Dogman, de Matteo Garrone

PERROS SALVAJES.

Aunque ya llevaba cinco títulos en su filmografía, fue con Gomorra (2008) un durísimo retrato sobre el hampa napolitana, basada en la novela de Roberto Saviano, inspirada en hechos reales, la película que catapultó el nombre de Matteo Garrone (Roma, Italia, 1968) a nivel internacional. Un cine que ya había dado muestras de su carácter indómito con retratos sobre inmigración y oscuras historias de amor y odio, ancladas en lugares de la periferia o alejados, donde van a acabar aquellos con pocos recursos o marginales, con historias protagonizadas por los más débiles, aquellos invisibles que se mueven entre la suciedad y lo más terrible de la sociedad, con un marcado estilo documental, donde el retrato de los personajes y sus vidas, se acaba fusionando con esos lugares casi ruinosos de sus ambientes, atmósferas duras, ásperas y sucias donde gentes humildes se relacionan con la gentuza más horrible de la sociedad. Un cine que recuerda a la fealdad y pesimismo del cine de Pasolini, donde sus personajes parece ser que tienen marcado un destino negro hagan lo que hagan. En Dogman, noveno título de su carrera, se centra en la vida de unos pequeños comerciantes instalados en las afueras de la ciudad, y más concretamente en uno de ellos, Marcello, un hombrecito enclenque y divorciado, que tiene una relación fraternal con su hija pequeña Alida, y regenta su peluquería canina, y mantiene una relación amable con sus vecinos también comerciantes. Aunque, hay algo que preocupa a Marcello y los demás, y tiene un nombre, Simoncino, una mala bestia que ha creado el terror en el lugar, adicto a la cocaína, que le proporciona Marcello, y con un carácter violento que asola el lugar y tiene muy preocupados a los comerciantes.

Garrone narra un cuento ético, sin moralina, sólo muestra unos hechos, y convoca al espectador para que se mantenga despierto y alerta, donde nos habla de manera sobria y concienzuda sobre las consecuencias de las elecciones en nuestras vidas, y cómo esas decisiones nos convierte en personas que odiamos, en la parte sombría de nuestra alma, y cómo el miedo y la confusión nos lleva a realizar actos impuros y deshumanizados, traicionando a aquellos que más queremos, y provocando terribles consecuencias para nuestras existencias. El cineasta italiano construye una película sobre lo peor de la condición humana, donde no hay esperanza ni salvación, o al menos hay muy poca, y muchos menos para todos. Un cine de personajes enfrentados con aquello más oscuro y terrible, donde la sociedad se vuelve más siniestra y feroz, en el que sobrevivir se convierte en la preocupación diaria, porque hay veces que la razón ya no vale, y la violencia es el único argumento para salir adelante, algo así como una huída por miedo a enfrentarse a esa bestia que cada día nos humilla y nos aniquila más.

Garrone plantea una película de atmósfera agobiante y brutal, que deja sin aliento, donde el tiempo siempre está nublado o lluvioso, con muy pocas horas de sol, con unos personajes que hacen sus típicos trapicheos ilegales para ganarse unos billetes, y que a veces acaban trasgrediendo los límites, y cuando se dan cuenta ya es demasiado tarde. Una trama construida a través de dos ambientes, la primera, observamos la vida cotidiana de Marcello y los demás comerciantes de la zona, con esos momentos tiernos y agradables de Marcello con su hija, planeando viajes que my probablemente nunca realizarán o sí, y luego, tenemos la presencia inquietante y violenta de Simoncino, que se encuentra desatado y sus actitudes violentas van a más, un mundo sórdido y brutal, donde la película vuelve a los ambientes del hampa napolitana de Gomorra, donde traficantes, ladrones y gentuza de la misma calaña, pululan por la vida de Simoncino, y por la de Marcello, a veces a su pesar, cuando el gigante lo mete en sus negocios turbios, porque cada día quiere más, y nunca tiene suficiente.

El cine de Peckinpah, y sus personajes atrapados en la violencia y con esos destinos fatales cargados en su pasado y conciencias, fatalidades de las que no pueden escapar, sería un fiel reflejo al que se mira Garrone, donde la violencia siempre se desata de forma muy violenta y las consecuencias siempre son trágicas, como la espiral violenta que narra el director italiano, que va in crescendo, sin nada ni nada que pueda evitarla, donde cada acto en apariencia inocente, se vuelve turbio y cruel, con la magnífica metáfora de esos perros enjaulados que asisten atónitos a toda la maldad humana. Garrone narra con dureza y contención una venganza, un combate a muerte entre el hombre bueno y la bestia violenta que ataca su mundo humilde y sencillo, en el que sobresalen las dos magnificas interpretaciones de la pareja en cuestión. La cuidada y contenida interpretación de Marcello Fonte (un actor que había trabajado con Scorsese o Scola, entre muchos otros) se convierte en el centro de la trama, bien acompañado por su contrincante en estas lides, el enorme y violento Simoncino, una mala bestia suelta y peligrosa al que da vida Edoardo Pesce, convirtiéndose en un enemigo a la altura de la composición de Fonte. Dos grandes trabajos que nos llevan de un lado al otro, de un extremo a otro, donde ya nada tiene regreso, donde siempre se va hacia adelante, con extrema violencia, en este cuento moderno sobre la amistad, las zonas oscuras del alma, las decisiones que tomamos, y sobre las jaulas que nos inventamos, nos creamos y esas vidas que no llevamos por miedo o por desilusión.

 

 

Entrevista a Carlos Vermut

Entrevista a Carlos Vermut, director de la película «Quién te cantará». El encuentro tuvo lugar el martes 23 de octubre de 2018 en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Vermut, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Nadia López y Ainhoa Pernaute de Caramel Films, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Eva Llorach

Entrevista a Eva Llorach, actriz de «Quién te cantará», de Carlos Vermut. El encuentro tuvo lugar el martes 23 de octubre de 2018 en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Eva Llorach, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Nadia López y Ainhoa Pernaute de Caramel Films, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Carme Elías

Entrevista a Carme Elías, actriz de «Quién te cantará», de Carlos Vermut. El encuentro tuvo lugar el martes 23 de octubre de 2018 en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carme Elías, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Nadia López y Ainhoa Pernaute de Caramel Films, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Quién te cantará, de Carlos Vermut

LA PIEL DEL OTRO.

“Somos nuestra memoria, somos ese museo quimérico de formas cambiantes, ese montón de espejos rotos.”

Jorge Luis Borges

Hay una especie de aroma que impregna el cine de Carlos Vermut (Madrid, 1980) invisible a nuestros ojos y difícil de describir y mucho menos de desvelar, que nos atrapa de manera hipnótica, sumergiéndonos en ese universo de formas y texturas invisibles, de gestos y miradas de otra dimensión, como si pudiéramos reconocernos en algunos elementos, aunque en otras ocasiones, asistimos a una serie de acontecimientos que nos revelan más de nosotros mismos de lo que quisiéramos. Un cine construido desde el alma, desde las entrañas de un creador fascinante y revelador, que consigue transmitirnos el miedo y el dolor de unos personajes heridos y a la deriva, criaturas que siempre están buscando algo o alguien, y en muchos casos, esa búsqueda, física y emocional, arrastrando un pasado doloroso, que les lleva a sumergirse en mundos oscuros, dolorosos y sobre todo, terroríficos, donde las más bajas pasiones del alma se apoderarán de esos entornos y espacios vacíos y carentes de alma. Ya demostró sus buenas dotes de narrador visual con la fantástica y enigmática Diamond Flash (2011) una cinta filmada con escasos medios, pero ataviada de una factura y narrativa visual de extraordinario poderío, en la que nos retrataba a cinco mujeres perdidas y rotas que andaban tras de algo, un conflicto que las relacionaría con un complejo personaje que recibía el nombre del título de la película. Tres años después, y con una producción profesional, nos regalaba Magical Girl, que se alzó con la Concha de Oro de San Sebastián, un gran premio que venía a corroborar el estilo y la profundidad del cine de Vermut, en una historia que nos sumergía a los infiernos particulares de tres personajes que se cruzaban en un oscuro y penetrante cuento de dolor y miedos.

Ahora, cuatro más tarde, conoceremos los destinos de cuatro mujeres en Quién te cantará, cuatro almas heridas, cuatro criaturas que parecen existir en esos mundos complejos y oscuros de los que tanto le gusta acercarse al director madrileño. La cinta dividida en tres partes, arranca con Lila Cassen, una cantante que no canta, lleva diez años sin hacerlo, que se recupera de un accidente, alguien que ha olvidado quién era, alguien que tiene que tiene que volver a recordar quién fue, alguien que ha olvidado sus canciones y sobre todo, su vida. Lila obligada por su manager y casi madre, Blanca, acepta prepararse para volver a cantar con la ayuda de Violeta, donde arranca la segunda parte de la cinta, donde conoceremos la existencia de Violeta, una frustrada cantante que tuvo que dejar de hacer su pasión siendo una adolescente ya que nació su hija Marta, una rebelde y amargada hija, que no entiende que su madre le tenga rencor por abandonar su vocación. Violeta se sacude su amargura vital trabajando las noches en un karaoke donde imita a Lila Cassen. En el tercer segmento, Vermut nos habla del encuentro de Lila y Violeta, donde una, Violeta, ayudará a Lila a volver a ser Lila, a cantar sus canciones y a imitar sus movimientos, envueltas en esa enorme casa con el rumor del mar presente, rodeadas del aroma del peso del pasado, los ausentes y las vidas no vividas.

La película se mueve entre las sombras, entre espíritus que vagan sin rumbo a la espera de saber quiénes son y seguir hacia algún lugar mejor, en una madeja de identidades y vidas pasadas, personajes que viven una existencia extraña, como si otros les hubieran robado el alma y viviera por ellos, que sintiera por ellos y fuera feliz por ellos, unas vidas sin paz, en continuo movimiento haciendo cosas por hacerlas, imbuidas en la desazón y la amargura, recordando un tiempo donde sí que fueron ellas, un tiempo imposible de olvidar, pero lejano en el tiempo, como si el recuerdo que les viene fuera de otro, como impostado, de una vida que recuerdan pero no pueden detallarla. Vermut es un director de atmósferas y espacios, sabe sumergirnos con suavidad en sus universos sin tiempo, en esos enredos argumentales de manera sencilla, en el que se toma su tiempo para construir el conflicto, moviendo a sus personajes en una especie de laberinto emocional y físico hasta llegar a esa catarsis donde todos ellos encontrarán alguna cosa, algo diferente pero no aquello que esperaban o creían encontrarse.

El cineasta madrileño disecciona nuestras emociones como si fuera un cirujano preciso, a través de esas imágenes que siempre encierran un enigma, con esa luz cegadora y anímica (grandioso el trabajo de Edu Grau, que ya había firmado a autores tan diversos como Albert Serra, Rodrigo Cortés o Tom Ford) una luz que recuerda el aroma del cine de Antonioni, donde realidad y sueño o pesadilla se fundían en unos personajes que acaban perdidos en su propia identidad, o la excelente música de Alberto Iglesias, en la que nos embulle hacia ese mundo oscuro y cegador en la que pivota toda la trama de la película, creando ese universo cotidiano pero lleno de fantasmas, de sombras que nos envuelven a la luz del sol. Vermut coloca con maestría a sus personajes en el cuadro, solitarios y a la expectativa, como criaturas a la espera de algo, de alguien, pero atormentadas psicológicamente, sin ningún atisbo de mejoría, sólo esperando a que las circunstancias, aunque en la mayoría de los casos, saben que continuarán así, como siempre, en ese eterna espera, amarga y sin futuro.

Unas secuencias que van de un género a otro, con el cambio de encuadre, en el los géneros se mezclan y fusionan, con una simplicidad maravillosa, con unos diálogos escuetos, brillantes y laberínticos que sacuden nuestra alma y convierten a sus personajes en enigmas a descifrar, donde cada palabra que sale de sus bocas parece destinada a provocarnos más rompecabezas en nosotros mismos. Unos personajes que se mueven como almas sin descanso por unos espacios amplios y llenos de luz, pero que no parecen acogerlos, como si nos lo reconociesen, como si fueran de otro. Los referentes en Vermut son amplios y diversos, empezando por clásicos del estilo de Eva al desnudo o a través del espejo, con personajes con identidades falsas reflejados en espejos deformantes, pasando por el cine psicológico de los sesenta, con esos personajes propios de Bergman o Antonioni, perdidos y alejados de la realidad y de su propia realidad, que desconocen de cual se trata, que buscan sin saber que buscan, y viven sin saber qué hacer, incluso el cine de Jess Franco, con esas texturas y colores, y esas mujeres heridas y amnésicas perdidas en la inmensidad, o el cancionero popular español, donde caben lo más clásico, lo moderno, y lo kitsch, pasando por los personajes femeninos atormentados e inadaptados de Sirk, Fassbinder o Almodóvar, en la que es tan importante lo que hacen cómo lo que no, en una profunda disección de esos mundos interiores, almas rotas que buscan amar y qué las amen, aunque sea por última vez.

Otro de sus elementos destacados son sus intérpretes, con una fantástica amnésica y perdida Najwa Nimri (que además compone muchas de las canciones que se escuchan) bien acompañada por la magnífica revelación de Eva Llorach, en las tres películas de Vermut, con un personaje llamado Violeta, como el que hacía en Diamond Flash, que buscaba a su hija desaparecida, aquí, otra madre con problemas con su hija, pero en otro contexto, un alma amargada por aquel tren de la música que dejó pasar, aunque ahora la vida le da otra oportunidad, bien secundadas por una elegante y maravillosa Carme Elías, con el papel de Blanca, como la madrastra del cuento, un ser que necesita las canciones de Lila para mantener su status de vida, y finalmente, Natalia de Molina como Marta, esa hija adolescente no querida de Violeta en esa edad difícil y compleja. Vermut ha logrado una película magnífica, envolvente y brutal, manejando espacios que podríamos relacionar con el drama, el thriller o lo romántico, que agarra al espectador durante sus más de dos horas de metraje, para llevarlo de su mano por ese mundo fascinante y atroz, por esos universos cálidos y terroríficos, por esas vidas rotas y ajadas que siguen respirando sin vivir, que miran sin mirar, y sienten por sentir sin saber qué sienten.

Burning, de Lee Chang-Dong

¿PUEDES VER LAS MANDARINAS?.

“Todos los animales y objetos en este universo son el HAMBRE GRANDE. Las estrellas en el cielo nocturno tiemblan porque están haciendo la Danza del HAMBRE GRANDE, conscientes de que se desvanecerán y su luz morirá. El rocío de la mañana es la lágrima derramada por las estrellas”.

(Cita de un Bosquimano del desierto de Kalahari)

El cine de LeeChang-Dong (Daegu, Corea del Sur, 1954) se centra en pocos personajes, sus historias suelen estar protagonizados por hombres o mujeres que se relacionan con alguna persona que otra, y en ambientes cotidianos y reducidos. Un cine basado en la psicología de sus personajes, sus miedos, inseguridades y demás aspectos humanos, a los que el cineasta surcoreano despeja de cualquier sentimentalismo, para someterlos en relatos donde alguna herida que otra los sacude emocionalmente, y los lleva a enfrentarse a su entorno, tanto emocional como físico, y sobre todo, a ellos mismos. Cuentos contemporáneos sobre la realidad política, social y cultural de Corea del Sur, protagonizados por personajes que, en muchos casos sobreviven instalados en una realidad anodina, vacía y sin futuro, una realidad que Cang-Dong describe con mimo, con reposo y haciendo gala de un uso extraordinario del tempo cinematográfico, donde convierte aquello cotidiano en un verdadero enigma para el espectador, en el que a través de una precisión absoluta de la forma, envuelve a los espectadores en aventuras urbanos o rurales donde los sentimientos dirigen las emociones oscuras y maltrechas de sus protagonistas.

En su quinto largometraje, basado en un cuento de 20 páginas de Haruki Murakami titulado Quemando graneros, que en la película se ha traducido con el nombre de quemando invernaderos (que adopta el título de una novela corta de Faulkner) con reminiscencias argumentales en la película. Chang-Dong convierte el exiguo relato de Murakami (un maestro en construir misterios a partir de pocos elementos anclados en la cotidianidad más absoluta) en una película  de 148 minutos, en la que nos sumerge pausadamente, sin prisas ni aspavientos misteriosos ni sentimentales, en un relato fuertemente psicológico protagonizado por Jongsu, un joven repartidos a tiempo parcial que, un día como otro cualquiera, se reencuentra con una antigua vecina de su misma edad llamada Haemi. Los dos empiezan a verse y se acuestan. Un día, Heami que tiene que viajar a África a conocer las tradiciones ancestrales de los bosquimanos, le pide a Jongsu que cuide de su gata “Caldera”. Mientras la joven está ausente, Jongsu acude a su piso y le deja comida al felino que nunca veremos, aunque si tendremos rastros de su existencia o no. Cuando vuelve Haemi, viene acompañada de un chico misterioso que responde al nombre de Ben, un tipo engreído y riquísimo que apenas explica nada de su vida, amén de enseñar su lujoso piso y automóvil. Entre medias, Jongsu ha vuelto a su pueblo, ya que su padre está en la cárcel por un altercado con un funcionario, y tiene que cuidar de un ternero que no consigue vender.

Este vértice singular y poco convencional irán encontrándose y dialogando entre ellos, en que el misterio se irá apoderando de su extraña relación, y sobre todo, del relato que nos cuenta Chang-Dong, y construyéndolo de un modo sencillo y absorbente, casi sin darnos cuenta, apreciándolo suavemente, con momentos magníficos como el par de bailes inolvidables sobre todo el segundo, en el patio de la casa de Jongsu que se marca una Haemi con los pechos al aire al atardecer, imitando la danza africana de “Los grandes hambrientos”. Aunque, esa aparente armonía del trío un día se zanjará de forma brusca y sorprendente cuando Haemi de forma inesperada desparece sin dejar rastro. En ese instante, la película cambia de forma, color y textura, lo que hasta ese momento había sido una reflexión concienzuda sobre los jóvenes surcoreanos y la juventud en general, sobre sus desesperanzas en una sociedad cada vez más individualista y sin futuro, con relaciones esporádicas y líquidas (como mencionaba Bauman), se convierte en una película donde el thriller se apoderará del relato, pero huyendo de los convencionalismos del género, en el que Jongsu empieza una búsqueda incesante de Haemi (que recuerda al aroma de las tramas psicológicas y misteriosas de Antonioni y esos personajes que deambulan y hablan, peor que no sabemos absolutamente nada de sus existencias) la que parece haberse esfumado por completo, en el que comenzará a seguir al enigmático Ben, que cada vez se vuelve más oscuro e impenetrable, si cabe, frecuentando sus amigos y otra novia.

Su vida envuelta en el misterio se irá desvelando a través de la mirada de Jongsu, porque la película juega admirablemente, no solamente con el enigma de la desaparición de Haemi, sino con el propio enigma cinematográfico, mostrándonos aquello que va descubriendo o imaginando Jongsu, en un laberíntico y brutal juego de espejos donde el misterio se adueñará de la trama y comenzará a sacudirnos de forma psicológica, a medida que Jongsu va aclarando el entuerto o no, porque Chang-Dong nos cuenta las pesquisas del joven de forma extraordinaria, con ese ritmo pausado, donde todo lo miramos con Jongsu, aunque dudaremos de sus investigaciones, sus argumentos y sobre todo, su enigma, porque la película no toma posición por nada ni nadie, dejará que nosotros los espectadores tomemos esa posición, imaginándonos que ha sucedido con el destino de Haemi, a través de todo aquello que se nos ha ido desvelando a lo largo de los 148 minutos de metraje.

El cineasta surcoreano consigue con escasos elementos extraídos de la más absoluta cotidianidad, introducirnos en un gran misterio, que nos atrapará inexorablemente, sin dejarnos respiro ni descanso, llevándonos por esas calles al estilo de Vértigo, de Hitchcok, donde Jongsu sigue el automóvil de Ben, o dejándonos caer por el piso ordenado de Haemi, que será todo lo contrario como lo había dejado en su anterior viaje, o encontrándonos con familiares o conocidos de Haemi que nos irán informando o no sobre Haemi y su entorno, tan misterioso como la existencia de Ben, y nos llenarán de dudas a cada paso que vamos dando, a la par que Jongsu, nuestro guía en la película, dándonos pistas fiables o no, como el relato enigmático de Ben cuando explica a Jongsu que su afición es quemar invernaderos, y Jongsu empieza una carrera casi a contrarreloj investigando los invernaderos abandonados de su vecindario.

Chang-Dong añade elementos como la pantomima, la gata, el reloj de pulsera rosa o la caída del pozo, todos misterios o no, presencias y ausencias, que formarán parte de ese imaginario real o no, de la verdad que describe o no la película, a través de cada uno de sus personajes, donde parece que lo importante no es saber si estás viendo o no las mandarinas, lo importante está en si piensas que realmente existen las mandarinas que no estás viendo) que parecen llevarnos a pensar en unas situaciones, pero no de forma clara y concisa, sino de una manera diferente, como si la desaparición de Haemi fuese imaginaria o real, nunca lo sabremos a ciencia cierta, o formase parte de la imaginación de Jongsu, escritor en ciernes, en busca de algo interesante que contar, todos los caminos son válidos o no, o simplemente la película es un retrato sobre las apariencias, las verdades de todo color o forma, y el enigma es simplemente una excusa, una especie de macguffin que nos hace movernos de un lugar a otro, y todo forma parte de nuestra mente, imbuidos en un estado de hipnosis en el que la película y lo que cuenta nos ha llevado sin remedio. Todos las ideas son válidas o no.

 

Climax, de Gaspar Noé

DANZAD, DANZAD, MALDITOS.

“La existencia no es más que una ilusión efímera que todos nos llevamos a la tumba.”

Gaspar Noé

El espectacular y rompedor arranque de la película con los cuerpos de los bailarines danzando al ritmo adrenalínico y frenético de la música, con esa cámara suspendida en el aire que va recogiendo todos sus movimientos a velocidad de crucero, sometiendo a los espectadores en una vorágine brutal y llena de energía que nos deja completamente hipnotizados con su sonio y ritmo. Una apertura de estas características deja muy claras las intenciones de Gaspar Noé (Buenos Aires, Argentina, 1963) de proponer un viaje hipnótico y sensorial a través de la música, en el que tenemos que dejarnos llevar, dejar de lado la racionalidad y que nuestro subconsciente nos guié por ese mundo de sensaciones y de espiritualidad. El cineasta argentino afincado en Francia no hace un cine complaciente y cómodo, sino todo lo contrario, nos sumerge en relatos cotidianos en apariencia, que a medida que avanza el metraje, se irán radicalizándose, en el que sus personajes se sumergirán en un laberinto emocional y complejo donde la violencia más extrema y brutal hará acto de presencia, destapando las partes más oscuras de la condición humana.

Y si esto fuera poco, Noé echa mano de un virtuosismo formal muy radical, marca de su cine, en el que sus planos retratan de forma cruda y realista todo aquello que ocurre, con encuadres imposibles y extremos, en el que capta todos los puntos de vista de los personajes, y sobre todo, sus estados de ánimos, como si la cámara fuese el alma del personaje, moviéndose y captando todo aquello que desprende su interior, siguiendo con crudeza y suciedad todas las acciones violentas y durísimas que viven sus criaturas. En Climax empieza con ese prólogo donde los bailarines hablan a la cámara en una especie de casting sobre sus ilusiones y miedos, para luego pasar al brutal baile de apertura de la película y a la fiesta que vendrá a continuación, donde veremos a los bailarines bailando sin descanso al ritmo de la música en directo, que no dejará de sonar en todo el metraje, también, iremos conociendo las relaciones personales entre ellos, con ese vocabulario de la calle, donde hablan de sexo, alcohol y drogas, entre otras cosas sobre pasarlo bien y disfrutar de la vida.

Estamos a mediados de los 90, la música electrónica y dance francesa es la más rompedora del planeta, con grupos como Daft punk a la cabeza, en un recóndito lugar alejado de todos y todo, en una historia real como nos anuncian en los títulos del inicio de la película, en los que hay alguna que otra broma y nos dan paso al ambiente festivo y alegre que recorre una parte de la película. Noé ha reclutado a un buen puñado de bailares profesionales, encajando su película en un solo espacio, con el epicentro de la sala de baile, en el que podríamos reconocer el Cielo o el Paraíso, donde la danza transporta a todos los jóvenes a sus lugares y estados favoritos, llenos de luz y paz, después pasaríamos a los pasillos y otros espacios, con sus habitaciones, donde entraríamos en una especie de purgatorio, en el que cada uno de los personajes penetra en sus lugares ocultos y personales, donde estallan las diferentes tensiones y conflictos, y por último, nuevamente la sala de baile, ahora convertida en el Infierno, donde todo ha cambiado, en el que cada uno de ellos ya no es el mismo, está poseído por algo, en una especie de trance demoniaco en el que la construcción del inicio ha dejado paso a la destrucción de uno mismo y los de sus alrededor, en un estado zombie de almas desterradas, perdidas y llevadas por el delirio más infernal.

Noé parte su película en muchísimos trozos, aunque podríamos diferenciar un par, en el primero, todo es fiesta, alegría y baile, y en el segundo, después que se dan cuenta que la sangría estaba dopado con un potente LSD, donde cada uno de los personajes se mueve de un lugar a otro de forma anormal, como poseídas por algo, donde sus actos ya no obedecen a la consciencia, sino a otros espíritus, en el que los actos sinsentido y violentos se irán sumando, sin descanso, donde la cámara de Noé, testigo de toda esta locura y paranoia, representará todo estos actos y escenarios de manera inquieta y terrorífica, colocando el punto de vista al revés, y a ras del suelo, en el que nos iremos tropezando con jóvenes arrastrándose por el piso, manteniendo sexo, gritando, rasgándose el cuerpo y la ropa y moviéndose con extrema dificultad, en un estado de trance psicotrópico, donde todo está abierto en canal a lo más oscuro y brutal, en una bacanal de sexo, violencia y horror absolutos, donde la fiesta se convierte en pesadilla, y donde cada uno de los jóvenes se trasnforma en el peor de sus miedos y monstruos. Noé nos habla a la cara, de frente, sin tapujos ni vericuetos, y nos somete a su película, en este viaje psicodélico, para que seamos testigos y vivamos una experiencia algo parecido a lo que viven sus personajes, introduciéndonos en este malvado y cruel descenso a los infiernos, en el que cada uno de nosotros experimentará la película de formas y conceptos realmente muy personales, donde su radicalidad visual ya argumental, gustará más o menos, pero indiferente no dejará a nadie que se atreva a acercarse a este emocionante y sangrante cruce entre drama, terror y paranoia social.

Aprendiendo a vivir, de Matan Yair

ENTRE DOS MUNDOS.

En la primera secuencia de la película vemos al padre de Asher asando unos trozos de carne que empareda en un pan y se lo da a Asher, en compañía de los obreros subordinados del padre de Asher. Ese leve gesto de padre a hijo, y luego las palabras de orgullo del progenitor, dejan claro que el padre ya mayor quiere a su hijo como sucesor de la empresa de construcciones. Aunque, Asher que tiene 17 años y está en puertas de los exámenes de final de instituto, parece no tener claro qué camino seguir. La primera película de ficción de Matan Yair (Jerusalén, Israel, 1977) tiene sus cimientos en una historia real, la vida por Asher Lax que se interpreta a sí mismo en la película, dando vida a un chico que vive entre dos mundos, ser fiel a su padre y heredar el negocio de la construcción y pasarse la vida entre andamios, o por otra parte, seguir con los estudios y labrarse un porvenir por su cuenta y riesgo. Yair sigue el cogote de su personaje que se va moviendo en un ambiente, el de las obras y el instituto que nada tienen que ver, el chico algo rebelde encuentra en la sabiduría y la comprensión de Rami, un profesor de literatura al que aprecia, un ancla en el que apoyarse y decidir su futuro.

El cineasta israelí se sumerge en un retrato de la cotidianidad de un chico de 17 años, que está en un cruce de caminos, ese en el que todos nos hemos enfrentado en un momento de nuestra vida, durante el último año de instituto en el que tenemos que decidir hacia adonde se encaminarán nuestros deseos vitales e incertidumbres, ese espacio en el que debemos afrontar nuestro propio destino, dejando atrás la infancia y enfrentándonos a la experiencia de ser adulto y decidir nuestra propia vida. El cineasta hebreo adopta la mirada imparcial, esa mirada del que retrata un misterio y dejará las conclusiones al espectador, al que continuamente lo está interpelando entre las relaciones de Asher con su padre, y sobre todo, con su profesor. Asher parece alguien difícil y complejo de tratar, pero quizás solo necesita algo de cariño y una mirada cómplice que le ayude a tomarse su tiempo y decidir con claridad y convicción. La película está enmarcada en la inmediatez, en esos pocos días donde todo sucederá, Asher se examinará, mientras tiene que tomar las riendas del negocio familiar mientras el padre se encuentra convaleciente, y además, una difícil situación llegará a la vida de Asher en la que deberá lidiar como buenamente pueda.

Ese andamio al que se refiere el título original de la película (Scaffolding) se erigirá como símbolo de la seguridad y la vida trazada que desea el padre para Asher, y también, de esa vida en construcción de Asher, aunque éste no lo ve nada claro, y además, todo su mundo parece ya decidido, situación que Asher todavía no quiere plantearse y menos aún tomar una decisión. Yair impone la mirada neorrealista a su retrato, donde todo sucede de manera vertiginosa, en el que la cámara recoge todos los acontecimientos de manera documental, con la compañía extraordinaria de unos intérpretes en estado de gracia, empezando con la inmensa y prodigiosa labor del debutante Asher Lax, que no solo se interpreta a sí mismo de forma extraordinariamente convincente, sino que además, ofrece una gama de registros magnífica, ejerciendo de timón y verdadero protagonista del filme, a su lado, Ami Smolartchik como el profesor que ejerce como ese padre que escucha a su alumno, conociendo su actitud y sobre todo, esos estados de ánimo de rabia y hostilidad que muestra Asher cuando las cosas se tuercen o los demás profesores y las estrictas normas del instituto parecen ir en contra de sus necesidades y derechos.

Una película que respira el aroma de esos dramas ásperos y cotidianos de buena parte del cine británico firmado por los Leigh, Loach o Frears, bellos y duros retratos de chicos difíciles en ambientes hostiles, tanto familiares como sociales, que otros cineastas de la altura de los hermanos Dardenne han seguido una línea parecida tanto a nivel formal como estructural. Ayir plantea una película que se sumerge en las grandes cuestiones sobre la vida, nuestra identidad y nuestro camino a seguir, retratando a personajes que deben decidir, personajes que necesitan saber algunas respuestas para saber qué hacer con su existencia, aunque como explica con seriedad y honestidad la película, ni el cine es capaz de contestar a tales preguntas, y en cambio, si tiene herramientas interesantes y psicológicas para retratar a esos personajes que si se hacen las preguntas pertinentes, porque, al fin y al cabo, esas cuestiones existencias solo se las puede responder cada persona a través de su experiencia vital, aunque en muchos casos, nunca podrán ser respondidas, porque no conseguiremos conocer los grandes dilemas de nuestra propia existencia y nuestro lugar en el mundo.

El Reino, de Rodrigo Sorogoyen

LAS MISERIAS DE LOS PODEROSOS.

En El Padrino, Coppola y su guionista, Mario Puzo, tuvieron en cuenta un detalle muy importante para su película, un detalle  que consistía en que su minuciosa y magnífica descripción sobre el clan familiar de oscuras actividades y métodos, ningún personaje debía pronunciar nunca dos términos, las palabras mafia y gánster. Rodrigo Sorogoyen (Madrid, 1981) y su guionista, Isabel Peña, también se propusieron un elemento muy importante para su película, en ningún momento se hablaría del nombre del partido político, ni de su ubicación geográfica, y sobre todo, todos los nombres serían ficticios. Pero al igual que pasaba en la monumental película de Coppola, no hace falta decirlo, porque todos los espectadores sabemos de quién o quienes se está hablando. El cuarto largometraje de Sorogoyen, el tercero en solitario, es un magnífico y punzante thriller político, que sigue la pesadilla de Manuel López Vidal, uno de esos vicesecretarios autonómicos de un gran partido nacional que vive a cuerpo de rey junto a sus “colegas” de formación, una vida de lujo y derroches dentro de una estructura fraudulenta que se basa en el blanqueo de capitales, recalificaciones de terrenos, intercambio de favores a los empresarios de turno y viajecitos a Madrid para seguir maniobrando toda esta trama de mentiras, corrupción y malversación. Aunque, todo este mundo de las maravillas se zanja de pronto, cuando la policía detiene a uno de ellos, a Paco, íntimo amigo de Manuel, todo el grupo se pone nervioso, empiezan las carreras por los pasillos, los sudores fríos, y los tejemanejes entre los diferentes integrantes del partido para manejar el escándalo, llamadas a Madrid, visitas de soslayo a los “colegas”, y demás, movimientos entre unos y otros para salvar el pellejo.

Sorogoyen que ya demostró en su anterior película Que Dios nos perdone (también escrita con Peña, con la que ha elaborado sus tres películas en solitario) su habilidad para describir con gran acierto los momentos de tensión y adrenalina de un par de polis a la caza de un asesino en el Madrid del 15-M lleno de gente y angustioso calor. Ahora, sigue el cogote de Manuel, el chico elegido para suceder al Presidente autonómico, pegando su cámara como su sombra en su espiral de supervivencia política y vital, en el que la música electrónica nos acompaña sacudiéndonos por todas esas calles, pasillos de oficinas y demás espacios, donde el perseguido se mueve sin aliento, sufriendo como nunca, intentando tejer una mano amiga, cuando todos le han dado la espalda, discutiéndose a gritos con aquellos que hasta ayer eran sus amigos del alma en el partido, con todos esos que se han aprovechado de sus negocios oscuros y negros.

Sorogoyen impone un ritmo frenético, no hay tregua ni descanso, la adrenalina de Manuel va a mil por hora, a punto de estallar, en esta pesadilla sobre la soledad de un tipo que quiere salvar el culo cuando todos le han dado la espalda, cuando nadie quiere caer, en ese momento en que los que creías tus “hermanos” dejan de serlo y ni nadie ni el partido te ayudan en salir del atolladero, por imagen, por votos y por soberbia. El retrato de las miserias de los que se creen amos de todo aquello que les rodea es punzante, admirable y enérgico, no se salva ni Dios, todos tienen mucho que callar y aún más que ocultar, a ellos mismos, al partido y la opinión pública. El cineasta madrileño consigue imbuirnos en este torbellino de miseria y corrupción, llevándonos a una velocidad de crucero por todo ese mundillo de mentirosos, de documentos comprometedores, de miradas juzgadoras, de micrófonos ocultos, de desinformación, y sobre todo, de no saber en quién confiar, con momentos que recuerdan al mejor Scorsese de Uno de los nuestros o Casino, en los que sus personajes se mueven en un estado de velocidad malsana, moviéndose a toda mecha de un sitio a otro, y desconfiando de todos, incluso de ellos mismos, en la mejor tradición del thriller americano de los 70, con los Pollack, Pakula y Lumet retratando las miserias de los poderosos, de esos que se creen impunes y benefactores, cuando las cosas van viento en popa y a toda vela, y malvados, muy malvados, cuando las cosas se tuercen y los jefes y los periodistas piden cabezas y las quieren ya.

Aunque muchos otros recordarán otro de los espejos de El Reino,  la serie Crematorio (2011) de Jorge Sánchez-Cabezudo, donde se describía un empresario valenciano, interpretado por Pepe Sancho, y sus sucios tejemanejes para amasar una indecente e ilegal fortuna. El Reino es un una película que se maneja en esos ambientes ocultos, esos lugares donde se esconden los materiales comprometidos (como esa casa de Andorra, no podía ser otro lugar, donde se guardan tantos documentos que hablan de tantos y sin tapujos) esas atmósferas llenas de mierda y basura, donde ya nadie está a salvo, como esa secuencia del balcón, llena de fuerza y brutalidad, donde se ponen las cartas sobre la mesa, donde todo vale y cada uno quiere salvar su pellejo. Sorogoyen cuenta con un guión de órdago, retratando todas esas miserias, de unos y otros, donde nadie se salva, donde todos siguen a los suyo, donde unos caen y otros se salvan y continúan ayudando al país mientras se llenan sus bolsillos.

Mención aparte tiene su buen plantel de intérpretes encabezados por Antonio de la Torre (que ya estuvo en Que Dios nos perdone) ahora perfecto en ese traje en un cambio drástico a lo D. Jekyll y Mr. Hyde, que pasa de ser el chico ideal al apestado del que todos huyen, con su capacidad para tratar ante tamaño asunto, moviéndose con ese estado de nervios a punto de estallar, metiéndose en esa espiral de mierda y violencia que parece no tener fin, a su lado, Mónica López interpretando a su esposa, apoyo incondicional pero que irá teniendo las dudas comprensibles de todo y todos, Josep María Pou como el Presidente autonómico, elefante de la política y sereno, sabiendo que unos caerán y todo seguirá igual, o esa periodista que hace Bárbara Lennie, que ataca sin piedad a los políticos corruptos aún sabiendo que ella sigue siendo parte del sistema podrido, y una buena retahíla de intérpretes como Nacho Fresneda, Ana Wagener como la Presidenta del partido en Madrid (“La Ceballos”, que todos recordarán como aquella que parecía conocerlo todo y se reía de todos) Luis Zahera y Andrés Lima, entre otros, todos asumen su papel en una película llena de entresijos y laberintos sin salida, en el que Sorogoyen se destapa como un grandísimo realizador, en el que todas sus piezas acaban encajando con eficiencia y fuerza, hablándonos de frente sobre muchos métodos que rigen en la política de este país, y que desgraciadamente, continuarán por los restos de los restos, con el beneplácito de unas leyes que más que condenarlos, parecen alabarlos, y dejando que todo siga igual, a pesar de todo, haciéndonos creer que la política funciona de esa manera, como si cumplir la ley y ayudar a las necesidades de los ciudadanos fuese una cosa de la que se habla, pero nunca se hace nada.


<p><a href=»https://vimeo.com/281609209″>TR&Aacute;ILER EL REINO</a> from <a href=»https://vimeo.com/dypcomunicacion»>DYP COMUNICACION</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

El reverendo, de Paul Schrader

DIOS Y LA FE.

Todos los personajes que ha escrito Paul Schrader (Grand Rapids, Michigan, EE.UU., 1946) a lo largo de su carrera tienen en la religión su consuelo o tormento, o ambas cosas a la vez, elemento esencial en su cine, ya que el cineasta creció bajo una férrea fe calvinista, donde Dios está por encima de todas las cosas. Ernest Troller es un pastor de la iglesia de la First Reformed (que recoge el título original de la película) y no es asunto baladí, ya que el conflicto del sacerdote tiene mucho que ver con su pérdida de fe y su cuestionamiento como representante de Dios, como le ocurrió a Jesús. Troller es un personaje atormentado, ya que cuando era capellán del ejército, instigó a su hijo a ir a la guerra de Irak, donde fue asesinado. Ahora, se ha refugiado en la iglesia protestante y entre asuntos meramente cotidianos, se prepara para festejar el 250 aniversario de la orden. Pero, todo va a cambiar un día, cuando Mary, una de sus pocas feligresas, le pide ayuda para que hable con su marido, un ecologista radical que acaba de salir de la cárcel. Un chico que sufre por el futuro del planeta y no encuentra la paz interior ni con su futura paternidad. Estos encuentros llevarán al sacerdote a una profunda tensión entre su fe y las razones de su existencia, desenterrando sus traumas pasados y situándolo en una situación de graves conflictos emocionales que le harán encerrarse en sí mismo.

Schrader sitúa su relato en uno de esos pueblos del estado de Nueva York, donde parece que todo es armonía y tranquilidad, pero que en el interior de las casas se cuecen todos los problemas que desde fuera ni se ven ni se percatan. El cineasta de Michigan es un maestro en crear esas atmósferas frías y vacías (donde la luz neblina y siniestra de Alexander Dynan contribuye y de qué manera a crear ese universo tétrico y sin alma que recorre toda la película) y en construir personajes que arrastran pesadas cargas emocionales que los condicionan en su cotidiana y miserable existencia, como le ocurrían a los Travis Bickle, el taxista veterano del Vietnam de Taxi Driver, o el Jake La Motta, el boxeador empeñado en fastidiarse la vida,  Julian Kaye, el prostituto masculino agobiado por su posición social, Wade Whitehouse, el policía mísero que daña todo lo que toca, entre muchos otros, personajes marginados, autodestructivos, faltos de fe, frustrados sexualmente, y sobre todo, inadaptados, que les cuesta construir su espacio y vivir como los demás, porque no encajan y odian una sociedad hipócrita y falsa que les ha tocado vivir.

Los antecedentes de Ernest Troller podríamos encontrarlos en los personajes de Jesucristo que interpretaba Willem Dafoe en La última tentación de Cristo, de Scorsese, donde el elegido se convierte en humano, con sus cuestionamientos sobre la fe, sus dudas y pulsiones lujuriosas, y también, en Juvenal, el protagonista de Touch (1997) que dirigió Schrader, donde encontrábamos a un joven con poderes extraños para sanar al que se le acercaban personajes de toda índole. Dos almas diferentes, dos almas con dudas, dos almas perdidas que no encuentran consuelo en su fe, que se la cuestionan, y sobre todo, son humanos, como le ocurre a Ernest Troller, alguien que ya no encuentra paz en su refugio espiritual, que se cuestiona su fe, a sí mismo, y todo lo que le rodea, en este relato que nos interpela directamente poniendo sobre el foco temas como la religión y su necesidad en el mundo actual, la idea de Dios como ser omnipotente, los caminos complejos de la fe y sus cuestionamientos, los mecanismos de financiación de las iglesias, y la hipocresía que conlleva esos procedimientos, y la conservación y respeto de la naturaleza en un mundo capitalizado hasta la saciedad y falto de valores humanos.

Schrader cuenta con un reparto ajustado y lleno de matices, donde destaca la inmensa y sobriedad interpretación de Ethan Hawke, en uno de sus mejores trabajos de su carrera, con esas miradas ausentes y vacías que a menudo tiene en la película, en un estado de extrañeza y completa ausencia, imbuido cada vez más en sus conflictos y en ese pasado tormentoso que no le deja en paz, en su particular camino redentor que no encuentra consuelo, cuando creía que auto engañándose sí que lo encontraría, a su lado, Amanda Seyfried, con ese bombo a cuestas, paradigmático en una película que nos habla de la falta de humanidad de nosotros mismos y hacia un planeta cada vez más contaminado y con menos vida, y les acompaña, una retahíla de excelentes secundarios como Cedric the Entertainer como pastor jefe que maneja os hilos de una iglesia con financiación compleja, y Victoria Hill, una devota feligresa y activista de la iglesia que siente algo más por Troller. Schrader ha cocido a fuego lento uno de sus ásperos y desgarradores dramas, con esa belleza formal que duele y agobia, describiendo con minuciosidad de cirujano todo esos mundos recónditos y oscuros que se ocultan en cualquier casa pulida y aceptada moral y socialmente aceptada, como esos escondites tapados en la iglesia (por donde los esclavos huían de sus amos en el siglo XIX) que está contado como si fuese un thriller, uno de esos retratos sobre las miserias humanas, sobre sus conflictos interiores y los tejemanejes capitalistas de una sociedad falsa, vacía y enferma.


<p><a href=»https://vimeo.com/287064741″>EL REVERENDO (First Reformed) – TRAILER VOSE</a> from <a href=»https://vimeo.com/user66996990″>Versus Entertainment</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>