cuando se apagaban los focos, se encendían las luces y el público entregado volvía a casa.

Una película honesta e íntima, de un tipo de barrio, alguien que debido a un problema en el nervio óptico, debe caminar torcido para ver lo que hay al otro lado, de alguien que si camina recto, ve el mundo torcido, de alguien que creció en la lucha y la resistencia política, bregando ante la injusticia y los opresores, de quién cabalgó junto al diablo, de un músico que vivía por y para la música, de alguien muy comprometido socialmente, que despachó las primeras canciones feministas en aquellos ochenta, donde todo estaba por hacerse, que lanzó discos sobre la memoria histórica cuando más falta hacían, que se enroló en mil y una aventuras para seguir componiendo y tocando su música, y la de otros. También veremos a ese padre de familia que, debido a sus compromisos profesionales, ejerció muy poco, del amor, del amante y esposo de Mamen, del que cuida a su madre enferma, del que sigue en la brecha a pesar de sus 61 tacos, renovándose continuamente, tocando todos los palos que le gustan, y siguiendo en el camino, y sobre todo, saltando como las piedras lanzadas al agua.

Una película vital, emocionante y sensible, llena de momentos muy íntimos, reveladores, donde Enrique nos muestra su sensibilidad y humanidad, mostrando su cotidianidad, los suyos, su “gentuza”, sin dejarse nada fuera, sus caídas al infierno, que algunas hubo, su continuo resurgir de las cenizas, reinventándose siempre, rememorando a aquellos que cayeron, a los que se fueron por cuenta propia, y con los años, volvieron a reconciliarse, a todas esas sombras que caminan con nosotros, acompañándonos por la trayectoria de la vida y nuestras circunstancias. Enrique se muestra desnudo en todos los sentidos, a alguien movido por la pasión, por la música, por la creación, por la innata curiosidad de seguir en este camino, donde hay alegrías y también, tristezas, esos momentos que se te clavan como puñales ardiendo, en los que tu fortaleza, y gracias a toda esa gente que vive y siente a tu alrededor, sales adelante, y con ganas de seguir cantando y haciendo feliz al público. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Anna Alarcón

Entrevista a Anna Alarcón, actriz de la película «L’ofrena», de Ventura Durall en los Cines Verdi en Barcelona, el martes 15 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anna Alarcón, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a David Ilundain

Entrevista a David Ilundain, director de la película «Uno para todos», en un banco de Diagonal en Barcelona, el jueves 17 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Ilundain, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Ventura Durall

Entrevista a Ventura Durall, director de la película «L’ofrena», en los Cines Verdi en Barcelona, el martes 15 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ventura Durall, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Urubú, de Alejandro Ibáñez

EL RÍO ESTÁ EXTRAÑO.

“Lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad”

Karl A. Menninger

Desde el primer momento Alejandro Ibáñez (Madrid, 1980), deja claro el legado de su padre, el gran Chicho Ibáñez Serrador (1935-2019), al que le dedica la película. Y más tarde, en el ejemplar prólogo de la película, cuando muestra unas imágenes de ¿Quién puede matar a un niño? (1976), deja claras las intenciones de la película, rendir un sincero homenaje a su padre y mentor. Hace un año, en el Festival de Sitges, Ibáñez presentaba Historias para no dormir – Reality, un cortometraje de 20 minutos para Save the Children, última producción de Chicho, en el que se denunciaban las penosas situaciones en las que viven cientos de miles de niños en el mundo. El hijo del maestro quería honrar la memoria de su padre, homenajeando una de sus películas para cine más brillante y demoledora, convertida en una cinta de culto, que denunciaba los horrores cometidos por los adultos contra los niños.

Ibáñez nos traslada hasta Manaos, al norte de Brasil, la capital del extenso estado de Amazonas, donde conocemos a Tomás, un fotógrafo y ornitólogo venido a menos que sueña con inmortalizar al urubú albino (Ave rapaz carroñera americana, de plumaje negro brillante, en que el albino es muy difícil de observar), y se lleva consigo a su familia, Eva, su mujer que intenta salvar un matrimonio a la deriva, y Andrea, la hija de ambos, que como cualquier niño de su edad en la actualidad, está obsesionada con lo virtual. Después del empujón del profesor Díaz, se embarcan con el capitán Nauta (segundo apellido del director, en un personaje que se reserva para él), y viajan río abajo, quizás los momentos más intensos y brillantes de la película son los del viaje por el río, donde la cámara se posa y se evidencia la ruptura entre el padre y el resto de la familia, y notamos la angustia y la opresión que lentamente se va apoderando de los personajes a medida que se van adentrando en un universo hostil, solitario y abrasador, que contrasta con la belleza natural y exótica de la zona. O ese momento inquietante en que el río amazonas y el río negro se juntan sin mezclarse.

El director madrileño firma el guión, escrito junto a Carlos Bianchi y Alejandra Heredia, en el que compone su película de manera profunda y atmosférica en este primer tramo, donde encontramos las imágenes más poderosas y sugestivas, donde destaca el trabajo de los cinematógrafos Daniel Úbeda y Diego Barrero, que ya estuvieron en Historias para no dormirReality. Cuando se adentran en el corazón de la jungla, en plena selva amazónica, la película pierde algo de fuerza, cuando quiere parecerse más a su homenajeada, perdiendo un poco el fantástico equilibrio entre homenaje y relato que venía dando. Aunque, su paisaje y el suspense, sobre todo, cuando los personajes empiezan a deambular por la zona, mantiene el interés de la cinta. Ibáñez logra una película honesta, que no quiere ser más que su antecedesora, sino ensalzar sus instantes más tensos y terroríficos que le sobran, reinterpretando algunas secuencias, que todos recordamos, y sumergiéndonos en esa madeja de laberinto infernal del que no hay escapatoria.

El trío protagonista no desluce e absoluto, brillando más en la travesía por el río, y componiendo con raza y energía en los instantes de la selva, con Carlos Urrutia, que interpretó un par de obras teatrales producidas por Chicho, hace del padre moribundo emocionalmente y alejado de su familia, Eva que hace la actriz Clarice Alves, certificando el fin de su matrimonio e intentando salvarse con su hija de la locura de venir a la selva por un maldito pájaro, Jullie D’Arrigo interpreta a Andrea, que descubrirá en la espesura de la selva su verdadero destino, y finalmente José Carabias como el profesor Díaz, un rol breve, pero muy interesante. Chicho Ibáñez Serrador decía: “Solo hay algo que da más miedo que una película de terror, la realidad”, y con esa premisa realizó ¿Quién puede matar a un niño?, en 1976, una película de terror-denuncia, dando voz a unos niños que, cansados de las miserias y horrores de los adultos se revelaban contra ellos. Cuarenta y cuatro años las cosas han cambiado muy poco, todavía existen barbaridades contra los niños, y son los tristes protagonistas de hambrunas, conflictos armados, abusos y abandonos. La tarea del cine es esa, denunciar y promover conciencias, el resto lo tenemos que hacer entre todos, dejarnos de absurdos triunfos personales, egoísmos y demás aspectos oscuros de la condición humana, y empezar a trabajar por un mundo más humano, respetuoso, justo y tolerable. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Uno para todos, de David Ilundain

CONSTRUIR PERSONAS.

“Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz, la gente educa para la competencia y es el principio de cualquier guerra. Cuando eduquemos para cooperar y ser solidarios unos con otros, ese día estaremos educando para la paz”

María Montessori

El director David Ilundain (Pamplona, 1975), ya había demostrado sus excelentes dotes como cineasta en B (2015), esa “B”, que hacía ilusión a Bárcenas, el ex tesorero del PP. Basada en la obra teatral homónima de Jordi Casanovas, era una película austera y sencilla, que nos encerraba en una sala de juzgados, donde a modo de interrogatorio el citado Bárcenas respondía al juez Ruz, en un grandísimo thriller político que destapa las desvergüenzas y miserias del PP. Cinco años más tarde, se estrena Uno para todos, su segundo trabajo tras las cámaras. Una película que sigue la senda de la austeridad y sencillez, la sala de juzgados deja paso a otro recinto cerrado, el aula de un instituto en uno de esos pueblos de la llamada España vaciada. A ese lugar, llega Aleix, un profesor interino, en mitad de la noche, como uno de esos vaqueros que llegaban a pueblos aparentemente vacíos y sin nada que temer. A la mañana siguiente, empieza con su clase, un grupo de 18 chavales entre 11 y 12 años, y se topará con el primer conflicto, uno de ellos, se encuentra enfermo de cáncer, al que visitará con frecuencia.

Basado en un hecho real que originó la película, que se construyó con un guión sobrio y cercano que firman Coral Cruz (que la conocemos por ser la guionista de Villaronga o Fernando Franco, entre otros), y Valentina Viso (que está detrás de las historias de Mar Coll, Elena Trapé o Nely Reguera), que nos cuenta un curso escolar, y no solo se centra en la educación y sus métodos, sino que nos habla de otros temas que también se dan en la educación, como el acoso entre compañeros, la gestión de conflictos humanos, la implicación personal más allá de las aulas, la convivencia entre unos y otros, la integración de los que más lo necesitan, encontrar el equilibrio entre educar y ayudar a niños con dificultades, conflictos con los que se encontraba Daniel Lefebvre, el director de la escuela de la maravillosa Hoy empieza todo (1999), de Bertrand Tavernier. Ilundain crea ese ambiente escolar a partir de pocos elementos, pero muy reconocidos, filmando en un instituto real, con esa cámara cercan y movible, que sabe captar la pulsión emocional que se vive en el interior de la aula, con esa luz naturalista e íntima creada por Bet Rourich (responsable de Jean-François y el sentido de la vida o Los chicos del puerto).

El ágil y estupendo montaje, que firman Elena Ruiz (que podemos encontrar nombres como los de Medem, Mar Coll, coixet o Bayona, en su filmografía), y Ana Charte (en films de género como Vulcania y El año de la plaga) que nos conduce con decisión por el interior del instituto, dosificando bien la información y tratando los conflictos con tacto, y la sutileza y sensibilidad música de Zeltia Montes (que la hemos podido escuchar en las recientes Adiós y El silencio del pantano). Ilundain vuelve a sumergirnos en un tour de force, protagonizado por el profe y sus alumnos, magnífico y lleno de situaciones fuertes y llenas de tensión, donde tanto uno como ellos, deberán dialogar, enfrentarse y llegar a acuerdos, a través del respeto, la cooperación y sobre todo, el apoyo mutuo y al fraternidad. Estamos frente a personajes de carne y hueso, muy cercanos, personas como nosotros, con sus miedos e inseguridades, con esas zonas oscuras a las que todavía no se han enfrentado, encauzando con criterio e inteligencia la dicotomía que sufre Aleix, el profe que debe lidiar con las emociones y conflictos pre adolescentes de la clase, con todo aquello que ocultan, con las suyas propias, las heridas emocionales que sufre con su pasado, la interinidad de su trabajo, de aquí para ella, una especie de náufrago, que va y viene, con sus dificultades para adaptarse al mundo rural, a hacer amigos, a tener un lugar donde quedarse.

La capacidad y el buen hacer de un actor como David Verdaguer, en la piel del profe Aleix, una especie de Shane (1953), de George Stevens, el tipo desconocido que llega al pueblo y percibe todo el aliento de mentiras y problemas que existen. Verdaguer consigue crear esa atmósfera de tú a tú con sus alumnos, tratándolos como personas y escuchando todo aquello que se cuece en esa clase, que nos es moco de pavo, gestionando todos esos conflictos emocionales que existen, e intentando construir personas y construirse a él mismo, como reza la frase que acompaña al cartel de la película: “Un profesor te puede cambiar la vida. Un alumno, también”. Bien acompañado por sus alumnos, todos ellos debutantes, que interpretan con naturalidad y cercanía, creando ese viaje íntimo y personal que se crea entre profe y alumnos en este curso escolar, que no solo aprenderán conocimientos, sino que crecerán como personas mirando de frente a los problemas sociales y personales que existen en la clase.

Bien acompañado por una Ana Labordeta como directora del instituto, Calara Segura como la madre del alumno enfermo, y la aparición de Miguel ángel Tirado (el popular “Marianico el corto”), en un personaje con entrañas, y Patricia López Arnaiz, la profe de refuerzo que visita al alumno enfermo de cáncer, con la que tratará y se genera una amistad cercana, con sus más y sus menos, claro está, en las que se confrontarán como un espejo deformador donde veremos la realidad que también oculta Aleix, que debe lidiar con conflictos a los que no está preparado, y que van más allá de impartir sus clases. Tiene la película de Ilundain ese aroma que tenía Veinticuatro ojos (1954), de Keisuke Kinoshita, en la que también, una maestra de la ciudad, llegaba a una escuela rural y su modernidad en sus métodos de enseñanza, la llevaban a entrar en conflicto con la comunidad rural. El director navarro ha creado una película pedagógica en todos los sentidos, una hermosísima lección de humanismo, donde tanto profes como alumnos, no solo pasarán un curso que no olvidarán, sino que saldrán transformados, y esa es la función más humanista que la enseñanza puede hacer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

L’ofrena, de Ventura Durall

LAS HERIDAS QUE ARRASTRAMOS.

“El pasado nunca se muere Ni siquiera es pasado”

William Faulkner

La película se abre a través de un prólogo que nos muestra el día que Rita y Jan se conocieron, cuando Jan apareció portando el último deseo del padre de Rita. De ese tiempo indeterminado, pasaremos a la actualidad, en un presente en que Rita y Jan viven y siguen enamorados, con una sola excepción, Jan está obsesionado con Violeta, una mujer casada, psiquiatra de profesión, y madre de dos hijos. Hay algo fuerte y obsesivo que lo ata, pero todavía no sabemos que es, pero Rita, en un acto de generosidad absoluta propiciará el encuentro que tanto desea Jan. El director Ventura Durall (Barcelona, 1974), arrancó su carrera en la ficción, con la interesantísima Las dos vidas de Andrés Rabadán (2008), protagonizada por un inconmensurable Alex Brendemühl, dando vida al famoso “Asesino de la ballesta”, que también, tuvo su mirada documental con El perdón, un año después. En un sugestivo díptico que huía del sensacionalismo y la noticia, para adentrarse en la psicología profunda y humana del protagonista. Vinieron otros documentales como Los años salvajes  (2013) y Bugarach (2014), este último codirigido, también alguna que otra tv movie, cortos y un puñado de películas produciendo a jóvenes talentos.

Ahora, vuelve a la ficción con L’ofrena, con un thriller psicológico asfixiante y lleno de elementos ocultos, que se mueve en esos terrenos pantanosos del alma, como el amor, el deseo, la obsesión, la culpa y el perdón, y lo hace desdoblando en dos tiempos el relato, en el profundo y sobrio guión que firman la debutante Sandra Beltrán, Guillem Sala (colaborador de Durall), Clara Roquet (que ya había hecho lo mismo con Marqués-Marcet y Jaime Rosales) y el propio director. Por un lado, tenemos la actualidad, en este denso y brutal descenso a los infiernos personales y muy íntimos, que protagonizan una especie de trío de almas perdidas, seres rotos que deambulan por la existencia como si no fuese con ellos, amarrados e hipnotizados por un pasado que les tambalea el alma y la vida. Y por otro, el pasado, cuando Violeta y Jan eran jóvenes y se conocieron un verano en un camping de la costa y la historia que vivieron. El relato va hacia delante y hacia atrás, conociendo todos los pormenores y situaciones emocionales en los que están implicados los personajes.

El director barcelonés cuida cada detalle, sumergiéndonos sin prisas en esta trama sobre estas vidas rotas, vidas que no acaban de vivir, que se mueven entre sombras y fantasmas, porque arrastran demasiadas rupturas emocionales, demasiados recuerdos dolorosos y demasiados golpes. Durall vuelve a contar con el excelente trabajo de luz del cinematógrafo Alex García (con el que ya había trabajado en la tv movie El cas dels catalans), con ese tono tenue y oscuro que baña toda la actualidad, muy contrastada por la luz del pasado, brillante y natural, creando esa perfecta simbiosis entre vida y muerte, entre ilusión y perdida, entre aquello que soñábamos y en lo que nos hemos convertido. El inmenso y calculado trabajo de montaje de Marc Roca (responsable de Yo la busco o La nova escola, de Durall, de próximo estreno), nos lleva sin pestañear de un tiempo a otro, de un mundo a otro, de un estado emocional a otro, con un magnífica labor en la dosificación de la información, para llegar a ese tramo final intenso y arrebatador.

En el tono y la narración de L’ofrena encontramos la malicia y la sequedad del Chabrol, cuando nos situaba en esas pequeñas y asfixiantes comunidades, donde todo se movía entre seres y situaciones de doble sentido, percibimos el aroma, la atmósfera y la angustia tan significativa de los miembros de la Escuela de Lodz: los Polanski, Kieslowski, Skolimowski, Zanussi, Zulawski, creadores que imponían espacios cerrados, relaciones turbulentas y llenas de odio, rabia y amor, para ahondar en las oscuras relaciones humanas y la profundidad psicológica de los personajes, las heridas emocionales tan propias del universo de Haneke, o el cine de Almodóvar, donde el pasado revienta la cotidianidad emocional, sin olvidarnos de nombres como los del primer Bigas Luna, Jordi Cadena o Jesús Garay, en sus historias íntimas y perturbadoras, protagonizadas por seres en penumbra emocional y abatidos por los designios del corazón.

El magnífico trabajo interpretativo es otro de los elementos fundamentales en los que se sustenta la película, donde se mira y se calla mucho, y se habla más bien poco, empezando por Alex Brendemühl, que sigue película a película, demostrando su extraordinaria valía, siendo un actor con más peso, elegancia y sensibilidad, bien acompañado por una Verónica Echegui, que juega bien su gran sensualidad, naturalidad y agitación, con Pablo Molinero, bien y dispuesto a mostrar la desnudez emocional cuando es requerido, Josh Climent, que habíamos visto en un pequeño rol en La inocencia, de Lucía Alemany, convertido en el chico seductor y rebelde que tanto enamora a las chicas en verano, y las dos grandes revelaciones de la película, que comparten el mismo personajes en dos tiempos diferentes, la joven debutante Claudia Riera, llena de energía y fuerza, absorbe la pantalla y nos enamora con sus miradas y gestos, y Anna Alarcón, que ya había demostrado en las tablas su buen hacer para los personas emocionalmente fuertes y complejos, es la Violeta adulta, la pieza clave en esta historia, actriz dotada de una mirada penetrante y un cuerpo frágil y poderoso a la vez, se convierte en la madeja que mueve toda la función, brillando cuando habla y cuando calla, y sobre todo, cuando mira, porque corta el aire, siendo una actriz que nos guía con su mirada, a través de su inquietud, su ruptura emocional y todas las heridas que arrastra.

Durall ha construido una película ejemplar, a partir de grandes y miserias cotidianas que nos rodean, que anidan en lo más profundo del alma, sumergida en emociones y relaciones oscuras y difíciles, que en algunos momentos rayan el terror, el drama personal e íntimo, ese que rasga el alma, el que no deja indiferente. Una obra bien vestida y magníficamente ejecutada, con esa tensión psicológica abrumadora e inquietante, donde la puesta en escena es firme, rigurosa y muy elaborada, como demuestra la magnífica ejecución de la comida en el patio, donde la cámara, en ningún instante, agrupa a los cuatro comensales, filmándolos en solitario, con planos cerrados y cercanos, para mostrar todo el abismo que les separa, y sobre todo, reafirmar todos los secretos que cada uno oculta. L’ofrena muestra a ese tipo de personas que existen y se mueven entre una especie de limbo, que no es pasado ni presente, un espacio donde se encuentran rotos a pedazos, incapaces de huir de sí mismos, y sobre todo, incapaces de encontrar esas ventanas o puertas que los conduzcan a lugares menos dolorosos y culpables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sin olvido, de Martin Sulík

LA MEMORIA DE NUESTROS PADRES.

“Lo que ocurre en el pasado vuelve a ser vivido en la memoria”

John Dewey

Resulta triste las pocas películas que están dedicadas al mundo de la vejez, y aún más, las escasas producciones que tratan las dificultades y tensiones que se generan para lidiar en el presente con la memoria de nuestros padres, y en este caso, la memoria del holocausto nazi. El cineasta Martin Sulík (Zilina, Eslovaquia, 1962), ha construido un relato que pivota bajo esos dos elementos: la vejez y el pasado oscuro de nuestros progenitores, y lo hace a través de una premisa sencilla y directa. Arranca su relato con Ali Ungár, un intérprete eslovaco-judío que busca en Viena (Austria), al antiguo oficial de las SS Graubner, verdugo de sus padres, con la intención de dispararle. Pero, cuando llega a su casa, le abre su hijo, Georg, un profesor jubilado vividor, que le comunica que su padre murió. Picado por la curiosidad, Georg se presenta en Eslovaquia, y emprende, junto a Ali, un viaje por el país en busca de la memoria de sus respectivos padres. Sulík arrancó su carrera en 1991 con la película Tenderness, donde explicaba los primeros años de Eslovaquia, después de la caída del régimen soviético, y siguió con tragicomedias surrealistas como Záhrada (El jardín), u Obis Pictus, o dramas realistas como Gypsy  (2011), alternando con documentales que repasan las trayectorias de figuras eslovacas de la cultura.

El director eslovaco nos convoca a una road movie íntima y sobria, escrita junto a su guionista preferido Marek Lescák, para abordar la resonancia en el presente de las huellas del pasado, de reencontrarse con la memoria de nuestros padres, tanto verdugos como víctimas, en un viaje profundo, intenso, y con toques de humor sutil, que protagonizan dos seres antagónicos, en un primer momento, pero que poco a poco, irán encontrando todas aquellas cosas que los relacionan profundamente, y sentirán que, tanto uno como otro, no se encuentran demasiado alejados de ese pasado tristemente común. Si bien en algunos instantes, la película es una lección de historia y memoria, que reivindica todos esos momentos borrados de los lugares, esos espacios en los que no se recuerda nada de lo que pasó, esos espacios testigos del horror nazi. Sin olvido (“Tlmocnik”, traducido de su título original como “El Intérprete”), también, es una lección de humanismo, de volver a mirar el pasado sin rencores, rabia o culpa, sino asumiendo los hechos de nuestros padres, tanto si son admirados como reprochables, como explicaba Borges en su magnífico cuento Tema del traidor y del héroe, como una forma de desenterrar la memoria y mirarla de frente, para asumir de dónde venimos y quiénes somos, y así de esa manera, mirar a las víctimas y reconciliarnos con su memoria, y la nuestra, que en el fondo es la misma.

Un viaje en el que se tropezarán con otros personajes, de diferentes edades y posiciones sociales, que nos ofrecerán un mosaico de las diversas maneras de pensar, y relacionarse con la memoria y el horror nazi que sufrió la antigua Checoslovaquia, a través de las antagónicas actitudes de los dos protagonistas. Por un lado, Ali Ungár (el jubilado eslovaco-judío tranquilo, callado y ordenado), interpretado por actores que destilan sobriedad, naturalidad y elegancia como Jirí Menzel, fallecido recientemente, el gran director de cine checo de obras como Trenes rigurosamente vigilados, Mi dulce pueblecito u Yo serví al Rey de Inglaterra, entre otras, que ha tenido una interesante carrera paralela con 70 títulos como intérprete con trabajos para nombres como los de Vera Chytilová, Costa-Gavras o Jan Nemec, entre muchos otros, y en el otro extremo, Georg Graubner (interpretado por el prolífico actor austriaco Peter Simonischek, que nos encantó en la divertidísima e interesante Toni Erdmann, de Maren Ade), el hijo del oficial de las SS, que su vida libertina le ha alejado de la memoria terrorífica de su padre, que a raíz de la aparición de Ungár, todo cambiará y se adentrará, a su modo, en esa memoria que hasta entonces ha intentado evitar y borrar.

Dos hombres, dos testigos de aquella memoria, que por los designios caprichosos de la historia, tienen un pasado común, oscuro y terrorífico, un pasado que el presente ve muy lejano y olvidado. Dos almas que empezarán en posiciones muy opuestas y que, a medida que avance el interesante y profundo metraje, se irán acercándose y se mirarán en ese espejo de la memoria que, a su pesar, comparten, uniendo fuerzas para volver a la memoria y reencontrarse con esos espacios y lugares, testigos de tanto horror, porque como viene a decir la película de Sulík, para poder vivir hay que volver a mirar el pasado, rescatar esos lugares de nuestros padres, desenterrar los horrores y errores del pasado y así, volver a quiénes somos, sin rencores, rabias o miedos encontrándonos con esas humanidad necesaria para mirar al pasado sin acritud, y de alguna manera, reconciliándonos con él y con el pasado del otro, en este caso, la memoria de Ali Ungár, con sus padres asesinados por el oficial nazi Graubner, padre de Georg. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Monumental, de Rosa Berned

PERSONAS COMO NOSOTROS.

“Sabemos lo que somos, peor aún no sabemos lo que podemos llegar a ser”

William Shakespeare

En Monos como Becky (1999), fascinante y hermosísimo documento del maestro Joaquim Jordá, exponía la enfermedad mental desde las personas, dese sus sueños e inquietudes, desde sus más profundos anhelos y existencias, enterrando tantos prejuicios, miedos y barreras que la sociedad ha impuesto a los enfermos de salud mental. Una película que ayudó a mirar a los enfermos como personas, huyendo de la compasión y el victimismo, y sobre todo, situándolas en un marco humanista. Un proceso parecido es el que ha emprendido la directora Rosa Berned (Madrid, 1981), que ya había tratado de una manera diferente la inmigración a través de interesantes cortometrajes, debutando con un relato desde el alma, desde la mirada, desde la cercanía, desde la espontaneidad de un grupo de personas de salud mental, que asisten a un taller de teatro, donde cine y teatro se funden, donde cada uno de ellos empieza a soltar amarras, a bucear en sus dolorosos recuerdos del pasado, y sobre todo, a cambiar, a convertirse en personas diferentes, en esta película catártica, en este proceso único y honesto, que convierte a estas personas en seres que miran al presente con otros ojos, donde el miedo empieza a doler menos y la vida se viste de amor, amistad y abrazos.

Una película nacida de la experiencia de Pilar Durante, productora de la cinta, con más de tres décadas trabajando como terapeuta ocupacional con personas con enfermedad mental, y el incondicional apoyo de Rosa García, la integradora social, y asistente de dirección, y la propia directora, que crearon talleres de fotografía y de teatro, y durante el proceso se encontraron con un grupo de siete personas que sufren de enfermedad mental: María Jesús Rodríguez, Pedro Lara, Silvia Jiménez, Nieves Rojo, Emilio Garagorri, Manuel Jiménez y Julia Vera. Siete personas adultas que a través del taller van experimentando sus propias enfermedades, sus existencias, sus pasados, y su identidad, y la cámara de Berned, con la ayuda del rítmico y naturalista montaje de Amaya Villar Navascués, registra la vida, todos esos momentos en los que asistimos como testigos de excepción a sus aperturas emocionales, donde se muestran lo que son, con sus rupturas emocionales, sus pasados de maltratos y abusos por parte de sus progenitores, sus trastornos, sus intentos de suicidio, sus manifestaciones reivindicativas a ser tratados como personas y no como niños u objetos, a sus luchas para acabar con el estigma de la salud mental, sus presentes, donde se van abriendo a los demás, y sobre todo, compartiendo su dolor y sus alegrías, donde reivindican los abrazos y la vida, en contraposición a tanta pastilla e invisibilidad.

Descubrimos a siete seres maravillosos, con sus luces y sombras, con sus pesadillas y alegrías, llenos de bondad y gratitud, en un relato honesto e íntimo, que apenas habla de salud mental, lo necesario, el resto lo dedica a descubrirnos el interior de esas personas, unas personas que podríamos ser nosotros, si hubiéramos pasado por situaciones parecidas a las de ellos. Berned ha construido una ópera prima de gran calado emocional, llena de sabiduría e inteligencia, una conmovedora y nada compasiva lección de humanismo, rescatando todas las bondades y herramientas del arte, en este caso del teatro y el cine, como terapias catárticas que ayudan de forma profunda y personal a aliviar y reconducir los males emocionales, extrayendo todo aquello que daña y reparándolo, a través de lo que sentimos y como lo extraemos, del proceso para sentirse bien, mirando de frente nuestros dolores, miedos e inseguridades, pasando del aislamiento emocional a el espacio de compartir, de explicar, de hablar, de sacar todo aquello que nos hace mal, para convertirlo en algo que podamos compartir con los demás, y de esa manera, sentirnos más ligeros y aliviados.

La película no solo documenta el taller de teatro, sino que entra en sus hogares, en las relaciones familiares y personales, los acompaña en sus profundas reflexiones sobre la vida, la muerte, la existencia, el tiempo, etc…Un documento honesto y sensible, que trata la enfermedad mental sin condescendencia ni sentimentalismo, sino de forma sincera y personal, de frente, sin miedos ni atajos, cara a cara, mostrándola en toda su crueldad, pero también, el otro lado, ese que proyecta el taller de teatro, que ayuda a curar heridas, siendo otros, expresando lo que tanto cuesta en la realidad, atreviéndose a sentir lo que tanto duele, a trabajar cada día en ser lo que otros tanto tiempo le negaron, a aceptarse para que los demás acepten, a sentirse libres, independientes y seguros, a sobrellevar la enfermedad y a no sentirse solos y vacíos, a saber compartir la alegría y el dolor, en fin, a vivir con todo lo que ello conlleva, pero con menos miedo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/408473182″>MONUMENTAL_TRAILER#1</a> from <a href=»https://vimeo.com/user68631998″>Producciones As&iacute; es la Vida</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>