Leto, de Kirill Serebrennikov

ROCK’N’ROLL TOVARISHCH.

Suena el tema “(You’re A) Scum” tocado por los Zoopark, cantado por su líder, el carismático Mike Naumenko. Estamos en el “Rock Club”, en la ciudad de Leningrado, en la URSS, a principios de los 80. La sala está abarrotada, el público se agita pero sin moverse de su asiento. Los controladores del gobierno están muy atentos a cualquier acto de rebeldía y agitación descontrolada. Asistimos a una actuación de una de las bandas de rock underground más exitosas. El público vibra y disfruta del espectáculo. Entre los asistentes, vemos a Viktor Tsoï, que ha empezado a tocar con sus colegas y desea conocer a Mike y aprender de él. Luego, pasaremos a un día de playa, entre alcohol, risas y amigos, en que escucharemos el tema “Leto” (Verano) que da título a la película. Donde, por fin, Viktor conocerá a su ídolo y empezará a escribirse la historia del rock soviético. El cineasta Kirill Serebrennikov (Rostov del Don, Unión Soviética, 1969) ha despuntado en prestigiosos festivales internacionales con películas en las que aborda temáticas políticas, religiosas y sociales actuales de Rusia, como la infidelidad conyugal que destapa un oscuro drama de obsesiones, emociones y pensamientos ocultos en la extraordinario Betrayal (2012) o el despertar ultrareligioso radical de un estudiante ruso en El estudiante (2016).

Ahora, en su nuevo trabajo echa la vista atrás y nos sitúa en los convulsos años de la URSS, antes de la “Perestroika” de Gorvachov, que reformará la economía del país hasta su disolución en el año 1991. El cineasta ruso nos habla de aquellos jóvenes que cambiaron su triste y oscura realidad política y social a través del rock y componiendo canciones que remitían a la música rock-punk que entonces comenzaba a despuntar en occidente. El prodigioso blanco y negro, que enmarca ese gris oscuro y sin color que era aquel inmenso país, con algunos interludios en color que escenifican falsas películas caseras, y las sorprendentes y divertidas animaciones que interactúan con los personajes y las situaciones cuando tocan las canciones. Serebrennikov basa su película en las memorias de Natalia Naumenko, la mujer de Mike que explica aquellos de efervescencia rockera, centrándose en varios elementos como la creación musical, las difíciles relaciones con los funcionarios soviéticos, y sobre todo, en el amor y la amistad entre Mike, su mujer Natalia, y Viktor, líder de la carismática banda de rock “Kino”.

Escuchamos temas de las dos bandas soviéticas, los “Zoopark” y los citados “Kino”, que se mezclan con temas de T-Rex, Blondie o David Bowie, y estupendas versiones como el “Psycho Killer”, de los Talking Heads, el “Passenger”, de Iggy Pop o el “Perfect Day”, de Lou Reed, entre otras, una gran selección musical producida por German Osipov y Roma Zver, que interpreta a Mike, y además, de tocar los temas de “Zoopark”, es el líder de la banda de rock “Zveri (The Beasts)”. La película se acoge al ritmo de las canciones y la vida agitada de los personajes, en el que cualquier momento es genial para ponerse a cantar, a reír y a beber, a vivir una vida a pesar de donde viven, a pesar de la falta de oportunidades reales, a pesar de ese entorno oscuro, gris y siniestro por el que se mueven. El director ruso no ha construido un biopic al uso, nada más lejos de la realidad, sino que se ha centrado en ese trío sentimental, con sus virtudes y defectos, en esa relación entre el músico consagrado y el que acaba de llegar, entre el cruce y las relaciones, no siempre cómodas y agradables,  entre ellos, entre aquello que sienten por la vida, el amor, Natalia, y la música rock. Entre las formas que tienen de verlo, contando todo aquello que los une y los separa.

La película reconstruye momentos e instantes que vivieron los citados músicos, aunque en esencial, el trabajo de Serebrennikov acoge y hace suya aquella atmósfera viva, joven y enérgica que tienen estos jóvenes rebeldes, contestatarios e insumisos que encontraron en la música rock una manera de protestar, de vivir, de sentir, y sobre todo, de ser ellos mismos, en tiempos en que había que ser uno más, siguiendo las órdenes del estado y sentir orgullo del país en el que vivías. Los 126 minutos del metraje pasan volando, llevándonos de un lugar a otro, desde los conciertos en el “Rock Club”, las interminables fiestas en casas de unos y otros, los momentos místicos y poéticos, en que la película se envuelve en sí misma y nos explica más allá de lo que aparente vemos de estos músicos y su entorno, aquello que ocultan, sus deseos, ilusiones y pensamientos, aquellos otros donde el relato asume su rol de referencias en que los propios actores o figuración interpreta versiones de los temas citados, creando esa idea de magia en que la realidad se convierte en otro mundo, un universo real donde todos los sueños son posibles, y la vida no resulta tan opresiva, donde el director logra mezclar con sabiduría realidad y sueño, explicando los sentimientos internos de cada uno de los personajes, como ese narrador omnipresente, al modo de las obras de Shakespeare, que nos va guiando y explicando todo aquello que las canciones no muestran o que a nosotros se nos escapa.

Y por último, la extraordinaria mezcla de aventura personal y cotidiana de los músicos de rock con el contexto histórico, dos elementos que se fusionan de forma natural y precisa, explicándonos de manera sencilla y honesta tanto uno como otro, sin caer en la condescendencia o el sentimentalismo más superficial, donde sobresale con acierto y grandes dosis de emoción la historia de amor intensa y brutal que cuenta la película, desde ese amor puro y brutal a la música rock, a ese otro amor, más irracional y animal, que sienten los personajes, el amor conyugal de Mike y Natalia, o el otro, más emocional que manifiestan Natalia y Viktor. Amor, rock y amistad son los elementos que transitan por esta historia que nos lleva a otros tiempos que algunos les resultarán lejanos, aunque a otros, no tanto, porque las estructuras de los gobiernos se basan en la alineación, el conformismo y la obediencia, y todo eso es de lo que habla Serebrennikov, con detalle, pasión y amor, y sobre todo, larga vida al rock and roll. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Yommedine, de A. B. Shawky

LOS OLVIDADOS.

“Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la Liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos.Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica. Roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

(extracto del poema “Los nadies”, de Eduardo Galeano)

 

En La casa es negra (1962) de Forugh Farrokhzad, nos contaba de forma poética y humanista la cotidianidad de una colonia de leprosos en Irán, en apenas 22 minutos de metraje, la cineasta y poetisa iraní se adentraba en la enfermedad y en todo aquello que anidaba en su interior, sus rostros y sus miradas de una forma íntima y extraordinaria, a través de una película que denunciaba el abandono a los que se veían sometidos estas personas, y también, de toda la humanidad que se ocultaba en su interior, si traspasábamos las cicatrices exteriores. A. B. Shawky (El Cairo, Egipto, 1985) dedicó uno de sus cortometrajes a una colonia de leprosos de su país, The Colony (2008) la de Abu Zaabal, al norte del país, una auténtica comunidad con más de 1500 habitantes, entre enfermos, curados y familiares, un lugar donde muchos de ellos, después de curados, porque la lepra en pocos años será totalmente erradicada, se quedaban en el lugar por miedo al rechazo por culpa de sus cicatrices. A. B. Shawky debuta en el largometraje con Yomeddine (que significa “El día del juicio final”, en árabe) una película protagonizada por un habitante de una colonia de leprosos al norte del país, Beshay, que ya curado, vive de la venta de objetos que encuentra en un vertedero cercano, y se relaciona con otro desahuciado de la sociedad, Obama, un niño huérfano que lo sigue a todas partes.

La rutina de ambos cambiará cuando la mujer de Beshay, recluida en una institución mental, fallece. Entonces el hombre de unos cuarenta años decide buscar sus orígenes, viajar hasta su pueblo y reencontrarse con los suyos, que no ve desde que siendo un niño fue dejado en la colonia de leprosos. Beshay emprende su viaje al sur, bordeando el río Nilo, con su maltrecho carro, su burro fiel y sus contadas pertenencias, y la compañía de Obama, que a modo de polizonte, se oculta en el carro. El cineasta egipcio usa el viaje a modo de itinerario emocional, en el que estos dos apartados del mundo, Beshay como Obama entablarán una relación paterno-filial e iremos descubriendo ese Egipto alejado de los trayectos turísticos, un país desértico, basto y muy cálido, donde se irán tropezando con seres de toda índole, aquellos que les tienden la mano y otros, que les quieren robar lo poco o nada que tienen, en un viaje en el que verán de todo, y se sentirán queridos y también rechazados, debido a las cicatrices, y conocerán la intolerancia religiosa ya que Beshay es cristiano, y pertenece a esa minoría de católicos del país, y sobre todo, el estigma de la lepra, donde veremos el amor, la ignorancia y demás valores de los seres humanos, en un mundo demasiado egoísta e individualista.

A. B. Shawky ha contado con dos actores no profesionales como Rady Gamal como Beshay y Ahmed Abdelhafiz como Obama que desprenden vitalidad, ilusión y sencillez,  a pesar de ser olvidados por todos y todo, como aquellos que relata Buñuel, unos actores que se convierten en las almas que nos acompañarán por una película muy íntima y humanista, como lo eran El chico, de Chaplin, Ladrón de bicicletas, de De Sica, el segmento de Paisà, de Rossellini, protagonizado por el soldado norteamericano y el niño limpiabotas o Mi tío Jacinto, de Vadja, todas ellas películas de adulto con niño, tiernas y sensibles, que huyen del sentimentalismo y la condescendencia habituales en otras producciones, en éstas todo es amor y delicadeza, pero explicando las alegrías y desdichas de la vida, sin ahondar en el miserabilismo, sino creando una película sobre la vida, la vitalidad, hablando de seres humanos que se enfrentan a los estigmas de la sociedad, en este caso, la enfermedad, y cómo afrontan de manera vital esos infortunios y tanto rechazo, sabiendo encontrar el lado bueno de las personas, la humanidad que anida en muchas personas, y el carácter cercano y fraternal de algunos individuos que se encuentran por el camino, como esos tres discapacitados que les dan todo aquello que tienen, compartiendo con ellos sus verdades y miserias, pero siempre con valentía y aplomo ante la vida y sus circunstancias.

A. B. Shawky nos sumerge en un viaje larguísimo donde viajaremos en un carro tirado por un burro, nos pararemos a ver una gran pirámide abandonada que no visitan ni los turistas, nos bañaremos en un río a pesar de las miradas intolerantes de los demás, nos montaremos en trenes soportando el rechazo de los demás viajeros, incluso en barcas ayudados por unos y otros, pediremos limosna para subsistir y descansaremos con la ilusión intacta de recorrer medio país para buscar a los nuestros, a lo somos verdaderamente, nuestros orígenes a lomos de un hombre que estuvo enfermo y lucha por tirar para adelante, y un niño que no conoce ni su nombre ni su pasado, pero sabe que le gusta estar con Beshay, al que adora y respeta, sin juzgarlo, rompiendo con esa frase maléfica que escuchamos más de una vez: Huye del leproso como si huyeras de un león furioso. El director egipcio ha realizado una película magnífica y sencilla, un canto a lo diferente y a la vida, seas quién seas y vengas de dónde vengas, en el que vemos aquello de las personas que siempre se nos escapa, que bajo la apariencia física, sea de la índole que sea, hay una persona con sentimientos, ilusiones, miedos e inseguridades, personas que sobreviven en un mundo cada vez más difícil y ajeno a la diferencia, que aísla todo aquello que considera inútil o enfermo, que hay muchos mundos dentro de éste, y en todos ellos, hay muchas vidas que sienten y padecen. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La mujer de la montaña, de Benedikt Erlingsson

MUJER EN GUERRA.

“Pero luego Jonathan dijo que había ciertas cosas que tendrías que hacer, aun siendo difíciles o peligrosas. -¿Y eso por qué? – pregunté sorprendido. -Porque en caso de no hacerlo no serías realmente persona, solo un pedazo de mierda”

(Un diálogo entre hermanos del libro The Brothers Lionheart de Astrid Lindgren)

La película se abre de forma sorprendente y enigmática, en el que Halla, la protagonista,  está en mitad de la montaña, sin más nadie que ella. Se trata de una mujer de unos 50 años lanza con su arco una flecha que arrastra un cable que acaba tirando a tierra una torre de alta tensión. Después de este sabotaje al tendido eléctrico, el pueblo queda sin corriente, y ella, se escabulle campo a través a una velocidad infernal, recibiendo la ayuda de un granjero al que se declara como primos lejanos. Halla, logra llegar al pueblo, cambiarse de ropa y llegar con prontitud a su trabajo como profesora de canto. Quizás, creeremos que hemos sido testigos de un hecho sin más en la vida cotidiana de Halla, pero no es así, la mujer ha emprendido una lucha sin cuartel contra la industria local del aluminio, saboteando e interrumpiendo su marcha normal, resistiendo contra las emisiones perjudiciales para la naturaleza, tamaña empresa y determinación  que recibe la ayuda de un amigo vinculado al gobierno, un estado muy a favor del funcionamiento de este tipo de empresas, que a sabiendas que contaminan y sean un peligro para el medio ambiente y sus habitantes.

Si en su debut en el largometraje, Benedikt Erlingsson (Islandia, 1969) nos sumergía en una tragicomedia sobre la relación de los caballos y los hombres en De caballos y hombres. Cinco años después, vuelve a construir una tragicomedia con tintes ecologistas sobre la peripecia de una mujer resistente, una mujer valiente, y sobre todo, una mujer que lucha contra las empresas que provocan el cambio climático, y lo hace abordando el drama y la comedia, con sentido muy crítico a todos estos cambios tan trascendentales para nuestras vidas, pero sin caer en ningún momento en el discurso ecologista bienintencionado ni tampoco en un falso sentimentalismo. El cineasta islandés nos acerca a la vida de Halla, una mujer independiente, fuerte y liberal, que se ha lanzado con determinación y a por todas en una empresa difícil, sí, pero no imposible, llena de dificultades y grandes obstáculos, también, pero con la fe de la voluntad inquebrantable que puede y quiere hacerlo.

Si bien la película dedica parte de sus 100 minutos de metraje a las operaciones de sabotaje y acoso y derribo de Halla contra la empresa malhechora y capitalista, también, dedica tiempo para conocerla a ella y a su entorno, a parte de su trabajo, como la ilusión de convertirse en madre adoptando una niña de Ucrania, sin olvidarse de la relación con Ása, su hermana gemela convertida en una devota espiritual del hinduismo. La película que se mueve entre el drama ecologista, la comedia negra y esperpéntica, y la realidad social, nos muestra una mujer firme y decidida, una especie de versión femenina de David que lucha a muerte contra Goliat/Empresa, una Agustina de Aragón en armas contra el invasor francés, escenificado en la empresa alidada contra el gobierno que vende verde y naturaleza y en el fondo contamina y mata. Erlingsson acompaña a Halla de un trío de músicos compuesto por acordeón, tuba y percusión, así como de un coro ucraniano, procedencia de la niña que quiere adoptar, que resumen y fortalecen el estado interior de la protagonista, unos músicos invisibles para el resto de los personajes, pero visibles para nosotros, una especie de ángeles de la guarda musicales, no olvidemos que ella es profesora de canto, que la sigue vaya donde vaya y donde nos reencontraremos con ellos a lo largo de todo su viaje, tanto físico como emocional.

El director islandés vuelve a contar con una de sus actrices de su debut Halldóra Geirharósdóttir, aquí convertida en la alma mater del relato, convincente, fabulosa, divertida, angustiada y valiente como ninguna, logra sumergirnos en su viaje vital contra los malvados de la tierra, en una mujer heroica y sensible, en una narración absorbente y magnífica con un ritmo fantástico. Erlingsson ha construido una película que aborda el cambio climático desde lo más íntimo, explorando los temas candentes más cotidianos, aquellos que se desarrollan a escasos metros de la puerta de tu casa, y los muestra y los combate con la mirada y acciones de Halla, alguien que ha preferido tomar partido y activarse que quedarse viendo como todo cambia sin remedio, manteniendo una actitud valiente y fuerte, exponiendo su vida y su trabajo en pos de ayudar a la madre tierra, ayudándola a seguir resistiendo a pesar de tantos ataques gubernamentales y privados, manteniendo una actitud libre, agradecida y enérgica contra todos los enemigos. Una película que gustará muchísimo a todos aquellos que les gustan las buenas historias, esas que están contadas desde lo más profundo, que nos acercan a los males de nuestro tiempo y nuestro planeta, desde una perspectiva diferente, desde el interior de nosotros, de todo aquello que podamos hacer, no sólo por nuestro alrededor, esa naturaleza que ayuda a nuestras vidas, sino también por nosotros, para sentirnos más cercanos a nosotros mismos, a nuestros sueños e ilusiones, a todo aquello que anida en nuestro interior, a aquello que anhelamos, a todo lo que comporta nuestro ser, nuestra vida, nuestra libertad y nuestra forma de relacionarnos con nuestro entorno y los demás.

Pájaros de verano, de Cristina Gallego y Ciro Guerra

ÉRASE UNA VEZ EN COLOMBIA.

En el universo creado por el cineasta Ciro Guerra (Río de Oro, Cesar, Colombia, 1981) se mueven personajes doloridos, seres en tránsito, almas a la deriva que buscan un objeto o un lugar, algo que les proporcione algo de ilusión a una vida errante, descorazonada y fallida. Recordamos a Mañe, el desempleado que ha perdido una pierna y entabla un viaje y una amistad con el sillero que lo transporta en La sombra del caminante (2004). Ignacio, el juglar que emprende un último viaje por el norte del país para devolver el acordeón a su mentor en Los viajes del viento (2009). El karamakate último superviviente de su estirpe que entabla amistad y comparte viaje con Evan, el etnobotánico alemán que busca una planta que ayuda a soñar por el Amazonas del primer tercio del siglo XX. En su cuarto trabajo, en la codirección con Cristina Gallego (Bogotá, Colombia, 1978) su productora en sus tres primeros filmes, que debuta como directora, emprenden un viaje por la Guajira, por los territorios y desiertos del extremo norte de Colombia, en un relato que se inicia en el año 1968 y abarca hasta el 1980, una narración que dividen en cinco cantos, cinco episodios en lo que nos cuentan la peripecia de Rapayet y su familia, que dejan de ser ganaderos para convertirse en narcotraficantes de marihuana, son los años hippies y los “gringos” jóvenes norteamericanos buscan nuevas sensaciones.

La película arranca de un modo antropológico, casi como una película de Rouch, narrando al joven Rapayet enamorado de la bella Zaida y la búsqueda de la dote para desposar a la joven, con ese poético y enérgico baile donde Zaida se presenta en sociedad a los suyos, los indígenas Wayuu. Después de ese intenso prólogo, Rapayet se asocia con su amigo Moisés y emprenden un viaje para negociar con Moisés, primo de Rapayet y dueño de un gran territorio de cultivo de marihuana. Así, con transacciones pequeñas que irán rápidamente en aumento, comenzará su negocio de narcotráfico. Amparado y guiado por su familia y su suegra, la impertérrita Úrsula, y su tío, el palabrero wayúu Peregrino, amasan una gran cantidad de dinero y van creando un imperio entre las dos familias, el productor de marihuana, y Rapayet y los suyos, los tratantes con los estadounidenses. Aunque, las cosas se tuercen y el tiempo irá recolocando a cada uno en su sitio, porque el negocio del narcotráfico no conoce amigos eternos ni tampoco confianzas profundas.

Gallego y Guerra han construido una película bella y dolorosa, una cinta sobre la familia, la amistad, la codicia y el vil metal, que llamaba Galdós al dinero, ese objeto que revienta la conciencia más pura y noble, que se convierte en la bestia que acaba llevándose a todos por delante sin remedio. Los cineastas colombianos filman el paisaje de manera brillante y poética, espacios de la Guajira en el que los personajes se mueven entre las costumbres y tradiciones de los ancestros, donde las palabras, los gestos y las formas definen sus orígenes y caracteres, y su nueva forma de ganarse la vida, la marihuana como centro de todos los bienes y males de sus vidas, en el que todos los miembros de la familia parece no moverse al mismo son, o podríamos decir en el mismo canto, cinco cantos que repasan la crónica de la ascensión y caída de una familia colombiana dedicada al narcotráfico, una narración clásica, como viene siendo costumbre en el cine de Ciro Guerra, en el que nos sumergen en los orígenes del narcotráfico en un país condicionado por esa circunstancia, un país abocado a una violencia sin sentido por culpa del narco, de la avaricia de tantos por conseguir ser otros, alcanzar la cima en una montaña de cadáveres.

La película no oculta sus referencias cinematográficas, sino que las acoge de manera sencilla y natural, huyendo de la simple copia para adentrarse en el espejo donde mirarse,  como una sombra que planea por sus espacios y emociones como El padrino, muy hermanada con la ella, en que el negocio negro es llevado por una gran familia, o Érase una vez en América, en el que unos jovenzuelos sin oficio ni beneficio logran convertirse en los gánsteres del alcohol durante la prohibición, y cómo ese poder y dinero los lleva hacia lugares muy oscuros, o Uno de los nuestros, en los que las terribles distensiones entre unos y otros provoca una serie de guerras internas y externas que llevan el negocio al traste, todas ellas mitos del cine gansteril. El formato de 35mm donde el cinematógrafo David Gallego, que repite después de El abrazo de la serpiente, logra capturar las dimensiones del paisaje, y la cercanía de todo lo malsano que recorre el alma de los personajes, y el estupendo montaje de Miguel Schverdfinguer (colaborador de Lucrecia Martel) que nos lleva por un ritmo in cerscendo, en que todo arranca con risas e irá torciéndose en lágrimas. Un buen reparto que mezcla actrices emergentes de la televisión colombiana como Natalia Reyes dando vida a Zaida, o nuevas figuras como José Acosta como Rapayet, la grandísima interpretación de Carmiña Martínez, gran dama del teatro colombiano, como la pérfida Úrsula, con actores naturales como José Vicente Cotes dando vida al tío palabrero.

Gallego y Guerra se manejan con naturalidad y aplomo en una película que nos habla de tradiciones y costumbres heredadas desde la noche de los tiempos, y cómo los negocios que parecen inofensivos en sus inicios acaban derivando en funestas derivas que nada ni nadie puede parar, como la violencia innata en cada uno de los personajes hará acto de presencia y provocará un gran estadillo de salvajismo y sangre. Los 125 minutos de la película vuelan con gran precisión y aplomo de la narración, donde los directores colombianos logran sumergirnos en un viaje emocional y muy físico por el paisaje de la Guajira sin embellecernos la mirada, ni tampoco sentimentalizar sus momentos, ni mucho menos una cinta arquetípica de buenos y malos, aquí no hay nada de eso, sino una película magnífica, brutal y humana sobre la familia, el capitalismo salvaje y la animalidad que anida en cada uno de nosotros, en la que algunos no tienen suficiente y les llena de rabia y maldad su codicia sin fin. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sofia, de Meryem Benm’Barek

PERSEGUIDA POR LA LEY.

La película se abre de manera ejemplar y completamente esclarecedora para el devenir de los hechos que se contarán en ella. Vemos a una familia reunida en una mesa en mitad de una celebración, el ambiente es festivo, distendido acompañado de rostros exultantes, celebran la incorporación en una sociedad de los cuñados. El padre llama a su hija Sofia, que entra en el cuadro. Ese gesto cotidiano de la joven rebela mucho más que cualquier explicación detallada, en el que la hija embarazada se muestra ausente, muerta de miedo por la presión social en la que se verá sometida por incumplir las leyes tradicionales de tener un niño fuera del matrimonio. La cámara seguirá a Sofia cuando sale de cuadro con su vuelta a la cocina, y se quedará con ella, que se agarra la barriga ya que está sufriendo fuertes dolores que intenta disimular como puede. Sofia tiene 20 años y está embarazada, un embarazo que niega ya que en Marruecos hay penas de prisión para las madres solteras. Su prima Lena, de madre marroquí y padre francés, y de otro estrato social y económico, con esa mirada altiva hacia su prima, le ayuda y con la excusa del dolor se la lleva a un hospital que le permitirán de forma clandestina parir una hermosa niña. La familia se enterará de la noticia y todo cambiará.

La opera prima de Meryem Benm’Barek (Rabat, Marruecos, 1984) nos habla de la sociedad marroquí actual, y sus roles sociales y económicos, a través de la mirada de Sofia, una joven de 20 años que pare una niña fuera del matrimonio, cisma que convertirá su vida en un infierno, cuando las autoridades y su familia la obligan a casarse con Omar, el padre de la criatura, que vive en Derb Sultan, uno de los barrios más humildes de Casablanca. La directora marroquí va mucho más allá de la situación de Sofía, y nos habla de forma directa y valiente de las estructuras sociales de Marruecos, filmando tres espacios diferentes que entran en liza en la película, primero, el barrio de Sofia y su familia ubicado en el centro de clase media pero de fuerte arraigo tradicional, segundo, el barrio obrero y humilde Omar y su familia, donde los jóvenes se pierden en la desesperanza y la falta de oportunidades laborales, y por último, el barrio de Afna, donde viven Lena, Leila, madre y tía de Sofia, y Jean-Luc, francés, una zona de alto nivel social llena de grandes casas y mansiones junto al mar. Estos tres lugares definen de manera sencilla y contundente las estructuras sociales de un país fuertemente tradicionalista, en el que las leyes gubernamentales ayudan a seguir con lo antiguo y obligando a los jóvenes a casarse si tienen un hijo fuera del matrimonio, para de esta manera salvaguardar el honor de la familia y cumplir con las leyes establecidas.

Benm’Barek no juzga a sus personajes ni mucho menos sus decisiones, muestra sin juzgar, capturando esa sensación de opresión y miedo social que sienten Sofia y Omar, y su entorno, siendo víctimas inocentes de una sociedad tradicional y de unas leyes deshumanizadas, y lo consigue con lo mínimo, a través de una mise-en-scène naturalista y directa, donde la cámara se mueve entre los personajes, a través de esos marcos de puertas y ventanas que escenifican todos sus sentimientos agridulces que experimentan durante todo el metraje, en que los puntos de vista van cambiando a medida que van avanzando las circunstancias de los hechos, arrancando la película como un thriller social para ir hacia el estudio sociológico de la forma de vivir en el Marruecos actual. La directora marroquí imprime fuerza y energía a su relato con herramientas sencillas y muy efectivas, dando la palabra y el gesto a unos personajes complejos que a medida que avanza la película irán desatándose y expresando todo aquello que ocultan celosamente en su interior, que la narración va mostrando reposadamente, sin prisas, dosificando una información que ayuda a cambiar el curso de los acontecimientos, revelando más intrigas ocultas y secretas que guardan cada integrante de esta familia.

La película recupera ese tono neorrealista que también construyó esas miradas críticas ante una sociedad deshumanizada, o el “Free Cinema”, que ayudó a hablar con claridad de los conflictos sociales-económicos de aquella Inglaterra azotada por la terrible posguerra, o los recientes retratos sobre la Rumanía de Ceaucescu y su legado, en esas magníficas producciones que exploran con detalle la sensación de derrota, o el cine de Farhadi, donde un caso violento pone patas arriba lo más terrorífico de los ámbitos familiares. Destacan en el reparto los debutantes Maha Alemi que dota a Sofia de esa mirada fuerte y valiente que le ayudarán a enfrentarse a todo lo que se le viene encima, bien acompañada por Sarah Perles que hace una Lena, muy diferente a su prima, pero también inocente dentro de los parámetros sociales en los que viven, y Hamza Khafif es Omar, una víctima más, que su familia empujará a casarse para salir de su situación humilde, y la gran presencia de Lubna Azabal que interpreta de manera sobria y magnífica a Leila, la tía de Sofia, convertida en la marroquí casada con el francés para salir de su pobreza.

Benm’Barek ha tejido con sensibilidad y fuerza una película que en sus 85 minutos lanza una mirada crítica y contundente a la realidad social-económica de Marruecos, de las vidas depresivas y rotas de unos jóvenes que han de bajar la cabeza ante la persecución estatal y sus leyes opresivas, así como las de sus propias familias, que utilizan la boda para beneficiarse de sus situaciones sociales y escalar en su posición, como ocurre en la familia de Sofia, que ven en la boda de Sofía una salida tradicional y rápida para que este caso no enturbie y ponga en peligro el contrato con el cuñado francés que les sacará de su situación económica maltrecha y les dará una gran oportunidad de escalar económicamente en la sociedad, la misma sociedad que vive anclada en unas formas de vida arcaicas y tradicionales que no han avanzado ni resuelto los problemas actuales de los jóvenes, en una sociedad envuelta en sí misma, llena de apariencias, como la fastuosa boda que esconde una tristeza amarga en sus casados, una sociedad donde la mirada del otro se convierte en fundamental, más que la propia.

Lazzaro Feliz, de Alice Rohrwacher

UN CUENTO SOBRE LA BONDAD.  

“Lazzaro Feliz es la historia de una santidad menor, sin milagros, sin poderes o superpoderes. Sin efectos especiales. Es la virtud de vivir en este mundo sin pensar mal de nadie y simplemente creer en los seres humanos. Porque otro camino es posible, el camino de la bondad, que los hombres siempre han ignorado, pero que siempre reaparece para cuestionarles. Algo que pudo haber sido pero que ni nos atrevimos a desear.”

Alice Rohrwacher

Con sólo tres películas, Alice Rohrwacher (Fisole, Toscana, Italia, 1981) ha creado un universo muy personal, un mundo de ambiente rural, lleno de ternura y sensibilidad, pero también, lleno de fantasía, donde las cosas más mundanas y cotidianas, esas que pasan desapercibidas, o de muy vistas, ya no se les hace el caso que debieran, van transformándose en otra cosa, adquiriendo una piel distinta, entrando en un estado espiritual, de más adentro, donde las cosas de siempre, feas y tristes, van convirtiéndose en algo diferente, y a la vez, extraño, capturando una magia que sumerge todos nuestros sentidos en un mundo donde todo es posible, donde las tristezas y los pesares del mundo, se vuelven de otro color y texturas, no se resuelven por arte de magia, pero sí se encaran con otro ánimo, porque a pesar de la negrura del mundo, siempre hay un motivo para verlo de manera diferente, más cercana a las emociones.

En su debut con Corpo Celeste (2011) una niña y su madre hacían lo imposible para reintegrarse en una zona rural de Calabria, tradicionalista y de moral católica, después de vivir 10 años en Suiza. En El país de las maravillas (2014) Gelsomina y su familia fabricaban miel en un pueblo, cuando deberán enfrentarse al final de esta forma de vida que parece tener fin. Cuentos inspiradores, fábulas mágicas pero con una base real, donde lo más insignificante adquiere un sentido humano y sobre todo, fantástico, donde las cosas se vuelven de distinta forma, con otro color y con texturas atrayentes y agradables. Rohrwacher continúa en el marco de la fábula en Lazzaro feliz, donde retrata a un joven campesino (interpretado por Adriano Tardiolo en su primera incursión en el cine) que es pura bondad e inocencia, alguien casi místico, un ser lleno de buenos sentimientos, que quiere ayudar a todos, y nunca se niega o se queja por nada ni por nadie, una especie de santidad, pero con los pies en el suelo, humano y cercano a aquellos que más lo necesitan. Aunque, en la pequeña aldea de “La Inviolata” se ha convertido en el chico para todo, donde todos los campesinos se aprovechan de esa bondad sin fin, unos campesinos que cultivan tabaco, en situación de esclavitud y servidumbre para la marquesa Alfonsina de Luna y su hijo Tancredi, un chico díscolo y engreído que intenta llamar la atención con estúpidas travesuras de una madre miserable y clasista.

Lazzaro y Tancredi se hacen amigos y mantienen una relación agradable y de camaradería. Todo cambiará cuando las autoridades descubren la situación de “La Inviolata” y acaban con ella, por estar ya prohibido por ley esa forma de trabajo y vida. La cineasta italiana parte su película en dos. En el primer bloque, asistimos a una película sobre campesinos y sus formas de vida, en un marco antropológico, donde somos testigos de su miseria y relaciones entre ellos, donde Lazzaro es el criado de todos, una condición que asume sin rechistar ni quejas de ningún tipo. En la segunda mitad, la película se ha ido al futuro, donde aquellos niños y niñas ahora son adultos y viven en la periferia de Roma, donde malviven y se dedican al hurto o al trapicheo de objetos y cualquier tipo de cosa que pueda generar dinero, y donde Lazzaro, sigue con la misma edad, a pesar de todos los años transcurridos, y se marcha a la ciudad ya que el pueblo está abandonado, y encuentra a una de esas familias del pueblo y convive con ellos.

La extraordinaria y sublime luz de Hélène Louvert (que ya había trabajado en las dos anteriores películas de Rohrwacher) realizada en 16mm, con todo ese grano y textura, que da vida y proximidad en el mundo rural, en ese campo lleno de colores, tierra, polvo y sudor, contrasta con los grises sombríos de la ciudad, donde a pesar del cambio de lugar y haberse liberado del yugo de la marquesa, las cosas continúan igual, como si el tiempo se hubiera detenido, donde siguen habiendo una sociedad dividida entre amos y esclavos, entre explotados y vividores, donde unos sirven a otros en condiciones miserables y deshumanizadas. El sobrio y brutal montaje de Nelly Quettier (responsable de la edición de Léos Carax o Claire Denis, entre otros) ayuda a seguir la peripecia de Lazzaro y los demás, contribuyendo a ese aire de magia que destila la película, mezclando con delicadeza la triste realidad con los momentos mágicos, fusionándolas de un modo sencillo y natural, creando un nuevo espacio en el que todo es posible, donde suciedad y fantasía conviven junto a los personajes, donde en cualquier momento puede ocurrir lo inesperado y lo sobrenatural.

Rohrwacher aboga por la bondad en este mundo deshumanizado, en una maravillosa y sutil fábula sobre la condición humana, en la que lanza un grito de esperanza e ilusión, sin olvidarse de la tragedia de la sociedad, una sociedad materialista que ha olvidado a los seres bondadosos y de buen corazón, donde éstos no tienen cabida y son arrojados miserablemente. La directora italiana nos cuenta su película desde las emociones, sin caer en aspavientos sentimentalistas ni nada de ese tipo, ni tampoco en discursos moralistas, sólo guiándonos a través de la mirada absorbente del joven Lazzaro, alguien que no parece de este mundo, no por un físico extraño ni fantástico, sino porque la bondad y la inocencia que transmite ya no pertenecen a este mundo, si alguna vez lo hicieron, cualidades humanas que lo hacen de otro mundo, valores que le convierten en un ser puro y santo, donde a pesar de este mundo individualista y clasista, siempre hay espacio para aquellos que son buenos, que hacen el bien, a pesar de los palos que reciban, a pesar de este mundo.

Rohrwacher también realiza una declaración de principios cinematográficos acudiendo a los grandes del cine italiano, enmarcando su aventura humanística tomando como referencias a aquellos que hicieron grande el cine italiano, como La Terra Trema, de Visconti, aquellos pescadores podrían ser los campesinos del tabaco, o del arroz de Arroz Amargo, de De Santis, o aquellos de El árbol de los zuecos, de Olmi, contados de manera neorrealista, capturando la esencia de lo humano como hacían Rossellini o De Sica, o la periferia sucia y fea de la ciudad que podríamos convocar al cine de Pasolini, o esos lugares industriales abandonados, fríos y aislados que tanto le interesaban a Antonioni, o la magia, lo fantástico y los sueños que pululaban por los universos de Fellini. Toda la historia del cine italiano condensada en los 125 minutos de la película, que no copia de modo literal a los maestros, sino que recoge su esencia y el espíritu que recorría aquel cine para llevarlo a su universo de un modo visceral y extraordinariamente personal, convirtiendo así su película en una obra de calado universal y humanístico, donde nos habla de valores humanos que deberían guiar nuestras vidas a pesar del mundo en el que vivimos, porque quizás entre tanta trivialidad y quehaceres vacíos, nos olvidemos de que algún día podemos encontrarnos con un Lazzaro y no seamos capaces de verlo, o peor aún, lo expulsemos de nuestras vidas porque no nos detengamos a valorar todas sus bondades que son infinitas.

Dogman, de Matteo Garrone

PERROS SALVAJES.

Aunque ya llevaba cinco títulos en su filmografía, fue con Gomorra (2008) un durísimo retrato sobre el hampa napolitana, basada en la novela de Roberto Saviano, inspirada en hechos reales, la película que catapultó el nombre de Matteo Garrone (Roma, Italia, 1968) a nivel internacional. Un cine que ya había dado muestras de su carácter indómito con retratos sobre inmigración y oscuras historias de amor y odio, ancladas en lugares de la periferia o alejados, donde van a acabar aquellos con pocos recursos o marginales, con historias protagonizadas por los más débiles, aquellos invisibles que se mueven entre la suciedad y lo más terrible de la sociedad, con un marcado estilo documental, donde el retrato de los personajes y sus vidas, se acaba fusionando con esos lugares casi ruinosos de sus ambientes, atmósferas duras, ásperas y sucias donde gentes humildes se relacionan con la gentuza más horrible de la sociedad. Un cine que recuerda a la fealdad y pesimismo del cine de Pasolini, donde sus personajes parece ser que tienen marcado un destino negro hagan lo que hagan. En Dogman, noveno título de su carrera, se centra en la vida de unos pequeños comerciantes instalados en las afueras de la ciudad, y más concretamente en uno de ellos, Marcello, un hombrecito enclenque y divorciado, que tiene una relación fraternal con su hija pequeña Alida, y regenta su peluquería canina, y mantiene una relación amable con sus vecinos también comerciantes. Aunque, hay algo que preocupa a Marcello y los demás, y tiene un nombre, Simoncino, una mala bestia que ha creado el terror en el lugar, adicto a la cocaína, que le proporciona Marcello, y con un carácter violento que asola el lugar y tiene muy preocupados a los comerciantes.

Garrone narra un cuento ético, sin moralina, sólo muestra unos hechos, y convoca al espectador para que se mantenga despierto y alerta, donde nos habla de manera sobria y concienzuda sobre las consecuencias de las elecciones en nuestras vidas, y cómo esas decisiones nos convierte en personas que odiamos, en la parte sombría de nuestra alma, y cómo el miedo y la confusión nos lleva a realizar actos impuros y deshumanizados, traicionando a aquellos que más queremos, y provocando terribles consecuencias para nuestras existencias. El cineasta italiano construye una película sobre lo peor de la condición humana, donde no hay esperanza ni salvación, o al menos hay muy poca, y muchos menos para todos. Un cine de personajes enfrentados con aquello más oscuro y terrible, donde la sociedad se vuelve más siniestra y feroz, en el que sobrevivir se convierte en la preocupación diaria, porque hay veces que la razón ya no vale, y la violencia es el único argumento para salir adelante, algo así como una huída por miedo a enfrentarse a esa bestia que cada día nos humilla y nos aniquila más.

Garrone plantea una película de atmósfera agobiante y brutal, que deja sin aliento, donde el tiempo siempre está nublado o lluvioso, con muy pocas horas de sol, con unos personajes que hacen sus típicos trapicheos ilegales para ganarse unos billetes, y que a veces acaban trasgrediendo los límites, y cuando se dan cuenta ya es demasiado tarde. Una trama construida a través de dos ambientes, la primera, observamos la vida cotidiana de Marcello y los demás comerciantes de la zona, con esos momentos tiernos y agradables de Marcello con su hija, planeando viajes que my probablemente nunca realizarán o sí, y luego, tenemos la presencia inquietante y violenta de Simoncino, que se encuentra desatado y sus actitudes violentas van a más, un mundo sórdido y brutal, donde la película vuelve a los ambientes del hampa napolitana de Gomorra, donde traficantes, ladrones y gentuza de la misma calaña, pululan por la vida de Simoncino, y por la de Marcello, a veces a su pesar, cuando el gigante lo mete en sus negocios turbios, porque cada día quiere más, y nunca tiene suficiente.

El cine de Peckinpah, y sus personajes atrapados en la violencia y con esos destinos fatales cargados en su pasado y conciencias, fatalidades de las que no pueden escapar, sería un fiel reflejo al que se mira Garrone, donde la violencia siempre se desata de forma muy violenta y las consecuencias siempre son trágicas, como la espiral violenta que narra el director italiano, que va in crescendo, sin nada ni nada que pueda evitarla, donde cada acto en apariencia inocente, se vuelve turbio y cruel, con la magnífica metáfora de esos perros enjaulados que asisten atónitos a toda la maldad humana. Garrone narra con dureza y contención una venganza, un combate a muerte entre el hombre bueno y la bestia violenta que ataca su mundo humilde y sencillo, en el que sobresalen las dos magnificas interpretaciones de la pareja en cuestión. La cuidada y contenida interpretación de Marcello Fonte (un actor que había trabajado con Scorsese o Scola, entre muchos otros) se convierte en el centro de la trama, bien acompañado por su contrincante en estas lides, el enorme y violento Simoncino, una mala bestia suelta y peligrosa al que da vida Edoardo Pesce, convirtiéndose en un enemigo a la altura de la composición de Fonte. Dos grandes trabajos que nos llevan de un lado al otro, de un extremo a otro, donde ya nada tiene regreso, donde siempre se va hacia adelante, con extrema violencia, en este cuento moderno sobre la amistad, las zonas oscuras del alma, las decisiones que tomamos, y sobre las jaulas que nos inventamos, nos creamos y esas vidas que no llevamos por miedo o por desilusión.

 

 

Un día más con vida, de Raúl de la Fuente y Damian Nenow

EN EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS.

Un día más con vida es inmensamente personal. No es sobre la guerra o sobre las partes en conflicto, sino sobre estar perdido, sobre lo desconocido, sobre la incertidumbre en la suerte de uno. A menudo vemos en situaciones en las que estamos seguros de que esa vez no vamos a escapar de las garras de la muerte. Y luego al siguiente día nos despertamos aliviados y decimos “Bueno, ha sido un día más con vida, y otro espera por delante”

Ryszard Kapúscinski

El 25 de abril de 1974, en Portugal estalló “La revolución de los claveles”, el levantamiento militar que acabó con la dictadura de Salazar, hecho que propicio la ausencia de poder en las colonias, lugares que se vieron envueltos en estadillos de violencia que provocaron guerras civiles por el control del país en cuestión. Uno de esos países fue Angola, que en 1975 era un hervidero de incesantes focos de guerra y violencia diseminados por diversas partes del país. Un país en el que luchaban el pueblo con ideas revolucionarias contra los poderes facticos que querían a toda costa mantenerse en el poder y seguir sometiendo al pueblo. O dicho de otro modo, las dos grandes potencias mundiales, la Unión Soviética apoyada al pueblo y EE. UU al poder. Angola, un país perdido en el sur de África, al que nadie parecía hacerle caso hasta el año 1975, amén de los portugueses, se convertía en el escenario elegido para dirimir la Guerra Fría. Y cómo no hay guerra, si alguien no la cuenta. Allí, se encontraba Ryszard Kapúscinski (1932-2007) enviado por una agencia polaca, reportero curtido en mil batallas Latinoamérica, Asia y África, que un año más tarde, en 1976, plasmó toda la experiencia vivida en su libro Un día más con vida.

La película arranca de forma brutal y enérgica, sumergiéndonos en el ambiente caótico que se vivía en aquel 1975 en Luanda, la capital de Angola, en un ir y venir de gentes, que se mueven con prisas de un lugar a otro, Kapúcinski lo observa todo desde el balcón de su hotel, como los portugueses abandonan el país, y todo se ha vuelto gris y sangriento de un día para otro. Aunque el reportero polaco es un hombre de acción, alguien que está allí para contar lo que sucede, para vivir en primera línea los acontecimientos, y acaba convenciendo a un colega angoleño, Artur Queiroz para que lo acompañe a conocer al Comandante Farrusco, un portugués que ha desertado y se ha puesto a combatir a favor de los más desfavorecidos. El cineasta español Raúl de la Fuente ya había dado cuenta de su mirada documental en su primera película con Nömadak Tx (2006) un recorrido musical por los espacios más recónditos y atávicos del planeta. Tres años más tarde, funda Kanaki Films con Amaia Rémirez y emprenden la producción del corto Minerita (2013) que cosecha grandes premios internacionales. Ahora, Rémirez , en labores de producción y coguionista, y la ayuda de Damian Nenow, el codirector polaco encargado del 3D de la película, firman su primera película de animación, basada en el libro de Kapúscinski, con 60 minutos de dibujos animados, y 20 minutos de acción real, donde entrevistan a los verdaderos protagonistas que se cruzó Kapúscinski en su aventura suicida por la devastada y caótica Angola.

De la Fuente y Nenow nos enfrascan en una road movie, en que el reportero intrépido querrá ir al lugar más caliente de la guerra, a ese encuentro con Farrusco, el viaje será muy peligroso y lleno de obstáculos, como la desconfianza de los rebeldes, como la joven Carlota, una chica de 19 años que ya es líder de un grupo importante. Siguiendo la línea de la novela de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, que sirvió de base argumental para las películas el corazón del bosque, de Manuel Gutiérrez Aragón y Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, De la Fuente y Nenow nos llevan por una película de aventuras, brutal y terrorífica, en el que los momentos de paz y descanso son mínimos, con una extraordinaria imagen visual, llena de colorido y acción, donde la fisicidad de la película, se mezcla con gran acierto con la interioridad de Kapúscinski, creando imágenes psicodélicas y extravagantes, que ayudan a comprender el estado mental de confusión que se palpaba a cada centímetro de tierra.

La propuesta resulta interesante y conmovedora, sin necesidad de recurrir a ninguna artimaña sentimental o del estilo, sino cazando la sinceridad de los personajes, las acciones y la mezcla de puntos de vista en mitad del conflicto, junto a las entrevistas a los verdaderos protagonistas, la documentación gráfica que nos muestran y las imágenes reales de la Angola actual, ofrecen un poderoso abanico de miradas, reflexiones y argumentos que ayudan a mirar el conflicto de Angola, uno de los más longevos del mundo con 27 años de Guerra Civil, desde puntos de vista diferentes y antagónicos, para que nos podamos hacer una idea de la controversia que se vivió en aquellos meses, donde la información que se tenía era escasa y poco fiable. Acompañamos la aventura de Kapúscinski a su par, viendo el horror que él ve y siente, conociendo a tantas personas anónimas que hacen la guerra (como explicaba el Miralles de Soldados de Salamina, tantos y tantos jóvenes que mueren en estúpidas guerras y son olvidados, como le instará Carlota al reportero, que su nombre no se olvide y hable de ella).

Una película emparentada a otros grandes trabajos en la animación sobre el documento histórico, en su revisión y la capacidad de las imágenes animadas para construir universos complejos que mezclan físico e interior de los personajes, como ocurría en La tumba de las luciérnagas, de Isao Takahada, sobre la supervivencia japonesa de la segunda guerra mundial, o en Cuando el viento sopla, de Jimmy T. Murakami, en la que nos relataban la vida de dos ancianos después de una explosión nuclear, en Persépolis, de Majane Satrapi, nos explicaba la odisea de crecer mujer en Irán, y Vals con Bashir, de Ari Folman, un retrato biográfico de la experiencia bélica en la primera guerra del Líbano. Documentos de animación, donde dejan evidente la capacidad del género para acercarse a realidades difíciles y controvertidas, donde queda plasmado el poder de la imaginación visual para describir el alma de aquellos personajes que viven situaciones angustiosas y horribles, desde miradas sobrias y poéticas.

Un día más con vida es una película poderosamente visual, que la acompaña un ritmo frenético, sin caer en la superficialidad y el aspaviento visual, que destila un magnífico empaque argumental, en el que nos muestran la guerra, tanto su contexto como sus protagonistas, desde infinidad de ángulos y posiciones personales diversas, en la que se habla con esmero y crudeza sobre tantos elementos e intereses que se manejan como política, violencia, sociedad y seres humanos, que nos devuelve la mirada a la guerra, desde la mirada de aquel que la vive para contarla al mundo como Kapúscinski, y el otro, aquel que coge las armas para vivir en un mundo mejor, para construir un país diferente, más humano y más de todos, luchando contra la tiranía y el opresor, amén de profundizar sobre el valor del periodismo, el poder de la información, y la decisión de tomar partido o no, porque a veces las circunstancias te obligan a posicionarte.

Burning, de Lee Chang-Dong

¿PUEDES VER LAS MANDARINAS?.

“Todos los animales y objetos en este universo son el HAMBRE GRANDE. Las estrellas en el cielo nocturno tiemblan porque están haciendo la Danza del HAMBRE GRANDE, conscientes de que se desvanecerán y su luz morirá. El rocío de la mañana es la lágrima derramada por las estrellas”.

(Cita de un Bosquimano del desierto de Kalahari)

El cine de LeeChang-Dong (Daegu, Corea del Sur, 1954) se centra en pocos personajes, sus historias suelen estar protagonizados por hombres o mujeres que se relacionan con alguna persona que otra, y en ambientes cotidianos y reducidos. Un cine basado en la psicología de sus personajes, sus miedos, inseguridades y demás aspectos humanos, a los que el cineasta surcoreano despeja de cualquier sentimentalismo, para someterlos en relatos donde alguna herida que otra los sacude emocionalmente, y los lleva a enfrentarse a su entorno, tanto emocional como físico, y sobre todo, a ellos mismos. Cuentos contemporáneos sobre la realidad política, social y cultural de Corea del Sur, protagonizados por personajes que, en muchos casos sobreviven instalados en una realidad anodina, vacía y sin futuro, una realidad que Cang-Dong describe con mimo, con reposo y haciendo gala de un uso extraordinario del tempo cinematográfico, donde convierte aquello cotidiano en un verdadero enigma para el espectador, en el que a través de una precisión absoluta de la forma, envuelve a los espectadores en aventuras urbanos o rurales donde los sentimientos dirigen las emociones oscuras y maltrechas de sus protagonistas.

En su quinto largometraje, basado en un cuento de 20 páginas de Haruki Murakami titulado Quemando graneros, que en la película se ha traducido con el nombre de quemando invernaderos (que adopta el título de una novela corta de Faulkner) con reminiscencias argumentales en la película. Chang-Dong convierte el exiguo relato de Murakami (un maestro en construir misterios a partir de pocos elementos anclados en la cotidianidad más absoluta) en una película  de 148 minutos, en la que nos sumerge pausadamente, sin prisas ni aspavientos misteriosos ni sentimentales, en un relato fuertemente psicológico protagonizado por Jongsu, un joven repartidos a tiempo parcial que, un día como otro cualquiera, se reencuentra con una antigua vecina de su misma edad llamada Haemi. Los dos empiezan a verse y se acuestan. Un día, Heami que tiene que viajar a África a conocer las tradiciones ancestrales de los bosquimanos, le pide a Jongsu que cuide de su gata “Caldera”. Mientras la joven está ausente, Jongsu acude a su piso y le deja comida al felino que nunca veremos, aunque si tendremos rastros de su existencia o no. Cuando vuelve Haemi, viene acompañada de un chico misterioso que responde al nombre de Ben, un tipo engreído y riquísimo que apenas explica nada de su vida, amén de enseñar su lujoso piso y automóvil. Entre medias, Jongsu ha vuelto a su pueblo, ya que su padre está en la cárcel por un altercado con un funcionario, y tiene que cuidar de un ternero que no consigue vender.

Este vértice singular y poco convencional irán encontrándose y dialogando entre ellos, en que el misterio se irá apoderando de su extraña relación, y sobre todo, del relato que nos cuenta Chang-Dong, y construyéndolo de un modo sencillo y absorbente, casi sin darnos cuenta, apreciándolo suavemente, con momentos magníficos como el par de bailes inolvidables sobre todo el segundo, en el patio de la casa de Jongsu que se marca una Haemi con los pechos al aire al atardecer, imitando la danza africana de “Los grandes hambrientos”. Aunque, esa aparente armonía del trío un día se zanjará de forma brusca y sorprendente cuando Haemi de forma inesperada desparece sin dejar rastro. En ese instante, la película cambia de forma, color y textura, lo que hasta ese momento había sido una reflexión concienzuda sobre los jóvenes surcoreanos y la juventud en general, sobre sus desesperanzas en una sociedad cada vez más individualista y sin futuro, con relaciones esporádicas y líquidas (como mencionaba Bauman), se convierte en una película donde el thriller se apoderará del relato, pero huyendo de los convencionalismos del género, en el que Jongsu empieza una búsqueda incesante de Haemi (que recuerda al aroma de las tramas psicológicas y misteriosas de Antonioni y esos personajes que deambulan y hablan, peor que no sabemos absolutamente nada de sus existencias) la que parece haberse esfumado por completo, en el que comenzará a seguir al enigmático Ben, que cada vez se vuelve más oscuro e impenetrable, si cabe, frecuentando sus amigos y otra novia.

Su vida envuelta en el misterio se irá desvelando a través de la mirada de Jongsu, porque la película juega admirablemente, no solamente con el enigma de la desaparición de Haemi, sino con el propio enigma cinematográfico, mostrándonos aquello que va descubriendo o imaginando Jongsu, en un laberíntico y brutal juego de espejos donde el misterio se adueñará de la trama y comenzará a sacudirnos de forma psicológica, a medida que Jongsu va aclarando el entuerto o no, porque Chang-Dong nos cuenta las pesquisas del joven de forma extraordinaria, con ese ritmo pausado, donde todo lo miramos con Jongsu, aunque dudaremos de sus investigaciones, sus argumentos y sobre todo, su enigma, porque la película no toma posición por nada ni nadie, dejará que nosotros los espectadores tomemos esa posición, imaginándonos que ha sucedido con el destino de Haemi, a través de todo aquello que se nos ha ido desvelando a lo largo de los 148 minutos de metraje.

El cineasta surcoreano consigue con escasos elementos extraídos de la más absoluta cotidianidad, introducirnos en un gran misterio, que nos atrapará inexorablemente, sin dejarnos respiro ni descanso, llevándonos por esas calles al estilo de Vértigo, de Hitchcok, donde Jongsu sigue el automóvil de Ben, o dejándonos caer por el piso ordenado de Haemi, que será todo lo contrario como lo había dejado en su anterior viaje, o encontrándonos con familiares o conocidos de Haemi que nos irán informando o no sobre Haemi y su entorno, tan misterioso como la existencia de Ben, y nos llenarán de dudas a cada paso que vamos dando, a la par que Jongsu, nuestro guía en la película, dándonos pistas fiables o no, como el relato enigmático de Ben cuando explica a Jongsu que su afición es quemar invernaderos, y Jongsu empieza una carrera casi a contrarreloj investigando los invernaderos abandonados de su vecindario.

Chang-Dong añade elementos como la pantomima, la gata, el reloj de pulsera rosa o la caída del pozo, todos misterios o no, presencias y ausencias, que formarán parte de ese imaginario real o no, de la verdad que describe o no la película, a través de cada uno de sus personajes, donde parece que lo importante no es saber si estás viendo o no las mandarinas, lo importante está en si piensas que realmente existen las mandarinas que no estás viendo) que parecen llevarnos a pensar en unas situaciones, pero no de forma clara y concisa, sino de una manera diferente, como si la desaparición de Haemi fuese imaginaria o real, nunca lo sabremos a ciencia cierta, o formase parte de la imaginación de Jongsu, escritor en ciernes, en busca de algo interesante que contar, todos los caminos son válidos o no, o simplemente la película es un retrato sobre las apariencias, las verdades de todo color o forma, y el enigma es simplemente una excusa, una especie de macguffin que nos hace movernos de un lugar a otro, y todo forma parte de nuestra mente, imbuidos en un estado de hipnosis en el que la película y lo que cuenta nos ha llevado sin remedio. Todos las ideas son válidas o no.

 

Encuentro con Jaime Rosales

Encuentro con el cineasta Jaime Rosales, con motivo de la presentación de su película «Petra» y del ciclo que le dedica la Filmoteca, junto a Esteve Riambau. El encuentro tuvo lugar el martes 16 octubre de 2018 en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jaime Rosales, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.