Thelma, de Joachim Trier

LAS FORMAS DEL MAL.

Una película interesante de terror que se precie, necesita un arranque sobrecogedor, algo que nos inquiete profundamente y nos deje clavados en la butaca. Thelma lo tiene. Se abre en un bosque nevado perdido por la costa oeste de Noruega, donde observamos a un cervatillo moverse a sus anchas. De repente, un hombre que se encuentra junta a su hija de seis años, a pocos metros del animal, lo apunta con su escopeta. De repente, sin ninguna razón aparente, o tal vez si, desvía su arma hacia la niña y la apunta, pero acaba bajando el arma, y la niña lo mira profundamente. Con este breve prólogo, la película ya nos deja de vuelta y media, como diría aquel, porque el cuarto trabajo de Joachim Trier (Norrebro, Noruega, 1974) después de su aventura de rodar en ingles con El amor es más fuerte que las bombas (2015) con un reparto internacional encabezado por Isabelle Huppert y Gabriel Byrne, vuelve a su Noruega e idioma natales como en sus dos primeros trabajos. Thelma es algo diferente a sus anteriores trabajos, porque se adentra en una película de género, el terror psicológico, aunque, todo hay que decirlo, sin dejar de lado el tono naturalista y ensimismado que siguen siendo sus mayores cómplices, explorando los temas que ya se planteaban en sus películas como el paso de la infancia a la edad adulta, la soledad existencial, la búsqueda de la propia identidad,  las relaciones íntimas, y la familia como epicentro emocional.

Trier vuelve a colaborar con Eskil Vogt, su guionista habitual,  para construir una película sumamente elegante y sobria, en el que seguimos a una joven, la Thelma del título, en su primer año universitario (dejando atrás su casa familiar de un ambiente rural donde ha tenido una férrea educación religiosa). La joven retraída y tímida de entrada, lentamente se irá abriendo y conocerá a Anja, una joven de la que se sentirá fuertemente atraída. Pero, el cineasta noruego nos cuenta varias líneas argumentales, por un lado, tenemos la historia de amor, que diríamos prohibida para Thelma y sus padres, luego, las convulsiones psicogenéticas que irá sufriendo la joven, y la investigación médica que se lleva a cabo para saber las causas del mal que padece la joven, y por último, las relaciones con sus padres, con ese pasado oscuro que se cierne sobre ellos, que los tiene atrapados desde la infancia de Thelma. Trier nos conduce por dos ambientes, el paisaje urbano con las aulas, bibliotecas, pasillos, vestuarios y piscina de la universidad, siendo esta última, y sobre todo, el agua, un elemento básico para la construcción de la cinta, y también, por los espacios rurales, con esa casa familiar anclada en un paraje aislado con un lago cercano, ambientes, que describen los conflictos emocionales que padece  Thelma, de unos huye, y de otros, se irá relacionando y queriendo pertenecer a ese universo nuevo y atrayente para ella, aunque debido a sus problemas mentales y de toda índole extraña, que no pude controlar, se irá retrayendo e intentando buscar soluciones a esas cosas que le ocurren.

La película avanza con ritmo cadente, sin prisas, huyendo de esos golpes de efecto tan característicos en el cine de terror convencional, introduciendo los elementos fantásticos y sobrenaturales de manera natural y sencilla, con esa luz tan mortecina y artificial obra de Jakob Ihre Fsf (cinematógrafo de todas las películas de Joachim Trier) que ayuda a la abstracción y aroma de pesadilla que sufre la protagonista y su entrono,  penetrando en el interior de sus personajes, e investigando como esos sucesos inexplicables van afectando a sus existencias, y a todo aquello que los rodea, explorando toda su complejidad y deteniéndose en todos los aspectos psicológicos que experimentan en la película los personajes. Trier elabora a fuego lento su relato, una interesante y conmovedora mezcla de drama familiar, historia de amor y thriller psicológico, tomando como referencia a autores tan dispares en primera instancia como Bergman, y sus estudios sobre la angustia y la existencia humana, o De Palma, y sus historias de terror psicológicas donde sus personajes padecían lo indeleble para superar sus males, o incluso el Giallo italiano, en sus retratos femeninos en los que sufrían males emocionales de procedencias diversas.

Trier apoya toda la trama en la apabullante y delicada interpretación de la joven casi debutante Eili Harboe, una actuación de las que dejan huella, porque compone un personaje lleno de matices y muy complicado, donde es una joven que sufre unas dolencias que acaban afectando a los demás, sin ella poder hacer nada para evitarlo, es algo así como una princesa herida en ese cuento macabro sobre nuestras pesadillas más cotidianas y en todo aquello que somos y que quizás no conocemos o aún sabiéndolo, somos incapaces de querer verlo, le acompañan Kaja Williams dando vida a Anja, la joven de la que se enamora, otra debutante, y sus padres, Henrik Rafaelsen y Dorrit Petersen (que ya estuvieron en Blind, el debut como director del guionista Eskil Vogt) aportando esa naturalidad y aplomo que requieren unos personajes que arrastran un mal del que no pueden escapar, al que tendrán que enfrentarse sin remedio. Trier sale airoso en su peculiar vuelta de tuerca, dejándose llevar por una trama de abundantes tintes psicológicos que también guarda cierto paralelismo con algunos títulos de Hitchcock, donde el maestro le fascinaban esas historias donde había personajes que experimentaban los abismos de la mente y sus infinitas contradicciones, penetrando en lo más profundo del alma sin saber que les esperaba y como salir de ese particular averno.

El insulto, de Ziad Doueiri

LAS HERIDAS DE LA GUERRA.

Decía el poeta que las guerras no acaban cuando estas terminan, y algunos creen que han sido vencedores y otros, vencidos. No, las guerras continúan, aunque ya no se escuche ningún disparo y estalle ninguna bomba, las guerras permanecen en el consciente de aquellos que tuvieron la tragedia de vivirlas y sobrevivirlas, porque el alto el fuego físico, deja paso a las heridas emocionales, esas heridas que permanecerán en el subconsciente colectivo por muchos años. El cuarto trabajo para cine de Ziad Doueiri (Beirut, Líbano, 1963) se sitúa en ese contexto, en el del Beirut actual, y nace a través de un incidente casi sin importancia, que en otras circunstancias, quizás, podría pasar desapercibido. A saber, en una calle de un barrio cualquiera, las obras de saneamiento y reestructura del mobiliario urbano, provocan el conflicto entre un vecino, Toni, libanés de la falange cristiana, con el capataz de las obras, Yasser, un refugiado palestino, debido a un sumidero que lanza agua a la calle. Lo que parece un conflicto sin más, deriva en una fuerte discusión, en un insulto y una guerra entre los dos hombres, que los llevará a una cuestión de estado y su posterior juicio.

Doueiri, que trabajó como ayudante de cámara en varias películas de Tarantino, con la complicidad de su guionista habitual Joëlle Touma, estructura sus películas a través del conflicto árabe entre los libaneses y los palestinos, y sus formas diferentes de encauzar sus problemas, y cómo afecta a sus personajes, sobre todo, la guerra del Líbano (1975-1990) y sus terribles consecuencias tanto físicas como emocionales, incrustadas en la conciencia de aquellas personas que la vivieron y en las generaciones venideras. En su debut  West Beirut (1998) unos adolescentes de familias musulmanas se enamoraban de una chica cristiana en plena guerra libanesa, en Lila dice (2004) una chica cristiana entablaba una relación sentimental con un chico palestino, y en El ataque (2012) un árabe integrado en Israel debía hacer frente a un atentado ocasionado por su mujer y viajaba hasta los territorios palestinos para encontrar la raíz de tanta violencia. Cine humanista, cine político, cine sobre la condición humana y sobre todo, en las cuestiones sobre las consecuencias de la guerra y su deriva posterior.

El conflicto entre Toni y Yasser no es por un sumidero y un canalón, sino que su problema radica en ese pasado reciente que ha dejado heridas muy profundas en ambos, los dos han sufrido la tragedia de la guerra, y ahora, en la actualidad, su dignidad sigue por los suelos, la culpa y el perdón siguen latiendo en su interior, sobreviviendo a todo aquello, a un drama instalado en el pensamiento de todos, en una guerra que por desgracia, sigue en las calles de cada rincón del Líbano, en cada rincón de sus casas, porque la guerra se acabó, pero las reparaciones emocionales nunca se produjeron, están por llegar. El estallido entre ambos explota en la sociedad, y las heridas sin cerrar estallan entre unos y otros, convirtiéndose en una cuestión no sólo individual, sino estatal, un problema político, que en su día no se cerró como se debía de haber hecho y todavía, sigue provocando esta división enquistada y terrorífica. El cineasta libanés construye una película magnífica sobre la guerra y sus malditas consecuencias, en la que no existen buenos ni malos, sino personas que sufrieron y sobrevivieron al horror, y continúan viviendo a pesar de todo aquello, aunque sus heridas siguen abiertas y en cualquier momento pueden empezar a sangrar. Estupenda la pareja de actores que interpretan a estos individuos víctimas de una guerra fraticida que se llevó a tantos por delante, sin olvidar a su eficaz reparto, y los dos abogados, que para más inri tienen mucho que compartir.

Un retrato sobre la conciencia de la población libanesa, en el que tantos unos y otros defienden lo que consideran justo, todos ellos víctimas de unos gobernantes que ejecutaron una guerra en el que todos fueron vencidos, y sus heridas han quedado en el olvido, sin ningún tipo de reparación, como si pasando una página todo quedase resuelto, y se pudiese empezar de cero, más lejos de todo, la posguerra continúa y las heridas más abiertas que nunca, porque no se hizo examen de conciencia, solamente pasó, como si eso fuese motivo de curación. Dos hombres enfrentados, dos hombres de procedencias distintas, con ideas religiosas antagónicas, aunque algo tienen en común, su dolor y sus heridas de la guerra, los dos han sufrido, los dos tuvieron que huir, y los dos desean y trabajan para tener una vida digna y poder vivir sin rencores, sin dolor y recordando a sus víctimas. Doueiri plantea una película necesaria y valiente, una cinta que aboga por la reconciliación entre los humanos que piensan y sienten diferente, en las diferencias y las similitudes entre aquellos que están en los extremos, en una cinta sobre el amor entre hermanos, en superar las diferencias irreconciliables, y en llegar a esa situación en que todos nos parecemos y sufrimos por lo mismo, en dirimir con diálogo y valentía todo aquello que nos separa y encontrar, y mirar al rostro al que tenemos en frente, aunque resulte durísimo y terrible, por los malos recuerdos de la guerra, compartir y abrazar todo aquello que nos une y nos hace más humanos.

Lady Bird, de Greta Gerwig

CUANDO SE TIENEN 17 AÑOS EN SACRAMENTO.

Decía el poeta que uno ama realmente algo cuando se aleje de él, cuando tiene la distancia adecuada para apreciarlo y encontrar aquello que la cotidianidad le impedía ver. Quizás, el momento que define Lady Bird, la primera película dirigida en solitario por Greta Gerwig (Sacramento, EE.UU., 1983) sea cuando la joven lejos de su ciudad, contesta que es de San Francisco cuando un chico le pregunta, ese instante de vergüenza de pertenecer a un lugar, de tener una identidad que rechazamos, que no sentimos como propia, es lo que nos llevará a mirar ese mundo al que pertenecimos con otros ojos, de otra manera, como si la distancia nos devolviera a amar aquellas pequeñas cosas y detalles que habíamos olvidado por nuestras ansias de escapar de allí. La cineasta californiana que ha construido una más que interesante carrera como actriz de la mano de autores tan importantes como Noah Baumbach, con el que ha hecho tres filmes, o With Stillman, Woody Allen, Barry Levinson, Todd Solondz o Mia Hansen-Love, entre otros. Gerwig vuelve a ponerse detrás de las cámaras después de la experiencia de Nights and Weekends (2008) codirigida y interpretada junto a Joe Swanberg, que relataba como la distancia hacía estragos en una relación de pareja.

En Lady Bird realiza su primer trabajo en solitario con un relato de auto-ficción, donde mira a su adolescencia, en su querida Sacramento, allá por el año 2002, aunque la directora se desmarca con una historia completamente inventada, pero con un gran arraigo personal, de hogar, infancia, etc… En la que nos presenta a una adolescente que se hace llamar “Lady Bird”. Christine McPherson que es así como es su verdadero nombre, acude a un colegio privado religioso, donde estudia su último año antes de ir a la universidad. Lady Bird con su pelo panocha y uniforme escolar, es una chica inquieta, creativa, y sumamente independiente, se pasa los días entre clases, con su mejor amiga, algún que otro novio donde experimentará su primera vez, y se gana unos dólares para pagarse su universidad, aunque ella sueña con salir de Sacramento, que aunque sea la capital del estado de California, todavía mantiene ese aire de sencillez, humildad y agrario.

Lady Bird quiere escapar de allí como sea, sueña con una universidad de la costa este, y de huir del amparo de una madre cercana y distante a la vez, con la que no cesa de pelear, ante un padre más comprensible y amigo. Gerwig nos describe la cotidianidad de Lady Bird, sin más, su quehaceres diarios componen la película, pero no lo hace desde los grandes acontecimientos que pudiera vivir en ese tiempo, sino todo lo contrario, desde la intimidad de una habitación, de una clase, o de una conversación, a partir de sus experiencias más íntimas y personales, como enamorarse del chico equivocado, querer ser otra cambiando de amistades, o sentirse insegura con la idea de no acabar en la universidad que desea, o la difícil relación con su madre, de caracteres parecidos que chocarán y mucho en los diferentes puntos de vista que tienen las dos, o compartir un espacio, el que ha sido tu infancia, tu hogar, pero del que no te sientes identificada en absoluto, como si tuvieras las sensación que te ahora, que no te deja respirar, que te sientes atrapada, y que sueñas cada día con salir cuanto antes de esa ciudad que sientes triste, apagada y demasiado rural.

Gerwig construye un guión sumamente complejo, en el que cada personaje se convierte en un espejo transformador o no de la protagonista, haciéndole ver aquello que siente y que a veces no logra interpretar, en un cuento de idas y venidas, de tristezas y alegrías, de inseguridad e ilusiones, de querer ser otra persona, como si estuvieras atrapada en un cuerpo, personalidad y lugar que no te correspondieran, como si para ser tu misma tuvieras que irte de allí y renacer de nuevo en otro lugar, sin que nada ni nadie supiese nada de tu vida anterior. El universo de Lady Bird es un mundo en el que todo está para explorar, una especie de aventura cotidiana donde cada experiencia será la primera y única, donde nuestros sueños e ilusiones tienen la capacidad de cambiarnos y llevarnos o no hacía el lugar que queremos estar, aunque no siempre esas experiencias serán satisfactorias, todas ellas tendrán su qué, en el que la directora estadounidense le da la vuelta a todos esos momentos y nos los presenta con un cariz próximo y humano, donde las cosas miradas desde la cercanía siempre se ven de otra forma, quizás con la naturaleza real o por lo menos muy diferente a la que nosotros no la habíamos imaginado.

En ocasiones, Lady Bird se enfrentará a sus sueños e ideas dándose de bruces con esa realidad que la rodea, y en otras, verá que lo que tanto necesita no se encuentra tan lejos como ella cree, ese camino de hacerse mayor o dejar de mirarse tanto el ombligo, alimenta la película y la convierte en una comedia agridulce de esa América profunda que tantos se niegan a ver que existe, porque hay tantos que la odian, que la rechazan solo por el simple hecho que no es una ciudad con luces de neón, centros comerciales de tus marcas favoritas o demás chorradas que tanto venden desde otros ámbitos y ciudades. La maravillosa y emocionante interpretación de Saoirse Ronan, una actriz dotada de una naturalidad profunda e intensa, que comenzó siendo niña a acturar, y con Brooklyn, demostró su magnífica naturaleza como actriz, convirtiéndose en una de las mejores intérpretes de su generación. En Lady Bird  demuestra sus dotes camaleónicas transformándose en una adolescente de la América rural, de esos lugares que nunca salen en las guías turísticas, en la que a veces odiamos y otras queremos sin temor, como la vida misma.

El resto del reparto capitaneado por Laurie Métcalf como esa madre protectora y peleona, Tracy Letts dando vida a ese padre que todas las chicas desean tener, Beanie Feldstein es esa amiga que nunca te abandonará aunque tú te empeñes en lo contrario, y Lucas Hedges y Timothée Chalamet (visto en la reciente Call me by your name) son esos novios tan diferentes y extraños que pasan por el último año en Sacramento de Lady Bird. Greta Gerwig ha realizado una película fantástica y llena de sensibilidad, mostrando a aquella adolescente que fue, ese describiendo un universo peculiar y sincero, en su carta de amor no solo a su adolescencia, sino a su Sacramento, a sus raíces, a quién fue, y donde creció, aunque a veces no apreciemos lo suficiente de dónde venimos, y queramos ser de otro lugar y escapar, irnos y desparecer, para en el fondo darnos cuenta que queríamos ese lugar más de lo que nos gustaría admitir.

Loving Pablo, de Fernando León de Aranoa

EL HOMBRE AL QUE AMÉ.

La enorme proliferación en los últimos tiempos de novelas, películas y series de toda índole, tanto de ficción como documental, sobre la figura de Pablo Escobar Gaviria, el narcotráfico más famoso del siglo XX, no ayuda en absoluto a acercarse a un nuevo trabajo que vuelve a hablarnos de Pablo Escobar, aunque en este caso, lo haga desde la figura de Virgina Vallejo, famosa periodista colombiana, mediante la adaptación de su novela Amando a Pablo, Odiando a Escobar, donde relata la década que va desde 1981 cuando conoció a Escobar hasta 1993 cuando lo vendió a la DEA (Departamento de Justicia de los EE.UU.). La empresa no resulta nada sencilla, ya que los espectadores tienen una acumulación de información endiablada, aunque sea como ocurre en muchos casos, una información muy diferente a la realidad. Fernando León de Aranoa (Madrid, 1968) es el encargado en llevar a la gran pantalla la novela de Vallejo, y lo hace desde el acercamiento de alguien que se relacionaba con las altas esferas colombianas entre platós de televisión, papel couché, y demás lugares de la élite del país, en un viaje intenso y malvado que la llevará hasta la jungla, a la hacienda de Escobar, los basureros de Medellín, y las partes más oscuras y terroríficas del universo del narcotráfico.

El cineasta madrileño construye sus filmes a través de un conflicto generalmente sencillo y directo, su interés siempre radica en sus personajes, en describirlos desde todos los puntos de vista posibles, desde su complejidad y sin juzgarlos, desde el señor que alquilaba a unos para que hicieran de su familia, o aquellos chavales que se aburrían en verano por no tener un chavo, o los parados que pasaban los días sin anda que hacer, o las prostitutas que deambulan de un lugar a otro sobrellevando los días, o aquella inmigrante que mentía para seguir sobreviviendo, o los cooperantes que andaban de aquí para allá intentando ayudar o lamiéndose sus heridas, todos ellos personajes que iremos descubriendo relacionados con el entrono físico y moral que les ha tocado vivir en suerte, seres que no avanzan en sus existencias, que parecen que continuamente están dando vueltas en círculo, en unas historias que los llevan a conflictos que una vez resueltos los dejará peos parados. Después de A Perfect Day (2015) que se basaba en la novela Dejarse llover, de Paula Farias, León de Aranoa vuelve a inspirarse en otro libro para diseñar su nuevo trabajo, en una película con vocación internacional, filmada en muchos de las localizaciones reales donde transcurrió la acción que se representa, que nos lleva por una década siniestra y brutal donde vemos a un Escobar convertido en un narco a gran escala, que llevaba aviones cargados de heroína y los hacía aterrizar en autopistas de Miami, pero también, siendo elegido congresista, y sus reuniones con el estado colombiano que lo llevaron a declararle la guerra que se llevó por delante a miles de personas.

Vemos a un Escobar desde el prisma de Virginia, su amorosa y terrible love story, la misma que nos va contando en off la historia, acercándonos a una figura controvertida y extremadamente compleja, que era todo un padrazo y esposo, construía casas para los más necesitados, pero por el contrario, era un ser despiadado, rodeado de furcias, que nunca le temblaba el pulso en el momento de asesinar a alguien, y de implantar un infierno de terror en Colombia, y en todo aquel que le osaba ponerse en su contra. León de Aranoa filma con energía y brillantez todos los acontecimientos de la película, que no son pocos, y logra construir un thriller vibrante e intenso, donde no hay respiro, y las balas vuelan sin control, esperando tropezar con alguien que Escobar había decidido que se la merecía, en una cinta con ese aroma desgarrado y cruel del cine de los setenta, donde los miserables iban de un lado a otro, en el que delincuentes, políticos, asesinos, y gentuza de toda estofa se acaban relacionando en un universo sucio y sangriento. Un gran equipo técnico de reconocido prestigio capitaneados por Alex Catalán en la fotografía, Nacho Ruiz Capillas en el montaje y Alain Bainée en el arte, logran construir una película que nos a aquellos tiempos de alegrías y tristezas, de besos y hostias, de risas y llantos, y sobre todo, de un mundo de luces y sombras que la cámara de León de Aranoa filma con brío, dano mucha caña a sus 125 minutos de metraje, describiéndonos con sumo detalle esa atmósfera pegajosa y decadente de las zonas rurales donde entrenaban los chavales que hacían de sicarios para Escobar y los lugares por donde se movía Escobar, como esa estupenda secuencia en mitad de la jungla con el ataque de helicópteros, o aquella en que Virgina Vallejo está cambiando oro, o esos ambientes sofisticados de restaurantes, parlamento y demás, los ambientes se mezclan con naturalidad, pasando de una suciedad a otra, de un ambiente a otro, donde Escobar y su ambiente se relacionaban y mezclaban con execrable cotidianidad.

Un buen reparto donde deberíamos abrir un apartado especial para la increíble transformación, no sólo física de Javier Bardem, que da miedo en su caracterización, sino también en lo emocional, con sus gestos y miradas, y ese acento spanglish, que dotan de una de las mejores composiciones del legendario narcotráfico, sino la mejor, un Bardem que juega en otra liga, que es capaz de enfundarse en cualquier character, con una elegancia y valentía que está al alcance de muy pocos, como lo hiciese en la primera colaboración con León de Aranoa, aquel Santa de Los lunes al sol, o el Ramón de Mar Adentro, personajes que llevan a Bardem a adquirir la verdadera personalidad del personaje en cuestión, convirtiéndolo en otra cosa, dotándolo de todos los matices y detalles que lo convierten en interpretaciones sublimes y profundas. Le acompaña con serenidad y aplomo Penélope Cruz (que no es nada fácil dar la réplica a Bardem) dando vida a Virgina Vallejo, la mujer que amó a la bestia, y también, lo odio, porque nunca a medias tintas, y más con personajes como Escobar.

El tercero en discordia, el agente de la DEA, Sam Shepard al que da vida Peter Sarsgaard en un trabajo serio y eficiente, sin olvidarnos de toda la retahíla de secundarios, entre los que destaca Óscar Jaenada como uno de los narcos de Medellín que trabajo codo con codo con Escobar, y un gran grupo de interpretes colombianos que dan vida a su grupo y demás personajes que intervinieron de manera directa o indirecta en la vida del narco. León de Aranoa ha construido un thriller con estupenda realización, aplomo y fuerza, que nos lleva por aquellos ochenta convulsos, terroríficos y miserables de la Colombia de Escobar, una película que se desmarca de tantas series y películas norteamericanas que también han abordado la figura del narcotráfico más célebre de la historia, pero no desde el prisma espectacular y tópico, centrándose en los acontecimientos más públicos y tremendistas, sino dándole la vuelta a todo eso, desde otra mirada, la más intimista, cercana y humana, desde la mirada de una mujer que lo amó y también, lo odio, y en cierta manera, nunca pudo olvidar.

Foxtrot, de Samuel Maoz

LOS PASOS DEL DESTINO.

“La coincidencia es la manera que tiene Dios de permanecer anónimo”

Albert Einstein

Una mañana, como otra cualquiera, en cualquier vivienda de Israel, un trío de soldados comunica a unos padres el fallecimiento de su hijo durante su servicio militar. La madre, Dafna, cae rendida después de haber sido fuertemente sedada. El padre, Michael, por el contrario, expresa su ira contra todos y todo, intentando explicarse lo ocurrido. El segundo trabajo de Samuel Maoz (Tel Aviv, Israel, 1962) se enmarca en las consecuencias de la guerra y en los mecanismos del dolor ante la pérdida de un ser querido. Su primer filme Lebanon (2009) que se alzó con el máximo galardón en el Festival de Venecia, nos sumía también en la guerra, desde el punto de vista de los soldados, introduciéndonos en el interior de un carro de combate siguiendo las peripecias bélicas de un grupo de soldados durante la guerra del Líbano de 1982. Maoz vuelve a un ambiente cerrado y claustrofóbico, pero ahora es un hogar que aparentemente parecía reinar la concordia, para construirnos una película sobre las relaciones personales entre un padre, y su esposa,  pero sobre todo las relaciones del padre con su hijo, personas que nunca veremos juntos en el mismo lugar, aunque siempre estarán conectados emocionalmente.

El cineasta israelí edifica una trama en tres actos, como si asistiéramos a una tragedia griega, en el que en el primero, cuando el padre recibe la fatal noticia de la muerte de su hijo, arrancan unas horas donde el amor y la culpa se mezclan de manera dolorosa, y en que el padre debe afrontar su propio dolor y comunicárselo a los más allegados, en el segundo segmento, Maoz nos sitúa en la cotidianidad del hijo fallecido, durante su servicio militar, y es cuando el director arremete con dureza y sin miramientos hacia inutilidad de la guerra, en la que unos jóvenes soldados que viven casi hacinados en un barracón que se cae a trozos, deben custodiar una especie de paso fronterizo pro el que apenas pasan vehículos. Aquí pasamos del drama familiar y personal del primer acto, para adentrarnos en la comedia surrealista y absurda, donde los soldados pasan las horas muertas como pueden, realizando estúpidos cálculos o bailando foxtrot (brutal metáfora que estructura la cinta en la que por mucho que nos movamos y hagamos, no podremos condicionar el destino que nos espera, como el baile que finaliza en la misma posición que empieza) y para finalizar, el tercer acto, nos lleva de nuevo a la vivienda de Michael y Dafna, y su hija, en que la situación propuesta inicialmente ha cambiado, y Maoz, muy acertadamente, nos vuelve a cambiar el rumbo, y nos sumerge en un nuevo conflicto, donde los personajes se encuentran ausentes  y la paz y tranquilidad del hogar se ha vuelto del revés, debido a los dolorosos imprevistos a los que han tenido que enfrentarse.

Maoz cimenta una interesante reflexión y análisis sobre un país, Israel, rasgado y condicionado por las innumerables guerras que ha vivido, vive y desgraciadamente, seguirá viviendo, y las consecuencias que conlleva tanto conflicto bélico y tanta muerte inútil, y como esos fallecimientos de jóvenes acaban mutilando una sociedad  que parece abocada a la contienda bélica sin fin, como en una especie de bucle del que no hay escapatoria, un círculo vicioso que muchos no recuerdan como empezó, y otros, no saben vivir de otra manera, ya que no han conocido nunca el país en paz, siempre en guerra. El trío interpretativo de la película destila convicción y emoción a partes iguales, cada uno con su drama personal, y arrastrando su culpa, en el que ayuda y convence de manera natural y realista en sus composiciones y diferentes estados de ánimo, unas emociones que viajan como en una montaña de rusa, para construir esta fábula moral, que continuamente nos interpela a los espectadores, sumergiéndonos en continuas batallas sobre la guerra, sus consecuencias, la familia y las relaciones personales.

Una película que nos habla de varios conflictos, el de una nación, el de una familia, el de un padre y su hijo, y sobre todo, el del ánimo de una sociedad que jamás ha vivido en paz, y donde la cuestión bélica ha estructurado las existencias de toda su población, unas gentes que han tenido que acostumbrarse a la guerra fratricida, porque no han conocido otra forma de vida, y a los muertos enterrados que acarrea tanto bombazo, con buen acierto Maoz nos explica la intimidad de esta familia y los diferentes puntos de vista de cada uno de ellos, a la hora de enfrentarse al dolor y la culpa, quizás el conflicto conmueve pero sin arrebatarnos el alma, aunque el propósito es en conjunto audaz y brillante, con esa frialdad propia de la burocracia representada en el estamento militar, y de algunos personajes, como el de la madre, aunque Maoz, con mucha habilidad y acierto, nos centra su historia en  la destrucción de cómo ese hogar familiar construido con amor, se viene abajo en un abrir y cerrar de ojos, porque como nos viene a decir la película, estamos completamente condicionados a la fatalidad del destino, porque nunca sabremos lo que nos espera, y hagamos una cosa u otra, el porvenir está escrito, y el destino nos espera pacientemente para cobrarse su deuda.

La forma del agua, de Guillermo Del Toro

EL CUENTO DE LA PRINCESA SIN VOZ ENAMORADA.

Si os hablara de ella, de la princesa sin voz, ¿qué os diría? ¿Os hablaría de aquella vez que…? Pasó hace mucho tiempo, durante los últimos días del reinado de un príncipe justo… ¿O tal vez os hablaría del lugar?  Una pequeña ciudad cerca de la costa, pero lejos de todo lo demás… O quizás simplemente os advertiría de la verdad de estos hechos y de la historia de amor y pérdida y del monstruo que trató de destruirlo todo…

Elisa es una joven muda, de apariencia inocente y frágil, que tiene una vida tranquila en su pequeña morada de un edificio antiguo, que tiene de vecino a Giles, un solitario como ella, que malvive con sus dibujos para publicidad, su ex alcoholismo, sus gatos y su pasión a los musicales por televisión. Elisa trabaja en el turno de noche como limpiadora en un inquietante y oscuro edificio del gobierno donde se llevan pruebas militares de alto secreto. Estamos en una pequeña localidad costera en EE.UU., alrededor del año 1962. La rutina diaria cambiará cuando Elisa limpia uno de los laboratorios y conoce a una extraña criatura anfibia de aspecto humanoide. A partir de ese instante, la vida de la joven girará en torno a ese ser de otro mundo, de otro lugar, que las tribus de Sudamérica, donde fue capturado, veneraban como si se tratase de un Dios.

La décima película de Guillermo Del Toro (Guadalajara, México, 1964) reúne todas las características y lugares comunes de su cine, donde lo fantástico y lo cotidiano se mezclan de manera natural, en el que siempre suele haber un personaje, ya sea niño o adulto, que oculto y temeroso del mundo real, construye su propia fantasía, adentrándose en otro mundo, más cercano a sus emociones, a sus sueños y a su interior. En su debut, Cronos (1993) la acción giraba en torno a una cajita que despertaba a una pequeña criatura que se alimentaba de sangre, en El espinazo del diablo (2001) un niño se relacionaba con un fantasma de su misma edad que le desvelaba el secreto que encerraba un orfanato de finales de 1939, en Hellboy (2004) los nazis rescataban de las profundidades un antiguo demonio, en El laberinto del fauno (2006) una niña se adentraba en un mundo fantástico donde debía pasar tres pruebas, o La cumbre escarlata (2015) una joven escritora en crisis se tropezaba con una mansión que emanaba sangre.

Los mundos que surgen de la imaginación de Del Toro se encuentran cerca del nuestro, pero alejados de nuestra realidad, de nuestra cotidianidad, que en la mente de Del Toro se mueven entre formas oscuras y tenebrosas, en el que habitan monstruos de toda índole como vampiros, fantasmas, faunos, etc… Todos tienen algo en común, desprenden bondad, la fiereza de sus cuerpos y rostros no es más que una máscara, en realidad, los monstruos que describe el cineasta mexicano provienen del imaginario de Frankenstein, ese ser incomprendido, solitario y lleno de incertidumbres, que huye de aquellos que no lo quieren por su aspecto, en un mundo hostil, lleno de prejuicios y peligros, donde ese ser de otro mundo, no logra encajar y ser aceptado. Las criaturas inocentes del mundo de Del toro son en cierta medida, parecidas a esos monstruos con los que se encuentran, seres solitarios, soñadores, que no encajan en la sociedad, y  suelen odiar a ese adulto que con apariencia humana hace monstruosidades a su alrededor. Quizás, La forma del agua  es la primera película del cineasta mexicano que no describe sus fantasías infantiles, sino que abre una puerta al adulto que todos tenemos, ya que su historia con su caparazón de cuento de hadas, camina por los territorios de lo romántico, un amor diferente, pero igual de puro y sensible que pudiera ser cualquier otro de índole convencional.

Del Toro construye una película sencilla que navega por diferentes ambientes, por un lado, tenemos la historia de amor entre Elisa y la criatura anfibia (inspirada en una de las películas fetiche de Del Toro desde que la vio de niño, La mujer y el monstruo, de Jack Arnold, uno de los hitos de la serie B de ciencia-ficción) y por el otro, la atmósfera de aquellos turbulentos y violentos años 60, aquellos años de guerra fría, en la que Estados Unidos se movía entre el pánico a una invasión nuclear, la segregación racial, el poder embaucador de la televisión, y el cine como único refugio a tanta locura colectiva. Y en medio de todo ello, tenemos a Elisa, una joven muda que deberá enfrentarse al malvado ogro, encarnado por Strickland, el agente de seguridad con historial sangriento (que recuerda y mucho a Vidal, el capitán fascista que interpretaba Sergi López en El laberinto del fauno), aunque Elisa encontrará a sus aliados para llevar su empresa a buen puerto, desde su vecino, algo así como el padre bondadoso que no conoció, o Zelda, esa compañera negra del trabajo, casi hermana mayor,  que aunque tenga reticencias, le ayudará a conseguir su propósito, y por último, un aliado bastante peculiar y extraño, el Dr. Hoffsteller, un espía soviético infiltrado que le ayudará para que el gobierno no aniquile a la criatura anfibia.

Del Toro ha construido su película más profunda y tierna, donde en un mundo hostil y frenético, dos criaturas en peligro, encuentren su espacio para amarse, aunque para ello deberán vencer algunos obstáculos, ya que la sociedad no está preparada para lo diferente, lo extraño, aquello que no es convencional o no sigue las estrictas normas, que deciden que una criatura no sirve y hay que acabar con ella. Del Toro vuelve a contar con el gran trabajo de fotografía de Dan Laustsen (colaborador habitual de Ole Boredal) después de Mimic y  La letra escarlata, para construir esa luz oscura y apagada, de tonos oscuros y tenebrosos, que en realidad brilla para retratar ese mundo cotidiano de los 60 y a la vez, ese universo fantástico, donde agua y cuerpos se mezclan creando uno solo. Una luz que recuerda a los mundos de Jeunet y Caro en Delicatessen o La ciudad de los niños perdidos, donde el cuento, la realidad y lo fantástico se mezclaban de manera natural y sensible. La sublime y espectacular diseño de arte que construye una atmósfera inquietante y cercana con esos laboratorios, pasillos y pisos lúgubres, redondeando las formas rectas y brutalistas que se estilaban en la arquitectura de la época, con ese aroma a la serie B y la ciencia-ficción de los 50 y 60 con la amenaza nuclear en todas las tramas. Acompañada de una acogedora y delicada score de Alexandre Desplat ayuda a envolvernos en ese universo donde criaturas anfibias y seres humanos cohabitan y escapan de las garras del monstruo con pistola.

La sobrecogedora interpretación de Sally Hawkins, que sin palabras, sólo con miradas, silencios y gestos, construye un personaje complejo y sencillo al unísono, uno de esos personajes que sin hablar dice tanto, bien secundada por Michael Shannon, como el malvado y despiadado ogro que no cejará en su empeño de eliminar a los diferentes, y los Richard Jenkins, Octavia Spencer, Michael Stuhlbarg, y Doug Jones como la criatura anfibia, un experto en estos lares. Del Toro nos vuelve a hablar del mito de La bella y la bestia, y lo hace a través de un mundo real y mágico a la vez, un mundo que habita entre esos mundos, un mundo existente solamente en nuestro subconsciente, en aquello intangible, al que solo se puede ir transportado por la fuerza de nuestros sueños, de aquello que no existe, pero está ahí, y nos seduce con maestría y belleza la experiencia maravillosa de estar enamorado, de dejarse llevar por los sentimientos, como el amor poético y romántico que viven Elisa y la criatura, un amor prohibido, ese amor puro, ese amor que está por encima de razas, ideologías y culturas, un amor que se respira profundamente por todo el cuerpo, un amor de tan real e intenso parece que no sea posible en el mundo tan febril, loco y vacío en el que nos ha tocado vivir.

Entrevista a Luis Ospina

Entrevista al cineasta Luis Ospina, con motivo de la proyección de su película «Todo comenzó por el fin», en el Zumzeig Cinema Cooperativa en Barcelona. El encuentro tuvo lugar el miércoles 6 de diciembre de 2017 en su alojamiento en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luis Ospina, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y al equipo del Zumzeig Cinema Cooperativa, por su amabilidad, generosidad, cariño, programación y su labor con el cine más arriesgado, comprometido y resistente.

Celestial Camel, de Yury Feting

EL VIAJE BLANCO.

Cuentan los más ancianos que cuando nació Altynka, un camello albino, el abuelo de Bayir, como suelen hacer los calmucos, predijo años de bonanza, porque así lo dice la tradición de los pastores mongoles que habitan en la estepa rusa. Aunque parece ser que aquellos años de dicha se hacen de esperar, porque la sequía y el nacimiento del cuarto hijo, provocan que los padres de Bayir se vean en la obligación de vender a la cría de camello albina. Cuando los padres se marchan para el nacimiento de su hijo, dejan la responsabilidad a Bayir, el hijo mayor de 12 años. Pero, cuando se preparan para terminar el día, Mara, la camella madre de Altynka se escapa en busca de su hijo, y Bayir, no tiene otro remedio que salir tras ella, dejando en casa a sus dos hermanos pequeños. El cineasta Yuri Feting (Rusia, 1956) con amplia experiencia en el mundo del audiovisual, nos sumerge en un paisaje insólito, un escenario que parece de otro mundo, un lugar casi desértico, en el unos pocos de pastores siguen viviendo de los animales y la naturaleza. Entre ellos, encontramos a Bayir, el protagonista de esta aventura que le llevará a recorrer cientos de kilómetros detrás de la camella, pilar en el sustento de los suyos.

El cineasta ruso cuida cada detalle, tanto formal como argumental, sumergiéndonos en una road movie, donde el tiempo se dilata, en el que las distancias se hacen larguísimas y cada cosa que ocurre contiene en sí misma otra aventura. Bayir a lomos de una antigua moto tándem, emprende su viaje en el que vivirá experiencias de todo tipo y encontrándose con personas de todo calado, como la familia de pastores que le abre su casa para pasar la noche, lugar donde conocerá a una niña de su edad que le hará tilín, o el joven lama que medita en un lugar recóndito de la estepa, que confía en el destino como respuesta a los entuertos, o un narco que al escapar de la policía lo hace cómplice y es detenido, o Talismán, un chaval que desea trabajar en el circo mientras se alimenta de pequeños hurtos. Feting cede la voz a su joven protagonista, en su particular odisea cotidiana, que nos recuerda a aquellos niños de Kiarostami, Pahani, Majidi o Hana Makmalbaf, que se enfrentan a un mundo hostil, lleno de peligros y pequeñas aventuras que les llevarán a lugares extraños, que los exigirá tomar decisiones y hacerse mayores.

Bayir es un chaval espabilado y valiente, no cejará en su empeño de capturar a su camella y de paso, intentar recuperara a Altynka, aunque esto último resulto extremadamente complicado. Feting elabora una cinta que puede verse de varias formas, desde el documento antropológico (en el que asistimos a las formas y costumbres de vida de los pastores mongoles de la estepa rusa) o también, la pérdida de la inocencia de un niño que descubre un mundo que, en ocasiones, no resulta tan amable como cabría esperarse, o incluso, la importancia de la familia como núcleo central para la subsistencia en un territorio hostil y árido, y finalmente, el amor hacía los animales, no como mascotas, sino una parte más espiritual, formando parte esencial del trabajo y la subsistencia de la familia mongol, y finalmente, como una aventura fantástica, donde hay que estar dispuestos a aceptar lo indescifrable, la magia de lo cotidiano o esos sucesos que no tienen explicación, pero ocurrir, ocurren.

El director ruso no necesita de subrayados emocionales, ni tampoco de excesiva información adicional, para profundizar con sabiduría y sencillez en la odisea de Bayir, posando su película en la interpretación sutil y emocionante del joven Mikhail Gasanov, mirando a su protagonista de frente, a la altura de sus ojos, sin aleccionarlo, ni tampoco a los espectadores, a través de un estupendo ritmo que nos lleva de un lugar a otro, tomándose su tiempo y digiriendo cada encuentro y los nuevos personajes itinerantes que se van cruzando en el camino del joven protagonista. Una película honesta y extremadamente sencilla y transparente, donde su limpieza visual como argumental se agradecen, porque no quieren explicar con situaciones facilones todo lo que sienten los personajes, en la película todo es más directo, sus personajes viven su aventura, experimentando cada instante, como si no hubiese nada más, se vive el momento de manera intensa y febril. Estamos ante una cinta que bebe mucho del cine de Rossellini, en su labor humanista en su manera íntima y cálida de contarnos las sencillas odiseas que tienen que enfrentarse sus niños, unos niños que a veces deben vivir situaciones que los hacen crecer de repente, como les ocurría a Pasquale en la Italia en plena guerra o a Edmund en aquella Alemania devastada, niños que apartan sus juegos y su edad, y penetran en un mundo donde deberán tomar decisiones y responsabilizarse de sí mismos.

Tres anuncios en las afueras, de Martin McDonagh

UNA MADRE ENFURECIDA, UN POLICÍA VIOLENTO Y UN ASESINATO SIN REVOLVER.

«¿Qué dice la ley sobre qué se puede poner o no en una valla?»

En Ebbing, Misuri, un pueblo del medio oeste de Estados Unidos casi nunca pasa nada, es uno de esos lugares de la América profunda donde todo parece pasar de largo, los forasteros no lo conocen ni por casualidad. En ese lugar todos se conocen, la vida o algo parecido a ella, sigue su curso cotidiano y anodino, donde parece que las cosas le pasan a otro, y la mayoría simplemente se entera por casualidad. Aunque, hace unos meses, la aparente tranquilidad del lugar ha quedado ensombrecida, porque una adolescente Angela Hayes fue encontrada violada y asesinada, y la policía no tiene ningún sospechoso y además, parece muy perdida. Cosa que Mildred Hayes, la madre de Angela, no puede soportar, y debido a la inexactitud policial, decide tomar cartas en el asunto, y contrata tres vallas publicitarias en desuso evidenciando la incompetencia de la policía. Hecho que la pondrá en contra de la policía y algunos habitantes. El tercer trabajo en la filmografía de Martin McDonagh (Camberwell, Londres, 1970) es un sobrio y enérgico retrato del aroma del sur estadounidense, en el que mezcla diversas texturas como el drama y la comedia negra, muy en la línea de sus anteriores películas, como la fantástica Escondidos en Brujas (2008), que significó su debut cinematográfico (después de una larga trayectoria en las tablas donde cosechó grandes éxitos de crítica y público) donde seguía los problemas existenciales de dos asesinos a suelo, y su siguiente trabajo Siete psicópatas (2012) en el que un guionista en crisis encontraba inspiración en el descabellado plan de dos amigos con secuestro peligroso de por medio. Retratos violentos y grotescos, azotados de una violencia dura y áspera, donde la existencia de sus personajes se ve envuelta en situaciones tragicómicas, dentro de su aparentemente cotidianidad, encerrándoles en situaciones de difícil encaje y no menos solución.

En Tres anuncios en las afueras se centra en tres personajes y el enfrentamiento que se produce entre ellos, un entuerto en el que conoceremos a Mildred Hayes (divorciada, mujer de armas tomar, madre de un hijo adolescente, que hará lo indecible para conseguir capturar al asesino de su hija) el jefe de policía Willoughby (dialogante y comprensivo, padre de familia y querido en el pueblo, que oculta un galopante cáncer terminal) y el tercero en discordia, el oficial Dixon (racista y violento que vive al amparo de una madre alcohólica). El cineasta anglo irlandés construye una retrato complejo y de ritmo sobrio, donde los personajes se mueven casi por instintos, dejándose llevar por la situaciones que experimentan, con ese aroma tan sureño, ese olor putrefacto donde las cosas no se resuelven con buenas palabras, sino a pistoletazo limpio, como los antiguos pobladores, en el que todos luchan incansablemente por defender su lugar en la comunidad, pese quién pese, y según las circunstancias que se produzcan. Un retrato contundente y demoledor sobre una madre enfurecida, una madre que debe levantarse cada día y trabajar como empleada en la tienda de souvenirs a pesar de lo sucedido, sin poder dormir, acarreando el dolor de una madre que ha perdido a su hija y no ha pasado nada, nadie ha pagado por ello, y además, parece que la policía no hace nada para resolver el crimen.

McDonagh ha construido una película donde su argumento tiene nervio y fuerza, dónde sus personajes, complejos y vivos, podrían tener cada uno de ellos su propia película, unos individuos que se mueven con decisión, que se muestran contundentes y violentos si la ocasión lo merece, defendiendo lo que es suyo y lo que creen justo, aunque, en ocasiones, pierdan los estribos y la cosa se líe demasiado. El director británico impregna su cinta del sello de los westerns de los setenta, en los que el crepúsculo absorbía todas las vidas que no encontraban su lugar, donde sus maduros pistoleros se movían sin saber hacia dónde, casi en bucle, añorando viejos tiempos, y queriendo inútilmente seguir el ritmo de los acontecimientos, y percatarse que la modernidad los había desplazado para siempre. Esos títulos como Yo vigilo el camino, El fuera de la ley, Missouri, Los vividores, La balada de Cable Hodge o El último pistolero, donde los Frankenheimer, Eastwood, Penn, Altman, Peckinpah o Siegel (testigo que han heredado los hermanos Coen con inteligencia y aplomo) no retrataban las heroicidades de los pistoleros legendarios, sino todo lo contrario, lo más íntimo de unos tipos cansados, viejos y sin lugar, con demasiado polvo en las botas, camisas roídas, pistolas oxidadas y canas, hombres que en su día fueron alguien a base de tiros, y ahora, simplemente son objetos oxidados que el tiempo va borrando de un plomazo. Mildred Hayes podría ser uno de estos individuos, pasados de vueltas, a los que la vida ha zurrado de lo lindo, que tienen que aguantar como su ex marido maltratador y pusilánime la ha dejado por una niña de 18 años, y encima viene a darle lecciones de moralidad y demás, o las difíciles relaciones con su hijo, y para colmo de males, soportar con dignidad la inoperancia policial y demás miradas inquisidoras del maldito poblacho.

McDonagh ha construido un relato inmenso, de gran elegancia formal y argumento poderoso, con esa fotografía de Ben Davis, que captura el aroma setentero de luces apagadas y lugares sombríos (con esos espacios tan característicos como los bares nocturnos grasientos, las casas con porche en las que se divisa el pueblo, o los días en familia con el lago como testigo) la excelente score de Carter Burwell, que nos atrapa y nos describe el ritmo ausente y lúgubre de esos pueblos tan perdidos y cercanos a la vez, en un guión brillante que firma en solitario el propio McDonagh, donde prima la fuerza y el interior de sus incómodos personajes, a cuál más complejo y enrevesado, donde el trío protagonista raya a una altura impresionante, como la sublime y cautivadora Frances McDormand, que compone esas miradas duras, ausentes y ásperas, o Woody Harrelson y Sam Rockwell (segunda colaboración de ambos con el director) que son los personajes antagónicos, dos polis frente a frente, en las antípodas de cómo llevar su trabajo, muy diferentes en modos y ejecuciones, sin olvidarnos de los maravillosos secundarios, como suele pasar en este tipo de películas, com el hijo de Mildred, la esposa maternal y abnegada de Willoughby, el ex marido de Mildred interpretado por el correcto John Hawkes o Peter Dinklage como ese amigo de Mildred que le echa mas de un capote.

McDonagh se afianza en esta película como un gran director, un cineasta que necesita de muy poco para sumergirnos en un ambiente tranquilo y hostil, en una atmósfera cadente y putrefacta, donde los personajes no siempre se muestran obedientes y sumisos, sino que asumen la realidad injusta y la conducen a su terreno, haciendo lo posible para cambiarla, aunque para ello deban enfrentarse a ellos mismos y a un entorno muy hostil, miserable, hipócrita y violento. La película nos azota e incómoda, y nos sumerge en el sur, el maldito sur, lleno de enfrentamientos y heridas sin revolver,  en el que nos impregnamos del espíritu de los westerns desmitificadores del American New Wave, donde las heroicidades y patriotismo dejó espacio a uan realidad viva y diferente, un tiempo de personas comunes, sencillas y solitarias, que pueblan lugares vacíos y tranquilos, con el único entretenimiento que fumarse un cigarro en el porche mientras la carretera se muestra cada vez más extraña, personas que la vida con demasiada frecuencia les violenta con demasiada fuerza y brutalidad, aunque son gentes de corazón inquieto y carácter rudo que seguirán, aunque duela mucho, derribando todos los muros que se les pongan por delante.

 

Call Me by Your Name, de Luca Guadagnino

EL VERANO DEL PRIMER AMOR.

“El amor, al no entender de geografía, no conoce fronteras”

Truman Capote

Una mañana de verano de 1983, en una villa familiar del siglo XVII, cerca del pueblo de Crema, en la región de la Lombardía italiana. Cuando todo parece tranquilo, sin más ruido que la música de la naturaleza, llega, como cada año, el nuevo alumno del profesor Sr. Perlman, en este caso se trata de Oliver, un joven norteamericano de 24 años que realiza su doctorado sobre cultura grecorromana. Elio, el hijo del profesor, que pasa el tiempo reescribiendo música junto a su piano, se lanza escaleras abajo, a saludar al nuevo invitado que pasará 6 semanas de verano estudiando, conociendo y descubriendo el bucólico, apasionante y bellísimo paisaje del lugar. El quinto trabajo de Luca Guadagnino (Palermo, Italia, 1971) en palabras del propio director, cierra una trilogía sobre el descubrimiento del deseo, que se iniciaría con Yo soy el amor (2009) en el que una familia burguesa de la Lombarda más tradicional se veía trastocada por el amor de dos de sus empleados, a la que seguiría Cegados por el sol (2015) en el que exploraba las turbulentas relaciones de dos parejas durante unas vacaciones en una villa, que bebía libremente de la película La piscina, de Jacques Deray. Si en aquellas el deseo y las relaciones eran apasionadas, aunque de cariz turbulento, doloroso y enfermizo, en Call me by your name, el deseo estaría en el otro lado del espejo, en el que se explora la naturaleza apasionada del deseo, del primer amor, del descubrimiento de nuestros sentimientos y sobre todo, de nosotros mismos, la primera vez que experimentamos unas sensaciones agradables y apasionantes hacia alguien, al que deseamos y amamos.

Basándose en la novela de André Aciman, y con un guión del reputado y veterano cineasta James Ivory, que también actúa como coproductor, autor de celebres obras como Las bostonianas, Una habitación con vistas, Regreso a Howards End o Lo que queda del día, entre muchas otras, y Maurice (1987) la historia del primer amor entre dos chicos en la moralista Inglaterra de primeros del siglo XX, una película en la línea de la de Guadagnino. El cineasta italiano parece emular a sus dioses cinematográficos como Renoir, Rivette, Rohmer o Bertolucci, y nos introduce de forma tranquila, como una brisa de verano, casi sin tocarnos, como un caricia,  en una película que nos habla de muchas cosas, como el arte y su historia, y su importancia en la actualidad (como ese impagable momento en el lago cuando “resucita” de las profundidades una obra perdida, que interpela directamente a sus protagonistas, como ocurría en el descubrimiento de los amantes calcinados en Pompeya en Viaggio in Italia), o esas largas conversaciones con amigos mientras degustan un vino tinto, o los paseos en bicicletas recorriendo caminos entre naturaleza salvaje (como otro instante bellísimo, cuando los dos jóvenes piden agua a una señora que parece sacada de Novecento o El árbol de los zuecos), tradición y modernidad, pasado y presente, se mezclan en un relato sobre el amor, nuestras emociones y nuestras relaciones, donde el amor se cuece a fuego lento, como casi sin querer, quizás la verdadera naturaleza del amor, ese sentimiento invisible que sin ser conscientes de ello, se va apoderando de nosotros mismos, de lo que somos, de nuestra voluntad, arrastrados a esa persona desconocida que lentamente se va convirtiendo en el protagonista de nuestros sueños y deseos.

La sencilla y naturalista fotografía de Sayombu Mukdeeprom (hatual del cine de Apichatpong Weerasethakul) construye el marco ideal para el desarrollo de esa vida del amor y el deseo, acompañado del arte de Violante Visconti (sobrino de Visconti) donde descubrimos obras de arte, mapas históricos, muebles tradicionales e infinidad de libros, consiguiendo el hogar ideal donde historia y personajes se mezclan con detalle, y el audaz y ligero montaje de Walter Fasano (habitual de Guadagnino), que consiguen ese ambiente ideal, donde el amor nace y se reproduce, en el que el impecable trabajo de los intérpretes hace el resto, como la fresca y natural composición de Timothée Chalamet dando vida a Elio, Armie Hammer como Oliver, con la madurez y el cuerpo del joven estadounidense, que llega a la villa como una luz cegadora dispuesto a enamorar a propios y extraños, la ingenuidad y belleza de Marzia, la joven enamorada de Elio, interpretada por Esther Garrel (de familia cineasta) y los padres de Elio, interpretados por los siempre convincentes Michael Stuhlbarg y Amira Casar.

Guadagnino ha hecho una película bellísima, llena de sensualidad y amor, donde su ligereza y complejidad se mezclan de manera sencilla y sobresaliente, un retrato sobre el amor y sus consecuencias, sus dudas y tormentos, en el que sus más de dos horas de metraje se pasan como una brizna de aire, ese viento que acaricia nuestros sentidos, mientras nos quedamos absortos mirando como el sol se pone frente a nosotros, mientras baña de un caleidoscopio de colores en un nuevo día que se nos va, en el que nos trasporta a ese verano de estudio, de sol y frutas (como el melocotón que hace descubrir nuevas cosas del joven Leilo) de visitas a ruinas, de paseos en bicicleta que acaban en lagos solitarios donde dar rienda suelta a lo que sentimos, sin preocuparnos de lo que dirán, o esas fiestas nocturnas de borracheras y besos entre sombras, o ese deseo sexual inconsciente del primer polvo entre Leilo y Marzia, y sobre todo, el descubrimiento de lo desconocido, del primer instante que sentimos algo diferente por alguien, en el que el adolescente Leilo siente por Oliver, ese amor puro, de amistad, y sexual que sienten los dos jóvenes, sin más verdad que la que sienten, y sin más tiempo que el que tienen en ese instante, en el que hay noches eternas, donde es imposible dormir, abrazados para la eternidad en el verano del amor, en el verano de bañarse al amanecer o sentir que el mundo y el tiempo se han detenido, y sólo hay tiempo para el amor, para amarse y descubrir a la otra persona, su interior y a nosotros mismos, en un eterno balanceo de amor y sexo, de sentimientos que deseamos eternos, pero quizás la única eternidad es el instante que vivimos con intensidad.