Retrato de un cierto oriente, de Marcelo Gomes

FÁBULA SOBRE EL AMOR Y LA INTOLERANCIA. 

“El odio no disminuye con el odio. El odio disminuye con el amor”. 

Buda

Érase una vez… La historia de Emilie y Emir dos hermanos libaneses y católicos allá por el 1949 que, después de haber perdido a sus padres y ante la inminente guerra, deciden embarcarse con destino a Brasil. Durante la travesía, Emilie se enamora de Omar, un comerciante musulmán que vive en Manaos. Emir se antepone a la relación y hará lo imposible por romperla, aludiendo a las diferencias religiosas. Retrato de un cierto oriente, de Marcelo Gomes (Recife, Brasil, 1963), es una historia sobre el amor, también lo es sobre la intolerancia, y el miedo al otro y a todo lo que representa, lo desconocido. Una historia contada como una fábula, con la atmósfera que emanaba de Las mil y una noches, que tiene mucho del cine de Miguel Gomes, a la que dedicó la trilogía homónima de 2015, y en películas como Tabu (2012), y la más reciente Gran Tour. Un cine que recoge la pasión, la aventura y lo misterioso de aquel cine en el Hollywood clásico que hacía Tourneur, donde había un enfrentamiento entre diferentes culturas, y se exponía todo lo que les separa y todo lo que les acercaba. 

A partir de un guion que firman Maria Camargo (que ha trabajado con Sergio Machado, el director de Cidade Baixa, entre otras), Gustavo Campos (que hizo con Gomes la película Paloma de 2022), y el propio director, basado en la novela homónima de Milton Hatoum, nos sitúan en la existencia de dos hermanos que huyen de su país envueltos en la desesperanza y con tiempo y actitud irán descubriendo una nueva esperanza en sus vidas. Ella, cuando conoce al enigmático y guapo Omar, y él, con Donner, un fotógrafo que va inmortalizando por el barco a todo aquel que se presta. Estamos ante una película tranquila, muy reposada, donde el traqueteo del barco va impulsando las distintas emociones que expresan la pareja protagonista, tan dispares y en continua colisión. Un relato que habla de nuestras diferencias a través de lo que nos une y nos acompaña como, por ejemplo, el baile, las tradiciones y la necesidad de ayuda del otro, como ocurre con el personaje de Anastácia, una india de la selva amazónica que entabla amistad con Emilie. Es también una obra que nos explica la importancia vital, como medio de supervivencia, de la confianza y la bondad del otro cuando el mundo parece destinado a aniquilarse. 

Una espectacular, sombría y atmosférica cinematografía en un poderoso blanco y negro que firma Pierre de Kerchove, habitual de Daniel Ribeiro, que repite con Gomes después de Joaquim (2017) y la mencionada Paloma, consiguiendo captar con suavidad las diferentes luces por las que pasan los hermanos, construyendo una luz que es un reflejo profundo de sus estados emocionales, acompañados por las diferentes texturas y grosores que se van acercando: la tenebrosa Líbano, lo misterioso y oscuro de la travesía, lo salvaje y mágico del poblado en pleno corazón selva amazónica y finalmente, la luz esperanzadora de Manaos. La música de Mateus Alves, cómplice de Kleber Mendonça Filho, Piero Bianchi y Sami Bordokan, consiguen con unas melodías atrayentes y nada estridentes capturar el misterio que encierra toda la película. El montaje de Karen Harley, habitual de la cinematografía brasileña, con una extensa trayectoria al lado de Carlos Diegues, Mika Kaurismäki, Anna Muylaert, Sergio Trefaut, y Zama (2017), de Lucrecia Martel, amén de cuatro películas con Marcelo Gomes, en un preciosista trabajo que sabe condensar los diferentes puntos de vista en sus 93 minutos de metraje que pasan con el mismo ritmo tranquilo y en calma que el viaje en barco, con sus brotes de violencia, que los hay. 

Si la parte técnica es un trabajo muy elaborado que brilla en cada encuadre y secuencia, la parte interpretativa está a la misma altura, en unas interpretaciones en las que se habla poco y se dice mucho. Tenemos a la actriz libanesa Wafa’a Celine Halawi que hace de Emilie con dulzura, belleza y carácter. A su lado, los libaneses Zakaria Kaakour es su hermano intolerante Emir, que debuta en el largometraje y Charbel Kamel interpreta a Omar, la antítesis del odio de Emir, que rivaliza con él. También encontramos a Rosa Peixoto que es Anastácia, la indigena brasileña que actúa como puente entre culturas y diferentes formas de pensar que están más cercas de lo que parece a simple vista. Y también, el actor italiano Eros Galbiati es Donner, que hace las maravillosas fotografías que son tan esenciales en la trama de la película. Acercarse a una película como Retrato de un cierto oriente, de Marcelo Gomes no es ninguna cosa baladí, porque experimentan ese aura que ha perdido mucho cine actual, donde el cine se convertía en una especie de demiurgo que nos llevaba por universos llenos de misterios, de amor, de belleza, a lo desconocido desde lo más íntimo y cercano, adentrándonos en esa parte de nosotros que desconocemos. Así que, tomen asiento, relájense y disfruten del viaje. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Noemí dice que sí, de Geneviève Albert

LA NIÑA QUE NADIE QUIERE.  

“La prostitución es la más horrible de las aflicciones producidas por la distribución desigual de los bienes del mundo”.

Flora Tristán 

La niña protagonista podría ser una más de las niñas que aparecen en las películas de los hermanos Dardenne. Niñas desamparadas, descarriadas, no queridas, solas en el mundo, pero que no se conforman con el cruel destino que les ha tocado vivir, sino que siguen en la lucha, trabajando diariamente para, a pesar de los pesares, seguir adelante, construyéndose un destino mejor, aunque raras veces lo consiguen. La película está contada a través de la mirada de Noemí, una niña de 15 años que desea vivir con una madre que pasa de ella, tampoco se adapta a la mecánica del centro de menores en el que reside, como demuestra la estupenda secuencia que abre la película. Su única salida es escaparse y reencontrarse con Léa, una antigua compañera del centro, que ahora vive con un par de proxenetas y ladronzuelos que la prostituyen como escort. Así que, Noemí en sus ansias de huida, acabará en ese submundo, donde el cuerpo se emplea para el disfrute de hombres que encuentran en estos servicios una forma de demostrar hombría, poder y sometimiento a unas mujeres que ni conocen ni les importan. 

La ópera prima de la directora canadiense Geneviève Albert, que hace su puesta de largo con un película de denuncia (la edad media de entrada en la prostitución en Canadá es de 15 años), durísima y descarnada, que nos sumerge en ambientes sucios y malolientes, donde jóvenes viven del hurto y de la ilegalidad para compar productos lujosos y llevar una vida a tutti plen. Noemí está en continua huida, no para de correr mirando hacia atrás, y encuentra en Léa una forma de vida diferente al del centro, o al menos eso cree. Huye de un fuego y se mete en un fuego mayor, porque allí conoce a Zach, del que se enamora, o quizás es el primero que la cuida un poco. Éste la introduce en la prostitución con meras promesas de futuro para ambos, aprovechando el Gran Premio de Montreal de Formula 1 donde sacarán 300 dólares el polvo de hombres ávidos de sexo y borrachera. Noemí por amor o por un futuro lejos de una vida dura y triste como la que ha tenido hasta ahora, accede a prostituirse donde será golpeada, vejada, humillada y tratada como una mierda. Noemí aguanta como puede, hundida en la miseria, más sola que nunca, como refleja esos momentos de espera en la habitación de lujo en el hotel, con esas cortinas cortadas a modo de barrotes que ejemplifica su penosa situación. 

Una película bien filmada que nunca cae en el maniqueísmo ni en la porno miseria,  con una excelente cinematografía de Léna Mill-Reuillard que a través del rostro de Noemí consigue mediante planos cortos y cerrados sumergirnos en esa atmósfera de agitación y tensión constantes en el que viven este grupito, donde lo físico es primordial en sus existencias, a la caza del nuevo golpe y la caza de clientes para sus “chicas”, donde no hay valores humanos ni nada que se le asome. La música importantísima en la película desde la composición de Frannie Holder, que sabe capturar las emociones vaivenes de Noemí, metida en la tesitura de agradar a su chico y someterse a su vida, con el acompañamiento de los temas punk que escucha la protagonista, una vía de escape para esos momentos heavys, en contrapartida con el rap de su chico, que evidencian las grandes diferencias entre lo que quiere uno y sufre la otra. Al igual que el buen trabajo de montaje de  Amélie Labrèche, que no lo tenía nada fácil en una película de casi 2 horas de metraje, aunque bien llevada, con gran ritmo y detalle con esos inteligentes planos de las secuencias de sexo donde sin ver nada lo vemos todo, para contarnos este implacable y desolador descenso a los infiernos.

El magnífico trabajo de la joven casi debutante Kelly Depeault en la piel de la desdichada Noemí, una de esas niñas que nadie quiere y si encuentra un poco de cariño siempre es a costa de sufrir y pasarlo mal. Una durísima existencia en la que muchas se ven obligadas a sobrellevar como pueden. o sea muy mal. Le acompañan otros debutantes como Emi Chicoine como Léa, su amiga y resignada a esa no vida de vacío, prostitución y violencia continuas, y James Edward Metayer en la piel de Zach, un delincuente y proxeneta metido en una vida criminal y sin futuro y Maxime Gibault como Slim, otro proxeneta y violento y chico de Léa. La película Noemí dice que sí viene a recordarnos la podredumbre de las sociedades en las que transitamos diariamente, donde la desesperación de unos es aprovechada como beneficio para otros, y sigue así desde tiempos ancestrales. Tiene la película algunas referencias con Joven y bonita (2013), de François Ozon, en la que una niña de 17 años se prostituía y se encontraba con esa maldad oculta de los seres humanos. Seguiremos la pista de la cineasta Geneviève Albert porque su primera película nos ha seducido enormemente porque cómo cuenta y qué cuenta abriéndonos los ojos a una triste realidad que sucede en muchos rincones de este planeta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Riverbed (El estanque de la doncella), de Bassem Breche

MADRE E HIJA VISITAN SUS FANTASMAS. 

“No se puede llegar al alba sino por el sendero de la noche”

Khalil Gibran 

Siempre es de agradecer que las distribuidoras apuesten por un cine poco visto por estos lares como puede ser la cinematografía libanesa. Así que, estamos de enhorabuena por ver una película como Riverbed. El estanque de la doncella, que relata la cotidianidad de Salma, una mujer madura que vive en un pequeño pueblo y sola en una casa que refleja tantos años de guerras, muertes, ausencias y fantasmas. Su rutina se basa en un empleo que consiste en atender llamadas telefónicas, y pasar tiempo con su amante clandestino, una relación que recorren los caminos en automóvil y escuchando música, intentando recuperar tanto tiempo perdido, como su propia existencia alejada de todos, llevada desde el secreto y la invisibilidad. No conocemos su pasado al detalle, pero podemos intuir que está lleno de dolor, silencio y pérdidas, al igual que su país, sumido en una continua depresión que reflejan las casas del pueblo, medio derruidas y llenas de sombras y habitadas por almas en pena. 

El guion escrito por Ghassan Salhab y el propio director Bassem Breche (Líbano, 1978), con años de experiencia como guionista, hace su salto al largometraje con Riverbed, donde nos habla de Salma y su reencuentro con su hija Thuraya, después de años sin relación. Una hija que vuelve separada, embarazada y derrotada, que buscará refugio y amparo junto a una madre ya acostumbrada a vivir en soledad. La película está construida en base a este encuentro no deseado, o quizás, podríamos decir, un encuentro complejo, lleno de oscuridad y sobre todo, repleto de demasiados fantasmas, los propios, los familiares y los del propio país. Un relato lleno de miradas y silencios, en el que estas dos mujeres reflejan un estado de ánimo, la sensación de sobrevivir en un entorno que no lo puso nada fácil, también es la historia de dos almas enfrentadas, dos mujeres que no encajan, que vienen de un pasado muy doloroso, donde hubo que seguir viviendo a pesar de tanta derrota, tanta violencia y tantas muertes. Ahora, deben convivir, o al menos ayudarse a empezar otra vez, como siempre han hecho, en las cuatro paredes de una casa en presente pero llena de pasado, de demasiado pasado, como si este pasado se negará a desaparecer y continúa muy presente. Una onírica paradoja que, en el fondo, define a los libaneses y a un futuro que no llega y que siempre huele a pasado. 

Breche no quiere detenerse en detalles superfluos ni en piruetas argumentales que desvíen lo más mínimo la atención de sus dos personajes, porque todo se cuenta desde la intimidad y la cercanía, traspasando esas almas sin descanso, atrapadas en un estado bucle de dolor y tristeza, aunque ahora, la vida, les está dando otra oportunidad, un intento de volver a ser ellas, a mirarse a los ojos, y decirse todo aquello que deben de decirse, o si todavía no pueden, darse ese tiempo para volver a hablar, aunque sea con la mirada y los gestos, por ejemplo, un abrazo. La cinematografía de Nadim Saema va en consonancia a los sentimientos encontrados y contradictorios de las dos mujeres, rodeadas de penumbras y silencios de toda índole, así como eso leves resquicios de luz donde parece que la esperanza quiere abrirse camino con ellas. El montaje de Rana Sabbagha también actúa en los mismos términos, dando ese tiempo necesario para ver, saborear y sentir cada gesto, cada mirada, cada silencio y cada acercamiento entre las dos protagonistas, además ayuda su breve metraje, que apenas llega a los 78 minutos, en esa idea por el minimalismo, tanto en el tono como en la forma. 

La magnífica pareja protagonista que forman Carole Abboud, actriz de larga trayectoria en el cine libanés desde mediados de los años noventa, que le ha llevado a labrarse una excelente filmografía tanto en el medio televisivo como en el cinematográfico, y Omaya Malaeb, teclista de la banda indie libanesa Mashrou’s Leila, debuta en el cine. Ellas son Salma, la madre y Thuraya, la hija, dos mujeres que han vivido a pesar de los demás, a pesar de la guerra, a pesar de tantos fantasmas con los que deben convivir, y sin embargo, ahí siguen, firmes y valientes, aunque doloridas y tristes, y ahora, la vida, en sus vueltas y revueltas irónicas las vuelve a juntar, obligándose a mirarse, a sentir todo eso que pensaban olvidado, aunque las cosas nunca son como uno desea, sino como son, y nos devuelve todo aquello que nos empeñamos en fingir que ya no recordábamos, que ya no estaba en nosotros, qué ilusos somos los sapiens, y qué perdidos estamos siempre. En fin, la existencia y el pasado no sólo van de la mano, que forman parte de uno y de un todo, que no podemos ni siquiera comprender y mucho menos controlar, como les sucede a Salma y Thuraya, una madre y una hija que deben volver a ser madre e hija, y sobre todo, sentir en lo que eran, en lo que son y en tender puentes entre una y otra, y mirar a la otra, e intentar acercarse más, porque la vida les hecha un cable, y no pueden desperdiciar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una noche con Adela, de Hugo Ruiz

MIENTRAS MADRID DUERME.  

“En la venganza el más débil es siempre más feroz”.

Honoré de Balzac

Cada año en la gran cantidad de películas que llegan a las salas, aparecen ese tipo de películas, modestas en su producción y atrevidas en su forma y en lo que cuentan, que sorprenden a propios y extraños y convencen incluso a los más escépticos. Una noche con Adela es de esas películas, que los anglosajones llaman “sleeper”, refiriéndose a esa cinta que se convierte en un éxito cuando nadie la esperaba. Que una película como ésta se meta en un certamen como Tribeca Festival de New York es una hazaña extraordinaria, y además, resulta galardona con el premio de Mejor dirección novel es absolutamente sorprendente, porque no estamos ante una película debut, que cuenta una historia muy oscura y violenta, y además, lo hace a partir de una narración muy audaz y dificultosa, con ese plano secuencia que nos lleva de aquí para allá, siguiendo los pasos de una antiheroína como la mencionada Adela, una barrendera del turno de noche. Una mujer que esa noche llevará a cabo una venganza que lleva años ideando. Una venganza que le sanará algunas heridas o quizás no. 

Detrás de las cámaras tenemos a Hugo Ruiz (Zaragoza, 1974), que conocíamos por su cortometraje Taxi fuera de servicio (2011), en la que mezclaba el drama con la comedia en un taxi que acaba convirtiéndose en un lugar parecido como el famoso camarote de los hermanos Marx. El maño debuta en el largometraje con Una noche con Adela, una película nocturna, que se detiene en una sola noche, durante el turno de la citada, recorriendo las calles recogiendo la basura, es decir, todo aquello que los ciudadanos no quieren, tropezando con esas rapiñas de la noche como abusadores, ladrones y gentuza de la peor calaña. Cuando parece que el relato se encaminará hacia el thriller más oscuro y destroyer, la película girará a lo personal, pero de un modo más profundo y salvaje, porque Adela tiene algo oculto para esa noche, que es su noche. Un viaje muy íntimo hacia la oscuridad de la condición humana, que se rompe con ese revelador diálogo de la protagonista con la locutora de radio, que se interpreta así misma la propia Gemma Nierga, que recupera su “Hablar por hablar”, un programa nocturno en el que personas solitarias compartían sus problemas y eran aconsejados por los demás oyentes. Adela conduce su camión recogiendo la basura, que deviene la metáfora del relato, en un viaje hacia la psique y lo físico, porque la barrendera entra en una espiral de drogas, sexo y violencia muy bestia. 

Mención aparte tiene el grandísimo trabajo de cinematografía de Diego Trenas, que debuta en el largometraje, con un detallista y preciso ejercicio de estilo, en un abrumador y lleno de tensión con los 105 minutos de un magnífico plano secuencia que sigue a la protagonista por ese Madrid oscuro y periférico, repleto de almas zombies que deambulan por las calles negras y vacías de la gran ciudad. Salvando las distancias, por supuesto, estamos ante un relato que emula aquellos que hicieron grandes como Boorman, De Palma, Scorsese y Lumet en los setenta en Estados Unidos, sacando la pala y desenterrando la miseria moral y física de una sociedad violenta y deshumanizada, porque Una noche con Adela es sencilla y honesta, no va más allá de lo que su modestia le permite, no juega a la pretenciosidad de otras películas, sino que conoce sus limitaciones y juega con ellas, sacando lo mejor de cada situación y trazando una parte de la radiografía humana de las calles cuando se llenan de noche y aparecen las criaturas de la noche, en la que Adela no es una más, sino alguien herido, derrotado pero no vencido, porque esa noche será su noche, y no de la manera que la cantaba Raphael, sino todo lo contrario, porque esa noche Adela llevará a cabo su venganza, una justicia que lleva años pensando y manteniendo en secreto. 

He dejado para la parte final de este texto mi comentario sobre la interpretación de Laura Galán como la mencionada Adela. Una actriz que muchos de nosotros descubrimos primero en el corto y luego en el largometraje de Cerdita, de Carlota Pereda. Un thriller rural, que emulaba las películas setenteras de terror estadounidenses, donde la castellana demostraba sus buenas dotes compositivas para cambiar de alimaña a cazadora, en un inmenso trabajo que le valió muchos de los reconocimientos del año. Su Adela está en otro lado, aunque conecte con lo corporal y lo sensitivo, porque su barrendera nocturna es una mujer demasiado herida, que se ha hartado de tanta vileza y dolor, y se ha puesto manos a la obra, ejecutando la venganza contra aquellos que la hicieron así, o la convirtieron en una mujer que se destroza cada noche en un trabajo que no le satisface y lo llena de drogas, alcohol y sexo salvaje. Laura Galán vuelve a demostrar que es una actriz portentosa, capaz de meterse en cualquier piel y cuerpo, que transmite con esa mirada de rencor y rabia, que es todo un ejemplo que con trabajo y algo de suerte, se puede labrar una interesante carrera a pesar de los estereotipos que tanto abundan en esta sociedad. Me gustaría que Una noche con Adela  tuviera tiempo para labrarse un boca a boca entre el público, porque estamos ante una película que está bien contada, que tiene a una actriz que llena la pantalla, porque tiene carisma, porque transmite y es pura energía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jordi Núñez

Entrevista a Jordi Núñez, director de la película «El que sabem», en la terraza de Raima Papereria en Barcelona, el viernes 11 de noviembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jordi Núñez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Mauro Cervera Just

Entrevista a Mauro Cervera Just, actor de la película «El que sabem», de Jordi Núñez, en la terraza de Raima Papereria en Barcelona, el viernes 11 de noviembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mauro Cervera i Just, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marga Castells

Entrevista a Marga Castells, actriz de la película «El que sabem», de Jordi Núñez, en la terraza de Raima Papereria en Barcelona, el viernes 11 de noviembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marga Castells, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mis funciones secretas, de Micha Lewinsky

EL ESPÍA Y LOS CÓMICOS.

“El trabajo de espionaje tiene una sola ley moral: se justifica por los resultados”.

De la novela “El espía que surgió del frío”, de John Le Carré.

Estamos en el otoño de 1989, en la ciudad de Zurich, en Suiza, y más concretamente en el servicio de espionaje. Conocemos a Viktor Schuler, un eficaz, brillante y anodino agente con la misión de espiar a un grupo de gente de teatro que se  supone comunistas y están preparando una acción contra el ejército, que en ese tiempo esta sometiéndose a un referéndum por su continuidad o no. Pero, la cosa no acaba ahí. Marogg, el jefe de Viktor, idea una misión de destrangis en la que el citado Viktor se convertirá en Walo, un marinero que se mete de extra en la nueva obra de teatro que se estrenará en el Schauspielhaus, y así podrá espiar los entresijos de los componentes de la obra y reportar una información valiosísima. Aunque, las cosas nunca son lo que parecen, y lo que parecía una misión más, o una peculiar misión más, se convierte en un ejercicio demasiado complejo y extremadamente personal.

El cuarto trabajo como director de Micha Lewinsky (Kassel, Alemania, 1972), que creció en Suiza, después de las comedias Der Freund (2008), Die Standesbeamtin (2009) y el drama A Decent Man (2015), es una comedia de espías, tiene su lado serio y detallado del funcionamiento secreto del espionaje que se llevó en la aparentemente neutral Suiza, que provocó uno de los mayores escándalos de su historia cuando se destapó el asunto. Y por otro, es una irresistible comedia con el tono del screwball comedy estadounidense que hizo furor en los treinta y cuarenta, mezclado inteligentemente con el marco triste y agridulce del cine de Kaurismäki, donde el susodicho Viktor/Walo bien podría ser uno de los antihéroes del universo del finés, con sus pequeñísimas alegrías y grandiosas tristezas. Todo se complicará porque Viktor descubrirá demasiadas cosas de sí mismo durante la misión. El hombre entregadísimo a su trabajo, creyente acérrimo de su función de estado, y un especialista en la observación, la discreción y esa vida continua sin nada que la altere, conocerá el mundo del teatro, de la bohemia, donde las emociones se manifiestan constantemente, donde la vida vuela y nos agarra, empujándonos al abismo, a un lugar imposible de controlar y de detener esa incertidumbre constante. Odile, la talentosa y atractiva actriz, hija de un coronel que es jefe de Viktor, será una de las razones por las que Walo emprenderá un proceso que lo cambiará completamente.

Lewinsky que firma el guion junto a Plinio Bachmann y Barbara Sommer, construye una película agridulce, una comedia romántica inteligente y sensible, no sensiblera, abriéndonos la puerta a unos personajes de carne y hueso, que aciertan y se equivocan, unos individuos que podríamos ser nosotros mismos, bajo el contexto del final del bloque comunista, con la caída del muro y todo lo que vino después, en la intimidad de los ensayos de la obra “Noche de reyes”, de Shakespeare, donde vida y ficción, o lo que es lo mismo, un reflejo de la propia vida real de los personajes, enfrentada a lo que muestran a los demás y lo que ocultan a ellos, y sobre todo, a sí mismos. Una gran ambientación, con esa mezcla de colores rojizos y llamativos con los pálidos y grisáceos, una trama sencilla e interesante, bien llevada y conmovedora, con momentos de toda índole, desde la comedia inteligente, disparatada, el drama personal y familiar, el espionaje, y el romanticismo, pero el de verdad, donde somos torpes, impulsivos siempre caemos en la trampa, la de los otros y la que nos hacemos a nosotros, con dos pasos atrás y uno hacia adelante.

Un reparto que brilla, como las películas clásicas, donde hasta el personaje más breve tenía cosas que decir y un diálogo ingenioso, donde todos los intérpretes encajan con naturalidad y sinceridad, llevando de la forma más cercana cada uno de sus personajes y sus acciones, como el personaje de la camarera interpretado por la actriz Oriana Chrage, que vuelve a trabajar con el director, o el recepcionista del teatro, que también es locutor de radio y no encuentra trabajo como profesor que es su pasión, al que interpreta el actor Sebastian Krähenbühl (al que habíamos visto en la interesante Aloys), el otro extra, con esa forma arribista y fanática de relacionarse con el teatro, un personaje muy excéntrico y muy divertido, que hace el actor Fabian Krüger, ese jefe con su peculiar facha que hace Mike Müller, el director teatral Carl Heyman, al que da vida el actor Michael Maertens, con sus trapicheos y su forma diferente de dirigir y manejar a la compañía.

Mención aparte tienen la magnífica pareja protagonista, eje de la función y de la película, con esa love story que no solo ayuda a relajar la complejidad d ela misión de Viktor/Walo, sino que también, le da una esperanza a los convulsos tiempos de finales de los ochenta con ese nuevo paradigma mundial que se abría con los apresurados acontecimientos. Una grandiosa actriz como Miriam Stein que interpreta a la rebelde, honesta y vital Odile, la protagonista de la obra, y la más entregada a todo, y frente a ella, Philippe Graber, que había trabajado con Lewinsky, se desdobla en dos tipos muy diferentes entre sí, con ese bigotito y semblante tumba del gris Viktor, y luego, la rebeldía y modernidad de Walo. Lewinsky maneja con audacia, inteligencia y concisión una comedia agridulce, criticando las oscuras actividades del estado suizo, que para nada era neutral y miraba al otro lado, sino todo lo contrario, con esa psicosis al enemigo “inventado” del este, fusionado con astucia el universo de la farándula, con sus egos, ilusiones y trabajo, con un grupo de cómicos que su libertad a veces se confunde con su ideología política, o mejor dicho, los de arriba todo lo confunden cuando se trata de pensar diferente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El cine de fuera que me emocionó en el 2020

El año cinematográfico del 2020 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 26 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión de un servidor, no obedece, en absoluto, a ningún ranking que se precie).

1.- EL LAGO DEL GANSO SALVAJE, de Diao Yinan

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2.- EMA, de Pablo Larraín

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/01/25/ema-de-pablo-larrain/

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/01/26/entrevista-a-mariana-di-girolamo/

3.- EL FARO, de Robert Eggers

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4.- SOBRE LO INFINITO, de Roy Andersson

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/02/03/sobre-lo-infinito-de-roy-andersson/

5.- LAS GOLONDRINAS DE KABUL, de Zabout Breitman y Éléa Gobbé-Mévellec

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/02/23/las-golondrinas-de-kabul-de-zabou-breitman-y-elea-gobbe-mevellec/

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/02/24/entrevista-a-zabou-breitman/

6.- VIDA OCULTA, de Terrence Malick

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/02/26/vida-oculta-de-terrence-malick/

7.- LA FLOR, de Mariano Llinás

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/05/01/la-flor-de-mariano-llinas/

8.- MI VIDA CON AMANDA, de Mikhaël Hers

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9.- ONE WERE BROTHERS: ROBBIE ROBERTSON AND THE BAND, de Daniel Roher

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10.. LITTLE JOE, de Jessica Hausner

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11.- ALGUNAS BESTIAS, de Jorge Riquelme Serrano

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/06/28/algunas-bestias-de-jorge-riquelme-serrano/

12.- EL GLORIOSO CAOS DE LA VIDA, de Shannon Murphy

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/08/20/el-glorioso-caos-de-la-vida-de-shannon-murphy/

13.- UNDER THE SKIN, de Johnathan Glazer

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/07/11/under-the-skin-de-johnathan-glazer/

14.- AYKA, de Sergey Dvortsevoy

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/07/10/ayka-de-sergey-dvortsevoy/

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2019/10/30/entrevista-a-samal-yeslyamova/

15.- NUESTRAS DERROTAS, de Jean-Gabriel Périot

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/07/24/nuestras-derrotas-de-jean-gabriel-periot/

16.- ZOMBIE CHILD, de Bertrand Bonello

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17.- A LAND IMAGINED, de Yeo Siew Hua

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18.- NO CREAS QUE VOY A GRITAR, de Frank Beauvais

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/09/11/no-creas-que-voy-a-gritar-de-frank-beauvais/

19.- CORPUS CHRISTI, de Jan Komasa

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/10/17/corpus-christi-de-jan-komasa/

20.- SOLE, de Carlo Sironi

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/11/06/sole-de-carlo-sironi/

21.- VERANO DEL 85, de François Ozon

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/10/09/verano-del-85-de-francois-ozon/

22.- VITALINA VARELA, de Pedro Costa

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/10/16/vitalina-varela-de-pedro-costa/

23.- ADAM, de Maryam Touzani

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/11/06/adam-de-maryam-touzani/

24.- BEGINNING, de Dea Kulumbegashvili

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/12/04/beginning-de-dea-kulumbegashvili/

25.- OVERSEAS, de Sung-A Yoon

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/12/05/overseas-de-sung-a-yoon/

26.- MARTIN EDEN, de Pietro Marcello

https://242peliculasdespues.wordpress.com/2020/12/31/martin-eden-de-pietro-marcello/

 

Planta permanente, de Ezequiel Radusky

LOS ÚLTIMOS MONOS.  

“Trabajamos para comer para obtener la fuerza para trabajar para comer para obtener la fuerza para trabajar para comer para obtener la fuerza para trabajar para comer para obtener la fuerza para trabajar”.

John Dos Passos

Seguramente hay pocas películas que hablen no del trabajo, sino del sistema laboral, aquel que se rige por necesidades económicas, que usa arbitrariamente a personas para que cumplan con eficacia todos los objetivos que, en su mayoría, solo sirven para seguir manteniendo un sistema desigual, injusto y terrorífico, que solo beneficia a unos pocos privilegiados, que desde tiempos ancestrales, siguen manteniendo el poder y deciden sobre el resto. Planta permanente habla de estas cuestiones y más. Se trata de la segunda película de Ezequiel Radusky (San Miguel de Tucumán, Argentina, 1981), con la producción de Diego Lerman, director entre otros de Mientras tanto, RefugiadoUna especie de familia), que ha producido a cineastas tan interesantes como Alejandro Landes y Ana Katz.

El relato se centra en Lila y Marcela, dos amigas del alma que limpian en uno de esos edificios estatales, en este caso el de Obras Públicas. La primera lleva más de tres décadas en el puesto, es una más o no, y la otra, más ambiciosa, más impaciente, será la que no se conforme con las decisiones de la nueva jefa del barco. Las dos mujeres son comadres e íntimas, y además, mantienen un comedor casero para los empleados en una de esas salas que se amontonan en este tipo de lugares. Pero las cosas cambian, y la nueva directora, cercana y de discursos complacientes y vacíos, como la mayoría de gobernantes, viene dispuesta a cambiarlo todo, como despedir a los contratados, entre los que se encuentra la hija de Marcela, que enemista a las dos amigas, ya que la perjudicada quiere que Liliana, más de treinta años en el puesto, medie. Y así, con el resto. Igual que ocurría en su primer trabajo, Los dueños (2012), donde ya se profundizaba en las complejas relaciones y conflictos que se generaban entre criados y señores, entre los de arriba y los de abajo.

En Planta permanente vuelve a los mismos planteamientos, en este caso, entre trabajadores y jefes, y volviendo al espacio único, la casa cede el lugar al edificio laboral, y pocos personajes, con esa cámara que filma por los diferentes espacios y pasillos, usando planos cortos y muy cercanos, con esa luz mortecina y opaca para los lugares por los que se mueven los operarios, y esa luz más brillante y aireada de los sitios de los jefes, un grandísimo trabajo de cinematografía que firma Lucio Bonelli (que tiene en su filmografía nombres tan importantes como los de Lisandro Alonso, Mariano Llinás y Julia Solomonoff, entre otros), el excelente montaje de Valeria Racioppi (con una larga trayectoria en el campo documental entre los que destacan títulos como Ficción, de Andres di Tella y El silencio es un cuerpo que cae, de Agustina Comedi), y qué decir de esa música de Maximiliano Silveira (del que habíamos visto trabajos en Bezinho y Mi amiga del parque), que logra con una melodía que se va repitiendo a lo largo de la película, esa sensación de bucle que es el trabajo.

Radusky opta por una trama centrada en las decisiones arbitrarias y alejadas de la realidad de los jefes, más de cara a la apariencia de los más arriba que a la buena relación en el trabajo, acaban afectando de manera muy importante a los empleados, enemistándolos entre ellos, y creando ese distanciamiento entre unos y otros, donde los empleados de menos rango siempre tendrán las de perder. La película opta por un conflicto sencillo, casi invisible, en el que la amistad entre las dos protagonistas se tornará en una guerra cruel, donde había concordia reinará la maldad, donde la historia deja clara esa maligna idea en que se ha convertido el mundo laboral, ya sea público o privado, donde la gestión se produce por acumulación de trabajos, sean o no importantes, y los constantes cambios de los nuevos directores, que así creen que su trabajo queda mejor reflejado, siempre de cara a la opinión pública, provocando el malestar de los de abajo, los últimos de la empresa.

Dos grandes actrices que ya habían estado en la anterior película de Radusky, interpretan de manera sutil y sobria unos personajes que apenas hablan, y miran mucho y reflexionan aún más. Por un lado tenemos a Liliana Juárez, la veterana y servicial Lila, la que más sabe, incluso más que los directores, que ya ha visto unos cuántos, más prudente y la que mejor se mueve en el laberintico edificio, y sabe tratar con todos. Frente a ella, Rosario Bléfari que hace de Marcela, el lado opuesto a la otra, la entrometida, que constantemente se precipita y Lila le saca de todos sus apuros, más guerrera y menos reflexiva que la compañera, con una vida personal más compleja que Lila, dos formas de ver las cosas aunque compartan el mismo trabajo y categoría. El director argentino provoca la reflexión en unos escasos 78 minutos de metraje, mirando a sus personajes de la forma más humana e íntima posible, dejando las respuestas, si es que las hay, a los espectadores, porque lo que nos cuenta Planta permanente es que el sistema laboral parece que funciona para que unos se cuelguen medallas sin merecerlas, y otros, los de abajo, mereciéndoselas, no saben ni que existen tales reconocimientos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA