Voces rotas, de Héctor Fáver

LOS ESPEJOS DE LA FICCIÓN.

“Cuando pasa el tiempo todo lo real adopta un aspecto de ficción”

Javier Marías

La hipnotizadora y reveladora secuencia que abre la película Voces rotas resulta de una pulcritud y audacia sorprendentes, porque define completamente el devenir del relato que veremos a continuación. Vemos a una pareja en crisis viendo una película en un cine. Los dos permanecen atentos a la pantalla, sin mirarse, y ninguna muestra leve de amor, en planos fijos en blanco y negro, mientras que la película que miran es en color. Más tarde, escuchan al director presente en la sala en un coloquio. A ella le ha gustado, a él, no. Dos personajes de ficción, en la realidad de la película, observan a otros personajes de ficción en una ficción. Esa dualidad realidad-ficción en la que pivota constantemente la película, con las propias miradas que se cruzan en una dirección u otra. Voces rotas parte de un taller de interpretación, como lo fue Shadows (1959), de John Cassavetes, la opera prima del genial cineasta independiente estadounidense, que se olvida de los conflictos raciales, para hablarnos de las dificultades personales de tres afroamericanos.

Héctor Fáver (Buenos Aires, Argentina, 1960), ya había probado la experiencia de filmar con alumnos, con casi tres décadas como director del Centre d’Estudis Cinematogràfics de Catalunya, donde levantaron 11 largometrajes y más de 250 cortometrajes, algunos filmados por él mismo, José Luis Guerín y Luís Aller, entre otros. El director afincando en Barcelona, se lanza al abismo con una narración que bebe mucho de los Resnais, Marker (al que homenajea con algunas imágenes de La Jetée), Eustache, Garrel y Marguerite Duras, centrándose en una pareja en plena crisis sentimental. Ella empieza una relación tempestuosa con un director de cine fracasado que trabaja en su próxima ficción, la historia de una vieja gloria teatral encerrada en una casa. Faver cuenta con los nueve intérpretes del taller con poca experiencia Luz Portero, Eduard Fontana, Carmen Pérez, Cristina Zafra,  Montse Barriga, Keyla lterachs, Ariadna Brull y Leo Durán, de los que solo Albert Pueyo, actor profesional con más experiencia.

La película nos va sumergiendo en un juego de realidad y ficción, donde los espejos y sus reflejos construirán la narración, donde abundan los primeros planos fijos, casi siempre en interiores, y algunos exteriores nocturnos, para abordar una historia atemporal, ya que los continuos saltos en el tiempo son constantes, llevándonos de un tiempo a otro, en el que somos testigos de un amor fatalista, amores de antes y ahora que no acaban de resultar placenteros, sino todo lo contrario, reflejos de esa inconstancia sentimental, de ese vacío interior que persigue sin remedio a los personajes, contaminados de una pérdida de identidad y una desorientación brutal, muy acorde con los tiempos que estamos viviendo. Fáver que vuelve a la ficción, después de su trilogía sobre el fascismo, se ha despojado de cualquier adorno narrativo o sentimental, para construir una película sobria, elegante y fascinante, que aborda la complejidad de las relaciones personales de un modo sincero y muy íntimo, que recuerda a la misma mirada de Jordi Cadena en La amante del silencio (2016), también rodada con jóvenes talentos, en el que se abordaban lo oscuro de los sentimientos desde un prisma muy personal y profundo.

Fáver plantea un juego hipnótico y sensible donde realidad y ficción se funden, se mezclan y se confunden, donde la película resulta una suerte de muñecas rusas en el que nada ni nadie es lo que parece, donde personajes de un tiempo u otro, donde tanto realidad como ficción se miran y se ocultan, como la maravillosa voz en off en francés, escrita por Antonia Escandell, y narrada por partida doble en las voces de Claire Ducreix y Alain Chipot, que no solo van mucho más allá de la mera descripción de los hechos, psicoanalizando a los diferente personajes, sus circunstancias y sobre todo, mostrándonos verbalmente las partes ocultas de la propia construcción de la ficción-realidad. La música tensa y repetitiva de Lito Vitale, compositor en todas las películas de Fáver, ayuda a sumergirnos en esa ambivalencia de verdad-mentira que recorre todo el metraje, así como el extraordinario montaje que firman el propio director y Tomás Suárez (que ya estuvo en Lesa Humanidad), y la magnífica luz de Joan Babiloni (que ha firmado hace poco la cinematografía de Terra de telers) en un trabajo inmenso con un absorbente e hipnótico blanco y negro, que describe con precisión todas esas almas sombrías que arrastran sin remisión el grupo de personajes, en una película que investiga la condición humana desde lo esencial, aquello que ocultamos no solo a los demás, sino a nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Host, de Rob Savage

HAY ALGUIEN CONMIGO

“Una de las peores cosas que puedes hacer es tener un presupuesto limitado y tratar de hacer una película grandiosa. Ahí es cuando terminas con un trabajo malísimo”

Roger Corman

El género de terror actual poco o nada tiene que ver con aquel otro género clásico, el que creó toda una legión de millones de seguidores alrededor del mundo. Un género que envolvía al espectador en un espacio en off, en todo aquello que no se veía, que simplemente se escuchaba, en mitad de la oscuridad, la imaginación del público era esencial para sorprenderlos no con sustos o subiendo el volumen del sonido, como se hace ahora, sino creando un espacio de misterio, de miedo y de auténtico terror, donde la máxima no era mostrar, sino todo lo contrario, no mostrar, sugiriendo todo aquello que el espectador inventaría, género de bajo presupuesto en que el estadounidense Roger Corman fue su máximo exponente. Host (que podemos traducir como “Anfitrión”), del joven director británico Rob Savage, es una de esas películas que siendo muy de ahora, se enclava completamente en los parámetros del terror clásico.

Savage empezó precozmente en el cine, ya que dirigió a los 17 años el largometraje Strings, luego continuó dirigiendo cortometrajes de terror, incluso ha dirigido algunos episodios de la serie Britannia. El director norteamericano grabó un video que se convirtió en viral a principios de este fatídico 2020, y en plena pandemia provocada por el Covid-19, ideó una película de terror puro, basada en la exitosa idea, convocando a un grupo de amigas actrices encabezadas por una antigua conocida como Haley Bishop, a la que se unieron Radina Drandova, Jemma Moore, Caroline Ward y Emma Louise Webb, con el añadido de Edward Linard, todos ellos forman el grupo de amigos y amigas que se reúnen para hacer una video llamada conjunta a través de zoom, y consiguió producir una película, un relato sobre una sesión de espiritismo que se va a ir de las manos, y en que las participantes vivirán fenómenos poltergeist en sus hogares. Savage nos encierra en la pantalla de ordenador, en la que miramos a las cinco mujeres en sus respectivas casas, con ese primer arranque en que conocemos brevemente la situación de cada una de ellas, y alguna pincelada de su carácter.

La película entra en acción con la sesión de espiritismo, que empieza como una cosa animada y sin más, para después, adentrarse en otro ámbito, en un espacio donde la realidad ya no existe, donde cada una de las cinco mujeres experimentará el terror en carne propia, donde los objetos de su casa saldrán volando, y su integridad física y psíquica se pondrá gravemente en peligro. Savage juega a sugerir, a través de sonidos, y el movimiento de los objetos, con un espectacular montaje de Breanna Rangot, que va cambiando la perspectiva según la tensión, pasando de las pantallas de las cinco amigas, a una sola, y centrándose en aquella que está experimentando el fenómeno, mientras las otras, completamente aterrorizadas, siguen, desde sus casas, todo lo que le va ocurriendo a su amiga. La película, sencilla hasta la extenuación, consigue clavarnos en la butaca, haciéndonos participes de la experiencia aterradora de las chicas, provocando el mismo estado de nervios, ansiedad y miedo que tienen las mujeres. Host bebe completamente de películas que en su día aterrorizaron al personal, utilizando el mismo dispositivo del fuera de campo y el sonido, donde los espectadores éramos el giro de cámara, como The Blair Witch Project (1999), de Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, auténtico fenómeno de masas, que inauguró un sinfín de películas con la misma estructura, la cámara al hombro, el “fake” como bandera, y una innovadora campaña de marketing en internet, cuando las redes no eran lo que son ahora.

La película estadounidense es hija de las circunstancias de la crisis sanitaria de la Covid-19, donde lo virtual ha sustituido a la reunión social, donde internet se ha convertido en aliado para paliar la falta de encuentros, ya que la pandemia nos ha encerrado en casa, con las llamadas zoom como reunión virtual para sobrevivir al aislamiento y la soledad. Una película que, seguramente, generará la aparición de muchas otras imitando su dispositivo, pero Savage ha conseguido que, pese a las enormes dificultades que supone hacer una película desde la distancia, lograr su objetivo, y no solo terminarla, sino convertir la película en un auténtico fenómeno, por su increíble osadía, la valiosísima composición de sus intérpretes y sobre todo, por la asombrosa calidad de sus fx, hechos por las actrices bajo la supervisión de Savage, que las aleccionó para conseguirlo. Host, a través de sus impresionantes 56 minutos, nos habla del miedo, pero sobre todo, de nuestros miedos, de los de cada uno, y sobre todo, también nos habla que hay según que puertas que es mejor no entrar, ni siquiera a atreverse a mirar por la mirilla, porque seguro que nos arrepentiremos lo que podemos encontrar al otro lado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

A Stormy Night, de David Moragas

DOCE HORAS JUNTOS.

“La mayoría de las personas son otras: sus pensamientos, las opiniones de otros; su vida, una imitación; sus pasiones, una cita”.

Oscar Wilde

Mencionaba el gran guionista Rafael Azcona que, las buenas películas eran aquellas que hablaban de los temas que conocía el director. A Stormy Night, opera prima de David Moragas (Almsoter, 1993), que estudió en la prestigiosa New York University y vivió en uno de esos barrios de Brooklyn, se erige como una película que encaja perfectamente en las palabras del excelso escritor cinematográfico, porque el joven talento catalán se centra en aquello que conoce, y sobre todo, le inquieta, siguiendo la forma y fondo que ya se vislumbraba en sus cortometrajes, centrándose en relatos íntimos y muy cercanos, con personajes de aquí y ahora, con inquietudes y desilusiones tan reales como las nuestras, envueltos en ese blanco y negro sobrio y transparente, centrados en espacios interiores y reducidos, tan próximos que resultan inquietantes, para hablarnos de personas como nosotros, con sus idas y venidas por la vida, con esa naturalidad y sencillez, como si los espectadores estuvieras junto a ellos, o mirando por una mirilla.

Para su debut en el largometraje, Moragas opta por su género favorito, el de la comedia romántica, pero con matices, con ese tono agridulce y de realidad punzante, escogiendo un relato de inmediatez, cargando toda la estructura en un instante preciso, las doce horas juntos que pasaran Marcos y Alan, ya que el primero, de viaje a San Francisco para presentar un documental que ha filmado con su ex pareja, debe detenerse y pasar noche en New York, porque los vuelos se han cancelado debido a una fuerte tormenta que se avecina. Los dos jóvenes, tan diferentes o iguales entre sí, la película nos irá desvelando todo aquello que les separa y les une, pasarán medio día juntos, o mejor dicho, media noche juntos, en la que hablarán mucho, pero también, se mirarán mucho, habrá algún que otro acercamiento inesperado, y sobre todo, muchas confidencias, porque todo lo que en un principio los separaba, con el paso de las horas, su breve encuentro se irá revelando como una especie de espejo en el que la verdad se reflejará sin atajos, tanto emocionales como físicos, frente a frente, y los dos jóvenes se mirarán uno al otro y se mostrarán de verdad, sacando a relucir todo aquello que tanto ocultan.

Los diálogos que mantienen los jóvenes versarán sobre su condición homosexual y la vida de tener una identidad no convencional en una sociedad heterodeterminada, las difíciles relaciones familiares y con su entorno más próximo, las dificultades de vivir en otro país, con otra lengua y cultura diferentes, los condicionamientos de desarrollar un empleo en una sociedad demasiado encajonada y convencional, y la naturaleza de las relaciones íntimas, el compromiso, el amor sincero, el poliamor y demás cuestiones acerca de la vida y las relaciones personales. Moragas sabe captar con naturalidad y cercanía toda esta montaña rusa emocional que experimentan los dos jóvenes, en que la luz íntima y velada, en algunos instantes, que firma el cinematógrafo Alfonso Herrera-Salcedo (que ya estaba en el cortometraje Only Fools Rush In), ayuda muchísimo para crear esa atmósfera de claroscuros, y no menos el grandísimo trabajo de edición de un grande como Bernat Aragonés (cómplice, entre otros, de nombres tan importantes como los de Agustí Villaronga o Isabel Coixet), en una película con pocos movimientos de cámara, llena de cuadros que aún evidencian más el inmenso trabajo de montaje.

A Stormy Night, auspiciada por un grande de nuestro cine como Antonio Chavarrías, hace guiños a Woody Allen con una ilustración sobre Annie Hall, al igual que a Agnès Varda con un dibujo sobre Cleo de 5 a 7, estaría rondando los mismos parámetros de las películas de Noah Baumbach dedicadas a New York y sus círculos y personajes ocultos, y estaría muy hermanada con títulos como Weekend (2011), de Andrew Haigh, historia sobre un affaire homosexual anclado en un fin de semana, y en Keep the Lights On (2012), de Ira Sachs, otra relación gay, más alargada en el tiempo, pero con similitudes con los protagonistas. Y si la historia funciona, con pausa e intimidad, ayuda sobremanera la pareja protagonista, con un cálido y sensible Jacob Perkins, que ya vimos en el cortometraje Boyfriend, de Moragas, dando vida al comprometido y enamorado Alan, y Marcos, el liberal y aventurero español, con su momento “tortilla”, que interpreta el propio director, consiguen emocionarnos con lo mínimo, convirtiendo A Stormy Night  en un relato lleno de inteligencia, sensibilidad y belleza, y vislumbra el debut de David Moragas como un grandísimo y estimulante ejercicio sobre la vida, las relaciones y nuestra identidad, convirtiéndola en un obra de culto de inmediato, que hablará mucho de quiénes somos y como nos relacionamos para futuras generaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

Lux Aeterna, de Gaspar Noé

AMAR EL CINE, ODIAR EL CINE.

“Todos gozáis de buena salud, pero ni os imagináis la felicidad suprema que siente un epiléptico un segundo antes de la crisis. Toda la felicidad recibida a lo largo de una vida no la cambiaría por nada del mundo ante eso”

Fiodor Dostoïevski

“Los cineastas tenemos una gran responsabilidad. Debemos elevar el film del plano de la industria al del arte”

Carl Theodor Dreyer

En Climax (2018), la anterior película que vimos de Gaspar Noé (Buenos Aires, Argentina, 1963), el relato de unos jóvenes que se encierran para bailar música dance, mezclando drogas, sexo y violencia. Climax define muy acertadamente todas las pulsiones e intereses del universo de Noé. Un mundo en el que la narrativa deja de tener importancia, para sumergirnos en un relato poliédrico, en el que todo ocurre aquí y ahora, con una cámara escrutadora y muy cercana, que sigue incansablemente a sus criaturas, unos seres en continua agitación, moviéndose de un lugar a otro, en el que se suceden las diferentes historias y acciones personales al unísono, en que la película se convierte en un todo, con múltiples ventanas y relatos, una especie de laberinto que ni empieza ni termina, simplemente, continua.

No es de extrañar, que Noé, un cineasta que lleva dos décadas en el oficio, se detenga a investigar no solo las narrativas y representaciones del cine, sino sus rodajes, esos espacios en el que un grupo de personas que, en muchos casos, se conocen poco y casi nada tienen en común emocionalmente, se encierran en cuatro paredes para trabajar juntos, organizarse y construir una película. Aprovechando el encargo de la firma de moda de Saint Laurent, Noé se hace cargo de Self 04, con el único condicionamiento por parte de la compañía de promocionar sus rostros y colecciones, en que el director argentino afincado en Francia, aprovecha para introducirnos en la vorágine y psicosis de un rodaje, el de la película “L’oeuvre de Dieu”, una película ambientada en la caza de brujas durante la Edad Media. La secuencia que preparan se trata de la quema en la hoguera de tres brujas, y nos sumergimos en la preparación ya en el set de filmación.

Lux Aaternea, el nuevo viaje sin frenos al subconsciente de Noé, arranca con sendas citas sobre la naturaleza y el propósito del arte, leeremos otras de otros cineastas como Godard, Fassbinder o Buñuel, entre otros. Veremos experimentos narrativos, en que la pantalla partida o duplicada, donde nos muestra la misma acción desde diversas perspectivas, y en otras, enseña dos acciones paralelas que ocurren en el mismo instante. La verborrea de los personajes es constante, no paran de hablar, dialogar y discutir, tranquilos o enfadados, y moviéndose constantemente, si exceptuamos la obertura, en que observamos a Béatrice Dalle, como la directora y a Charlotte Gainsbourg, dando vida a la actriz protagonista., en la que hablan, en un tono entre documento y ficción, de sus experiencias en rodajes. Aparece el productor, totalmente  desencantado y tenso, que pretende echar a la directora, la propia directora echa pestes de todos, y vocifera constantemente, la actriz protagonista más preocupada de su hija  que del rodaje, el camarógrafo se siente incomprendido, hay un tipo que por orden del productor, graba a la directora, las modelos que serán quemadas en la hoguera se quejan del vestuario y la nula organización, además, existen invitados o gentes que conocen a alguien del rodaje, y se han colado, como un periodista con ganas de jaleo, o un aspirante a director demasiado engreído.

Con esa cámara-sombra que sigue con planos secuencia los diferentes conflictos y acciones de los personajes, en los que somos testigos de sus gestos, miradas y trifulcas, tanto verbales como físicas, y sobre todo, del caos absoluto del rodaje, la producción y la incapacidad para llevar a cabo la filmación. Son solo cincuenta y un minutos, pero llenos de nerviosismo, tensión y violentos, registrando las diferentes situaciones que se generan en cualquier rodaje multitudinario, con referencias a película del calado de Häxan, de Benjamin Christensen, o Dies Irae, de Dreyer, dos clásicos sobre la caza de brujas, de los que también se incluyen algunos fragmentos de sus películas. El director argentino, afincado en Francia, habla del cine, de la dificultad de hacer cine, de la psicología que hay que tener para manejar un grupo de individuos, con sus conflictos internos y egos varios, llenando cada plano y encuadre en un viaje psicótico sin fin, ayudado por esa luz sombría que contamina todo el estudio, y la estroboscopia de luz, que define el caos reinante, con esos destellos de luz parpadeantes con colores brillantes, que algunos les da paz y a otros, los pone atacados. Quizás la mejor definición de lo que es el cine y todos los que trabajan en él, un carta de amor y odio al cine, al arte, a la pasión y al desenfreno. Una dicotomía frágil y sensible, por un lado, y psicótica y desorientada, por otro, y en mitad de todo, una película que hacer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

L’ALTERNATIVA 27: Oficial Largometrajes. Internacional (1)

El otoño barcelonés nos brinda cada año L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, uno de los escaparates cinematográficos más outsiders y rompedores del país, ofreciendo una enorme variedad de títulos de cine de autor e independiente, que han pasado por los grandes certámenes del mundo. Este año, la edición del 2020 marca el 27º aniversario, ahí es nada, pero este certamen será muy especial, ya que debido a la crisis sanitaria provocada por el Covid-19, las salas, las presentaciones de cineastas, el reencuentro con amigos o conocidos, ha dejado paso a la intimidad del hogar, porque la decisión del equipo del festival, en un grandísimo gesto de valentía y generosidad, ha decidido optar por vivir el certamen desde la plataforma Filmin (la plataforma de las plataformas, porque otra tan buena no hay), eso sí, con el mismo espíritu de mostrar la sensibilidad, la capacidad y el talento del ese cine alejado de normas y marcas, libre y brillante. Así que, desde el salón de mi casa, sentado o tumbado, arrancamos esta edición especial y diferente con la sección INTERNACIONAL, donde se acomodan reflexiones interesantes y muy personales, con la película OECONOMIA, de Carmen Losmann. Documento imprescindible y aleccionador, en el que la directora alemana en su segundo trabajo, intenta destapar las claves del sistema capitalista, lo consigue a medias, no por la película, que indaga y explora con sabiduría, sino porque los actores en este juego, economistas, inversores, banqueros y directivos de empresa, son incapaces de explicar con claridad el juego macabro de la economía mundial. Con un tono naturalista y humorístico, la película se sumerge en un mundo caótico, donde el dinero existe si la población se endeuda, en un juego sibilino donde la banca se dedica a atrapar a sus clientes para producir dinero, en un crecimiento codicioso sin límites, donde el crecimiento desmedido de la economía está aniquilando los recursos naturales del planeta, el sistema no parará, existe para seso, en una mera especulación del dinero, y explotación de los recursos para generar deuda y crear dinero, con ningún fin humanista, solo para seguir creciendo y acumular sin sentido.

FAUNA, de Nicolás Pereda. El nuevo trabajo del director mexicano se adentra de manera inteligente, lleno de humor e intriga, en las diferente formas de representación y la narración de relatos o historias, con la ayuda del grupo de artistas “Lagartijas tiradas al sol”, a partir de una ficción en el que una pareja acude al norte de México para visitar a los padres de ella, y será entonces en que la historia del reencuentro, y los diferentes conflictos que se originan, la película nos sumergirá en otro relato, donde se trata sobre la representación de la violencia, todos sus arquetipos, y diferentes roles, y generando una interesante reflexión de como el audiovisual estadounidense ha generado unas formas de representación de la violencia muy alejadas de la realidad, y sobre todo, donde la violencia se revela como algo muy superficial y vacía, sin la tragedia que supone cualquier acto violento a los implicados. UM FILME DE VERÂO, de Jo Serfaty. La opera prima de la brasileña, es un retrato incisivo y realista de cuatro jóvenes de la periferia de Rio de Janeiro, que intentan pasar el verano de forma diferente, consiguiendo materializar sus pequeños deseos, aunque se toparan con una realidad cruda y vacía. La película incide en sus ilusiones y desesperanzas en un verano en el que intentan, sin mucho éxito, lograr sus objetivos. Una no consigue trabajo. Otro debe irse a visitar unos parientes lejos de su amada. El otro, se encuentra hastiado de un trabajo que no le llena. Y el último, que sueña con ser músico, acaba en una iglesia evangelista. Cuatro miradas que le sirven a la cineasta para hablarnos del Brasil conservador y desorientado actual, en el que, a partir de estas cuatro vidas que comienzan a ser adultos, se genera todo un microcosmos de un país caótico, sin esperanza y gobernado por la tradición y la oscuridad.

A SHAPE OF THINGS TO COME, de Lisa Marie Malloy y J. P. Sniadecki. Opera prima de Malloy, que codirige con el experimentado cineasta y antropólogo Sniadecki, en el que trazan un retrato sobre Sundog, un cazador y recolector que vive solitariamente junto a sus animales, en el desierto de Sonora, entre la frontera de México y EE.UU. Un retrato humanista y honesto, que nos habla de nuestra relación con el entorno y el paisaje, y como algunos desean apropiarse del espacio para seguir conquistándolo de manera productiva. Mediante sus actividades cotidianas, la pareja de cineastas traza una cinta conmovedora y sensible, llena de hallazgos y aciertos, en el que, casi sin diálogos, nos explican la aventura cotidiana de un hombre naturalista y místico, que vive alejado de la sociedad materialista y lucha por defender su territorio, que recuerda a aquellos westerns crepusculares, como el de La balada de Cable Hogue  de Peckinpah. MERRY CHRISTMAS, YIWU, de Mladen Kovacevic. El director serbio nos sumerge en la ciudad de Yiwu, en el sureste de China, el mercado mayorista más grande del mundo, dedicado a los productos navideños. La película nos muestra las vidas de un grupo de personas que trabajan sin descanso, que sueñan con volverse ricos y abrir su propio negocio, y finalmente, enamorarse. Con el mismo aroma y marco en el que desarrollaba el monumental documento Bitter Money (2016), del grandísimo Wang Bing, nos sumergimos en las rutinas laborales, sus descansos para comer, para divertirse, y sobre todo, para sentirse desorientados y vacíos con un trabajo esclavo, que sirve para el disfrute occidental. Un retrato triste y sórdido entre un país que dejó de ser comunista para adentrarse en el capitalismo más feroz, donde explota a sus ciudadanos, que acaban siendo inmigrantes en su propio país, alejados de sus familias y sueños, y convertidos en mano de obra baratísima que pierde la vida por un puñado de yuans.

A FEBRE, de Maya Da-Rin. La directora brasileña localiza su película en la ciudad portuaria de Manaos, convertida en punta de lanza de la industrialización codiciosa, y nos muestra la cotidianidad de Justino, una indígena que trabaja como guardia de seguridad, hastiado y cansado de un trabajo rutinario entre contenderos que se amontonan, mientras su hija se prepara para estudiar medicina en la capital. Justino, que empieza a coger una extraña fiebre, se debate entre seguir en la ciudad o aceptar la llamada de su tierra en la Amazonia. Una película intimista y sincera que incide en la dicotomía entre aquello que somos y en lo que nos hemos convertido, y en la importancia de las raíces y nuestro pasado como forma de relacionarse con la vida y con nosotros mismos, en una historia sensible, de pocos diálogos y tremendamente cautivadora, con esas miradas y gestos que traspasan la pantalla. PETIT SAMEDI, de Paloma Sermon-Daï. La directora belga nos ofrece un documento sencillo y realista, sobre la relación entre un hijo, Damien Samedi, que lucha su adicción a las drogas, y el inquebrantable apoyo de su madre. La película traza un retrato humanista y sincero sobre alguien que lucha contra sus problemas, desde una posición sensible y humorística, alejándose de la idea cruda que se ofrece de los toxicómanos en la mayoría de medios de comunicación. Una película construida principalmente a través de los largos diálogos entre madre e hijo, y también, entre hijo y doctora, en el que se habla sin tapujos de temas como el consumo de drogas y todas las consecuencias que comporta en la vida de alguien que es buen hijo, buen novio y buen trabajador, mostrando toda esa verdad y todo ese viaje difícil, desde la honestidad y la valentía, sin sensiblerías ni nada que se le parezca, con rigor y cercanía.

VICTORIA, de Sofie Benoot, Liesbeth De Ceulaer e Isabelle Tollenaere. Después de una vida oscura en Los Ángeles, Lashay Warren y su familia han decidido dejar la urbe peligrosa y trasladarse al desierto de Mojave, y más concretamente, a la ciudad de California City, el sueño frustrado e inacabado de un iluminado agente inmobiliario. El trío de experimentadas directoras belgas, nos sumergen en un retrato cercano y cautivador, a modo de diario audiovisual, en que el joven afroamericano nos muestra con honestidad e intimidad, una cotidianidad como jardinero, con su familia y compañeros, en una ciudad surrealista, en descomposición, llena de polvo, y rodeada de coyotes, serpientes y demás alimañas, para ofrecernos un liberador viaje de autoconocimiento, de sencillez, de alejarse de todo y empezar de nuevo, al cambio, y sobre todo, a recomponerse después de años en la cuerda floja, flirteando con la mala vida y la muerte. Seguimos viendo películas, desde el sofá de casa, en L’Alternativa… Hasta pronto!!! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

 

El viaje más largo, de Manuel H. Martín

LA CONQUISTA DEL MUNDO.

“Todo  lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.”

Julio Verne

Con la llegada de occidente al “Nuevo Mundo”, cuando las naves de Cristóbal Colón alcanzaron América en 1492, las coronas portuguesas y españolas, las dos más potentes del mundo por aquel entonces, se lanzaron a la conquista por mar del mundo, y con la firma del Tratado de Tordesillas en 1494, se repartían el océano Atlántico como una forma de mantener la paz entre las dos potencias. Colón había encontrado oro en sus viajes, pero no especias, auténtico oro para el comercio internacional, y los españoles no querían bordear África para llegar a Asia, donde estaban las Islas Molucas, las islas de las especies, ubicada en el archipiélago de Indonesia, sino abrir una nueva ruta por América del Sur, donde se creía que había un estrecho por el que cruzar. Idea que vino de la mano de Fernando de Magallanes en 1518. El marino portugués le propuso al rey Carlos I la travesía que abriría un nuevo camino para conseguir especies y así, evitar el conflicto con los portugueses. La expedición zarpó del puerto de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), el 10 de agosto de 1519, con cinco naos, y 239 hombres. Volvió, más de tres años después, el 6 de septiembre de 1522, con solo 17 supervivientes, capitaneados por Juan Sebastián Elcano, siendo la primera embarcación conocida que dio la vuelta al mundo.

El director Manuel H. Martín (Huelva, 1980), conocido por sus trabajos documentales como 30 años de oscuridad (2011), en el que rescataba la triste historia de Manuel Mijas, que estuvo oculto en su casa durante treinta y años, escondido de los franquistas. Le siguió La vida en llamas (2015), sobre la cotidianidad de tres bomberos en su lucha contra el fuego. Ahora, y con un guión que firman Antonio Fernández-Torres y el propio director, nos llega El viaje más largo, que no solo retrata la odisea de un viaje lleno de peligros, de hambre, muerte, miedo, aventura, de los marinos Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano, sino que se centra en la cotidianidad del larguísimo viaje, a través de lo humano, de los más de doscientos hombres que zarparon de Cádiz, y los pocos 17 supervivientes que volvieron tres años después. Y lo hace, siguiendo el mismo patrón que con 30 años de oscuridad, con la ayuda de entrevistas a historiadores, científicos y militares, que nos van explicando los vivencias diarias del viaje, con todo lujo de detalles, contextualizando la época, explorando las diferentes personalidades de los marinos, las disputas entre ellos, los conflictos a los que se enfrentaron por lo desconocido de la travesía y las tremendas dificultades a las que se tuvieron que enfrentar.

También, hay material de archivo, y nuevamente, se vuelve a recurrir a escenas animadas para mostrar la realidad que vivieron estos hombres de hace 500 años. La película hace una analogía entre aquella expedición pro conquistar el mundo con la conquista del espacio, cuando el hombre llegó a la luna hace medio siglo, mostrándonos el afán del ser humano por abrir nuevos horizontes, derribar fronteras y llegar más lejos si cabe para seguir imaginando, explorando y descubriendo los límites de la tierra y el universo. La película es didáctica, entretenida y magnífica, porque deja el romanticismo de la aventura, para contarnos una odisea por el infierno, donde las tripulaciones tuvieron que soportar cientos de calamidades, hablándonos con profundidad de la psicología humana, del miedo y el peligro al que se enfrentaban, y sobre todo, pone en cuestión, como explica alguna de las personas entrevistadas, si valió la pena tanta muerte y terror para conseguir realizar el viaje.

Un relato en el que se mezclan la aventura hacia lo desconocido, en un tiempo donde la gloria y el honor se ganaban en el mar, en expediciones suicidas que muchas fracasaban, la convivencia, el thriller, la tragedia, en un descenso a los infiernos como retrató Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas, donde hombres en busca de aventura y nuevas tierras, se enfrentaron a lo más oscuro y profundo del alma humana, y es ahí donde la película muestra todo su potencial, sumergiéndonos en la tragedia que vivieron estos marinos, nombres desconocidos en su mayoría, que perdieron su vida, por el afán oscuro de muchos que creyeron en su idea y la llevaron a cabo, sin tener en cuenta las terribles consecuencias a las que se enfrentarían. H. Martín vuelve a asombrarnos con un retrato humanista, profundo y esencial, ejecutado con brillantez, en el que hay historia, y una reivindicación a todos aquellos a los que nadie escribe su historia, no solo para conocer la historia de nuestro país, y aquel viaje que cambió la humanidad, sino para mostrarnos la realidad que esconde la gloría y la propia historia, la de tantos hombres y mujeres olvidados por el relato oficial, y yacen ocultos en las marañas del tiempo y el olvido, que también forman parte de ese rostro menos conocido, pero igual de importante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/473329934″>EL VIAJE M&Aacute;S LARGO – TRAILER – ES</a> from <a href=»https://vimeo.com/laclaquetapc»>La Claqueta PC</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Entrevista a Guillermo Rojas

Entrevista a Guillermo Rojas, director de la película «Una vez más», en su alojamiento en Barcelona, el lunes 26 de octubre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Guillermo Rojas, por su tiempo, generosidad y cariño.

Entrevista a Ventura Durall

Entrevista a Ventura Durall, director de la película «La nova escola», en las oficinas de Nanouk Films en Barcelona, el lunes 28 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ventura Durall, por su tiempo, generosidad y cariño.

La isla de las mentiras, de Paula Cons

LAS HEROÍNAS DE SÁLVORA.

“Las mentiras más crueles son dichas en silencio”

Robert Louis Stevenson

La primera imagen de La isla de las mentiras nos muestra un recorrido por un mar agitado rompiendo contra las rocas afiladas y duras de la isla de Sálvora, en la ría de Arosa (Galicia), a 3 km de tierra firme. Una isla que en 1921, la poblaban aldeanos analfabetos que trabajaban duramente la tierra, y sobre todo, el mar, siervos del noble del turno, que los esclavizaba a su antojo. Aunque, la noche del 2 de enero de 1921, todo cambió para ellos, y sobre todo, para tres mujeres que, al ver el naufragio frente a sus costas del Santa Isabel, un vapor cargado de inmigrantes con rumbo a la Argentina. Las tres mujeres, a pesar de la espesa niebla, se lanzaron al mar, y lograron rescatar 53 personas de las 213 que perecieron en el accidente. La noticia voló como la pólvora, y las tres heroínas de Sálvora, como las llamó la prensa de entonces, fueron agasajadas por las autoridades gallegas. Luego, las acusaron de robar a los fallecidos, y el tiempo borró su heroicidad y las condenó al silencio.

La isla de las mentiras, de la gallega Paula Cons, las rescata del tiempo y las devuelve al lugar que nunca debieron perder. Cons se ha fogueado como productora en televisión y cine, tanto en ficción con títulos como Lobos sucios, en la que además era coguionista, o en no ficción, dirigiendo La batalla desconocida, en la que se exploraba la participación de España durante la Segunda Guerra Mundial. Ahora, debuta en la ficción con una cinta enclavada en el después del naufragio, en las terribles consecuencias de aquella noche aciaga del 2 de enero de 1921, a través de las tres mujeres, y concretamente, en una de ellas, en María, una mujer de carácter, dura y valiente, que deberá enfrentarse a la isla, a todos aquellos que hacen y se callan a favor al marqués. El relato, oscuro e inquietante, con un guión que firman la propia directora y un veterano como Luis Marías (escritor de Urbizu, Barroso, Eva Lesmes o Gracias Querejeta, entre muchos otros), nos va contando de forma sobria y pausada, la cotidianidad de la isla, y sobre todo, la idiosincrasia de sus habitantes, a través del personaje de León, un periodista argentino que recoge el suceso y sospecha que la isla encierra demasiados silencios.

La elegante y cuidadísima composición de los encuadres y la luz, obra de Aitor Mantxola (autor de películas como Alas de mariposa, Aunque tú no lo sepas o  Bajo la piel del lobo), que recuerda a la pintura romántica del XIX, en obras como “El caminante sobre el mar de las nubes”, de Friedrich, o la expresividad y los encuadres de Zurbarán, donde el espacio acorrala y somete al personaje. Una luz que  baña en forma de misterio, tanto la isla, convertida en un personaje esencial más. Un paisaje romántico, y a la vez, terrorífico, que guarda demasiadas historias y verdades, verdades como personajes aparecen en la película. La sutileza y la profundidad del magnífico montaje de una grande como Julia Juaniz, ayuda a esa idea de tenebrosidad y mentira que se extiende por el lugar, donde todos los personas hablan poco y callan más, hablan aquello que les conviene y sobre todo, callan lo que es mejor ocultar y que las cosas sigan como están, con esos días grises, ese trabajo rutinario, y esa isla convertida en prisión y silencio.

Una obra que sugiere más en imágenes que en palabras, en que el silencio impone su ley, necesitaba un plantel de intérpretes a la altura de sus composiciones y relato como la inconmensurable capacidad de una estupenda actriz como Nerea Barros como María, el alma mater de la historia, bruta en sus formas pero decidida en su voluntad férrea, bien acompañada por Darío Grandinetti como el periodista convertido en la búsqueda de la verdad, en ese extraño que hace estallar la armonía aparente de la isla y hará lo imposible para desenterrar lo que allí se esconde, Aitor Luna, el intelectual del lugar, alguien que está fuera de sitio o tal vez, no, y una plantilla de intérpretes gallegos entre los que destacan la mirada y el porte de Victoria Teijeiro como Josefa, la compañera de fatigas de María, o la enorme capacidad de Milo Taboada como Pepe, que compone un magnífico “retrasao” que sabe demasiado, una actuación que coloca al actor en primera plana, Ana Oca como Cipriana, la otra heroína, más joven e inexperta, Leyre Berrocal como la madre náufraga convertida en un espectro, y las presencias de María Costas y Celso Bullago, y otros intérpretes, excelentemente caracterizados, con esa gestualidad ruda y bruta, que escenifican sabiamente como se vivía y sobre todo, como se relacionan unos con otros, bajo el amparo del caciquismo del explotador de turno.

La isla de las mentiras es un excelente debut de Cons, que cuenta un hecho histórico, que lo rescata del olvido y coloca a las verdaderas heroínas del relato en su contexto y en su lugar en la historia, a María, Josefa y Cipriana,  que no solo nos habla de cómo se cocían las cosas en aquella España analfabeta y caciquil de los años veinte, y su telaraña de poder, en la que nos muestra la imagen de la mujer y de su sometimiento y desencanto, sino que también, es un relato que aborda las mentiras y las verdades que se cuentan, se dicen o se ocultan, bajo el manto de un thriller oscuro y lleno de sombras, con esos ropajes negros que rompen contra la luz tenebrosa y tenue de la isla y ese mar embravecido que los encierra, que recuerda al expresionismo alemán o la novela gótica de la época victoriana, o a películas como El secreto de la isla de las focas, de John Sayles, en su halo de misterio con una isla de por medio, o Visionarios, de Manuel Gutiérrez Aragón, en que unas visiones de la Virgen en la España republicana, convertía a los aldeanos privilegiados en objetivo de las autoridades para silenciarlo. Un cine bien contado y mejor consumado, que nos transporta a la oscuridad del comportamiento humano, a las entrañas de lo más aterrador del alma humana, y al cúmulo de intereses que nos empujan a los seres humanos a ser y actuar de una manera u otra, siempre con el convencimiento que es lo mejor que podemos hacer o lo que más nos conviene. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

El Colapso, de Jérémy Bernard, Guillaume Desjardins y Bastien Ughetto

CUANDO TODO SE ACABE.

“Nadie quiere ofreceros nada que pueda correr el riesgo de no gustaros. Así se mata la innovación, la originalidad, la creatividad, la rebelión. Todo el resto es una consecuencia de lo anterior. Nuestras existencias clonadas… Nuestro sonámbulo embobamiento… El aislamiento de las personas… La fealdad universal anestesiada… No, no se trata de una reunión cualquiera. Es el fin del mundo en marcha. No se puede obedecer y transformar el mundo al mismo tiempo. Un día, en las escuelas se estudiará de qué modo la democracia se autodestruyó”

Frédéric Beigbeder

Acabada la Segunda Guerra Mundial empezó otra guerra, la Guerra Fría, una guerra no declarada oficialmente que mantenían la URSS contra EE.UU. por el dominio del orden social, económico y político. Cualquier país en guerra era motivo de disputa entre las dos grandes potencias, la carrera espacial o la guerra nuclear. Toda esa locura apocalíptica fue retratada por el cine en películas como El enigma de otro mundo (1951), Ultimátum a la tierra (1951), La guerra de los mundos (1953), La humanidad en peligro (1954), La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), películas que no solo retratan un período paranoico, sino que a día de hoy, estas películas siguen describiéndonos como especie humana y dan buena cuenta de nuestro comportamiento ante el horror del fin.

En la actualidad, hay corrientes y pensamientos alternativos a nuestra forma de sociedad, un consumo devorador que está acabando con todos los recuerdos habidos y por haber de nuestro planeta. La colapsología es uno de esos movimientos que prevé el colapso de nuestra sociedad debido a la conjunción de diversos factores medioambientales, sanitarios, energéticos, políticos y económicos. Jérémy Bernard, Guillaume Desjardins y Bastien Ughetto son tres amigos que se conocieron estudiando en la Escuela Internacional de Cine y TV de París (EICAR) y crearon Les Parasites, un colectivo de guerrilla, compromiso y militante que, hacen cortos y películas que han tenido un éxito arrollador en Francia a través de su canal de Youtube. Su primer trabajo televisivo es El Colpaso, una serie de 8 episodios de unos 20 minutos de duración cada uno, donde retratan a través de ocho espacios diferentes: un supermercado, una gasolinera, un aeródromo, una aldea, una central térmica, una residencia de ancianos, una isla y un plató de televisión.

Ocho lugares muy diferentes entre sí, ocho instantes, que retratan ocho situaciones en tiempo real, y a través de enérgicos e intensos planos secuencias, en la que el fuera de campo funciona de manera extraordinaria, porque asistimos a secuencias muy corales donde la acción se desarrolla en varios puntos a la vez y con graves consecuencias, si exceptuamos un episodio que nos pone en la situación de una mujer sola en un barco, todas las demás intervienen varios personajes, y en todas ellas escenifican las situaciones que se vivirían si la económica colapsase y todo se derrumbará en cuestión de días. Cada episodio nos habla de las consecuencias de ese desplome social, económico y político marcando el tiempo, en que van aumentando los días en esa situación de apocalipsis. Cada segmento está desarrollado en un in crescendo a nivel humano, a partir de una situación social y humana que va derivando en una tensión psicológica de órdago, donde el comportamiento humano actúa de modo salvaje y violento, en una idea de “sálvese quien pueda”, donde salen a relucir los instintos más oscuros de la condición humana.

Cada episodio está protagonizado por diferentes intérpretes, algunos se les cita o vuelven a salir más adelante en otras situaciones que se van encontrando, un plantel que vive situaciones límite, en las que deberán luchar por sus vidas, y luchar por el alimento, el combustible o los suyos, un gran reparto que encabeza Lubna Azabal, Philippe Rebbot, Audrey Fleurot, Samir Guesmi, Thibaut de Montalembert, Bellamine Abdelmalek, Michaël Abiteboul y Marie Bouvet, entre otros. Los tres creadores y directores han logrado un relato de una fuerza dramática y humana sobrecogedora y extraordinaria, donde cuentan situaciones febriles, angustiosas y terribles, donde el tiempo va a contrarreloj, un tiempo que se agota, que va contra ellos, contra esa idea de seguir manteniendo lo que ya está derrotado y arrasado, donde emergen personas, pocas, que se niegan a la evidencia y resisten como pueden, aunque sea sus últimos días, donde como no podía ser de otra manera, hasta en el fin del mundo, hay clases y los privilegiados siguen teniendo los mejores recursos y posibilidades de subsistir.

Una serie que recoge el aroma de interesantes y profundos thrillers de las últimas décadas como 28 días después, Hijos de los hombres o Snowpiercer, ente otras, que al igual que hace El colapso, reivindica que aunque llegase el fin del mundo, la especie humana se comportaría como ha sido educada, unos, se agruparían, y otros, la mayoría, actuaría como un animal salvaje y violento. La serie se mueve dentro de un marco de entretener, pero dentro de una mirada crítica hacia nuestro alrededor, lanzando muchos mensajes para reflexionar y meditar sobre el mundo en que vivimos, donde nos lleva toda esta locura existencial hacia ninguna parte y alejándonos de nuestra idiosincrasia por querer almacenar posesiones materiales y sobre todo, por seguir trabajando por una economía devastadora y finita. Los tres cineastas saben situarnos en el fondo de la cuestión, la actitud humana de supervivencia, y la idea de que en situaciones de peligro o miedo, el humano siempre actúa de forma egoísta, competitivo y cruel, un reflejo de la sociedad actual en la que vivimos, una sociedad que quizás ya ha colapsado en un nivel humano y empático, y funcionamos como máquinas robotizadas que obedecemos nuestras existencias creyéndonos que las dirigen nuestras voluntades. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA