Los destellos, de Pilar Palomero

LA TERNURA DEL CORAZÓN.  

“Hay tantas formas de amor como momentos en el tiempo”. 

Jane Austen

En Los destellos, tercer largometraje de Pilar Palomero (Zaragoza, 1980), no dista mucho de sus anteriores largometrajes. Tanto en Las niñas (2020), y en La maternal (2022), la historia se construía a través de la relación íntima, profunda y distante entre una hija y su madre, envueltas en un conflicto exterior que las acerca o aleja según las circunstancias. En la primera, la cosa iba de la educación cristiana de una niña en contraposición a los cambios del país en la España del 92, y en la segunda, el tema rondaba en un embarazo adolescente.  Si bien es cierto que, en esta última, a la relación de madre e hija, se le añade la cercanía de la muerte, a través de la enfermedad del padre y ex, respectivamente. La cineasta, de modo casi natural, ha ido añadiendo años a sus hijas, y ahora, estamos frente a una joven universitaria, manteniendo, eso sí, en las dos primeras, a madres solas, ya no en esta última, donde la madre tiene pareja y vive junta a ella. La historia nace del relato “Un corazón demasiado grande”, de Eider Rodríguez, donde se habla de cómo nos enfrentamos al hecho de la muerte, de su gestión y sobre todo, de ese eterno presente en el que vivimos. 

Como sucedía en sus anteriores trabajos, el relato naturalista y nada efectista cambia lo urbano para adentrarse en nuevo espacio, muy cercano a la directora, ya que es el pueblo de su familia, el Horta de Sant Joan, en Tarragona, en las Terres de l’Ebre y del Matarraña. Un rural que se aleja de lo primario para mostrar un espacio lleno de cotidianidad, de intimidad, con esa atmósfera tan cercana que se puede tocar, donde escuchamos respirar a los personajes, como si pudiéramos escuchar cada uno de sus latidos, cada una de sus emociones, en un equilibrado guion donde todo lo que vemos y escuchamos emana verdad, una verdad tranquila, nada impostada, ligera y reposada como cualquier día, donde la vida va pasando sin sobresaltos, o quizás, sin darnos cuenta, entretenidos a nuestros quehaceres cotidianos y nuestros futuros. Esa aparente tranquilidad se ve trastocada con las visitas de la hija, Madalen, que pasa los findes junto a su madre y visitando a su padre enfermo, Ramón, hasta que, la hija pide a su madre, Isabel, que visite a su padre y ex. Un hecho que reaviva el pasado, después de 15 años separados, donde volverán sentimientos que se creían superados y hará que el presente se convierta en sumamente trascendental. 

La delicada cinematografía de Daniela Cajías, que ya hizo la de Las niñas, y se coronó con la de Alcarràs (2022), de Carla Simón, se instala capturando con extrema sencillez la luz mediterránea, con sus contrastes y sus atardeceres, creando ese ambiente donde la vida y la cercanía de la muerte van creando esa luz viva, que nos deslumbra y también, nos ensombrece un poco, avivando todo ese interior complejo que está gestionando Isabel. La música de Vicente Ortíz Gimeno, del que conocemos sus trabajos en series como El día de mañana y La línea invisible, entre otras, huye de la sensiblería recurrente en este tipo de historias, para adentrarse en otros espacios, el de acompañar sin hostigar, el de estar sin entrometerse, el de estar callado sin interrumpir. El excelente montaje de Sofi Escudé, tercera película con Palomero, donde en sus 101 minutos de metraje se aleja de lo habitual para crear esa atmósfera donde cotidianidad y enfermedad se van dando la mano, como novios tímidos, y poco a poco, sin prisas ni agitaciones, se van acercando, acogiéndose y estando, acompañándose los unos a los otros, compartiendo el presente echando la vista al pasado que vivieron, que estuvieron, pero desde ese instante actual en que la vida parece detenerse e ir muy rápido, entre esas aristas donde se instala la película. 

El reparto de la película, magnífico bien escogido, con una Patricia López Arnaiz en el papel de Isabel, tan contenida como íntima, que traspasa la pantalla a partir de una naturalidad tan emocionante, muy bien acompañada por Antonio de la Torre como Ramón, que lleva con dignidad su enfermedad aunque se muestre distante al principio, también tendrá, como les ocurre a todos los personajes, un proceso que no le resultará fácil, con Julián López como Nacho, la pareja de Isabel, que va dejando sus personajes más cómicos para atreverse con tipos diferentes, más comedidos, en que prevalece la mirada y el gesto a la palabra. Finalmente, tenemos la presentación de Marina Guerola que hace el personaje de Madalen, otro grandísimo acierto de la directora zaragozana, como ya hiciese con Andrea Fandós en Las niñas, y con Carla Quílez en La maternal, otro gran rostro para el cine español, en una interpretación que ha sido todo un gran desafío para la actriz debutante, porque su personaje, que hace de puente entre sus padres, es una de esas composiciones que suponen todo un tránsito entre el pasado y presente, a través de dos seres que no se conocen, que son dos perfectos desconocidos, o quizás no tanto. 

Celebramos y aplaudimos una película como Los destellos, de Pilar Palomero que, además de convocarnos a una historia tan natural como real, nos conmueve con pequeños y leves detalles, sin caer en el manido relato de la compasión y la tristeza, sino en toda una lección de vida, del hecho de vivir, de enfrentarse a lo que somos, a lo que fuimos y lo que, quizás seremos, siempre desde el amor, el cuidado y el de mirarse en el alma del otro, o al menos, comprenderla y estar a su lado, porque en estos tiempo actuales donde las prisas y la acumulación de tareas se ha convertido en el sino de todos y todas, la película reivindica el tiempo detenido, olvidándonos un poco de nuestro ego, de nosotros y acercarnos a los otros. El tiempo para los otros como la mejor herramienta para conocernos y querernos, el hecho de estar, relajados y tranquilos observando un atardecer con una copa de vino o charlando sin más, como las mejores cosas que podemos hacer, olvidándonos de nuestras vidas mercantilizadas, y mirándonos en los demás, en sus cosas, ya sean la enfermedad, los recuerdos, los buenos y no tan buenos, así, sin más, sin nada que hacer, sólo compartiendo, un hecho que ya pocos hacen, sometidos a sus vidas y a sus cosas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Amal, de Jawad Rhalib

SOBRE LA TOLERANCIA.  

“Leed, haceos preguntas, desarrollad vuestro pensamiento crítico, y seréis libres”. 

Si recuerdan El joven Ahmed (2019), de Jean-Pierre y Luc Dardenne, en la que un chaval de 13 años tenía el dilema entre la pureza que le ha enseñado su imán o entregarse a las pasiones de la vida. Una dicotomía parecida a la que se enfrentan los alumnos de la clase de Amal, una profesora árabe de un instituto a las afueras de Bruselas. Con un guion muy bien construido que firman el trío David Lambert, cineasta y guionista de 9 meses, de Guillaume Senez, Chloé Leonil, que tiene en su haber películas como Un amor tranquilo, de Joachim Lafosse, y el propio director Jawad Rhalib (Marruecos, 1965), en el que a modo de thriller psicológico van desgranando una realidad muy actual en muchos institutos europeos: hijos de inmigrantes que viven entre la educación libre de los países occidentales enfrentada al radicalismo de muchos que usan la religión para manipular a los jóvenes. El relato huye del maniqueísmo y va generando unos conflictos muy complejos, en que los diferentes personajes, alumnos y profesores, se enfrentan a estos como pueden, detenidos en un mar de dudas, miedos y demás.  

De los 7 títulos que ha filmado Rhalib, 5 son documentales, donde ha mirado a las realidades sociales de su país, profundizando en temas como la desolación de muchos pescadores que ven cómo las multinacionales europeas saquean su modo de vida en Los condenados del mar (2008), la desesperanza de muchos jóvenes sin futuro en El canto de las tortugas (2013), la identidad musulmana y la expresión artística en When Arabs Danced (2018), entre otros. Con Amal, su segundo largometraje de ficción, coproducido por una grande como Geneviève Lemal, (con más de 200 títulos, entre los que destacan los citados Dardenne, Costa Gavras, Terence Davies, Ozon, Carax, Bonello, etc…), donde aborda como la citada profesora se enfrenta a un dilema complicado, enseñar valores humanos, de respeto y tolerancia a sus alumnos cuando estos acosan, amenazan y golpean a una compañera de clase que se declara homosexual, influenciados por islamistas radicales camuflados como hombres integrados en la comunidad. Una película sobre el miedo, sobre nuestros límites ante la violencia de los otros, ante no callarse cuando otros imponen una forma de vivir y de pensar. La película rastrea todos esos aspectos y lo hace de forma admirable, honesta y de verdad, sin caer en condescendencias ni nada que se le parezca, extrayendo todas las emociones de sus diferentes personajes en mitad de una situación muy oscura. 

La excelente cinematografía de la debutante Lisa Willame consigue atraparnos en ese pequeño microcosmos por el que se mueve la historia: las aulas del instituto y las calles del barrio, donde se instala la desconfianza, el miedo y la violencia. A través de asfixiantes y tensos encuadres, muy cercanos a los personajes, con el mejor aroma de los mencionados Dardenne, deudores del Neorrealismo italiano, cuando la cámara era un personaje más, es decir, un observador muy atento y no juzgante de la realidad que quería atrapar, siempre de forma reposada, austera y real, que fuese el propio espectador que extrajera sus propias conclusiones, interfiriendo lo más mínimo. Estamos ante una película cortante, que no da tregua, muy emocional que no sensiblera, y muy física, donde las situaciones van en un in crescendo endemoniado, sin concesiones, hacia el abismo. el montaje de Nicolas Rumpl, que tiene en su haber películas recientes como Un pequeño mundo, El caftán azul y Nuestro último baile, entre otras, es un ejercicio magnífico de tensión y solidez que nos coge desde el primer instante y no nos suelta hasta el final, generando esa paz tensa que somete a toda la historia, en sus 111 minutos de metraje. 

Una película de estas características debía tener una actriz a la altura de un personaje como Amal, una profesora vocacional, que no se amedrenta ante nada ni nadie, firme y trabajadora ante una educación que despierte el pensamiento crítico, que construya personas conscientes y no trabajadores sumisos. Una actriz como Lubna Azabal, que es el mejor vehículo para contarnos el relato, con su humanidad enfrentada a su miedo, las imperfecciones, que son muchas, de un sistema, y de esos otros, tan amables y simpáticos, que esconden la maldad personificada. Le acompañan Fabrizio Rongione como Nabil, ese otro maestro, más dado a otro tipo de educación, que lo enfrentará a Amal, y Catherine Salée, la directora del instituto, que se ve abrumada por todos los sucesos que caen sobre el centro. Y luego, un grupo de estupendos intérpretes debutantes escogidos en un arduo casting como Kenza Benbouchta que hace de Mounia, la golpeada por Ethelle Gonzalez-Lardued que es Jalila, entre otras. Amal, de Jawad Rhalib tiene el aroma de películas como Entre les murs (2008), del recientemente desaparecido Laurent Cantet, La ola (2008), de Dennis Hansel, o la reciente Sala de profesores, de Ilker Catac, buenas muestras de la importancia de una educación en valores humanos, respeto, igualdad, equidad y tolerancia. No es una tarea nada fácil, pero no imposible. Todo un reto mayúsculo para los profesionales de la enseñanza. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Great Absence, de Kei Chika-Ura

LA MEMORIA DE MI PADRE. 

“Después de deambular por tu ciudad natal todo el día sin ninguna esperanza de encontrarte, el joven solo podía mirar el mar, y sintió que… la vista que tenía delante era como tú”. 

La película se abre con un prólogo muy significativo. Vemos al protagonista, Takashi, un actor ensayando una obra de Ionesco. La ficción nos introduce en la historia, una ficción que vertebra la frágil memoria de Yohji, el padre de Takeshi, con el que ha tenido una nula relación cuando 20 años atrás se divorció de su madre. Transcurrido ese tiempo, Takeshi visita a su padre que ahora vive con Naomi, donde el abismo que les separa es muy evidente. Son dos extraños, la misma sensación cuando una llamada de teléfono informa al joven actor de la enfermedad de su padre, ahora volverá con la compañía de su mujer. La ficción sirve para llenar tantos espacios vacíos de la memoria de Yohji, y Takeshi, por su cuenta, investigará la verdad de toda esa “mentira”, averiguando lo ocurrido durante todos esos años de ausencia y sin saber la vida de su padre y su entorno, en un deambular entre pasado y presente en el que sabiamente se instala el relato.

El director Kei Chika-Ura (Japón, 1977), que ya había debutado en el largometraje con Complicity (2018), en la que seguía la vida de un trabajador chino en Japón comprando una identidad para mejorar las condiciones de su vida. En cierta forma, su segundo largo también habla de identidad, de inventarse una cuando la memoria falla, a partir de un guion que firman Keita Kumano y el propio director, que tiene cierto aroma del magnífico cómic El almanaque de mi padre, de Jiro Taniguchi, porque también habla de la relación de un hijo con su padre que hace años que no ve, y la reconstrucción de su vida en su ausencia. La historia se mueve entre el pasado y el presente, pero de forma sutil sin esas transiciones tan efectistas, sino con elegancia y sensibilidad, con ese tempo japonés, donde no hay enfatizaciones ni nada que se le parezca, con ese ritmo muy pausado en que la cámara apenas se mueve o permanece quieta, atenta y observando en silencio el no movimiento de los respectivos personajes y sus diálogos tranquilos y en calma, como si estuvieran susurrando. La memoria sirve como contrapunto en la relación de padre e hijo, en la no relación de tantos años alejados, y ahora, en este tiempo presente, el hijo tiene la necesidad de saber para quedarse tranquilo. 

La elegante y sofisticada cinematografía que firma un grande como Yutaka Yamasaki, habitual de inmejorables cineastas como Hirokazu Koreeda y Naomi Kawase, basada en la ejemplaridad del encuadre y una luz tenue, que parece acariciar cada rostro y cuerpo y cada espacio que vemos en la película, donde la cámara en 35 mm parece estar y no estar, con esa habilidad de mostrar situándose en una invisibilidad extraña, como si no estuviera. Un prodigio de la luz y el plano. Bien acompañada por la excelente composición del músico Koji Itoyama, que tenía un reto duro por delante, porque no debía acompañar demasiado tantas miradas, gestos y silencios que hay entre los personajes. El montaje que firma el director, seduce con lo mínimo, en una película de 133 minutos que, algunos espectadores les resultará difícil de seguir, porque el conflicto es mínimo, casi inexistente, porque la película se detiene en contarnos esos interiores ocultos de los personajes, y cómo gestionan el deterioro mental del padre y esa otra vida pasada y las circunstancias que la produjeron. En Drive My Car, de Ryûsuke Hamaguchi, en que la película guarda similitudes, también proponía un viaje emocional al pasado, las emociones y la identidad. 

El cuarteto protagonista compone unos personajes nada sencillos, llenos de complejidad, con demasiadas heridas emocionales todavía sin curar. Tenemos a Takeshi, el hijo ausente de vuelta, que interpreta Mirai Moriyama, que le hemos visto en alguna de Naomi Kawase, que hilvana toda la historia con sus idas y venidas y su profunda investigación del pasado para entender, bien acompañado por Yoko Maki que hace de su mujer, que tiene en su haber películas con Shimizu, Koreeda y Miike, Hideko Hara es Naomi, la segunda mujer de Yohji, una mujer muy humana y silenciosa, que también tiene muchas respuestas para Takeshi, y finalmente, la presencia de Tatsuya Fuji en el papel de Yohji, un legendario intérprete japonés con más de 60 películas en más de 60 años de carrera, siendo el inolvidable protagonista de El imperio de los sentidos (1976) y El imperio de la pasión (1978), ambas de Nagisa Ôshima, amén de otras producciones, siendo el anciano profesor jubilado que ya no tiene memoria y se va inventando ficciones para todavía pertenecer a su mundo, que ya no es este. Quizás Great Absence no es una película fácil, pero si tienen la paciencia necesaria la podrán ver sin desinterés, porque explica emociones y conflictos sobre relaciones paternofiliales en un contexto como los problemas de memoria y lo más interesante, cómo gestionarlos de manera tranquila y en compañía y mucha comprensión. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Societat negra, de Ramon Térmens

LOS QUE PIERDEN SIEMPRE. 

“El infortunio, el aislamiento, el abandono y la pobreza son campos de batalla que tienen sus héroes”. 

Víctor Hugo 

De las siete películas que he visto de Ramon Térmens (Bellmunt de Segarra, 1974), todas están instaladas en el noir, en esos espacios que los turistas nunca visitan, habitados por seres marginados y aislados que viven de pequeños hurtos y sin esperanza, escabulléndose de una policía que los persigue y los somete a unas leyes injustas y deshumanizadas. El director lleidatà ha conseguido, a fuerza de mucho esfuerzo y talento, ir construyendo una filmografía muy a contracorriente, porque ha optado por el género negro clásico y atemporal a la vez, bastante desértico en la cinematografía de estos lares, barrido por un thriller muy al estilo de los nuevos códigos del Hollywood actual, llenos de historias empequeñecidas, de pocos personajes y la tarea simple de averiguar un entuerto, muy alejado de la crítica social, política y económica que siempre había caracterizado los grandes títulos del género. 

Térmens mira a los grandes del noir, y no sólo eso, sino que se nutre de historias locales y muy cercanas, dándoles un carácter humanista y nada maniqueo, a partir de historias muy entretenidas e interesantes, protagonizadas por seres perdidos, que deambulan por una sociedad excluyente, almas perdedoras pero no vencidas, donde lo ilegal llena la pantalla. Con Societad negra, basada en la novela homónima de Andreu Martín, sigue instalado en los ambientes de La mujer ilegal (2020), aunque la inmigración ilegal ha dejado paso a la comunidad china, a las mafias que controlan las mercaderías que llegan a Barcelona, y también, a aquellos otros, que viven como pueden en la mencionada ciudad. En la historia que mira a toda la invisibilidad de las ciudades, en este caso, la de Barcelona, pululan ladronzuelos de poca monta, gángsters chinos, policías amigas y una trama donde un robo hará saltar la mecha de unos individuos que, como suele ocurrir, en el género negro, no deberían haber cruzado sus caminos. Una trama escrita por Daniel Faraldo y el propio director, en el quinto guion que escriben juntos, muy desestructurada en torno al citado robo que estructura toda la trama, como hace la novela en la que se basa, llena de tensión, muy asfixiante y oscura que se desarrolla en apenas un mes. 

Como sucedía en La mujer ilegal, la cinematografía vuelve a ser clave en la película, firmada por Àlex Sans, del que nos entusiasmó su trabajo en El fred que crema (2022), de Santi Trullenque, de aquellos paisajes invernales ha pasado a las calles negruzcas de Barcelona, tan poco representadas en el cine, y unos espacios aislados vistos en tonos grisáceos, pesados y alejados de la estética convencional, con esos neones propios de los noir asiáticos, creando esos encuadres en los que la cámara se desliza por muchos lugares creando esa unidad en una película coral y cargada de ambientes. La excelente música de David Solar, que ya hizo lo propio en La mujer ilegal, consigue crear esas continuas sombras y reflejos que acompañan constantemente a unos personajes inquietos y vulnerables a medida que avanza la caleidoscópica trama. El estupendo montaje de Anna Térmens, cuatro títulos con el director, que se enfrentaba a una tarea nada sencilla, en una película que se va a los 136 minutos de metraje, bien contados y construidos con reposo, imponiendo una claridad esencial para que los espectadores no se líen con tanto lugar y personaje, además de una trama puzzle que se va contando con múltiples saltos tanto hacia delante como atrás. 

Como ocurría en sus anteriores trabajos, el reparto de Societad Negra está muy bien escogido, porque consigue una mezcla de intérpretes más conocidos con otros menos, pero que todos transmiten mucha naturalidad y cercanía, en una trama que se bebe mucho de lo clásico pero sin olvidar el lado humano y actual, arrancado por el trío chino de la película, con un Alberto Jo Lee grande en su personaje, una especie de líder de los invisibles, con su antagonista en la persona de Chacha Huang, una de esas femme fatale magníficas, con muchas sorpresas, y Marcos Zen, el hombre de negro que viene de China a arreglar los desaguisados, tan frío como malvado, el incombustible Daniel Faraldo, fiel cómplice de Térmens desde que rodasen Negro Buenos Aires (2009), metido en la piel de un pobre diablo metido a ladrón de poca monta, y David Arribas, el típico joven, poco esbailado de gran corazón, que pone los toques de humor que rebajan la tensión de la historia. Completan el reparto Montse Germán como una policía curtida en mil batallas, Adrian Pang es el jefe de la mafia china en Barcelona, María Galiana es la mamá de Faraldo, y Abel Folk, es el jefe de Montse, tan entregado como vendido.

Aplaudimos el coraje de una película como Societat negra que nos devuelve aquel cine policíaco tan popular que tuvo su apogeo en la Barcelona de los cincuenta con los Iquino, Coll y Rovira Beleta, Bosch y tantos otros, y luego otros grandes títulos en los ochenta con Fanny Pelopaja (1984), de Vicente Aranda, también basada en una novela de Andreu Martín, la serie La aventuras de Pepe Carvalho (1986), de Adolfo Aristaraín, y más actuales, como las grandes películas de Enrique Urbizu y más, que han visto en el policíaco, que emulaba a los clásicos de Hollywood, unas ventanas para hablar de la sociedad, de la política y de esos grandes olvidados de las ciudades, los que nunca tienen suerte, o si la tienen, siempre acaban en líos tremendos, como esos tipos que salen en las películas de Huston, que no andan muy lejos los que se mueven por Societat negra, unos pobres individuos, tan derrotados como invisibles, que encuentran en un robo a las tríadas una vía de escape para saldar sus vidas y su futuro, o algo que se le parezca, sin pensar en las terribles consecuencias, o quizás, si las saben, pero como no tienen nada y nada que perder, se lanzan a esa empresa que tiene pocas oportunidades, pero no tiene  otra. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Luka, de Jessica Woodworth

LA AMENAZA FANTASMA. 

“Madre, cuando leas estas palabras, hará ya mucho que me he ido. Los dos sabíamos que este día llegaría. (…) En mis primeros recuerdos estoy en tus brazos. Contándome las historias épicas de la Fortaleza de Kairos. Donde intrépidos guerreros defienden los restos de nuestra civilización. (…) Ahora soy más fuerte de lo que lo seré nunca. Sobreviviré al viaje. Me uniré a sus filas y me enfrentaré al norte. Cuando mires a las nubes en el cielo, piensa en mí”. 

Los primeros minutos de Luka, de Jessica Woodworth (Washington, EE.UU., 1971), son de una plasticidad sobrecogedora. Vemos a un hombre joven vagando a punto de derrumbarse en mitad de una nada que es inmensa y solitaria. Unas imágenes que nos remiten a un relato distópico, a una de esas películas donde hay rasgos de la ciencia-ficción setentera y filosófica, donde se convocaba a las relaciones siempre complejas entre humano y naturaleza. Después, nos encontramos en una especie de fortaleza, antaño más sólida ahora en plena decadencia y deteriorada, donde el joven Luka se presenta como soldado para defender el puesto frente al enemigo del Norte. 

A Woodworth ya la conocíamos por su trabajo junto a Peter Brosens, con el codirigió 5 películas como Khadak (2006), Altiplano (2009) y La quinta estación (2012), que conforman una trilogía sobre las mencionadas malas relaciones de humanos con la naturaleza, después dirigieron el díptico El rey de los belgas (2016) y su continuación El emperador descalzo (2019), comedias satíricas ambientadas en los Balcanes. Ahora, y en solitario, Brosens está en labores de producción, construye una historia minimalista, basándose libremente en la novela “El desierto de los tártaros”, de Dino Buzzati, que ya tuvo una adaptación muy fiel dirigida por Valerio Zurlini en 1976. Su propuesta coge la trama principal, la del ejército esperando a ser atacado, para llevarnos en un primoroso blanco y negro y rodado en 16mm por la cinematografía Virginie Surdej en un extraordinario trabajo de composición, que ya habíamos visto por sus trabajos para Nabil Ayouch, Maryam Touzani y César Díaz. La férrea disciplina militar en el interior de la fortaleza como si fuese un universo en sí mismo, aislado del mundo y suspendido en el tiempo, en una existencia etérea regido por unas constantes maniobras y ejercicios militares donde las cosas se hacen pero con la sensación de inutilidad y de forma desesperada. 

La inquietante y excelente música de Teho Teardo, que tiene en su haber películas con Paolo Sorrentino y Gabriele Salvatores, entre otros, ayuda a crear esa idea de fantasmagoría que llena toda la película, a partir de las relaciones de unos personajes que se mueven entre el estatismo de lo militar con las alucinadas coreografías donde muestran toda esa rabia contenida en la la historia opta por el cuerpo y las manos y deja los pocos diálogos casi ausentes, porque estamos ante un relato atmosférico y nada complaciente, regido por unos encuadres sólidos y un relato casi inexistente, que aún la hace más misteriosa y terrorífica, con esa espera absorbente y desquiciante. El ajustado trabajo de montaje que firma David Verdurme, que ya trabajó con Woodworth y Brosens en los citados filmes sobre el rey belga, amén de Lukas Dhont, y la española Ánimas, de Alvea y Ortuño, consigue atraparnos en esa constante nada e inventado o no peligro que los va consumiendo a la espera de algo que lleva años sin producirse. El fantástico diseño de vestuario de Eka Bichinashvili que, junto al lugar de rodaje, las llanuras angostas y vastas del monte Etna, consiguen crear ese espacio extraño, inhóspito y alucinado.  

El magnífico reparto que mezcla intérpretes conocidos con otros menos como el actor holandés Jonas Smulders que interpreta al joven Luka, en este relato iniciático que se aleja de los convencionalismos para adentrarse en terrenos más complejos. Le acompañan el belga Jan Bijvoet que, desde que lo vimos en Borgman y El abrazo de la serpiente, nos sigue fascinando, componiendo un sargento de armas tomar, férreo y fiero que no se detendrá ante su posición y su tropa, el actor belga Sam Louwyck, que repite con la directora, Hal Yamanouchi y Valentin Ganev son dos leales y estrictos comandantes, los jóvenes Django Schrevens y Samvel Tadevossian que hacen de los soldados Gerónimo y Konstantin, fieles compañeros de Luka, y finalmente, la presencia de Geraldine Chaplin, grandiosa actriz con más de seis décadas y más de 150 títulos de trayectoria haciendo de general, una interpretación que sin decir apenas algo transmite todo lo necesario. Luka, de Jessica Woodworth, penetra en nuestro interior con una fábula con tintes del mejor Tarkovski y ese cine del este que tanto nos ha gustado, con una atmósfera de terror, ciencia-ficción y condición humana, que suele ser la más compleja y malvada. No se la pierdan, la disfrutarán y también, les inquietara. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La virgen roja, de Paula Ortiz

HILDEGART, LA HIJA DE AURORA. 

“Mi hija es mi obra”. 

Aurora Rodríguez, madre de Hildegart

De las cinco películas que ha dirigido Paula Ortíz (Zaragoza, 1979), destacan su elaborada estética, una forma cuidada donde cada encuadre está muy pensado y mejor ejecutado, con apenas movimientos de cámara, y una gran plasticidad para recrear un momento histórico basándose en textos o novelas de Lorca como en La novia (2015), Hemingway en Al otro lado del río y los árboles (2022), Mayorga en Teresa (2023), o en un guion original como hizo en De tu ventana a la mía (2011), su debut, o en hechos reales como en su último trabajo, La virgen roja, que recoge la vida de Aurora Rodríguez, una mujer que tenía en mente crear la mujer del futuro, y así se lo propuso con su hija Hildegart en la España republicana de los treinta. Una historia que ya tuvo una primera versión cinematográfica en 1977 con Mi hija Hildegart, de Fernando Fernán Gómez, basada en el ensayo “Aurora de sangre. Vida y muerte de Hildegart, de Eduardo de Guzmán, otra en formato de cortometraje en The Red Virgin (2011), de Sheila Pye, aparte de numerosa literatura en ficción como ensayo sobre las dos mujeres como La madre de Frankenstein, de Almudena Grandes, entre otros. 

La cineasta zaragozana se nutre de un buen guion de la pareja formada por Eduard Sola y Clara Roquet, y de lado la reconstrucción fidedigna para centrarse en los personajes, lo que vemos y lo que ocultan, a partir de sus carácter y existencias de las dos mujeres, las de Aurora, rígida, tenaz, intensa y impertérrita, recta en su objetivo: convertir a su hija Hildegart en una mujer moderna, diferente a las demás, instruyendo en diferentes materias a su hija, convirtiéndola en una niña prodigio con tres carreras universitarias, entre ellas las de derecho, que hablaba varios idiomas y escribió 16 libros y más de 150 artículos sobre reforma sexual y liberación de la mujer, amén de militar en varios partidos políticos de izquierdas. En su época fue muy conocida, pero la guerra civil primero y la continua desmemoria histórica del país, la relegó a un olvido injusto que, poco a poco, se va subsanando por medio de libros y películas como esta. El único pero de la película, si es que se puede llamar así, es que los que conocemos la historia real nos evitaremos la resolución final, y no resulta ningún problema porque Ortiz maneja con soltura, como pasa en su cine, las relaciones de sus personajes, tanto en la intimidada como en lo público, creando imágenes poderosas que quedan en la retina como ese plano general en el tenis, con todo el respetado de blanco menos madre e hija de negro sin manifestar ninguna emoción como si hace el resto.

La luz velada y mortecina que consigue ir más allá del relato que cuenta la película, con ese piso de película de terror, donde los colores sombríos alejados de colores vivos resaltan el carácter duro y tenso de la madre y la no vida de Hildegart. Un gran trabajo del cinematógrafo Pedro J. Márquez, habitual de los policíacos oscuros y tensos de Miguel Ángel Vivas, construye esa cárcel en la que viven madre e hija, que más parece la casa del terror, donde está sometido al constante estudio, a salidas excepcionales y poco más. Todo bajo el orden estricto y paranóico de la madre. La excelente música del dúo Juanma Latorre y Guille Galván impone ese limbo entre lo público y lo privado, entre lo íntimo y lo compartido, entre el miedo y la libertad, entre una lucha incesante entre madre e hija, llena de recelos, angustias y violencia. Así como el exquisito y detallista montaje de Pablo Gómez-Pan, que ya estaba en la citada Teresa, que en sus casi dos horas de metraje, consigue atraparnos con pocos personajes y transmitir la desesperación que sufre la joven Hildegart y la mater dictadora que es Aurora, sin caer en ningún instante en el maniqueísmo ni en el sentimentalismo, sino a partir de una fuerza sensacional entre la forma y el fondo. 

Mención aparte tiene la pareja que forman Najwa Nimri y Alba Planas, como madre e hija, el epicentro de la película. Nimri hace una de sus mejores interpretaciones de su filmografía, tiene unas cuentas, pero esta Aurora es brutal, como mira a su hija y a su alrededor y nos va contando su vida y obra, sobre todo, la de su hija, como habla y se mueve, con ese vestido de negro que es como una toga de juez y carcelera, siendo uno de los personajes que no vamos a olvidar con facilidad. Alba hace de Hildegart con verosimilitud y cercanía, una actriz a la que habíamos visto en El árbol de la sangre, de Medem, y alguna serie como Días mejores, tiene ese tour de force con Najwa en el último tramo de la película, y resulta un gran acierto para la historia. Acompañan a madre e hija Aixa Villagrán como la criada, una actriz que sin hablar lo es todo, como hacía Lola Gaos en Tristana, Patrick Criado como joven político enamorado de HIldegart, con todo ese ímpetu y corazón para la política y los sentimientos, Pepe Viyuela es el director del diario donde escribe la joven. Un reparto acertadísimo como suele pasar en las películas de Ortiz, que transmite sensibilidad y naturalidad a unos personajes totalmente creíbles que recogen el aroma y la convulsión de la época de la película, en un fascinante juego de espejos entre lo privado y lo público, entre las diferentes máscaras de cada uno de los personajes, sobre todo, de la madre e hija.   

Agradecemos que se haya hecho una película como La virgen roja, porque  además de sus sobradas capacidades cinematográficas, profundiza en las diferencias sociales, sexuales y demás elementos que tanto se hablaban en el contexto de la España republicana, amén de rescatar la obra de Hildegart, a una de las mujeres más influyentes y renovadoras del feminismo, de la política y la liberación de la mujer y que, tristemente, como pasa con muchas, durante muchos años apenas se ha recordado. Además, no sólo quedándose en su apariencia y hechos históricos, sino en la relación o sometimiento de su madre, que Almudena Grandes la mencionó como Frankenstein, quizás la definición que más se acerca a una mujer que quería revolucionar el mundo junto a su hija Hildegart, y olvidó lo más importante, mirar a su hija y saber que era una mujer independiente y libre, como ella la había educado, y no quería seguir siendo su “obra”, su criatura, y quería volar y descubrir el mundo por sí sola, lejos de su madre. Una película que habla de las malas madres, aquellas que conciben a sus hijos como si de una parte de ellas fuesen, como si éstas fueran de su propiedad, y nada más. Paula Ortíz lo ha vuelto a hacer y ha construido una película magnífica en todos los sentidos, porque cuenta la historia de Hildegart y su madre Aurora Rodríguez, recoge la convulsa época de la República y además, lanza algunos dardos muy envenenados como la diferencia entre política y políticos, además, de profundizar en la fantasmal vida de las mujeres del momento, y el vejatorio trato de sus compañeros de izquierda que abogaban por la eliminación de la lucha de clases y un mundo más justo y solidario y no eran con sus compañeras de partido. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La sustancia, de Coralie Fargeat

EL MONSTRUO QUE HABITO.  

“Aprendí a reconocer la completa y primitiva dualidad del hombre; Me di cuenta de que, de las dos naturalezas que luchaban en el campo de batalla de mi conciencia, aun cuando podía decirse con razón que yo era cualquiera de las dos, ello se debía únicamente a que era radicalmente ambas”

De la novela El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide, de Robert Louis Stevenson 

Cineastas como Ana Lily Amirpour con Una chica vuelve a casa sola de noche (2014), Jennifer Kent con The Babadook (2014), Julia Ducournau con Crudo (2016) y Titane (2021), y Carlota Pereda con Cerdita (2022), entre otras, han situado el cine de género en cotas muy altas a partir de historias políticas, muy crudas, nada complacientes y llenas de tensión y sobre todo, mucha reflexión sobre el vacío, la superficialidad y la enfermedad de la sociedad actual. A esta terna de grandes directoras se les añadió Coralie Fargeat (París, Francia, 1976), cuando presentó su impresionante debut Revenge (2017), relato sin aristas y sobrecogedor sobre la venganza de una joven vilipendiada. Unas buenas sensaciones confirmadas con su segundo trabajo La sustancia, una obra que crítica ferozmente la sexualización del cuerpo de la mujer a través de un relato de terror protagonizado por una mujer expulsada del paraíso del body perfect, del que ya rodó un prólogo/precedente en Reality+ (2014), un corto de 22 minutos en el que un chip generaba nuestro otro yo perfecto durante 12 horas. 

Conocemos a Elisabet, una mujer que fue alguien en el mundo de Hollywood pero, ahora, con sus casi sesenta tacos lleva años refugiada en el fitness televisivo, en la que podamos encontrar muchas similitudes a la experiencia de Jane Fonda. Los planes para la reina del aeróbic cambian cuando la cadena decide echarla y contratar a alguien mucho más joven. Es entonces, cuando Elisabet encuentra su gran oportunidad en un nuevo producto basado en la división celular que consigue crear una mejor versión de ti mismo: más joven, más guapa y más de todo. Aunque tiene unas contraindicaciones: sólo dura 7 días y después se vuelve al otro yo. Con esta premisa argumental, nada enrevesada y muy sencilla, la directora francesa convoca al Stevenson de El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hide y al Wilde de El retrato de Dorian Grey para construir un extraordinario guion de apenas tres personajes, la susodicha Elisabet, su otro yo Sue, y el jefe de todo esto, es decir, el de la cadena de televisión, Harvey, en un experimento para la protagonista que en principio, no parece entrañar riesgos, y es ahí, cuando entran en liza la oscuridad y la complejidad de la condición humana porque la cosa empieza a ir mal, no, fatal, porque lo que provoca una lo sufre la otra, porque en realidad, es una misma persona dividida en dos cuerpos independientes y único a la vez.

Con una magnífica cinematografía de Benjamin Kracun, del que hemos visto películas tan potentes como Beast (2017), de Michael Pearce y Una joven prometedora (2020), de Emerald Fennell, con esos grandes angulares y planos abiertos donde vemos la soledad y el aislamiento que siente la protagonista, con ese ático donde queda patente el contraste de estar a la vez en la cima del mundo o subida a un montón de mierda. Una forma que recuerda a David Lynch y sobre todo a su memorable Inland Empire (2006), en la que su desdichada heroína de nombre Susan Blue, también una actriz madura deambulando por una ciudad fantasmal, en la que podríamos incluir esa maravilla que fue The Neon Demon (2016), de Nicolas Winding Refn, con otra actriz, ahora joven, también expuesta a la sordidez y a la artificialidad del show business. La absorbente música electrónica de Raffertie ayuda a crear ese submundo cada vez más inquietante y macabro en el que se convierte la existencia de la protagonista, amén de algunos temas como el “Pump it Up”, de Endor, o el de Hermann extraído de Vértigo, de Hitchcock. El formidable montaje que firma la propia directora junto a Jérôme Eltabet que repite después de Revenge, y Valentin Féron, que tiene experiencia en el cine de género junto a Yann Gozlan y Sébatien Marnier, entre otros, en una trama que va de la la luz cegadora a la oscuridad más tenebrosa, dando innumerables altibajos, para seguir la deriva del personaje, en una película nada fácil de ritmo porque se va a las 2 horas y 20 minutos.

Una pareja protagonista inconmensurable en el cuerpo, sobre todo, en el cuerpo, la piel, el gesto y la mirada de una gran Demi Moore que, siendo un icono de Hollywood, se vio expulsada por la edad y su cuerpo, y se reivindica con un personaje muy a su edad y medida, en un trabajo lleno de complejidad y brutalidad. La otra es Margaret Qualley, la versión joven que, desde Érase una vez en Hollywood nos fascina, y cada vez demuestra sus grandes dotes como hacía en Kind of Kindness, de Lanthimos. Su Sue es un regalazo y su composición está llena de todo. El trío se acaba con un Dennis Quaid, otro intérprete que tuvo su fama y ahora relegado a otros menesteres, que se reivindica como la Moore en el papel del jefe de la cadena, un ser grotesco, hortera, arrogante y asqueroso, que parece salido de una feria de los horrores de L. A. que de seguro hay a montones. No dejen pasar una película como La sustancia, y quédense con el nombre de su directora: Coralie Fargeat, porque su impresionante horror movie, con grandes dosis del cine de David Cronenberg, tanto en su forma, cruda y áspera, y en sus temas que tienen que ver con el cuerpo y sus diferentes agentes invasores y sus múltiples formas aplicadas a la tecnología y demás artilugios. Lo dicho, vean la película y lo que cuenta. Un magnífico retrato de esta sociedad que se hincha y deforma a través de la sexualización de los cuerpos femeninos, que los invade, los estruja y luego los hecha a la basura, en esta dictadura de lo físico, de lo aparente y de lo superficial, donde ya no somos quiénes deseamos sino estamos sometidas a los dictados de un mercado automatizado y sin alma que sólo busca la risa congelada y el show por encima de todo y de todos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La hora de la estrella, de Suzana Amaral

LA JOVEN MACABÉA. 

“Es la historia de una inocencia herida, de una miseria anónima, sobre una muchacha que no sabía que ella era lo que era y que por ello no se sentía infeliz”. 

Clarice Lispector, autora de la novela La hora de la estrella

Una de las muchas cosas que es el cine es la memoria, y no menos importante es conservar esa memoria y el legado de las películas. Por eso, las Filmotecas o Cinematecas resultan esenciales en el magnífico trabajo de conservar y restaurar las películas. Vitrine Filmes Brasil, la Cinemateca Brasileira y otras instituciones son han llevado a cabo la restauración en 4K de la película La hora de la estrella (A hora da estrela), de Suzana Amaral, como ya habían hecho anteriormente con la película Time to love (1965), de Metin Erksan. En mi caso, dos obras que desconocía completamente. ¡Cuánto cine queda por descubrir!. Un cine que no sólo nos cuenta una historia, sino que también nos informa de un contexto, el tiempo que se produjo la película y la situación política, cultural, económica y social del país en cuestión. Unas restauraciones que nos ayudan a mirar por primera vez estas películas en las mejores condiciones técnicas y sobre todo, a descubrir cineastas que como suele pasar, el tiempo y la historia, siempre caprichosos con la ola del instante, ha dejado olvidadas en alguna estantería.  

En el caso de La hora de la estrella, producida en el año 1985, apenas conocía la autora de la novela en la que se basa, la citada Clarice Lispector (Chechelnik, Ucrania, 1920- Río de Janeiro, Brasil, 1977), que falleció meses después de la publicación de la mencionada novela, y la presencia de la actriz Fernanda Montenegro, por su maravillosa interpretación en Estación Central de Brasil (1998), de Walter Salles. Y para de contar. Así que, ha sido todo un extraordinario descubrimiento poder verla por primera vez. La historia de su directora Suzana Amaral (Brasil, 1932-2020), que después de casarse a los 20 años y tener 9 hijos, comenzó a estudiar en 1968 cine, hizo cortos y documentales y fue productora en TV, consiguió una beca para la prestigiosa Universidad de New York en 1976, donde compartió aula con Jim Jarmusch, y tomó clases en el mítico Actor’s Studio y regresó a Brasil, donde compró los derechos de La hora de la estrella y debutó en el cine. El relato que firmó junto a Alfredo Oroz, cuenta una historia sencilla e íntima protagonizada por Macabéa, una joven de 19 años, huérfana, ingenua, analfabeta y virgen y sola en la vida, que deja su nordeste natal para llegar a la urbe económica de Sâo Paulo, donde comparte habitación con tres mujeres más y trabaja en una pequeña oficina como mecanógrafa. Conoce a Olímpico, un joven fantasioso y de carácter seco, con el que empieza a salir. 

La película cuenta una historia dura y nada complaciente, pero huye de cualquier atisbo de tremendismo y “porno miseria”, que diría nuestro cineasta Luis Ospina, porque se centra en los sueños y esperanzas de la joven Macabéa que, aunque tremendamente inocente y ajena a su infelicidad, no cesa de intentar mejorar en su trabajo a pesar de sus deficiencias, con sus pequeñas cosas, es de una delicadeza brutal como recorta esas revistas y va empapelando su pequeño “hogar” en su trozo de pared, o escucha ensimismada la radio y sus anuncios y demás, o la vemos en silencio masturbándose o ese otro gran momento de la película, cuando espera sentada en el banco mientras sostiene una flor roja, que describe como se relaciona con sigo misma y con el resto, dentro de su ingenuidad palpable y de su miserable procedencia, se muestra bondadosa y respetuosa en su trabajo y con su novio, que no la trata con demasiado dulzura. Una obra de una sensibilidad y naturalidad conmovedoras que, sin caer en el sentimentalismo, construye cada mirada y gesto de la joven protagonista desde lo íntimo y lo natural, a partir de una excelente cinematografía de Edgar Moura, uno de los grandes directores de fotografía de Brasil, que ha trabajado con grandes como Nelson Pereira Dos Santos, Ruy Guerra, Eduardo Coutinho y Luis Filipe Rocha, entre otros. Sus encuadres y su luz, tan cercana como luminosa, contrasta con la vida casi invisible de la protagonista. 

El inmenso trabajo de Marcus Vinicius, que también tiene al citado Pereira Dos Santos, y otros como Carlos Diegues y Fábio Barreto, entre sus directores, componiendo una música que acaricia cada plano y encuadre donde no busca enfatizar sino describir una leva mirada, un gesto y los silencios que va experimentando Macabéa. el exquisito y detallista montaje de Idê Lacreta, que también tiene a Guerra, y otras como Tata Amaral, que volvió a trabar con Suzana Amaral en Hotel Atlantico (2009), construye un relato de ritmo pausado y cadente, en el que apenas suceden cosas y se da importancia a todo lo que ocurre interiormente a su protagonista en sus 96 minutos de metraje que pasan como unas hojas mecidas por el viento. Aunque si tuviese que quedarme con algo que me ha emocionado verdaderamente es con la sensible interpretación de Marcelia Cartaxto, que luego siguió trabajando en cine, debutante con esta película, dando vida a la desdichada, sin saberlo, Macabéa, pura inocencia, pura como ella misma, que todavía no conoce la parte oscura de la condición humana, una marginada sin saberlo, una nadie y una invisible que está aterrizando al mundo de los adultos, con sus pequeños sueños e ilusiones que, aunque casi inexistentes, son los suyos.

Le acompañan la mencionada Fernanda Montenegro, toda una institución en la cinematografía brasileña con más de 40 títulos, haciendo de vidente, en una secuencia divertida e inquietante, José Dumont es Olímpico, el novio arrogante y presuntuoso, operario que sueña con ser diputado, como ese momento revelador lanzando un discurso para una plaza vacía con los únicos espectadores que Macabéa que no le entiende, y una indigente que tampoco. Tamara Taxman hace de Gloria, su compañera de trabajo, que es todo lo contrario a ella, guapa y llena de colores vivos, espabilada e interesada, aunque, hombres solo la quieren para sexo y nada más, y los jefes de la protagonista como Denoy de Oliveira y Umberto Magnani, entre otras, como el trío de compañeras de habitación, tan diferentes a ella, que parecen las hermanas modernas de Macabéa. Un reparto que compone desde la transparencia, que rodea a la protagonista y sobre todo, agudiza las tremendas diferencias entre una y el resto, entre la procedencia y la actitud, en especial, en las relaciones entre ellas y con su entorno. en ese Brasil de mediados de los ochenta, y en esa ciudad, donde unos pocos parecen vivir y otros deben compartir su miseria, sus trabajos explotados y ver la televisión de los otros.

Sólo me queda mencionar especialmente a todos y todas las que han trabajado en la restauración de La hora de la estrella, en especial a Vitrine Filmes que la ha estrenado por estos lares, porque me han descubierto no sólo una magnífica película sobre el choque entre la inocencia y los otros, y dar visibilidad a ese otro Brasil, el invisible, escenificado en la joven protagonista, y sacar del anonimato a una cineasta como Suzana Amaral que, a parte de las dos películas citadas, dirigió Uma Vida em Segredo (2001), también basada en una novela, en ese caso de Autran Dourado, y protagonizada por otra huérfana que no consigue adaptarse a las costumbres burguesas de una familia de principios del siglo XX. Sería mi deseo que La hora de la estrella, de Suzana Amaral se viese lo más posible por todos los canales existentes, ya sean salas de cine, plataformas como Filmin, y demás lugares tales como Cineclubs, Asociaciones y demás espacios culturales, porque así muchos espectadores podrán verla y descubrir sus grandezas, y las miserias que cuenta, y cómo las cuenta, porque ante todo, no usa su material para hacer apología ni tremendismo de la pobreza, tanto física como moral, sino que se centra en el interior de una joven de carne y hueso, y no escarba en sus miserias, sino que realza su bondad y sus sentimientos, actitud que muchos cineastas podrían tomar nota, porque cada relato necesita honestidad, valentía y sensibilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Diario de Mi Sextorsión, de Patricia Franquesa

CHANTAJE A UNA CINEASTA. 

“La vida se contrae o expande en proporción a tu coraje”. 

Anaïs Nin 

En noviembre de 2022 bajo la gran iniciativa del DocsBarcelona a través de El Documental del Mes conocimos el trabajo de la directora Patricia Franquesa (Barcelona, 1989), a través de su ópera prima Querida Sara (2021), en el que de forma íntima y cercana nos hablaba de Sara Bahai, la primera taxista de Afganistán. Un trabajo no sólo de documentar y observar una mujer valiente, decidida y luchadora, en el que también se generaba un vínculo muy especial e interesante  entre cineasta y retratada. Una historia breve, de apenas una hora de metraje, donde el retrato iba y venía, en un revelador juego de espejos donde realidad, ficción y documento se cruzaban generando un relato caleidoscópico y lleno de matices y grises que generaba una aproximación muy directa y transparente tanto de la protagonista como de la cineasta. Un trabajo de extrema sencillez y complejidad que la directora catalana asume desde la sencillez y transparencia de una película que se pregunta y responde constantemente. 

Después de aquella primera experiencia tan interesante y rompedora, se generó en mi mucha expectación ante Diario de Mi Sextorsión, segundo trabajo de Franquesa, donde no solo afirma las buenas sensaciones de su debut, sino que va más allá, y vuelve a construir un relato íntimo y muy personal, esta vez sobre una experiencia vivida en sus propias alma y carnes, cuando el 14 de mayo de 2029 mientras se encontraba en un bar le fue sustraído su ordenador portátil. La sorpresa fue que pasados dos meses de aquel fatídico suceso, recibió un correo en que un hacker le exigía una cantidad de dinero para no hacer públicas tres fotos íntimas de ella. La directora coge ese material y lo convierte en el tema de su segunda película, y nos va relatando su experiencia del chantaje y su sextorsión, a través de grabaciones vía móvil y conversaciones personales, todo contado a través de pequeñas pantallas o ventanas tanto del pc como del citado móvil, mientras escuchamos de la propia Franquesa todos los sucesos y pormenores de esta travesía donde hay dolor, miedo, preocupación, amigos, un ex, familia y demás agentes, de los que se ayuda la cineasta para contar su periplo, donde hay llamadas y visitas a la policía, reflexiones personales y demás asuntos y trasuntos de una situación de terror. 

Aunque la película tiene oscuridad, tiene también ese tono de humor y ligereza para contrarrestar tantos momentos de angustia y horror, y es esa mezcla que la hace tan cercana y tan especial, porque hay una enriquecedora aproximación a las actividades criminales de los hackers, a sus formas de extorsión, y a la vez, todo ese material se convierte en una película, con una atmósfera similar a la que había en la citada Querida Sara, donde la película se va construyéndose a sí misma, y todo lo que vemos tiene esa textura de borrador/película, donde ficción, documental y retrato se vuelven a mezclar generando esas bifurcaciones profundas y muy reflexivas. No obstante, las dos vuelven a tener una duración similar, apenas una hora más o menos, tiempo en el que no dejan de suceder cosas, eso sí, también hay tiempo para mirar y observar, sin que la agitación de las situaciones vividas se convierta en elemento para enfatizar. Estamos ante una película donde Franquesa asume la técnica de rodaje, tanto en cámara como en sonido, donde lo doméstico emerge de forma natural y nada artificial, en que el borrador de la película es la propia película y viceversa. Eso sí, con la complicidad en postproducción de la composición musical de Laura Casaponsa, que tiene en su haber una extraordinaria película como Más allá del espejo (2006), de Joaquim Jordà, y el extraordinario diseño sonoro de una grande con más de 100 títulos como Laia Casanovas. 

En Diario de Mi Sextorsión, la cineasta construye una trabajo nada convencional, que acoge las nuevas formas de lenguaje y comunicación derivas de internet, para conseguir una película que en algunos momentos recuerda a Host (2020), de Rob Savage, un formidable cuento de terror filmado a través de videollamada y en plano fijo, donde se palpa la tensión y se consigue una atmósfera inquietante y fuera de lo común como sucede en la película de la directora barcelonesa, donde la sensación de soledad, secuestro y amenaza están muy presentes generando ese bucle de laberinto sin salida y persecución. Un diario filmado que se aproxima sin prejuicios a un tema demasiado cotidiano para muchas personas que se ven extorsionadas y acosadas a estos niveles, y faltaba una película que lo mostrará con toda la crudeza, sencillez y honestidad posibles y aquí está, directa y transparente como sólo se podía contar una experiencia como la experimentada por la propia cineasta. Una película/experiencia, donde el cine y la vida se vuelven a cruzar, fusionar y retroalimentar como el cine de Chantal Akerman, por ejemplo, en sus maravillosas home movies, donde no hay límites marcados, sino de la profunda reflexión de lo que se filma y su porqué, y el hecho de compartir con el público como herramienta de mostrar las oscuridades de la existencia y la forma que ayuda para gestionar el conflicto propio, donde la cineasta usa su propia experiencia para construir su cine y su forma de mirar su entorno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Crossing, de Levan Akin

LOS VIAJES INTERIORES.  

“Quedamos enredados en los destinos de personas que en nuestra familia se perdieron porque fueron olvidadas o excluidas”. 

Bert Hellinger 

Cuando se entrenó entre nosotros la película Solo nos queda bailar (2019), de Levan Akin (Tumba, Botkyrka, Suecia, 1979), nos sorprendió su trabajo en la planificación, la intensidad de sus intérpretes y la fuerza para transmitir un relato sobre la amistad, el amor, el baile y la liberación en un país como Georgia, del que apenas nos llega su cine. Ahora, nos llega el nuevo trabajo del director sueco con padres georgianos, en el que ahora el viaje es tanto físico como emocional, porque recoge el viaje de un grupo de excluidos que van desde Batumi en Georgia hacia Estambul en Turquía cruzando, y de ahí viene su título original, Crossing, el Mar Negro, porque Lia, una maestra jubilada debe encontrar a su sobrina Tekla, una mujer trans que años atrás tuvo que huir porque su familia no la aceptaba. En este viaje le acompaña Achi, un joven georgiano desarraigado y sin futuro que dice conocer su paradero. En la capital turca se cruzarán con Evrim, una chica trans que trabaja como abogada en una ONG. 

Aunque en una primera instancia, la película pudiese someterse al drama duro y sin concesiones, la historia se aleja mucho de esa premisa y construye un relato primoroso e intenso sobre la odisea, ya pensarán ustedes si les parece grande o pequeña, de la insólita pareja protagonista que, aunque patriotas tienen muchas cosas que les alejan, pero ahí reside la propuesta de Crossing, de hablarnos de los vínculos familiares fuera de la familia, a través de desconocidos que se miran de frente, se apoyan e intentan que su entorno más inmediato duela menos. La película es muy física, pateamos las angostas y tumultuosas callejuelas de la urbe sintiendo cada paso, cada esquina y cada espacio, ya sea a pie o en ferry para pasar de un lado a otro. El guion del propio Akin, huye de la sorpresa y de otras piruetas argumentales, para centrarse en sus personajes, sus relaciones y sus emociones, todo contado desde el alma, sin imposturas ni nada que se le parezca, con autenticidad, verdad y una intimidad que sobrecoge. Estamos ante un western urbano, o mejor dicho, un drama de vidas anónimas y cotidianas, donde también hay comedia, mucha música y sobre todo, un viaje donde lo importante es conocerse y reconocerse ante el espejo y sobre todo, ante los demás. 

Un trabajo de estas características necesita un excelente trabajo de cinematografía como el que realiza la sueca Lisa Fridell, que ya hizo lo propio en la mencionada Solo nos queda bailar, porque requería un gran trabajo físico y capturar la inmediatez y la fisicidad que desprenden cada mirada y cada gesto entre los tres personajes. El formidable montaje que firman Emma Lagrelius junto al propio director, que consigue imprimir la fuerza y la pausa necesarias, en una cinta donde lo físico es primordial, pero también las invisibles y pequeñas tragedias personales que viven cada uno del trío protagonista, que tienen en común su soledad, su necesidad de encontrarse y sobre todo, encontrar su lugar en un mundo demasiado egoísta, individualista y vacío. La música también juega un papel importante en la película, porque continuamente estamos escuchando alguna melodía o canto, elemento esencial como sucedía en la citada Solo nos queda bailar, aquí también lo es porque cuando faltan las palabras, el relato se acoge a la música y el silencio de los personajes, donde también conmueve desde lo más cercano, sin ningún tipo de alarde o gesto enfatizado. 

El extraordinario trío protagonista que transmite una naturalidad y transparencia desbordantes compuesto por la veterana Mzia Arabuli, que hizo una película con el gran cineasta georgiano Serguéi Paradzhánov, en el papel de Lia, una mujer derrotada pero en pie, que busca a su sobrina Tekla, en un viaje interior de aúpa, que tendrá sus altibajos durante el metraje, pero que nunca tirará la toalla, porque sabe que necesita el reencuentro. A su lado, el debutante Lucas Kanvaka en la piel de Achi, un joven que huye de la tutela férrea de un hermano mayor sin provenir en un país como Georgia donde no encuentra su lugar, y se agarra a Lia a un destino sin destino, pero con la convicción de encontrar lo que busca. La otra debutante es Deniz Dumanli en el rol de Evrim, la chica trans que ayudará a esta peculiar pareja, que también su lugar, su amor y su reconocimiento como mujer y como abogada. Con Crossing, el cineasta Levan Akin vuelve a deleitarnos con una película grande, llena de pliegues y texturas, intensa, poética y emotiva, sin ser sentimentaloide, de verdad, con personajes de carne y hueso, los nadies que mencionaba Galeano, los invisibles, los excluidos y los desheredados que al igual que todos y todas nosotras desean lo mismo, encontrar ese lugar donde sean bienvenidos y puedan vivir en paz. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA