Kékszakállú, de Gastón Solnicki

LOS ESPACIOS INCIERTOS.

La película se abre con unos niños lanzándose a una piscina desde un trampolín de piedra, el movimiento es constante, mientras unos se lanzan, otros salen de la piscina y vuelven a subir los escalones para continuar con su actividad repetitiva, como si se tratase de una mecanización rutinaria que no tiene fin. Se puede apreciar un cartel que reza la siguiente frase: “Los hijos son responsabilidad de los padres”, premisa en la cual pivota todo el entramado, tanto formal como argumental del filme. El director Gastón Solnicki (Buenos Aires, Argentina, 1978) después de dos largos documentales, como Süden (2008) centrado en la figura del compositor Maurice Kagel (1931-2008) y Papirosen (2011) donde daba buena cuenta de su propia familia en la segunda mitad del siglo XX, y la dirección de uno de los episodios de la película colectiva Sucesos invertidos (2014), en el que se abordaba la importancia del archivo como patrimonio fílmico y humanista. Ahora, en su tercer largometraje, se inspira en la única ópera de Béla Bartok, El castillo de Barba Azul, y denomina a su película Kékszakállú (en húngaro: Barba Azul) para retratar a un grupo de adolescentes en un tiempo bisagra, ese tiempo incierto entre la infancia y la vida adulta, en el que estos chicos provenientes de clases acomodadas se sienten desprotegidos, llenos de incertidumbres y perdidos, que los lleva a angustiarse porque desconocen qué hacer, estudiar o qué camino emprender en sus vidas, unas vidas que hasta ahora se han movido en espacios de confort y una aparente tranquilidad en los que no les faltaba de nada.

Solnicki nos conduce por espacios lujosos y de veraneo que, en principio son construidos y diseñados para el ocio y el placer, pero en la película actúan de otra forma, causando incomodidad, extrañeza y terror, donde todo parece obedecer a una automatización de los deseos, sueños y demás. Los cinematógrafos Diego Poleri (autor de Las acacias o Encarnación, entre muchas otras) y Fernando Lockett (habitual del director Matías Piñeiro) son los encargados de impregnar la película de esa extrañeza continua, a través de planos fijos, colores pálidos, neutros, sin vida, y encuadres largos, en los que los espacios se convierten en personajes que parecen engullir e invisibilizar a los personajes, que en su mayoría son mujeres, chicas jóvenes que se mueven o simplemente existen en espacios, tanto domésticos, hoteles, piscinas o industriales, en los que no sienten cómodos y mucho menos tranquilos, atrapados en esas incertidumbres propios de una edad en la que deben decidir por sí mismos la vida que quieren o simplemente encontrar su espacio.

Solnicki filma  una tragicomedia  breve (apenas 72 minutos) interesante y reflexiva, en espacios desde la distancia, provocando la mirada voyeur de los espectadores, que son interpelados, no sólo para mirar las vacías existencias de los personajes, sino también, para ser retratados en esos espejos deformantes en los que verse reflejado y trazar esa línea invisible de empatía extraña y rara que se establece entre lo que estamos viendo y las vidas de los personajes, acompañados por la música de Bartok en algunos tramos, y sin subrayar con muchos diálogos su idea, situándonos en una incomodidad permanente, penetrando por unos paisajes que nunca veremos en su totalidad, sólo por partes, fragmentados, como los momentos vitales que atraviesan las chicas de la película, en una especie de rompecabezas que en cierta manera se recompondrá descubriéndonos unos espacios que aunque sigan pareciendo extraños adquieren algo de significado y claridad para las intenciones de los personajes.

El cineasta argentino se mueve casi en la abstracción, como ocurría en el cine de Antonioni, una de las fuentes de inspiración de la película, donde los personajes se movían casi por inercia en espacios que les eran vacíos, inhumanos y oscuros, a partir de una cotidianidad que aplasta y duele, en unas chicas que acaban pareciendo espectros de ellas mismas o de sus propias vidas, en unos planos que filman sus cuerpos, recortando sus figuras que en ocasiones parecen como estatuas o piedras inmóviles en suspenso, en el que todo ese ambiente parece llenarles de dudas, conflictos e incertidumbres. El buen trabajo de las actrices que manejan con soltura y convicción unos personajes que se mueven dentro de un extraño estatismo y oscuridad personal que, no acaban de encontrar en los espacios esa comodidad que antes si tenían, o simplemente antes, bajo la protección paternal ni se percataban de esa aura que les protegía, ahora, deberán emprender su camino y encontrar esos espacios vitales que todo ser humano necesita para conocerse a sí mismo y sentirse cómodo en su devenir vital

La vida y nada más, de Antonio Méndez Esparza

LAS ENTRAÑAS DE LOS DESFAVORECIDOS.

«La más importante característica e innovación es lo que se llama neorealismo. Para mí, haberme dado cuenta de que la necesidad de una “historia” era solo una inconsciente manera de disfrazar la derrota humana, y ese tipo de imaginación era una simple técnica para autoimponerse fórmulas oxidadas sobre hechos de la vida cotidiana. Ahora se ha percibido que la realidad es enormemente rica, y que la tarea del artista no es hacer que la gente se mueva o se indigne en situaciones metafóricas, sino hacer reflejar estas situaciones (moviéndote e indignándote si te conviene) en aquello que ellos y los demás están haciendo, en lo real, exactamente en como ellos son»

Cesare Zavattini

El primer plano de la película ya deja muy claro el espacio por donde nos veremos a lo largo de su metraje. En una sala de juicio, vemos a Andrew, un adolescente afro-americano que está frente al juez de menores, a su lado, con cara de circunstancias, como no podía ser menos, Regina, su madre. Esos dos elementos, navegarán durante la película vertebrando los dos temas principales de la trama, por un lado, las dificultades vitales de una madre sola, ya que su marido está en prisión, de mantener a su familia, tanto a su hijo adolescente como a la pequeña de tres años, y por otro lado, un sistema legal, inflexible e implacable, que deja con pocas oportunidades a los afro-americanos, abocándolos a vidas duras y pocas expectativas o ninguna de cara al futuro.

El segundo trabajo de Antonio Méndez Esparza, madrileño que ha desarrollado su carrera en EE.UU, y arrancó su filmografía dirigiendo Aquí y allá (2012) en la que se centraba en la vida de los emigrados mexicanos que volvían a su casa y cómo eso les afectaba en la relación con ellos mismos y con su familia. Ahora, Mendéz Esparza ha cruzado la frontera para interesarse por los afro-americanos y sus dificultades por tener una vida digna en el país del Tío Sam. Nos encontramos en uno de esos condados, en este caso el de Leon en florida, donde la vida parece haber pasado de largo, en el que alguno de sus componentes ha estado o está encarcelado, en esos sitios cercanos a campus universitarios, y poblados de casitas con cuatro paredes y poco más, donde las vidas se sustentan con trabajos precarios que dan para poco.

Seguimos a Andrew, que tiene esa edad difícil, de búsqueda de sí mismo y su entorno, en la que sufre la ausencia paterna, al que nunca ve, sólo una leve correspondencia epistolar, y al chico le cuesta encontrar su espacio, en una vida rasgada, en la que tiene responsabilidades familiares, debido al trabajo de su madre, y además, encuentra su leve respiro en otros chavales de su edad que piensan en salir de su vida mísera a costa de pequeños hurtos. Problemas y dificultades que le llevarán a enfrentarse con su madre, una mujer de batalla, que ha tenido que enfrentarse a una vida nada fácil, y levantar un hogar a pesar de la ausencia de su marido. En un momento, le dirá a un tipo que la pretende que, su vida es trabajar y sus hijos, una realidad demasiado frecuente en las madres solas afro-americanas. Pero, Regina quiere algo más, que haga su vida más respirable, conoce a Robert y se enamoran, y vivirá con ellos, aunque esto signifique una olla de conflictos con el joven Andrew y afectará a Regina en su relación con Robert.

Méndez Esparza acota su película en apenas tres personajes, y nos introduce en la intimidad doméstica de sus problemas y las durísimas relaciones que se producen entre ellos, en un paisaje que nada tiene que ver con ese que nos venden otras películas. Aquí, la realidad se palpa en cada rincón, una realidad que duele, que se suda y también, se sangra, que incómoda y da frío. El director madrileño coloca su cámara (penetrante y cruda fotografía del rumano Barbu Balasiou, que ya trabajó en su primer largo, y colaborador de Cristi Puiu) en las entrañas de sus personajes, sin caer en sentimentalismos ni nada por el estilo, centrándose en sus existencias complejas y duras que chocan contra un sistema legal que les deja poco aire que respirar, un sistema que los aparta y los invisibiliza. La elección de actores no profesionales, que se llaman igual que sus personajes, dota a la película de una naturalidad absorbente y una cercanía abrumadora, llevándola a esos terrenos de denuncia y resistencia de un colectivo que, desgraciadamente son carne de cañón y acaba con sus huesos en la cárcel, una triste y terrorífica realidad que la película aborda con seriedad, complejidad y humanidad.

El autor, de Manuel Martín Cuenca

TODO POR UN SUEÑO.

Pablo López era el tipo que se obsesionaba con la adolescente en La flaqueza del bolchevique. Mikel era el ex presidiario que buscaba a un antiguo compinche para ajustar cuentas. Óscar era el segurata que quería olvidar el pasado y a su hermana en La mitad de Óscar. Carlos era el sastre respetable que comía mujeres en Caníbal. Todos ellos tipos solitarios, amargados, frustrados y obsesivos, encerrados en unas existencias sombrías y oscuras, movidos por la codicia humana, y sobre todo, manipuladores contra todos aquellos que, en algún momento les interese, para materializar sus objetivos insanos y malvados. A esta terna de canallas de nuestro tiempo se une Álvaro, un pobre tipo que se gana la vida como escribiente en una notaría en Sevilla, aunque su sueño es escribir una gran novela, pero a pesar de la pasta gastada en innumerables talleres y cursos de escritura, se muestra incapaz de escribir algo que merezca la pena, y paradojas de la vida, su mujer, Amanda, sin pretenderlo, se ha convertido en una escritora de best seller, y en todo aquello que él solo sueña. Después de perderlo todo, se muda a un apartamento del centro, y guiado por su profesor, se dispone a escribir esa novela personal e intransferible, que rezuma y sangre verdad.

El quinto trabajo de Manuel Martín Cuenca (Almería, 1964) basado en la novela primeriza “El móvil”, de Javier Cercas, se instala en la existencia de Álvaro y su obsesión, pero como no es una persona creativa, ni imaginativa, ni tampoco inteligente, no hace otra cosa que espiar a sus vecinos, como L. B. Jefferies, el personaje que interpretaba James Stewart en La ventana indiscreta. Pero en el caso de Álvaro, su modus operandi va mucho más allá, porque comienza a intervenir en sus vecinos en pos a su novela, interactuando con ellos, manipulando sus vidas y sus realidades para llevarlas a su terreno con el único objetivo de escribir su novela. En este viaje al sinsentido novelístico, a los traumas y frustraciones de una vida que, muy a su pesar, se vuelve obsesiva y vil contra todos aquellos que le rodean y se erigen en su materia de estudio y trabajo. Unos personajes anónimos, terriblemente cotidianos que, arrastran sus conflictos, tanto interiores como exteriores, arrancando con la portera, infeliz en un matrimonio, chismosa y metomentodo, encuentra en el nuevo inquilino un desfogue tanto sexual como de cariño, ya que en su casa hace mucho tiempo que desapareció, luego está el del quinto, el Sr. Montero, militar retirado, fascista de convicción, muy solitario, algo huraño y un hidalgo de capa y espada, que le entusiasma el ajedrez, y además guarda un botín en las paredes de su piso, y finalmente, los vecinos de al lado, un matrimonio de mexicanos y sus hijos (que nunca veremos) y los problemas económicos que atraviesan.

Ese microcosmos cotidiano que podría ser de cualquier comunidad de vecinos, le sirve a Martín Cuenca para crear esa atmósfera de luces y sombras, como las que decoran el piso del protagonista, todo blanco, sin apenas muebles, sólo caracterizado por esa mesa, el ordenador y la impresora, todo a punto para escribir. Y su contrapunto, las oscuras vidas de sus vecinos, empezando con esas figuras humanas en sombras proyectadas en la pared, y las conversaciones que escuchamos, agazapados y en la oscuridad, como hace Álvaro. La realidad, y su posterior manipulación, se convierten en materia de su novela, ejerciendo una influencia terrorífica en las vidas de sus vecinos, moviéndose entre las zonas oscuras del edificio para introducirse en sus vidas y manipularlas a su antojo. Después del mundo sórdido y angustioso de Caníbal, el director almeriense abre las ventanas y deja entrar esa sutil ironía, y deja aparecer la comedia negra en su relato, convirtiendo su historia en una comedia que hace reír, eso sí, pero introduciendo esa amargura que a veces nos hiela la risa, porque a veces no sabremos si nos estamos riendo de Álvaro, de su vida, su novela en ciernes, del ambiente deprimente que lo rodea, o de nosotros mismos, en una trama valiente, sincera y bestial, que nos habla de los procesos creativos, de eso que llamamos talento, y nuestras obsesiones perosnales, sobre a que estamos dispuestos en nuestra vida para conseguir materializar nuestros sueños, y sobre todo, hasta donde estamos dispuestos a llegar.

Un guión (coescrito con Alejandro Hernández, socio y colaborador de toda la filmografía de Martín Cuenca) preciso y sutil que, avanza in crescendo, en una espiral de cada vez un poco más, en este descenso a los infiernos sin tregua ni salvación, en el que todos sus personajes entran, algunos sin saberlo, en la mente enfermiza y salvaje del protagonista, y se convierten en sus almas manipulables de su novela. Un reparto fantástico y heterogéneo que ayuda a la credibilidad de la historia, el fantástico Javier Gutiérrez que, convoca a todos los fantasmas habidos y por haber para conseguir un un tipo mentiroso y enfermizo, de apariencia amable y simpática, los brillantes María León como su mujer, imagen de todo aquello que el protagonista nunca será, y Antonio de la Torre, en un registro diferente a los habituales, la maravillosa Adelfa Calvo como la reportera, un gran descubrimiento, por su fisicidad y mala uva, el matrimonio de mexicanos, encarnados por Tenoch Huerta, y la estupenda Adriana Paz, él, sentido y acompañante de su esposa, y ella, con su atractivo y confianza que, intentará acercarse en todos los sentidos a Álvaro, y finalmente, Rafael Téllez como el Sr. Montero, un señor de los pies a la cabeza y de antigua nobleza. El montaje de Ángel Hernández Zoido (editor de todas las obras de Martín Cuenca) y la fotografía de Pau Esteve (que repite después de Caníbal) convierten la película en un viaje a las obsesiones de la mente, a la capacidad inherente de los seres humanas de materializar nuestros deseos y voluntad, cueste lo que cueste, en pos a nuestro objetivo, sea o no bueno para nuestras vidas. Una obra magnífica y valiente, un relato lleno de personajes vivísimos y humanos, convertidos en títeres de esa alma enfermiza, que lo pierde todo, trabajo, moral, dignidad, que se desnuda en cuerpo y alma para conseguir aquello que lo obsesiona hasta límites insospechados.


<p><a href=»https://vimeo.com/233891432″>ElAutor_TRL_ES-XX_H264_24ips_MixLtRt_1080_20170728</a> from <a href=»https://vimeo.com/iconicafilms»>Iconica Films</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Entrevista a Aitor Arregi

Entrevista a Aitor Arregi, codirector de «Handia». El encuentro tuvo lugar el martes 17 de octubre de 2017 en el hall de los Cines Verdi en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aitor Arregi,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Nuria Costa y Katia Casariego de Working at Weekend, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

El secreto de Marrowbone, de Sergio G. Sánchez

EL MAL ENTRE NOSOTROS. 

“Nada, nadie, nunca podrá separarnos”

Una madre y sus cuatro hijos llegan una mañana de principios de verano a una antigua casa abandonada que perteneció a la familia. Huyen de alguien, y lo único que desean es empezar una nueva vida, todos juntos, alejados de ese mal que les acecha. Pero, la madre cansada y enferma, muere a los pocos días, y los hermanos tendrán que ocultar su muerte para continuar juntos. Pero, cuando todo parecía alimentarse de armonía y una nueva ilusión, el pasado, personificado en un padre asesino vuelve a penetrar en sus vidas. La primera película cinematográfica de Sergio G. Sánchez (Oviedo, 1973) guionista habitual de J. A. Bayona (ejerciendo como productor) que ya había dirigido un telefilm y un par de cortos, en uno de ellos 7337, supondría el germen argumental de El orfanato (2007) primer largo de Bayona, así que su puesta de largo como director no ha sido una sorpresa, sino que era de esperar. La película mantiene el armazón de su cine predecesor, manteniendo elementos compartidos con la mencionada El orfanato. Volvemos a una casa abandonada que guarda muchos enigmas, también está protagonizada por niños que huyen de algo, y nos cuentan su historia siguiendo los parámetros del cuento de terror, ese que nos contaban en las noches de tormenta.

El cineasta asturiano sitúa su película en la América rural del 1969, donde unos hermanos tendrán que vivir o al menos intentarlo, y hacer frente a las continuas adversidades a las que deberán enfrentarse. Jack, el mayor, se hará cargo de la familia, Jane, la segunda, cuidará de Sam, de 5 años y benjamín de todos, y por último Billy, de 18, el rebelde que generará algún que otro conflicto. En sus vidas, aparecerá Allie, una chica que trabaja en la biblioteca del pueblo, que iluminará y devolverá algo de esperanza a sus existencias, y el marco de esta trama, lo completa Potter, el abogado de la familia que investigará más de lo debido, causando algún que otro problema al secreto que guardan los hermanos. G. Sánchez nos sumerge en una fábula moral, en un relato de terror psicológico siguiendo las leyes del cuento clásico, conduciéndonos por una estructura que nos ocultan una serie de enigmas que la propia trama nos irá desvelando concienzudamente, siguiendo un ritmo pausado, generando con astucia todas las tensiones y conflictos que se producirán en este relato que mezcla diferentes elementos, desde el thriller, algún que otro susto, una historia de amor libre e inocente, y además se adentra en el drama social, distintas situaciones que conviven en una trama in crescendo, en que ese pasado y oscuro, que se nos irá desvelando muy despacio, se acabará adueñando de la casa.

La casa donde se desarrolla este drama, aislada de todo y todos, y no menos que ruinosa, que actúa como un personaje más, como mandan los cánones de los filmes de terror, en un gran trabajo de arte de la mano de Patrick Salvador (habitual del director Gabe Ibáñez) consiguiendo crear un espacio vivo, lleno de grietas, manchas y habitaciones oscuras rodeadas de ruidos extraños, en un inmenso trabajo de luz naturalista (muy setentera, que recuerda al Néstor Almendros de Días del cielo) obra de Xavi Giménez (colaborador de Balagueró, Fresnadillo, que ya cinematografió los dos capítulos de la serie Penny Dreadful, dirigidos por Bayona) y el enérgico e intenso montaje de Elena Martín (que hemos visto en trabajos de Bayona , Kike Maíllo e Isabel Coixet) en un cuento clásico de terror que huye del efectismo, aunque recurre a algún que otro susto muy recurrente a este tipo de películas en el cine actual, y deja algún que otro cabo suelto en un argumento que mantiene su línea de tensión narrativa e inquietud rara, esas situaciones donde en cualquier momento estallará algo aterrador.

La película mantiene su ritmo y pulso narrativo, creando esa atmósfera inquietante y carcomida que se ha instalado en esas cuatro paredes que hablan más de lo que parece y en esos hermanos que callan más de lo que sienten, donde los fantasmas que rodean sus vidas y la casa, tienen que ver más con su pasado que su actual presente. El buen trabajo de los intérpretes jóvenes, británicos y talentosos, protagonistas de la película consigue convencernos en unos personajes huidos, llenos de incertidumbre, que se mueven entre sombras y arrastran la condena de ese pasado terrorífico reencarnado en la figura de ese padre Saturno, y nunca logran mantener por mucho tiempo esa paz que tanto ansían. Rodada en localizaciones de Asturias (raíces del director) la película entretiene, conmueve, y logra introducirnos en esta historia de huérfanos en constante peligro, en un bien contado cuento de terror, recuperándonos nuestros miedos infantiles, donde los fantasmas parecen más reales que lo que nos dicta nuestra imaginación, y el terror y los males siempre se encuentran más cerca de lo que imaginamos, y sólo en nuestro interior, tenemos las respuestas a todo aquello que nos amenaza e inquieta profundamente.

¡Lumière! Comienza la aventura, de Thierry Frémaux.

EL CINEMATÓGRAFO VE LA LUZ.

«Hubo un tiempo en que el cine surgió de los árboles, estalló desde el mar, cuando el hombre con la cámara mágica se paraba en las plazas, los cafés, cuando las pantallas abrían una ventana al infinito. Esa era la época de Louis Lumière”.

Henri Langlois

“Louis Lumière era heredero de Flaubert, a través de los Impresionistas, pero también de Stendhal, cuyo espejo siempre siguió llevando al borde del camino”.

Jean-Luc Godard

El 19 de marzo de 1895, los hermanos Louis (1864-1948) y Auguste Lumière (1862-1954) filmaron La salida de la fábrica, aunque la volvieron a filmar en dos ocasiones más, descubriendo desde el primer instante las inmensas posibilidades de su invento y su capacidad artística. La película, de apenas 17 metros y 35 mm de anchura y 50 segundos de duración, se convirtió en la primera filmación de la historia. A partir de ese instante, el mundo dejará de ser desconocido porque la cámara de los Lumière lo mostrará a los demás. «Mostrar el mundo al mundo», en palabras del cineasta Bertrand Tavernier (cofundador del Insituto Lumipere). La imagen en movimiento había sido inventada. El cinematógrafo había visto la luz. El día D, el día elegido para que el público viese aquella maravilla fue el 28 de diciembre del mismo año. Aquellos señores todavía no sabían el alcance de su invento, porque más de un siglo después, 122 años para ser exactos, aquel invento que filmaba y recogía escenas cotidianas en su mayoría, se convertiría en la industria cultural más importante del siglo XX.

Para conmemorar esa efeméride, el Instituto Lumière, creado en 1982, y de la mano de su director, Thierry Frémaux (que es a su vez director del Festival de Cannes, el más prestigioso del mundo) y un equipo de colaboradores, han seleccionado 114 películas de las 1422 que componen el inmenso catálogo de los Lumière que abarca un lustro (1895-1905). Frémaux y su equipo han restaurado todas las imágenes, algunas desconocidas o poco vistas, convirtiéndolas en unas imágenes nítidas y excelentes que parecen recién filmadas, manteniendo su blanco y negro. La película se estructura a través de 11 capítulos, en las que recorremos los momentos más significativos del universo de los Lumière, abriéndose con las primeras películas, la comentada salida, la llegada del tren a la estación de Ciorlat, lugar de descanso de la familia Lumière, un desayuno con el propio Lumière, y no sólo filmaciones documentales, sino también, alguna que otra obra de ficción, como El regador regado, que como nos mostrará la película, tendrá diversas versiones, ya que las películas, a parte de su amterial delicado, se estropeaban de tantas ocasiones que se proyectaban.

Luego pasamos a ver Lyon, ciudad donde vivían los Lumière, después la infancia, el trabajo, el ocio de los franceses, o el París de 1900, con el espíritu de Proust, y más tarde, con el apoyo de varios cinematógrafos enviados por el mundo, como Alexandre Promio, Gabriel Veyre, Francesco Felicetti, Constant Girel, Félix Mesguich y Charles Moisson, en su afán de mostrar el mundo a todos, donde desubrimos el Londres con el Big Ben, el Nueva York de primeros de siglo, donde la industrialización avanzaba a pasos agigantados, la Barcelona modernista o popular, la Venecia en gondola, el Japón de las tradiciones milenarias, el mundo de los faraones y sus desiertos, y el África negra… Todos maravillados por las filmaciones, en las que también actúan frente a ellas para captar su atención. También, los cambios del nuevo siglo, su industrialización, su modernidad, y los nuevos inventos mostrados en las exposiciones unviersales que recorrían el mundo, las vanguardias, hasta llegar a su capítulo final, un epílogo, que agradece a los Lumière su cine, su mirada y su valioso e incalculabe legado artístico y documental, un oficio maravilloso y genial de unos inventores que captaron, de manera ingeniosa y artística, un invento que documentaba el mundo que se movía delante de ellos, de manera sencilla, inteligente.

El legado cinematográfico de los Lumipere queda patente en estas imágenes donde podemos apreciar la capacidad creadora de estos cineastas pioneros con los innumerables inventos y elementos cinematográficos  que todavía perviven en la construcción de las películas, como los encuadres, en los que se desarrollan varias situaciones, captando la línea del horizonte (como le mencionó el cineasta John ford a un imberbe Spielberg) en su ingenio para captar varias situaciones colocando la cámara en el ángulo preciso, creando secuencias sociales, divertidas, incluso misteriosas y poéticas, los seguimientos, ahora llamados travelling y en aquella época Panorama, desde plantar la cámara en un barco u otro tipo de vehículo, incluso en un globo aerostático, creando formas vanguardistas y surrealistas, la continuidad en la acción que filman, la ficción, la acutación, el color, el gag, efectos especiales, la acción hacia atrás, y demás elementos.

Pequeñas películas que no sólo documentan la vida cotidiana, y nos devuelven a un tiempo borrado, inexistente, películas de un gran tesoro para la humanidad, que vistas ahora contribuyen un valiosísimo legado histórico, social y sultura, de una época de entre tiempo, de innumerables cambios tecnológicos, industriales, económicos y sociales, unas filmaciones que en la actualidad documentan la vida cotidiana de aquellas personas del XIX que dejaban un siglo oscuro y conservador para adentrarse en el XX, el siglo de la modernidad, de la industrialización y la velocidad, películas, narradas por Frémaux (a través de su propia historia interna, su análisis cinematográfico, su divulgación pedagógica y maravillándose por todas las filmaciones captando la vida, la sencillez y la humanidad a borbotones que desprenden unas imágenes con más de un siglo de historia, pero que siguen emocionándonos como aquellos espectadores sorprendidos que vieron el cinematógrafo por primera vez en sus vidas, un invento que se convertiría en una parte elemental en las vidas de todos aquellos que venimos después.

 

Una mujer fantástica, de Sebatián Lelio

MI NOMBRE ES MARINA VIDAL.

En un instante de la película, vemos a la protagonista caminar con extrema dificultad debido al vendaval que se ha levantado en mitad de una calle desierta. Esta secuencia alegórica encierra el tema principal de la cinta, en la que observamos a una mujer enfrentada a los elementos sociales y culturales muy hostiles que la impiden ser ella misma y expresar sus sentimientos. La cuarta película de Sebastián Lelio (Mendoza, Argentina, 1974) nacido en Argentina pero chileno de adopción, vuleve a contar con la ayuda de Gonzalo Maza, su guionista de referencia, en la que mezcla varios géneros como lo romántico, lo social, y el drama, en una propuesta que nos habla de seres humanos, en este caso una mujer trans que, aparte de lidiar con lo que siente, tiene que enfrentarse a aquellos que la rechazan y la menosprecian por su condición sexual. Una mujer que no anda muy alejada de Gloria (2013), la anterior heroína que retrataba Lelio en la película homónima, en la que ahondaba en los sentimientos de una madura que había dejado su vida establecida para enfrentarse sola a sus sentimientos y encontrar el amor.

Marina Vidal sale con Orlando, a pesar de los veinte años de diferencia, los dos han vencido sus prejuicios y viven una relación de amor libre, sana y completa, además de imaginar un futuro juntos. Pero, una noche todo se trunca y Orlando fallece. A partir de ese momento, Marina se verá acosada por la familia de él, una ex mujer, enferma de celos y rabia, se muestra intolerante y prejuiciosa frente a la mujer que ha amado su ex marido, el hijo de Orlando, más de lo mismo, actuando violentamente contra Marina y exigiéndole que abandone el apartamento que la pareja compartía, sólo encuentra un poco de aliento en el hermano de él, que se muestra algo conciliador. Además, Marina tiene que soportar las dudas policiales sobre la muerte de Orlando, en una actitud muy hostil, que no cesan de acosarla y desnudarla, tanto física como emocionalmente. Lelio encuadra a su personaje mostrando su vulnerabilidad y fuerza, una mujer enfrentado a ese mundo hostil e hipócrita que rechaza y violenta todo aquello que no pertenece a lo establecido y moralmente aceptado, una sociedad pobre de humanidad y carente de un sentido de solidaridad y comprensión.

Pero Lelio no se queda en la caricatura, va mucho más allá, componiendo un retrato crítico y complejo, empezando por su personaje, Marina, una camarera sencilla y transparente que intenta, como hacemos todos, encontrar su lugar en el mundo, y vivir plenamente con sus sentimientos, derribando todos los muros que se va encontrando y resistiendo ante las adversidades que se cruzan en su camino. Tampoco se queda corto con los otros, la familia de Orlando, ese núcleo que menosprecia a Marina no sólo como la mujer que amó a Orlando, sino por su identidad, un género que no entienden y tampoco se toman la molestia de hacerlo, solo lo rechazan y lo que es peor, lo violentan para expulsar de su paraíso superficial e inhumano. El cineasta argentino-chileno se sumerge en el alma de Marina, y compone un retrato íntimo y desgarrado del deambular de su criatura por ese peculiar descenso a los infiernos que la vida le ha colocado en su existencia, y lo construye desde su rostro, a través de la mirada de Marina, en el que los espejos y su reflejo nos cuentan aquello que sentimos instalado en lo más profundo del alma, ese espacio en el que Marina en su intimidad nos muestra todos sus lados, despojándose de su fisicidad para dejarnos penetrar en sus miedos, inseguridades, fuerza y coraje.

Un retrato de gran energía y fuerza, de poderosa intimidad, y de gran extrema vitalidad, que recuerda en cierta manera a otras dos transexuales como la Elvira de Un año con trece lunas, de Fassbinder o la Tina de La ley del deseo, de Almodóvar, dos certeras y vivísimas exploraciones de dos personas que reclaman su derecho a vivir como ellas quieren y ser reconocidos por los otros. Lelio ha hecho una película magnífica, vida y fascinante, de una complejidad y sinceridad apabullantes, con una asombrosa y extraordinaria Daniela Vega, un personaje lleno de matices y detalles (bien secundada por los otros intérpretes) construyendo un personaje maravilloso que deja un calado humano difícil de olvidar, dando vida a una mujer imbatible y firme en su vida, en una película que se alza como un grito de rabia y de guerra de una mujer diferente, compleja, extraña y de gran fuerza, que quiere ser reconocida como ella siente, sin necesidad de sentirse hostigada, vapuleada y golpeada, tener su espacio en el mundo y vivir su propia vida, a pesar de todos aquellos que no la reconocen, la invisibilizan y lo que es más malvado, la golpean creyendo que de esa manera cruel y repugnante desaparecerá de sus vidas, pero Marina no está dispuesta a dejarse pisotear y luchará por ser ella misma, independientemente de que les guste o no.

Madre!, de Darren Aronofsky

EL PARAÍSO INVADIDO.

paraíso.

¿cabe un sonido más ominoso que una llamada imprevista a la puerta?

Una mujer joven, del que nunca se nos desvelará su nombre, se levanta una mañana y recorre su casa, no hay nadie, parece estar buscando a alguien, nerviosa y algo angustiada, abre la puerta, y recorre con su mirada el exterior, no hay rastro de nada ni nadie. De repente, una voz le asusta, es su compañero, del que tampoco conoceremos su nombre. La séptima película de Darren Aronofsky (Brooklyn, Nueva York, 1969) arranca y se desarrolla como un thriller psicológico, donde una joven pareja se ha aislado del mundo habitando una casa, alejada de todo, en mitad de un bosque. Ella se afana por mantener el orden y la confortabilidad del hogar, mientras, él, en plena crisis artística, se muestra incapaz en escribir su nueva novela. La aparente calma y paz se verán interrumpidas por la aparición de una pareja que pasan los cincuenta y que, sin quererlo, y con la amabilidad de él, se instalan en su casa, a pesar de la oposición de ella. Y desde ese instante, ya nada volverá a ser igual.

Aronofsky nos tiene acostumbrados desde que debutase hace casi dos décadas con Pi, una película underground en blanco y negro que seguía la obsesión de un matemático por enocntrar una fórmula secreta que acababa siendo objeto de deseo de malvados gansters, le siguió Réquiem por un sueño (2000) retrato desolador sobre unos jovenes obsesionados con el dinero, las drogas y el sexo,  con La fuente de la vida (2006), Aronofsky se exploró uno de sus elementos caraterísticos, las tramas con resonancias biblicas, donde lo sobrenatural y lo religioso se funden, en una trama sobre viajes en el tiempo y el sentido de la existencia, en El Luchador (2008) se dejó de grandes cuestiones ya abordó las dificultades de un ex luchador que se mantiene a duras penas y quiere recuperar a sus hija, con un grandísima interpretación de un resucitado Mickey Rourke, en Cisne negro (2010) se adentró en el obsesivo y demencial mundo de la danza para describir a una joven luchando en varios frentes que terminaba con una gran confusión mental, y finalmente, Noé, de hace tres años, donde volvía a uno de sus temas predilectos, lo religioso y la espiritualidad, creando un trabajo que mezcla la grandiclocuencia con lo íntimo.

Ahora, nos encierra en cuatro paredes, y nos focaliza la atención en ella, la joven obsesionada con el orden y la limpieza que ansía ser madre. Descubrimos la película junto a este personaje, que da todo a su hombre, al que ayuda en cada momento, y en cierta manera, existe sólo para su felicidad. La aparición de los intrusos la inquieta y la aparta de su lugar, sometiéndola a una voluntad ajena que la lleva a sufrir alucinaciones y sumergirse en un infierno oscuro y horrible, en una espiral de miedos, dolor, locura e invisibilidad. En palabras del propio Aronofsky construyó su película después de cinco interminables días febriles, a partir de una premisa sencilla, la devastación imparable de la naturaleza y la enfermiza obsesión por destrozar lo natural y construir artificialmente, en un mundo cada vez más psicótico donde lo económico ha contaminado nuestras vidas. Si bien la idea está bien identificada, en una alegoría ecologista denunciado los males del hombre, la película, tanto en su forma como en su estructura, puede sugerir a otras interpretaciones, tantas como espectadores se acerquen a sus imágenes, en ese descenso a los infiernos, donde la contención del inicio pasa a una desmesura siniestra donde todo el paraíso se ve sometido a un amor desmedido y obsesivo, que acaba destrozándolo todo.

La atmósfera que se respira en la trama (obra del cinematógrafo Matthew Libatique, colaborador del director) entre una etérea luz que duele y forma ese sensación de irrespirabilida instalada en cada espacio de esa casa) acompañada de la sordidez y las obsesiones mentales de la joven nos acercan al primer cine de Polanski, quedemonos en Repulsión, donde una joven repudiaba de los hombres hasta tal extremo que acababa sufriendo graves alteraciones mentales, siguiendo con Cul-de-sac, donde una joven pareja, pusilánime, él, y ninfómana, ella, se veían secuestrados en su propia casa por un par de bandidos, y finalmente, La semilla del diablo, donde la tierna e inocente Rosemary se veía sometida a una espiral de terror cuando su marido, amigos y vecinos, la utilizaban como madre de belcebú. Aronofsky se inspira en el paestro polaco para guiarnos por ese submundo de obsesiones, alucinaciones y terror, en una película que nos habla sobre la soberbida y el engreimiento de un artista vacío que ataca y utiliza a su mujer para su beneficio, en un grandísima interpretación de Javier Bardem, y no menos inquietantes las presencias de Ed Harris y una maléfica Michelle Pfeiffer, que se apoderan de la inocencia, belleza y ternura de una Jennifer Lawrence en un estado de plenitud interpretativa de órdago, componiendo un personaje central maravilloso, con infinidad de matices, que se mueve por su casa que cada vez reconoce menos, y acaba sucumbiendo a unos acontecimientos de auténtica locura enfermiza y psicosis colectiva, donde imperan el sexo, la violencia y el terror desmesurados, algo así como una orgía de devastación contra la sensibilidad y la ternura de todo aquello amenazado.

 

Angry Inuk (Inuit enfadado), de Alethea Arnaquq-Baril

LOS INUIT: VIDA, LUCHA Y ESPERANZA.

“Debemos frenar el prejuicio cultural que se nos impone y no nos permite beneficiarnos de nuestro entorno natural sin tener que perforar el suelo… Eso es lo que queremos como pueblo”

En 1922 Robert J. Flaherty dirigió Nanuk, el esquimal, un documento antropológico, considerado el primer documental de la hsitoria, que reivindicaba y daba a conocer las durísimas condiciones de vida de los inuit en el Ártico (en las tundras del norte de Canadá, Alaska y Groenlandia) y su forma de vida naturalista y ancestral indígena que vivía de la caza de las focas, por su carne y comercialización de pieles. Ahora, casi un siglo después, ese tipo de vida se ve seriamente amenazada por la tremenda oposición de las grandes organizaciones animalistas internacionales que promueven campañas millonarias en contra de la caza de las focas, aunque hay excepciones para la comunidad inuit, pero paradójicamente, esos movimientos promueven la prohibición de comercializar con las pieles, elemento comercial básico para la subsistencia de los inuit. La directora Alethea Arnaquq-Baril, inuit de nacimiento, coge la cámara y siguiendo con su filmografía, vuelve a mostrarnos su cultura, su vida y sus gentes, como ya hiciera en su anterior largo Tunniit: Retracing  the  Lines  of  Inuit  Tattoos, donde daba buena cuenta del espíritu inuit, reivindicando su forma de vida, y sus necesidades vitales para su subsistencia ante leyes que les obligan a su casi desaparición.

Arnaquq-Baril nos sitúa en Kimmirut, en el territorio de Nunavit, en el Ártico canadiense, en la zona más extensa de Canadá, en un paisaje helado, de temperaturas extremas y durísimas condiciones de vida, arrancando su película de forma antropológica, mostrándonos la forma de caza de los inuit, acompañando a un pariente y su nieto en su cotidianidad, donde después de cazar una foca, todo el proceso de despiece del animal, y la utilización de las diferentes partes, la comida entre familiares, la venta de otras partes, y la preparación de la piel para finalmente venderla. Un proceso que contribuye a la preservación del ecosistema y la forma de vida de la comunidad inuit. Después, nos habla de un poco de la historia de los inuit, cómo ha evolucionado el ajetreado siglo XX en la comunidad, donde han tenido que hacer frente al impecable contaminación del capitalismo que les ha llevado a cambiar de tierras, verse hostigados por las multinacionales porque su tierra es rica en minerales, tales como el petróleo y el gas, y hacer frente a los elementos naturales, en un ambiente sumamente hostil, helado, y temperaturas que alcanzan más de -30º. Ante este panorama, la comunidad se ha movilizado y ha viajado hasta Europa para reivindicar su forma de vida, y protestar contra leyes que atentan ante su futura existencia. La película arranca en el año 2008 y finaliza en el 2016, después de seguir un itinerario viajero que lleva a algunos representantes de los inuit, entre ellos la propia directora, que llevan una campaña a favor de la caza de focas, explicando las campañas internacionales ecologistas que utilizan las focas para enriquecerse y favorecer a grandes multinacionales que comercializan con otro tipo de animales.

Una comunidad pequeña, aislada, que se caracterizan por su vida solitaria, tranquila y sosegada, intentan hacer ruido para que la comunidad internacional (Unión Europa) les haga caso y les ayuden a mantener su estilo de vida, donde la caza de focas es primordial. La directora inuit coloca su cámara en su campaña de protesta, en sus viajes, en las entrevistas con parlamentarios europeos, concentraciones, y demás actos políticos, pero no olvida, mostrar la forma de vida de sus paisanos, en su día a día, y lo hace desde la sencillez y la honestidad, capturando cada detalle, cada mirada, situándonos en el centro de la acción, desde la modista que hace sus diseños con piel de foca, los cazadores que hacen lo imposible por mantener a su familia, y los estudiantes universitarios que colaboran para que su comunidad siga latiendo y tenga un futuro digno, en una película sobre un modo de vida invisible, pero muy humanista, donde hay cabida para la política, lo social, lo cultural y lo económico, parte fundamental para la subsistencia de cualquier modo de vida del mundo, aunque algunos políticos y empresarios opinen de diferente manera, sin profundizar en la cuestión, aplicando leyes que sólo benefician a las grades empresas, sin tener en cuenta a las comunidades indígenas que plantean una forma de vida diferente y saludable con su entorno.

Verónica, de Paco Plaza

¿HAY ALGUIEN AHÍ?.

«En  Madrid,  a  principios  de  la  década  de  los  90,  se  registraron  una  serie  de  sucesos paranormales que tuvieron un amplio eco en los medios de comunicación y un fuerte impacto  en  la  sociedad  española  del  momento.  Esta  película  está  inspirada  en  dichos acontecimientos-”.-

Cuenta el más anciano del lugar que, a principios de los 90, en un barrio del extrarradio como Vallecas, entre altos edificios de color ladrillo rojo, uniformes escolares, colegio de monjas, ambientes grises, walkman, riejus, anuncios de televisión, padres ausentes y eclipses solares, vivió una joven llamada Verónica, una chica en los albores de la pubertad, en ese camino de tránsito entre la infancia que se acaba y la pubertad que va mostrándose. Una chica que debido al trabajo de su madre Ana en un bar durante todo el día, debía hacerse cargo de sus hermanos pequeños, dos gemelas inquietas y rebeldes, y el pequeño Antoñito. Un tiempo, en el que Verónica, según cuentan, y después de asistir a una sesión con la ouija con dos amigas, para invocar al padre muerto, se vio sometida a una serie de sucesos paranormales que trastocaron su propia existencia y la de los suyos.

El 7º título de la carrera de Paco Plaza (Valencia, 1973) exceptuando algún que otro documental musical, y centrándonos sólo en su género preferido: el terror. Un género que le ha llevado a la cima con una saga antológica en nuestras pantallas, Rec, que se presentó en el 2007, con una cinta que dirigió junto a Balagueró, y le siguieron las secuelas, dirigidas en solitario por Plaza, donde se despertó de nuevo al subgénero de los zombies, pero el director valenciano arrancó su andadura como director con la interesante El segundo nombre (2002) basada en una novela de Ramsey Campbell (otra novela suya sirvió de inspiración a Balaguero para su Los sin nombre), una película rodada en inglés, donde una joven descubría el pasado oscuro de un padre al que creía un santo, le siguió Romasanta (2004) sobre los asesinatos de un hombre lobo del norte, y para televisión, dentro del homenaje a Chicho Ibáñez Serrador, en la serie “Películas para no dormir”, realizó Cuento de navidad, donde una serie de niños dejaban su candorosa infancia para convertirse en sedientos justicieros, y luego la saga Rec.

En Verónica, Plaza parece volver a sus orígenes, que ya apuntaban El segundo nombre y Cuento de navidad, donde a través de historias cotidianas, pocos personajes, una atmósfera intensa y un terror in crescendo, se centraba en sucesos muy inquietantes que traspasaban los límites del terror, construyendo obras de gran calado cinematográfico a partir de elementos domésticas y lugares comunes con un sello personal y muy oscuro, inspirándose en los grandes del terror. Ahora, nos enfrenta a una serie de sucesos paranormales, situándonos en un piso cualquiera de esos edificios altos de un barrio cualquiera, en el que una chica, la Verónica del título deberá enfrentarse a dos miedos: el paranormal, donde un espíritu maligno se ha apoderado de ella y de sus hermanos, y el otro miedo, este físico, donde se convertirá en mujer, dejando la infancia acomodada, y teniendo que asumir responsabilidades en su familia haciéndose cargo de sus hermanos pequeños. Plaza nos sitúa en los albores de los 90, concretamente en el 1991, en la España preolímpica, y acota su relato en tres días, los que van del 12 al 14 de junio, de un jueves a un sábado de madrugada, en unos sucesos paranormales que asolaron Vallecas en aquellos años, basándose en los informes reales del inspector encargado de aquellos casos.

El realizador valenciano crea esa atmósfera gris desde su primer instante, como viene anunciando el breve prólogo, de cuidada factura, en el que en una pantalla en negro, escuchamos la llamada de teléfono de socorro de la niña a la policía la noche de autos, inmediatamente, vemos coches de policía que cruzan la ciudad nocturna y lluviosa hasta llegar al piso, y nos sobrepasa un grito aterrador mientras miramos los rostros atónitos de los policías, y de ahí, abre al rostro de la protagonista que lentamente se despierta. La película está contada a través de la mirada de Verónica, la adolescente fan de “Héroes del silencio”, que escucharemos en su primer camino a la escuela con sus hermanos, el “Maldito duende”, después volveremos un par de veces más a los Héroes con el tema “Hechizo” en su parte final, y también, habrá otro momento para “El rompeolas” de Loquillo y los suyos. Verónica se mueve en ese tiempo de incertidumbre, de cambios hormonales y físicos, de dejar un tiempo sin fin a otro tiempo, el de la adolescencia, donde todo cambiará, donde se hará mujer (como ilustra una de las secuencias de la películas) en el que lo que empieza siendo un juego se convertirá en unos sucesos malignos que se apoderarán de ella, y la llevarán a un aislamiento mayor, si la ausencia del padre muerto, y la madre trabajadora, ya lo habían convertido en cotidiano.

Plaza construye su trama a partir de dos caminos, si bien, la película arranca como un drama social, en su primera mitad, donde una joven se ve inmersa en cambios y su ya citado aislamiento, y descubrimiento interior, en su segundo bloque, la película se centra en los sucesos paranormales, en el piso donde viven, la presencia de espíritus malignos, puertas y ventanas que se abren y cierran inexplicablemente, manchas oscuras, y movimientos de objetos, etc… Acontecimientos que Plaza va introduciendo lentamente, sin prisas, cogiendo al espectador de la mano y apretándosela cada vez más fuerte, sumergiéndole en un estado de ansiedad y angustia, al unísono de su protagonista, sin muy bien saber que ocurre y porqué. La película no deja de lado sus inspiraciones haciéndolas visibles como el giallo itanliano, con Argento a la cabeza, el universo Carpenter, las obsesiones entre fantásticas y domésticas del cine de los setenta de Saura, en especial Cría Cuervos…  (1975), del que realiza un sentido homenaje, y además, Ana Torrent, aparece como madre y llamándose Ana, y a Chicho Ibáñez Serrador y su maravillosa ¿Quién puede matar a un niño?

El inmenso trabajo de la debutante Sandra Escacena genera ese estado de caos emocional que vive la protagonista, esta princesa atrapada en un infierno doméstico del que no sabe ni como se ha metido, y sobre todo, como escapar de él. La mirada de la chica ahonda en ese descenso al infierno que es la película, su inocencia interrumpida y expuesta a los peligros de la edad adulta, desconociendo como hacer. La inmensa presencia de la gran Consuelo Trujillo (como la Hermana Muerta, en un cruce de la Mrs. Danvers de Rebeca, de Hitchcock, o el venerable Jorge de El nombre de la rosa) una monja ciega, que parece salida de ultratumba, en una presencia mágica y alucinante de la película, y el buen hacer de los niños, creíbles y fantásticos los tres pequeños, sin olvidarnos de las secundarias, la ya mencionada Torrent, y las Leticia dolerá y Maru Valdivieso, que ya habían formado parte del universo Plaza. Un universo inquietante, oscuro, maligno, donde las pesadillas más aterradoras nunca están fuera, sino en nuestro interior, en ese caos inmenso de emociones, angustias y miedos.