Destello bravío, de Ainhoa Rodríguez

LIBERADAS HACIA UN MUNDO NUEVO.

“Libérate del pasado. Y vuelve a nacer.

Abre siempre la puerta hacia un mundo nuevo”

(Del tema “10”, de los Quentin Gas & Los Zíngaros)

En la cinematografía española, como ocurre en cualquier otra, de tanto en tanto surge una película difícil de clasificar, por su idiosincrasia, estilo, forma, narrativa, historia y demás, estas películas rompen con lo establecido, con esos cánones inamovibles entre los que deben de moverse el cine del momento, se convierten en películas de culto al instante, por su cariz transgresor, su irreverencia, y sobre todo, su espíritu cañero, reivindicativo y profundamente personal, que la convierte extraña, fascinante y cautivadora a la vez. Por citar solo algunos ejemplos ese cine podría ser el de la película Diferente (1961), de Luis María Delgado, El extraño viaje (1964), de Fernando Fernán Gómez, Arrebato (1979), de Iván Zulueta, y Mamá es boba (1997), de Santiago Lorenzo, entre otras muchas. Destello bravío, puesta de largo de Ainhoa Rodríguez, una extremeña nacida en Madrid el año del naranjito, es una de estas películas, y lo es por todo lo que cuenta, y sobre todo, por como lo cuenta, en un relato sorprendente, arriesgado y muy personal.

La debutante cineasta se ha lanzado al abismo y ha cosido una película que bebe de muchas cosas, donde la directora lo mezcla todo y cuando digo todo es todo. A saber: tenemos la tragedia lorquiana, más pura y negra, con su luna, su muerte y todo lo demás, con su especial versión del “Anda jaleo”, la fábula clásica con fantasía a lo Sueño de una noche de verano, de Shakespeare o Esopo,  también hay restos del western setentero de Hellman, con esa búsqueda existencialista, y las películas de Jodorowsky, tan realistas y extravagantes, la ciencia ficción de los ciencuenta de la serie B estadounidense, o las alucinadas de los setenta al estilo de El hombre que cayó a la tierra (1976), de Roeg, el surrealismo de entrañas de Buñuel, o alguna que otra alucinación propia del cine de Lynch, y también, pinceladas del musical al rollo The Rocky Horror Picture Show o El fantasma del paraíso,  todo ello mezclado en un gazpacho infinito para hablar de despoblación, de la España rural abandonada, de crítica social, feroz y a degüello del distanciamiento de ese gobierno con lo rural, mezclado sabiamente y sin barreras, con la liberación de unas mujeres sometidas a siglos de patriarcado, liberándose de mucho machismo, de una cárcel imposible y lanzándose a la vida a través de la experiencia sexual más profunda y desatada.

Ainhoa Rodríguez nos cuenta todo este batiburrillo de géneros, miradas, expresiones y conflictos de una forma muy especial, con esa cámara latente y observadora, que mira y filma, con largos planos secuencia donde ocurre todo, lo que vemos y lo que no, en un grandísimo trabajo de Willy Jáuregui, en su primer largometraje, bien acompañado de un montaje seco, seguro y clarificador que nos sujeta a la butaca de forma intensa y brutal, que firma José Luis Picado (que ha trabajado incansablemente en numerosas series como Cuéntame cómo pasó, Hit o Fugitiva, entre muchas otras), y el extraordinario trabajo de sonido, en el que encontramos a dos grandes de nuestro cine como Alejandro Castillo y Eva Valiño, que por el día acogen todos los sonidos naturales del lugar, animales, quehaceres diarios de los personajes, y de la tierra, y por la noche, recogen todo un elaborado sonido con ecos del inicio con los simios de 2001, Una odisea en el espacio, de Kubrick, donde ese instala el misterio, el embrujo, y todo lo que se cuece en el interior y en espíritu de los que habitan ese lugar. Sin olvidarnos de los temas del grupo “Quentin Gas & Los Zíngaros”, con ese “10”, una mezcla singular de rock, pop y flamenco, deudores de “Triana” que acompaña uno de los momentos más impresionantes y desatados que ha dado el cine español en muchos años, que nos remite a los primeros Fassbinder, Waters y Almodóvar.

Y, luego están sus personajes, en su mayoría mujeres maduras no actrices elegidas en un arduo casting naturales de la comarca de Tierra de Barros en Badajoz (Extremadura), que con su naturalidad, sentimiento y sus historias, nos envuelven en sus existencias, su interior y sus conflictos como Isa, que se graba la voz porque cuando llegué el “Destello bravío” perderá la memoria, Cinta que desesperada en un triste y odioso matrimonio, rodeada de santos y vírgenes, intenta huir no sabe dónde, o María que vuelve a su pueblo escapando de su soledad, y ese pastor al cuidado de sus ovejas que se pierde en su trabajo cotidiano y en esa luz cegadora nocturna. Rodríguez, que ha contado con la coproducción de Lluís Miñarro, quizás el productor más estimulante y valiente más importante ahora mismo, que lleva décadas dando oportunidades a propuestas diferentes y audaces. La directora extremeña ha construido una película humana y transgresora, llena de amor y sensibilidad, pero también, de ruptura y batalla que, arremete con todo contra todos, no dejando ningún títere con cabeza, pero lo hace de forma inteligente, elegante y profundamente libre, tanto como las mujeres que retrata, donde la forma se adecúa completamente a ese mundo fascinante y complejo que habita cada una de las mujeres, donde se mezclan el realismo más exacerbado con el surrealismo más extravagante y espiritual, donde vida y sueños se funden, generando un nuevo mundo, una nueva forma de ver las cosas, y una liberación hacia un mundo nuevo, donde las mujeres explorarán más sus existencias, sus cuerpos y su sexualidad, porque ya viene siendo hora, porque ya todo ha explotado y no tiene vuelta atrás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lola, de Laurent Micheli

COMPRENDER LA DIFERENCIA.

“La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació, ni la fecha en que vino al mundo. La identidad de una persona consiste, simplemente, en ser, y el ser no puede ser negado”.

José Saramago

Desde que el ser humano habita este planeta, aceptarse a uno mismo siempre ha resultado una tarea ardua y complicado. Cuando este trabajo se consigue, o al menos, se acepta, luego viene otro, el que la sociedad le acepta a uno, cosa que en muchas ocasiones no resulta una tarea ya difícil, sino imposible, y más, cuando se trata de los tuyos. Laurent Micheli (Bruselas, Bélgica, 1982), ha sido actor, luego, director, siempre interesado en cuestiones de identidad y género, como demostró en su opera prima Even Lovers Get The Blues (2017). En Lola, su segundo trabajo tras las cámaras, plantea una película de aquí y ahora, posando su mirada en la vida de Lola, una chica transexual que, tras su confirmación de que ya puede someterse a la operación de  reasignación de género, su madre, principal apoyo emocional y financiero, fallece. Esto provocará que tanto Lola, como su padre, Philippe, que no acepta a su hija, deben emprender un viaje como última voluntad de la madre. Dos personas que no se tratan, muy distanciadas, con un pasado turbio en común, y antagónicas en sus formas de sentir y hablar, deben compartir unos cuántos días y mirarse, y sobre todo, entenderse.

Micheli plantea una película sencilla y directa, dos personajes y una carretera con un destino final que no solo los llevará a un lugar común sino a un pasado común, un pasado que emergerá y pondrá las cosas esenciales de la vida sobre la mesa. El director belga habla de la transexualidad de forma natural y transparente, no haciendo una apología ni nada por el estilo, sino tratando los temas que surgen en el seno de muchas familias cuando existe este conflicto entre padres e hijos, en este caso, padre e hija, sin posicionarse por ninguno de los dos personajes, en absoluto, sino reflexionando y sobre todo, encontrando todo aquello que los separa y los une, todo esa vida, todas aquellas cosas de las que no hablaron, todo lo que tenían en común con su madre y esposa, y toda aquella verdad que ha estado tanto tiempo oculta, esperando que fuera desvelada en algún momento. Lola (que tiene el título original bellísimo “Lola vers la mer”), ese mar como espacio de libertad, de sinceridad y de ser, de ser uno mismo, siendo aceptado por el padre, o al menos, que lo mire con ojos de verdad, de comprensión, no de rencor y tristeza.

Lola nos recuerda a Elvira, la transexual que protagonizaba Un año con trece lunas, (1978), de Fassbinder, en el que la película le realiza un sincero homenaje con ese instante en la casa de putas. Una mujer que solo buscaba un poco de cariño y aceptación para que su soledad no fuera tan agobiante y culpable. Un personaje muy al estilo de los del genial cineasta alemán, seres que, como Lola, solo buscan ser aceptados y un poco de cariño, emociones que resultan tan imposibles en una sociedad demasiado obcecada en sus prejuicios y convenciones. La luz cálida y libre obra del cinematógrafo Olivier Boonjing, que ya estuvo en la primera película de Micheli, consigue darle ese tono tan agridulce que tanto necesita la historia, un relato de vaivenes emocionales, así como el excelente trabajo de montaje que firma Julie Nass (que ha trabajado mucho en el documental, o en la reciente Adam, de Maryam Touzani), dándole ese ritmo y agilidad que en muchos momentos juega con esa forma más próxima al documento, muy bien envuelto en la ficción.

Un gran reparto bien conformado por Benoît Magimel (que hemos visto en excelentes películas de grandes nombres como los de Techiné, Haneke, Chabrol, entre otros), hace de Philippe, ese padre de antes, que debe entender a su hija, sus problemas y su vida, que no le resultará fácil, por mucho que en ocasiones se empeñe en ello, y en otras, vaya en otra dirección. Y Mya Mollaers que debuta en el cine con el personaje de Lola, dando un recital de frescura, sinceridad y humanidad, con ese momentazo en el coche sacando la cabeza por fuera y cantando a pleno pulmón “What’s Up”, de los 4 Non Blondes, una canción popera de principios de los noventa que también reivindicaba una forma de ser y de amar. Lola  no solo es una excelente y profunda mirada hacia la transexualidad, sino que es un magnífico ejercicio de quiénes somos, cómo nos relacionamos, y sobre todo, como nos miran los demás, y aceptan nuestra identidad y lo que hacemos, y la grandiosidad de la película es que lo hace desde el humanismo, a través de una ejemplar tono transparente y sencillo que nos llega de frente, sin cortapisas ni estridencias de ningún tipo, solo filmando dos personas en lados opuestos que deben mirarse, hablar y comprenderse aunque sean muy diferentes en forma y pensamiento. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El poeta y el espía, de Gianluca Jodice

LO QUE FUIMOS Y LO QUE SOMOS. 

“El fascismo es la antítesis de la fe política, porque oprime a todos aquellos que piensan de forma diversa”

Sandro Pertini

En El conformista (1970), de Bertolucci, se profundizaba de manera directa y transparente la complejidad de los ideales enfrentados a lo personal en la oscura y terrorífica Italia de los treinta bajo el yugo fascista de Mussolini. Aquella Italia de camisas negras, de fascismo desbocado y en puertas de la guerra, ha sido y será la parte más convulsa del país transalpino, y como no ha podido ser de otra manera, el cine lo ha mirado desde distintos puntos de vista. En Vincere (2009), la maestría de Marco Bellocchio, relataba con mano firme el ascenso del joven Mussolini hasta llegar al poder y sus amores con Ida Dalser. En El poeta y el espía, el director Gianluca Jodice (Nápoles, Italia, 1973), hace lo propio, pero no mira directamente al dictador italiano, sino a su contrario, el poeta y militar Gabriele D’Annunzio (1863-1938), héroe de la Gran Guerra y recluido en un palacete. En la primavera de 1936, cuando arranca la película, nos encontramos a un D’Annunzio de 74 años, pero muy envejecido, aquejado de grandes problemas de salud, intranquilo y olvidado por todo y todos, solo acompañado por unos pocos familiares y ayudantes.

Conocemos al poeta a través de Giovanni Comini, un joven idealista fascista que acaba de ser nombrado federal, al que le encargan la difícil misión de espiar al poeta, ya que advierte del peligro de Mussolini y su inminente alianza con Hitler. El joven Comini mantiene una relación con Lina, una joven enamorada y solitaria que también mantiene sus dudas respecto a la función de Giovanni. Jodice debuta en el largometraje de ficción, después de sendos documentales, uno dedicado a su ciudad Nápoles, y otro, sobre La gran belleza, de Sorrentino. La película se sustenta en dos grandes nombres en la parte técnica, Daniele Ciprì en la cinematografía, con varias películas con el citado Bellocchio, y la edición corre a cargo de Simona Paggi, con trabajos con Gianni Amelio y La vida es bella, de Benigni. Una parte ejemplar en su forma de contar el relato, así como su ambientación y oscuridad en la que se había instalado un país donde el fascismo que viene a cambiar y modernizar el país, acaba volviendo a la violencia para eliminar a sus críticos. Comini es una de esas personas manejables que la dictadura acoge en su seno y lo maneja a su antojo, alguien que al relacionarse con D’Annunzio verá la realidad en la que se está metiendo, y sobre todo, cuando le afecta a nivel personal.

La película se basa en los encuentros y conversaciones del joven fascista y el veterano poeta, de vueltas de todo, vencido por todos, que sabe perfectamente que sus días están contados, y hace lo imposible para parar la locura de Mussolini. El poeta y el espía es una película de corte clásico, muy estática, la acción se manifiesta a través de sus diálogos, llamadas de aquí a Roma y viceversa, y mucho despacho de las altas esferas fascistas, en un relato in crescendo, donde la mirada del joven Comini se convierte en nuestra mirada, todo lo conoceremos a través de él, de su cambio como joven fascista a enfrentarse a la cruda realidad del fascismo y su violencia para mantener el poder y llevar a cabo sus siniestros planes. Un reparto bien escogido que interpreta con seguridad personajes complejos, humanos y muy cercanos, entre los que destaca Francesco Patanè como Giovanni Comini, el joven que despertará y verá la realidad que se negaba a creer, Lidiya Liberman como Lina, la joven superviviente que manifiesta sus dudas al trabajo de su enamorado Comini.

Mención aparte tiene el grandísimo trabajo interpretativo de un extraordinario Sergio Castellitto, actor de gran talla que ha trabajado con nombres tan ilustres como los de Rosi, Ferreri, Scola, Monicelli, Rivette, entre otros, amén de dirigir varias películas, realiza una composición maravillosa de D’Annunzio, con sus taras y virtudes, un tipo consumido por la historia, su personalidad, por la cocaína que llenaba sus agujeros imposibles, ese caminar aturdido y lento, esa mirada lejana y ausente, todos sus movimientos pausados y sin rumbo, encerrado en un palacete, mitad ruinas y mitad en continua construcción, cautivo en una vida que ya no le pertenece, en un mundo que ha pasado de largo, e incapaz de llegar a todos esos italianos ensimismados en un Mussolini que él sabe muy bien que los llevará al abismo y a la miseria más absoluta, un tiempo que se va y sobre todo, un tiempo que se llenará de terror, y él viejo poeta y enfermo ha quedado ya demasiado olvidado. El poeta y el espía gustará a todos aquellos que no conozcan esta parte de la Italia fascista, conociendo a todos esos personajes que vieron como sus ideales eran arrastrados a la muerte, y otros, como el poeta, donde su razón y su poesía eran reducidas al olvido, convertido en un pobre títere de sí mismo y su pasado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bienvenidos a España, de Juan Antonio Moreno

LAS MISMAS ILUSIONES, LOS MISMOS MIEDOS.

“Nadie es inútil en este mundo mientras pueda aliviar un poco la carga a sus semejantes”.

Charles Dickens

Hace un par de años vimos No nacimos refugiados, de Claudio Zulian, documento profundo y magnífico sobre las vidas rotas de personas que, por circunstancias ajenas, luchaban por levantarse de nuevo en Barcelona, contadas por ellas mismas. Bienvenidos a España, de Juan Antonio Moreno (Talavera la Real, Badajoz, 1982), posa su mirada en la vida de los refugiados también, pero lo hace dese otro prisma, lo hace desde ellos pero en relación a los otros, los de aquí, en este caso, la ciudad de Sevilla. Moreno siempre se ha inclinado por relatos de personas que sufren la guerra, el hambre, la persecución o la inmigración, a través de títulos como Boxing for Freedom (2015), donde exploraba a una mujer boxeadora afgana y sus múltiples problemas para salir adelante. En  Palabras de caramelo (2016), y en Refugio (2020), sendas películas cortas que abordaba la condición de refugiado y el hecho de vivir en otro lugar.

En Bienvenidos a España arranca con un centro de acogida de refugiados de la capital andaluza, que anteriormente fue un nombrado puticlub, para acercarnos en las realidades de diferentes personas a la espera de su legalidad como refugiado. Conocemos a Omnia, una niña que ha llegado del Yemen junto a su familia huyendo de la guerra, a Marouane, un chaval de Marruecos, que su condición de homosexual le ha llevado a España, a Jorge del Prete, empresario huido de Venezuela, a Mady, joven maliense que vive en una pensión a la espera de ser refugiado legal, a Alma y Marta, una pareja lesbiana de El Salvador, que por fin puedo huir de la terrible violencia de su país y pasear su amor sin miedo. La familia Fares de Libia, con sus 11 miembros, dejando una buena vida y empezando de nuevo, y finalmente, Amelia, también venezolana, jubilada que ha llegado a Sevilla para trabajar y enviar dinero a su familia. Vidas que dejan la oscuridad de sus tierras para enfrentarse a una nueva vida, llena de ilusiones y miedos, como se menciona en varios momentos en la película, vidas que fueron muy buenas en un momento, y las consecuencias externas las han cambiado de raíz, llevándolos a sus protagonistas a empezar de la nada.

El director pacense no quiere hacer una película triste y sin esperanza, motivos no le faltan viendo las vidas de sus personajes, sino construir una mirada que los analice desde la verdad, y sobre todo, desde la humanidad, con algún que otro toque de humor, y porque no, hacer una película sobre el encuentro entre los refugiados de naturalezas y culturas muy diferentes, y los de aquí, los sevillanos, donde queda patente en las procesiones de Semana Santa, cuando el recién llegado las mira con asombro e interés, y pregunta por sus orígenes y estructura. Moreno no opta por la condescendencia de la mirada, sino que los mira desde la misma altura, frente a frente, mostrándonos que ellos podemos ser nosotros en cualquier instante, reflejando realidades muy cercanas, personas que tuvieron sus estudios, sus empleos y debido a motivos muy ajenos a ellos, lo han perdido todo, y han tenido que empezar de cero en otro país, conociendo otra cultura, otras costumbres y todo lo que ello conlleva. También, escuchamos a Moreno que asume el rol de narrador, no omnipresente, sino en algunos momentos donde va explicando y analizando algunos aspectos que vemos que necesitan alguna aclaración.

El director extremeño vuelve a contar con algunos de sus antiguos colaboradores que le han ido acompañando a lo largo de su filmografía como el cinematógrafo Alberto González Casal, y el editor Nacho Ruiz Capillas, y la coproductora Silvia Venegas, dándole al acabado de la película ese plus que no solo es interesante y reflexivo lo que cuenta, sino también como lo cuenta, desde la mirada del que muestra una intimidad con muchísimo respeto y además, profundiza tanto a nivel social como humano. Bienvenidos a España es una película realizada desde el alma, desde la emoción, retratando no solo a los que llegan a nuestro país, sino también a nosotros y la relación que mantenemos con ellos, en la película lo vemos, como ese maravilloso instante de la maestra en clase explicando los diferentes cultos religiosos, y ese otro momentazo en el Benito Villamarín con los aficionados de toda la vida, compartiendo sentimiento y emociones viendo a su Betis. Una película que actúa como espejo deformador donde todo se mezcla, todo se funde, y los que vienen somos nosotros y viceversa, porque en realidad todos somos humanos en busca de un hogar, un trabajo y un bienestar, una vida, simplemente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

First Cow, de Kelly Reichardt

HISTORIA DE UNA AMISTAD

“El  pájaro,  un  nido;  la  araña,  una  tela;  el  hombre,  la  amistad”

William Blake

El western es el género clásico por excelencia del cine estadounidense, un género que mitificó y enarboló hasta la saciedad la conquista del oeste, elevándola hacia aspectos que tenían que ver con el heroísmo y la épica, construyendo una realidad que nada tenía que ver con la historia de verdad. Será a partir de finales de los cincuenta, cuando el tiempo de los grandes estudios estaba llegando a su fin, que aparecerán películas que respondían a toda esa idea de grandeza y conquista, con relatos más sencillos, más sucios, más reales, y sobre todo, más humanistas, donde toda esa épica dejaba paso a una realidad más difícil, compleja y violenta, con un cine que protagonizaban realidades crudas antes ignoradas como la de los buscadores de oro en El tesoro de Sierra Madre (1948), de Huston, los indios en Apache (1954), de Aldrich, la gente negra en El sargento negro (1960), de John Ford. En los sesenta y posteriores décadas serán los Peckinpah, Hellman, Leone y demás, nombres que se acercarán al western desde las entrañas, desde esos tipos malcarados, desde el hombre y la mujer, dejando fuera el mito y la leyenda, hablándonos de la cotidianidad de esas personas, sus dificultades, y sobre todo, sus realidades de carne y hueso.

La cineasta Kelly Reichardt (Condado de Miami-Dade, Florida, EE.UU., 1964), ya desde su opera prima, la inolvidable River of Glass (1994), ha tenido una mirada crítica y honesta hacia esa otra América, la más oculta, la que no protagoniza los grandes titulares, solo si es una tragedia. Una América llena de personas con sus pequeñas cotidianidades, amistades y circunstancias, como las que ha retratado de forma sincera e íntima durante toda su filmografía en películas como Old Joy, Wendy & Lucy, Night Moves, y Certain Woman, gentes con poca suerte en la vida, gentes de realidades oscuras que luchan diariamente para salir adelante en un país tan capitalista, tan plano y tan desigual. En cierta manera, el cine de Reichardt se ha instalado en el western, en un western urbano, pero muy rural, lleno de viajes, de continuo movimiento, donde el estado de Oregón, en su zona del Pacífico Noroeste ha sido su espacio habitual. Historias sobre la amistad, sobre el ser humano en su entorno, sobre todo aquello que anida en nuestro interior.

Reichardt ya había tocado el western de manera más clásica en Meek’s Cutoff (2010), clásica en su decir, porque la cineasta estadounidense va mucho más allá de su contexto y sus circunstancia, porque acoge una caravana de futuros colonos a la caza del oeste, para profundizar en el interior de sus criaturas, donde la llanura desértica donde se desarrolla el relato, escapa de toda épica para enrolarse en un torbellino angosto, devastador y carcelario. Sin dejar el estado de Oregón, lleva a la pantalla la novela “The Half-Life”, de Jon Raymond, con el que ha escrito cinco películas contando esta, en la que deja el desierto para adentrarse en las montañas de un puesto fronterizo, también en el estado de Oregón, pero durante el primer tercio del siglo XIX, en un lugar que nos recuerda mucho al de Los vividores (1971), de Altman, donde conoceremos a Cookie (estupendo el actor John Magaro), un cocinero solitario, taciturno y silencioso que acompaña a un grupo de tramperos, y a King-Lu (emocionante la interpretación de Orion Lee), un inmigrante chino que huye de unos hombres. Entre los dos hombres nacerá una amistad y encontrarán en la venta ambulante de buñuelos y galletas su modus vivendi, pero necesitan leche que sacarán de la única vaca del terrateniente, con nocturnidad y alevosía.

El formato 4:3 del cinematógrafo Christopher Blauvelt, que ya habíamos visto en Meek’s Cutoff, vuelve aquí para darle ese toque donde la cámara a ras del suelo, nos invita a adentrarnos en ese mundo de rostros, cuerpos y pieles que esperan su oportunidad, o su momento, como se dice en la película, gentes de mil millones de sitios que pululan por un lugar embarrado, sucio y oscuro, que trabajan para un señor que habla de la moda en París y demás estupideces, en un país que se construyó a fuerza de trabajo explotado y de sacar réditos a costa de los demás, muy alejado de esa épica y grandeza que hablaban otros. Al Igual que la música de William Tyler, donde se evoca todo ese mundo cotidiano, extremadamente difícil para aquellos que intentan salir adelante, y que da valor a las personas y todo su interior. La vaca como ejemplo de esa riqueza que no se comparte, en la que el excluido y el que vive en los márgenes, que tanto observa el cine de Reichardt, debe de delinquir para sobrevivir, porque con el trabajo no le llega, la base del capitalismo de antes y siempre.

La directora estadounidense que vuelve a firmar el montaje, como en sus anteriores películas, compone en 122 minutos un cine en mayúsculas, magnífico en su composición y desarrollo, donde todo tiene vida y muerte, donde todo tiene alma y poesía, lleno de pliegues, de tiempo, de hombres que más que vivir se arrastran por el barro, donde todos y cada uno de ellos arranca un nuevo día con la esperanza que su suerte cambie, en la que aborda desde la amistad de dos tipos muy diferentes entre sí, pero con el mismo destino de sobrevivir en un universo hostil, desigual y lleno de peligros, donde el western es ya otra cosa, no hay caballos, ni llanuras que cabalgar, ni gestas que conseguir, solo personas, personas ancladas a una aventura o no, donde vivir lo es todo, porque las dificultades se acumulan, donde hay multitud de personas que vienen de diferentes lugares del mundo, al igual que los indios de la zona, donde todos miran de frente, miran con el objetivo de mejorar, aunque quizás no lo consigan nunca. Reichardt conmueve con su sencillez, con su forma de retratar los orígenes de Estados Unidos, con esa suciedad, barro e inmoralidad que campa en ese poblado junto a la frontera, como esa maravillosa secuencia donde Cookie y King-Lu llevan el pastel a casa del hacendado, y las fútiles conversaciones que mantienen, donde unos viven gracias al trabajo esclavo de otros, que nos retrotrae a Pozos de ambición (2007), de Paul Thomas Anderson, que también se centraba en el nacimiento de Estados Unidos, sin grandeza, solo con sangre y muerte. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Fon Cortizo

Entrevista a fon Cortizo, director de la película «9 fugas» en el marco del D’A Film Festival, en la Plaza Joan Coromines en Barcelona, el martes 4 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Fon Cortizo, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Núria Costa de Trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Solo una vez, de Guillermo Ríos

ENFRENTAR LA VIOLENCIA.

“Amurallar el propio sufrimiento es arriesgarte a que te devore desde el interior”

Frida Kahlo

Primero fue una obra de teatro Només una vegada/Solo una vez, escrita y dirigida por Marta Buchaca (Barcelona, 1979), de gran éxito de crítica y público, estrenada en el otoño de 2018. Ahora, nos llega la adaptación al cine firmada por la propia Buchaca, como ya hizo en 2019 con Litus, dirigida por Dani de la Orden, ambas nacidas de sendos encargos del productor Eduardo Campoy. Enmarcada en el campo del thriller psicológico, Solo una vez rastrea con inteligencia y sensibilidad la violencia de género, a través de Laura, una psicóloga especializada en la materia que trabaja en un centro de atención social que atiende a mujeres víctimas de violencia machista. Pablo, novelista de éxito, acude a terapia porque ha golpeado a su mujer, Eva, que trabaja para una editorial, que también accederá a las consultas, aunque no está obligada. El texto de Buchaca es magnífico, lleno de tensión y unos diálogos brillantes, en un tour de force entre psicóloga y maltratador, que nos va llevando de forma impecable a esclarecer los hechos de aquella noche fatídica, como Pablo menciona esa noche.

La película no solo se queda en el conflicto sobre la violencia del maltratador, que acapara buena parte del metraje, sino que añade otro elemento que aún incide en el problema principal, ya que la psicóloga sufre acoso de un hombre maltratador, por un caso con su mujer. Solo una vez es una película sencilla y minimalista, todo gira en torno a la historia que se nos cuenta, y la interpretación del trío protagonista, bases de la opera prima de Guillermo Ríos (Islas Canarias, 1979), que se ha labrado una filmografía en televisión, publicidad y cine con cortometrajes como Nasija (2006), siempre con la mirada puesta en lo social y en lo humano, como hace en Solo una vez, donde vuelve a contar con antiguos colaboradores como el cinematógrafo Roberto Ríos, que ya estuvo en Nasija, o el editor Pedro Felipe, que hizo lo propio en el documental La gran aventura de Guarapo (2019), y realiza con buen tono, y mejor tensión, un relato que profundiza en la violencia a través de los maltratadores y las terapias a las que asisten obligados, como sucedía en Amores que matan (2000), cortometraje de Icíar Bollaín, que planteaba un centro para maltratadores e indagaba en las causas y efectos de estas personas violentas.

Un buen trío protagonista encabezado por una impresionante Ariadna Gil, que vuelve a la gran pantalla, después de unos años dedicada al medio televisivo, interpretando a Laura, una mujer que verá como su trabajo se complica mucho debido a su ayuda a las mujeres maltratadas, y deberá lidiar con Pablo, un hombre que no enfrenta sus miedos e inseguridad, y sobre todo, su violencia. Álex García es Pablo, que se aleja de sus últimos papeles para meterse en la piel de un tipo neurótico y perfeccionista que deberá hacer frente a su violencia y su relación con su esposa. Silvia Alonso, también en un rol muy diferente a lo que venía haciendo, da vida a Eva, esa mujer maltratada que debe vencer sus miedos y replantearse su relación con su marido. Solo una vez sucede casi en su totalidad en la consulta de la psicóloga, haciéndose valer en ese tipo de películas que no hace faltan localizaciones para generar tensión y terror, y además, con tres personajes nada más, sumergiéndonos en la cotidianidad y los caracteres de los implicados en este tipo casos, cuando estalla el problema, cuando todo cambia, cuando las cosas que iban mal van a peor, en la que las diferentes personalidades de las personas en cuestión deben admitir sus actos, para que de esa manera poder empezar a enmendarlos.

La película muestra todos las etapas del proceso, desde la negación hasta la aceptación de nuestros actos violentos, y sobre todo, de quiénes somos, que nos ha llevado a comportarnos así con nuestra mujer, y va mucho más allá, mirando en el interior de todas esas actitudes violentas para que no vayan a más, para atajar el problema antes de que sea demasiado tarde y haya que lamentar otra víctima mortal más. Habrá que seguir la pista tanto a Marta Buchaca, que en teatro ya se había consolidado como una de las dramaturgas y directoras catalanas de primer nivel, ahora en el cine, que con Solo una vez, firma su tercera adaptación, si contamos la tv movie Las niñas no deberían jugar al fútbol, y la carrera de Guilermo Ríos, que entra por la puerta grande en la dirección de largometrajes con un relato sencillo, humano, directo, que plantea todas esas cuestiones que quedan en la sombra de la violencia machista, todas esas cuestiones que son necesarias para entender las causas del principal problema de relaciones sociales en muchos países, un problema que hay que sumergirse, escuchar a todas las partes implicadas y mirar de resolverlo con las herramientas que tenemos a nuestro alcance. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La violinista, de Paavo Westerberg

LA MAESTRA Y EL ALUMNO.

“La ambición no hermana bien con la bondad, sino con el orgullo, la astucia y la crueldad”

Leon Tolstoi

Si nos preguntasen nombres de directores finlandeses actuales nos vendría el primero y más importante de todos, el de Aki Kaurismäki, si nos estrujáramos más la cabeza aparecerían los de Mika, hermano del mencionado, y también, Klaus Härö, que ha estrenado sus últimas películas por aquí. A partir de ahí, tendríamos serias dificultades para nombrar alguno más. Por este motivo, el cine producido en Finlandia, exceptuando los citados, es una gran y triste anomalía por estos lares. Por eso cuando se estrena una película del mencionado país, solo podemos dedicarle nuestra mirada y disfrutar de esa anomalía. En este caso, la película en cuestión es La violinista, de Paavo Westerberg (Helsinki, Finlandia, 1973), dedicado a la interpretación, y a los guiones como los de Frozen Land y Frozen City, por los que fue galardonado, se ha embarcado en la dirección con la serie Jälkilämpö (2010), y ahora, repite con un relato intimista, complejo y oscuro sobre la ambición y sus consecuencias.

La historia arranca con Karin Nordström, una auténtica virtuosa y reconocida violinista que, después de la última actuación de su gira, tiene un desafortunado accidente que le hace perder sensibilidad en algunos dedos y le imposibilita seguir tocando. Después de un tiempo intentando aceptar su vida y sobre todo, su cambio de profesión, no tiene otro remedio que dedicarse a la enseñanza. Conocerá a Antti, uno de sus alumnos de violín más ambiciosos, y empezarán una relación íntima y muy secreta, ya que tanto Karin como Antii, tiene parejas, la del joven, Sofía, también alumna de Karin. Todo cambiará cuando Björn Darren, famoso director busca violín solista para su nuevo espectáculo. Westerberg confía su película en la actuación de sus intérpretes y en los cálidos y oscuros interiores donde se desarrollan las diferentes acciones del metraje. El rostro y las miradas se convierten en el centro de todo, bien acompañados por las excelentes piezas clásicas que escuchamos a lo largo del relato.

La película nos habla de música, y las diferentes formas de acercarse e interpretarla, donde los personajes de Karin y Antii tiene una forma directa, individualista y demasiado ambiciosa, donde la música se convierte en una lucha constante contra sí mismos, y contra los otros, donde nada ni nadie tiene cabida. En cambio, el personaje de Sofía entiende la música desde el amor y la colaboración, donde todo es nosotros. El personaje de Björn Darren confía en su querida Karin, aunque se muestra receloso con Antii, ya que le parece que  es demasiado impetuoso y no sabrá estar a la altura de la música y la responsabilidad que conlleva ser solista en una orquesta. A pesar de sus dos horas, la película se ve con gusto, sus composiciones son de gran altura y bien construidas, donde la luz mortecina que sacude toda la película, le va como anillo al dedo a un relato sobre la música, y sus intérpretes, que siempre les pierde su pasión, una excesiva pasión que juega contra ellos. Una trama bien mezclada con lo personal, donde el amor arrebatado se acaba imponiendo en las vidas convencionales de los personajes, acciones que los llevarán a consecuencias con las deberán lidiar.

Matleena Kuusniemi interpreta a Karin, una mujer de carácter, muy ambiciosa, que  después de su fatal accidente, deberá recomponerse y amar la música desde otra posición, pero sin dejar ella misma, y sobre todo, sin dejar que nadie sea más que ella. A su lado, Olavi Uusivirta como Antii, ese alumno que le puede ser el mejor, muy perfeccionista y altivo, con un carácter que jugará en su contra. Kim Bodnia es Björn Darren, el experimentado hombre de música, pero una fiera con la música, que tendrá sus conflictos con las decisiones y métodos de Karin. Misa Lommi es Sofía, la antítesis de Antii, otra forma muy diferente de acercarse a la música, valorando todo su potencial desde el lado más romántico y humano, y finalmente, Samuli Edelmann como Jaako, el marido de Karin, comprensivo y compañero, pero que se sentirá desplazado por la pasión desmedida de una mujer que antepone su vida y todo a la música. El director finlandés ha construido una película bella y sensible, pero también, muy oscura y llena de tinieblas, y reveladora sobre las desmesuras que lleva una pasión demasiado alejada de todo y todos, y las consecuencias en los demás, y lo hace desde la sutileza y la sobriedad, sin sobresaltos ni argucias argumentales, y mucho menos narrativas, solo con un grupo de intérpretes en estado de gracia, que cuentan mucho más desde el silencio y la potencia de sus miradas, y contando una historia que indaga en la emocionalidad de sus personajes, aquello que se oculta, pero que va desvelándose a medida que las diferentes y ambiguas decisiones van en aumento sin remedio. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marta Nieto y Marga Almirall

Entrevista a Marta Nieto y Marga Almirall, directoras de contenidos de Drac Màgic (Cooperativa Promotora de Mitjans Audiovisuals), en el marco del 50 Aniversario de la entidad, en la Bonne, Centre de Cultura de Dones Francesca Bonnemaison en Barcelona, el lunes 10 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Nieto y Marga Almirall, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Anne Pasek y Teresa Pascual de Good Movies, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Entrevista a María Pérez Sanz

Entrevista a María Pérez Sanz, directora de la película «Karen», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el viernes 30 de abril de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a María Pérez Sanz, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Carnota de ArteGB Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.