Los indeseados, de Erlingur Thoroddsen

LOS MONSTRUOS DE AL LADO.  

“Los monstruos más temibles son los que se esconden en nuestras almas”. 

Edgar Allan Poe

Películas como Blind (2014), y Los inocentes  (2021), ambas de Eskil Vogt, Thelma (2017), de Joachim trier, y Descanse en paz (2024), de Thea Hvistendhal, son claros ejemplos de la salud de hierro del género de terror nórdico. Un terror que se aleja de las producciones relamidas y arquetípicas basadas en el susto fácil, la fisicidad como medio narrativo y los guiones tramposos como forma de sorpresa al espectador. El terror que proponen las películas citadas está construido a partir de lo psicológico, huyendo de lo fantástico para adentrarse en espacios domésticos donde se desarrollan historias tremendamente cotidianas, donde se hurga en las complejidades de la condición humana, en atmósferas realistas donde lo sobrenatural es algo tangible, algo que está entre nosotros y sobre todo, tramas de pocos personajes, donde lo efectista desaparece para centrarse en las relaciones y en las torturas mentales por las que transitan unos personajes muy cercanos a los que les suceden conflictos que todos podemos llegar a conocer. 

Del director Erlingur Thoroddsen (Reikjavik, Islandia, 1984), conocemos su fascinación por el terror más convencional en sus dos primeros films dirigidos en EE. UU., amén de algún episodio de una serie, para volver a su país donde filma Rift (Rökkur, 2017), donde ya ahondaba en un terror más de sugerir que de mostrar, en la partía de dos hombres aislados en una cabaña siendo acosados por un fantasma. En su cuarto título Los indeseados (“Kuldi”, en el original, traducido como “Frío”), basada en el best seller homónimo de Yrsa Sigurdardóttir, en el que plantea una trama dividida en dos partes: una en la actualidad, en la que Óddin Hafsteinsson y Rún, su hija de 13 años, se encuentran en el proceso del duelo después que Lára, la esposa y madre se lanzará al vacío. La otra parte, se remonta a principios de 1984 en el centro juvenil Krókur, lugar que investiga Ódinn, donde una joven de nombre Aldis se queda fascinada por un joven que acaba de llegar y recibe la hostigación por parte de una dirección que oculta algo siniestro. Dos tramas que van mostrándose que tienen más en común de lo que en un primer instante podemos imaginar, dónde se va dosificando la información con criterio y de forma reposada, donde prima lo inquietante y lo que se oculta en cada detalle. 

Un rasgo capital que caracteriza el audiovisual nórdico es su esmero en cada elemento tanto técnico como artístico, como vemos en Los indeseables, en su cinematografía que firma el belga Brecht Goyvaerts, que tiene en su haber directores de la talla como Lukas Dhont y Julie Leclercq, en que sabe usar el cielo plomizo y grisáceo tan característico islandés para convertirlo en un personaje más, una amenaza que está a punto de saltar sobre los personajes. La música tan excelente y concisa, esencial en una película de este tipo, la firma el compositor Einar Sv. Tryggvason, que ya trabajó con el director en la citada Rift, creando ese ambiente tan cercano y a la vez, tan frío y poderoso. El montaje de la sueca Linda Jildmalm consigue en sus intensos 97 minutos de metraje carburar de forma excelente los dos tiempos, las aparentes dos tramas y sus correspondientes espejos-reflejos entre los acontecimientos de los ochenta relacionados con los de la actualidad. Mención especial merece lo que apuntábamos más arriba en la cuidada elección de los espacios, todos muy domésticos y pocos, amén de los apenas tres personajes entre los dos tiempos, consiguiendo esa trama tensa y terrorífica donde lo sugerido es lo más importante.

En el apartado artístico tenemos a Jóhannes Haukur Jóhannesson como Ódinn, un actor islandés que ha trabajado mucho en su país, amén de películas tan importantes como The Sisters Brothers (2018), de Jacques Audiard, y con Richard Linklater, Bill Condon, entre otras. La joven Ólöf Halla Jóhannesdóttir se mete en la piel de la enigmática y rebelde Rún, Elín Sif Halldórsdóttir es Aldís, y Halldóra Geiharösdóttir es la abuela. Todos bien dirigidos y mejor interpretados, dando a la película esa potente mezcla de investigación criminal, drama familiar y pasado oculto y turbulento que saldrá a la luz más pronto que tarde. Si apuestan por ver una película como Los indeseados, de Erlingur Thoroddsen, lo primero que les va a llamar la atención es su inquietante atmósfera construida a partir de pocos elementos y muy naturales, alejada de efectismos y estridencias y piruetas inverosímiles argumentales y demás triquiñuelas. Aquí no hay nada de eso. Por el contrario, todo está muy pensado y armado, construyendo un magnífico cuento de terror psicológico. ¿Puede ser el terror de otra forma?. Se hace de otras formas, pero no tiene la solidez, la tensión y la excelencia que sí tiene esta película. No se lo piensen más, seguro que les va a seducir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vermiglio, de Maura Delpero

LAS MUJERES DE VERMIGLIO.   

Vermiglio es un paisaje del alma, un “Lexico familiar (Natalia Ginzburg) que vive dentro de mí, en el umbral del inconsciente, un acto de amor por mi padre, su familia y pequeño pueblo. Al atravesar un período personal, quiero rendir homenaje a una memoria colectiva”. 

Maura Delpero

Erase una vez… La existencia tranquila y anodina de un pueblo remoto escondido entre los Alpes Italianos a finales de la Segunda Guerra Mundial. Allí, entre montañas cubiertas de nieve y quehaceres agricultores y ganaderos se desenvuelven sus habitantes, entre ellos, la familia del maestro Cesare, su mujer Adele y sus diez hijos. Un lugar que huele a heno recién cortado y leche recién ordeñada como deja patente su cuidadoso prólogo que anuncia un nuevo día y vemos a toda la familia levantándose, cada uno con su tiempo y pesadez, e inmediatamente después, en primerísimo primer plano, las cazuelas van pasando frente a nosotros y llenándose de leche caliente. Un relato casi en primera persona porque la directora nos sitúa en el pueblo de su padre, en su memoria y en su tiempo y silencio. 

La directora que ha dirigido hasta la fecha tres documentales Signori professor (2008), de la cotidianidad de diferentes maestros, Nadea e Sveta (2012), sobre mujeres inmigrantes, y 7 salamancas (2013), sobre la mitología y lo sagrado, en los que abordaba las fronteras entre el documento y la ficción, y una de ficción Maternal (2019), sobre dos madres adolescentes. Mucho de esa textura contiene Vermiglio, su primera película de ficción, aunque con varios peros, porque en muchos momentos podríamos decir que la película se acerca al documento propiamente dicho donde vemos una mirada de las costumbres y oficios y quehaceres de los habitantes de mediados de los cuarenta del siglo pasado. En ese sentido, la película se mueve entre lo colectivo y lo individual a partir de las miradas de estas mujeres de diferentes edades, siguiendo la estela de las anteriores citas de Delpero, con sus nacimientos y muertes, amores, desamores y otros infortunios y alguna pequeña alegría en silencio, y en cómo estas mujeres se enfrentan a las adversidades de la existencia, en una sociedad patriarcal y altamente religiosa en la que ellas están completamente sometidas a la voluntad masculina, y deben hacer frente a los conflictos que estos les generan. Se habla de maternidad en compañía y soledad, en los dificultosos destinos que les esperan a las mujeres, y sobre todo, se habla de cómo el destino fatal se va imponiendo en un lugar donde hay nulas oportunidades de ser y hacer cosas diferentes. 

Delpero se ha acompañado de un gran equipo entre los que destacan el cinematógrafo como el ruso Mikhail Krichman, habitual del cineasta Andrey Zvyagintsev, amén de otros como Liv Ullmann y Jim Sheridan, donde se impone el cuadro bien cuidado que recoge cada detalle con minuciosidad y pausado, donde abundan los encuadres fijos, en el que el off se convierte en la estructura esencial de la película, porque los momentos de gran tensión se despachan en fuera de cuadro seguidas de magníficas elipsis, alejando a la historia de esos momentos de estridencia sensiblera y sumergiéndonos en un tono de dureza, dolor y tristeza sin caer en el tremendismo. La composición de Matteo Franceschini, ayuda a acercarnos a los altibajos emocionales y complejidades de los diferentes personajes de modo reflexivo y emocionante, así como el gran trabajo del arte y vestuario que son extraordinarios, al igual que la estupenda labor de sonido que firman, entre otros, Dana Farzamehpour, con más de 90 títulos entre los que destacan nombres como los de Asghar Farhadi, Jean-Gabriel Péirot y Alice Diop, entre otros. El conciso y trabajado montaje de Luca Mattei, que ya trabajó en la citada Maternal, consigue elaborar un ritmo que nos va atrapando desde lo cotidiano, la sencillez y la naturalidad del lugar y los personajes, en un ritmo pausado, sensible e íntimo. 

Si el apartado técnico es de primer nivel, el artístico no se queda atrás, con la maravillosa presencia de un actor como Tommaso Ragno como el maestro y padre de la familia numerosa, con una espléndida filmografía que le ha llevado a trabajar con Bertolucci, Vrizi, Rohrwacher, Moretti, entre otros, haciendo de ese maestro de pueblo, tan recto como poco padre y menos esposo. Roberta Rovelli es la madre, más acogedora, realista y cercana con su prole. La debutante Maria Scrinzi es la desdichada Lucia que, ante la fatalidad deberá sacar fuerzas y ser fuerte. orietta Notari hace de una tía que es una mano más que ayuda y alienta todo lo que puede. Sara Serraiocco, que hemos visto en No odiarás, El caso Braibanti y El primer día de mi vida, es otra hija que, en silencio y sin molestar, va haciendo y es una testigo esencial en el devenir de las mujeres de la familia, y Carlota Gamba, una de las protagonistas de la reciente ¡Gloria!,  la diferente del pueblo, y Giuseppe De Domenico es el soldado desertor que trastoca la tranquilidad del lugar, como Santiago Fondevila, otro soldado que vuelve de la guerra, familiar y perdido como el otro. 

El tono y la atmósfera que desprende una película de Vermiglio se hermana de forma muy cercana con la cotidianidad y la profundidad que tenían obras de Vittorio De Seta como sus maravillosos documentales, de Ermanno Olmi como El árbol de los zuecos (1978), y de los hermanos Taviani como La noche de San Lorenzo (1982), en sus formas de mirar el trabajo, a sus gentes, sus costumbres, sus sociedades, sus lugares y sus maneras de enfrentarse a la adversidad del tiempo, de los animales, de la tierra y del progreso y demás asuntos como el amor, la familia, etc… La cineasta Maura Delpero no sólo ha construido un retrato sensible, profundo y reflexivo sobre el pueblo de su padre y sus habitantes y ese momento de final de la guerra, sino que también, ha tejido a fuego lento un minucioso y extraordinario retrato sobre las mujeres, sobre todas las mujeres que debieron enfrentarse y cooperar en una sociedad machista y sobre todo, una sociedad que les dejaba pocas salidas en la vida, y que tuvieron que armarse de valor y coraje para ser ellas mismas y ayudarse entre ellas a pesar de los pesares. Vermiglio debería ser de obligada visión por todo lo explicado, además su historia y contexto circunstancial y emocional se cuentan de forma muy honesta y directa, donde se refleja el arduo camino que han tenido que recorrer tantas y tantas mujeres. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Laia Manresa Casals

Entrevista a Laia Manresa Casals, directora de la película «Casa Reynal», dentro de la iniciativa de El Documental del Mes, en La Bonne. Centre de Cultura de Dones Francesca Bonnemaison en Barcelona, el martes 14 de enero de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laia Manresa Casals, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Carla Font de comunicación de El Documental del Mes, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La semilla de la higuera sagrada, de Mohammad Rasoulof

EL ESTADO Y LA FAMILIA. 

“El ciclo de la vida del ficus religiosa es inusual. Sus semillas caen sobre otros árboles dentro de las heces de los pájaros. Las raíces aéreas brotan y crecen hasta el suelo. Después, las ramas abrazan al árbol huésped y lo estrangulan. Por último, la higuera sagrada se sostiene por sí sola”. 

En La vida de los demás (2020), el cineasta Mohammad Rasoulof (Shiraz, Irán, 1972), trazaba un intenso y profundo alegato sobre la moral, a partir de unas personas que se enfrentaban a sus convicciones, envueltos en aceptar una ley injusta y miserable que les obliga a cumplir con la pena de muerte. En La semilla de la higuera sagrada, y siguiendo la estela de su anteriores trabajos, sigue dándole vueltas a las leyes y su cumplimiento, pero en este caso, compone un cuento de terror en toda regla, porque todo ocurre en el interior de las cuatro paredes de la familia de Iman, recién nombrado juez instructor en Teherán, la capital iraní, en el otoño de 2022 en mitad de las protestas feministas que hizo tambalear el régimen de los ayatolás, en respuesta de la muerte de Masha Jina Amini, una joven de la minoría kurda, mientras estaba detenida. La esposa y madre, Najmeh, y las dos hijas jóvenes Rezvan y Sana.  

Como sucedía en La vida de los demás, el conflicto es extremadamente sencillo y directo, y el relato viaja por diferentes y complejos estados emocionales en un magnífico retrato de personajes. La película pasa de la euforia por el nombramiento de Iman, por los cambios de domicilio y por ende, de estatus social, y el misterio que encierra su trabajo para el resto de su familia. Luego, viene la muerte de la mencionada mujer de la minoría kurda, y el estallido de protestas callejeras de mujeres desafiando al régimen quitándose los velos y celebrando la libertad. Hechos que van alejando a la familia, porque las dos hijas ven mediante internet todo lo que acontece. Otro hecho, que no desvelaré por respeto a los espectadores que no hayan visto la película, crea un cisma insostenible en el hogar que desencadenará un atisbo insalvable entre hijos y padres. Un cine muy bien contado, declaradamente psicológico y un magistral estudio de personajes, y sobre todo, las afectaciones de cumplir con la ley, como ocurría con la película mencionada, y lo que desemboca en el ámbito familiar. El director iraní no se anda por las ramas, construye un cine muy transparente en sus contenidos, generando un cuento sobre la moral que nos agarra desde sus primeras imágenes y no nos suelta hasta la resolución, como si se tratase de una película de terror al uso, como he comentado, con sus mismas texturas y formas, indagando en lo íntimo a partir de lo que va ocurriendo entre los diferentes componentes de esta familia. 

Rasoulof construye una cuidada e intensa cinematografía a través del extraordinario trabajo de Pooyan Aghababayi, que viene del mundo del cortometraje, donde cada encuadre y plano está muy pensado y crea un off brutal, porque los ecos de la calle inundan cada habitación y sobre todo, cada pensamiento de los personajes. Un intenso y agobiante thriller psicológico que tiene mucho de los Polanski, Zulawski, Skolimowski, Kieslowski, y compañía, donde la política, lo social y lo más oscuro del alma humana se convertían en materia diseccionante. El estupendo trabajo de montaje de un grande como Andrew Bird, habitual del cine de Fatih Azkin, amén de otras brillantes cineastas como Julie Deslpy y Miranda July, entre otros, donde los 168 minutos de metraje, que podrían asustar a muchos espectadores, se convierte en una duración adecuada y nada pesada, porque el proceso de los acontecimientos y cómo se va ennegreciendo ese hogar necesitaba observar con tiempo y sin prisas. La magnífica música de Karzan Mahmood, que se ha fogueado mucho tiempo en series de televisión, es un elemento esencial en la historia, porque nos ayuda a crear esa tensión in crescendo en la que está instalada la película, sin ser intervencionista ni molesta, sino todo lo contrario. 

En el apartado artístico nos rendimos por lo bien que interpretan los cuatro principales personajes, como sucede en el cine iraní, donde tienen la capacidad que olvidemos a los intérpretes y nos centramos solamente en la composición y actuación. Tenemos a Missagh Zareh como Iman, que ya había trabajado con Rasoulof en Un hombre íntegro (2017), donde un tipo se enfrentaba a su empresa muy dada a la corrupción, siendo ese hombre que es sometido por el estado por el bien de la seguridad nacional, creando una especie de funcionario sin moral ni ética, dispuesto a todo por mantener su empleo y prosperar siendo el ejecutor del terror estatal. Soheila Golestani hace de Najmeh, la esposa comprometida y ciega que está con y por su marido, aunque las cosas se pueden torcer y nada se ve de la misma manera. Las hijas son Setareh Maleki como Sana y Mahsa Rostami como Rezvan, dos jóvenes contrariadas por las protestas que están sucediendo de las mujeres y por contra, una televisión estatal que miente descabelladamente, y un padre que no suelta prenda de su trabajo y su cometido. Unas ideas que chocan con las de su padre y reclaman más justicia e igualdad y humanidad, situación que irá descomponiendo la aparente tranquilidad que parecía que existía. 

Si les hizo reflexionar y todavía recuerdan una película como La vida de los demás, sobre cómo las fauces del estado va contaminando a los ciudadanos y sobre todo, convirtiéndolos en meros títeres que ejecutan sus leyes terroríficas e injustas. Si fue así, deberían darle una oportunidad a La semilla de la higuera sagrada, un revelador y contundente título, la nueva obra de Mohammad Rasoulof, que vuelve a contarnos la peripecia de un hombre que parece íntegro pero que será absorbido por esa gran maquinaria de injusticias y negocio que se han convertido muchos gobiernos del planeta, donde sólo buscan sus beneficios e imponer unas leyes que benefician a los de siempre que sirven para pisotear a los de siempre, también, sea como sea. Estamos ante una buena historia, dividida en tres partes bien diferenciadas, en un gran guion del propio director, donde nos hace reflexionar, emocionarnos y sobre todo, ver cómo la política no va de cuatro leyes, sino también de las diferencias que se generan en una familia cuando el padre es uno de ellos y opta por mirar a otro lado, mientras sus hijas, llenas de rabia por lo sucedido, no se detienen y buscan su rebelión y su lucha, aunque sea en las cuatro paredes de su casa y contra su padre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Daniel Tornero

Entrevista a Daniel Tornero, director de la película «Saturno», en el Parc de l’Estació del Nord en Barcelona, el jueves 24 de octubre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Daniel Tornero, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial, y al equipo de comunicación de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Natalia de Molina

Entrevista a Natalia de Molina, actriz de la película «Desmontando un elefante», de Aitor Echevarría, en la terraza del Pol&Grace Hotel en Barcelona, el jueves 9 de enero de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Natalia de Molina, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Sandra Ejarque de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Aitor Echeverría

Entrevista a Aitor Echeverría, director de la película «Desmontando un elefante», en la terraza del Pol&Grace Hotel en Barcelona, el jueves 9 de enero de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aitor Echeverría, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Sandra Ejarque de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Alba Guilera

Entrevista a Alba Guilera, actriz de la película «Desmontando un elefante», de Aitor Echevarría, en la terraza del Pol&Grace Hotel en Barcelona, el jueves 9 de enero de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alba Guilera, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Sandra Ejarque de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Desmontando un elefante, de Aitor Echeverría

CUIDARNOS PARA CUIDAR.  

“¿Qué es lo que me ha ocurrido en mi vida que me ha convertido en un inválido en el plano de los sentimientos?.

Frase recogida en “Cuaderno de trabajo”, de Ingmar Bergman

La película se abre con una imagen reveladora donde vemos a Marga, la madre echada en un sofá durmiendo la mona y en la cocina se ha producido un fuego que vemos borroso en segundo plano. En ese instante, irrumpe en la casa Blanca, la hija, que intenta infructuosamente despertar a su madre y se dirige con premura a la habitación de al lado a intentar apagar el fuego. Dos figuras, la madre y la hija, son las que se asienta la primera película de Aitor Echeverría (Barcelona, 1977), al que conocíamos por su faceta como cinematógrafo junto a interesantes cineastas como Nely Reguera, Jo Sol y Cesc Cabot y Pep Garrido. Su ópera prima nace en el cortometraje Morir cada día (2010), en el que vimos los primeros pasos de una familia que debe enfrentar un problema al que todos sus miembros deciden no afrontar por su incapacidad emocional. En Desmontando un elefante, que nos remite a eso mismo, se centra en la familia y en esas dos figuras de madre e hija, de cómo actúan cuando el problema es tan grande que ya no hay manera de esconderlo por más tiempo. 

El cineasta barcelonés firma un guion junto al citado Pep Garrido, en el que nos plantea una película de muy pocos escenarios, en que la magnífica casa familiar con jardín emerge como el epicentro de la trama. Un relato marcadamente frío, elegante y nada empático, porque el director nos propone una mirada muy íntima y para nada sensiblera, sino todo lo contrario, a través de una historia donde vemos como actúa cada miembro de esta familia, tan diferentes y tan esquivos para relacionarse con el problema del alcohol que padece la madre. Habíamos visto muchas películas sobre el tema del alcoholismo, pero pocas, muy pocas, ahora yo no recuerdo ninguna, que nos habla que ocurre después de la desintoxicación, de esos días y meses después de salir del problema, de ese período de adaptación a la vida, al trabajo y a tu entorno. No se busca la empatía con el espectador y sí la reflexión, donde la emoción se resignifique y sea una espiral que nos lleve a hacernos preguntas sobre nuestra inútil forma de relacionarnos ante los problemas de los que nos rodean. De nuestra incapacidad emocional, como citaba Bergman, de todo lo que no somos emocionalmente hablando, de la terrible incomunicación entre los más cercanos, y la estúpida capacidad para centrarnos en temas menos incómodos, menos duros y sobre todo, menos dolorosos. 

Echeverría opta por el cinematógrafo Pau castejón Úbeda, que ya trabajó en el mencionado cortometraje, amén de los hermanos Pastor, Elena Trapé y Alejo Levis, entre otros, en una luz fría y belle a la vez, que usa con inteligencia todos los espacios de la casa, muy cortados y segmentados, para generar todas las barreras físicas y sobre todo, emocionales que separan a los integrantes de esta familia. La ausencia de música original también ayuda a crear esa atmósfera de película polaca, es decir, de construir casi un thriller psicológico, lleno de miradas, silencios y gestos donde la intimidad cotidiana se torna oscura y terrorífica como hacían los Zuwalski, Skolimowski, Polanski y Kieslowski, entre otros. En los mismos términos juega un gran papel el fantástico trabajo del montaje de Sofi Escudé, habitual de Pilar Palomero, Liliana Torres, Mar Coll y Elena Trapé, porque logra ajustar una cinta que se va a los 82 de metraje sólido y sobrio, en el que se mantiene una especie de calma en apariencia que está apunto de estallar. El sonido sutil y nada invasor, pero muy efectivo, obra del tándem Marianne Roussy, que tiene a Costa-Gavras, Ferrara y Chema García Ibarra, entre sus directores, y Philippe Grivel, toda una institución con más de 200 títulos.

En el campo artístico, el director catalán ha escogido muy bien, porque Emma Suárez como Marga es una gran elección en otro de sus grandes interpretaciones, porque casi sin hablar lo dice todo con ese rostro y mirada tan rotos, dando vida a una madre que acaba de salir de la clínica de desintoxicación y debe aprender a vivir sin alcohol, retomando su vida, o lo que queda de ella, su familia, en la que todos deben ayudarse, y su trabajo, evitando todos los juicios de los otros. Frente a Suárez, encontramos a una siempre generosa y estupenda Natalia de Molina es Blanca, la hija que no sabe cómo ayudar a su madre, a la que sobre protege, descuidando su vida y su trabajo con el baile, donde la danza se erige como contraplano para exorcizar todos los elementos interiores que bullen sin encontrar una salida catalizadora. Les acompañan unos formidables Darío Grandinetti como padre, más metido en su trabajo y en el arreglo de la cocina, para de esa manera hacer que como que nada ha cambiado, cuando en realidad, todo ha cambiado. Y por último, la presencia de Alba Guilera, que nos encantó en Un año, una noche (2022), de Isaki Lacuesta, aquí es la hermana mayor que vive en París y acaba de ser madre y opta por una actitud diferente. 

Me ha hecho reflexionar mucho Desmontando un elefante, de Aitor Echeverría, porque dentro de su modestia y de su primera vez, nos habla desde el corazón y el alma, sin caer en una historia demasiado explicativa y sensiblera, sino en todo lo contrario, en un relato que mira de cerca y de verdad a sus personajes, y nos obliga a los espectadores a mirar en ese reflejo que nos devuelve la película, en cómo nos relacionamos con los que tenemos más cerca, en cómo afrontamos los problemas de los otros, y cómo evitamos los conflictos aunque nos pisoteen la vida, en cómo no miramos al elefante, que hace referencia el título, aunque nos esté aplastando nuestra vida. Una película que en cierta manera, tiene el aroma de la magnífica Tots volem el millor per a ella (2013), de Mar Coll, porque la Geni, que ha sufrido un accidente y debe volver a su vida, se parece a la Marga que interpreta Emma Suárez, porque las dos sufren la incapacidad de la familia, porque no saben cómo ayudarla y encima, actúan como si nada hubiese ocurrido, un desmadre que tiene consecuencias fatales. Celebramos la primera vez de Echeverría y su coraje para hablar de temas que nos duelen demasiado, y sobre todo, hacerlo desde la mirada y la emoción que lo hace. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

Casa Reynal, de Laia Manresa Casals

LA PADRINA MONTSERRAT.   

“Els nius no només fan possible la vida, sinó que també són llocs on digerir la mort.”

Los primeros instantes de Casa Reynal, de Laira Manresa Casals (Barcelona, 1973), son de una concisión narrativa y formal maravillosa. La película se abre con sus padres Montserrat y Ramon mirando por la ventana como un grupo de golondrinas (en off) vuelven a casa como cada primavera. Luego, un joven mide los espacios de la casa e inmediatamente, momentos relacionados con la inmobiliaria que venderá la casa. Seguidamente, la propia Laia conduciendo llega a Ca Reynal y finaliza este prólogo con la padrina Montserrat Reynal en una imagen de archivo. En apenas diez minutos ya nos han explicado el lugar donde sucederá la historia y sobre todo, las personas que la habitarán. Porque el segundo largo como directora de Laia Manresa Casals y el primero en solitario, no es una historia más ni cualquiera. Es su historia y la historia de su padrina, la mencionada Montserrat y la de su familia y la casa que habitaron, Ca Reynal. Una historia ubicada en Bellvís, un pequeño pueblo del Pla d’Urgell, en la provincia de Lleida, el primer y último escenario que vio la padrina, como explican al inicio. 

A Manresa Casals la conocíamos por sus guiones para Joaquim Jordà en magníficas películas como De nens (2003), Veinte años no es nada (2004) y Més enllà del mirall (2006), y su debut como directora junto a Sergi Dies en Morir de día (2010), un proyecto del propio Jordà que recoge testimonios de la llegada de la heroína a Barcelona. Su siguiente película Casa Reynal, con ese hilo rojo que conecta tiempo y personas, acoge la misma estructura que su primer largometraje, ya que recupera un tiempo del pasado y olvidado, a partir de presencias y ausencias con la figura de la padrina Montserrat que vertebra todo el entramado histórico que residió la citada casa. El vaciado de la casa por parte de la propia Laia y sus padres sirve para enfrentarse al pasado de la casa, y transitar por ese otro tiempo de la padrina, desde que nació, su trabajo siendo una adolescente como empleada doméstica en Barcelona, su boda, su trabajo en la lechería de los Bonet, sus hijos, su vuelta a Bellvís, las alegrías, las tristezas, las despedidas y las llegadas y sobre todo, un recorrido que la película hace desde el corazón, contando la experiencia personal en un entorno hostil, en una Barcelona de posguerra y los años duros de hambre y miseria, la bonanza económica de los sesenta, y unos últimos años de prosperidad disfrutando del legado de los Bonet. Todo contado como un cuento con la voz de la directora como si nos contase una fábula “a la vora del foc”, donde la figura de la padrina se erige como una mujer capaz de todo, y sobre todo, una mujer de su tiempo con coraje y decidida. 

La directora barcelonesa ha querido que la película tenga una factura técnica brillante, sin ningún alarde narrativo ni formal, ni peripecias ni estridencias que no vienen al caso, porque quería que la película se contase entre susurros, “a cau d’orella”, con tranquilidad y sin prisas, tan llena de recuerdos y memoria, de presencias y ausencias, y de una casa que los vio a todas, con sus existencias, sus alegrías y tristezas. Para el filme se ha acompañado de un gran equipo humano empezando por cuidada producción de Sandra Forn y Cristina Galvarriato, y de algunos colaboradores que ya estuvieron en Morir de día como el cinematógrafo Carles Gusi, un grande con más de 100 títulos en su filmografía, y Sergi Dies, en aquella codirector y editor, y ahora nuevamente montador, y los nuevos fichajes como la cinematógrafo Lucía Venero, que estuvo en la mencionada Idrissa…, el sonido directo de Elena Coderch, con más de 40 películas con directoras como Neus Ballús, Mar Coll, y la reciente Casa en flames, y la excelente música que interpretan Albert Pla con una canción que remite a las nanas sobre la padrina que pone el vello de punta, y los temas de Judit Farrés, que le dan ese aroma de fábula y poético, donde el tiempo se desvanece y se mezcla el pasado y el presente, y ayuda a paliar los momentos de dolor y ausencia.  

Durante la presentación de su libro “Volver a dónde”, Antonio Muñoz Molina dijo: “Todo lo que somos lo debemos a otros”. Una frase que encaja perfectamente en todo lo que cuenta la película Casa Reynal, de Laia Manresa Casals, porque desde el presente se mira a los que nos precedieron, en especial, a la padrina Montserrat y su existencia y los que la acompañaron, además, es un sincero y profundo homenaje a todas aquellas mujeres rurales que debieron dejar sus pueblos de origen e ir a la capital a buscar un porvenir que se les negaba en su tierra. Casa Reynal es una obra mayúscula, profundamente emotiva, pero que, en ningún caso, cae en la relamida sensiblería. Una historia sensible, íntima y llena de alma, que cuenta una dolorosa y bella historia que recorre casi todo el siglo XX y un poco del XXI, a través de una mujer como la padrina, eje y fuerza para las generaciones que han venido después como la hija Montserrat Casals y la nieta, Laia Manresa Casals que cuenta su historia y por ende, la suya, y lo hace desde el respeto y lo humano, transmitiendo toda esa lucha vital, toda esa fuerza, todos esos años condensados en los pausados y ligeros 91 minutos de metraje, que van despacio recorriendo las vidas que fueron desde el hoy, un presente que convierte a la película en una parte más del legado familiar porque tiene la capacidad alucinante de crear un tiempo y espacio fílmico donde vivos y muertos cohabitan la Casa Reynal, donde unos y otros dialogan entre ellos y los ausentes se vuelven presentes y sus historias salen de la su intimidad y olvido personal y se vuelven de verdad y sobre todo, compartidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA