Sálvese quien pueda, de Alexe Poukine

EN LA PIEL DEL OTRO.  

“Antes de curar a alguien, pregúntale si está dispuesto a renunciar a las cosas que lo enfermaron”. 

Hipócrates

Si recuerdan cómo empezaba Todo sobre mi madre (1999), de Almodóvar, con unos doctores realizando un taller de formación con psicólogos en los que se trabaja la empatía y sobre todo, el momento de dar información delicada y difícil. Una situación parecida como la que se vive en la película Sálvese quien pueda (“Sauve qui peut”, en el original), de Alexe Poukine, originaria de Francia e instalada en Bruselas (Bélgica), la historia se centra en los cursos de formación para sanitarios, empezando por una simulación en la que un doctor debe informar a un paciente de su enfermedad, un cáncer que no tiene cura, después estamos con unos estudiantes de medicina, y cómo se recaba la información necesaria para el trato, estudio y posterior diagnóstico de los pacientes, y finalmente, enfermeras y diferentes oficios de la sanidad participan en los diferentes aspectos de su trabajo, los pros y contras y atacan a un sistema demasiado colapsado y privado que prima los beneficios en pos de una salud pública, con más tiempo y atención para cada paciente.

Poukine debutó con Duerme, duerme en las piedras (2013), en la que mediante sus familiares reconstruyen la vida de su tío que murió como vagabundo. También, la conocíamos Lo que no te mata (“Sans frapper”, en el original) de 2019, que también pasó por El Documental del mes, en la que recogía el testimonio de una mujer violada a través de la teatralización de un grupo de mujeres que revivían la experiencia y contaba las terribles consecuencias del suceso. Un contundente documental en la que, sin florituras ni estridencias, se hablada de frente de la violación y los traumas que dejaban en la víctima, en un tono frío, directo y sensible. Usando el mismo aspecto formal, en la que prevalece la cotidianidad, el tono cercano e íntimo y nada impostado, y además, un continuo espacio de diálogo donde cada uno de los integrantes explica sus realidades y en grupo se comparten con la mediación de los profesionales de la psicología. Nos encontramos en Lausana (Suiza), en unos talleres de formación en la que a partir de simulaciones en los que se exponen todos los problemas a los que se enfrentan diariamente los sanitarios, ya sean de orden laboral, con los innumerables recortes y demás aspectos de su trabajo, la falta de herramientas y el poco tiempo para tratar a los pacientes, y los otros problemas, los que tienen que ver con el diálogo con los enfermos, a los que deben de informar de su enfermedad y demás cuestiones que resultan sumamente complejas. 

El tono de Sálvese quien pueda es de frente y sin cortapisas, aspecto que le añade una gran “verdad” en todo lo que se cuenta, con una cámara que capta todos los detalles que allí se producen, tomando la distancia adecuada y sin ser demasiado entrometida, convirtiéndose en un testigo privilegiado y observador que recoge todo aquello que vemos y lo que no, generando un espacio de libertad, sensibilidad y humanidad entre los participantes, con unos profesionales de la sanidad que participan en grupo realizando unos talleres no sólo de formación, sino también de establecer diálogos necesarios y sumamente importantes para hablar de su trabajo, de sus conflictos, y sobre todo, de sí mismos, de sus preocupaciones, miedos, trabas, complejidades y demás situaciones con las que deben convivir diariamente en sus centros de trabajo, donde se trabaja la empatía, la mirada, la caricia y la cercanía ya que deben vivir momentos altamente dificultosos en los que deben lidiar con problemas por la falta de inversión, de recursos y demás, con unas personas enfermas con las que, en muchas ocasiones, exigen un tratamiento y una cura en enfermedades que ya no lo tienen. 

Esta película debería ser de visión obligatoria no sólo como estímulo y ayuda a todos los profesionales de la sanidad, sino también a todo el mundo, porque si no trabajamos como sanitarios, en algún momento de nuestras vidas, vamos a ser pacientes y casi seguro, enfermos. Así que, todos y todas debemos aceptar las reglas del juego y ponernos en la piel del otro y establecer un espacio de empatía, intimidad y miradas que nos ayuden, a unos y otros, a querernos y abrazarnos, y a comprendernos los unos a los otros, y trazar esos puentes de ayuda y tiempo tan necesarios para lidiar con los asuntos tan complejos de la salud y sus procesos. Alexe Poukine sitúa su mirada-cámara en el foco del conflicto, pero no lanza respuestas milagrosas que quizás, muchos esperan con los brazos abiertos. La cosa no va por ahí, va mucho más allá, va de hablar y comunicarse, pero de verdad, tomándonos el tiempo necesario, escuchar en silencio al otro/a, y tender esos puentes necesarios para que unos trabajen con las mejores herramientas y otros, sean atendidos de la mejor forma, sin prisas y con la intimidad necesarias, con el fin de que todos/as vivan sus respectivos roles: los trabajados y los pacientes con la libertad y la sensibilidad acordes para experimentar sus difíciles caminos con amor y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Chloé Barreau

Entrevista a Chloé Barreau, directora de la película «Fragmentos de una biografía amorosa», en el marco de El Documental del Mes, iniciativa de DocsBarcelona, en la terraza del Instituto Francés en Barcelona, el martes 1 de abril de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Chloé Barreau, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Sam Wallis, por su gran labor como intérprete, y a Carla Font de Comunicación de El Documental del Mes, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tardes de soledad, de Albert Serra

LA BELLEZA Y EL HORROR. 

“La historia del toreo está ligada a la de España, tanto que, sin conocer la primera, resultará imposible comprender la segunda”.

José Ortega y Gasset

Los primeros instantes de Tardes de soledad, de Albert Serra (Banyoles, 1975), son realmente sobrecogedores, y lo son de una forma sencilla y nada complaciente, porque vemos a un toro que nos observa, en mitad de la oscuridad acompañado de un silencio sepulcral, sólo roto por su agitada respiración, que nos acompañará durante todo el metraje. La cámara lo filma y el toro se mueve y nos mira, sin nada más. Inmediatamente después vemos al torero Andrés Roca Rey, después de una corrida, cansado y exhausto. Ese hilo invisible o quizás, puente imaginario, en el que toro y torero comprenden una suerte de comunión que se escenifica en la plaza. Un encuentro lleno de desencuentros son los que filma la película que deja al público en off, fuera de campo, al que sólo escucharemos entre voces, gritos y demás. La cámara baja al ruedo y nunca mejor dicho, se posa junto al burladero, una cámara-Ozu, o lo que es lo mismo, un cuadro a la altura de lo que filma, donde nadie es más que nadie, donde la vida y la muerte penden de un hilo casi invisible. 

Las imágenes de la película con su extrema cercanía no habían sido hasta ahora, nadie las había filmado de esa forma, y eso hace la obra de Serra, desde un ámbito cinematográfico como audaz, brillante y diferente. Estamos ante una cinta que se ejecuta a través de lo esencial: las corridas de toros y el antes y después de las mismas, casi en silencio, dejando que las cosas sucedan, eso sí, pero que sean filmadas de la mejor forma posible, sin perder esa conexión entre toro y torero, donde ellos son lo principal, son lo único, donde las imágenes trascienden hacia otra cosa, hacía algo en mitad de la belleza, el compromiso, la fe, el trabajo, el compañerismo, el miedo, el horror, la sangre y la muerte. Una película de pliegues, de retazos, de planos, de imágenes poderosas que se van juntando unas a otras en una ceremonia donde lo cotidiano y lo salvaje se confunden, se mezclan de una forma natural, sin estridencias ni artificios. Todo lo que vemos está ocurriendo en ese instante, sin trampa ni cartón, y el arte cinematográfico lo capta con la técnica más depurada e íntima para captar todo ese universo que existe entre toro y torero que la película capta en muchos instantes, donde el tiempo y contexto no existen, sólo las mutuas respiraciones y agitaciones de los dos mundos. 

Una película de estas características tiene en la técnica un trabajo extraordinario donde cada elemento y detalle deben estar a la altura de todo aquello que se quiere capturar. El director de Banyoles vuelve a rodearse de grandes técnicos que llevan acompañándolo en su filmografía. Tenemos a Jordi Ribas en sonido, esencial en esta película, porque logra captar todos las respiraciones y sonidos de toro y torero, donde no hay apenas diálogos, si exceptuamos los pocos que escuchamos en el interior del automóvil que traslada a Andrés Roca Rey y su cuadrilla antes y después de las corridas, donde hay seriedad, mucha tensión y algo de humor. La cinematografía vuelve a correr de la mano de Artur Tort, acompañado de otros operadores como Christophe Farnarier, que hizo la fotografía de Honor de cavalleria (2006), e Ion de Sosa, director de Sueñan los androides (2014) y Mamántula (2023), entre otras, en un excelente trabajo donde se filma lo invisible, lo que no vemos y todo lo que vemos construyendo una traspasante intimidad que nos deja alucinados, en el que cada detalle está ahí, cada gesto y cada mirada, rodeados de una tensión brutal y donde la sangre tiñe cada encuadre y cada plano. La exquisita música de Marc Verdaguer, que logra fusionar lo real con lo imaginario y la belleza con el horror. El montaje que firman el citado Tort y el propio director nos sitúa en el centro de todo, entre toro y torero, siendo testigos de esta experiencia, con esos encuadres en los hoteles donde se viste y el magnífico encuadre fijo en el interior del coche que se va repitiendo en sus demoledores 126 minutos de duración. 

La generosidad del torero Andrés Roca Rey y su cuadrilla han sido vitales para la producción de la película, porque abren su vida y su toreo al servicio del cine, abriendo su alma y dejándonos entrar en ese coto tan cerrado y atávico que es el mundo de los toros, construyendo unas imágenes antes imaginadas y nunca vistas y mucho menos como las que muestra la película. Una experiencia que estaría cerca de aquella otra, más de medio siglo atrás, de Lejos de los árboles (1972), de Jacinto Esteva, en otro contexto y circunstancia, claro está, pero filmando de una forma donde lo importante es traspasar la pantalla y compartir con los espectadores esa experiencia salvaje y diferente de una forma clara, sincera y directa. La película quiere llegar al alma de las corridas de toros, todo lo que se genera a su alrededor y todo lo que transita por ese universo, pero no haciéndolo como se había hecho hasta ahora, sino yendo muchísimo más allá, desde las entrañas, desde el interior tanto de toro como de torero, donde las dos almas nos traspasan y muestren su interior, o al menos, parte de él, para que podamos sentir esa extraña ceremonia entre la verdad, la fuerza, la tragedia y el horror que se produce en una corrida de toros. 

Otro de los grandes elementos de Tardes de soledad, es su no posicionamiento a las corridas de toros, desconocemos la posición de la película ante lo que filma, y sinceramente, es de donde se puede filmar algo así, porque a día de hoy, el mundo de los toros, antaño el mayor espectáculo de masas del país, ahora en vías de extinción, o al menos, con mucho menos aceptación del público y seguidores, y lleno de controversia y polémicas y críticas, no se podía filmar de la forma que está hecha si la película se convirtiese en un alegato a favor o en contra de los toros. Nada de eso ahí, y la película consigue algo extraordinario, porque el que suscribe nunca ha estado en una corrida de toros y tampoco le gustan y he vivido una experiencia brutal con la película, porque el cine se rinde a lo que tiene delante y se enriquece de toda su técnica para filmar lo que está viendo, de un modo descarnado, de frente y nada complaciente, en una película que muestra toda la verdad y el horror que se produce en una viaje íntimo y abismal del cine de Serra donde la desmitificación es su eje vertebrador como ya hiciese en su memorable Història de la meva mort (2013), con la que Tardes de soledad tiene muchas conexiones, en la que también confluyen la vida y la muerte y la comunión entre la razón y la barbarie, entre lo invisible y lo trágico, entre el todo y la nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Objeto de estudio, de Raúl Alaejos

¿CÓMO SE FILMA AL OTRO?. 

“No creo que haya ninguna frontera entre la ciencia y el arte. Todas las películas de ficción que he hecho siempre trataban el mismo tema: el descubrimiento del “Otro”, la exploración de la diferencia”. 

Jean Rouch

Las primeras secuencias de una película resultan muy reveladoras y trazan el camino a seguir. en Objeto de estudio, de Raúl Alaejos (León, 1978), la primera imagen es un meteorito expuesto en el que alguien golpea y emite sonidos, le sigue un inuit descendiente del explorador Robert Peary que se erigió como el primer hombre en llegar al Polo Norte en 1909 junto a su ayudante Matthew Henson, que tuvieron hijos con mujeres inuit pensando que crearían una combinación perfecta. La tercera imagen nos lleva al interior de una iglesia e inmediatamente después, el público congregado sale del lugar y la cámara los filma desde fuera. Una imagen que nos remite al cine, a la primera secuencia de la historia del cine español. La idea de Alaejos era seguir, un siglo después, la pista de los descendientes de los exploradores y plantearse algunas cuestiones: ¿Cómo filmamos al otro?. ¿Cómo filmamos el paisaje del otro sin caer en la visión romanizada de la naturaleza y lo salvaje?. Preguntas que le surgieron mientras trabajaba para una campaña de concienciación para Greenpeace en la zona. 

No es la primera vez que el cineasta leonés ya había trabajado en una anterior pieza “polar, en Elegy for the Arctic, situada en el archipiélago noruego en la que el pianista Ludovico Einaudi interpreta sobre una plataforma flotante mientras el hielo se va cayendo a su lado. En Objeto de estudio, la película no sólo muestra el bruto, es decir, los problemas que se generan a la hora de filmar al otro y su paisaje, construyendo un profundo y honesto ensayo fílmico donde todo se cuestiona y además, se interpela constantemente al espectador, que no se le arrincona como un simple observador, se le obliga a mirar y sobre todo, a hacerse preguntas como se les hace el propio cineasta. La torpeza de las imágenes se erigen como la mejor muestra de esa incesante búsqueda de cómo situar la cámara y a qué distancia, como ocurre en muchos momentos de la película, y ese continuo juego de cine en el que los planos y encuadres no remiten a una construcción dramática ni nada parecido, sino a un espejo-reflejo de aquello filmado y aquello oculto, lo que queda en off, tan importante como lo visible. Un ejercicio constante de cine y no cine, de exploración cinematográfica y de dudas, caminos abiertos y no encontrados y sobre todo, de filmar y ser filmado. 

Las poblaciones de Qaanaaq y Siorapaluq en Groenlandia sirven de escenario, con la compañía del explorador Hilo Moreno, la asistencia en el montaje y el distribuidor y también, cineasta David Varela, el sonido de Rafael Martínez del Pozo, y la cinematografía y montaje del propio Raúl Alaejos en un documento que va más allá de la estructura convencional de una película, acercándose al cine de Flaherty, en que todo cine es construcción y apropiación, y en realidad no filmamos a otros sino a nosotros, al cine del citado Rouch, en que el cine etnográfico sólo es un vehículo para mostrar las carencias, dificultades y prejuicios que tenemos en el momento de encontrarnos con los otros y sobre todo, filmarlos. El cine de Alaejos tiene una relación especial con las películas de Elías León Siminiani y concretamente con Mapa (2012), en el que el director cántabro se pregunta constantemente muchas de las cuestiones que también se plantea Alaejos, en documentos que sólo nos intentan contar una experiencia personal, sino que también, visibilizan todas las dudas y miedos en construir un cine que tiene mucho que ver con el otro, y sobre todo, con nuestra mirada como cineastas y como personas occidentales que se acercan a mirar al otro, tan alejado y diferente, con nuestros convencionalismos y superioridad occidental.   

El director Raúl Alaejos introduce las dosis de humor que evidencian que, ante la imposibilidad de filmar al otro, siempre nos queda reírnos de nosotros y de lo que tenemos a nuestro alrededor, y sobre todo, jugar con el dispositivo cinematográfico, ya desde su sintomático título, para que el retrato que hagamos sea divertido y muy irónico, donde lo que tenemos delante no sólo sea un espacio donde impongamos nuestra mirada, sino que sea un campo de exploración infinita donde cada imagen y el sonido o no que lo envuelve, sea siempre una decisión no solamente técnica, sino que también sea una actitud honesta y humana hacia el/lo filmado. Hay momentos jugosos y tronchantes, porque sin ser señalador, la película dispara en una dirección concreta, como ese maravilloso instante que remite a Nanook of the North (1922), del mencionado Flaherty, y cómo se filma en producciones convencionales con la canción de Madonna y el paisaje blanco que nos engulle, pero como una idea simplista de la naturaleza salvaje y el indio. No dejen pasar Objeto de estudio, de Raúl Alaejos, porque es mucho más de lo que se imaginan, y además, filmada con una naturalidad y sencillez aplastantes, con la presencia o no del cineasta y su alter ego actoral, porque la película también se pregunta: ¿Cómo somos y cómo nos filmamos a nosotros cuando nos relacionamos con el otro?. Seguramente, nos convertimos en otro, porque al fin y al cabo, siempre estamos reinventándonos y reconstruyendo nuestras existencias y más cuando nos relacionamos y filmamos al otro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Laia Manresa Casals

Entrevista a Laia Manresa Casals, directora de la película «Casa Reynal», dentro de la iniciativa de El Documental del Mes, en La Bonne. Centre de Cultura de Dones Francesca Bonnemaison en Barcelona, el martes 14 de enero de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laia Manresa Casals, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Carla Font de comunicación de El Documental del Mes, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Daniel Tornero

Entrevista a Daniel Tornero, director de la película «Saturno», en el Parc de l’Estació del Nord en Barcelona, el jueves 24 de octubre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Daniel Tornero, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial, y al equipo de comunicación de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Elena López Riera

Entrevista a Elena López Riera, directora de la película «Las novias del sur», en el Zumzeig Cinema en Barcelona, el viernes 10 de enero de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Elena López Riera, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y al equipo de Comunicación de Vitrine Filmes, y a Carmen Jiménez de prensa de la película, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ciento volando, de Arantxa Aguirre

EL PAISAJE, LA FORMA Y LOS ENCUENTROS. 

“El arte está ligado a lo que no está hecho, a lo que todavía no creas. Es algo que está fuera de ti, que está más adelante y tú tienes que buscarlo”. 

Eduardo Chillida

Es verano, amanece en San Sebastián. Junto al mar, donde las olas rompen contra la piedra, en la ubicación de la escultura del “Peine del Viento”, de Eduardo Chillida (1924-2002), se persona la actriz Jone Laspiur, que nos encantó en Ane (2020), de David Pérez Sañudo, en Akelarre (2020), de Pablo Agüero y Negu Hurbilak (2023), del Colectivo Negu, entre otras. La actriz nos guiará por Ciento volando (que acoge como título una frase recurrente del escultor), la séptima película de Arantxa Aguirre (Madrid, 1965), que está dedicada a la vida y obra de Chillida, que el pasado viernes 10 de enero hubiera cumplido 100 años. La película no se dedica a mostrar sus obras y a acompañarla de expertos y admiradores de su obra que nos vayan resplandeciendo tanto su figura como su trabajo, como a veces ocurre con este tipo de trabajos. El largometraje de Aguirre no va por ahí, se decanta por otros menesteres, que escribía Cervantes, porque su trabajo nos invita a la quietud y el silencio, y nos convoca a bucear nuestra alma, sin prisas pero tampoco con excesiva pausa, y no usa mejor vehículo que un gran paseo por Chillida Leku, el museo al aire libre convertido en la obra cumbre del escultor. 

Una película se nutre de la escultura de Chillida, como no podía ser de otra manera, a través de la contemplación de sus obras, acompañada de algunas referencias históricas de su vida y obra, mediante un archivo escueto, porque la película quiere romper el tiempo convencional y restaurarlo, es decir, hablar del pasado y el futuro siempre con el presente por delante, donde el tiempo se esfuma, se revierte hacia un sentido mucho más amplio del término, despojándose de su espacio convencional para abrirlo a más formas, texturas, ideas, reflexiones y sobre todo, dibujar una obra imperecedera, sin tiempo ni lugar, aunque el cielo oscuro y plomizo del norte vasco tenga una importancia cumbre en el hierro y forjado que usaba el escultor. La película abraza el paisaje, no tiempo y los encuentros a partir de la curiosidad de la citada Jone Laspiur que, actúa como un guía inquieto y tremendamente observador, como los narradores Shakesperianos, que va dialogando con familiares, compañeros y amigos de Chillida para contarnos la parte más humana y desconocida del genio, en la que la presencia de su mujer Pilar Belzunce en su vida fue capital para entender y saber su camino como escultor y también, su pasión por su trabajo, su tierra, sus obras y todo el universo invisible y espiritual que la rodea. 

La obra de Aguirre tiene un acabado formal y narrativo exquisito, donde cada encuadre es conciso y sobrio, porque era muy fácil caer en un exceso de belleza, pero la película tiene mucho tacto en ese aspecto, porque no se recrea ni con el entorno ni con las obras. Un trabajo de cinematografía que firman tres grandes nombres de la industria vasca como Gaizka Bourgeaud, que tiene en su filmografía nombres como Ana Díez, Asier Altuna, Telmo Esnal y Lara Izagirre, entre otros, el de Rafael Reparaz, que ya hizo Dancing Beethoven (2016), con Aguirre, amén de Ira, de Jota Anorak, Asedio, de Miguel Ángel Vivas, y Carlos Arguiñano Ameztoy. Una imagen elegante y cercana, cogiendo todos esos colores grisáceos que van tan bien para mirar las obras como para descubrir su interior, El magnífico trabajo de montaje de Sergio Deustua Jochamowitz en su segunda película con la directora después de La zarza de Moisés (2018) sobre la longeva compañía teatral de Els Joglars. El gran trabajo de sonido que cuida y mima al detalle cada leve ruido que escuchamos, de un grande como Carlos de Hita, que ha trabajado con Gerardo Olivares, en documentales sobre naturaleza con Joaquín Ruiz de Hacha y Arturo Menor, e Icíar Bollaín, entre otros. 

Si no les gusta la obra de Chillida, o quizás, tampoco estén interesados en la escultura y mucho menos en su estilo, o tal vez, no tengan ni idea ni sepan interpretar sus obras, no teman, porque la película está abierta a todos los públicos, tanto los seducidos como los descreídos, porque no es sesuda ni para intelectuales, como se decía antes. Ciento volando, de Arantxa Aguirre sigue la estela de anteriores trabajos de la directora madrileña, siempre en el campo de las artes y sus creadores, los ya citados que hablaban de danza y teatro, los que ha dedicado a grandes músicos en Una rosa para Soler (2014), El amor y la muerte. Historia de Enrique Granados (2018), y la pintura en Zurbarán y sus doce hijos (2020). Las obras de Aguirre son curiosas y muy inquietas, porque nos muestran universos complejos y biografías alucinantes, pero lo hace dejando la ceremonia y el bombo de otros títulos, para recorrer de una forma íntima y profunda todos los lados, texturas y formas de la obra del autor en cuestión y además, traza una incisiva y natural acercamiento a la persona, a su intimidad, a sus quehaceres cotidianos, a sus amores o no, y si faltaba alguna cosa, los devuelve al presente, los hace visibles, los hace contemporáneos y sobre todo, los hace muy cercanos y transparentes, los saca de la pompa y los hace cotidianos para que cualquier espectador pueda conocerlos, reconocerlos o simplemente descubrirlos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una Navidad para todos, de Ken Wardrop

EN ALGÚN LUGAR DE IRLANDA…

“La esperanza es como el sol, que si bien se pone al final de cada día, vuelve a salir cada mañana”. 

Charles Dickens

Érase un pueblo de Irlanda. Uno de esos pueblos que para nosotros no tendrá nombre. Uno de esos pueblos en los que conoceremos a cinco personas: un viudo con dos hijos pequeños, una madre soltera con tres hijos, una mujer sola que imagina una vida que no tiene, un obrero que vive sólo junto a su perro y una señora que está sola en su casa y con sus recuerdos. La película se llama Una Navidad para todos (“So This is Christmas”, en el original) de Ken Wardrop (Portarlingron, Irlanda, 1973) y nos cuenta la vida de unas personas tan cercanas como nosotros. Cinco miradas a la soledad. Cinco individuos que, a pesar de los palos vitales, siguen cada día tirando del carro. La acción arranca a finales de noviembre, un mes vista del día de Navidad, donde el bullicio de las calles, el trasiego de gente preparando y comprando la comida y los consabidos regalos hacen de la pequeña ciudad un hervidero de entusiasmo y alegría. La película no va en contra de la Navidad ni mucho menos, si no que nos explica las cotidianidades de estas cinco almas en las que la vida se ha vuelto difícil, algo amarga y llena de ausencias.

El cine de Wardrop se construye a partir de las complejidades de las relaciones humanas, de todo aquello que somos y lo que no, y cómo nos relacionamos con los otros. En su cine ha hablado de temas como los hombres que han pasado por las vidas de un grupo de mujeres en His & Hers (2009), de la masculinidad y la relación con sus madres en Mom and Me (2015), Making the Grade (2017), sobre la educación. Historias que rescatan la sencillez y la naturalidad de las personas anónimas y las vicisitudes de sus vidas. En Una Navidad para todos, no relega el humor, todo lo contrario, la película está impregnada de humor para contarnos vidas muy duras, llenas de presencias y sobre todo, de ausencias, de personas perdidas en una especie de limbo entre la vida y la muerte, que deben seguir viviendo a pesar de los pesares, a pesar de los que ya no están, a pesar de ellos mismos. Tiene el aroma de la mejor literatura dickensiana y el gran cine humanista británico, del que hacen hecho Loach, Leigh, Frears, Sheridan y Andrea Arnold,  entre otros, donde encontramos miradas a esos barrios obreros ingleses en los que la realidad se palpa en cada espacio, habitados por personas que se levantan cada día intentando que sus existencias sean mejores, o al menos no vayan a peor. 

La magnífica cinematografía de Narayan Van Maele, a través del 35mm que ayuda a crear ese efecto atemporal que ayuda a no revelar el lugar concreto donde ocurre la trama, y sobre todo, esa cercanía e intimidad que tanto busca la historia, en que las personas/personajes están al lado nuestro, con esa cámara que es uno más, un observador que mira sin molestar, que entra en sus vidas, en sus casas con precisión y detalle. El montaje de John O’Connor construye en sus reposados 86 minutos de metraje, un relato sin prisas y con mucha pausa cada retrato en el retrato de la Navidad, lo que no vemos ante tantas luces y destellos y fluorescentes parpadeantes, la realidad que se oculta de los demás, las tantas vidas que van de aquí para allá. El cineasta irlandés quiere que nos detengamos, y las miremos y no las juzguemos, la cinta no lo hace, sino que las trata con honestidad y humanidad. La cinta es un retrato de cinco personajes en situaciones muy duras y emocionalmente difíciles de digerir, pero la película no cae en el tremendismo ni mucho menos en la sensiblería, sino que opta por desenterrar la esperanza de cada uno de ellos, desde lo sincero y la transparencia.  

Resulta muy acertado estrenar una película como Una Navidad para todos en este período, y no lo digo porque sea contraria a la Navidad, ni mucho menos, eso sí, nos habla de los valores de este período, como se menciona en el maravilloso arranque de la película con los niños y el párroco y la sorprendente llamada telefónica. Unos valores como la esperanza y la tristeza y soledades compartidas, muy alejados de los valores mercantilistas y de consumo estúpido en los que se ha envuelto la Navidad, un período de derroche inútil donde prevalece la apariencia y el materialismo y el individualismo y la desigualdad más imperantes de la débil y torpe condición humana. La película de Wardrop es un toque de atención, es una llamada al orden humano, a dejar de seguir girando en esta rueda vacía de gastos y más gastos y prisas y egos sin sentido, y volver, si alguna vez hemos estado, a esa idea de fraternidad y hermandad, aunque sólo sea por unos días, quizás un tiempo, donde no nos miremos tanto al ombligo ni al éxito, que vaya usted a saber qué diantres es, y seamos más humanos, pero de verdad, un poco más, y que no se nos olvide, que el mundo y la sociedad de la formamos parte seguro que nos lo agradece y sobre todo, nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jean-Gabriel Péirot

Entrevista a Jean-Gabriel Péirot, director de la película «Regreso a Reims», en el marco de L’arxiu subterrani. Found footage. Centenari del cinema amateur a Catalunya, en la sala Laya de la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el miércoles 24 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean-Gabriel Péirot, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Rafael Dalmau, por su gran labor como intérprete, y a Jordi Martínez de comunicación de la Filmoteca, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA