Quo Vadis, Aida?, de Jasmila Zbanic

SREBRENICA, 11 DE JULIO DE 1995.

“Cuanto más grande es la herida, más privado es el dolor”

Isabel Allende

La guerra de Yugoslavia que se alargo una década, desde el año 1991 al 2001, provocó la desmembración del citado país, cientos de miles de asesinados, muchos más heridos, y sobre todo, unas secuelas físicas y emocionales que todavía resuenan en nuestros días. Muchas películas lo han abordado desde distintos puntos de vista como Underground, de Emir Kusturica, Sueño de una noche de invierno, de Goran Paskaljevic, En tierra de nadie, de Danis Tanovic, entre otras. La directora Jasmila Zbanic (Sarajevo, Bosnia, 1974), le ha dedicado varios trabajos a la guerra también llamada de los Balcanes, con películas como Grbavica (2006), y For those Who Can Tell no Tales (2013), en las que profundiza sobre las huellas de la guerra y las heridas que siguen abiertas. En Quo Vadis, Aida?, se centra en la matanza de Srebrenica, pero no lo hace desde la posición del invasor serbio, sino desde dentro, desde la mirada de Aida, excelentísima la composición de la actriz Jasna Djuricic, una intérprete que trabaja en uno de los campamentos de la ONU, donde cientos de miles de refugiados acuden en auxilio.

La directora bosnia acota su relato a un par de días, pero sobre todo, se centra en el martes 11 de julio de 1995, describiendo minuciosamente, a modo de diario, todos los acontecimientos que se van sucediendo, con la reunión de mandos serbios y militares de la ONU, donde se ven las posturas tan distantes de la situación, pero siempre desde la posición de Aida, que hace lo imposible por salvar a los suyos, su marido y sus dos hijos varones. El caos es absoluto, miles de personas se agolpan en las vallas del campamento de la ONU, que no les deja entrar. La película huye del sentimentalismo y demás argucias emotivas, manteniendo un pulso firme y emocional que nunca se desvía del camino marcado, sosteniendo una película difícil de estructurar y sobre todo, una película muy compleja, donde lo humano trasciende a la situación generada, y la vida pende de un hilo a cada instante. Zbanic sitúa a su personaje en el centro de todo, un personaje que va y viene, que no se está quieto en ningún momento, moviéndose de aquí para allá por ese laberinto que se ha convertido el campamento que se supone que es un refugio y ayuda al necesitado bosnio que huye del invasor serbio.

Como ocurre en el cine de Costa-Gavras, donde la película de Zbanic se mira, y más concretamente, tiene muchas similitudes con Desparecido (1982), donde un padre con la ayuda de su nuera buscan al hijo y pareja, respectivamente, en la dictadura de Chile. Lo humano cuenta lo político y viceversa, lo humano, en medio de una guerra fratricida entre hermanos y amigos, lo humano abriéndose pase entre tanta tragedia y desgarro, entre tanta deshumanización. El manejo excelente de la tensión y el dolor van de la mano, generando esas situaciones dolorosas y potentes que la película describe con astucia y sensibilidad, generando esa coyuntura que se va creando ese fatídico día para tantos habitantes de Srebrenica. La película no esconde la actitud observadora y pasiva de los militares de la ONU, dando vía libre a los serbios y el plan trágico que tenían preparado contra los hombres. Quo Vadis, que viene a traducirse como “¿A dónde vas?, es un título muy esclarecedor a todo lo que aconteció ese maldito día en Srebrenica, y aludiendo a la expulsión de los cristianos por parte de Nerón, como hacen los serbios con los bosnios.

Si una de las funciones del cine es hablar del pasado y las heridas que siguen en el presente, la película de Jasmila Zbanic es un claro ejemplo de toda esa definición, porque no solo nos muestra con inteligencia y dolor lo acontecido en Srebrenica, sino que sabe mostrarlo, dejando los momentos más duros fuera de campo, haciendo una utilización del off de forma magistral y más aterradora, ya que el sonido nos aplasta, nos ensordece, como si el eco de los disparos continuase martilleándonos, y cómo no, a Aida, la protagonista de la historia, como ocurre con su personaje, una persona que debe seguir, que debe seguir caminando a pesar de todo, a pesar de todos, a pesar de sí misma, porque como bien nos muestra la película, las guerras pasan, los vencidos siguen recordando a los suyos, a los que ya no están, y otros, los que vencen, ocupan sus espacios, sus vidas, y su historia, por eso el cine que muestra Quo Vadis, Aida?, no solo sirve para recordar de forma seria y convincente el pasado trágico que nos persigue, sino que también es una forma de terapia para los espectadores, y sobre todo, para todos aquellos supervivientes que aunque siguen hacia delante, también miran al pasado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cómo robar a un país, de Rehad Desai y Mark J. Kaplan

LA CORRUPCIÓN DE LOS PODEROSOS.  

“No hay peor tiranía que la que se ejerce a la sombra de las leyes y bajo el calor de la justicia”

Montesquieu

La política debería ser una herramienta eficaz y tenaz para solucionar los problemas del ciudadano de a pie. Su definición y su fundamento deberían ser eso, pero a la práctica, la política se ha convertido en la nueva burguesía, amparada en estados llamados democráticos, los gobernantes de turno hacen y deshacen el capital económico de los países según su conveniencia, completamente alejada de las necesidades del pueblo, y en la mayoría de los casos, buena parte del votante sigue confiando en ellos, ya sea por ignorancia, desidia o simplemente, estupidez. Cómo robar a un país, de los directores sudafricanos Rehad Desai y Mark J. Kaplan, destapa las malas artes políticas del gobierno de Jacob Zuma, que comprende el período del 2009 al 2018, cuando la gestión económica se basaba en contratos millonarios destinados a la familia india adinerada e influyente de los Gupta, que en beneplácito con Duduzane Zuma, hijo del presidente, desviaron dinero público a empresas de medios de comunicación, tecnológicas, además, de negocios muy fraudulentos con países extranjeros, incluso la designación de hombres de paja para cargos importantes del gobierno como el ministro de finanzas.

Los cineastas sudafricanos, expertos en el campo documental, construyen una película poderosa, como si fuese un programa televisivo, pero de los que valen la pena, con un montaje  lo hacen a través del marco del thriller de investigación, amparados en los testimonios de varios periodistas que desentierran tales asuntos. La película tiene un grandísimo ritmo, es ágil, febril, tiene garra y fuerza, contando casi a modo de diario, y usando imágenes de archivo, la cronología exacta del gran desfalco realizado por el gobierno de Zuma, del partido Congreso Nacional Africano, el mismo que llevó a Mandela a presidir el país después del apartheid, y convertir Sudáfrica en un país de fraternidad y perdón. Quizás el país no estaba preparado para tener políticos honestos después de Mandela, o quizás, tantos años de sometimiento e injustica por parte de la gente blanca, los alejó de la verdadera política, aquella que gestiona el dinero público para modernizar y levantar el país siempre en función de las necesidades del pueblo.

La película no solo se queda en la constatación de unos hechos y su resolución, sino que va mucho más allá, intentando construir el relato del pueblo, tanto los seguidores de Zuma, que por supuesto, niega cualquier acusación de corrupción, y los otros, los que luchan incansablemente para tener un gobierno digno y honesto, aunque deberán resistir y sobre todo, conformarse con una justicia benevolente con los casos de corrupción y sobreprotectora con estas actividades, como también clara y transparente explica la película. Una de las funciones del cine debería ser destapar las miserias de los poderosos, y no solo eso, sino construir un espacio de reflexión para que los espectadores-ciudadanos miren la realidad desde puntos de vista diferentes a los mediáticos en manos de oligarquías, porque al igual que los periodistas que destapan la trama corrupta, el cine debe de empujar hacia ese lugar, firme en su propósito, porque si no, la cultura solo será un mero entretenimiento y otra herramienta eficaz del poder para desviar la atención de lo que de verdad importa, aquellas leyes que nos guían la vida y todo lo que hacemos o pensamos.

Cómo robar a un país no solo es una historia que ocurre en Sudáfrica, porque le modus operandi de estos sinvergüenzas que dicen trabajar a favor de los intereses del pueblo, es una cuestión humana y sobre todo, moral, una forma de funcionar y de gestionar el dinero de un país, porque tiene que ver más con la honestidad humana que del cargo que se ocupa, y tristemente ocurre en otros países, sin ir más lejos en nuestro país, donde muchos políticos han creado una red de corrupción, privatizando muchos espacios públicos de primera necesidad, bajo el amparo de un pueblo idiotizado que lo asume, y una justicia, o mejor dicho, una no justicia que los cuida y los protege, dejando impunes sus crímenes políticos. Quizás todo sea producto de una mal vendida democracia, donde le pueblo debería votar en referéndum todos los asuntos importantes que le conciernen, como nuevas leyes sobre empleo, sanidad, educación, vivienda y demás, pero claro, el capitalismo es el sistema económico que rige y es la antítesis de la democracia, y los gobernantes se empeñan una y otra vez en decirnos lo buena que es la democracia, que lo es, pero si se implanta en todo su conjunto, porque si el dinero público acaba en manos privadas, la vida también acaba siendo una mera sombra y una utopía para todos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Encuentro con Johnny Depp

Encuentro con Johnny Depp, intérprete de la película «El fotógrafo de Minamata», junto a su director Andrew Levitas, y el productor Stephen Deuters, en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el viernes 16 de abril de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Johnny Depp, Andrew Levistas y Stephen Deuters, por su tiempo, generosidad y cariño, a la inmensa labor de la intérprete Sílvia Palà, y a Marién Piniés y Sílvia Maristany de prensa del Festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Charulata, la esposa solitaria, de Satyajit Ray

LA MUJER ENAMORADA.

“A finales de los años cincuenta y durante la década de los sesenta, la obra de Satyajit Ray evidenció tal contraste en relación a las películas que nos llegaban de la India, que parecía más bien alguien de una cultura extranjera, más próximo a la nouvelle vague francesa o a autores europeos como Bergman o Antonioni que a sus compatriotas. La grandeza de Ray estriba en esta capacidad de trascender, sin la menor pretensión, el marco bengalí para hablar a todos los espectadores de las debilidades humanas, de sus aspiraciones, locuras y obsesiones, de la misma manera que Chejov o Mizoguchi se dirigen a nosotros a través de la espesa niebla de una lengua extraña”.

Peter Cowie, crítico e historiador de cine

Como otros muchos amantes del cine, descubrí el cine de Satyajit Ray (Calcuta, India, 1921-1992), con la trilogía de Apu: Pather Panchali (1955), Aparajito (1956), y Apu Sansar (1959), primera, segunda y quinta película del cineasta indio. El enamoramiento fue instantáneo, una especie de fuerza arrolladora me hipnotizaba con unas imágenes de una belleza abrumadora, una música que no solo se mimetizaba con la atmósfera, sino que nos explicaba todo aquello que ocultaban sus personajes. Un microcosmos de verdad, de vida, de humanismo, con grandes influencias del neorrealismo italiano, esos niños de De Sica, la cotidianidad de las costumbres y formas de vida rurales de la India más escondida, y sobre todo, el nacimiento de una mirada que traspasaba la propia vida para hablarnos del alma, del mundo espiritual, y de las propias contradicciones de la existencia.

Luego, y siempre gracias a la Filmoteca de Cataluña, el lugar sagrado de todos los cinéfilos que vivimos cerca, llegaron a algunas otras, ya en pantalla grande, como El salón de música (1958), La gran ciudad  (1963) y Charulata (1964), obras que certificaban que aquellas primeras películas de Ray, no solo mostraban a un cineasta de los pequeños lugares y las pequeñas cosas que le ocurren a los seres humanos, sino que esas cosas podían tratarse desde la belleza, la poesía y el mundo interior. Hoy, Domingo, 2 de mayo de 2021, se cumplen 100 años del nacimiento de Ray, y la distribuidora A Contracorriente Films estrena, muy acertadamente, y con una copia excelente, que a sus casi sesenta años, parece recién salida del horno, por su calidad técnica, y todo lo que se avanza por y para la imagen de la mujer y su forma de mostrarlo, centrándose en el adulterio frente a la sociedad conservadora india, tan brutal, más allá de cualquier modernidad pasajera, evidenciando la mirada profunda de Ray. Charulata, la esposa solitaria, la onceava película que dirigía Ray, una película en la que volvía al mundo de Rabindranath Tagore (1861-1941), uno de los más grandes artistas bengalíes de la historia, al que ya había adaptado en Tres mujeres (1961), y dirigido un documental sobre su figura el mismo año, adaptando El nido roto, publicado en 1901.

Ray traslada la acción de la novela hasta el año 1879, y nos encierra en las cuatro paredes de un matrimonio sin hijos de clase media-alta, situándonos en la mirada de Charulata, en la que a través de ella conoceremos su mundo, un mundo de soledad y hastío, ya que su marido, Bhupati Dutt, un acaudalado editor está demasiado ensimismado en su trabajo y olvida frecuentemente a su mujer. La llegada de Amal, primo y antítesis del marido, y entusiasta escritor, lo cambiará todo, porque la esposa encontrará en el recién llegado, una gran distracción, en el que pasarán horas hablando de música, literatura, historia, espiritualidad, vida y demás. Ray compone una pieza de cámara, un film-cámara, con aroma brechtiano, al estilo de los de Bergman, en la que todo el relato acontece en las paredes de la casa, donde la cámara encuadra de manera magistral a los personajes, y su relación con los objetos, y la música que escuchamos, compuesta por el propio Ray, que como ocurre en sus películas, siempre va más allá del mero acompañamiento, y profundiza en el interior de los personajes, donde teje un gran contraste entre lo exterior e interior, entre aquello que dicen y su forma de actuar, y sus verdaderos sentimientos que anidan en su interior. La literatura, centro de todo, vuelve a ser omnipresente en el universo de Ray, como lo fue en la trilogía de Apu.

En Charulata añade, como sucedía en La gran ciudad, una figura femenina de gran personalidad y libertad interior, que no quiere estar sometida a la voluntad masculina, que valora el arte y tiene aspiraciones literarias, que además, se le da mejor que a los hombres. El uso del zoom añade un elemento distorsionador a los largos planos secuencias, donde el diálogo se apodera del relato, y las miradas de los personajes evidencian ese mundo cerrado, aburrido y falto de vida y alegría, un mundo lleno de comodidades, pero al que le falta setnir, compartir, calor humano, y sobre todo, amor. Ray construye unos personajes complejos, unos personajes humanos, que sienten, sufren, se apasionan y pierden el tiempo con distracciones que les alejan de su realidad, y de sus sentimientos, unas emociones soterradas que los espectadores conocemos, pero como suele ocurrir en el cine de Ray, los hombres no logran interpretarlas, demasiado ensimismados en sí mismos y en su tarea, hombres apasionados por la vida, el compromiso político, que suele ser siempre teórico, por la historia, por su arte y su coraje, más atentos al gran suceso de la política y a la sociedad, a lo de fuera que a los detalles cotidianos que ocurren en su casa y sobre todo, a su mujer.

Ray nos habla de su país, a través de lo doméstico, convirtiéndolo en universal, de la vida, de su efimeridad, de sus contradicciones, de sus alegrías, de sus pequeños instantes, de sus detalles, de la apesadumbre de vivir y del plomo de la cotidianidad y las costumbres y tradiciones que siempre van en contra del amor y la felicidad, y unos personajes que sienten en grande, pero viven reducidos a unas existencias sin más. Si la música, la planificación formal, y el relato son elementos característicos de la filmografía de Ray, las interpretaciones de sus criaturas son hermosísimas, centradas en todo aquello que no se ve, que se esconde, basada en sus miradas profundas, unas formas de mirar que traspasan, que encogen el alma, y sobre todo, que explican sutilmente, sin estridencias, sus mundos interiores. Madhabi Mukjerhi, la impresionante actriz que se mimetiza con la desdichada Charulata, segunda película con Ray después de La gran ciudad –haría una tercera, El cobarde (1965), – en la que deja de ser la madre coraje que luchaba por sacar adelante a su familia, para encerrarse en el matrimonio-cárcel, en una vida no vida, en la que los espejos y los objetos, formulan unos sentimientos que estallan de amor al llegar Amal, esa especie de invitado a lo Teorema, de Pasolini, que no solo viene a dar vida a la casa triste y mortecina, sino a avivar un fuego, el fuego de Charu, que se encontraba reducido a pocas cenizas. Mukherji no solo sabe mirar, sino sabe expresar con apenas nada, ese mundo oscuro y oculto del personaje central de la película, un personaje que habla de todas esas mujeres indias y no indias, que ansiaban y daban sus primeros pasos para liberarse del yugo masculino y una vida atada a la vida doméstica.

Bien acompañada por Sumitra Chatterji como Amal, el joven apasionado y entusiasta por la vida, la música y la literatura, pero de una enorme torpeza y cobarde en los sentimientos, un tipo que teoriza demasiado sobre la vida pero vive muy poco, y utiliza el extranjero no para formarse, sino como refugio para no afrontar el deseo que le ofrece sin condiciones Charulata, y finalmente, Sailen Mukherji como Bhupati Dutt, el esposo entregado y comprometido a la causa contra el imperialismo británico, a través de su diario contestatario, donde la política es el centro de sus reivindicaciones, que desatiende a su esposa y sobre todo, al amor, dos polos opuestos en un matrimonio, como evidencia el clarividente diálogo entre Charulata y su marido, donde uno cree que la política es el motor para el cambio, y la esposa le dice que hay otras cosas de las que también se puede hablar. Un contraste que el director bengalí no solo hace evidente en el diálogo, sino también en la forma, situando a sus personajes, y sobre todo, al personaje de Charulata bajo los marcos, frente a los espejos, siendo otra en su interior, y también, en un lado del cuadro, junto a otros personajes, sumergida en su mundo, en ese mundo que parece ser que nadie comprende, y lo que es más triste, en ese mundo donde no encuentra consuelo y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Earwig y la bruja, de Goro Miyazaki

LA HUÉRFANA REBELDE.

“La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras”.

Jean Jacques Rousseau

Desde 1985, a través del Studio Ghibli, las mentes creativas del desaparecido Isao Takahata, Toshio Suzuki y Hayao Miyazaki, no solo han creado uno de los estudios de animación más grandes, artísticos y venerados de la historia del cine, con grandísimas obras de arte como Nausicaä del valle del viento, La tumba de las luciérnagas, La princesa Mononoke, Mi vecino Totoro y el viaje de Chihiro, entre muchas otras. El fallecimiento o la edad hacen obligado el relevo en la compañía, y los Miyazaki y Suzuki, dejan la primera línea para ocupar cargos más secundarios como ocurre en Earwig y la bruja, de Goro Miyazaki (Tokyo, Japón, 1967), hijo de Hayao, reticente en principio en seguir los pasos de su progenitor, finalmente, debuta como director con Cuentos de Terramar (2006), le sigue La colina de las amapolas (2011), y después la serie Ronja, la hija del bandolero (2014).

Goro Miyazaki vuelve al largometraje con Earwig y la bruja, basada en la obra de Diana Wynne Jones, la misma autora  en la que se basaron para El castillo ambulante (2004), y deja la animación 2D para introducir la novedosa 3D/CGI, y nos cuenta las desventuras de Earwig, una niña de 10 años que ha crecido en un orfanato, una niña peculiar, de carácter, que siempre se erige como la “jefa” ante los demás, que la obedecen sin rechistar. Pero un día, una extraña pareja formada por una bruja que se hace llamar Bella Yaga y un tipo reservado de formas duras, la adoptan y se la llevan con ella para que la niña sea la ayudante de la bruja, que vive de hacer brebajes para satisfacer los deseos de los demás. La historia mantiene todos los ingredientes que han hecho de Ghibli un referente no solo en el campo de la animación, sino en el mundo del cine, siendo una compañía muy creativa, logrando componer historias de bellísima y ejemplar factura visual y narrativa, construyendo mundos imaginarios y fantasiosos, siempre con el toque humanista y real, llenos de niñas o jóvenes desafiantes ante el orden establecido, y tratando una riqueza de temas que tienen mucho que ver con la infancia, el aprendizaje, el crecimiento, la llegada a la edad adulta, bien ayudadas por la complejidad de sus emociones y relatos sobre la vida y la muerte.

Earwig y la bruja mantiene una primera mitad rica en lo visual y en lo narrativo, erigiéndose digna heredera del Studio que hay detrás de ella. El desajuste narrativo arranca en su segunda mitad, cuando la niña es adoptaba por el par de sujetos excéntricos. En su nueva casa, exceptuando algún instante imaginativo, la historia se detiene, resulta monótona, y va perdiendo interés, como si los personajes vivieran en sus mundos, ajenos a la historia principal que se va diluyendo. En el apartado de producción encontramos a Toshio Suzuki y en la planificación de la película encontramos la mano de Hayao Miyazaki, que echamos en falta en el engranaje del guión, piedra angular de la compañía Ghibli, que en Earwig y la bruja, en su afán de convencer a todos, acaba olvidando a la mayoría, con una historia que aparentemente resultaba interesante, con esa niña marimandona que empieza una nueva vida en la que estará al otro lado del espejo, y en vez de mandar, ahora, deberá obedecer sin protestar, pero toro el ritmo que daba la primera parte, en la segunda no se acaba encontrando su ritmo, y las aventuras domésticas junto a la bruja, que podrían haber dado de sí, y mucho, resultan sin alma y desafortunadas.

Podíamos decir que la película resulta imaginativa en algunos momentos, se agradece y mucho la innovación de la inclusión del nuevo formato 3D, pero se ha perdido la esencia que hizo grande el estudio japonés, aunque quizás, aquellas películas fabulosas de antaño, ya solo pertenecen a nuestra memoria, y ahora Ghibli, debe volver a sus orígenes, sin olvidar la innovación tecnológica, por supuesto, pero logrando que las historias sigan hablando de temas universales, a través de la cotidianidad de sus personajes, su inagotable imaginación y sus cuentos fantásticos, llenos de humor y sobre todo, adorables y muy sensibles. El reto de los herederos de los maestros no va a resultar para nada sencillo, sino todo lo contrario, Earwig y la bruja ha sido un intento que se ha quedado a medio camino, quizás, los próximos trabajos que vengan recogerán el espíritu de Ghibli y seguirán manteniendo una narrativa que no decae, que nos hace soñar y ver el mundo mejor del que es, sin olvidar la tristeza o la tragedia que lo alimentan, si, pero también, sin dejar de soñar con las pequeñas historias en los lugares más ocultos del mundo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Yalda, la noche del perdón, de Massoud Bakhshi

EL PERDÓN EN DIRECTO.

“La televisión nos proporciona temas sobre los que pensar, pero no nos deja tiempo para hacerlo”

Gilbert Cesbron

Tanto en las magníficas y contundentes Network (1976), de Sidney Lumet, y La muerte en directo (1980), de Bertrand Tavernier, se abordaban temas como la televisión convertida en un poderosísimo narcotizante, en el que todo vale para conseguir pegar al televisor a millones de espectadores cada noche. La muerte al servicio del espectáculo, la muerte como un objeto o medio más para satisfacer el entretenimiento de masas que sólo ven y disfrutan, sin ver más allá, sin reflexión, sin empatía, sin nada. En Yalda, la noche del perdón, cuarto trabajo de Massoud Bakhshi (Teherán, Irán, 1972), y segundo de ficción, no sitúan en el centro de un programa de televisión, casi en tiempo real, donde florece su experiencia en el documental (porque a veces olvidamos la naturalidad y la intimidad con la que está rodada la película, y es clara la intención de su talante real y humano), encerrados en las cuatro paredes del directo y el backstage, en el que conoceremos una de las muchas realidades que transitan por el país árabe.

Tenemos a Maryam, un joven de veintidós años que ha sido condenada a muerte por la muerte accidental de su marido temporal – en Irán, son comunes los matrimonios temporales, llamados “Sighen”, en los que las mujeres y los hijos nacidos de la unión no tienen ningún derecho sobre la herencia-. La única salvación para la joven es que, Mona, la hija del fallecido, la perdone delante de las cámaras, amén de una cuantiosa económica de por medio. El programa se llama “La alegría del perdón”, basado en reality shows que pululan la franja de la televisión persa. La noche elegida es la denominada:”Yalda” (una celebración zoroástrica que da comienzo al invierno, la noche más larga del año, donde las familias y amigos se juntan para celebrar, mientras recitan poemas del reconocido Hafez). El director iraní envuelve su película en un interesante y potentísimo thriller psicológico, con esa cámara que sigue incansablemente a sus víctimas, convertida en una segunda piel, en un espectacular trabajo de orfebrería del  cinematógrafo Julian Atanassov (que trabajó en la película colectiva Ponts de Sarajevo, entre otras), así como el exquisito, ágil y formidable montaje cortante y sin aliento de Jacques Comets (autor de películas Invitación de boda y Fortuna).

Los ochenta y nueve minutos de la película no dejan respiro, las situaciones se van sucediendo a un ritmo frenético, en que la forma cinematográfica se ve contaminada por el ritmo televisivo, colocando a los espectadores en el centro de todo, convertidos en “jueces” de este litigio, donde la vida y sobre todo, la muerte, se erigen como meros espectáculos para millones de almas vacías. Una película en la que apenas vemos la calle de Teherán, si exceptuamos una secuencia muy descriptiva de esa realidad que vemos a través de la televisión, porque el retrato profundo y descarnado de Irán que hace Bakhshi es descorazonador  y terrorífico -completamente extrapolable a cualquier país occidental, donde la televisión es el medio más potente de información y creadora de opinión-,   donde hay una clara descripción de las clases que dividen el país, entre los que mandan y viven, y los otros, que obedecen y malviven, el poder sobrehumano de la religión, como único límite para sabe aquello que es bueno o malo, donde el perdón es situado en el centro de todo, dotándolo de una importancia por encima de cualquier moral, y finalmente, el tratamiento de la televisión, erigida como la única verdad, donde todo está en venta, con las personas sometidas a su realidad, a su consentimiento, los seres humanos vendidos al dinero y al vacío que deja.

El cuidadísimo estudio psicológico de los personajes, con sus idas y venidas, necesitaba a unos intérpretes a la altura de sus complicados roles, como la brillante interpretación que desarrolla el grupo que vemos en la película, empezando con Sadaf Asgari como la desgraciada Maryam, que implora su perdón, a través de contar una verdad que parece no querer interesar a nadie. Al otro lado, Behnaz Jafari como Mona, la única que puede salvar el pellejo de Maryam, no por humanidad, sino por necesidad, más interesada en el fajo de billetes que tiene por delante si perdona, la madre de Maryam, interpretada por Feresteh Sadre Orafaee, una madre desesperada que hará lo imposible por salvar a su hija, y finalmente, Ayat, el director del programa, que hace Babak Karimi, convertido en una especie de “Dios”, como lo era Ed Harris en El show de Truman, uno más del engranaje de crueldad y fanatismo en que se ha construido la televisión, donde todo vale para generar millones de audiencias y cantidades insultantes de dinero, y no es más que un reflejo de nuestra sociedad, o lo que queda de ella, porque el espectáculo nos ha ensombrecido nuestra capacidad de reflexión, y sobre todo, de empatía y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El fotógrafo de Minamata, de Andrew Levitas

EL FOTÓGRAFO COMPROMETIDO.

“La fotografía es solamente una débil voz, pero a veces, tan sólo a veces, una o varias fotos pueden llevar a nuestros sentidos hacia la conciencia; las fotografías provoca en ocasiones emociones tan intensas que llegan a actuar como catalizadores del pensamiento”

W. Eugene Smith

Gracias a la valentía, el arrojo y el talento de fotógrafos como George Rodger, Robert Capa, Henri Cartier-Bresson, Yevgeni Khaldei y W. Eugene Smith, conocemos el otro rostro de la Segunda Guerra Mundial, una mirada inquisitiva, crítica, íntima y muy dolorosa sobre lo que fue la guerra cuando la televisión no existía, cuando la fotografía era el rostro y la mirada de todos. Uno de ellos, W. Eugene Smith (Wichita, 1918- Tucson, EE.UU., 1978), consagró sus primeros años de carrera a la fotografía de la guerra. La desilusión y el desencanto de las posiciones de las revistas en cuestión, le llevó a emprender nuevos campos donde la fotografía denunciaba y se convertía en una herramienta ética y de compromiso a favor de la humanidad, donde sus frecuentes enfrentamientos con los directores de revistas en las que su compromiso iba mucho más allá, porque se empleaba a fondo para elegir las fotografías y todo el diseño de la publicación, elevando su trabajo y alejándolo del sensacionalismo.

El fotógrafo de Minamata, arranca en 1971, y en Nueva York, nos topamos con un W. Eugene Smith, completamente aislado en su apartamento, en un período profundo de autodestrucción, completamente alcoholizado y lleno de deudas. Mediante la revista Life, le viene el encargo de trasladarse a la pequeña localidad pesquera de Minamata, en Japón, donde una gran empresa verte indiscriminadamente mercurio a las aguas que contaminan a sus habitantes, provocándoles malformaciones físicas y psíquicas terribles. Smith se traslada con su cámara y empieza a sacar fotos. A Andrew Levitas (Nueva York, EE.UU., 1977), lo conocíamos por su carrera como actor y productor, y su anterior película como director Lullaby (2014). En El fotógrafo de Minamata  compone una película de corte clásico, pero llena de vitalidad, compromiso político y humanista, y sobre todo, una película que recupera uno de los ataques indiscriminados contra la población por parte de una empresa, y no lo hace a través del esquemático argumento del hombre contra el sistema, porque aquí no hay ni buenos ni malos, sino seres humanos, y la radiografía que se hace de los jefes de la empresa no es caricaturesco ni mucho menos, sino humano, evidenciando los errores fatales del capitalismo y la libertad que les otorga su activación de la economía y el empleo creado.

La película no juzga, pero se decanta del lado del débil, del que sufre, y lo hace desde la cámara y la mirada de W. Eugene Smith, del recién llegado que conoceremos la vida y el trabajo de pesca de estas personas, a través de su cotidianidad, filmado a modo de documental, como las imágenes reales que se funden con las ficticias, donde la habilidad y la luz naturalista y sombría obra del cinematógrafo Benoît Delhomme (que ha trabajado con nombres tan ilustres como Anh Hung Tran, Schnabel o Corbin), el habilidoso y profundo montaje de Nathan Nugent, y la excelente partitura de una grande como Ryuichi Sakamoto (que muchos recordarán por sus trabajos con Bertolucci, Ôshima o Yamada). El excelente reparto de la película encabezado por un sobrio y camaleónico Johnny Depp, que además de productor, interpreta a un gran Smith, con poca caracterización, sabe extraer esa fuerza y la vez, debilidad, que en los últimos años perseguía al gran fotógrafo, muy alejado de sus caricaturescos personajes como el Capitán Sparrow, y más cercano a los que hizo para Dead Man, Ed Wood¸ Enemigos públicos, entre otros, para enfundarse en la piel de un tipo machacado por el alcohol y la tristeza de unos cincuenta y tantos, que parece un espectro sin consuelo y a la deriva, pero que todavía tiene esa mirada que ve más allá y sabe extraer la humanidad de un rostro o de un lugar.

Bien acompañado por magníficos interpretes japoneses como Hiroyuki Sanada, Tadanobu Asano o Minami, que hace de Aileen, la mujer guía que acompaña a Smith y se convierte en su ángel de la guarda y algo más, y finalmente, la elegancia y habilidad de Bill Nighy como jefe de la revista. Levitas ha conseguido una película fascinante, conmovedora, sensible, muy alejada de las estridencias argumentales y técnicas de mucho cine que pretende ser profundo, El fotógrafo de Minamata llega mucho más lejos de la típica película de denuncia, porque nos habla personas, rostros, y su lucha contra el poderoso, también, del último servicio de uno de los grandes fotógrafos de la historia, de su compromiso, de su humanidad, de su valentía, y sobre todo, de su carácter, y también, nos muestra sus debilidades, sus miedos e inseguridades, porque en ese sentido, la película nos habla de frente, sin titubeos ni medias tintas, expone el conflicto, y los personajes, retratados como seres humanos, con sus aspectos psicológicos y demás, que aciertan y se equivocan, que luchan diariamente por hacer de este mundo un lugar más justo, aunque a veces, quizás la mayoría de ocasiones, solo se consiga hacer mucho ruido y poco más, pero la lucha como mencionaba Galeano, es la utopía que hay que seguir, es el camino que nunca hay que abandonar, es la razón de la existencia, aunque siempre se pierda. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jean-Paul Salomé

Entrevista a Jean-Paul Salomé, director de la película «Mamá María», en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Majestic en Barcelona, el sábado 17 de abril de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean-Paul Salomé, por su tiempo, generosidad y cariño, a la inmensa labor de la intérprete Belén Simarró, a Yolanda Ferrer de Wanda Visión, y a Marién Piniés y Sílvia Maristany de prensa del Festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Mamá María, de Jean-Paul Salomé

LA REINA DE LA CIUDAD.

“Ser bueno, en el fondo, es sólo una cuestión de temperamento”

Iris Murdoch

Hasta ahora el universo cinematográfico de Jean-Paul Salomé (París, Francia, 1960), se dividía en comedias negras o divertidas, dramas actuales, bélicos como hizo en Espías en la sombra (2008), sobre un grupo de cinco mujeres de la resistencia francesa, alguna que otra película de encargo como Belphegor, el fantasma del Louvre (2001). Con su octavo trabajo, Mamá María (La daronne, en el original), cambia de registro y fusiona los géneros, porque la película arranca como un thriller judicial mezclado con algo de drama intimista, para a mitad de metraje, dar un volantazo y añadir la comedia disparatada, eso sí, llena de inteligencia, humor negro y crítica social. La trama es sencilla, tenemos a Patience Portefeux, una mujer madura que se gana la vida como intérprete francoárabe para la policía que anda detrás de unos narcos magrebíes, pero hete aquí las casualidades, como toda buena comedia que se precie, uno de los árabes implicados resulta que es el hijo de Kadidja, la señora que cuida de Patience en la residencia. En ese instante, la vida de Patience da un giro radical, y después de encontrar la droga perdida, se pone a venderla, convirtiéndose en la nueva reina de la ciudad.

Basada en la novela La madrina, de Hannelore Cayre, segunda vez que Salomé adapta un libro como hiciera en Arsène Lupin (2009), que escribe el guion con el propio director, el relato tiene ritmo, es ágil, habla de esa otra Francia, la multicultural, la que se pierde por las esquinas de los barrios, la que atesta los pisos sociales y aquella que se gana la vida como puede y con lo que puede. En ese universo peculiar, alejado de las noticias, esa parte más real de las ciudades, la que vive en la precariedad y en la invisibilidad porque es fea, en ese universo de narcos, camellos y gentes de la droga, se mueve como una camaleona Patience, que se transmuta en su nueva personalidad, una madame árabe, elegante, misteriosa y audaz, que se pone a reventar el negocio de la droga. Una música magnífica y arrolladora que firma un experto en la material como Bruno Colais, bien planteada y enmarcada con la excelente cinematografía de un especialista como Julien Hirsch (que tiene en su filmografía autores tan relevantes como Godard o Techiné), y un montaje brillante y arrollador obra de Valérie Deseine, que sabe imprimir velocidad y pausa a una historia de estas características.

Estamos frente a una de esas películas-tipo de la cinematografía francesa que tan bien saben hacer. Me refiero a ese cine que mezcla con grandísimo acierto sabiduría y ligereza para hablarnos de temas sociales importantes, bajo el prisma de una película para todos los públicos, manteniendo ese equilibrio perfecto entre el entretenimiento y la crítica, bien marcado por esa profundidad emocional de los personajes, y los temas íntimos y universales que casan y se ejecutan como el mecanismo de un reloj suizo. Si al personalidad de estas películas es ejemplar, qué decir de sus repartos, unos intérpretes tan bien elegidos, entre los consagrados y los que acaban de llegar. En Mamá María, tenemos a Isabelle Huppert, que da vida a la protagonista Patience, sobran las presentaciones y los elogios, convertida hace ya en una de las mejores y más inteligentes actrices de las últimas cuatro décadas, no sólo en la industria francesa, sino en la europea, convertida ya en una institución de la actuación, a la altura de otras grandes del continente como la Loren o la Deneuve, consigue con mucha sutileza y sobriedad, características de sus interpretaciones, que nos creamos esa mujer solitaria, que es toda una madre comprometida con sus hijas, y también, con las demás, echando un cable a quién lo merece, y moviéndose como pez en el agua, entre árabes traficantes, chinos gánsteres y demás personajes del mundo del hampa.

A su lado, un reparto que brilla sin aspavientos ni estridencias, otorgando la naturalidad y el palomo preciso para creernos unos personajes sencillos y cotidianos, como un elegante y siempre elegante Hippolyte Girardot como jefe de policía y algo más de Patience, Farida Ouchani como Kadidja, la otra madre, a la que Patience comprenderá y ayudará todo lo que está en su mano, que es mucha. Y finalmente, Liliane Rovère como la mamá de Patience, caprichosa, enferma y difícil. Y luego, toda una serie de intérpretes en pequeños roles que ayudan a la verosimilitud que siempre tiene la película y como no, a hacernos una idea de esa Francia más invisible, pero real. Salomé ha construido una película estupenda, llena de elementos interesantes, que se mueve y salta entre los géneros de forma inteligente, y sobre todo, nos hace olvidar que la vida a veces, no es que sea completamente incomprensible, sino que hay que vivirla y sobre todo, a atreverse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Zero, de Iñaki Sánchez Arrieta

EN MITAD DE LA NADA.

“Dicen… que la mala fortuna no entiende de justicia ni de compasión. Tampoco de estadísticas, creencias o de casualidad. La mala fortuna sólo entiende de sí misma y de la despreocupación del dolor que puede causar. Lo cierto es que es se dolor se propaga como la peor de las epidemias, arrasando con todo lo que se pone a su alcance. La mala fortuna siempre es el origen de una larga cadena de desgracias, que sólo generan dolor, dolor y dolor, allá donde llegan. Yo. Soy uno de los eslabones de esa cadena”.

La premisa de partida de Zero, opera prima de Iñaki Sánchez Arrieta (Valencia, 1977), es sencilla, sobria y realmente muy espectacular. A saber. Un hombre y una mujer se despiertan en mitad de un desierto, no saben nada de su pasado, ni siquiera sus nombres. Cada día, por mucho que se desplacen buscando una salida a este laberinto, no consiguen salir, y a la mañana siguiente, vuelven a despertarse en el mismo lugar. Desde la distancia, un hombre y su perro los observan.

Sánchez Arrieta que ha aprendido el oficio de dirigir con sus cortometrajes y como ayudante de dirección en películas y series, ha escogido un relato sin estridencias, apoyado en un par de personajes y mucha sobriedad, centrándose en el aspecto humano y marcando una historia con el mejor aroma del thriller psicológico, recogiendo la trama con los sueños, pesadillas o recuerdos del protagonista masculino, y tocando elementos que mortifican a las personas de ahora, como la obsesión por el trabajo, el miedo a afrontar una realidad dura, las dificultades que tenemos para relacionarnos, y sobre todo, la necesidad de dar y recibir amor. Zero es una película modesta, abarca todo lo que puede, sin salirse de la línea marcada, no quiere levantarnos de la butaca, sino todo lo contrario, hundirnos en ella, hablándonos de seres humanos y sus problemas cotidianos, cómo los afrontan, extrayendo sus miedos, inseguridades y conflictos. El género se adapta completamente al aspecto psicológico de los personajes, la historia siempre es una excusa para mover de aquí para allá a unos individuos a los que la vida les da puñaladas inesperadas, como suele ocurrir, porque la vida, como bien mencionan en la película, es completamente azarosa y como tal, debemos estar preparados para los cambios contantes.

Un guion férreo y estimulante que firma Ferran Brooks, una excelente, natural y directa cinematografía de José Martín Rosete, y un montaje ágil y firme de Manolo Casted y el propio director, reafirman que a veces no hace falta grandes presupuestos para conseguir que el espectador entre en tu propuesta y se emocione con los mínimos elementos. Aunque, el elemento que más destaca en Zero es sin lugar a dudas la dirección de actores y el inmenso trabajo interpretativo del trío de la película, empezando por Juan Blanco, dando vida al hombre que parece tenerlo todo, y un infortunio del destino, aludiendo al texto que abre la película, se verá inmerso en un vaivén de pesadillas, sentirse muy perdido y sobre todo, del miedo que le oprime ya que se ve incapaz de enfrentar sus males y culpas. A su lado, Núria Herrero, la mujer que también está atrapada en este bucle kafkiano, que tendrá una misión importantísima en el transcurso de la existencia del hombre. Y finalmente, Pep Sellés, un personaje enigmático del que sabemos nada, pero conectará con el hombre y la mujer de esta historia, también muy a su pesar.

Zero se convierte casi al instante en una obra de culto, porque sabe sacar el máximo beneficio, tanto emocional como técnico, convirtiendo una propuesta arriesgada en un trabajo muy íntimo y transparente. La película tiene el aroma de un episodio de la mítica serie estadounidense de misterio y ciencia-ficción The Twilight Zone, o la más cercana Historias para no dormir, del gran Chicho Ibáñez Serrador, incluso toda la serie B, como La invasión de los ladrones de cuerpos, El pueblo de los malditos, la factory Corman, et… Relatos con su toque de misterio o fantasía, que tiene mucho que ver con la condición humana, todo aquello oscuro que intentamos vanamente ocultar, y sobre todo, unos ejercicios de reflexión que nos hablan mucho de la sociedad que habitamos y todos los problemas que nos suceden, cómo vivimos, cómo afrontamos el dolor y al culpa, y aún más, quiénes somos y qué hacemos, la grandes cuestiones que martillean a la humanidad desde que pululamos a lo largo y ancho de este planeta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA