La marsellesa de los borrachos, de Pablo Gil Rituerto

CANCIONERO ANTIFRANQUISTA 1961/2022. 

“Y el cielo se encuentra nublado/no se ve relucir una estrella,/los motivos del trueno y del rayo/vaticinan segura tormenta./(…) Y son, y son, y son/tiempos de bonanza/que tienen, que traen, que están/llenos de esperanza”. 

Fragmento de la letra “Nube y esperanza” cantada por Antonio Soriano

Muchos de los cineastas de la no ficción se acercan a la Guerra Civil Española y el franquismo a través del archivo mediante una vasta colección de imágenes, fotografías y documentación para viajar al pasado y sobre todo, establecer vínculos con el presente más inmediato y todo aquello que continúa y lo que no entre nosotros. Si nos remitimos a la música, encontramos menos películas que se hayan interesado por sus canciones. La que nos viene a la memoria es la imperdible Canciones para después de una guerra (1976), de Basilio Martín Patino, que mediante imágenes y canciones de la época trazaba un retrato de la España de antes y después de la citada guerra. Así que, una película como La marsellesa de los borrachos, de Pablo Gil Rituerto (Madrid, 1983), no sólo es una agradable sorpresa, sino que, además, es una prueba más de todas esas historias invisibles que todavía no han sido contadas. 

En el verano de 1961 el grupo italiano Cantacronache recorrió los pueblos del norte de España haciendo 6000 kilómetros y regresando a Turín con 9000 pies de cinta magnética, notas de viaje y cientos de fotografías. Una gran colección sobre la resistencia antifranquista que incluye canciones populares cantadas a capela, testimonios de la dictadura y poemas originales. El cineasta madrileño que conocíamos por sus trabajos como editor para grandes nombres como los de José Luis Guerin, Mercedes Álvarez, Isaki Lacuesta y Marc Recha, hace su puesta de largo con una película que coescribe junto a Alba Lombardía, donde acoge todo el material archivado del viaje de los Cantacronache y con un equipo recorre los mismos lugares 61 años después, en el verano de 2022. Una película que no se sitúa en ningún lado y apuesta por dejarse llevar por todos los materiales a su alcance. Un retrato caleidoscópico en el que escuchamos las grabaciones del 61, vemos las fotografías, y emprendemos una road movie-musical en el que solistas y grupos y conjuntos vuelven a interpretar las canciones tendiendo un puente imaginario entre ayer y hoy, trazando una profunda y honesta reflexión de sobre las canciones antifranquistas y sobre todo, cómo suenan y resuenan ahora.  

Gil Rituerto se acompaña de grandes técnicos como el cinematógrafo Daniel Lacasa, del que habíamos visto su trabajo en La granja del pas (2015), de Sílvia Munt, y su actividad como ayudante de sonido en películas como La plaga (2013), de Neus Ballús, y la mencionada Mercedes Álvarez en Mercado de futuros (2011), donde coincidió junto a Rituerto, la excelente música de Lina Bautista, que no tenía empresa fácil porque tenía enfrente un recorrido de canciones, el gran trabajo de sonido directo de Gerard Tàrrega, Giovanni Corona, Cora Delgado y Fernando Aliaga, y el diseño sonoro de la grande Laia Casanovas del Pino  que tiene en su haber casi 100 títulos donde hay gente como Almodóvar, series, primeras películas y documental. El montaje que firman el propio director y Marcos Flórez, del que hemos visto películas tan extraordinarias como El último verano, de Leire Apellaniz, Arima, de Jaione Camborda, Nación, de Margarita Ledo, Canto Cósmico. Niño de Elche, de la citada Apellaniz y Marc Sempere Moya, y la más reciente La guitarra flamenca de Yerai Cortés, de Antón Álvarez, entre otras, en un gran uso del material de archivo que tiene su reflejo en el presente en un continuo vaivén de tiempos, texturas y miradas en una película que se ve con emoción y tristeza en sus 96 minutos de metraje. 

Todo lo que La marsellesa de los borrachos nos cuenta y reflexiona sobre el significado del pasado, a través de las canciones populares antifranquistas y su vuelta al presente y el estado de las cosas, tiene mucho que ver con el mismo camino que emprendía Avanti Popolo (2012), de Michael Wahrmann, donde las canciones de izquierda que hicieron de resistencia durante la dictadura de Brasil se cruzaban con una historia personal del propio cineasta. Otra película como Cantares de una revolución (2018), de Ramón Lluís Bande, con la presencia del personaje-músico Nacho Vegas, también presente en la película de Gil Rituerto, donde viajaba y recupera el cancionero de los obreros y campesinos asturianos que en octubre de 1934 se alzaron contra la injusticia. Tres películas muy diferentes entre sí que tienen un frente común y reconocible que no es otro que el de recuperar los tesoros ocultos e invisibles de la memoria histórica de Brasil y de España desde el espacio de lo popular, de todos los nadies, que menciona Galeano, de todos y todas las personas que siguieron en la lucha y la resistencia a pesar de los pesares, con sus trabajos, sus propuestas y sus canciones. 

No deberíamos dejar pasar una película como La marsellesa de los borrachos, por su gran contribución a recuperar o mejor dicho, a desenterrar un caso totalmente desconocido para el que suscribe, de unos jóvenes italianos en aquella España gris y totalitaria de aquel verano del 1961, y reivindica todo su legado de grabaciones de canciones, testimonios y fotografías, y la maravilla que hace la película que es coger todo ese material, sacarlo a la luz, como demuestran sus emocionantes imágenes del inicio de la película, y sobre todo, mostrarlo a los espectadores sesenta años después. Todo su entramado es una idea magnífica, reinventándose ese puzle de pasado y presente, con continuas viajes que no tienen fin y funcionan en un bucle infinito de reflejos y espejos, con las actuaciones del pasado en el que escuchamos entre otros a personajes como José Agustín Goytisolo, Celso Emilio Ferreiro en galego, y Antonio Soriano, y otras voces anónimas, y las del presente, con el mencionado Nacho Vegas, Maria Arnal y Marcel Bagés, y grupos como La ronda de Motilleja y el Grupo Minero de Turón, y muchas más, que conforman no sólo una película que mira y reflexiona sobre el pasado a través del presente y se pregunta por la vigencia de aquellas canciones que tenían un significado y agrupaba una voz y una resistencia contra la violencia franquista. Quizás ya no tienen esa fuerza pero siguen sonando con emoción. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Mary Superchef, de Enzo D’Alò

MARY DEBE APRENDER A DECIR ADIÓS. 

“La muerte deja un corazón roto que nadie puede sanar, pero el amor deja un recuerdo que nadie puede robar”

(Proverbio irlandés)

En la inolvidable Mi vecino Totoro (1998), de Hayao Miyazaki se profundiza de forma sencilla y honesta, en el proceso emocional de dos hermanas que, entablan amistad con un espíritu del bosque para enfrentarse al dolor de tener a su madre enferma en el hospital. Un cine de animación para todos los públicos. Por los mismos contornos se mueve Mary Superchef (A Greyhound of a Girl), de Enzo D’alò (Nápoles, Italia, 1953), basada en la novela “Como un galgo”, del irlandés Roddy Doyle, del que se han llevado a la gran pantalla excelentes títulos como The Commitments (1991), de Alan Parker, y Café Irlandés (1993), y La camioneta (1996), ambas de Stephen Frears, entre otras. Una cinta muy cercana, de dibujo sencillo y nada enrevesado, aquí lo que cuenta es tratar el tema de la pérdida y el duelo a través de la mirada inquieta de Mary O’Hara, una niña de 11 años que empieza su verano con dos frentes: la enfermedad de su abuela y la despedida de su mejor amiga, amén de prepararse para conseguir una plaza en la escuela de cocina más exquisita de la zona. 

Un guion escrito por Dave Ingham, que lleva casi tres décadas imaginando series para el público infantil, y el propio D’Alò, del que conocemos sus excelentes trabajos en el campo de la animación donde se ha convertido en un abanderado gracias a títulos como  La flecha azul  (1996), Historia de una gaviota (y del gato que le enseñó a volar) (1998), Opopomoz (20023), Pinocchio (2012), y Pipu, Pupu & Rosemary: the Mystery of the Stolen Notes, entre otras, recibiendo grandes elogios de la crítica especializada así como galardones en los festivales más prestigiosos. A partir de una estructura bajo la atenta y valiente actitud de su protagonista Mary que, ante las dificultades, saca su arrojo y su carácter para hacer la suya. Un cuento que se aleja de lo complaciente y lo cómodo para adentrarse en terrenos emocionales complejos y muy oscuros, pero no desde un lado triste y sensiblero, para nada, todo está enfocado desde una mirada sincera y real, o podríamos decir de verdad, donde se explican situaciones muy íntimas y sensibles, donde se sitúa al espectador en varias tesituras donde los personajes se enfrentan a la enfermedad, a las despedidas y sobre todo, a la muerte, a aprender a decir adiós y enfrentarse al duelo. 

Una fábula ambientada en las costas irlandesas, en lugares como Cork y Wesford, donde predomina el verde como no podía ser de otra manera, en la que los tremendos paisajes costeros sirven de escenario común a una historia que recorre cuatro generaciones de mujeres de la misma familia que se vuelven a reencontrar para procesar el adiós en compañía y experimentando cada uno todas las emociones que experimentan. Otro elemento fundamental de la película es la composición musical que firma un grande como David Rhodes, guitarra histórico del gran músico británico Peter Grabiel, que con gran sensibilidad y transparencia ayuda a paliar todo el entramado emocional al que se enfrentan los diversos personajes desde perspectivas muy diferentes porque van desde la infancia a través de Mary de 11 años, su madre Scarlett, la abuela Emer y la invitada especial, la bisabuela Tansey, en un relato donde la realidad, la fantasía, la imaginación se dan la mano de forma natural en la que las cuatro generaciones se reúnen para decir adiós donde hay drama y tristeza, pero también mucho humor y una fiesta de la vida, de compartir y una gran celebración de la vida y del amor. 

El napolitano Enzo D’Alò es un fiel seguidor de las estructuras y formas de Studio Ghibli, porque desde la sencillez y la honestidad de su dibujo y sus planteamientos formales es capaz de sumergirnos en una excelente y profunda historia sobre la vida y el amor a través de despedirse de los seres que más quieres y más aún, cuando todavía tienes 11 años como le ocurre a la protagonista. Una heroína de verdad, de las que te encuentras, sin saberlo, cada día cuando caminas por la calle. Una joven que juega en los mismos contornos que otras niñas Ghibli como las citadas de Totoro, o aquella que debía enfrentarse a lo inquietante en la maravillosa El viaje de Chihiro (2001). Si deciden ir a ver una película Mary Superchef pueden acompañarse de los más pequeños, si los tienen, porque uno de los grandes logros de la película, y no es nada sencillo lo que ha hecho, es mostrar la pérdida y el duelo de forma cercanísima, nada estridente ni plañidera, sino desde lo humano, desde lo natural, desde la vida, de las cosas que más cuestan afrontar como la muerte, el adiós y sobre todo, enfrentarse a todo eso, y ser capaz de continuar y seguir adelante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Memorias de un caracol, de Adam Elliot

GRACE & GILBERT. 

“Yo creo que la verdad es perfecta para las matemáticas, la química, la filosofía, pero no para la vida. En la vida, la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza cuentan más”. 

Ernesto Sábato 

En la inmensa producción de películas de cada año pocas son las que llegan a las pantallas y de las que llegan, la mayoría son películas de corte muy comercial. Algunas, no muchas, pasan directamente al limbo de las diferentes plataformas que hay, donde se plantea un dilema, el de rebuscar y con suerte, encontrarse con esa película que sabes que está pero que no hay forma de encontrarla. Mary and Max (2009), de Adam Elliot (Berwick, Australia, 1972), no pasó por cines y la descubrí gracias a Filmin, una de las plataformas que cuida el cine y sus usuarios. La sorpresa y la admiración fueron inmediatas. Estaba delante de una delicia en todos los sentidos. Una obra profunda y reflexiva sobre la amistad entre una niña de 8 años australiana y un cuarentón judío y obeso de New York a distancia y epistolar desde finales de los setenta y toda la década de los ochenta. A través de la técnica de animación de stop motion un relato que abarca a dos inadaptados y solitarias almas que no entienden la sociedad ni la gente que la componen y optan por la imaginación y los sueños y las pequeñas actividades para soportar tanta oscuridad y desánimo.

Su segundo largometraje Memorias de un caracol el cineasta australiano vuelve a sus ambientes negruzcos y grisáceos con un tono melancólico, lleno de irreverencia y exquisito humor negro para críticar a una sociedad demasiada injusta, deshumanizada y estúpida, protagonizada por dos huérfanos Grace y Gilbert Pudel, que son separados y enviados a familias muy diferentes. Ella junto a unos happy guays de lo natural y lo light, y él, junto a una familia fanática cristiana e hipócrita. Es ella la que nos cuenta su vida, con ese tono tan característico donde abunda la miseria moral y una sociedad cruel y violenta. La aparición de Pinky, una excéntrica y punky anciana que se hace inseparable de Grace le ayuda a paliar el desajuste emocional que le produce estar separada de su hermano gemelo. Como sucedía en la primera película de Elliot, la voz en off vuelve a estar muy presente, no una voz descriptiva, sino una que reflexiona sobre las imágenes que vemos y aquellas otras invisibles donde lo emocional está tan presente. La atmósfera oscura y decadente sigue presente en sus historias que se mueven entre la fábula griega, lo más tenebroso e inquietante de los cuentos góticos de la época victoriana y ese sutil e inteligente sarcasmo e ironía que ayuda a suavizar tanta soledad. 

La cinematografía vuelve a correr a cuenta y riesgo de Gerald Thompson que vuelve a brillar como hizo en la deliciosa Mary and Max, o mejor dicho, vuelve a ennegrecer en tonos apagados y grisáceos, esos lugares residenciales muy al estilo del suburbano estadounidense, que más que vida parece que almacenan vidas torturadas e infelices. La música de Elena Kats-Chermin se convierte en el mejor vehículo para contar toda la complejidad psicológica y los avatares vitales de los protagonistas, además, consigue junto a las imágenes tremendamente elaboradas y detallistas, un conjunto de emociones que vamos experimentando siguiendo la travesía emocional de los dos hermanos. Una película cuidada hasta el mínimo detalle, desde su poderosa estructura y montaje que firma Elliot y sus intensos 95 minutos de metraje, la magnífica construcción de personajes, que no estarían muy lejos de los de Pesadilla antes de Navidad (1993) y La novia cadáver (2005), ambas auspiciadas por Tim Burton, eso sí en otro tono más de terror, y el diseño de producción que parte de la grandiosa imaginación de Elliot como demuestran los estupendos en los títulos créditos iniciales en el que hace un incisivo recorrido por una gran cantidad de elementos y objetos amontonados en una habitación, en los que va anticipando partes de la trama de la película. 

Primero fueron excelentes cortometrajes, entre otros, como Uncle (1996), Cousin (1999), Brother (2000), que no llegaban a los ocho minutos, los Harvie Krumpet (2003), Ernie Biscuit (2015), que pasaban de los veinte minutos, y los mencionados largometrajes Mary and Max (2009), y el que nos ocupa Memorias de un caracol, título que hace referencia al enamoramiento que tiene la protagonista Grace por los moluscos gasterópodos que usa como refugio en su inseparables conchas (genial metáfora que describe cómo se siente la citada Grace). El cine de Adam Elliot se convierte en el mejor narrador para describir muchas de lo invisible del mundo que nos rodea: la enfermedad mental, la inadaptación, la soledad, los traumas y todo lo que tiene que ver con aquello de lo que nos cuesta hablar, de lo que hace daño, de lo que duele tanto que nos cuenta enfrentarlo y mucho menos compartir con los demás. Un cine que invita a mirar a los demás sin juzgarlos, a observar lo diferente, a profundizar en lo que nos rodea y sobre todo, en las acciones de los demás, descubriendo su naturaleza y descubriendo ese pasado que los amenaza y les dicta su presente. También hay tiempo para ser feliz, aunque sea efímero, eso sí, Memorias de un caracol no es una película triste, ni mucho menos, es una película dura y desgarradora, pero no se regodea en la maldad, sino que la muestra y dibuja a unos personajes que siempre quieren ser ellos, aunque para ellos deban alejarse del resto y encontrar su mundo por muy diferente que sea del mundanal ruido. No es eso lo que deberíamos hacer todos. Buscarnos a nosotros mismos sin importar lo que digan los demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La red fantasma, de Jonathan Millet

CAZAR A LA BESTIA. 

“Los espías viven en un mundo de sombras, donde la verdad y la mentira se entrelazan”. 

De la novela “El espía que surgió del frío” (1963), de John Le Carré 

Hemos visto infinidad películas sobre espías, sobre todo ambientadas en la Guerra Fría, con sus personajes y lugares comunes, y rasgadas por estructuras clásicas y llenas de misterio, tensión y psicología. En los últimos tiempos, cuesta ver películas de este tipo, también la historia política, la más oculta y oscura, se ha vuelto muchísimo más recelosa y se ha sepultado por prudencia y malos hábitos anteriores. Por ese motivo encontrarnos con una película como La red fantasma (en el original, Les fantômes), de Jonathan Millet (París, Francia, 1985) es toda una gran satisfacción. Un título que se traduce como “Los fantasmas”, una definición que casa adecuadamente con el objetivo del espía y del espiado, porque los dos quieren moverse entre sombras sin ser vistos ni expuestos como meros fantasmas. Y más aún, como en el caso de la película que nos ocupa, que la historia sea novedosa, o por lo menos, poco vista, como es el caso de los torturados del régimen de Bashar al-Ásad ocultos en el corazón de Europa.

El director que, después de años dedicándose al documental con títulos tan importantes como Ceuta, douce prision (2013), y La desaparición (2020), y un puñado de cortometrajes de ficción, debuta en el largometraje con una trama que coescribe junto a Florence Rochat que nos sitúa en Estrasburgo, en el ámbito de la universidad donde estudia Harfaz, el sospechoso torturador que espía el protagonista Hamid, un exprofesor de Alepo, ahora convertido en informador y “cazador” de bestias como el que tiene delante. Otro de los grandes aciertos de la película de Millet es alejarse de lo convencional y del thriller psicológico, tan manido en los últimos años, para adentrarse en una trama muy cotidiana, podríamos decir doméstica, específicamente urbana, donde los protagonistas son personas agitadas por la venganza y la justicia, que han entrado en este mundo por circunstancias personales y ávidos de luchar contra el imperio del terror del régimen sirio. La psicología de los citados personajes tiene que ver más con sus dolorosas experiencias personales, donde hay pérdida y ausencia que todavía están paliando como pueden. Estamos ante una historia de espías, si, pero para nada convencional, donde el género desaparece para construir una interesante y reposada trama de la caza del gato y el ratón con tensión y psicología, pero muy alejada de todos los sitios comunes del género. 

Un gran trabajo técnico excepcional que tiene al cinematógrafo Olivier Boonjin, que tiene en su haber películas como Generación Low Cost y El paraíso en su Bélgica natal, que con una luz natural y alejada de lo artificial y de lo convencional, consigue una intimidad que traspasa de lo cercano que se palpa todo. Todo un acierto porque genera esa transparencia que busca la película, donde todos podemos ser espías y espiados. La excelente música de Yusek, que ha trabajado con Valérie Donzelli y el tándem exitoso Eric Toledano y Olivier Nakache, entre otros. Una composición que va puntuando los altibajos y dudas de los personajes, que no son pocas, que se debaten en sus ansías de encontrar a los torturados y los embates de las ausencias que la guerra ha hecho en sus existencias. El montaje de Laurent Sénéchal, el editor habitual e Justine Triet, la de Anatomía de una caída, entre otras grandes películas, con un corte limpio y de frente, es decir, que la historia se respira, se observa y se va cociendo sin prisas, entrelazando con inteligencia las diferentes miradas y posiciones de las diferentes almas que pululan por la relajada trama, que no se mueve por zonas complicadas, sino por lugares demasiado cercanos y palpables en sus intensos 106 minutos de metraje.

La película de Millet de pocos personajes, apenas cuatro, con la presencia del actor tunecino Adam Bessa, que nos entusiasmó como el desesperado Ali de Harka (2022), de Lofty Nathan, ahora en la piel de un profesor sirio torturado que quiere empezar de nuevo capturando indeseables como el torturados escondido en Estrasburgo Harfaz, que hace el actor israelí Tawfeek Barhom, que hemos visto en estupendas películas como Idol (2015), de Hany Abu-Assad y Conspiración en El Cairo (2022), de Tarik Saleh. Su personaje es pura ambigüedad, con un gran encuentro con Hamid que es pura dinamita, como aquel que protagonizaron De Niro y Pacino en la brutal Heat, de Mann. Les acompañan la actriz siria Hala Rajab como Yara, una mujer que también ha huido de Siria e intenta mitigar las heridas desde el recuerdo y la paz. Y la presencia de la actriz austriaca Julia Franz Richter, que hemos visto en películas de Christian Petzold y Gúnter Schwaiger y en la reciente Toda una vida, de Hans Steinbicher, en el rol de Nina, otra espía-informante que trabaja como enlace de Hamid desde la vecina Berlín, con una forma de proceder que chocará con la del protagonista. 

Aplaudimos y celebramos el debut en el largometraje de ficción del francés Jonathan Millet con La red fantasma, una película sobre espías pero de naturaleza antiespía, y no lo digo porque no consiga sumergirnos en ese mundo de las apariencias, las mentiras y las sombras del espionaje, sino porque ha construido un magnífico thriller psicológico nada común, que huye de los convencionalismos y las zonas comunes del género, y lo hace desde la sencillez y la honestidad, con su apariencia tan tremendamente cotidiana, sin artificios ni piruetas argumentales, sino de forma directa y frontal, con pausa y contención, escarbando y de qué manera en las complejidades psicológicas del protagonista que interpreta desde el interior y con una mirada que traspasa la pantalla. Una trama nada enrevesada ni tramposa, todo lo contrario porque hace de su cercanía su mejor aliada, porque nos invita a ver y también a reflexionar, porque nada es baladí, aunque aparentemente lo parezca, ya que es una película producida en plena guerra civil de Siria y se estrena por nuestros lares después de la caída del régimen de al-Ásad, y se erige como una película sin tiempo que a su vez, nos sitúa en uno de los tantos episodios de la resistencia siriana en el exilio que sigue enfrentándose a la bestia para conseguir una justicia vetada en su país. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Kari Anne Moe

Entrevista a Kari Anne Moe, directora de la película «Mina y la radio de los presos», en el marco de El Documental del Mes, iniciativa de DocsBarcelona, en la terraza del Hotel Casa Gràcia en Barcelona, el martes 4 de febrero de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Kari Anne Moe, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Sam Wallis, por su gran labor como intérprete, y a Carla Font de Comunicación de El Documental del Mes, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El desafío de Sofía, de Lillah Halla

SI TE CAES, TE LEVANTAS. 

“Puedes encontrar muchas derrotas, pero no debes ser derrotado. De hecho, puede que sea necesario enfrentar las derrotas para que sepas quién eres, de que puedes levantarte y cómo puedes salir de ello”. 

Maya Angelou 

Hay un cine entretenido que sabe contar historias y generar empatía en los espectadores. Luego, hay otro cine que aparte de entretener, va más allá que construir un vínculo emocional con el espectador, sino que refleja el contexto social, político, cultural y económico en el que se desarrolla la trama. El desafío de Sofía (en el original, “Levante”), de la debutante en el largometraje Lillah Halla (Saô Paulo, Brasil, 1981), que sigue la estela de su laureado cortometraje Menarca (2020), un relato de 22 minutos ambientado en una aldea brasileña y protagonizado por Nanâ y Mel, dos niñas que entran en la adolescencia y deben protegerse de una violencia ancestral, que se estrenó en la prestigiosa Semaine de la Critique del Festival de Cannes, al igual que su ópera prima, coescrita junto a María Elena Marón, que se centra en una fantástica jugadora de voleibol de 17 años que, en los días que ha sido observada para conseguir una beca internacional, se entera que está embarazada. 

Un guion poderoso y lleno de tensión con el mejor aroma de los thrillers psicológicos, que siempre han sido buenos vehículos para contar las encrucijadas emocionales, con una tremebunda atmósfera con el mejor aroma de los Dardenne,  donde la cámara está pegada al cuerpo y el alma de Sofía, la protagonista, sometida en una sociedad reaccionaria que persigue a las jóvenes que deciden abortar. La película nos conduce por una travesía urbana que nos llevará por varios lugares con el fin de interrumpir un embarazo que le impide seguir su progresión deportiva. La trama no es sensiblera ni almacena una narrativa complicada, todo lo contrario, porque todo se cuenta bajo la mirada de su personaje principal, pero no sólo se queda aquí, ya que el resto del equipo de voleibol, un equipo inclusivo de un barrio cualquiera de la periferia de Saô Paulo, ayuda a Sofía, tratando por todos los medios de encontrar una solución a su inesperado y difícil tesitura. No es una película de buenos y malos, porque vemos mucha complejidad y refleja de forma directa y de frente, la sociedad conservadora y católica que ejemplifica las políticas de Bolsonaro frente a esta oculta que dispone de solidaridad y fraternidad.  

Halla se acompaña de sus jefas de equipo que tuvo en el cortometraje Menarca, en la cinematografía Wilssa Esser, que ha trabajado con la directora Anna Muylaert de la que vimos por estos lares su extraordinaria Una segunda madre (2015). Su luz es intensa e íntima, en una película muy urbana, con esa textura gruesa y doméstica en la que tanto los interiores como los exteriores consiguen reflejar todo el contexto social por el que se mueven los personajes. En el montaje con Eva Randolph, también presente en Menarca, con una gran trayectoria que abarca más de medio centenar de títulos, que le ha llevado a trabajar en el campo documental, y con cineastas de la talla de René Guerra y Eryk Rocha, entre otros. Una edición que condensa de forma ajustada y concisa un metraje que se va a los 99 minutos donde nos someten a unos pocos días en los que nos vuela la cabeza siguiendo el periplo de Sofía y sus allegados tratando de conseguir un imposible. La música juega también un papel fundamental en la película, porque tenemos por un lado la composición de María Beraldo y Badsista, que acompaña con pausa y serenidad los avatares emocionales de los diferentes personajes, y los otros temas, de música urbana, de rap y reguetón que dan profundidad a las diferentes miradas y situaciones de las jóvenes en liza. 

Con el reparto la directora ha conseguido aunar jóvenes debutantes, después de un largo y arduo proceso de casting, como la magnífica Ayomi Domenica Dias que encarna con gran soltura y cercanía la gran montaña rusa emocional de su personaje Sofía, en una gran composición no sólo emocional sino muy física, donde las miradas y los gestos se mezclan con lo corpóreo. Le acompañan el resto del equipo de voleibol como Loro Bardot y Lorre Motta, etc… Y los adultos como Rômulo Braga como padre de Sofía, que lo hemos visto en películas de Walter Salles, Vinicius de Coimbra y Sérgio Machado, Grace Passô como la entrenadora y “madre” del equipo, una mujer firme que se enfrenta a lo establecido, Gláucia Vandeveld es la parte conservadora que usa la clínica para convencer a las niñas de no abortar, entre otros. Quedamos a la espera de futuras películas de la directora brasileña Lillah Halla porque su largometraje debut nos ha convencido por su magnífica mirada a los más desfavorecidos y sus conflictos cotidianos como el embarazo a una edad tan temprana y la imposibilidad de disponer de unos medios, ya sean económicos y sanitarios, que ayuden a llevar a cabo el aborto, y reflejo la realidad de su país de la forma en que lo hace, donde no hay rabia ni venganza, sino una forma natural y de verdad de mostrar unos hechos y las tremendas dificultades de las que los sufren. En fin, si el cine sirve para algo, está película es una buena muestra que sí sirve para algo, aunque sea para que sepamos la dureza y la injusticia que existe para muchos invisibles.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

No hay amor perdido, de Erwan Le Duc

HAY AMORES… Y AMORES. 

“Por si alguna vez haces la tontería de olvidarlo: nunca estoy no pensando en ti”. 

Virginia Woolf

Los casi diez primeros minutos de No hay amor perdido (en el original, “Le fille de son père”), de Erwan Le Duc (Les lIlas, Francia, 1977) (nos explican, de forma breve y concisa, los antecedentes del apasionado y efímero amor de Étienne y Valérie a los 20 años. Un amor del que nació Rosa. Un amor que acabó el día que Valérie desapareció sin dejar rastro. Otro amor empezó con Étienne y Rosa. Padre e hija han vivido juntos 17 años. El relato arranca en verano, cuando Rosa ha sido admitida en Metz para estudiar Bellas Artes y convertirse en la pintora que sueña. Así que estamos ante una película de tránsito, en la que padre e hija deben despedirse, o lo que es lo mismo, deben separarse por primera vez. Un padre que ha olvidado aquel amor de juventud dando todo el amor y la protección del mundo a su hija Rosa, a su trabajo y a su pasión como entrenador de fútbol, y a su amor Hélène. Y la hija, siempre bajo el amparo de su padre. Tanto uno como otra deberán empezar a vivir sus propias vidas, alejados de la persona que más quieren y sobre todo, emprender nuevos retos y una vida diferente. 

Segunda película de Erwan Le Duc, después de la interesante Perdrix (2019), una historia de amor a primera vista con toques de humor protagonizada por Swann Arlaud y Maud Wyler. En No hay amor perdido, el amor vuelve a estar en el centro de la trama, pero en este caso, está el amor entre padre e hija, y ese otro amor, el que pasó y está olvidado. Dos seres vuelven a ser el leit motiv de la historia, si en aquella eran dos solitarios, en esta, la cosa va de un padre muy protector y en el fondo, un hombre que ha dejado el trauma de un lado y se ha centrado en su hija. ¿Qué pasará ahora que la hija se va del nido?. El director francés construye una película ligera y muy cotidiana, tan cercana como naturalista, donde en la ecuación de padre e hija se les añade las figuras de Hélène, la novia del padre, tan dulce, tan enamorada y tan transparente, y Youssef, el novio de la hija, con su amor romántico, con su poema épico y sus tardes anaranjadas. Tiene ese aroma del cine de Rohmer, donde la vida y el amor van pasando, casi sin sobresaltos, pero con cercanía y abordando los grandes misterios de los sentimientos y la naturaleza de nuestras relaciones y cómo nos van definiendo. 

El director francés vuelve a contar con su equipo habitual que ya eran parte del equipo de su ópera prima, como el cinematógrafo Alexis Kavyrchine, que tiene en su haber a cineastas como Olivier Peyon, Cédric Klapisch y Alberto Dupontel, entre otros, que consigue una luz cálida y acogedora, en una película muy exterior, dond prima la luz natural,  que ayuda a indagar en el interior de los diferentes personajes y ese tratamiento tan íntimo como invisible. La música de Julie Roué consigue darle ese toque de complejidad de los diferentes personajes, sobre todo, a medida que avanza la película, después de algo que ocurre que trasbalsa a la pareja protagonista, y finalmente, el montaje de Julie Dupré, de la que hemos visto 2 otoños, 3 inviernos (2013), de Sébastien Betbeder, y Las cartas de amor no existen (2021), de Jérôme Bonnell, entre otras, donde ejerce un buen ritmo y estupenda concisión en sus 91 minutos de metraje, en el que la cosa va in crescendo de forma sencilla, sin darnos cuenta, pero que un impacto lo cambiará todo, o mejor dicho, lo precipita todo, y romperá esa armonía aparente en la que estaban instalados los personajes en cuestión. 

Una película que habla de diferentes tipos de amor, con sensibilidad y tacto, huyendo de la estridencia y de la desmesura, como si nos contase una cuento en susurros, debía tener un reparto tan cercano como natural, con intérpretes que nos sitúen en lo doméstico y lo más tangible. Tenemos a un extraordinario Nahuel Pérez Biscayart, que siempre da un toque humano y cercanísimo a todo lo que compone, metiéndose en la piel de un personaje nada fácil, que siempre se ha guiado por las necesidades de su hija, y dejando que el amor de juventud se vaya evaporando, si eso es posible cuando es tan intenso y sobre todo, tan rompedor. A su lado, la magnífica Céleste Brunnquell, que nos encantó en las estupendas Un verano con Fifí y la reciente Esperando la noche, en el rol de Rosa, la hija querida, la hija que debe seguir su propio camino, la hija que nunca conoce a su madre. Maud Wyler que repite con Le Duce hace de la mencionada Hélène, mostrando dulzura, encanto y belleza, tanto física como emocional. Una actriz que nos fascinó en las películas de Pablo García Canga tanto en La nuit d’avant (2019) y Tu tembleras pour moi (2023), y la presencia del debutante Mohammed Louridi como Youssef, tan amoroso como joven.

Los espectadores que se dejen llevar por las imágenes y las circunstancias de una película como No hay amor perdido van a experimentar muchas emociones y sentimientos contradictorios, quizás se acuerden de aquel amor lejano que creían haber olvidado, o simplemente, dejaron que los años pasasen por encima de lo que sentían, y el tiempo lo ha dejado de lado, y un día, de casualidad, vuelven a verlo y tal vez, todo aquello que pensaban olvidado o más bien superado, no lo es tanto, y sus sentimientos despiertan y les plantean cuestiones, o quizás no, pero si fue un amor de aquellos que no se olvidan, un amor intenso y sobre todo, que se acabó abruptamente, sin que ninguno de los dos participantes pudiera experimentar de verdad ni lo que sintió ni lo que vino después. ¿Qué sucedería si nos reencontramos con ese amor que creíamos olvidado? No lo sabemos, pero les digo una cosa, estén alerta porque de seguro les va a tambalear, o quizás no, quién sabe, o puede ser que sí, que no saben qué hacer y mucho menos decir. La vida tiene estas cosas, que por mucho que sientas que se haya acabado, hay amores que siguen con uno, sin saber el motivo, que van y vienen como los recuerdos que no puedes borrar, aunque no queramos admitirlo a los demás, y menos a nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mina y la radio de los presos, de Kari Anne Moe

LA MUJER INCONFORMISTA. 

“Hay que dar bastante guerra. Con los perros rabiosos nadie se atreve, en cambio a los mansos los patean. Hay que pelear siempre”. 

Isabel Allende

En tiempos actuales donde la masificación audiovisual nos ciega y nos aparta del tiempo de reflexión, es de agradecer que todavía existan pequeños espacios de luz. Películas que no sigan la corriente imperante por las televisiones, y se aventuran a explicar temas que los poderes invisibilizan y prejuzgan a diario. El trabajo de la directora y productora Kari Anne Moe (Sandefjord, Noruega, 1976), es un cine a contracorriente que investiga conflictos sociales como la educación en Bravehearts (2012), sobre cuatro estudiantes juveniles y activistas enfrentados a la masacre de Utoya, en la que murieron 69 jóvenes, y en Rebels (2015), sobre cuatro jóvenes que han dejado el instituto, y ahora nos llega Mina y la radio de los presos, sobre la vida de Mina Hadjian, una periodista iraní-noruega que tenía un programa de radio muy popular y contestatario del que fue despedida por presiones y más tarde, ha creado el podcast “Radio Bandit”, en el que habla con presos profundizando en sus vidas, circunstancias e ilusiones.  

La cineasta noruega construye una película incómoda, en la que sitúa frente a la cámara la cotidianidad de Mina y la estrecha relación que tiene con sus colaboradores. Tenemos a varios presos como un musulmán convertido que era adicto a las drogas, un transgénero y Rune, un inadaptado que ha crecido en ambientes de violencia y ahora lucha contra la injusticia, incluso en la guerra de Ucrania. Tres almas que iremos conociendo a través de Mina y su espacio de radio, donde nos dan cuatro hostias de realidad y se investiga y analiza la realidad de las prisiones en Noruega, y su falta de humanidad en la rehabilitación de los presos. La película pone voz y alma a unas personas completamente estigmatizadas por un sistema demasiado racional y poco empático ante las situaciones de muchos jóvenes sin futuro y que han crecido en ambientes muy desfavorables. La película huye del panfleto y consigue eliminar bastantes prejuicios y convencionalismos que arrastran muchos de estos jóvenes. Una cinta construida a través de la intimidad y la transparencia de los personajes, donde hay muchos altibajos emocionales, enfrentados a sus luchas internas y sociales, amén de la propia Mina que no ceja de trabajar por construirles un futuro emocional diferente.

La película de Kari Anne Moe es crítica contra el sistema fallido y deshumanizado basado en el castigo para los individuos, pero lo hace desde el conocimiento situándonos en el centro de la cuestión, conociendo y escuchando las diferentes realidades de los presos en cuestión, con una cámara que huye de lo convencional y la superficialidad para adentrarse en las profundidades, donde todo se construye desde la naturalidad, construyendo un espacio íntimo y cercanísimo en el que Mina y sus colaboradores se erigen como vehículo perfecto para conocer sus vidas y sus pasados y sus posibles futuros. Es una película sobre el encuentro y el diálogo, también de la escucha, a través de su sencillez y honestidad en el que responde con hechos y realidades a las leyes prejuiciosas y clasistas de la élite política que no soluciona problemas sino que los hace más grandes, debido a una vagancia consumada en que no investiga los diferentes casos y circunstancias. La película recupera parte del cine político que nos deslumbró en los sesenta y setenta en que se hacía política a través de un cine inconformista y crítico que buscaba realidades invisibilizadas y les daba una visibilidad que no correspondía con las falsedades que lanzaban los medios oficiales. 

No deberían dejar pasar una historia como la de Mina y la radio de los presos, de Kari Anne Moe, porque seguramente no conocen su trabajo y sólo por eso debería ser suficiente para acercarse a su propuesta de podcast, en una actualidad donde hay propuestas de todo tipo y tan prescindibles la mayoría, que optan al entretenimiento sin sustancia. El trabajo de Mina es de verdad, porque ella es una activista que lucha encarnizadamente por sacar de los pozos del olvido a personas de carne y hueso que tienen una vida, unas ilusiones y proyectos como todos y todas. Debemos agradecer a la iniciativa de DocsBarcelona y su trabajo de comunicación con la propuesta de El Documental del Mes, porque no sólo acercan un cine totalmente invisibilizado por los poderes, que aquí tiene no sólo su espacio sino una forma de resistencia y fuerza como la cineasta Kari Anne Moe que sigue en la trinchera haciendo cine y promoviendo reflexiones de lo que nos rodea y por desgracia, ni vemos ni mucho menos conocemos, porque si lo hacemos nos daremos cuenta de todo lo que no sabemos y sobre todo, lo que damos por hecho y lo que nos influyen las ideas oficiales construidas desde el desconocimiento. Así que, sigan investigando y encontrarán y de esa manera, podremos conocer la realidad de forma honesta e íntima. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Brutalist, de Brady Corbet

LA OSCURIDAD DEL SUEÑO AMERICANO. 

“El Brutalismo puede ser austero, pero también es un estilo monumental; crea extraños objetos de amor y desprecio a partes iguales y que lleva un tiempo desplegar en el imaginario colectivo, porque la gente no es capaz de asimilarlos en el momento. Esto, para mí, es un reflejo de la experiencia inmigrante, y el Brutalismo es un estilo arquitectónico principalmente creado por inmigrantes. Tanto en alcance como en escala, los edificios brutalistas piden visibilidad, pero a quienes los diseñan o construyen les toca luchar por su derecho a existir”.

Brady Corbet 

El prólogo que abre The Brutalist, de Brady Corbet (Scottsdale, Arizona, EE. UU., 1988), nos sitúa en un encuadre muy oscuro acompañado de ruidos y movimiento. De repente, vemos a su protagonista László Tóth, expulsado al exterior entre la multitud que intenta sobrevivir al horror de la Segunda Guerra Mundial y los campos de exterminio. Después, un barco y la llegada a los Estados Unidos donde la primera imagen es la estatua de la libertad pero al revés. Una imagen muy sintomática que deja entrever el tortuoso y oscuro camino que le espera al personaje en cuestión.  

A Corbet lo habíamos visto como actor en películas notables junto a directores de la talla de Araki, Haneke, von Trier, Baumbach, Östlund, Assayas y Hansen-Love, entre otros, y conocíamos sus dos largos como director en La infancia de un líder (2015), que podéis ver en la imperdible Filmin, y Vox Lux, tres años después. Dos cintas que ya vislumbraron los elementos que interesan al director estadounidense como los orígenes de la maldad, en la primera, y el precio de la fama, en la segunda. Elementos que continúan en The Brutalist, donde su personaje principal que viene de haber sido reconocido como arquitecto en su Hungría natal, ahora debe empezar de cero o más bien, convencer de su arte y su forma de trabajar con la arquitectura brutalista donde expone todo su trauma emocional. El concepto arquitectónico tiene varias lecturas: el brutalismo de la historia que cuenta. Un hombre que se topa con un país donde todo es demasiado enorme. Todo está en venta y no existe la moral ni la ética, sólo el dinero y la ambición y la codicia desmedida. En la conservadora Pensilvania, László encontrará a su mecenas Harrison Lee Van Buren, un hombre que define perfectamente el “Sueño americano”, el hombre hecho a sí mismo que ha levantado todo un imperio de poder y riqueza, que ahora vislumbra un edificio en honor a su esposa fallecida. Tóth será el encargado de llevar a cabo esta monumental obra. 

Estamos ante una película que cruza con eficacia arrolladora películas como El manantial (1949), de King Vidor, y There Will Be Blood (2007), de Paul Thomas Anderson. Una película sobre un arquitecto que lucha por las ideas de su trabajo en pos a un mercado que antepone la riqueza, y la otra, sobre un petrolero codicioso y sin escrúpulos que no detendrá en agrandar su poder. Podríamos ver los dos personajes como inspiraciones a los dos protagonistas de The Brutalist, en el guion que firman la noruega y cineasta Mona Fastvold, y el propio director, que recoge 30 años en la vida de László Tóth, su mujer Erzsébet, y la relación de ambos con Van  Buren, su mastodóntica construcción ambientados en el Estados Unidos blanco y fascista de la década de los cincuenta, sobre todo. Es una película de grandes dimensiones que recoge el rostro más oscuro y violento del citado “Sueño americano”, hermana con otras joyas que transitaron por las travesías oscuras de los inmigrantes en el país de las oportunidades como América, América (1963), de Kazan, las dos partes El Padrino (1972/1974), de Coppola, y Érase una vez en América (1984), de Leone, por citar tres películas muy paradigmáticas que rastrean tres formas de “adaptarse” al nuevo mundo o lo que queda de él.  

La solidez técnica que desprende la película es abrumadora tanto en su formato de VistaVision rodado en 70mm, hacía seis décadas que no se usaba el invento de la Paramount que proporcionaba los grandes angulares para recoger los planos generales donde vemos los personajes en un primer término y sobre la colina la construcción, por ejemplo, y en los planos cercanos consigue esa intimidad que traspasa. Un gran trabajo de cinematografía del británico Lol Crawley, del que hemos visto 45 años, de Andrew Haigh y Ruido de fondo, de Noah Baumbach, en su tercer trabajo con Corbet, en su película más compleja del que sale muy airoso porque la película refleja todo esa complejidad de la intimidad emocional de unos personajes y la grandiosa edificación en la que están sometidos, a más de las difíciles y oscuras relaciones que mantienen entre ellos. La excelente música de Daniel Blumberg, que ya trabajó en El mundo que viene, de la coguionista Mona Fastvold, crea esa parte más invisible que escenifica el intrincado emocional del protagonista que se refleja en sus edificios, y en su férrea cabezonería en el trabajo y en los materiales utilizados. El montaje del húngaro Dávid Jancsó, habitual del cineasta Kornél Mundruczó, tenía la complicada tarea de dar cohesión y unidad a una película de 215 minutos, incluido sus 15 minutos de intermedio, y la cosa respira cine, y sobre todo, con su clasicismo y su cercanía construye una historia que nos sumerge en un mundo donde todo es posible, aunque deberíamos pensar si todos los sueños valen la pena por el elevadísimo precio que cuestan, y las heridas que dejan en el alma. 

Del apartado artístico destaca su impecable y natural trío protagonista. Empezando por un inconmensurable Adrien Brody, al que no habíamos visto en un personaje “Bigger than Life” como el pianista judío polaco Wladyslaw Szpilman, protagonista de El pianista (2002), de Polanski. Su arquitecto judío húngaro László Tóth es uno de esos tipos tan fuertes como arquitecto como vulnerable con sus adicciones, tan férreo en sus ideas y convicciones como frágil y complejo en sus relaciones. Un diamante que Brody lo humaniza y lo desmonta con cada mirada, cada gesto y ese acento que lo convierte en uno de esos personajes difíciles de olvidar. Le acompaña un brutal Guy Pearce dando vida a Van Buren, escenificando esos hombres de negocio acaparadores, conservadores y clasistas que “Make America Great Again”, pisoteando a todos sus adversarios, sin moral ni ideales, sólo ambicionan dinero y poder, y sobre todo, nunca desfallecen, siempre tienen un arma cargada para seguir explotando a todos los que puedan. Felicity Jones encarna a Erzsébet, la esposa de László, una mujer que ha sufrido mucho en la guerra pero que no se deja engatusar por los ideales de ese nuevo país lleno de dinero y violencia y horror, y la siempre interesante presencia de Stacey Martin como hija de Van Buren, que ya estuvo en las dos películas anteriores de Corbet. 

Una película como The Brutalist no es sólo es el retrato de un personaje que huye del horror nazi para encontrar una nueva vida en Estados Unidos, sino también, es el retrato de un tiempo, de la construcción de un país y del capitalismo y la codicia por lo material, también es un retrato sobrio y profundo sobre la oscuridad de lo seres humanos. Un viaje donde emergerá lo más horrible de la condición humana, todo lo que nos ha llevado a construir sociedades mal llamadas liberales, porque, en realidad, están controladas por grandes corporaciones que deciden qué se compra y vende, y lo peor de todo, lo venden como si eso fuese la libertad, un sin Dios. Brady Corbet se ha elevado a los grandes nombres del cine con su película, por su arrojo, su forma clásica de narrar que le empareja con los cineastas que hicieron grande el cine, y lo hace con un relato aparentemente sencillo, pero sumamente complejo, porque indaga en los abismos del alma humana, en esas zonas invisibles, en esos lugares que no reconocemos, de los que huimos siempre, pero que forman parte de nosotros, de lo que somos. Una película como esta no dejará indiferente al espectador que se atreva a verla, y no lo digo por su duración que, seguro será un hándicap para muchos espectadores, pero vencido ese prejuicio actual, la película te agarra desde el primer instante, te lleva por el viaje que propone siguiendo la travesía de László Tóth, donde nos encontraremos de todo: Un país que vende libertad y no a cualquier precio. Un sueño convertido en pesadilla. Un trauma que se erige como una edificación mastodóntica donde el hormigón y la frialdad del gris escenifica todo lo emocional y sobre todo, el alma que debe seguir a pesar del horror que vivió. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tierra baja, de Miguel Santesmases

RECUERDO QUE TE HABÍA OLVIDADO.  

“Yo nunca te olvidé. No me olvides tú a mi”. 

Los primeros instantes de Tierra baja, de Miguel Santesmases (Madrid, 1961), están concebidos para situarnos en el contexto de su protagonista, Carmen, una mujer que ha huido de Madrid, agobiada por un trabajo, el de guionista, que no la llenaba, o quizás, huyó por otras razón. Todavía no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que ella se ha recluido en el mas de su familia, ubicado en uno de sus pueblos de la provincia de Teruel, en el Bajo Aragón. Un lugar apartado de todos y todo, exceptuando algún encuentro fortuito con sus allegados: Damián, el hombre que le ayuda al mantenimiento, María Rosa, una prima, que le insta a volver a escribir. Entre quehaceres cotidianos y ratos de mirar y otros, en una búsqueda profesional, porque los olivos, antaño muy productivos, ahora no hay negocio. Así encontramos al comienzo del relato a Carmen, que no sabe por dónde tirar, más en un tiempo de espera a su pesar. Un día recibe una postal de un tal Eduardo, un hombre que en el pasado significó algo para ella. Un algo que todavía no sabemos. En poco tiempo, la película se presenta llena de incógnitas, secretos que se irán desvelando o no. 

Del cineasta madrileño que tuvo su momento en la industria con La fuente amarilla (1999), Amor, curiosidad, prozak y dudas (2001), y Días azules (20016), escritas junto a Antón y Martín Casariego, y Lucía Etxebarría, que se movían entre el thriller y el drama sobre jóvenes. En 2016 hace Madrid, Avobe The Moon, cine de guerrilla que construye una comedia romántica nada convencional. Ahora nos llega Tierra baja, que coescribe junto a Ángeles González-Sinde, amén de dirigir tres largos, ha escrito para cineastas tan importantes como Ricardo Franco, Manuel Gutiérrez Aragón y Gerardo Herrero, entre otros. Mantiene el mismo espíritu que la anterior, donde un buen guion y estupendos intérpretes hacen el resto. Aquí se añade el impresionante paisaje que escenifica la realidad interior de la protagonista y las consecuencias de lo que se llama como la España vaciada, donde las formas de trabajo mutan y los jóvenes huyen a las grandes urbes. La historia se mueve por varias travesías. Por un lado, tenemos a la mujer que vuelve a su pueblo con la idea de instalarse, están las nuevas formas de subsistencia ante los cambios en la agricultura, bien condimentado con el drama personal, lo romántico como leit motiv, pero muy alejado de los estándares convencionales, y por último, la ficción como espacio para imaginar la realidad o simplemente, como un lugar para refugiarse para abordar las dificultades de lo que se llama realidad. 

Tiene la película de Santesmases esa atmósfera ligera y transparente de las películas de Alexander Payne, pero muy profundas en sus planteamientos emocionales, donde convergen unos personajes con ideas que chocan con los demás, pero firmes en sus decisiones quijotescas. Una película cuidada en el aspecto técnico con una cinematografía que firma Alberto Pareja, del que hemos visto la semana pasada Miocardio, de José Manuel Carrasco, y ya estaba en la citada Madrid, Avobe The Moon, en el que prima la luz natural y captar la grandiosidad del paisaje pero sin embellecerlo. La música de Alejandro Román, habitual del cineasta balear Toni Bestard, y películas como Estándar y La pasajera, consigue con un pocos temas sumergirnos en una historia muy sutil y con pocos personajes, que atrapa con muy poco. El montaje que firman Germán Roda, autor de una extensa filmografía de documentales como Marcelino, el mejor payaso del mundo y Vila y sus dobles, y el propio director, maneja con soltura y ritmo los 96 minutos de un metraje que se ve con interés y no recurre a los lugares comunes, sino que al igual que la película sobre Madrid que hemos mencionado, busca en el paisaje y su forma de encuadrarlo una mirada más personal e íntima. 

Una película como esta tan llena de matices, detalles y mucha alma necesitaba una actriz tan extraordinaria como Aitana Sánchez-Gijón, que se guarda mucho sus sentimientos y cómo los expresa cuando es totalmente imprescindible. Una intérprete con sus miradas y sutilezas alimenta de misterio y belleza un personaje como Carmen, tan cercana como esquiva, tan seria como vulnerable, que parece una versión femenina de Crusoe en su pequeña isla, unos días a la deriva y otros, no se sabe dónde y por qué. A su lado, otro tótem como Pere Arquillué, una bestia en el teatro que no se prodiga tanto en el cine como me gustaría. Su personaje Eduardo Llanos es un productor de cine algo cansado y desencantado de su oficio, o quizás, por eso, llega al reino desterrado de Carmen en busca de engancharse a la vida, o al menos, reencontrar algo que recordó que había perdido. La presencia de Itziar Miranda, un personaje clave en la trama y ahí lo dejamos. Los autóctonos como Javier Gúzman que hace de Damián, el chico para todo, Lydia Vera es María Rosa la prima que está y Sonia Bel Faci como Cristina, la otra amiga que lleva el bar, y otras almas del pueblo, dan la profundidad necesaria para no quedarse sólo en la anécdota. 

Me ha convencido la propuesta de Tierra baja, de Miguel Santesmases, por su sencillez y honestidad, por contarnos una película que habla sobre el cine o sobre los que hacen el cine, sobre los oscuros y difíciles mecanismos de la creación y la tortura y complejidad de un oficio tan enriquecedor como masoquista, que mencionaba Truman Capote, como el de la escritura, y en este caso, el de guionista. Su absorbente naturalidad y calidez que desprende la hace tan cercana que los espectadores nos vemos moviéndonos como un personaje más, donde se juega mucho en los límites de lo que entendemos como realidad y ficción. Una película que invita a aventurarnos en los espacios de la creación y la fabulación, tan necesarios en un planeta cada vez más superficial e inmediato, que olvida muy a menudo la calma y la serenidad para adentrarse en esos otros aspectos de nuestro interior, escarbando en nuestras emociones, en nuestros miedos, en los que nos hace fuertes y vulnerables, en lo que somos realmente cuando se acaba el ruido. Tierra baja es una película sobre el hecho de escucharse, rodeado de silencio, de paz y tranquilidad, espacios tan importantes para la existencia, huyendo del ruido ensordecedor de las grandes ciudades, lugares destinados para la prisa y el estrés. Quédense un rato en las imágenes que propone Santesmases y comprobarán que necesitan otra vida y porque no, algo de ficción nunca está de más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA