Pájaros de verano, de Cristina Gallego y Ciro Guerra

ÉRASE UNA VEZ EN COLOMBIA.

En el universo creado por el cineasta Ciro Guerra (Río de Oro, Cesar, Colombia, 1981) se mueven personajes doloridos, seres en tránsito, almas a la deriva que buscan un objeto o un lugar, algo que les proporcione algo de ilusión a una vida errante, descorazonada y fallida. Recordamos a Mañe, el desempleado que ha perdido una pierna y entabla un viaje y una amistad con el sillero que lo transporta en La sombra del caminante (2004). Ignacio, el juglar que emprende un último viaje por el norte del país para devolver el acordeón a su mentor en Los viajes del viento (2009). El karamakate último superviviente de su estirpe que entabla amistad y comparte viaje con Evan, el etnobotánico alemán que busca una planta que ayuda a soñar por el Amazonas del primer tercio del siglo XX. En su cuarto trabajo, en la codirección con Cristina Gallego (Bogotá, Colombia, 1978) su productora en sus tres primeros filmes, que debuta como directora, emprenden un viaje por la Guajira, por los territorios y desiertos del extremo norte de Colombia, en un relato que se inicia en el año 1968 y abarca hasta el 1980, una narración que dividen en cinco cantos, cinco episodios en lo que nos cuentan la peripecia de Rapayet y su familia, que dejan de ser ganaderos para convertirse en narcotraficantes de marihuana, son los años hippies y los “gringos” jóvenes norteamericanos buscan nuevas sensaciones.

La película arranca de un modo antropológico, casi como una película de Rouch, narrando al joven Rapayet enamorado de la bella Zaida y la búsqueda de la dote para desposar a la joven, con ese poético y enérgico baile donde Zaida se presenta en sociedad a los suyos, los indígenas Wayuu. Después de ese intenso prólogo, Rapayet se asocia con su amigo Moisés y emprenden un viaje para negociar con Moisés, primo de Rapayet y dueño de un gran territorio de cultivo de marihuana. Así, con transacciones pequeñas que irán rápidamente en aumento, comenzará su negocio de narcotráfico. Amparado y guiado por su familia y su suegra, la impertérrita Úrsula, y su tío, el palabrero wayúu Peregrino, amasan una gran cantidad de dinero y van creando un imperio entre las dos familias, el productor de marihuana, y Rapayet y los suyos, los tratantes con los estadounidenses. Aunque, las cosas se tuercen y el tiempo irá recolocando a cada uno en su sitio, porque el negocio del narcotráfico no conoce amigos eternos ni tampoco confianzas profundas.

Gallego y Guerra han construido una película bella y dolorosa, una cinta sobre la familia, la amistad, la codicia y el vil metal, que llamaba Galdós al dinero, ese objeto que revienta la conciencia más pura y noble, que se convierte en la bestia que acaba llevándose a todos por delante sin remedio. Los cineastas colombianos filman el paisaje de manera brillante y poética, espacios de la Guajira en el que los personajes se mueven entre las costumbres y tradiciones de los ancestros, donde las palabras, los gestos y las formas definen sus orígenes y caracteres, y su nueva forma de ganarse la vida, la marihuana como centro de todos los bienes y males de sus vidas, en el que todos los miembros de la familia parece no moverse al mismo son, o podríamos decir en el mismo canto, cinco cantos que repasan la crónica de la ascensión y caída de una familia colombiana dedicada al narcotráfico, una narración clásica, como viene siendo costumbre en el cine de Ciro Guerra, en el que nos sumergen en los orígenes del narcotráfico en un país condicionado por esa circunstancia, un país abocado a una violencia sin sentido por culpa del narco, de la avaricia de tantos por conseguir ser otros, alcanzar la cima en una montaña de cadáveres.

La película no oculta sus referencias cinematográficas, sino que las acoge de manera sencilla y natural, huyendo de la simple copia para adentrarse en el espejo donde mirarse,  como una sombra que planea por sus espacios y emociones como El padrino, muy hermanada con la ella, en que el negocio negro es llevado por una gran familia, o Érase una vez en América, en el que unos jovenzuelos sin oficio ni beneficio logran convertirse en los gánsteres del alcohol durante la prohibición, y cómo ese poder y dinero los lleva hacia lugares muy oscuros, o Uno de los nuestros, en los que las terribles distensiones entre unos y otros provoca una serie de guerras internas y externas que llevan el negocio al traste, todas ellas mitos del cine gansteril. El formato de 35mm donde el cinematógrafo David Gallego, que repite después de El abrazo de la serpiente, logra capturar las dimensiones del paisaje, y la cercanía de todo lo malsano que recorre el alma de los personajes, y el estupendo montaje de Miguel Schverdfinguer (colaborador de Lucrecia Martel) que nos lleva por un ritmo in cerscendo, en que todo arranca con risas e irá torciéndose en lágrimas. Un buen reparto que mezcla actrices emergentes de la televisión colombiana como Natalia Reyes dando vida a Zaida, o nuevas figuras como José Acosta como Rapayet, la grandísima interpretación de Carmiña Martínez, gran dama del teatro colombiano, como la pérfida Úrsula, con actores naturales como José Vicente Cotes dando vida al tío palabrero.

Gallego y Guerra se manejan con naturalidad y aplomo en una película que nos habla de tradiciones y costumbres heredadas desde la noche de los tiempos, y cómo los negocios que parecen inofensivos en sus inicios acaban derivando en funestas derivas que nada ni nadie puede parar, como la violencia innata en cada uno de los personajes hará acto de presencia y provocará un gran estadillo de salvajismo y sangre. Los 125 minutos de la película vuelan con gran precisión y aplomo de la narración, donde los directores colombianos logran sumergirnos en un viaje emocional y muy físico por el paisaje de la Guajira sin embellecernos la mirada, ni tampoco sentimentalizar sus momentos, ni mucho menos una cinta arquetípica de buenos y malos, aquí no hay nada de eso, sino una película magnífica, brutal y humana sobre la familia, el capitalismo salvaje y la animalidad que anida en cada uno de nosotros, en la que algunos no tienen suficiente y les llena de rabia y maldad su codicia sin fin. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Alanis, de Anahí Berneri

RETRATO DE UNA TRABAJADORA SEXUAL.

La película se abre de un modo brillante y demoledor, a través de un plano fijo (asfixiante, sin espacio para respirar) observamos a una mujer de unos 25 años mientras se asea en el lavabo, se desnuda y entra en la ducha, la vemos apenas reflejada en un espejo, por partes (constante que se repetirá a lo largo del metraje, creando esa mirada de vidas a trozos que tienen que recomponerse). Corte a la bañera, donde agachada se frota fuertemente y se vierte agua. Inmediatamente después, descubrimos que tiene un hijo, Dante de año y medio, y comparte piso con Gisela, donde reciben a los clientes. Alanis es trabajadora sexual. La siguiente secuencia es la policía, que pasándose por clientes, irrumpen en la vivienda y las sacan a patadas, llevándose detenida a Gisela acusada de trata. Alanis con su hijo a cuestas se va a vivir con su tía temporalmente. La directora Anahí Berneri (Buenos Aires, Argentina, 1975) afronta en su quinto trabajo, el marco de sus anteriores películas, retratos duros, y en primera persona, de seres en continuo conflicto por encontrar su lugar en la sociedad, y en el mundo. En su debut, Un año sin amor (2005) mostraba la lucha encarnizada de un escritor homosexual enfermo de sida, en su siguiente trabajo, Encarnación (2007) describía la vuelta a su pueblo natal de una ex actriz madura que tuvo su fama en películas de serie B, en Por tu culpa (2010) el conflicto de una mujer divorciada y madre de dos hijos, y en Aire libre (2014) el tedio de una pareja que acaba viviendo separada.

En su nuevo trabajo, continua con sus temas preferidos abordando las cuestiones de género desde una mirada intimista y realista, en la que captura con  su cámara las 72 horas de una mujer joven que se dedica a la prostitución por decisión propia, en una manera de subsistir, de tirar hacia delante. Alanis es despojada de su hogar, de su lugar de trabajo, se ve sacada a golpes de su vida, peor con su carácter de superviviente nata, encuentra lugares para ejercer su trabajo, como en el interior de un coche en las vías muertas de una estación, o por las calles nocturnas, en las que las prostitutas dominicanas ejercen su posición y la echan a patadas. Berneri huye de cualquier posicionamiento moral o subrayados sentimentales, su película es un retrato de una trabajadora sexual, de su personalidad, en continuo movimiento, en su búsqueda de trabajo y de salir de su situación temporal, mientras sigue amamantando a su hijo, y encontrando, por todos los medios a su alcance, el camino a seguir, mostrando una dignidad fuera de lo común.

Alanis es una película de cine directo, cine de guerrilla, de militancia, donde pone en cuestión el trato a las mujeres que ejercen la prostitución por voluntad propia, en el que abre el eterno debate sobre la hipocresía moral de una sociedad que acepta trabajos precarios como legales, mientras, por el contrario, ejerce una mirada ambivalente sobre el trabajo sexual, que sin prohibirlo a nivel gubernamental, lo persigue y lo condena. Alanis está filmada con contundencia, dando golpes en la mesa, con esos planos fijos, algunos muy cortantes, y otros, despiadados y brutales, sin música añadida, apoyando la naturalidad y el realismo que persigue la cineasta, como la inmensa interpretación de Sofía Gala Castiglione, llena de crudeza, realismo y sangre, consiguen emocionarnos y sumergirnos, no solamente a un nivel físico, sino en todos los niveles, penetrando en su cuerpo, su piel, sus pechos, y su sexualidad, como la tremenda escena sexual (la única que veremos en toda la película) donde la violencia ya no es física, sino verbal.

Berneri, con la ayuda de su socio, el guionista Javier Van de Couter (que repite después de Aire libre) realiza un crónica de sucesos, alejada de los informativos moralistas, con toda su crudeza punzando, explorando los pliegues de ese mundo de calle y realista que se nos escapa, que apenas vemos y late en los rincones más oscuros y sucios de nuestras ciudades. En sus apenas 82 minutos, una película-retrato sobre una mujer, su maternidad, su trabajo y sus quehaceres cotidianos haciendo frente a una sociedad moralista y a ese Buenos Aires oscuro, inmigrante y marginal, donde las vidas frágiles y de urgencia, se mueven dando palos aquí y más allá, levantándose del suelo después de recibir todo tipo de golpes, tanto físicos como emocionales, pero siguiendo por el camino elegido, en busca de clientes, y cogiendo unos pesos de la caja si hacen falta, caminando a la vera de una mujer, en este caso trabajadora sexual, a través de su desnudez, su sexualidad, que comete errores y es compleja, como todos nosotros, pero seguirá en pie enfrentándose a todo y todos, en su forma de trabajo, en su manera de afrontar la vida, a ella misma, en su maternidad, y en su trabajo sexual.

Alanis es una película inmensa, llena de honestidad y sinceridad, sin complejos ni añadidos, que rezuma carácter y humanismo por los cuatro costados, de ese cine que corta el alma, pero profundamente necesario y valiente, como aquel cine enmarcado en la más profunda realidad directa que profundizaba en los temas cotidianos, en los más cercanos y en los que tenían que ver con las circunstancias personales, como el que ejercían Renoir, Rossellini, los cineastas del Free Cinema, los de los Nuevos Cines, y tantos otros, en su afán de crear un naturalismo callejero, del aquí y ahora, creyendo en el cine como herramienta social y política de reflexión y conocimiento, en un medio eficaz y de resistencia para retratar a personas, las que el moralismo viejuno y estúpido, que invisibiliza y expulsa a la periferia, criminalizándolos, en muchos casos, solamente por llevar vidas completamente diferentes a los que el orden social burgués ha impuesto como correcto. Vidas que sobreviven a diario, a duras penas, llenas de obstáculos, esas vidas que nos cruzamos cada día por la calle mientras vamos en dirección a nuestras cosas.