Barbara, de Mathieu Amalric

EL ESPÍRITU DE LA ARTISTA.

“Soy distinta, tengo derecho, y vosotros también”.

Barbara

Existen películas que, en algún instante de su metraje, casi sin pretenderlo, parecen despojarse de su naturaleza cinematográfica para adentrarse en una especie de dimensión, algo así como en un estado diferente, donde la magia se apodera de todo, donde cine y vida se mezclan de manera intrínseca componiéndose en uno solo, como si la materia y el objeto filmados dejarán de ser lo que son para convertirse en otra cosa, algo emocional, espiritual. En Barbara podemos ser testigos de un instante así, cuando Jeanne Balibar que interpreta a una actriz llamada Brigitte que, a su vez está preparándose para interpretar a Barbara, pide que le proyecten imágenes de la cantante, y en ese momento, Balibar se coloca delante de la proyección y la observamos imitando sus gestos, movimientos y miradas. Mathieu Amalric (Nevilly-sur-Seine, Francia, 1965) que comparte una prolífica carrera como actor dirigido por autores del calibre de Desplechin, Maddin, Polanski, Resnais, Klotz, Green… con la de una filmografía como director realmente muy interesante y audaz. Su sexto trabajo es una exploración, como sus anteriores trabajos, sobre la búsqueda de algo o alguien, ya sea física o emocional, donde un oscuro pasado se irá revelando a medida que vaya avanzando una trama que aborda retratos intimistas sobre la condición humana. En Barbara, la intención es construir una biografía de la famosa cantante de la “chanson”, Barbara (1930-1997) denominada con el sobrenombre de “La dama de negro”, y caracterizada por su estilo melancólico, y su voz algo rota, que contra todo pronóstico, conquistó a la audiencia con canciones emblemáticas, que forman parte de la banda sonora de muchos franceses que, al principio no daban un duro por ella.

Pero, Amalric lleva la película hacia otro lugar, a un espacio más sugerente y casi onírico, donde plantea una película donde una actriz, Brigitte, interpretará a la famosa cantante en una película dirigida por Yves Zand, al que dará vida el propio Amalric. La película es un fascinante e intenso juego de espejos donde todo se mezcla, con innumerables capas, en el que la realidad y la ficción desaparecen para sumergirnos en un espacio espectral en el que todo se mantiene vivo y orgánico, donde las situaciones van revelando otras, y así sucesivamente, donde vida, ficción y realidad viajan por los personajes y los espacios de forma natural y extraordinaria. Seguimos las situaciones del rodaje propiamente dicho, sus preparativos y ensayos, y la vida que se va desarrollando fuera y dentro de ese set, junto a imágenes documentales de la propia Barbara, en la que la observamos a ella, antes o después de ser interpretada por Jeanne Balibar. Amalric construye una película sobre fantasmas, donde se evoca la figura y el espíritu de la cantante desparecida, su sensación, donde somos testigos de los detalles del modelaje  de la interpretación de Balibar, que no sólo se convierte en el espectro de Barbara, paseándose casi como una especie de vampiro en las tinieblas (con esos trajes negros que arrastra por el suelo, acompañados de esos cuellos largos) sino que fuera del rodaje, parece poseída y mantiene ese halo de misterio y secretismo que acompañaba a la famosa cantante.

Barbara es la tercera vez que Amalric vuelve a dirigir a Jeanne Balibar (que fue su mujer durante siete años) un dato que añade más complejidad y luz al entramado cinematográfico del filme, donde director y actriz, o Amalric y Balibar, convocan un caleidoscopio mágico y fantasmal donde sus propias vidas añaden más materia orgánica al juego que propone la cinta, donde todo camina entre diversas vidas y tiempos, en un estado hipnótico, de forma inherente, donde no sólo la película va muchísimo más allá de la biografía en sí, porque también rompe cualquier tipo de reglas convencionales, en una delicada y sensible aventura para capturar emociones de la cantante en la imagen de Balibar, sumergiéndose en la propia esencia del cine y del personaje que está convocando y componiendo, en una magnífica y esencial suerte de metacine, en que el propio cine se refleja en la vida y viceversa, creando un mundo lleno de espejos, capas y muñecas rusas inabarcable, que parece no tener fin, en una especie de bucle, donde no sabemos cuándo empieza ni cuando termina.

Jeanne Balibar (que muchos recordarán en La duquesa de Langeais, de Rivette o en Ne change rien, de Pedro Costa) se convierte en la mejor Barbara posible, cuando la interpreta o la ensaya, cuando la piensa o la sueña, en una interpretación íntima y sugerente, en la que asistimos a la elaboración y construcción del personaje, sus ensayos frente a las proyecciones, frente a la cámara, o al piano, mientras escuchamos la sonoridad típica de los sets de rodaje, bien acompañada por Mathieu Amalric, como ese director obsesionado con su materia buscada, en este caso el espíritu de la artista, viendo en la cámara, escuchando sus melancólicas canciones y esa sensibilidad que desprendía en cada palabra o gesto, como un escultor que moldea con mimo y detalle a su actriz-obra para extraer el alma, algo como en un exorcismo creativo donde todo es posible para capturar esa sensación íntima que se convierte en el objeto de la búsqueda. La imposibilidad de construir un biopic convencional (algo parecido experimentó Michael Winterbottom cuando abordó la adaptación de la novela Tristram Shandy: A Cock and Bull Story, de Laurence Stern, en  2005, que viéndose incapacitado para realizar la película, la abordó a través del rodaje de esa adaptación, filmando las dificultades y conflictos personales en los que se veían inmersos sus creadores) ha conducido a Amalric a no solo evocar el fantasma de Barbara, sino a mostrar las entrañas de los procesos creativos, las relaciones personales que se respiran en un rodaje, los vaivenes de los intérpretes y las búsquedas físicas y soñadas de unos y otros, en una película-viaje donde las emociones y los tiempos de antes y ahora se mezclan de manera que todos conviven de forma natural y dotadas de una belleza fascinante que seduce a todo a aquel espectador de alma sensible que quiera dejarse llevar por este universo oírico.

Yo, Tonya, de Graig Gillespie

AMADA POR TODOS, ODIADA POR TODOS.

La sociedad estadounidense es muy proclive a divinizar sus héroes nacionales, ya sean del ámbito que sean (recordarán aquellos cinco minutos de gloria a los que se refería Warhol) en la que por supuesto no hay medida ninguna, todo adquiere una desmedida desproporcionalidad, en buena medida por los medios de comunicación, que se convierten en bestias insensibles construyendo monstruos y sobre todo, guiando los juicios de la opinión pública. Cuando estos juguetes populares se hallan en la cumbre, todos son buenas palabras y golpes en el pecho, síntomas inequívocos de una sociedad necesitada de figuras exitosas de las que emerger su orgullo patrio, pero cuando las cosas se tuercen, cuando caen estrepitosamente, cuando dejan de ser o simplemente se humanizan, aquellos que los abalaban se convierten en Mr. Hyde y disparan a matar, atizándolos con fuerza, de manera terrorífica, sin medida, despedazándolos y arrancándoles la piel a tiras, en un juego macabro y siniestro donde los medios de comunicación vuelven a dirigir a las masas y matando al monstruo. Yo, Tonya se centra en la figura de Tonya Harding, una patinadora artística que alcanzó su cenit a comienzos de los noventa,  que representaba a esa América que las autoridades esconden, la que ocultan, la que no se rige por la convencionalidad de una sociedad que aparenta moralidad y convenciones conservadoras. Tonya es la hija de LaVona Golden, una de esas madres déspota, insensible y autoritaria que ha tenido media docena de maridos y una hija, a la que trata como si fuese un soldado. Quiere que sea esa patinadora de éxito que arrolle y humille a sus rivales sin compasión. Pero, Tonya es una chica palurda, sin modales y sin un centavo, que trabajará duramente para competir con las mejores, una especie de patito feo que podrá nadar en el estanque dorado, aunque metida en un sinfín de dificultades y problemas de todo tipo.

El origen de la historia se remonta a un documental sobre Tonya que hizo Steven Rogers, guionista de la película, especializado en las comedias románticas populares, que aquí cambia completamente de rumbo y compone un retrato sobre una pueblerina don nadie que llegó a la cima y fue amada por todos,  y luego fue explusado del paraíso sin compasión, convirtiéndose en la villana más odiada del país.Graig Gillespie (Sidney, Australia, 1967) dirige la película, un director que aparte de algunas producciones convencionales, había destacado en Lars y una chica de verdad (2007) protagonizada por un imberbe Ryan Gosling. Aquí, hace su trabajo más asombroso realizando un gran biopic, que huye en todos los sentidos de las biografías al uso que nos llegan desde Hollywood. La película va por otro lado, convirtiéndose en todo un hallazgo desde la forma y su fondo, ya desde su estructura y posición ante la historia que nos van a contar, enmarcada en el dispositivo de entrevistas, como si se tratase de un fake, la trama arranca en el 2015, donde escuchamos los testimonios de los implicados en la historia, la propia Tonya, la mencionada madre, Jeff Gillooly, entonces marido, Shawn Eckhard, sus respectivas entrenadoras, el autoproclamado guardaespaldas de Tonya (pero en realidad una bola de sebo con menos cerebro que una mosca y obsesionado con el espionaje) y finalmente, y por último, pequeñas aportaciones de un bronceadísimo y paleto periodista con ganas de exclusivas amarillistas. Porque la película no cuenta la verdad de Tonya y su desgraciado incidente, sino que desdobla el punto de vista en cuatro verdades, las cuatro personas implicadas nos contarán su versión de los hechos y sobre todo, como interpretaron los hechos ocurridos, en este relato que arranca allá por el 1975, cuando LaVona Golden lleva a su pequeña hija a patinar con sólo 4 años.

A medida que avanza la película, seremos testigos de la adolescencia de Tonya junto a su maléfica madre (una especie de mezcla de la ama de llaves de Rebeca y la mala de 101 dálmatas) y su primer amor que se convertirá en su marido, el tal Jeff (un tonto de tres al cuarto, como lo describe la madre, y violento, con un bigotillo ridículo que, además golpea a Tonya) mientras Tonya sigue su camino al éxito entrenando duramente, compitiendo y soñando con ser una de las grandes y ganar una medalla olímpica. Las continuos idas y venidas de la película, no sólo se convierten en la mejor seña de identidad del filme, sino que imponen un ritmo endiablado por sus dos horas de metraje, magnífico y lleno de tensión (un montaje que hubiera firmado el mismísimo Scorsese de Uno de los nuestros o Casino) en el que las cosas suceden de manera vertiginosa, las relaciones malvadas entre los personajes, en los que Tonya parece recibir todas las hostias (como el maravilloso momento cuando se enamoran unos pipiolos Tonya y Jeff , y seguidamente los vemos casados y golpe va y viene, mientras escuchamos el “Romeo and Juliet” de los Dire Straits) los entrenamientos, las competiciones, con esos giros y piruetas imposibles bien filmadas, que nos introducen en el interior de Tonya (acompañada del “Goodbye Stranger”, de Supertram, como ocurría en otro gran momento en Magnolia)  siguiéndola de forma trepidante por la pista de hielo.

Podríamos decir que es una película en muchas, como si fuese una especie de muñecas rusas, ya que en su interior hay otras tramas, desde el drama familiar entre madre e hija, el amor fou y violentísimo, la rivalidad deportiva, las argucias y los límites de la competitividad, y hasta donde uno está dispuesto a llegar para conseguir sus objetivos,  las normas fascistas de las competiciones, donde apoyan a la que mejor representa la idiosincrasia yanqui de dinero, buena familia y éxito, en detrimento de lo que representa Tonya, esa otra América sucia, desestructurada y mugrienta, sin olvidar la elaboración del incidente (algo así como una especie de comedia surrealista con tintes de cine negro cutre y muy absurda) que empieza por el envío inocente de unas cartas amenazantes a Nancy Kerrigan (la rival de Tonya) que acaba derivando en un esperpento (con el mejor estilo de los Hermanos Coen) donde unos trogloditas sin seso acaban agrediendo a la patinadora en cuestión con una barra de hierro, y finalmente, el circo mediático donde Tonya pasa a convertirse en el ser más despreciable de la tierra, y su posterior juicio y olvido.

La película describe con gran verosimilitud y fuerza el ambiente de aquellos finales de los ochenta y comienzos de  los noventa, con la ropa hortera, los peinados con tupes imposibles y coletas al viento, que se gasta la buena de Tonya, esa luz mortecina de la América profunda donde hay bares de mala muerte donde se sirve comida grasienta y recalentada, en los que se retrata un estado de ánimo, una sociedad psicotizada por el maldito éxito, empeñada en descubrir y alentar héroes cotidianos y encumbrarlos, para luego, cuando se convierten en terrenales, bajarlos de un sopapo y quemarlos sin piedad. La impresionante y magnífica interpretación de Margot Robbie, que deja de ser aquella femme fatale florero de El lobo de Wall Street, y la mejor actuación de la olvidable Escuadrón suicida, para lanzarse al abismo en todos los sentidos con Yo, Tonya, donde además de producir una cinta de naturaleza independiente rodada en sólo 31 jornadas, se convierte en una Tonya Harding espectacular y eficiente, interpretándola en tres momentos, la adolescencia, la juventud y en la cuarentena, mostrándose endiabladamente creíble y fascinante, una mujer vapuleada por todos, aunque ella también será bastante responsable, como admite en algún momento, sin convertirla en una víctima, sino en un ser de condición humilde, que lucha por ser alguien en el mundo del patinaje, y atrapada en una espiral violenta y casi suicida que la llevó a convertirse, a su pesar, en un ser despreciable que quizás no supo a tiempo parar toda la locura que se hervía a su alrededor.

La espectacular composición de Allison Janney (que dejó buenos detalles de su talento en la serie El ala oeste de la Casa Blanca) dando vida a la madre-bruja no muy eficaz en las relaciones humanas, que quiere lo mejor para su hija, y acaba traspasando todos los límites, con el fin de que su hija sea alguien en la vida, y que no acabe como ella de camarera en un bar de mala muerte, de una ciudad vacía y poco más, una grandísima interpretación llena de matices y detalles, que casi sin decir ni pio, acaba hablando de todo, a su manera adora a su hija, aunque sus métodos sean salvajes y humillantes. El buen hacer de Sebastian Stan como el marido enamorado, pero también maltratador y pardillo, con esa relación de amor-odio que se profesan. Gillespie ha construido una película emocionante, magnífica y diferente, libre en su argumento, y con esa forma que atrapa su negrura, la cutrez de los personajes, y los diferentes ambientes, desde las luces de las competiciones a esas casas de tres al cuarto donde se cuecen todas las barbaridades habidas y por haber.

Una casa junto al mar, de Robert Guédiguian

EL TIEMPO QUE FUE, EL TIEMPO QUE VENDRÁ.

“El pasado es la única crítica completa del presente”

Pier Paolo Pasolini

En el cine de Robert Guédiguian (Marsella, 1953) podemos encontrar lazos y lugares comunes que se suceden en sus trabajos de manera continua, como si se tratasen de retazos o trozos de vida que funcionan de manera propia, pero que pertenecen a una especie de álbum familiar de un lugar, un tiempo y unas vidas. El lugar sería Marsella y sus barrios, con su puerto y sus cotidianidades, el tiempo, el que abarca su filmografía, con 20 títulos, que arrancó en 1981 con Dernier été (Último verano)  y las vidas, la que conforman su trío actoral cómplice formado por Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan (que aparecen en casi la totalidad de sus películas) que conforman entre todos ellos no sólo un grupo de cineastas que vuelven a reencontrarse para contar historias, sino una familia cinematográfica especial, casi única en toda la historia del cine. Un cine del cineasta marsellés preocupado por los más débiles, los de abajo, aquellos que se levantan cada día con la esperanza de seguir manteniendo su trabajo y que sus ilusiones no caigan en saco roto. Unas gentes que pertenecen a la clase obrera, a la que lucha, a la que protesta, a la que resiste en ese mundo cada vez más deshumanizado y terrorífico.

La casa junto al mar, es una película que podría mirarse como un compendio de muchas de las preocupaciones del cine de Guédiguian, aunque aquí su mirada, aunque sea cargada de melancolía y algo sombría, siempre deja algún lugar, aunque sea minúsculo, para mirar con esperanza los días que vendrán, porque a veces, es lo único que tenemos las gentes de nuestra condición. Ya desde su precioso arranque, cuando Ascaride se baja del taxi y llega a ese escenario, entre bucólico y fantasmal, donde no vemos a nadie a su alrededor, como si el tiempo hubiera aplastado sin contemplación ese lugar, mira a su entorno, como si reconociera el lugar y sobre todo, ese tiempo que pasó allí, cuando fue feliz, cuando todo era diferente, cuando había gente. De repente, bajo ese manto de soledad y quietud, una voz amiga la llama y la reclaman desde la terraza de una vivienda. Le esperan Armand (Gérard Meylan) el hermano que decidió quedarse y llevar el restaurant familiar, Joseph (Jean-Pierre Darroussin) el profesor retirado que tiene una novia muy joven Bérangère (Anaïs Demouster) y el padre, que debido a un ataque se ha quedado postrado y ido. Ella es Angèle, una famosa actriz de teatro que vive en París.

Guédiguian nos sitúa en una pequeña cala, cerca de Marsella, alejada del mundanal ruido, entre un mar abierto y una montaña, con ese omnipresente viaducto por donde pasan trenes a toda velocidad. El lugar donde su padre construyó su casa y el restaurant, ese lugar, una arcadia feliz o lo fue, durante un tiempo, donde pasaron tanto tiempo de infancia y juventud, ese lugar que vivió tantos años de esplendor, pero que ahora parece olvidado, detenido en algún lugar de la memoria, perdido entre las brumas del tiempo, porque la película se detiene en el reencuentro de estos tres hermanos y sus recuerdos, que forman parte de su vida, en un momento de sus vidas que parecen quietos, sin camino que caminar, sin tiempo que vivir, alejados de sus vidas, y sus esperanzas. El mundo cambiante ha pasado por encima de ellos, robándoles aquello por lo que vivían, sus luchas, su trabajo, su vida, conduciéndolos hasta un tiempo y un lugar que ya no existe, sólo en sus memorias, en aquel tiempo, la enfermedad y ausencia emocional del padre es toda una metáfora del estado emocional de sus hijos, con ese contrapunto con los más jóvenes, con otros ideales y otras formas de vida tan diferentes a las de ellos, y la amenaza exterior, como los especuladores a bordo del yate o la polícia.

Pero, Guédiguian no se detiene a juzgar que tiempo fue mejor, si aquel que pasó, o este que vivimos ahora, o el que está por venir, nada de eso, su cine es más complejo y rico en ese sentido, su investigación reside en como ese tiempo ha pasado por estos tres personajes, que ha dejado en ellos, y sobre todo, como lo han vivido, y que recuerdan, que sienten ahora mismo, y si al menos, en el tiempo de la película, en este instante, les queda algo de esperanza. Los vecinos ancianos de toda la vida, representan a aquellos que siguen al pie del cañón, o al menos quieren creerlo así, y sienten que también su tiempo pasó, como cuando uno de los personajes mira a su alrededor y observa todas las casas cerradas y se pregunta por lo ocurrido, y el anciano le exclama en tono triste, que lo que ha pasado es el dinero. El cineasta marsellés nos habla del paso del tiempo, de la vulnerabilidad de la vida y los cambios constantes, y lo hace desde el presente (aunque introduzca dos episodios del pasado, como la fiesta de navidad, cuando la gente poblaba el lugar, o las secuencias de la película Ki lo sa?, el momento más hermoso de la película, protagonizada por los mismos actores y filmada en el mismo lugar, pero en 1985, cuando esos mismo personajes, con 30 años menos, representaban la vida, las ilusiones y la esperanza por un mundo mejor) un presente rodeado de quietud, melancolía y recuerdos, algo así como una caja de pandora del que ninguno de los personajes quiere abrir para no darse de bruces con cosas que quería olvidar o pensaba olvidadas.

La película nos habla de la importancia del teatro o la cultura como medio de refugio para soportar los avatares de la vida y una herramienta esencial para reflexionar sobre nosotros, con esas secuencias de seducción y enamoramiento entre Angèle y el marinero, sobre los amores pasados y presentes, como el amor generacional, en el que somos testigos de uno que se extingue y otro que acaba de arrancar. Guédiguian estructura su película de forma sencilla y honesta, yendo al grano de su exploración, apoyándose en la naturalidad de sus intérpretes, y construyendo a fuego lento su trama, con esos diálogos ingeniosos y algunos llenos de amargura, como  los que va soltando Joseph (el personaje que interpreta Jean-Pierre Darroussin) como esa frase que podría definir muchos de los aspectos de la película y del tiempo en que estamos ahora,  “Piensan a la derecha y se sienten a la izquierda”, sin olvidarnos, de la elegancia y sobriedad de su mise en scène, donde el director francés economiza su narrativa para darnos el tiempo suficiente para conocer a sus personajes, escucharlos y sobre todo, no juzgarlos. Detenerse en sus vidas pasadas, presentes y futuras.

La introducción de los refugiados en el último tramo de la película, parece desenterrar antiguos ideales de los hermanos, que encuentran en el hallazgo de tres niños inmigrantes desamparados la forma de reengancharse a todo aquello por lo que lucharon en el pasado y ahora, parecía olvidado y oxidado, o simplemente sin sentido en esta sociedad individualizada y mecanizada. Podríamos ubicar la película en un melodrama familiar, pero en este caso contadas “a cau d’orella”, recordando aquel tiempo, ese otro tiempo, en que el rumor del mar entraba por la ventana una tarde de verano cálida y tranquila, mientras una leve brisa marina inundaba toda la estancia, y  los últimos rayos de luz iban desapareciendo lentamente, mientras a lo lejos escuchábamos a los últimos bañistas recogiendo sus cosas y encaminándose para encarar la noche que se antojaba larga y alegre, como todas las de verano. Una película política, revolucionaria, de resistencia, contada de manera libre y sencilla, una fábula moral, como todo el cine de Guédiguian, en la que se describe la compleja condición humana, con sus miedos, recuerdos e inseguridades, en la línea de las películas de Renoir, Rossellini o Kiarostami, donde se habla de lugares, personas y vidas, o Kaurismaki y El otro lado de la esperanza, un cine humanista de cualquier tiempo, lugar y vida, en el que los personajes como cualquier ser humano de cualquier época, desean algo tan frágil y ala vez tan difícil como estar bien y rodearse de los suyos.

El aviso, de Daniel Calparsoro

EN EL MISMO LUGAR DIEZ AÑOS DESPUÉS.

Un lugar, una tienda de 24 horas con su gasolinera. Una fecha, 3 de abril. Un suceso, un asesinato a sangre fría. Dos tiempos, el año 2008 y diez años después. Y dos protagonistas, Ion, un joven genio de las matemáticas con problemas emocionales, que es testigo del suceso en 2008, cuando su mejor amigo es disparado, y Nico, un niño de diez años, que en el 2018, será el destinatario de la bala. Ion investigará el suceso con su amigo David, y se dará cuenta, que en el mismo lugar, ha habido sucesos parecidos a lo largo de los años. Entonces, la tarea de Ion será hacer todo lo posible para avisar a Nico, aunque ocurra diez años más tarde. El décimo trabajo de Daniel Calparsoro (Barcelona, 1968) se imprime en el thriller psicológico, con grandes dosis de intriga, misterio y acción, para contarnos un relato de tintes oscuros en los que hay en juego varios elementos como el amor, la amistad, la maternidad, las secuencias numéricas, y contada a través de dos espacios temporales, en los que el fantástico tendrá su dosis de protagonismo.

Partiendo de la novela homónima de Paul Pen, en un guión firmado por Jorge Guerricaechevarría (uno de los guionistas más prolíficos, que ya escribió la anterior película de Calparsoro, Cien años de perdón) Chris Sparling (autor entre otras del libreto de Buried) y Patxi Amezcua (director de las interesantes 25 kilates y Séptimo) conforman una historia de suspense e intriga envolvente que cita a varios personajes, encabezados por Ion, un joven que será el encargado de llevarnos de un lugar a otro mediante la investigación que lleva de los asesinatos cometidos en ese lugar que parece maldito, luego está Andrea, su antiguo amor , ahora novia de su mejor amigo, y por otro lado, en el otro tiempo, diez años después, nos encontramos a Nico, el niño de 10 años que a su pesar, será protagonista del suceso que ha tener lugar ese 3 de abril, y su madre, Lucía, que al principio, no parece dar crédito a la nota amenazante que recibe su hijo, pero poco a poco, se dará cuenta de la gravedad de los hechos.

La película tiene muchos elementos del cine de Calparsoro, en el que conviven relatos de fuerte carga dramática, donde se desata la violencia, en los que suelen haber tríos sentimentales, con unos personajes marginales o pasando por situaciones traumáticas, en los que durante el relato deberán enfrentarse a sus miedos e inseguridades para seguir adelante en los entuertos. Si bien la película está contada con fuerza y sobriedad, describiendo unos personajes complejos y gran intensidad, quizás hay momentos que la trama se encalla y parece que la película se pierde en su argumento, aunque logra desmadejar el entrabado argumental, consiguiendo una narración y ritmo desiguales, pero que alcanza momentos muy intensos, sobre todo, los que protagoniza el buen hacer de Raúl Arévalo (que vuelve a las órdenes de Calparsoro después de Cien años de perdón) y algunos secundarios como las inquietantes presencias de Antonio Dechent, Luis Callejo o Julieta Serrano, que sin llegar a la altura de Cien años de perdón (una película de atracos que describía aspectos tan brutales de la política española como la corrupción) es un estimable thriller vestido de intriga policiaca, donde se ponen en liza varios elementos actuales como el amor hacia los demás, el acoso escolar, o la creencia de aquello que no se ve, lo intangible, lo que no sigue una ciencia cierta o palpable, algo que se nos escapa de nuestro entendimiento, lo que no podemos explicar, pero sabemos que ahí está, que se mueve entre nosotros, aunque seamos incapaces de verlo y mucho más, de entenderlo.

Como suele ocurrir en los trabajos de Calparsoro, la película tiene un excelente empaque narrativo y visual, donde los momentos sombríos y oscuros están bien conseguidos, dotando a su cine de una personalidad propia que no deja indiferente, sin olvidar otro de sus huellas características como su plantel de intérpretes, siempre convincentes y sensibles, aparte de los mencionados, tenemos al niño Huga Arbués, que defiende con solvencia su personaje, o Belén Cuesta, aquí muy alejada de sus personajes cómicos, o la sobriedad de Aura Garrido, una actriz que destila una dulzura y una mirada que pueden sostener cualquier encuadre por muy dificultoso que este se presente. Calparsos sigue en su línea perpetrando thrillers de buen factura y entramados inteligentes, algunos más conseguidos que otros, pero nada desdeñables de aquellas películas del mismo estilo que nos vienen de otras latitudes, más dadas a la espectacularidad porque si, y menos a la elaboración argumental, y sobre todo, dotar a las películas de personalidad y sobriedad, que sus imágenes puedan dar ese plus psicológico por el que atraviesan sus personajes en muchos casos abatidos, perdidos y desolados.

Thelma, de Joachim Trier

LAS FORMAS DEL MAL.

Una película interesante de terror que se precie, necesita un arranque sobrecogedor, algo que nos inquiete profundamente y nos deje clavados en la butaca. Thelma lo tiene. Se abre en un bosque nevado perdido por la costa oeste de Noruega, donde observamos a un cervatillo moverse a sus anchas. De repente, un hombre que se encuentra junta a su hija de seis años, a pocos metros del animal, lo apunta con su escopeta. De repente, sin ninguna razón aparente, o tal vez si, desvía su arma hacia la niña y la apunta, pero acaba bajando el arma, y la niña lo mira profundamente. Con este breve prólogo, la película ya nos deja de vuelta y media, como diría aquel, porque el cuarto trabajo de Joachim Trier (Norrebro, Noruega, 1974) después de su aventura de rodar en ingles con El amor es más fuerte que las bombas (2015) con un reparto internacional encabezado por Isabelle Huppert y Gabriel Byrne, vuelve a su Noruega e idioma natales como en sus dos primeros trabajos. Thelma es algo diferente a sus anteriores trabajos, porque se adentra en una película de género, el terror psicológico, aunque, todo hay que decirlo, sin dejar de lado el tono naturalista y ensimismado que siguen siendo sus mayores cómplices, explorando los temas que ya se planteaban en sus películas como el paso de la infancia a la edad adulta, la soledad existencial, la búsqueda de la propia identidad,  las relaciones íntimas, y la familia como epicentro emocional.

Trier vuelve a colaborar con Eskil Vogt, su guionista habitual,  para construir una película sumamente elegante y sobria, en el que seguimos a una joven, la Thelma del título, en su primer año universitario (dejando atrás su casa familiar de un ambiente rural donde ha tenido una férrea educación religiosa). La joven retraída y tímida de entrada, lentamente se irá abriendo y conocerá a Anja, una joven de la que se sentirá fuertemente atraída. Pero, el cineasta noruego nos cuenta varias líneas argumentales, por un lado, tenemos la historia de amor, que diríamos prohibida para Thelma y sus padres, luego, las convulsiones psicogenéticas que irá sufriendo la joven, y la investigación médica que se lleva a cabo para saber las causas del mal que padece la joven, y por último, las relaciones con sus padres, con ese pasado oscuro que se cierne sobre ellos, que los tiene atrapados desde la infancia de Thelma. Trier nos conduce por dos ambientes, el paisaje urbano con las aulas, bibliotecas, pasillos, vestuarios y piscina de la universidad, siendo esta última, y sobre todo, el agua, un elemento básico para la construcción de la cinta, y también, por los espacios rurales, con esa casa familiar anclada en un paraje aislado con un lago cercano, ambientes, que describen los conflictos emocionales que padece  Thelma, de unos huye, y de otros, se irá relacionando y queriendo pertenecer a ese universo nuevo y atrayente para ella, aunque debido a sus problemas mentales y de toda índole extraña, que no pude controlar, se irá retrayendo e intentando buscar soluciones a esas cosas que le ocurren.

La película avanza con ritmo cadente, sin prisas, huyendo de esos golpes de efecto tan característicos en el cine de terror convencional, introduciendo los elementos fantásticos y sobrenaturales de manera natural y sencilla, con esa luz tan mortecina y artificial obra de Jakob Ihre Fsf (cinematógrafo de todas las películas de Joachim Trier) que ayuda a la abstracción y aroma de pesadilla que sufre la protagonista y su entrono,  penetrando en el interior de sus personajes, e investigando como esos sucesos inexplicables van afectando a sus existencias, y a todo aquello que los rodea, explorando toda su complejidad y deteniéndose en todos los aspectos psicológicos que experimentan en la película los personajes. Trier elabora a fuego lento su relato, una interesante y conmovedora mezcla de drama familiar, historia de amor y thriller psicológico, tomando como referencia a autores tan dispares en primera instancia como Bergman, y sus estudios sobre la angustia y la existencia humana, o De Palma, y sus historias de terror psicológicas donde sus personajes padecían lo indeleble para superar sus males, o incluso el Giallo italiano, en sus retratos femeninos en los que sufrían males emocionales de procedencias diversas.

Trier apoya toda la trama en la apabullante y delicada interpretación de la joven casi debutante Eili Harboe, una actuación de las que dejan huella, porque compone un personaje lleno de matices y muy complicado, donde es una joven que sufre unas dolencias que acaban afectando a los demás, sin ella poder hacer nada para evitarlo, es algo así como una princesa herida en ese cuento macabro sobre nuestras pesadillas más cotidianas y en todo aquello que somos y que quizás no conocemos o aún sabiéndolo, somos incapaces de querer verlo, le acompañan Kaja Williams dando vida a Anja, la joven de la que se enamora, otra debutante, y sus padres, Henrik Rafaelsen y Dorrit Petersen (que ya estuvieron en Blind, el debut como director del guionista Eskil Vogt) aportando esa naturalidad y aplomo que requieren unos personajes que arrastran un mal del que no pueden escapar, al que tendrán que enfrentarse sin remedio. Trier sale airoso en su peculiar vuelta de tuerca, dejándose llevar por una trama de abundantes tintes psicológicos que también guarda cierto paralelismo con algunos títulos de Hitchcock, donde el maestro le fascinaban esas historias donde había personajes que experimentaban los abismos de la mente y sus infinitas contradicciones, penetrando en lo más profundo del alma sin saber que les esperaba y como salir de ese particular averno.

El insulto, de Ziad Doueiri

LAS HERIDAS DE LA GUERRA.

Decía el poeta que las guerras no acaban cuando estas terminan, y algunos creen que han sido vencedores y otros, vencidos. No, las guerras continúan, aunque ya no se escuche ningún disparo y estalle ninguna bomba, las guerras permanecen en el consciente de aquellos que tuvieron la tragedia de vivirlas y sobrevivirlas, porque el alto el fuego físico, deja paso a las heridas emocionales, esas heridas que permanecerán en el subconsciente colectivo por muchos años. El cuarto trabajo para cine de Ziad Doueiri (Beirut, Líbano, 1963) se sitúa en ese contexto, en el del Beirut actual, y nace a través de un incidente casi sin importancia, que en otras circunstancias, quizás, podría pasar desapercibido. A saber, en una calle de un barrio cualquiera, las obras de saneamiento y reestructura del mobiliario urbano, provocan el conflicto entre un vecino, Toni, libanés de la falange cristiana, con el capataz de las obras, Yasser, un refugiado palestino, debido a un sumidero que lanza agua a la calle. Lo que parece un conflicto sin más, deriva en una fuerte discusión, en un insulto y una guerra entre los dos hombres, que los llevará a una cuestión de estado y su posterior juicio.

Doueiri, que trabajó como ayudante de cámara en varias películas de Tarantino, con la complicidad de su guionista habitual Joëlle Touma, estructura sus películas a través del conflicto árabe entre los libaneses y los palestinos, y sus formas diferentes de encauzar sus problemas, y cómo afecta a sus personajes, sobre todo, la guerra del Líbano (1975-1990) y sus terribles consecuencias tanto físicas como emocionales, incrustadas en la conciencia de aquellas personas que la vivieron y en las generaciones venideras. En su debut  West Beirut (1998) unos adolescentes de familias musulmanas se enamoraban de una chica cristiana en plena guerra libanesa, en Lila dice (2004) una chica cristiana entablaba una relación sentimental con un chico palestino, y en El ataque (2012) un árabe integrado en Israel debía hacer frente a un atentado ocasionado por su mujer y viajaba hasta los territorios palestinos para encontrar la raíz de tanta violencia. Cine humanista, cine político, cine sobre la condición humana y sobre todo, en las cuestiones sobre las consecuencias de la guerra y su deriva posterior.

El conflicto entre Toni y Yasser no es por un sumidero y un canalón, sino que su problema radica en ese pasado reciente que ha dejado heridas muy profundas en ambos, los dos han sufrido la tragedia de la guerra, y ahora, en la actualidad, su dignidad sigue por los suelos, la culpa y el perdón siguen latiendo en su interior, sobreviviendo a todo aquello, a un drama instalado en el pensamiento de todos, en una guerra que por desgracia, sigue en las calles de cada rincón del Líbano, en cada rincón de sus casas, porque la guerra se acabó, pero las reparaciones emocionales nunca se produjeron, están por llegar. El estallido entre ambos explota en la sociedad, y las heridas sin cerrar estallan entre unos y otros, convirtiéndose en una cuestión no sólo individual, sino estatal, un problema político, que en su día no se cerró como se debía de haber hecho y todavía, sigue provocando esta división enquistada y terrorífica. El cineasta libanés construye una película magnífica sobre la guerra y sus malditas consecuencias, en la que no existen buenos ni malos, sino personas que sufrieron y sobrevivieron al horror, y continúan viviendo a pesar de todo aquello, aunque sus heridas siguen abiertas y en cualquier momento pueden empezar a sangrar. Estupenda la pareja de actores que interpretan a estos individuos víctimas de una guerra fraticida que se llevó a tantos por delante, sin olvidar a su eficaz reparto, y los dos abogados, que para más inri tienen mucho que compartir.

Un retrato sobre la conciencia de la población libanesa, en el que tantos unos y otros defienden lo que consideran justo, todos ellos víctimas de unos gobernantes que ejecutaron una guerra en el que todos fueron vencidos, y sus heridas han quedado en el olvido, sin ningún tipo de reparación, como si pasando una página todo quedase resuelto, y se pudiese empezar de cero, más lejos de todo, la posguerra continúa y las heridas más abiertas que nunca, porque no se hizo examen de conciencia, solamente pasó, como si eso fuese motivo de curación. Dos hombres enfrentados, dos hombres de procedencias distintas, con ideas religiosas antagónicas, aunque algo tienen en común, su dolor y sus heridas de la guerra, los dos han sufrido, los dos tuvieron que huir, y los dos desean y trabajan para tener una vida digna y poder vivir sin rencores, sin dolor y recordando a sus víctimas. Doueiri plantea una película necesaria y valiente, una cinta que aboga por la reconciliación entre los humanos que piensan y sienten diferente, en las diferencias y las similitudes entre aquellos que están en los extremos, en una cinta sobre el amor entre hermanos, en superar las diferencias irreconciliables, y en llegar a esa situación en que todos nos parecemos y sufrimos por lo mismo, en dirimir con diálogo y valentía todo aquello que nos separa y encontrar, y mirar al rostro al que tenemos en frente, aunque resulte durísimo y terrible, por los malos recuerdos de la guerra, compartir y abrazar todo aquello que nos une y nos hace más humanos.

1945, de Ferenc Török

DESENTERRAR LOS PECADOS.

Un caluroso día de agosto de 1945, bajan del tren dos judíos ortodoxos que transportan dos baúles, y se encaminan en dirección a un pequeño pueblo de la Hungría rural. El pueblo se prepara para la boda del hijo del secretario municipal, aunque, la llegada de los forasteros agitará a sus habitantes y despertará lo más oscuro de su pasado reciente. El sexto trabajo del cineasta Ferenc Török (Budapest, Hungría, 1971) basado en el relato corto Hazatérés (Regreso a casa) de Gábor T. Szántó, coguionista junto al director de una película que recupera el aroma de los mejores westerns como Sólo ante el peligro (Fred Zinnemann, 1955) o Conspiración de silencio (John Sturges, 1955) dramas vestidos de tragedia griega, donde la aparición de alguien que viene de fuera, ya sea en son de paz o todo lo contrario, afectará de manera crucial a los habitantes del pueblo, seres que tienen mucho que esconder y más que callar, porque ese pasado violento que creían enterrado y olvidado, volverá a sus mentes atormentándolos. La película vuelve la mirada hacia el pasado más ignominioso de la historia de Hungría y tantos países de su alrededor, durante la ocupación nazi, centrándose en la condena y expulsión de muchos judíos de los pueblos y ciudades, y posteriormente, arrebatándoles sus viviendas y negocios.

Una cinta sobre el pasado oscuro, sobre tantos episodios violentos sufridos por unos y perpetrados por otros, donde la llegada de los extraños despertará fantasmas del pasado, viejas rencillas y demás aspectos violentos que tanto tiempo han estado ocultos y aparentemente olvidados, dentro de una película que se enmarca en un período concreto, cuando al final de la segunda guerra mundial, y una vez vencido el fascismo, el comunismo todavía no había llegado, en ese tiempo de transición donde todavía había tiempo para la esperanza y construir una sociedad diferente (con la atenta mirada de los soldados soviéticos que ya empezaban a llegar). Los poderes facticos del pueblo se verán amenazados y convulsos por esas figuras negras y caminantes que se aproximan al pueblo, quizás para reclamar lo que es suyo, aquello que les fue arrebatado injustamente, el temor a perderlo todo, a enfrentarse a su pasado violento, será el detonante para que unos y otros, se muevan con rapidez y preparándose para esa amenaza que se cierne sobre sus vidas.

El representante municipal, además de dueño de la tienda del pueblo, junto con el sacerdote, y finalmente, un tipo que anda borracho y traumatizado por ese pasado que por más que lo intente, no ha podido olvidar. Török sigue explorando los avatares históricos que han sacudido su país desde el final de la segunda guerra mundial, aspectos recurrentes en su filmografía, como la ocupación soviética, el final del comunismo, y los primeros años de la “democracia” en Hungría, temas que el director húngaro lo ataja desde la variedad de los puntos de vista, y cómo el ser humano se ve sujeto a las decisiones políticas que casi nunca van en consonancia con las necesidades de los más necesitados. En su sexto largometraje construye un drama seco, áspero, de gran tensión psicológica, donde sus personajes se mueven por instinto, arrastrando ese miedo que acecha, ese miedo que les devuelve a su sitio, que les despierta lo peor de cada uno de ellos, un miedo que te agarra y no te suelta hasta dejarte seco y herido de muerte.

Török imprime a su relato un forma estilizada en la que aporta un primoroso y sobrio blanco y negro, obra del veterano cinematógrafo Elemér Ragályi, curtido en mil batallas, que realiza un trabajo espléndido, dotando al filme de una extraña luz, con esas figuras negras (como si sus habitantes más que asistir a una boda fueran a un funeral) rodeados de esa tierra quemada, esas casas pálidas, con sus calles polvorientas, y esos interiores mortecinos, en el cada encuadre está sujeto a la perspectiva de los aledaños mirando de hurtadillas a través de ventanas, de puertas, como si toda esa nube negra disfrazada de pasado se cerniera sobre el pueblo como una tormenta amenazante que acabará con todos, y se los llevará hasta el mismísimo averno, con ese calor abrasador que atraviesa a unos personajes acostumbrados a permanecer en silencio, ya que tienen mucho que callar, y a mentirse entre ellos, a no soportar la asfixia de los sitios cerrados y pequeños, y no dejarse llevar por lo que sienten, como les ocurre al triángulo amoroso de los jóvenes que estructura el drama de la cinta, quizás el elemento esperanzador de un futuro que parecía prometedor.

Török se acompaña de un extraordinario reparto coral, con esa veracidad y naturalidad fantástica, en la que plantea una película de ritmo pausado y tenebroso, en el que sus 91 minutos pasan de manera vertiginosa, encauzando unas tres horas de duración real de la historia, desde que llegan los forasteros hasta que hacen su cometido, donde la acción se agarra al interior de los personajes, que sufren y sienten el peligro que les amenaza, donde el estallido de violencia se palpa en cada calle, cada habitación y cada rincón del pueblo, y las miradas de los habitantes, que se mueven como alimañas intentando huir de ellos mismos y de paso, expiar sus pecados, aquello del pasado que ocurrió y quieren olvidar o simplemente no hablar de ello, aunque no todos lo consiguen. Una drama sobre los aspectos más oscuros de las guerras, sobre la condición humana, su miedo, su egoísmo y su avaricia, donde unos ganan y otros sufren esa victoria, porque nunca hay salvadores de la patria, sino algunos que aprovechan las circunstancias para vencer al más debilitado, y de esa manera, seguir escalando en su posición social y económica.


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100 días de soledad, de José Díaz

EL PARAÍSO ÍNTIMO.

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida, y ver si no podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no fuese que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. No quería vivir lo que no era vida. Ni quería practicar la renuncia, a menos que fuese necesario. Quería vivir profundamente y chupar toda la médula de la vida, vivir tan fuerte y espartano como para prescindir de todo lo que no era vida…”

H. D. Thoreau

Volver a los bosques, a la naturaleza, vivir la experiencia ancestral de nuestros antepasados, dejar la efervescencia del mundo actual, caminar sin más, sentir cada paso, cada huella, dejar las cargas tanto emocionales como materiales de nuestra existencia urbana, y dejarnos llevar por los sonidos, los cambios, los animales y la vegetación de los bosques, de ese inmenso universo que tanto nos llena, pero a la vez que poco experimentamos. El 12 de septiembre de 2015 arrancó una experiencia, la de José Díaz, un fotógrafo y naturalista asturiano enamorado de los bosques, de su diversidad y misterio, una experiencia que le llevaría a vivir en los bosques durante 100 días, hasta el 19 de diciembre del mismo año. Una película experiencia que sería completamente filmada por el mismo, a modo de diario audiovisual, en el que vamos a vivir la experiencia en primera persona de vivir en los bosques en los tiempos actuales.

Tomando como referencia a H. D. Thoreau (1817-1862) el filósofo de la naturaleza, como el mismo se definía, y su experiencia de dos años viviendo en una cabaña en el bosque que retrató en su libro Walden o la vida en los bosques (1854). José Díaz deja a su mujer e hijos y se embarca en esta aventura hacia la naturaleza, hacia el parque natural de Redes, reserva de la biosfera, en las altas montañas de Asturias, viviendo en una cabaña, sin más compañía que la propia naturaleza, su vegetación, sus montes, animales, y un caballo, unas gallinas y su soledad. Un documento excepcional e íntimo donde vemos al protagonista asombrarse desde lo más insignificante hasta lo más grandioso, experimentando los sonidos y los cambios del bosque, viviendo el tiempo como un estado espiritual, y soportando con ahínco los días duros de nostalgia, de frío y soledad. Los espectadores somos testigos de esta experiencia de un modo íntimo y natural, escuchando la naturaleza y las reflexiones de Díaz, que vive experiencias de toda índole, desde las hazañas de descubrimiento de todo lo que le rodea, y las suyas propias, de descubrimiento íntimo, de sus pensamientos y dejarse llevar por ese magnífico entorno y su innata fortaleza para sobrellevar los contratiempos y los conflictos, tanto físicos como emocionales.

La película captura toda la diversidad y misterio que encierran los bosques y sus habitantes, desde sus cambios meteorológicos, la luz de los días otoñales hasta las capas de nieve del invierno que acecha, los caminos y senderos para llegar a cimas donde divisar la inmensidad del entorno, las filmaciones nocturnas escuchando los sonidos de la fauna, o las esperas pacientes para encontrarse con aves, jabalíes, venados o rebecos, incluso algún que otro lobo, todo ello filmado desde la cercanía, mostrando esos encuentros, esos conflictos que surgirán y la belleza imperecedera de un espacio que crece y existe sin la mano del hombre, alejado de todo el bullicio inútil de la llamada civilización. José Díaz es una especie de Robinson Crusoe moderno, sin más compañía que su entorno natural, experimenta cada paso, cada aliento, y cada pensamiento, escuchando esos lugares, comiendo lo que dan los animales y la agricultura, sin cazar, manteniendo un espíritu de energía y sabiduría por ese entorno que ama y respeta, como las antiguos habitantes que vivían de la naturaleza respetándola y disfrutándola, sin intervenir en su evolución, diversidad y belleza. Díaz tiene la colaboración en la dirección de Gerardo Olivares, un experimentado en la filmación de la naturaleza en sus películas de ficción como Entrelobos o El faro de las orcas, y la producción de José María Morales, autor entre otras de películas como Nómadas del viento, las dos de Olivares, y también, la producción de Guadalquivir o Cantábrico. Los dominios del lobo, ambas de Joaquín Gutiérrez Acha, y el arduo y delicioso montaje del cineasta Juan Barrero.

Una película donde su protagonista se despoja de toda la carga materialista de nuestras sociedades bulliciosas e individualistas para adentrarse en un universo diferente, como si hubiera viajado a otro planeta, a otra dimensión, donde todo es diferente, sus tiempos, sus espacios, sus habitantes, todo respira un orden natural, bello y extraño, en el que la tierra sigue latiendo y cada sonido y movimiento se visualiza de forma diferente, sencilla y natural, en el que nosotros dejamos de ser quién éramos para convertirnos en un ser espiritual, en una forma de vida humanista, en un descubrimiento de nosotros mismos, de preguntarnos quiénes somos, que hacemos en nuestra existencia, y dejarnos llevar por ese inmenso universo que nos transporta a lo más profundo de nuestro ser, sumergiéndonos en otro estado, alejado de lo que somos y lo que tenemos, porque en este universo natural, nos adentramos en espíritus que vivimos con intensidad cada detalle por ínfimo que sea, sólo disfrutando de cada minúsculo detalle que se cruza por delante de nosotros, desde una brizna de aire, el sonido de un animal o la lluvia fina que cae sin cesar.

Lady Bird, de Greta Gerwig

CUANDO SE TIENEN 17 AÑOS EN SACRAMENTO.

Decía el poeta que uno ama realmente algo cuando se aleje de él, cuando tiene la distancia adecuada para apreciarlo y encontrar aquello que la cotidianidad le impedía ver. Quizás, el momento que define Lady Bird, la primera película dirigida en solitario por Greta Gerwig (Sacramento, EE.UU., 1983) sea cuando la joven lejos de su ciudad, contesta que es de San Francisco cuando un chico le pregunta, ese instante de vergüenza de pertenecer a un lugar, de tener una identidad que rechazamos, que no sentimos como propia, es lo que nos llevará a mirar ese mundo al que pertenecimos con otros ojos, de otra manera, como si la distancia nos devolviera a amar aquellas pequeñas cosas y detalles que habíamos olvidado por nuestras ansias de escapar de allí. La cineasta californiana que ha construido una más que interesante carrera como actriz de la mano de autores tan importantes como Noah Baumbach, con el que ha hecho tres filmes, o With Stillman, Woody Allen, Barry Levinson, Todd Solondz o Mia Hansen-Love, entre otros. Gerwig vuelve a ponerse detrás de las cámaras después de la experiencia de Nights and Weekends (2008) codirigida y interpretada junto a Joe Swanberg, que relataba como la distancia hacía estragos en una relación de pareja.

En Lady Bird realiza su primer trabajo en solitario con un relato de auto-ficción, donde mira a su adolescencia, en su querida Sacramento, allá por el año 2002, aunque la directora se desmarca con una historia completamente inventada, pero con un gran arraigo personal, de hogar, infancia, etc… En la que nos presenta a una adolescente que se hace llamar “Lady Bird”. Christine McPherson que es así como es su verdadero nombre, acude a un colegio privado religioso, donde estudia su último año antes de ir a la universidad. Lady Bird con su pelo panocha y uniforme escolar, es una chica inquieta, creativa, y sumamente independiente, se pasa los días entre clases, con su mejor amiga, algún que otro novio donde experimentará su primera vez, y se gana unos dólares para pagarse su universidad, aunque ella sueña con salir de Sacramento, que aunque sea la capital del estado de California, todavía mantiene ese aire de sencillez, humildad y agrario.

Lady Bird quiere escapar de allí como sea, sueña con una universidad de la costa este, y de huir del amparo de una madre cercana y distante a la vez, con la que no cesa de pelear, ante un padre más comprensible y amigo. Gerwig nos describe la cotidianidad de Lady Bird, sin más, su quehaceres diarios componen la película, pero no lo hace desde los grandes acontecimientos que pudiera vivir en ese tiempo, sino todo lo contrario, desde la intimidad de una habitación, de una clase, o de una conversación, a partir de sus experiencias más íntimas y personales, como enamorarse del chico equivocado, querer ser otra cambiando de amistades, o sentirse insegura con la idea de no acabar en la universidad que desea, o la difícil relación con su madre, de caracteres parecidos que chocarán y mucho en los diferentes puntos de vista que tienen las dos, o compartir un espacio, el que ha sido tu infancia, tu hogar, pero del que no te sientes identificada en absoluto, como si tuvieras las sensación que te ahora, que no te deja respirar, que te sientes atrapada, y que sueñas cada día con salir cuanto antes de esa ciudad que sientes triste, apagada y demasiado rural.

Gerwig construye un guión sumamente complejo, en el que cada personaje se convierte en un espejo transformador o no de la protagonista, haciéndole ver aquello que siente y que a veces no logra interpretar, en un cuento de idas y venidas, de tristezas y alegrías, de inseguridad e ilusiones, de querer ser otra persona, como si estuvieras atrapada en un cuerpo, personalidad y lugar que no te correspondieran, como si para ser tu misma tuvieras que irte de allí y renacer de nuevo en otro lugar, sin que nada ni nadie supiese nada de tu vida anterior. El universo de Lady Bird es un mundo en el que todo está para explorar, una especie de aventura cotidiana donde cada experiencia será la primera y única, donde nuestros sueños e ilusiones tienen la capacidad de cambiarnos y llevarnos o no hacía el lugar que queremos estar, aunque no siempre esas experiencias serán satisfactorias, todas ellas tendrán su qué, en el que la directora estadounidense le da la vuelta a todos esos momentos y nos los presenta con un cariz próximo y humano, donde las cosas miradas desde la cercanía siempre se ven de otra forma, quizás con la naturaleza real o por lo menos muy diferente a la que nosotros no la habíamos imaginado.

En ocasiones, Lady Bird se enfrentará a sus sueños e ideas dándose de bruces con esa realidad que la rodea, y en otras, verá que lo que tanto necesita no se encuentra tan lejos como ella cree, ese camino de hacerse mayor o dejar de mirarse tanto el ombligo, alimenta la película y la convierte en una comedia agridulce de esa América profunda que tantos se niegan a ver que existe, porque hay tantos que la odian, que la rechazan solo por el simple hecho que no es una ciudad con luces de neón, centros comerciales de tus marcas favoritas o demás chorradas que tanto venden desde otros ámbitos y ciudades. La maravillosa y emocionante interpretación de Saoirse Ronan, una actriz dotada de una naturalidad profunda e intensa, que comenzó siendo niña a acturar, y con Brooklyn, demostró su magnífica naturaleza como actriz, convirtiéndose en una de las mejores intérpretes de su generación. En Lady Bird  demuestra sus dotes camaleónicas transformándose en una adolescente de la América rural, de esos lugares que nunca salen en las guías turísticas, en la que a veces odiamos y otras queremos sin temor, como la vida misma.

El resto del reparto capitaneado por Laurie Métcalf como esa madre protectora y peleona, Tracy Letts dando vida a ese padre que todas las chicas desean tener, Beanie Feldstein es esa amiga que nunca te abandonará aunque tú te empeñes en lo contrario, y Lucas Hedges y Timothée Chalamet (visto en la reciente Call me by your name) son esos novios tan diferentes y extraños que pasan por el último año en Sacramento de Lady Bird. Greta Gerwig ha realizado una película fantástica y llena de sensibilidad, mostrando a aquella adolescente que fue, ese describiendo un universo peculiar y sincero, en su carta de amor no solo a su adolescencia, sino a su Sacramento, a sus raíces, a quién fue, y donde creció, aunque a veces no apreciemos lo suficiente de dónde venimos, y queramos ser de otro lugar y escapar, irnos y desparecer, para en el fondo darnos cuenta que queríamos ese lugar más de lo que nos gustaría admitir.

Loving Pablo, de Fernando León de Aranoa

EL HOMBRE AL QUE AMÉ.

La enorme proliferación en los últimos tiempos de novelas, películas y series de toda índole, tanto de ficción como documental, sobre la figura de Pablo Escobar Gaviria, el narcotráfico más famoso del siglo XX, no ayuda en absoluto a acercarse a un nuevo trabajo que vuelve a hablarnos de Pablo Escobar, aunque en este caso, lo haga desde la figura de Virgina Vallejo, famosa periodista colombiana, mediante la adaptación de su novela Amando a Pablo, Odiando a Escobar, donde relata la década que va desde 1981 cuando conoció a Escobar hasta 1993 cuando lo vendió a la DEA (Departamento de Justicia de los EE.UU.). La empresa no resulta nada sencilla, ya que los espectadores tienen una acumulación de información endiablada, aunque sea como ocurre en muchos casos, una información muy diferente a la realidad. Fernando León de Aranoa (Madrid, 1968) es el encargado en llevar a la gran pantalla la novela de Vallejo, y lo hace desde el acercamiento de alguien que se relacionaba con las altas esferas colombianas entre platós de televisión, papel couché, y demás lugares de la élite del país, en un viaje intenso y malvado que la llevará hasta la jungla, a la hacienda de Escobar, los basureros de Medellín, y las partes más oscuras y terroríficas del universo del narcotráfico.

El cineasta madrileño construye sus filmes a través de un conflicto generalmente sencillo y directo, su interés siempre radica en sus personajes, en describirlos desde todos los puntos de vista posibles, desde su complejidad y sin juzgarlos, desde el señor que alquilaba a unos para que hicieran de su familia, o aquellos chavales que se aburrían en verano por no tener un chavo, o los parados que pasaban los días sin anda que hacer, o las prostitutas que deambulan de un lugar a otro sobrellevando los días, o aquella inmigrante que mentía para seguir sobreviviendo, o los cooperantes que andaban de aquí para allá intentando ayudar o lamiéndose sus heridas, todos ellos personajes que iremos descubriendo relacionados con el entrono físico y moral que les ha tocado vivir en suerte, seres que no avanzan en sus existencias, que parecen que continuamente están dando vueltas en círculo, en unas historias que los llevan a conflictos que una vez resueltos los dejará peos parados. Después de A Perfect Day (2015) que se basaba en la novela Dejarse llover, de Paula Farias, León de Aranoa vuelve a inspirarse en otro libro para diseñar su nuevo trabajo, en una película con vocación internacional, filmada en muchos de las localizaciones reales donde transcurrió la acción que se representa, que nos lleva por una década siniestra y brutal donde vemos a un Escobar convertido en un narco a gran escala, que llevaba aviones cargados de heroína y los hacía aterrizar en autopistas de Miami, pero también, siendo elegido congresista, y sus reuniones con el estado colombiano que lo llevaron a declararle la guerra que se llevó por delante a miles de personas.

Vemos a un Escobar desde el prisma de Virginia, su amorosa y terrible love story, la misma que nos va contando en off la historia, acercándonos a una figura controvertida y extremadamente compleja, que era todo un padrazo y esposo, construía casas para los más necesitados, pero por el contrario, era un ser despiadado, rodeado de furcias, que nunca le temblaba el pulso en el momento de asesinar a alguien, y de implantar un infierno de terror en Colombia, y en todo aquel que le osaba ponerse en su contra. León de Aranoa filma con energía y brillantez todos los acontecimientos de la película, que no son pocos, y logra construir un thriller vibrante e intenso, donde no hay respiro, y las balas vuelan sin control, esperando tropezar con alguien que Escobar había decidido que se la merecía, en una cinta con ese aroma desgarrado y cruel del cine de los setenta, donde los miserables iban de un lado a otro, en el que delincuentes, políticos, asesinos, y gentuza de toda estofa se acaban relacionando en un universo sucio y sangriento. Un gran equipo técnico de reconocido prestigio capitaneados por Alex Catalán en la fotografía, Nacho Ruiz Capillas en el montaje y Alain Bainée en el arte, logran construir una película que nos a aquellos tiempos de alegrías y tristezas, de besos y hostias, de risas y llantos, y sobre todo, de un mundo de luces y sombras que la cámara de León de Aranoa filma con brío, dano mucha caña a sus 125 minutos de metraje, describiéndonos con sumo detalle esa atmósfera pegajosa y decadente de las zonas rurales donde entrenaban los chavales que hacían de sicarios para Escobar y los lugares por donde se movía Escobar, como esa estupenda secuencia en mitad de la jungla con el ataque de helicópteros, o aquella en que Virgina Vallejo está cambiando oro, o esos ambientes sofisticados de restaurantes, parlamento y demás, los ambientes se mezclan con naturalidad, pasando de una suciedad a otra, de un ambiente a otro, donde Escobar y su ambiente se relacionaban y mezclaban con execrable cotidianidad.

Un buen reparto donde deberíamos abrir un apartado especial para la increíble transformación, no sólo física de Javier Bardem, que da miedo en su caracterización, sino también en lo emocional, con sus gestos y miradas, y ese acento spanglish, que dotan de una de las mejores composiciones del legendario narcotráfico, sino la mejor, un Bardem que juega en otra liga, que es capaz de enfundarse en cualquier character, con una elegancia y valentía que está al alcance de muy pocos, como lo hiciese en la primera colaboración con León de Aranoa, aquel Santa de Los lunes al sol, o el Ramón de Mar Adentro, personajes que llevan a Bardem a adquirir la verdadera personalidad del personaje en cuestión, convirtiéndolo en otra cosa, dotándolo de todos los matices y detalles que lo convierten en interpretaciones sublimes y profundas. Le acompaña con serenidad y aplomo Penélope Cruz (que no es nada fácil dar la réplica a Bardem) dando vida a Virgina Vallejo, la mujer que amó a la bestia, y también, lo odio, porque nunca a medias tintas, y más con personajes como Escobar.

El tercero en discordia, el agente de la DEA, Sam Shepard al que da vida Peter Sarsgaard en un trabajo serio y eficiente, sin olvidarnos de toda la retahíla de secundarios, entre los que destaca Óscar Jaenada como uno de los narcos de Medellín que trabajo codo con codo con Escobar, y un gran grupo de interpretes colombianos que dan vida a su grupo y demás personajes que intervinieron de manera directa o indirecta en la vida del narco. León de Aranoa ha construido un thriller con estupenda realización, aplomo y fuerza, que nos lleva por aquellos ochenta convulsos, terroríficos y miserables de la Colombia de Escobar, una película que se desmarca de tantas series y películas norteamericanas que también han abordado la figura del narcotráfico más célebre de la historia, pero no desde el prisma espectacular y tópico, centrándose en los acontecimientos más públicos y tremendistas, sino dándole la vuelta a todo eso, desde otra mirada, la más intimista, cercana y humana, desde la mirada de una mujer que lo amó y también, lo odio, y en cierta manera, nunca pudo olvidar.