Madre, de Rodrigo Sorogoyen

EL ALMA HERIDA.

Desde que comenzaron a trabajar juntos allá por el año 2008 en la serie Impares, Rodrigo Sorogoyen (Madrid, 1981) e Isabel Peña (Zaragoza, 1983) se han convertidos en inseparables, profesionalmente hablando, salvo en alguna excepción. Una colaboración fiel e intensa, en la que han visto la luz un par de series y tres películas dirigidas por Sorogoyen, entre las que destacan Stockholm (2013) Que Dios nos perdone (2016) El Reino (2018) y Madre (2019). Si algo caracteriza al trabajo del director y Peña es la carga dramática de sus historias, envueltas en el thriller más cercano e íntimo, en el que sus personajes siempre penden de un hilo muy fino, al borde del abismo, en una carrera contrarreloj en el que harán lo imposible para salvar su cuello, en una especie de espiral kafkiana sin fin, envueltos en una aparente calma que se irá convirtiendo en pesadilla y en un estado emocionalmente tenso en el que deberán enfrentar su pasado, a través de ese presente oscuro y complejo con el que tienen que lidiar. En Madre recuperan el personaje de Elena, aquella mujer desesperada que recibía la llamada de auxilio de su hijo de seis años, acosado en una playa del sur de Francia, que era la trama angustiosa del cortometraje filmado en el 2017, que ahora se convierte en los primeros diecinueve minutos de la película.

Sorogoyen y Peña no se quedan en los días de después de la tragedia de la muerte del niño, sino que avanzan en el relato diez años después, con una Elena regentando un bar de temporada en la misma playa donde desapareció su hijo. Elena tiene una relación con Joseba, un pilar para su reconstrucción emocional durante este período, y la cotidianidad parece encaminada a una vida mejor y tranquila de Elena. Pero, todo eso empieza a torcerse cuando Elena se tropieza con Jean, un adolescente francés que le recuerda mucho a su hijo. Casi sin quererlo, sin pensarlo, entre Elena y Jean nace una relación de amistad que se irá revolviendo en una íntima relación maternal. A partir de la mirada, el gesto y el movimiento de una magnífica Marta Nieto, en su mejor papel hasta la fecha, llenando la pantalla con esa mirada triste y esperanzadora, enjuta y afilada, que se desplaza por su trabajo, su casa y la playa de manera espectral, arrastrando ese dolor que le ha consumido, convirtiéndola en una especie de fantasma que ha encontrado algo de paz sin todavía ser ni mucho menos plena. El encuentro con Jean la desestabiliza y la somete a una espiral emocional en cadena, viéndose aprisionada a esa extraña luz que la ha abierto en canal, desbordando sus emociones y llevándola hacia algo extraño y complejo.

El relato  camina en libertad y alejado de los cánones de género, yendo a un lugar y a otro con total naturalidad, sin cortapisas, caminando con ímpetu y solidez, desde el drama más íntimo y sencillo nos encaminamos a un marco muy diferente, más próximo al thriller psicológico y muy oscuro, casi de terror, mezclándolos y fusionándolos según el momento, sin cambiar el aspecto de la película, que mantiene ese tono sombrío, con esa luz decadente y velada que recorre cada espacio de la película, en que las secuencias nocturnas, donde los personajes se convierten casi en meras sombras en las que apenas los vislumbramos moverse como si fuesen resquicios de luz, firmada por Álex de Pablo, cinematógrafo de todas las películas de Sorogoyen, misma sensación ocurre con la forma, plagada de planos medios y generales desde la perspectiva del personaje de Elena, con esos planos secuencia donde el movimiento se torna suave como en suspensión, o la belleza y melancólica música del músico francés Olivier Arson, con Sorogoyen desde Que Dios nos perdone, combatiendo con sensibilidad y dureza toda ese torrente emocional por el que atraviesa Elena.

Sorogoyen nos sitúa en ese verano, que enfila su final de temporada, con los primeros aires y temperaturas que van avecinando ese otoño impaciente, capturando el espacio y las emociones siempre desde la mirada triste y ajada de Elena, en este viaje del dolor al amor, protagonizado por una mujer que ha empezado a ver su luz, esa que lleva diez años buscando con la ayuda de Joseba, pero que la aparición de Jean, convertido en ese hijo que perdió, o en alguien que pudiera ser su hijo, no en la realidad, pero sí en su realidad, en su existencia, devolviendo a Elena a ese camino oscuro y terrorífico, donde el dolor y la culpa cada día se alimentan de miedo y desesperanza, donde las cosas obedecen a un tiempo quieto, estático, sin tiempo, en que las emociones la devuelven a ese fatídico día, a esa pérdida irreparable, a esa playa que ahora se encuentra cada día, a ese lugar donde siempre dejará algo de ella, algo de lo que imaginó, algo que ya no podrá ser. A través de una extraordinaria sutileza y belleza plástica, la película aborda el conflicto doloroso que arrastra Elena, bien acompañado por el joven Jules Porier y un sobrio Alex Brendemühl, sin nunca caer en subrayados inútiles ni en sentimentalismos.

La película se desarrolla con ritmo reposado pero sin caer en el tedio,  consiguiendo atraparnos de forma elegante y natural en lo que va sucediendo en la película, con esos instantes extraños y tensos que recoge la película, que en cierta manera recuerdan al cine de Haneke, en que la trama se va tornando muy gris y oscura, y los personajes se sienten cada vez más perdidos y a la deriva, emocionalmente hablando, y en su fisicidad, envolviéndonos en una madeja extenuante de bandazos emocionales, que no atienden a razones, donde el amor va abriéndose paso de manera inquietante, en el que los personajes se verán sometidos en encrucijadas emocionales de primer órdago, expuestos a todo aquello que sienten, a toda esa felicidad inalcanzable, a todo ese miedo que atrapa, agota y deja a cualquiera sin fuerzas para seguir, para respirar, para responder, porque el pasado y el dolor que lo atraviesa, se empeña en  continuar en nuestras vidas, en desestabilizarnos, en devolvernos a aquello que tanto duele, a rompernos el alma cada día, y es en esos instantes donde la película vibra con más fuerza, donde los personajes se sienten más vulnerables, sobrepasados por las situaciones y expuestos a sus instintos y pasiones más bajas y ocultas, donde la vida corre por todos los lados como si fuese un tsunami torrencial del que nada quedará sin decir, y sobre todo, nadie podrá escapar por mucho que lo desee. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El Reino, de Rodrigo Sorogoyen

LAS MISERIAS DE LOS PODEROSOS.

En El Padrino, Coppola y su guionista, Mario Puzo, tuvieron en cuenta un detalle muy importante para su película, un detalle  que consistía en que su minuciosa y magnífica descripción sobre el clan familiar de oscuras actividades y métodos, ningún personaje debía pronunciar nunca dos términos, las palabras mafia y gánster. Rodrigo Sorogoyen (Madrid, 1981) y su guionista, Isabel Peña, también se propusieron un elemento muy importante para su película, en ningún momento se hablaría del nombre del partido político, ni de su ubicación geográfica, y sobre todo, todos los nombres serían ficticios. Pero al igual que pasaba en la monumental película de Coppola, no hace falta decirlo, porque todos los espectadores sabemos de quién o quienes se está hablando. El cuarto largometraje de Sorogoyen, el tercero en solitario, es un magnífico y punzante thriller político, que sigue la pesadilla de Manuel López Vidal, uno de esos vicesecretarios autonómicos de un gran partido nacional que vive a cuerpo de rey junto a sus “colegas” de formación, una vida de lujo y derroches dentro de una estructura fraudulenta que se basa en el blanqueo de capitales, recalificaciones de terrenos, intercambio de favores a los empresarios de turno y viajecitos a Madrid para seguir maniobrando toda esta trama de mentiras, corrupción y malversación. Aunque, todo este mundo de las maravillas se zanja de pronto, cuando la policía detiene a uno de ellos, a Paco, íntimo amigo de Manuel, todo el grupo se pone nervioso, empiezan las carreras por los pasillos, los sudores fríos, y los tejemanejes entre los diferentes integrantes del partido para manejar el escándalo, llamadas a Madrid, visitas de soslayo a los “colegas”, y demás, movimientos entre unos y otros para salvar el pellejo.

Sorogoyen que ya demostró en su anterior película Que Dios nos perdone (también escrita con Peña, con la que ha elaborado sus tres películas en solitario) su habilidad para describir con gran acierto los momentos de tensión y adrenalina de un par de polis a la caza de un asesino en el Madrid del 15-M lleno de gente y angustioso calor. Ahora, sigue el cogote de Manuel, el chico elegido para suceder al Presidente autonómico, pegando su cámara como su sombra en su espiral de supervivencia política y vital, en el que la música electrónica nos acompaña sacudiéndonos por todas esas calles, pasillos de oficinas y demás espacios, donde el perseguido se mueve sin aliento, sufriendo como nunca, intentando tejer una mano amiga, cuando todos le han dado la espalda, discutiéndose a gritos con aquellos que hasta ayer eran sus amigos del alma en el partido, con todos esos que se han aprovechado de sus negocios oscuros y negros.

Sorogoyen impone un ritmo frenético, no hay tregua ni descanso, la adrenalina de Manuel va a mil por hora, a punto de estallar, en esta pesadilla sobre la soledad de un tipo que quiere salvar el culo cuando todos le han dado la espalda, cuando nadie quiere caer, en ese momento en que los que creías tus “hermanos” dejan de serlo y ni nadie ni el partido te ayudan en salir del atolladero, por imagen, por votos y por soberbia. El retrato de las miserias de los que se creen amos de todo aquello que les rodea es punzante, admirable y enérgico, no se salva ni Dios, todos tienen mucho que callar y aún más que ocultar, a ellos mismos, al partido y la opinión pública. El cineasta madrileño consigue imbuirnos en este torbellino de miseria y corrupción, llevándonos a una velocidad de crucero por todo ese mundillo de mentirosos, de documentos comprometedores, de miradas juzgadoras, de micrófonos ocultos, de desinformación, y sobre todo, de no saber en quién confiar, con momentos que recuerdan al mejor Scorsese de Uno de los nuestros o Casino, en los que sus personajes se mueven en un estado de velocidad malsana, moviéndose a toda mecha de un sitio a otro, y desconfiando de todos, incluso de ellos mismos, en la mejor tradición del thriller americano de los 70, con los Pollack, Pakula y Lumet retratando las miserias de los poderosos, de esos que se creen impunes y benefactores, cuando las cosas van viento en popa y a toda vela, y malvados, muy malvados, cuando las cosas se tuercen y los jefes y los periodistas piden cabezas y las quieren ya.

Aunque muchos otros recordarán otro de los espejos de El Reino,  la serie Crematorio (2011) de Jorge Sánchez-Cabezudo, donde se describía un empresario valenciano, interpretado por Pepe Sancho, y sus sucios tejemanejes para amasar una indecente e ilegal fortuna. El Reino es un una película que se maneja en esos ambientes ocultos, esos lugares donde se esconden los materiales comprometidos (como esa casa de Andorra, no podía ser otro lugar, donde se guardan tantos documentos que hablan de tantos y sin tapujos) esas atmósferas llenas de mierda y basura, donde ya nadie está a salvo, como esa secuencia del balcón, llena de fuerza y brutalidad, donde se ponen las cartas sobre la mesa, donde todo vale y cada uno quiere salvar su pellejo. Sorogoyen cuenta con un guión de órdago, retratando todas esas miserias, de unos y otros, donde nadie se salva, donde todos siguen a los suyo, donde unos caen y otros se salvan y continúan ayudando al país mientras se llenan sus bolsillos.

Mención aparte tiene su buen plantel de intérpretes encabezados por Antonio de la Torre (que ya estuvo en Que Dios nos perdone) ahora perfecto en ese traje en un cambio drástico a lo D. Jekyll y Mr. Hyde, que pasa de ser el chico ideal al apestado del que todos huyen, con su capacidad para tratar ante tamaño asunto, moviéndose con ese estado de nervios a punto de estallar, metiéndose en esa espiral de mierda y violencia que parece no tener fin, a su lado, Mónica López interpretando a su esposa, apoyo incondicional pero que irá teniendo las dudas comprensibles de todo y todos, Josep María Pou como el Presidente autonómico, elefante de la política y sereno, sabiendo que unos caerán y todo seguirá igual, o esa periodista que hace Bárbara Lennie, que ataca sin piedad a los políticos corruptos aún sabiendo que ella sigue siendo parte del sistema podrido, y una buena retahíla de intérpretes como Nacho Fresneda, Ana Wagener como la Presidenta del partido en Madrid (“La Ceballos”, que todos recordarán como aquella que parecía conocerlo todo y se reía de todos) Luis Zahera y Andrés Lima, entre otros, todos asumen su papel en una película llena de entresijos y laberintos sin salida, en el que Sorogoyen se destapa como un grandísimo realizador, en el que todas sus piezas acaban encajando con eficiencia y fuerza, hablándonos de frente sobre muchos métodos que rigen en la política de este país, y que desgraciadamente, continuarán por los restos de los restos, con el beneplácito de unas leyes que más que condenarlos, parecen alabarlos, y dejando que todo siga igual, a pesar de todo, haciéndonos creer que la política funciona de esa manera, como si cumplir la ley y ayudar a las necesidades de los ciudadanos fuese una cosa de la que se habla, pero nunca se hace nada.


<p><a href=”https://vimeo.com/281609209″>TR&Aacute;ILER EL REINO</a> from <a href=”https://vimeo.com/dypcomunicacion”>DYP COMUNICACION</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>