Un pájaro azul, de Ariel Rotter

TRÁNSITO A LA MADUREZ. 

“La madurez es cuando dejas de quejarte y poner excusas en tu vida: te das cuenta de todo lo que sucede en ella es el resultado de la elección previa que hiciste y comienzas a tomar nuevas decisiones para cambiar tu vida”. 

Roy T. Bennet

Esta es la historia de Javier, un tipo que trabaja como redactor en una revista literaria y vive con Valeria, una diseñadora de vestuario. Parecen felices aunque no logran quedarse embarazados después de seis años intentándolo con métodos diversos. Se acaban de mudar a una casa más grande y cálida con la intención de que su sueño se haga realidad. Un día, en su aparente comodidad y tranquilidad, Javier suelta una bomba. Durante un congreso se acostó con una colega y ésta le acaba de soltar que está embarazada de él. Valeria, como es natural, no se lo toma nada bien, y es cuando la vida de Javier da un gran vuelco. Vuelve a vivir con su padre viudo y octogenario, en su trabajo aparece una nueva coordinadora que evalúa a los empleados porque se van a producir despidos, y además, intenta como un adolescente desesperado, recuperar a Valeria.

El quinto largometraje de Ariel Rotter (Buenos Aires, Argentina, 1973), entre los que destacan El otro (2007) y La luz incidente (2015), deambula por la tragicomedia, muy al estilo del Woody Allen setentero, en la que nos hablan muchas crisis: de la madurez, del amor, de la pareja, del trabajo y sobre todo, de un mundo cada vez más intenso y menos profundo, una sociedad abocada a la inmediatez en todos los sentidos sin sopesar las consecuencias de sus actos y la falta de compromiso con los demás y con uno mismo. El director bonaerense pone el foco en la mirada de su protagonista que, parece haber entrado en una especie de laberinto emocional donde a cada paso comete un nuevo error y aún más grande que el anterior, confundido en un torbellino de idas y venidas por una existencia que no le satisface o simplemente, desconocía que la tenía. El aspecto psicológico es muy importante en la trama de Un pájaro azul, ya que la historia actúa como un espejo-reflejo para los espectadores, porque se verá muy cercano a las vicisitudes del desesperado Javier, un tipo como nosotros, tan convencido de su vida que se olvida de saber lo que quiere, lo que necesita, y a quién quiere, cosa que pasa muy a menudo en esta no sociedad tan alucinada y con prisas. 

Rotter compone una película muy íntima y nada cómoda, de las que se parecen mucho a nuestras realidades, quizás a esas situaciones que nos cuesta ver y pensamos inútilmente que les suceden a los otros, y se adentra en todas esas arenas movedizas que nos voltean la vida, situando el encuadre en una atmósfera cotidiana y nada contemplativa, sino reflexiva, en la que el buen hacer de un grande como Guillermo Nieto, con más de medio centenar de títulos en su filmografía, que le ha llevado a trabajar con autores significativos del cine argentino como Pablo Trapero, Albertina Carri y Paula Hernández y muchos más. Después encontramos a dos cómplices del director que estuvieron en su documental Bilardo, el doctor del fútbol (2022), como son el músico Alejandro Pinnejas, que consigue esa música que concisa que profundiza en los altibajos emocionales del citado protagonista, acompañada de grandes temas populares tanto argentinos como uruguayos y el editor Federico Rotstein, que tiene entre sus trabajos a directores como Diego Lerman, construye una cinta que en sus 90 minutos de metraje va de aquí para allá escrutando con cercanía y distancia todo lo que sucede, eso sí, sin juzgar y sin alejarse demasiado, para que lo veamos y sintamos y podamos pensar en nosotros.

Otro de los elementos destacados de la película es su magnífico elenco empezando por el uruguayo Alfonso Tort como Javier, un actor que hemos visto en las interesantes 25 Watts, El último tren junto a Luppi, Alterio y Soriano, y con directores como Álvaro Brechner, Adrián Biniez y Marcelo Piñeyro, entre otros, componiendo un tipo entrañable pero torpe emocional que entra en un bucle de culpa, pérdida y dolor del que no sabe gestionar. A su lado, la actriz argentina Julieta Zylberberg como Valeria, que también actúa como coproductora, vista en obras de Lucrecia Martel, los mencionados Carri y Lerman, Ana Katz, en la bestial Relatos salvajes, y en la magnífica Puan, componiendo un personaje que es la antítesis de Javier, porque ella lo tiene claro y sabe dónde va y no sólo lo aparenta que lo hace. Cabe destacar otras presencia muy estimulantes como Norman Briski, el veterano actor argentino que tuvo su exilio en España junto a Carlos Saura, Manuel Gutiérrez Aragón, amén de los argentinos Oliveira, Puenzo, Lecchi, Agresti, Cohan y Mitre, etc… Su personaje es el hombre que vive con sus recuerdos, sabio y observador que sabe que ocurre y lo maneja con calma. Romina Paula con un personaje vital, siempre con delicadeza y sin impostura y finalmente, Susana Pampín, que ya estuvo en la citada La luz incidente y Walter Jakov, un actor que ha hecho muchas de los “Pampero”. 

No dejen escapar una película como Un pájaro azul, de Ariel Rotter, y sabrán el porqué de su título, que tiene mucho que ver con el devenir de su personaje y en qué estado se encuentra. Les invito a verla no sólo por conocer el origen de su título, sino también porque ante la amenaza de un cine comercial que se impone en las carteleras, está bien mirar a nuestro alrededor y descubrir todo lo que hay y nuestras prisas nos hacen perdernos porque no dedicamos el tiempo precisa y calmo para descubrirlas. Esta película argentina es una de ellas, porque dentro de su apariencia tranquila y sencilla, oculta una profunda y honesta reflexión sobre quiénes somos, cómo vivimos y cómo sentimos, si también eso se nos ha olvidado y anteponemos el maldito ego a los demás y a nosotros mismos. Seguramente hace tiempo que no piensan en todo esto, y sólo por eso es interesante detenerse y mirar y mirarnos y hacerse preguntas porque quizás estamos yendo hacía un lado muy oscuro y todavía estamos a tiempo de remediarlo, y que no nos suceda como Javier que cuando quiere darse cuenta está metido, y lo diremos en “argentino”, en un quilombo de mil demonios. Ya sabrán ustedes, piensen y sobre todo, sientan, antes de que sea demasiado tarde. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Luciana Grasso

Entrevista a Luciana Grasso, actriz de la película «Vera y el placer de los otros», de Federico Actis y Romina Tamburello, y de la obra de teatro «Como si pasara un tren», de Lorena Romanín, en la Sala Versus Glòries en Barcelona, el jueves 23 de mayo de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luciana Grasso, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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Entrevista a Dolores Fonzi

Entrevista a Dolores Fonzi, actriz y directora de la película «Blondi» en la terraza del Hotel Catalonia Barcelona 505 en Barcelona, el jueves 4 de julio de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Dolores Fonzi, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanta belleza, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Blondi, de Dolores Fonzi

MAMÁ ES MI AMIGA. 

“Creo que es muy importante que cada madre encuentre su propio camino”.

Solange Knowles

Blondie tiene más de cuarenta tacos, que mencionaba Sabina, no es una madre convencional, ella es ella misma, con sus cosas y consecuencias. Si la miras de lejos parece una adolescente más, una joven con ganas de vivir el momento e irse de fiesta con sus colegas, dejándose llevar por la vida, por cada día, y sobre todo, sin mirar a ese futuro que tanto miedo meten con él. Blondi vive de forma diferente, hace encuestas, vive con su hijo Mirko veinteañero, que sueña con ser dibujante,  se ve con su madre, Pepa, viuda, pero de aquí y ahora, y mantiene una relación de amor-odio con su hermana, la “perfecta” Martina, casada y con dos hijos pequeños, pero tan infeliz como cualquiera. Blondi vive al día, sale de fiesta con su hijo y sus colegas, es una más, una “colega” más, una confidente de su hijo con el que fuma porros y habla de forma abierta y libre. Eso sí, nunca ha sido una mala madre, siempre ha estado ahí, desde que se quedó embarazada a los 15. Blondi es una madre diferente, alejada de la “normalidad”, o eso que nos han vendido que es “normal”. 

De Dolores Fonzi (Buenos Aires, Argentina, 1978), ya conocíamos de sobras su faceta como actriz en la que lleva dedicada más de 25 años en películas de cineastas tan importantes como Luis Ortega, Damián Szifrón, Fabián Bielinsky, Cesc Gay, Claudia Llosa y Santiago Mitre, entre otros. Ha sido con este último, coproductor de la cinta, con el que ha debutado en el largometraje como directora que también protagoniza, con Blondi, coescrita junto la también actriz Laura Paredes, importante intérprete que conocemos por sus trabajos con el citado Mitre y los “pampero”, entre otros,  en un relato que se mueve entre un modo desenfadado, libre y cómico, nos adentramos en el microcosmos de la citada protagoniza, con un tono ligero, directo y transparente, se adentra en conflictos que no se habían tratado en el cine, porque padres diferentes ya habíamos conocido unos cuántos, pero madres, no. Por eso, la primera película actúa de llenar un vacío, retratar a este tipo de mujeres y madres, personas que no actúan según los malditos cánones establecidos, y no por eso no son buenas madres, que lo son. Hay tantas cosas que cambiar para alejarnos de tantos modelos impuestos que sólo sirven para autocensurarse y en la mayoría de los casos, señalarnos y estigmatizar por no seguir los caminos marcados y desviarnos según lo que sentimos y según lo que deseamos. La película nos hace reír, por su gamberrismo y sorpresa constante, pero también, nos conmueve porque la cinta también habla del final de un camino, un instante que tanto madre e hijo deberán aceptar para seguir viviendo. 

La ligereza y la intimidad de sus imágenes que firma el cinematógrafo Javier Juliá, con más de 30 títulos, con nombres como los de Tristán Bauer, y los mencionados Szifrón y Mitre, construyendo una obra intimista, doméstica y con muchos interiores, donde la cámara se desliza entre los intérpretes, mostrando sin juzgar. El montaje de Susana Leunda y Andrés Pepe Estrada juega en la misma latitud, donde prevalece el ritmo y la libertad de contar y construir en una película agitada, muy física y nada complaciente en sus intensos 88 minutos de metraje. Mención aparte tiene la labor musical de la película, porque contiene 6 cortes inolvidables de la Velvet Underground, entre los que destacan “Sunday Morning” y “Run Run Run”, amén de temas como “Hice todo mal”, de Las ligas menores, y algunas más, que contribuyen, junto a la composición original de Pedro Osuna, que tiene en su haber el trabajo que hizo para Argentina, 1985 (2022), de Mitre. Un gran reparto que tiene a Carla Peterson como Martina, la hermana competidora con su momento “particular”, la gran Rita Cortese, con medio centenar de filmes, es Pepa, una madre tan y tan diferente, siguiendo el no modelo familiar que retrata la película, y Toto Rovito es Mirko, el hijo-amigo, que vimos en la reciente La sociedad de la nieve, y por último, el fantástico Leonardo Sbaraglia, todo un marido, tan y tan… pelmazo, o pelotudo, como dicen por acá. 

Hemos dejado para el final la interpretación de Dolores Fonzi, porque lo hace tan bien, es decir, transmite con tanta genialidad que nos convence desde esa primera secuencia, tan loca, tan diferente, tan domingo por la mañana, y sobre todo, tan ella, una mujer tan alejada de los convencionalismos, tan inesperada como tan auténtica, viviendo su vida, su realidad, y tan de verdad que, es imposible, no sentir que todo lo que hace es por el bien de los demás. Quizás, es el personaje más de verdad, el que más amiga es de los demás, siempre de cara, y sin juzgar a los demás. Un personaje brutal por su sinceridad y complejidad, con una composición tan magnífica como la de Paulina que hizo en La patota (2015), de Mitre. Dejense llevar por lo que propone una película como Blondi, de Fonzi, porque se darán cuenta de toda esa “verdad” de mentira que rige sus vidas y sus decisiones, porque Blondi vive de forma tan diferente, tan alejada a todo eso, siguiendo su propio camino, con sus errores y meteduras de pata, y qué más dará, cuando se vive como uno desea, como uno quiere, y eso que parece tan sencillo, no lo puede decir la mayoría de la gente, más interesada en seguir el camino marcado que el suyo propio, olvidando la persona que quiere ser, y ser la madre que siente, porque lo establecido está para cuestionarlo constantemente de manera que no te impida ser la persona que quieres ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Malena Solarz

Entrevista a Malena Solarz, directora de la película «Álbum para la juventud», en la Plaza Tetuán en Barcelona, el sábado 27 de enero de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Malena Solarz, por su tiempo, sabiduría, generosidad y a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La estrella azul, de Javier Macipe

LA ESTRELLA ANÓNIMA.   

“ (…) Sé que ya nada va a ocurrir. Pero ahora estoy contra las cuerdas. Y no veo ni una forma de salir. Pero, voy a apostar fuerte mientras pueda”. 

De la canción “Apuesta por el rock ‘n roll”, de Mauricio Aznar y Gabriel Sopeña

Cuando el cine aborda la vida de un artista acostumbra a hacer un extenso recorrido sobre sus hazañas dejando, en muchos casos, las partes más oscuras y aquellas que puedan asustar a una audiencia masiva. No obstante, hay casos en los que se alejan del famoso y del éxito para adentrarse en otros terrenos, de aquellos artistas que nunca tocaron la gloria, que quedaron en el camino, o esos otros que algún día tocaron algo, pero el tiempo los ha olvidado y han quedado en la memoria de los más allegados. La estrella azul, la ópera prima de Javier Macipe (Zaragoza, 1987), es una de esas películas que se detiene en la figura de Mauricio Aznar (1964-2000), un músico y paisano suyo, uno de esos artistas que vivieron a la espera de un éxito o no, que entendían la música como una forma de vida y del espíritu, una vida en continuo camino, viajando y encontrándose con la música más auténtica y de verdad. 

El cineasta zaragozano apuesta por un retrato que va más allá de la simple sucesión de hechos más o menos importantes, aquí no hay nada de eso, sino una forma de mirar hacia adentro, como deja plasmado en sus primeras imágenes, donde vemos el guion con la secuencia que abre la película, en un extraordinario juego de realidades, espejos y ficciones para crear no sólo el retrato de una persona que soñaba con hacer canciones, sino con un entorno específico, la Zaragoza de los 90 y la Argentina más rural en la que Mauricio conocerá a la familia santiaguera Carabajal con Don Carlos a la cabez, uno de los padres del folklore argentino, donde volverá a aprender la esencia de la música y del rock and roll, y vivirá experiencias difíciles de olvidar. La película es un viaje, tanto físico como espiritual, de alguien que hacía música por y para estar y relacionarse con el mundo, tiene la historia muchas similitudes con aquella joya que fue Bound for Glory (aquí llamada “Esta tierra es mi tierra”), del gran Hal Ashby de 1976, inspirada en la vida del músico country Woody Guthrie, donde las experiencias con el otro y con el desconocido es una forma de ser y estar con uno mismo y con los demás. También, es una historia de amor, con la música y con la mujer que Mauricio amaba, y cómo no, de desamor, con sus idas y venidas, sus dudas, sus excesos y sus tristezas. 

Tiene la película el alma triste de una figura incomprendida, que la asemeja con la idea de Quijote de Cervantes, donde el alma inquieta de alguien choca con los convencionalismos de la sociedad y todas esas cosas que no se hacen aunque se quieran. Contribuye a esa idea entre lo romántico y lo duro de la vida, la excelente cinematografía de Álvaro Medina, que ya trabajó con Macipe en el cortometraje Gastos incluidos (2019), realiza un exhaustivo trabajo de luz natural en que la cercanía llena todo el cuadro, acercándonos el estar y el espíritu de Mauricio y esa Argentina rural que tanto amó, buscando la música más ancestral, cuna del rock como la que hacía Atahualpa Yupanqui (1908-1992), el auténtico maestro del folklore argentino. Estamos ante una película que se toma su tiempo para contarnos el viaje y las peripecias de Mauricio, con sus 129 minutos de metraje, en un trabajo de Nacho Blasco y el propio director, en el que miran su película sin prisas, construyendo un ritmo pausado, sereno y transparente, en un acto revolucionario en un cine como el actual más construido para los adolescentes que pare el público que quiere ver y saborear las historias. 

Como no, hay tiempo para escuchar las canciones que cantaba Mauricio Aznar, muy rockabilly como las que popularizó con su banda “Más birras”, las de “Maldita sea mi suerte”, “Tren de medianoche”, “Esa chica llamada soledad”, entre otras, y la más conocida y mencionada “Apuesta por el rock ‘n roll”, que versionó Bunbury con sus Héroes del Silencio, su única versión, donde vemos que no era un músico más, sino alguien que amaba hacer canciones y que explicaban no sólo historias, sino un estado del espíritu y de la existencia en aquella España de mediados de los noventa. La labor de encontrar a un actor que diese vida a Mauricio no era tarea fácil, y Pepe Lorente, que se ha curtido en muchas series televisivas, lo consigue sin hacer ninguna clase de aspavientos, y sobre todo, compone una interpretación desde el alma, desde la sencillez y la naturalidad, con su forma de moverse, de hablar y de relacionarse con los demás, con esa sencillez del músico que siempre está aprendiendo y escuchando, y muy atento a todo lo que se mueve a su alrededor. Lo de Pepe Lorente debería estudiarse en las escuelas de cine o por todo aquel que quiera interpretar a alguien que existió, porque se aleja de lo convencional, porque va más allá de la simple semejanza y sus gestos y miradas. 

Le acompañan Bruna Cusí como la novia de Mauricio, una relación complicada con el músico que toma drogas, con su naturalidad y cercanía habituales, una actriz que elige muy bien sus proyectos, muy diferentes y retadores, Marc Rodríguez es el hermano mayor del artista, tan difícil como complejo pero lleno de amor, Catalina Sopelana como Mara, otra artista que se relaciona con Mauricio, y la familia Carabajal,  que muchos se interpretan a sí mismos, y otros como Don Cuti que hace de su hermano Carlos, y otros santiagueros que participan en la película siendo ellos e interpelando a Mauricio, en una suerte maravillosa de ficción, documento y recreación vital, donde el cine se convierte en el género perfecto para hacer una película como La estrella azul, que reivindica la figura de Mauricio Aznar Müller, y sobre todo, la trae a nuestros días, desenterrando a todos esos artistas que fueron y ya no son, con sus luces y sombras, con sus cosas y sus otras cosas, como la película La estrella errante (2018), de Alberto Gracia, que nos devolvía la figura del músico Rober Perdut, en un film-viaje lleno de sombras, claroscuros, en un tiempo indefinido donde todo parecía y ya nada es. Nos alegramos que una película como La estrella azul, de Javier Macipe exista y tenga esa voluntad de mirar a la música y al músico de forma diferente, dejando el oropel y la superficialidad, y adentrándose en un espacio más rico e interesante que más tiene que ver con la búsqueda y los procesos artísticos y la forma de relacionarse con la música, con la vida, con las personas, con el rock y lo tradicional, todo aquello que son los orígenes y a la postre, de dónde venimos y lo que nos ha llevado a ser lo que somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cuando acecha la maldad, de Demián Rugna

EL PUEBLO MALDITO. 

“No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor”.

Alejandro Dumas

Entre la marabunta de estrenos cada temporada cinematográfica, de tanto en tanto resuenan en las salas un tipo de películas de producción modesta, sin pretensiones, con intérpretes desconocidos para el gran público, con las únicas bazas de contar una historia llena de tensión, de ritmo y miedo, como es el caso de Cuando acecha la maldad, de Demián Rugna (Haedo, Argentina, 1979), un director que almacena seis títulos, algunos codirecciones, en que el género de terror y la comedia negra son los elementos en los que se maneja. Los misterios indescifrables de la vida, como los del cine, han hecho que una película como la suya se convierte en eso que llaman los estadounidenses “sleeper”, algo así como en una de las películas revelación del curso, porque estamos ante un relato que se funde con lo clásico, es decir, que alimenta su historia de elementos que el terror de ahora ha olvidado, o simplemente, obvia, como el miedo desconocido, la cotidianidad enfrentada al mal, a un mal terrorífico que no entendemos y que debemos aprender para combatirlo, y sobre todo, unos personajes de carne y hueso, como nosotros, en un cóctel lleno de angustia y miedo, mucho miedo. 

Una película que bebe mucho de aquel terror de los treinta americano que hacía de lo sugerido y el fuera de campo toda una declaración de principios que conectó con el público, o aquel otro cine de serie B de los cincuenta y sesenta que hacía las delicias de los espectadores con relatos inquietantes y muy cercanos, y aquel otro cine de género setentero que indagaba en monstruos desconocidos que venían a este planeta a revolverlo todo. Un cine que hacía de su modestia su mejor baza, en apelar directamente a la imaginación del espectador, aquel que tiene más miedo de lo que imagina que lo que ve con sus propios ojos, como les ocurre a los personajes de la película. En algún pueblo remoto de la Patagonia argentina, un par de hermanos granjeros que unos ruidos los alertan y descubren un hombre partido por la mitad y en “embichado”, o “encarnado”, como lo definen ellos mismos, un tipo postrado en una cama lleno de pus, que recuerda al tipo de la “pereza”, de aquel monumento que fue Seven (1995), de David Fincher. A los dos hermanos se les une Ruiz, el terrateniente del lugar, y se quitan el problema de encima, trasladando al “monstruo”, lejos de allí, aunque consiguen el efecto contrario y el lugar se llena de una especie de mal que anula la capacidad de las personas y las convierte en terribles amenazas que matan a los demás. 

A partir de una música que añade más tensión y locura al relato que firma Pablo Fuu, con el gran trabajo de montaje de Lionel Cornistein, que ya estuvo en Aterrados (1997), del mencionado Demién Rugna, que añade grandes dosis de caos y miedo en sus impactantes 109 minutos de metraje, y la estupenda cinematografía de Mariano Suárez, habitual de otros cineastas argentinos del género como Daniel de la Vega y Fabián Forte, entre otros, que también trabajó en la citada Aterrados, en un detallista trabajo donde la noche y los claroscuros se convierten en la luz que mejor define lo que estamos viendo. Otro gran acierto de la película es contar con un ramillete de intérpretes de “verdad”, es decir, que compongan unos personajes de aquí y ahora, individuos que tienen miedo, que sientes su miedo, enfrentados a un mal destructivo del que no conocen nada, que lo único que pueden hacer es huir y esconderse y hacer lo que pueden. Unos personajes humanos, donde no hay heroísmo ni estupideces de ese tipo, bien interpretados por Ezequiel Suárez que hace de Pedro, el alma mater de la historia, un tipo de oscuro pasado que intenta hacer las cosas mejor. 

Otros intérpretes que acompañan, muy a su pesar, al citado Pedro, es el hermano pequeño del protagonista, que vive a su sombra, el callado y reservado Jimi, que hace el actor Demián Salomón y un habitual del universo de Rugna porque ya estuvo en Aterrados y en otras películas del director argentino. Les acompañan el veterano Luis Ziembrowski, de dilatada trayectoria, que le ha llevado a trabajar con nombres importantes de la cinematografía argentina como los de Diego Lerman, Albertina Carri y Marcelo Piñeyro, entre otras, haciendo el personaje de Ruiz, temperamental y dueño de la zona, y otra veterana como Silvina Sabater que hace de Mirtha, la “bruja” del lugar, la apartada, la que más conoce el mal y cómo combatirlo, la luz de una película con tantas tinieblas, que vimos en Alanis (2017), de Anahí Berneri, entre otras, y la presencia de Emilio Vodanovich que hace del hijo mayor y autista de Pedro, que ha participado en películas de Claudia Llosa y Miguel Cohen, y luego, un ramillete de intérpretes que dan profundidad y verosimilitud a todas los conflictos que se van generando. 

No dejen escapar una película como Cuando acecha la maldad, y dense prisa porque ante la marabunta de estrenos, hay películas que valen la pena como esta, que se quedan sin el tiempo suficiente para hacer correr el boca a boca tan necesario para darles la oportunidad que se merecen, porque a parte de apoyar un cine modesto y sencillo, que no simple, pasarán un rato bueno en el cine, y no lo digo de forma irónica, porque pasarlo mal de vez en cuando viendo una película como esta siempre es agradable, porque alimenta esa idea ya olvidada, que el cine es más interesante cuánto menos muestra y sugiere más, y digo esto, no porque no haya películas con estas características, pero debería haber muchas más, y por eso nos alegramos enormemente de la existencia de esta película, que reivindica el cine de género de forma honesta y sencilla donde el espectador no quedará decepcionado, como se suele decir, porque da mucho más de lo que aparentemente pueda parecer y eso, en el mundo actual en el que vivimos, es muy importante. Así que, prepárense a pasar miedo, pero miedo de verdad, del que se mete en las entrañas y no te suelta, con esa tensión y agobio del que uno nunca se olvida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los colonos, de Felipe Gálvez

TIERRAS DE SANGRE. 

La ficción de la legalidad amparaba al indio; la explotación de la realidad lo desangraba.”

Eduardo Galeano

Aquellos hombres mal llamados conquistadores, que en realidad, eran meros colonizadores. Anuladores de la vida y la dignidad de los indios. Nos han contado muchas historias, pero quizás, nunca nos han contado la historia, y no digo, aquella que sólo habla de maldad, que la hubo y mucha, sino aquella que nos habla de seres humanos que se convirtieron en colonos, trabajando para ellos y para otros, a la caza de fortuna, o vete tú a saber que, en unas tierras extranjeras para ellos, pero un hogar para muchos indios que, antes de la llegada del blanco, llevaba siglos viviendo en paz, junto a la naturaleza y todos los seres que la habita. La película Los colonos, ópera prima de Felipe Gálvez (Santiago de Chile, 1983), después de más de tres lustros dedicados al montaje para cineastas como Marialy Rivas, Kiro Russo y Alex Anwandter, entre otros, y de dirigir su cortometraje Rapaz (2018), en el que ya exponía los límites de la violencia en la sociedad. 

En su debut, el director chileno que coescribe junto a Antonia Girardi, con la que ya trabajó en Rapaz, la violencia es la actividad cotidiana de los empleados de Menéndez, un terrateniente que posee una vasta región en Tierra del Fuego allá por 1901. La misión de sus trabajadores consiste en recorrer esa infinita propiedad abriendo una ruta hasta el Océano Atlántico recorriendo la enorme Patagonia. Estamos ante una historia que nos cuenta una verdad, una de tantas que ocurrieron durante la colonización de esas tierras, y lo hace a partir de personajes reales y otros inventados, y sometiéndonos a una asfixiante y devoradora atmósfera donde hombre a caballo y paisaje se van fundiéndose creando una complejo y vasto espacio fílmico en el que sobresalen una magnífica cinematografía dura y cruda con el aspecto de 2:3 de Simone D’Arcangelo, del que vimos la interesante La leyenda del Rey Cangrejo, también ambientada en Tierra del Fuego, en la que arranca en el paisaje para ir cerrándose en los rostros de estos tipos, donde prima el cuadro estático, como hacía Bergman, donde lo humano y su espacio explican ese mundo interior que no vemos. Las tres almas en travesía que cargan la película son el Teniente MacLenan, del ejército británico, un sádico y sin escrúpulos hombres ansiosos de riqueza y gloria, le acompaña Bill, un rastreador muy fiel al patrón, y a sus ideas supremacistas, y finalmente, Segundo, mitad blanco mitad indio, uno de esos personajes explotados y sin tierra, testigo de este viaje sin sentido, algo así como lo era el joven Enrique en La caza (1965), de Saura. 

El cineasta chileno se esfuerza en crear una película que profundiza y reflexiona sobre el arte cinematógrafo, en cómo la ficción ha retratado la historia y sus hechos, y no lo hace con los típicos discursos de la razón a través del blanco y su cine, sino que lo hace desde la honestidad y la humildad, centrándose en la colonización del propio país, es decir, de los señores de la tierra, aquellos propietarios que exterminaron a indios, en este caso a los Selk’nam, con el beneplácito o el desinterés de los gobiernos de turno. Un relato compacto e intenso que contribuye su gran trabajo de montaje de Matthieu Taponier, que ha trabajado en las interesantes El hijo de Saúl y Atardecer, ambas de László Nemes, Beginning, de Dea Kulumbegashvili, y en la reciente Anhell69, de Theo Montoya, en una cinta muy física, donde suceden muchos acontecimientos, pero siempre desde lo calmo, sin prisas, sin esa cámara agitada que no explica nada, aquí todo se cuestiona, a un nivel moral y además, vemos las consecuencias de los hechos, a partir de estos tres personajes, estos errantes, estos empleadores de la ley, aquella que hace y deshace sin más, aquella que aniquila y limpia su propiedad. 

El inmenso empleo del sonido con esos golpes y hachazos que escuchamos y nos acompañan por estas llanuras desérticas y hostiles, que ha contado con dos grandes de la cinematografía china como Tu Duu-Chih y Tu Tse Kang, que tienen en su haber grandes nombres como los Wong Kar-Wai, Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang, Tsai Ming-Liang, entre muchos otros. La música de Harry Allouche también ayuda a crear esa atmósfera real y onírica, más cercana del cine del este dirigido por Jerzy Skolimowski, Béla Tarr, donde todo rezuma un hedor cargado y la pesadez del camino y de las almas que los acompañan. Sin olvidarnos de su extenso y extraordinario reparto de los que conocemos a Alfredo Castro, que presencia la del actor chileno, con su mirada y su gesto es Menéndez, ese amo y señor de todo lo que ve y más allá, Marcelo Alonso, que era el sacerdote que vigilaba a los curas malos de El club, de Larraín, hace de Vicuña, el esbirro del gobierno, el señor del cine, el señor con traje que tiene su propia redefinición de la historia, y luego, los más desconocidos pero no menos notables, como los Mark Stanley como MacLenan, Benjamin Westfall como Bill, Camilo Arancibia como Segundo, el mestizo explotado y obligado a participar en la muerte y destrucción, Mishell Guaña como Kiepja, una india capturada por los ingleses, y Sam Spruell como el Coronel Martin, menudo personaje, y finalmente, la presencia del gran Mariano Llinás, un topógrafo que está delimitando la frontera argentina-chilena. 

Los colonos es una interesante y profunda reflexión sobre los males de la colonización y una nueva muestra de la resignificación del género del western, donde la desmitificación de la épica y la grandeza queda reducida a la suciedad moral y violenta de unos tipos sin alma, como ya dejó patente la madre de todas las madres que fué The Searchers (1956), de John Ford, donde el genio enterró para siempre muchos mitos, leyendas y demás desvaríos del cine en favor de ficcionar una historia que no tuvo lugar. Y otros como los Ray, Peckinpah, Penn y Altman, se dedicaron a humanizar a los cowboys en un tiempo en que el western agonizaba. En los últimos tiempos películas como Meek’s Cuttof (2010), y First Cow (2019), ambas de la extraordinaria Kelly Reichardt, Jauja (2014), de Lisandro Alonso, y Zama (2017), de Lucrecia Martel, son algunos ejemplos de mirar la historia y su tiempo desde posiciones más de cuerpo y piel, de rebuscar la suciedad y la decadencia de una colonización que sólo arrastra violencia y muerte. No se pierdan una película como Los colonos y quédense con el nombre de su director, Felipe Gálvez, porque la película navega por varias ambientes desde el western y la de aventuras, pero íntima y humana, el terror y lo político, porque habla de colonización, de los tipos malolientes y violentos que la hicieron, que han quedado en el olvido, y los que no, los que sí estaban con nombres y apellidos también participaron en pos al progreso y la civilización, se acuerdan que decía al respecto una película como Los implacables (1955), de Walsh, pues eso, otra muestra imperdible del género que en ese momento empezaba a mirar de verdad su pasado y su resignificación en la historia, en contar una verdad, no lo que el cine inventó. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Alejo Moguillansky

Entrevista a Alejo Moguillansky, codirector de la película «La edad media», en el Turó Park en Barcelona, el martes 5 de julio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alejo Moguillansky, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Paula, de Florencia Wehbe

LA NIÑA QUE NO SE QUERÍA. 

“La adolescencia es cuando las niñas experimentan la presión social para dejar de lado su yo auténtico, y mostrar solo una pequeña porción de sus dones”.

Mary Pipher

La película se abre con una secuencia-prólogo muy reveladora, en la que asistimos a la conversación de las cinco compañeras de clase que, después del verano, están en su primer día de colegio. Las notamos tristes, fuman, e intercambian ideas y sobre todo, desilusiones y tristezas de una existencia que pasa demasiado rápido y no hay tiempo para asimilarlo todo, donde la rutina las aplasta, y el ocio es siempre un leve instante de tiempo, como un sueño. Corte a unos imaginativos, coloridos y sorprendentes títulos iniciales con animaciones, que manifiestan esa adolescencia de cambios y problemas. Después, la película se asienta en la existencia de una de las cinco amigas, Paula, un adolescente de 14 años, con unos kilos de más, que debe soportar a una hermana mayor delgada, una madre que le insta a llevar una ropa que no le viene, un padre ausente, y sobre todo, la presión social de adelgazar para tener un cuerpo normativo y gustar a Facu, el chico que le gusta. Paula decide conectarse a una de esas webs con las que adelgazar milagrosamente a base de no comer y adentrarse en la anorexia. 

Segundo largometraje de la directora Florencia Wehbe (Río Cuarto, Córdoba, Argentina), después de Mañana tal vez (2020), en la que también hablaba de la adolescencia a través de Elena, aspirante a compositora, y el encuentro con su abuelo, un compositor jubilado que sentía el menosprecio de su edad. La aceptación de uno mismo en pos a la presión social en la que vive, vuelve a ser el motor de la trama, en la que la joven Paula se siente atrapada en esos kilos de más que no la dejan ser la persona que quiere ser, para así gustar a los demás, y ponerse la ropa de su hermana, gustar al chico y sobre todo, sentirse más bella y atractiva. con un espléndido y acertadísimo guion de Daniela de Francisco y la propia directora, la historia podría haberse metido en el duro drama de esta adolescente, pero en cambio, aunque hay dureza, la trama se va por otros derroteros, sumergiéndonos en esa existencia donde la cámara se va filtrando por las aristas emocionales, retratando su tristeza, su realidad durísima, y sus dolorosos métodos para adelgazar en tiempo récord. 

Estamos ante una especie de diario personal y muy íntimo de la vida de Paula, “Pauli” para las amigas, en un relato asentado en una naturalidad muy transparente y cercanísima, filmada con detalle y precisión quirúrgica, en un portentoso trabajo de la cinematógrafa Nadir Medina, que la hemos visto en películas con Darío Mascambroni, y en Bandido, de Luciano Juncos, y en la citada ópera prima de Wehbe, en un ejercicio donde prima el retrato de Paula frente a ella misma y frente al resto, donde nunca se juzga y sobre todo, se sigue sin subrayar nada, acompañando a la protagonista en el colegio, en su casa y con sus amigas, son maravillosos esos momentos entre las cinco amigas, mientras se preparan para salir y su complicidad en la discoteca y demás lugares que transitan. La directora no sólo ha vuelto a contar con Medina, sino también encontramos a Fernanda Rocca, la productora y Julia Pesce en arte, que repiten en esta segunda película, y la incorporación de Damián Telelbaum, en el montaje, al que hemos visto tanto en ficción como no ficción, bajo las órdenes de cineastas como Anna Paula Hönig, Alejandra Marino, Lorena Muñoz, Silvina Schnicer y Ulises Porra, en un estupendo trabajo de precisión y contención, donde en sus magníficos ochenta y nueve minutos de metraje se cuenta todo lo necesario, en los que ni falta ni sobra nada. 

Paula se adentra en el complejo y difícil territorio de la adolescencia, ese espacio a veces terrorífico, incierto, lleno de cambios, todos impredecibles, todos inquietantes, y sobre todo, un lugar del que no salimos indemnes, donde vamos haciéndonos y haciendo en relación con nosotros y con los demás. Una etapa que últimamente el cine americano ha tratado con sutileza, a partir de un acercamiento humano y complejo, y también, retratando todo su verdad y su angustia, hay tenemos casos como los de Después de Lucía (2012), de Michel Franco, Juana a los 12 (2014), de Martin Shanly, Las plantas (2015), de Roberto Doveris, Kékszakállú (2016), de Gastón Solnicki, Tarde para morir joven (2018), de Dominga Sotomayor y Las mil y una (2020), de Clarisa Navas y Tengo sueños eléctricos (2022), de Valentina Maurel, títulos a los que hay que añadir Paula, en su incansable búsqueda de ese sentir todavía demasiado joven y expuesto a peligros inconscientes, sometidos a una sociedad demasiado superficial y competitiva que sólo quiere alcanzar ese éxito cueste lo que cueste, para ser uno más y pertenecer a las reglas artificiosas que dictan los mercados y la publicidad. Paula tendría su más fiel reflejo en la película Miriam miente (2018), de Natalia Cabral y Oriol Estrada, porque también habla de una joven de 14 años, enamorada de un chico, y al igual que la protagonista, está preparando su fiesta de los 15, y por lo visto, la presión social no entiende de territorios y demás, porque una sucede en la República Dominicana y otra en Argentina. 

Para terminar no podíamos olvidarnos de la potentísima y maravillosa interpretación de la debutante Lucía Castro en el papel de la protagonista Paula, lo bien que mira, que se mueve, y sobre todo, lo bien que habla sin abrir la boca, todo un extraordinario hallazgo que con su presencia hace que la película vuele muy alto, y consiga todo lo que se propone, su verdad y todo lo que transmite. Le acompañan su familia: María Belén Pistone, como la madre, Beto Bernuéz como Horacio, el padre, que ya estuvo en la mencionada Mañana tal vez, y Virgina Shultess como la hermana mayor, y la retahíla de amigas de Paula, tan naturales y cercanas como la protagonista, todas ellas debutantes son un gran descubrimiento. Tenemos a Tiziana Faleschini, Lara Griboff, Julieta Montes y Líz Correa. No se pierdan Paula, de Florencia Wehbe, y quédense con el nombre de esta directora riocuartense de Argentina, que de buen seguro, nos volverá a conmovernos con su contención y su maravilloso retrato sobre la adolescencia, la vida y lo que somos y lo que no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA