Entrevista a Andrea Ros

Entrevista a Andrea Ros, actriz de la película «Karate», en el hall del Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 26 de octubre de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrea Ros, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Sandra Ejarque de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Aritz Moreno

Entrevista a Aritz Moreno, director de la película «Karate», en el hall del Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 26 de octubre de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aritz Moreno, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Sandra Ejarque de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Karateka, de Aritz Moreno

SOY SANDRA SÁNCHEZ. 

“Que igual ser feliz no es ganar siempre, es no rendirse nunca”

Sandra Sánchez 

Una de los elementos que más se reproducen en los “biopics” con vocación comercial es su incapacidad para mostrar la complejidad de las historias que retrata. Es decir, todo aquello demasiado oscuro del personaje o personajes se obvia de forma evidente, no vaya a ser que algún espectador se incomode por no hacerle pasar un buen rato sin más. Parece que este tipo de películas debe tener una luz blanca radiante que eleve al retratado y sobre todo, se convierta en una especie de santo santorum de su especialidad, dejando fuera todo aquello que muestre su vulnerabilidad o humanidad. En fin. Digo todo esto, porque Karateka es un “biopic” si, pero diferente, porque retrata lo humano de la karateka Sandra Sánchez (Talavera de la Reina, Toledo, 1981), la deportista más laureada y reconocida de la historia. A partir de un guion de David B. Gil y Pablo Tobías, la historia se centra en un periplo vital que abarca tres décadas desde la infancia hasta su gran triunfo como campeona olímpica en Tokyo 2020. Un viaje con claros y muchas sombras, y también, sobre la vida, las ilusiones, el trabajo, la dedicación, la voluntad y todo lo que conlleva dedicarse a una disciplina difícil y muy competitiva. 

En la dirección encontramos a Aritz Moreno (San Sebastián, 1980), que conocemos por la irreverente comedia negra Ventajas de viajar en tren (2019), el thriller Moscas (2023) y las series Zorras y La chica invisible, ambas de 2023. Con Karateka se adentra en una película que recorre minuciosamente el camino arduo y oscuro que llevó Sandra para coronarse a los 39 como la mejor, con sus problemas familiares, sus conflictos con la federación y su sacrifico entrenando para poder competir y enfrentarse a la mejor, la karateka nipona. El relato es muy emocionante, sin caer en sensiblerías ni nada de eso, la cosa va por otros lares, mostrando una mujer con miedo, vulnerable, y también, fuerte y valiente a pesar de lo duro y difícil que fue su proceso. Aquí no hay nada de épica, ni la manoseada superación, sino todo lo contrario, alguien con un deseo a pesar de todos y todo, que algunas pocas personas confiaron en su decisión y le ayudaron como su entrenador Jesús del Moral que se convierte en su partenaire y su sombra y su mejor ayudante. La película ahonda en lo humano, en lo cercano, en el sudor y los duros entrenamientos, siguiendo todo el proceso, los altibajos, los problemas y demás situaciones nada cómodas. 

La película tiene un gran trabajo técnico en el que sobresalen distinguidos profesionales como el cinematógrafo Javier Agirre, un fijo en los Moriarty Company, amén de gran parte de los cineastas vascos, que ya trabajó con Moreno en sus dos largometrajes. Una planificación muy detallada y precisa que destaca los planos cortos y medidos con algunas magníficas superposiciones que se ven pocas en el cine actual, y sobre todo, unos encuadres que revelan toda la travesía emocional y física de Sandra. La excelente música de Maite Arroitajauregi, que también estuvo en Moscas, amén de películas de Fernando Franco y Paul Urkijo Alijo, entre otros, que sabe componer los diferentes tramos de este viaje que se sumerge en las profundidades de alguien obstinado y firme en su propósito, que cae muchas veces pero es capaz de levantarse y empezar una y otra vez. El sólido y preciso montaje de Raúl López, otro de la Moriarti Factory, que también estuvo en los dos largos del cineasta donostiarra, compone una edición que casi llega a las dos horas de metraje que nunca decae intercalando los momentos intensos con los más relajados en una historia que nos lleva de España y Japón en esa búsqueda incesante para aprender los mejores katas con los mejores maestros del país asiático.

En el campo interpretativo debemos hacer mención especial a la magnífica Andrea Ros que se mete en la piel, el cuerpo, la mente y el alma de Sandra Sánchez, olvidándonos que estamos en una ficción y haciendo creíble cada gesto, mirada y movimiento de la karateka, después de una ardua preparación de 16 meses. Una composición que debería estudiarse en las escuelas como ejemplo de cómo enfundarse en un personaje a las antípodas y sobre todo, hacerlo humano e íntimo. Le acompaña un gran Patrick Criado como Jesús del Moral, su entrenador y pareja. Vaya año para el actor madrileño después de Amarga navidad, de Almodóvar, metiéndose en la vida de un entrenador firme y cercano. Y luego, están el reparto. Un magnífico reparto encabezado por conocidos del director como Ernesto Alterio y Pilar Castro, y los Antonio Durán “Morris”, Chani Martín, y los “japoneses” Hoshimi Asai y el veterano Denden, que ha trabajado en casi 70 películas al lado de Shimizu, Yamada, Kiarostami, Miike… Si buscan una película condescendiente y superficial no vayan a ver Karateka, porque no les va a gustar. Eso sí, si les gustan las historias de verdad, las que cuentan cosas que nos hacen reflexionar y además, quieren ver personajes como ustedes, de verdad, humanos, vulnerables y que tengan miedo, que les cuesten las cosas, se equivoquen pero nunca dejen de intentarlo, aquí tienen su película, porque no es sólo sobre el karate, sino sobre una mujer que, a pesar de tenerlo todo en contra, decidió luchar por ello, y no fue nada fácil. Ya saben aquella máxima que soltó el gran Groucho Marx: “¡Hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero! ¡Pero cuestan tanto!. Quedan enterados. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La virgen roja, de Paula Ortiz

HILDEGART, LA HIJA DE AURORA. 

“Mi hija es mi obra”. 

Aurora Rodríguez, madre de Hildegart

De las cinco películas que ha dirigido Paula Ortíz (Zaragoza, 1979), destacan su elaborada estética, una forma cuidada donde cada encuadre está muy pensado y mejor ejecutado, con apenas movimientos de cámara, y una gran plasticidad para recrear un momento histórico basándose en textos o novelas de Lorca como en La novia (2015), Hemingway en Al otro lado del río y los árboles (2022), Mayorga en Teresa (2023), o en un guion original como hizo en De tu ventana a la mía (2011), su debut, o en hechos reales como en su último trabajo, La virgen roja, que recoge la vida de Aurora Rodríguez, una mujer que tenía en mente crear la mujer del futuro, y así se lo propuso con su hija Hildegart en la España republicana de los treinta. Una historia que ya tuvo una primera versión cinematográfica en 1977 con Mi hija Hildegart, de Fernando Fernán Gómez, basada en el ensayo “Aurora de sangre. Vida y muerte de Hildegart, de Eduardo de Guzmán, otra en formato de cortometraje en The Red Virgin (2011), de Sheila Pye, aparte de numerosa literatura en ficción como ensayo sobre las dos mujeres como La madre de Frankenstein, de Almudena Grandes, entre otros. 

La cineasta zaragozana se nutre de un buen guion de la pareja formada por Eduard Sola y Clara Roquet, y de lado la reconstrucción fidedigna para centrarse en los personajes, lo que vemos y lo que ocultan, a partir de sus carácter y existencias de las dos mujeres, las de Aurora, rígida, tenaz, intensa y impertérrita, recta en su objetivo: convertir a su hija Hildegart en una mujer moderna, diferente a las demás, instruyendo en diferentes materias a su hija, convirtiéndola en una niña prodigio con tres carreras universitarias, entre ellas las de derecho, que hablaba varios idiomas y escribió 16 libros y más de 150 artículos sobre reforma sexual y liberación de la mujer, amén de militar en varios partidos políticos de izquierdas. En su época fue muy conocida, pero la guerra civil primero y la continua desmemoria histórica del país, la relegó a un olvido injusto que, poco a poco, se va subsanando por medio de libros y películas como esta. El único pero de la película, si es que se puede llamar así, es que los que conocemos la historia real nos evitaremos la resolución final, y no resulta ningún problema porque Ortiz maneja con soltura, como pasa en su cine, las relaciones de sus personajes, tanto en la intimidada como en lo público, creando imágenes poderosas que quedan en la retina como ese plano general en el tenis, con todo el respetado de blanco menos madre e hija de negro sin manifestar ninguna emoción como si hace el resto.

La luz velada y mortecina que consigue ir más allá del relato que cuenta la película, con ese piso de película de terror, donde los colores sombríos alejados de colores vivos resaltan el carácter duro y tenso de la madre y la no vida de Hildegart. Un gran trabajo del cinematógrafo Pedro J. Márquez, habitual de los policíacos oscuros y tensos de Miguel Ángel Vivas, construye esa cárcel en la que viven madre e hija, que más parece la casa del terror, donde está sometido al constante estudio, a salidas excepcionales y poco más. Todo bajo el orden estricto y paranóico de la madre. La excelente música del dúo Juanma Latorre y Guille Galván impone ese limbo entre lo público y lo privado, entre lo íntimo y lo compartido, entre el miedo y la libertad, entre una lucha incesante entre madre e hija, llena de recelos, angustias y violencia. Así como el exquisito y detallista montaje de Pablo Gómez-Pan, que ya estaba en la citada Teresa, que en sus casi dos horas de metraje, consigue atraparnos con pocos personajes y transmitir la desesperación que sufre la joven Hildegart y la mater dictadora que es Aurora, sin caer en ningún instante en el maniqueísmo ni en el sentimentalismo, sino a partir de una fuerza sensacional entre la forma y el fondo. 

Mención aparte tiene la pareja que forman Najwa Nimri y Alba Planas, como madre e hija, el epicentro de la película. Nimri hace una de sus mejores interpretaciones de su filmografía, tiene unas cuentas, pero esta Aurora es brutal, como mira a su hija y a su alrededor y nos va contando su vida y obra, sobre todo, la de su hija, como habla y se mueve, con ese vestido de negro que es como una toga de juez y carcelera, siendo uno de los personajes que no vamos a olvidar con facilidad. Alba hace de Hildegart con verosimilitud y cercanía, una actriz a la que habíamos visto en El árbol de la sangre, de Medem, y alguna serie como Días mejores, tiene ese tour de force con Najwa en el último tramo de la película, y resulta un gran acierto para la historia. Acompañan a madre e hija Aixa Villagrán como la criada, una actriz que sin hablar lo es todo, como hacía Lola Gaos en Tristana, Patrick Criado como joven político enamorado de HIldegart, con todo ese ímpetu y corazón para la política y los sentimientos, Pepe Viyuela es el director del diario donde escribe la joven. Un reparto acertadísimo como suele pasar en las películas de Ortiz, que transmite sensibilidad y naturalidad a unos personajes totalmente creíbles que recogen el aroma y la convulsión de la época de la película, en un fascinante juego de espejos entre lo privado y lo público, entre las diferentes máscaras de cada uno de los personajes, sobre todo, de la madre e hija.   

Agradecemos que se haya hecho una película como La virgen roja, porque  además de sus sobradas capacidades cinematográficas, profundiza en las diferencias sociales, sexuales y demás elementos que tanto se hablaban en el contexto de la España republicana, amén de rescatar la obra de Hildegart, a una de las mujeres más influyentes y renovadoras del feminismo, de la política y la liberación de la mujer y que, tristemente, como pasa con muchas, durante muchos años apenas se ha recordado. Además, no sólo quedándose en su apariencia y hechos históricos, sino en la relación o sometimiento de su madre, que Almudena Grandes la mencionó como Frankenstein, quizás la definición que más se acerca a una mujer que quería revolucionar el mundo junto a su hija Hildegart, y olvidó lo más importante, mirar a su hija y saber que era una mujer independiente y libre, como ella la había educado, y no quería seguir siendo su “obra”, su criatura, y quería volar y descubrir el mundo por sí sola, lejos de su madre. Una película que habla de las malas madres, aquellas que conciben a sus hijos como si de una parte de ellas fuesen, como si éstas fueran de su propiedad, y nada más. Paula Ortíz lo ha vuelto a hacer y ha construido una película magnífica en todos los sentidos, porque cuenta la historia de Hildegart y su madre Aurora Rodríguez, recoge la convulsa época de la República y además, lanza algunos dardos muy envenenados como la diferencia entre política y políticos, además, de profundizar en la fantasmal vida de las mujeres del momento, y el vejatorio trato de sus compañeros de izquierda que abogaban por la eliminación de la lucha de clases y un mundo más justo y solidario y no eran con sus compañeras de partido. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA