Bernarda, de Emilio Ruiz Barrachina

NADIE PUEDE ESCAPAR DE SU DESTINO.

“Nacer mujer es el mayor castigo.”

Trasladar el universo de Federico García Lorca (1898-1936) a los nuevos tiempos nunca ha sido tarea fácil, ya que el complejo y fascinante mundo del genio granadino se mueve entre personajes firmes y tensos, atmósferas llenas de piel y rabia en las que se corta el aire, en la que nos cuenta densos y brutales dramas en los que sus criaturas nacen, viven y mueren bajo las sombras propias y ajenas de un mundo oscuro, sórdido y brutal. El cineasta Emilio Ruiz Barrachina (Madrid, 1963) es un autor al que le gusta desafiarse en su oficio, ya que tiene un buen puñado de documentales, entre los que se ha acercado a temas de la cultura como la música, la pintura o el cine, entre los que ya se aproximó a la figura de Lorca con el documental Lorca. El mar deja de moverse (2006) en el que abordaba los últimos días de vida del poeta y su horrible asesinato. En la ficción también ha tomado el pulso a temas universales de la naturaleza de Jesucristo reformulando su existencia a través de una versión muy libre en El discípulo (2010) o la inmigración en La venta del paraíso (2012) o la despoblación rural en El violín de piedra (2015).

Ruiz Barrachina ya había adaptado a su mirada el universo lorquiano en Yerma, del año pasado, trasladando el infortunio de Yerma a los escenarios londinenses en una meta ficción muy particular. Ahora, el cineasta madrileño vuelve al ambiente lorquiano adaptando La casa de Bernarda Alba, en la que lleva a cabo significativos cambios con respecto a la obra original, el más llamativo es el cambio de escenario, la casa oscura y cerrada de Bernarda donde tiene secuestradas a sus hijas, se convierte en una fábrica abandonada (la antigua factoría azucarera de Guadalfeo localizada en la Caleta de Salobreña, en la costa granadina) donde las hijas se han convertido en prostitutas, también secuestradas, de diferentes razas y lenguas, junto a otro elemento controvertido, ya que María José, la madre senil de Bernarda, es ahora su hermana.  La idea de Ruiz Barrachina se basa en una Bernarda que, sigue siendo autoritaria y brutal, caza a jóvenes desamparadas, con la ayuda de Pepe el Romano, ahora convertido en un subordinado de la matriarca que, como ocurre en el original, se acabará revelando ante tanta injusticia e imposición.

Bernarda con la ayuda de su Poncia fiel y amargada, prepara a las chicas para venderlas al mejor postor (en una ceremonia que recuerda a la de Eyes Wide Shut, con máscaras estilo veneciano y un escenario oscuro y rojizo convertido en mercado de putas). Ruiz Barrachina maneja un relato desigual, que conmueve a ratos, donde brillan esos trajes con reminiscencias góticas, que ayudan a crear esa atmósfera lúgubre y tenebrosa del lugar, y el trabajo impresionante de las actrices, un reparto encabezado por una sobria y enlutada Assumpta Serna, bien acompañada por una fantástica Miriam Díaz-Aroca, que deja salir toda esa amargura y odio hacia su dueña, y Victoria Abril, que defiende con brío e intensidad un personaje difícil y solitario anclado en el pasado y en la rabia hacia su hermana, con esos trajes grotescos (que en muchos instantes tiene el aroma terrorífico que desprendía la Bette Davis de ¿Quién fue de Baby Jane?) o Elisa Mouliaá dando vida a Adela, la menor de las hijas de Bernarda, llevándonos por esa energía y valentía de la juventud y enfrentándose al imperio del terror de Bernarda.

Aunque, la película parece demasiado encorsetada en el texto de Lorca, en el que la puesta en escena adolece porque el espacio industrial y ruinoso no se le acaba sacando el partido esperado, y no acaba de ser ese lugar en el que se respira esa tristeza asfixiante y la cárcel que se siente en la tragedia de Lorca. Un escenario que en su exterior si está filmado con esa idea de aislamiento y soledad que desprenden todos los personajes de la película, unas criaturas encerradas y vapuleadas, en un mundo cruel y maldito, tanto a fuera como dentro, donde la maldad de Bernarda, con su perro fiel negro, no consigue dinamitar las ansias de libertad y vida que sueñan estas mujeres convertidas en prostitutas muy a su pesar. La película se respira negra y oscura en ciertos momentos, donde la interpretación de sus actrices y el texto recitado van cogidos de la mano y la emoción se adueña del relato, en otros, en cambio, todo parece demasiado embarullado y falto de emoción, donde las situaciones ocurren sin más, en una película interesante y desigual, que intenta transportarnos al universo lorquiano manejando otros códigos narrativos y sobre todo, formales, donde no siempre casa con el contenido de la historia.

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