Rehana, de Abdullah Mohammad Saad

REHANA Y LOS OTROS.

“Los seres humanos están hechos de muchos valores diferentes y, a veces, esos valores están en tensión entre sí” 

John Mackey

El cine que más huella nos deja es aquel que no se queda en la superficie de las cosas y mucho menos, de las personas. Es decir, un cine que cuestione nuestros valores como individuos y como sociedad. Un cine que profundice en nuestra complejidad y sobre todo, en el contexto de nuestras decisiones, que se haga preguntas y reflexione sobre la sociedad que hacemos cada día entre todos. Un cine que también sea reflejo del tiempo en el que se ha producido, y además, un cine que no tenga tiempo y estudie de forma honesta y sencilla la condición humana, su fortaleza, su vulnerabilidad y sus constantes vitales, ya sean físicas y emocionales. Un cine que se sumerge en lo más profundo del alma, en todos esos espacios de nuestro interior. Un cine como Rehana, de Abdullah Mohammad Saad (Bangladesh, 1985) que, a partir de un hecho muy oscuro, bucea de forma admirable en la psique de su protagonista, una profesora adjunta sometida a una sociedad moralista y vacía que vive en la corrupción para evitar problemas. 

Después de dirigir Live from Dhaka (2016), sobre las dificultades de un hombre parcialmente discapacitado que quiere irse de la ciudad en la que vive, Saad presenta un segundo trabajo con Rehana, donde se enfrenta a un relato que se posa en el rostro de su protagonista, la extraordinaria Azmeri Haque Badhon, en una historia cerrada, tanto en su forma como en su espacio, en un hospital universitario que es como una prisión, con esas habitaciones, las puertas y los pasillos, en que la cámara está muy cerca y cierra el encuadre de forma asfixiante, donde constantemente estamos en Rehana y sus movimientos, tanto físicos como psíquicos, en un tono que se aproxima al thriller psicológico, o al suspense o incluso terror, como se decía antes, porque la protagonista se enfrenta en todo momento, a lo que tiene delante y lo de fuera, mediante el móvil, donde las situaciones se vuelcan de forma agobiante, en la que las decisiones se vienen encima en una mujer viuda que vive con su familia y tiene a su hermano soltero la única ayuda con su hija pequeña. Rehana es, en muchos momentos, una especie de isla a la deriva, que debe lidiar con su decisión casi en soledad, sin más armas que su conciencia y su honestidad. Un personaje que cree en una estudiante que denuncia que ha sufrido un abuso por parte de su profesor. Ante eso, Rehana decide denunciar y por ende, enfrentarse a la moralidad de mierda de un sistema que oculta los abusos para seguir manteniendo una posición altiva, superficial y clasista.

La magnífica cinematografía de Tuhin Tamijul, donde la cámara es una extensión más de la protagonista, donde no se juzga en ningún momento lo que ocurre, porque mantiene una posición de testigo, y nada más, y deja todo eso al espectador que pasa por muchos altibajos emocionales, desde la indignación, la duda y la resignación y viceversa, porque no sólo estamos siempre en la mirada y el gesto de Rehana, sino que muchas veces nos sentimos en un enfrentamiento David contra Goliat, donde, en el fondo, podemos hacer de todo, pero en el fondo, también, sabemos que nada va a servir, aunque nuestra conciencia quede intacta, porque hemos hecho lo correcto, pero nada más. La idea que una denuncia cambie las instituciones es mucho pedir, cuando el poder sabe manejar los ataques y tiene la fuerza suficiente para volverlo en tu contra. El extraordinario montaje que firma el propio director, también ayuda a encerrarnos junto a Rehana, en sus potentes y tensos 107 minutos de metraje, que nos agarran por el cuello y no dejan de apretar, tanto en la denuncia que lleva a cabo el personaje, como la otra denuncia, la que sufre su hija, acusado de morder a un compañero de clase. Dos derivas muy bien explicadas que aumentan el riesgo psicológico al que es sometida Rehana. 

El estreno de Rehana, por parte de Paco Poch Cinema, que ya estrenó El caballo de Turín (2011), de Béla Tarr, entre otras, y Mosaico Filmes Distribución, siempre interesada en cine iberoamericano, sobre todo, a los que agradecemos enormemente su gran labor como distribuidores, es un gran acontecimiento, porque  es una gran alegría que podamos ver propuestas tan interesantes de países como Bangladesh, tan poco representados por nuestros lares. Una película que podríamos ver como un estupendo cruce entre el cine de los Dardenne, se acuerdan de Dos días, una noche (2014) y La chica desconocida (2016), el cine de Asghar Farhadi y Ayka (2018), de Sergei Dvortsevoy, también distribuida por Paco Poch Cinema, donde encontramos personajes femeninos que se ven arrastrados por situaciones harto complicadas en las que deben decidir qué hacer, poner en cuestión sus valores humanos y enfrentarse a un sistema que protege a los malvados y que invisibiliza todo aquello que causa problemas de estructura y de moral. Rehana está en el mismo lado de la sociedad que estaban Sandra y Jenny, atrapadas en sus miedos e inseguridades ante la injusticia y decidir qué camino tomar, un proceso que no resultará nada fácil y sobre todo, pondrá a prueba sus valores humanos o los que queda de ellos en una sociedad así, tan poderosa y tan poco humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un lugar tranquilo: Día 1, de Michael Sarnoski

LAS CRIATURAS Y NOSOTROS. 

“No es hasta que estamos perdidos que comenzamos a comprendernos a nosotros mismos”

Henry David Thoreau

En estos tiempos en que el género de terror, salvo contadas excepciones, se ha lanzado al pelotazo y ha perdido su esencia, es decir, a aquellas historias que a parte de entretener, eran un reflejo social de aquello que estaba sucediendo. No voy a enumerar las películas que en este instante a más de un espectador le vienen a la mente. Si que voy a hablar de Un lugar tranquilo (2018), de John Krasinski, protagonizada por Emily Blunt y él mismo, auténtico hit del género, apoyada en las consabidas invasiones alienígenas, sí que tenía a su favor su novedosa propuesta, porque las criaturas atacantes sólo asesinaban mediante el ruido, así que para sobrevivir había que mantener un silencio sepulcral. Una historia apoyada en la supervivencia de una familia que en el campo intentaba mantenerse con vida a pesar de los monstruos devoradores de personas. El apabullante éxito hizo que el mismo equipo se lanzará a una secuela también de gran éxito. Siguiendo la estela y también las modas de ahora, nos llega una precuela, una nueva entrega de “los lugares tranquilos”, pero instalada en el cómo ocurrió.

Basándose en una historia del citado Krasinski junto a Michael Sarnoski, que actúa como director, del que habíamos visto la interesante Pig (2021), protagonizada por Nicholas Cage, nos sitúan en un barrio de New York, en la mirada de Samira, una enferma de cáncer terminal que ha ido a la gran ciudad a ver un espectáculo de marionetas. El apacible día se ve muy alterado por la caída de unos artefactos de estruendoso ruido que comienzan a destrozar vidas y todo lo que encuentran a su paso. La estampida es atronadora, todos huyen despavoridos, incluida Samira y su gato. Después del caos, la joven que tiene su deseo de llegar a Harlem y comerse una pizza, hay una historia detrás que incluye a su padre, se encuentra con Eric, un inglés muerto de miedo, y entre dimes y diretes, se hacen acompañantes, mientras, en absoluto silencio, intentan sobrevivir de las feroces criaturas. El relato deja lo rural y el entorno familiar, para situarse en lo urbano y en una pareja desconocida y muy diferente, una afroamericana enferma y antipática, y un inglés de Kent, tan perdido como asustado, pero que tanto uno como otro, encuentran su razón ante el fin del mundo en el que se encuentran. Eso sí, sigue manteniendo el esencial trabajo en equipo y las relaciones humanas como fuente de inspiración. De las criaturas seguimos sin saber mucho, tampoco hace falta, con lo poco que nos cuentan es más que de sobra. 

Como en las dos anteriores, el apartado técnico es magnífico, unos fx de primer nivel, que fusiona lo más novedoso con las maquetas de toda la vida, en una fusión que también ayuda a una película con el aroma del terror más modesto que trataba desde lo sencillo y lo más cotidiano y humano. Una cinematografía que firma Patrick Scola que también estuvo en Pig, moviendo, muy lentamente, a unos personajes por un ambiente totalmente trágico y desolado, con ese atmòsfera turbia y apagada, la excelente música de Alexis Grapsas, que ya trabajó con Sarnoski en Pig, consigue mezclar con acierto los momentos de tensión y de terror con otros, donde la cámara se posa y la historia la llevan los personajes y sus miedos, (des) ilusiones y demás. El gran trabajo de montaje que firma una leyenda como Andrew Mondshein, que ha trabajado con ilustres cineastas como Lumet, Benton, Seidelman, Hallström y M. N. Shyamalan, entre otros, y Gregory Plotkin, habitual en el terror como la saga Paranormal Activity y Déjame entrar, otro gran título del terror reciente, construyen con alma una cinta con una duración estándar de 100 minutos de metraje.  

Como sucedía en las dos antecesoras, en esta entrega también ha mantenido un reparto poco conocido, si exceptuamos a Lupita Nyong’o, magistral en su rol, una mujer totalmente aislada que, durante la historia, sabrá mirarse y dejar de autocompadecerse, y mirar al otro, y sobre todo, encontrar su paz y tranquilidad, a pesar de los pesares. Su acompañante, Joseph Quinn, que hemos visto en varias series como Catalina la grande y Comoran Strike, entre otras, convertido en el amigo por accidente, alguien que aunque en un principio no quiere, se hará imprescindible, un todo en ese caos y en la nada. Y otros como Alex Wolff, enfermero de Samira, que aparece en Hereditary, en la citada Pig, en Tiempo, de Shyamalan, entre otras, y la presencia de Djimon Hounsou, que aparecía en Un lugar tranquilo 2, y en más de medio centenar de films. Los que esperen Un lugar tranquilo 3 no van a esperar otra más de la saga, sino una diferente con matices, una que tiene mucho de La guerra de los mundos, de H. G. Wells, donde la especie humana se ve sometida a una poderosa invasión que no puede repeler más que huyendo y sobre todo, en silencio, una cosa harto difícil, como anuncia el letrero con el que se abre la película, la cantidad desorbitada de decibelios que aguantan los neoyorquinos y sus turistas. En fin, si les gusta el terror más de personas y menos de efectos, esta es su película. porque además de entretener, habla de nosotros, de lo que somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Third Week, de Jordi Torrent

ALVIN HA SALIDO DE LA CÁRCEL. 

“La vida no es sino una continúa sucesión de oportunidades para sobrevivir”.

Gabriel García Márquez 

La película se abre con un plano en Staten Island, en New York, al otro lado del río Hudson, donde se ven a lo lejos los rascacielos de Manhattan. Uno de esos lugares que los turistas no conocen, uno de esos lugares que, tiempo atrás, fue próspero, y ahora, se ha convertido en un espacio fantasmal, donde todavía resisten pequeños talleres como el que acoge a Alvin después de dos años de cárcel. Alvin quiere dejar atrás todo aquello, y volver a su vida, regresar al tipo que deseaba ir al Instituto de Arte para dibujar y frecuentar los lugares donde alguna vez estuvo bien. Alvin es un buen chico aunque tropezó y se dejó llevar con las personas que no debía haberse cruzado. Ahora, huye de ellos, quiere paz y tranquilidad en su nueva vida. Trabajar haciendo piezas, vivir junto a su abuela, aunque el pasado siempre se empeña en aparecer, en rendir cuentas, en estar presente y Alvin debe convivir con él, debe aceptarlo y sobre todo, seguir su camino cueste lo que cueste y vencer la estigmatización de algunos, aunque para ello deba enfrentarse a sus miedos e inseguridades. 

La cuarta película de Jordi Torrent (Sant Hilari Sacalm, Girona, 1955), después de L’est de la brúixola (2001), La redempció dels peixos (2013), e Invisible Heroes: African-Americans in the Spanish Civil War (2015), amén de trabajar en películas de Raúl Ruiz y en Mi vida sin mí (2003), de Isabel Coixet, se enmarca en el contenido social, el lado humano, y el interés por mostrar a los invisibles, a aquellos que el cine comercial no hace caso, a aquellos como nosotros, a las personas que sufren las mercantilizaciones de una no sociedad empeñada en enriquecerse y ocultar la miseria que provoca. Un tipo como Alvin podría estar en las películas citadas y viceversa, porque como los anteriores personajes de Torrent es alguien que quiere una vida mejor, que trabaja para tener aquella oportunidad de volver a empezar, no es sino la vida eso, como menciona García Márquez en la cita que encabeza este texto. Un marco en el que la historia, escrita por él propio director, se sitúa entre la clase trabajadora, la gran olvidada de mucho cine actual, entre lo que ocurre en esos día en que no aparentemente no pasa nada y en realidad, está ocurriendo la vida con sus cosas, una mirada que se concentra entre los pliegues de la intimidad, de la cercanía, de mostrar lo invisible de la condición humana, todos esos pequeños y cotidianos ratos que van conformando nuestras existencias, todos esos momentos que están ahí y que lo son todo. 

La estupenda y sobria cinematografía en blanco y negro tan bien elegida de James Callanan, que ha estado en los equipos de películas tan importantes como Mystic river, de Eastwood, o series como The Americans, con esa cercanía y limpieza visual, donde lo sucio y espectral del lugar deja paso a una especie de poética donde lo mundano se hace único, donde la miseria tanto física como moral funciona como espejo para descifrar el alma de los diferentes personajes, en especial, la de Alvin. La formidable música de Marc Durandeau se desmarca de la típica composición de acompañamiento para posicionarse en otra música, es decir, en una que vaya describiendo los continuos miedos del protagonista que no quiere volver al lado oscuro como antaño. Un conciso y pausado montaje de Ray Hubley, todo un veterano en la materia que ha estado en los equipos de películas como Kramer vs. Kramer, de Benton y directores como Brian de Palma, entre otros, donde la edición da ese ritmo sencillo y muy cercano que tanto necesita una película de estas características, alejándose de las estridencias y piruetas formales de ese cine muy vistoso pero muy vacío. 

Un personaje como Alvin, muy del western y del New Wave American, que habla poco y va de aquí para allá con paso firme y tranquilo, debía tener un rostro y un cuerpo de alguien que está dejando atrás mucha oscuridad y desea una vida tan diferente en el mismo lugar, un tipo como Aaron Poon, con una gran interpretación donde transmite toda esa desazón que arrastra, todos sus miedos en una mirada, en un gesto, en un silencio. Todo un gran acierto porque el bueno de Poon es el Alvin perfecto y mucho más, es la película y todo lo que no vemos. Le acompañan toda una retahíla de intérpretes que están en el mismo tono, el de transmitir un microcosmos donde aparecen reflejados toda la multiculturalidad y racialidad existente en un país como Estados Unidos. Encontramos a Lucinda Carr como la Grandma, un faro para Alvin, Richard Vetere es el jefe que le da la oportunidad del trabajo, y al otro lado, Ron Barba, el encargado con malas pulgas, Edu Díaz y Chang Liu son compañeros de trabajo, tan diferentes y tan ellos, Lashonda Corder y Taquan Percy Brown son otros aliados en la causa de Alvin, y Aiysha Flowers es una mujer del pasado que está presente e inquieta al protagonista. 

Una película como Third Week, de Jordi Torrent tiene el aroma del no western, el que hablaba de cosas de verdad y con verdad, o de ese cine independiente estadounidense que siempre se ha detenido en visibilizar a los invisibles, fijándose en todo ese cine neorrealista que marcó la mirada de lo social en el cine. No dejen pasar una película así, porque eso hará que podamos ver más relatos sobre el trabajo y los trabajadores, y que sean con esta mirada tan profunda, nada manierista y fingida, sino como lo hace la historia de Torrent, con intimidad, abriendo las puertas y mirando la cotidianidad, eso que vivimos cada día, lo que forma parte de nuestra vida y que refleje nuestros miedos e inseguridades. No podemos olvidar a Toni Espinosa de Toned Media que, a parte del gran trabajo que hace con la exhibición con los Cinemes Girona, también trabaja en el otro lado, el de la distribución y producción, que ya estuvo en la mencionada La redempció dels peixos, y The Golden Boat, y en Mia y Moi, y La última noche de Sandra M., entre otras. Háganme caso, o mejor, háganse caso y acudan a conocer Thrid Week porque descubrirán a Alvin y las vidas que empiezan de nuevo una y otra vez, y también, Staten Island que ni les sonará y eso que anda por New York, la ciudad tan famosa y visitada, aunque siempre se queda atrás esa parte al otro lado del río. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Alumbramiento, de Pau Teixidor

NIÑAS ROBADAS. 

“A veces es más peligroso el silencio que los disparos del enemigo. (…) Ese poder tan fuerte que parece que nadie ejerce, el silencio, pero que te hace caer”

María Teresa León Goyri

La apertura de Alumbramiento, la segunda película de Pau Teixidor (Madrid, 1982), es digna del mejor policíaco, el que habla de esas cosas tan reales y ocultas que duelen tanto. Una noche oscura. Dos mujeres asustadas, una madre y su hija de 16 años esperan a las afueras de un pueblo. Un coche llega y las lleva a la capital.  Su destino es Peñagrande, un centro para adolescentes embarazadas. Un lugar apartado para ocultar y silenciar la desgracia que significaba quedar embarazada tan joven en aquella España del 82, y más concretamente, la noche del jueves 28 de octubre, cuando el PSOE ganó las elecciones. Un comienzo digno de una película muy oscura, una cinta que habla de uno de los asuntos más terribles de la dictadura franquista que continúo impunemente durante la llamada democracia, donde el país cambió el sistema político sólo en apariencia, porque las instituciones seguían haciendo de las suyas, amparadas por los mismos de siempre, que estos no cambiaron, como explicaba la estupenda película El arreglo (1983), de José Antonio Zorrilla, donde un policía seguía usando los métodos represivos a pesar de los supuestos cambios que no eran tales. 

A partir de un guion de Lorena Iglesias (actriz de Canódromo abandonado, y vista en películas de Cabestany, Vermut, Hernando y Alberto Parra, entre otros), y del propio director, nos sitúan en la mirada de Lucía de 16 años que será la que nos muestre y nos guié por este drama social revestido de policíaco y de sus dosis de terror en ese lugar aislado y siniestro como Peñagrande, toda una casa de los horrores donde se recluía a las adolescentes embarazadas para robarles sus bebés con total impunidad. La película no juega al tremendismo ni nada que se le parezca, sino que de forma natural como si fuese un modus operandi totalmente institucionalizado va mostrando las diferentes realidades de las niñas que llegan: las hay que vienen de situaciones muy desestructuradas y miserables, las engañadas por un novio demasiado joven, y las que no sabemos nada de su pasado. Muchas historias que convergen en un lugar muy alejado de un hogar, pero que las diferentes niñas hacen suyo e intentan hacerse compañía unas a otras. Una obra instalada en las miradas, los gestos y sobre todo, los silencios de las diferentes protagonistas, que viven en una cárcel completamente ilegal, expulsadas de sus vidas y de un estado que las trata como criminales y las silencia de por vida. 

La estupenda cinematografía de Pepe Gay de Liébana, del que esta semana se estrenará Casa en flames, de Dani de la Orden, se sitúa en el marco poderoso y detallista, donde cada encuadre explica desde lo cercano y lo transparente, sin ningún alarde ni estridencia formal, con una cámara a la misma altura que los personajes, posicionándose junto a ellas, y siendo una más, sin juzgarlas ni sobre todo juzgar la historia que nos cuenta, manteniendo la postura compleja de mostrar interviniendo lo esencial. La música de Petre Bog también se sitúa en el mismo lugar que el plano, donde cada detalle sirve para profundizar con lo que pasa en el interior de las niñas y alejándose de esa música tan convencional que nos alinea sin pudor. El formidable y conciso montaje del dúo Mamen Díaz, de la que se ha estrenado hace poco la serie La mano en el fuego, y Pedro Collantes (del que vimos su ópera prima El arte de volver, y ha editado películas tan interesantes como Oscuro y lucientes y La última noche de Sandra M.), que tiene un ritmo pausado y nada invasivo para explicar todas las existencias de estas niñas en sus inquietantes 101 minutos de metraje. 

El magnífico reparto encabezado por Sofía Milán como Lucía, que recuerda a las desdichadas supervivientes como la Rosetta, de los Dardenne, y sus compañeras de celda, alegría y supervivencia como Carmen Escudero es Lola, Celia Lopera es Inma, Paula Agulló es Candela/Cuqui, Alba Munuera es Maica y Victoria Oliver es Rosa. Un grupo de jóvenes actrices, con poca experiencia en su mayoría, que dan vida a todas las adolescentes que vivieron este vía crucis que, algunas de ellas han ayudado con sus testimonios reales a crear todos los personajes. Y luego, encontramos a las adultas con María Vázquez como la madre de la protagonista, y el último papel de la tristemente desaparecida Laura Gómez-Lacueva como la señorita Pura, y Malena Gutiérrez como Sor María, entre otras. Un reparto bien escogido, que es la mitad de la película como mencionaba el gran Chabrol, porque no sólo resulta de una credibilidad alucinante sino que además, cada uno se muestra de forma muy natural, y eso hace que la historia contada sea aún más terrorífica, porque las historias más horribles siempre son las que más reales parecen, y está lo es, y además está muy bien contada, porque aunque haya mucha dureza también hay un poco de luz con esa solidaridad y camaradería entre las niñas. 

Sobre el tema de los bebés robados en la dictadura y la democracia, se calcula que entre 1950 y 1990 se robaron unos 300000 en España, ya se habían hecho varios reportajes para televisión y series como Niños robados y películas que lo tocaban como la reciente Sobre todo de noche, de Víctor Iriarte, entre otras, aunque faltaba una película sobre el tema desde la mirada de las niñas que lo sufrieron, desde ese tránsito todavía entre la infancia y la edad adulta, durante ese limbo, con la imposición de estar solas, alejadas de la familia y de su entorno, y sometidas a una cárcel y a unas normas como si fuesen delincuentes, en una sociedad fascista y autoritaria que había cambiado de puertas hacía afuera, pero que para adentro seguía con sus métodos represivos, crueles y silenciando todo aquel y aquello que consideraba inmoral, o que usaba para enriquecerse y nutrir de hijos e hijas a las familias adineradas que no lo conseguían por métodos naturales. Una película que no debería pasar desapercibida, porque nos cuenta uno más de los oscuros y horribles casos que sucedían en España con el estado y la iglesia y el poder implicados, como pasa siempre, mientras otros creían que ya gozaban de libertad, como decía aquel de: “La libertad que gozan unos, la sufren otros”, en fin, habrá que seguir escarbando y haciendo películas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Memory, de Michel Franco

NÁUFRAGOS SIN ISLA.  

“La cualidad del amor no depende de la persona amada, sino de nuestro estado interior”. 

Frase de “La insoportable levedad del ser”, de Milan Kundera

En Cerrar los ojos, de Víctor Erice, había una interesante y profunda reflexión: “No sólo somos memoria, también somos emociones”. La misma reflexión se puede adoptar para Sylvia y Saul, el par de personajes que protagonizan la octava película de Michel Franco (Ciudad de México, 1979). Dos almas de New York , dos seres que arrastran sus respectivos problemas: ella quiere olvidar un pasado en el que fue alcohólica, y seguir viviendo con su hija pequeña y trabajando en una residencia. Él, que sufre demencia, lo olvida todo. Una quiere olvidar y el otro, se esfuerza por recordar. El director mexicano vuelve a enfrentarse a sus dos elementos característicos en su filmografía. Las enfermedades mentales y los conflictos familiares, siempre contados bajo un prisma de una cotidianidad muy transparente, alejándose del sentimentalismo y situando a los espectadores en esa posición de testigo privilegiado, eso sí, instado a observar y sobre todo, reflexionar sobre las actitudes y posiciones que van asumiendo los diferentes personajes. 

De los ocho títulos con Memory, ya son tres rodados en inglés con intérpretes de allá, después de las dos cintas protagonizadas por Tim Roth, Chronic (2015) y Sundown (2021), la anterior a esta, se envuelve con una extraordinaria pareja como Jessica Chastain y Peter Sarsgaard en los papeles protagonistas. El relato, tan sencillo como natural, indaga en lo más íntimo y lo transparente de los días que se van acumulando en uno de esos barrios industriales de la gran ciudad, tan alejados del turismo y de ciertas películas tan prefabricadas, aquí no hay nada de eso, todo en el cine de Franco está construido a través de los personajes, a partir de su dolor, su oscuro pasado y ese presente dificultoso, un presente confuso en el que todavía hay que seguir luchando cada día, y aportando ese plus en las relaciones que se van generando entre los diferentes individuos. La relación de esta película, muy peculiar en su origen, como suele pasar en las películas del mexicano, encuentra o quizás (des) encuentra a dos personajes que parecen haberse llamado a gritos sin saberlo, dos almas que arrastran demasiado peso de atrás, dos almas que pertenecen a ese ámbito oculto e invisible del que nadie quiere oír hablar, y Franco lo hace visible y no sólo eso, lo hace cercano y natural, y nos obliga a estar presentes.

Hablar del dolor, de la tristeza, de la depresión, de las enfermedades mentales y hacerlo de la forma que lo hace Memory tiene un mérito enorme, porque lo acerca tanto que asusta de cómo lo explica y lo expone, involucrando a cada uno de los espectadores, siendo uno más, donde la luz apagada y doméstica ayuda muchísimo. Un gran trabajo de cinematografía del francés Yves Cape, con más de tres décadas de carrera, al lado de grandes nombres como los de Dumont, Carax, Kahn, Berliner, Denis y Bonello, entre otros, en la quinta película con Franco, una unión que da unos frutos fantásticos, como la aportación en la edición del mexicano Óscar Figueroa con más de 100 títulos a sus espaldas, con directores de la talla de Alejandro Gamboa y Felipe Cazals, en el cuarto trabajo junto al cineasta mexicano, con él que vuelve a coeditar, en un sobrio y pausado montaje que consigue que la película se vea con interés y nada reiterativa en sus 103 minutos de metraje. La imagen y el montaje resultan cruciales en el cine de Franco, porque sus historias se desarrollan en pocos elementos y espacios, donde todo se posa en una verdad muy íntima, en una verdad que traspasa la pantalla, en que las emociones son muy tangibles. 

La mano de Franco con sus intérpretes se ve en cada detalle, en cada mirada y en cada gesto, tanto en cuando están en silencio como cuando hablan, desde muy adentro, sin nada de gesticulación, a partir de un estado emocional en que sus personajes deambulan como náufragos sin isla, como zombies sin muerte, como faros sin mar. Una magnífica pareja como Chastain y Sarsgaard dando vida a dos almas mutiladas, quitándose todo el oropel y neón de Hollywood y actuando y sobre todo, sintiendo cada una de sus composiciones, que no resultan nada sencillas. Dos retos mayúsculos: meterse en las existencias de dos almas en vilo, con sus problemas del pasado y del presente. Una olvidándose del alcohol que tanto daño ha hecho en su vida, y su familia, que tanto daño le ha provocado. Uno con su demencia, con sus olvidos y con su vuelta a empezar. Y van y se encuentran. Y encima se gustan y a pesar de tanta tara y obstáculo, hay están los dos, a pesar de todo, a pesar de todos. Hacía tiempo que no veíamos a dos seres con tantos problemas y que se encuentran y viven lo que viven. No podemos decir que es la película más humana de Franco, porque todas lo son y mucho, pero que tiene ese aroma de verdad y sobre todo, de amor, porque el amor, si existe, siempre aparece en las personas más insospechadas y en los lugares más oscuros y en las almas más tristes, quizás sea una ayuda para seguir sobreviviendo, o quizás, no, quizás el amor siempre está ahí, pero muchas veces, nuestras decisiones no hacen más que alejarlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Green Border, de Agnieszka Holland

EUROPA, EUROPA. 

 “Mi generación de cineastas sentía que éramos responsables de representar los problemas del mundo y que era necesario hablar de temas difíciles y hacer preguntas, no sólo existenciales, sino también éticas, sociales y políticas. Los críticos denominaron a este movimiento «Kino Moralnego Niepokoju», el cine de la ansiedad moral”.

Agnieszka Holland

Hay películas y películas. Están las que nos hacen pasar un buen rato, y están las otras, las que explican historias, donde lo que prevalece es el sentido humano, es decir político, en el que los personajes se ven envueltos en situaciones difíciles, donde el cine deja de ser un mero retratador, para ser otra cosa, algo parecido a un observador profundo y honesto de las vidas y realidades que lo componen, mostrando unos sucesos y reflexionando sobre lo que cuenta y cómo lo hace, alejándose de cualquier estereotipo, prejuicio y convencionalismo. Un cine que dialogue de frente con lo que filma, y sobre todo, con los espectadores que están al otro lado. Un cine de ida y venida en que el público sea un ente que se cuestione, no sólo la propia película, sino sus propias cuestiones.

Las películas de Agnieszka Holland (Varsovia, Polonia, 1948), coetánea de  Krzysztof Kieslowski o Janus Kijowski, sobre todo las que hizo y hace en Europa, pertenecen a las obras que quedan en nuestro interior, que nos hacen y deshacen como Actores provinciales (1979), Fiebre (1981), Amarga cosecha (1985), Kobieta samotna (1987), entre otras. Con Europa, Europa (1990), su película más emblemática, donde relataba la biografía del judío Solomon Perel que escapa de la Alemania nazi en 1938, con 13 años, crece bajo el amparo soviético, y luego, con la Segunda Guerra Mundial sobrevive haciéndose pasar como joven hitleriano de vuelta a Alemania. Una obra mayor filmada hace 34 años que describe hechos de los años cuarenta, y a día de hoy, pasados ochenta años, seguimos en las mismas, con una Europa de doble moral, cuna del pensamiento y del arte y los avances sociales, y también, un continente de guerras, destrucción e intolerancia. Con Green Border, Holland vuelve a despachar una obra mayúscula, deteniéndose en otros refugiados como lo fue Solomon Perel, ahora en la piel de sirios, afganos y africanos que intentan entrar en el continente por la zona boscosa entre Bielorrusia y Polonia, la llamada “Frontera Verde”, un espacio primitivo, denso y pantanosa. 

A partir de un guion de Gabriela Lazarkiewicz, que estuvo como asistente en Spoor (2017), Maciej Pisuk y la propia directora, donde se hace hincapié al lado humano e íntimo, a cómo las decisiones políticas afectan al ciudadano de a pie. Estructurado a partir de cuatro relatos que, debidamente presentados, se irán mezclando a lo largo de la historia. Por un lado, tenemos a la familia siria que quiere llegar a Suecia y elige, por desconocimiento puro, el lado más salvaje y peligroso, siendo maltratados por la guardia fronteriza bielorrusa y polaca. Después, tenemos al guardia fronterizo, con su dilema moral, hacer cumplir órdenes que van en contra de los derechos humanos, o revelarse ante ellas, en el tercer bloque, los activistas, tratados como criminales, que ayudan a los refugiados y finalmente, Julia, una psicóloga acomodada que se hace activista después de enfrentarse a una situación de humanidad. La cineasta polaca, manteniendo la larga tradición del cine del este, es decir, un cine que mira con atención los avatares políticos de su alrededor, y no sólo muestra una cara sino múltiples rostros, escarbando toda su complejidad, y sobre todo, las cuestiones morales individuales con respecto a lo colectivo. Un cine que se hace muchas preguntas, pero no se atreve a responderlas, porque eso sería maniqueo, aquí hay verdad, o mejor dicho, hay una forma de enfrentarse a los conflictos sociales desde la mirada del anónimo, alejándose de los grandes momentos históricos, porque la historia siempre sucede en la invisibilidad. 

La extraordinaria cinematografía de Tomasz Naumiuk, que ya estuvo en Mr. Jones (2019), de Holland, y también en High Life (2018), de Claire Denis, entre otras, con esa impresionante apertura del plano general cenital del espeso bosque en color que se torna blanco y negro, el no color de la película, en una construcción híbrida donde la ficción se torna documento y ficción a la vez, en que todo está muy cercano, sumergiéndose en lo físico y lo emocional de cada personaje, con esa tensión y agobio en cada encuadre, tanto en lo que vemos como el fuera de campo, con unos contundentes planos secuencias donde prevalece el primer plano y el detalle. El gran trabajo de montaje de Pavel Hrdlica, en su cuarto trabajo junto a la directora, donde tenía por delante un trabajo complejo en una película que se va los 147 minutos de metraje, y en que dialogan muchos personajes y situaciones que sitúan al límite a sus diferentes individuos, en un empleo inmejorable del off, de la tensión con la pausa, con momentos muy tensos e inquietantes, más próximos al cine de terror que el de la vida diaria. Un corte que no se anda de subrayados ni estridencias de ningún tipo, la verdad está en cada plano, y sobre todo, la posición ética de la directora en relación a lo que filma y cómo lo hace, desde la integridad, la honestidad y la mirada del que no impone sino muestra desde lo humano, en consonancia con la íntima música de Frédéric Vercheval, del que hemos visto sus trabajos para Marine Francen, Olivier Masset-Depasse y Bille August, que describe al son de la imagen, con total libertad para el espectador, sin guiarlo, sólo a su lado. 

Un gran reparto de intérpretes que dan vida a los personajes de forma que tanto la acción física como emocional nace desde lo complejo y el cuestionamiento constante, acompañados de la verdad que tanto hablamos, con lo sensible y lo vulnerable en primera línea. Un elenco encabezado por los sirios Jalal Altawil, Mohamad Al Rashi, que junto a la franco-libanesa Dalia Naous, forman la familia siria que huye, la polaca Maja Ostaszewska, que hemos visto en películas de Malgorzata Szumowska, en el rol de Julia, la franco-iraní Behi Djanati Atai es una afgana sola con mucho coraje, el polaco Tomasz Wlosok es el guarda fronterizo, Agata Kulesza, una activista que conocimos como una de las protagonistas de Ida (2013) y Cold War (2018), ambas de Pawel Pawlikowski, y Las inocentes (2016), de Anne Fontaine, entre otras. Tiene una gran oportunidad con el estreno de Green Border, no sólo de ser testigos del horror vivido en la maldita frontera, todas lo son, entre Bielorrusia y Polonia, sino de la doble moral de la mal llamada “Unión Europea”, que persigue con crueldad y violencia a los refugiados que vienen de países donde mantiene intereses económicos, y por otro lado, acoge con paz y armonía a los refugiados que vienen de Ucrania, ya que la guerra la provoca Rusia, donde mantienen una pugna mundial sobre el control económico en terceros países. Un horror y sinsentido, pero aquella Europa del siglo XX destrozada con las dos peores guerras de la historia, sigue en su línea, acogiendo o matando según le convenga, y esto es así, mientras la población anestesiada con sus “experiencias” y existencia mercantilizada, con la esperanza que algunas, pocas, personas dejan sus vidas de lado, y miran a la de los demás, ofreciendo ayuda a los que nada tienen. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Eureka, de Lisandro Alonso

ÉRASE UNA VEZ EN AMÉRICA. 

“Nosotros no heredamos la tierra de nuestros ancestros; solo la tomamos prestada de nuestros hijos”

Proverbio nativo norteamericano

Podríamos decir que el primer tramo de Eureka, de Lisandro Alonso (Buenos Aires, Argentina, 1975), entrando en el espacio de la imaginación, es la conclusión de Jauja (2014), la anterior película de Alonso. Porque el oficial danés por fin da con su hija, a la cuál buscaba con ahínco en la mencionada. Un tramo filmado en blanco y negro con un formato cuadrado, muy sucio y físico, ambientado a finales del XIX o primeros del XX, en el que un tipo aparece por un poblado mexicano, muy parecido al de Por un puñado de dólares (1964), de Sergio Leone, a tiro limpio liquidando a todos los matones que se va encontrando en su áfan por dar con su hija, cruzándose con una enigmática mujer que es la cabecilla de todos los asesinados. Aunque, la conclusión quedará para nuestra imaginación, porque de repente, pasamos a la actualidad, y más concretamente en Pine Ridge en Dakota del Sur, en una reserva india que iremos conociendo de la mano de Alania, una policía en el turno de noche, y también, su sobrina Sadie. Otro corte dejará este segundo episodio para llevarnos al tercero y último, el que se sitúa en los años setenta en pleno río Amazonas cuando un grupo de indios se afanan por encontrar oro empleados por el blanco de turno. 

El cineasta argentino completa su película más ambiciosa de su breve pero intensa filmografía, 6 títulos en 22 años. Si bien continúa sumergiéndose en tipos solitarios y errantes, alejados de todos y todo, en una trama onírica y muy física, donde el personaje, el paisaje y el alma se funden en un terreno muy cercano a aquellos no westerns de finales de los 60 y comienzos de los 70, donde se despoja tanto a la historia, el personaje y al espacio de cualquier halo cinematográfico y se humaniza todo, retratando seres perdidos, confusos con una sociedad malvada y enfrascados en cuestiones del alma. Con la citada Jauja se produjo un cambio que todavía arrastraba conceptos y miradas de sus cuatro primeros filmes, aunque ya dejaba huellas de su interés por los nativos americanos, los grandes protagonistas, muy a su pesar, de la grandeza del western y por ende de Hollywood, personificando el mal, el salvajismo y lo antinatural, cuando era todo lo contrario. Una imagen que aquel no western se encargó de desmitificar, tratando a los nativos desde la mirada del conocimiento, dándoles su importancia en la historia de Estados Unidos. Alonso parte de la ficción de su primer episodio, en el que retrata un no western, alejándose del canon hollywoodiense, y más próximo a la modernidad del no género, para mostrar dos realidades bien diferentes de la suerte de los indios americanos. Desde la cárcel en la que viven más de 50000 personas en la reserva comentada, sumidos en el olvido y totalmente alineados a la forma de consumismo occidental, y los otros, a aquellos indios del Amazonas que trabajan para hacerse ricos, pero mantienen sus tradiciones y costumbres ancestrales, tanto con el entorno y los animales, en especial, las aves.

 Tres miradas para reflexionar sobre la suerte de los nativos, para mirarlos y sobre todo, para darles su espacio e importancia en la historia. Son tres momentos que parten del género para deformarlo o mejor dicho, para desmontarlo, para quitarle toda la parafernalia y despojarlo del sometimiento occidental. Una experiencia que la película, y tomando los anteriores trabajos del cineasta bonaerense, se multiplica y suma al espectador en una experiencia más allá de lo físico en el que lo transporta a un espacio donde el espíritu se mezcla con lo más tangible, en que las tradiciones van encontrando su resquicio de luz y manifestándose. En Eureka a partir de un guion escrito por Fabian Casas (que estuvo en Jauja y en la reciente Los delincuentes, de Rodrigo Moreno), Martin Caamaño y el propio director, construyen una película muy de cine, donde prevalecen dos elementos como la presencia femenina, y  seguramente, es la película más hablada de Alonso, porque también abarca mucho, tanto pasado histórico como presente continuo, pero sin apartar lo cinematográfico, porque lo hay y mucho como ha hecho en su cine, donde cada cuadro y cada mirada adquieren un significado relacionándolo en su conjunto.

Una imagen que vuelve a tener una importancia esencial como en sus anteriores películas, con el formato cuadrado del inicio y final, con el 16:9 en el medio, donde nuevamente vuelve a contar con Timo Salminen, como hiciese en Jauja, y un segundo cinematógrafo como Mauro Herce, dos grandes de la luz para dotar a la historia de una presencia fuerte y tensa, que va desde el blanco y negro denso, y ese halo de realidad y cuerpos más cerca de las experiencias de Kelly Reichardt, o las de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, El poder del perro, de Jane Champion, Appaloosa y la reciente Hasta el fin del mundo, ambas protagonizadas por Viggo Mortensen, entre otras, pasando por lo nocturno de la reserva, que nos retrotrae al cine de los outsiders norteamericanos como Fuller, Cassavetes, Jarmusch y los Cohen, entre otros, para finalizar en ese río Amazonas de los setenta donde emergen los Glauber Rocha, y los Nelson Pereira dos Santos, donde se desnuda el encuadre y se penetra en los rostros y el alma de los personajes. El pausado y sobrio montaje de Gonzalo del Val, que ya hizo lo mismo en Jauja, con sus 147 minutos de metraje, en el que el ritmo cadencioso y depurado enriquece enormemente la experiencia que propone la película, donde tan importante es lo que vemos como lo que sentimos y más tarde, reflexionamos, en todo eso que se ha llamado western y la imagen distorsionada de los nativos, convirtiéndolos en un mero objeto definido por sus invasores. 

El gran trabajo de sonido, donde tan importante es lo que entra y lo que no, que firman Santiago Fumagalli, que ha estado en todas las películas de Alonso, y Vincent Cosson, toda una eminencia con casi 250 títulos que le ha llevado a trabajar con Gus Van Sant y Pablo Larraín, el magnífico diseño de producción con Miguel Ángel Rebollo, habitual de Javier Rebollo y Jonás Trueba, e Yvonne Fuentes. Un reparto que tiene a su compadre Viggo Mortensen que, después de Jauja se han convertido en una hermandad de la vida y el cine, dando vida a ese tipo con sed de venganza sin caballo y cansado y sucio que se enfrenta a todos y a él mismo, que tiene ese momentazo con Chiara Mastroianni, en la piel de una capo sin palabras y como mira, Alaina Clifford es la indígena polícia en la reserva que lleva todo el peso en la segunda película, que nos tiene arrebatados en una composición que recuerda a la de Lily Gladstone, la india de otra gran película desmitificadora como Los asesinos de la luna, del gran Scorsese, Sadie Lapointe es Sadie, la sobrina que quiere huir de allí, de tanta soledad, vacío y sin futuro, y luego el mexicano José María Yazpik como capataz en el río Amazonas, Viilbjork Mailing Agger, que repite después de la experiencia de Jauja, y luego una retahíla de grandes intérpretes componiendo unos personajes cercanos y naturales. 

A los que conozcan el cine de Lisandro Alonso estarán deseosos de volver a sus historias, sus imágenes, y sobre todo, su ensoñamiento, porque hacía casi una década que no veíamos una película del argentino, tiempo que ha dedicado a otros menesteres, según explica. Así que, le estreno de Eureka, título muy bien colocado y cuando vean la película estarán conmigo, es todo un acontecimiento a sus más fieles seguidores, en los que me encuentro, y no solo eso, porque aquel que no conozca su cine, es una gran oportunidad de conocerlo, porque además de disfrutar con uno de los narradores más singulares y personales del cine actual, es también un explorador de imágenes, a través de sus encuadres y planos, de sus largos planos y de sus primeros planos, y de encuadrar a sus personajes en los espacios, donde es todo un virtuoso, y añadir ese espacio espiritual, ese paisaje que no vemos pero está ahí, y esta película lo muestra, no desde lo físico, sino desde lo espiritual, desde ese lugar del que los occidentales nos hemos alejado tanto que ya ni reconocemos, y es ahí donde los indios, por mucho que les hayan expulsado de sus tierras, siguen hablando con sus ancestros, con sus muertos, con los otros, y siguen viendo aquello que nosotros no vemos, y es en ese instante donde mejor se mueve la película de Lisandro Alonso, haciendo visible lo invisible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La patria perdida, de Vladimir Perisic

ENTRE DOS AGUAS. 

“No es un derecho inalienable de lo real hacerse reconocer” y cuando es demasiado desagradable o escandaloso “puede irse a hacer puñetas”

“El Real y su Doble”, de Clément Rosset

Entre las ruinas de una ciudad como Berlín durante 1948, se movía un joven llamado Edmund de 12 años en la magnífica Alemania año cero, de Rossellini. Un joven que estaba entre dos mundos que no entendía: el de los supervivientes que intentaban ganarse la vida como podían, y el de los otros, los que se escondían por miedo a las represalias de los aliados que dominaban el presente. Dos mundos muy difíciles de comprender para un chaval demasiado joven ante la devastación de todo un país. Stefan de 15 años, protagonista de La patria perdida, de Vladimir Perisic (Belgrado, Serbia, 1976), no está muy lejos de Edmund, porque también se debate en un limbo confuso, ya que su madre, portavoz del gobierno de MIlosevic, se aferra al poder en la Serbia de 1996, mientras las calles se llenan de estudiantes en contra de un nacionalismo a golpe de culata, muchos de ellos sus amigos. Un relato que ya tuvo sus antecedentes con Dremano oko (2003), un cortometraje de 31 minutos en el que ya avanzaba reflexiones que en el largometraje profundiza aún más, como ocurría en Ordinary People (2009), entre un chaval obligado a matar por un padre del gobierno de Milosevic.  

Tanto el corto como en La patria perdida están basados en experiencias autobiográficas, la madre del director estaba en el gobierno de Milosevic, y han dado a pie al guion que firman Alice Winocour, que coescribió el de Mustang (2015), amén de dirigir películas tan interesantes como Próxima y Revoir Paris, y el propio director, en el que siguen como hacía Rossellini y posteriormente los Dardenne, a su joven protagonista, en ese Belgrado invernal donde todo está y no está, porque vemos los ecos del gobierno y las protestas desde la mirada de Stefan, en una ida y venida, porque está siempre sin participar de frente, yendo de aquí para allá como una autómata, entre el amor de su madre y el de sus amigos y la terrible confusión que acarrea, enfrascado en su dilema, en su limbo particular, en un no saber qué hacer y hacia dónde dirigirse. Muy bien encuadrado en el formato 1:85 y filmado en 16mm, encerrando en unos espacios, muy domésticos y cotidianos, tanto el piso que comparte con su madre y las calles y el instituto con sus amigos, rodeado de colores vivos que contrastan con esa atmósfera apagada y fría, en un gran trabajo de cinematografía a dúo de Sara Blum, que ha trabajado con la cineasta Alice Diop, de la que hace poco vimos Saint Omer, y Louise Botkay Courcier. 

El estupendo sonido donde todo lo que sucede alrededor de Stefan va metiéndose en su espejo deformante, firmado por dos grandes de la cinematografía francesa como Roman Dymny y Olivier Giroud, que tienen en su filmografía a nombres tan importantes como Naomi Kawase, Olivier Assayas, Agnès Varda, Mia Hansen-Love, Justine Triet, y el estreno también de esta semana Green Border, de Agnieszka Holland. La música del dúo Alen et Nenad Sinkauz, de los que vimos la interesante Bajo el sol, de Dalibor Matanic, que también tenía la guerra balcánica de telón de fondo. El detallado y conciso montaje de la pareja Martial Salomon, cómplice de directores como Emmanuel Mouret, Pierre Léon y Nobuhiro Suwa, entre otros, y Jelena Maksimovic, con más de 30 títulos entre los que destaca La carga, de Ognjen Glavonic, lleno de primeros planos y planos secuencias en un ritmo lleno de tensión como un thriller psicológico en sus 98 minutos de metraje. Un grupo de colaboradores que ya habían trabajado con Perisic en sus anteriores trabajos, así como Los puentes de Sarajevo (2014), donde trece directores de diversas procedencias como Godard, Loznitsa, Puiu, Teresa Villaverde, Marc Recha, Ursula Meier, entre otras, sobre la mítica ciudad, su historia y su presente. 

Un estupendo reparto encabezado por el joven y debutante Jovan Ginic en la piel del perdido Stefan, en una interpretación muy complicada, porque tiene que transmitir toda la desazón de su personaje a través del silencio y las miradas. Bien acompañado por la extraordinaria Jasna Djuricic, de la que muchos recordamos en la impresionante Quo Vadis, Aida? (2020), de Jasmila Zbanic, que ya estuvo en Dremano oko, en el papel de madre y portavoz de Milosevic, con ese padre heredero de la resistencia del fascismo en el pasado, Pavle Cemerikic, uno de los líderes estudiantil, uno de los protagonistas de la citada La carga, y alguna que otra con Matanic, el estupendo Boris Isakovic, que hace poco le vimos en Ruta Salvatge, del mencionado Recha, y con Perisic ya hizo el corto y Ordinary People, en el rol de profesor que se posiciona en contra de Milosevic, con esa mirada y sobriedad de un actor enorme. Y luego, los debutantes Modrag Jovanovic, Lazar Cocic, amigos de Stefan, y sus abuelos que hacen Dûsko Valentic y Helena Buljan, entre otros, que consiguen la verosimilitud sin alardes ni florituras, capturando toda esa época convulsa que retrata la película, entre la recuperación de un pasado con más nostalgia que real, y otros, los más jóvenes, queriendo un país diferente después de tanta guerra y pérdida. 

No se pierdan una película como La patria perdida, de Vladimir Perisic, porque seguro que conocerán muchas cosas de aquel momento en la Serbia de Milosevic, hechos que todavía en esta Europa tan interesada y deshumanizada, y sobre todo, desde la mirada cotidiana y más cercana, y a través de un personaje como Stefan, un joven tan perdido, tan confuso y tan sólo, entre dos aguas, entre dos formas de ver y de ser, metido en un excelente thriller político y cotidiano, muy del aroma de las películas rumanas surgidas después de la caída de Ceaucescu, donde se profundiza sobre todos los males de la última época y las dificultades de esa Rumanía, año cero, donde los ciudadanos intentan seguir adelante como pueden. Un cine que no sólo rescata aquellos momentos convulsos de la Serbia del 96, como nos dice su intertítulo “República Federal Yugoslava”, al empezar la película, con el abuelo y Stefan, dos posiciones que entraran en confrontación, porque en ese limbo, cuando las cosas todavía no han llegado ese tiempo de monstruos, que citaba Gramsi, un tiempo que los más indefensos pueden sufrir mucho, como le sucede a Stefan, y en su particular via crucis, donde no sabe quién es, de dónde viene y lo que es peor, se siente abandonado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Benedetti, sesenta años con Luz, de Andrés Varela

HAGAMOS UN TRATO.  

“Hagamos un trato. Compañera, usted sabe que puede contar conmigo. No hasta dos o hasta diez, sino contar conmigo. (…) Pero hagamos un trato: yo quisiera contar con usted. Es tan lindo saber que usted existe. Uno se siente vivo. Y cuando.  digo esto, quiero decir contar. Aunque sea hasta dos, aunque sea hasta cinco”. 

Fragmento de «Hagamos un trato», de Mario Benedetti

Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que escuché la voz de Mario Benedetti (1920-2006), recitando sus poemas en “El amor, las mujeres y la vida”, y el mencionado “Hagamos un trato”, que rescató una parte en la cabecera de este texto. La voz del poeta era muy íntima, cercana y transparente. Una emoción indescriptible que todavía recuerdo algunos días. Con el tiempo escuché sus poemas de la voz del gran Joan Manel Serrat, uno de los cantantes que mejor ha recitado poesía. Si no los han escuchado, hagánlo y verán que no hablo en vano, se darán cuenta que como han podido estar tanto tiempo sin conocerlo. Seguramente, si les gusta la buena poesía y la música, la escritura de Benedetti se convertirá en una compañía para esos días que todo cuesta tanto, y sobre todo, no se sentirán solos cuando la ausencia de alguien se haga demasiado presente. 

El estreno de una película como Benedetti, sesenta años con Luz, no sólo es un gran acontecimiento para la poesía y el amor, sino para todos los que la pluma del magnífico escritor ha acompañado en esos días que ustedes ya conocen. Su director es Andrés Varela (Montevideo, Uruguay, 1975), con gran experiencia en el mundo teatral, y coguionista de Mundialito (2010), y codirector junto a Sebastián Bednarik de Maracaná (2014), ambos sobre maravillosas gestas del balompié uruguayo. También dirigió, ya en solitario de El Delirio, los 100 años de la Cumparsita (2017), sobre el famoso tanto, amén de otros trabajos. Con esta película se asoma a uno de los grandes compatriotas, donde recoge los sesenta años de amor que el poeta mantuvo con Luz López, su mujer, su luz, y su todo, repasando sus primeros años, su amor, el fatídico exilio: en Argentina, Cuba y España y sus innumerables trabajos entre novelas, ensayos y poesía, una vasta literatura que abarca los 117 títulos. Todo bien documentado con un fantástico y depurado material de archivo que recoge fotografías, documentos, películas y demás found footage que aderezan con pulcritud, detalle y armonía la vida y el amor de Benedetti, sus alegrías y tristezas en una vida que pasó entre idas y venidas con su amor durante seis décadas. 

Varela sabe que tiene entre manos un material de primerísima calidad, y por eso sabe acompañarse de grandes técnicos y cómplices como los músicos Hernán González Villamil, que ya estuvo en Maracaná, que es asiduo del cineasta uruguayo Gustavo Hernández, y Anderson de Oliveira, que juntos consiguen poner ese toque, tan difícil, en la imagen y la voz de Benedetti, tan singular, tan cercana y tan de dentro. El cinematógrafo César Charlone, toda una institución en la cinematografía en el país sudamericano, con trabajos tan importantes con Fernando Meirelles en grandes títulos como Ciudad de Dios, El jardinero fiel y A ciegas, entre otros, y la reciente La uruguaya, de Ana García Blaya, consigue ese tono tan transparente y sencillo que hace de la película una experiencia muy cercana, como si nos la contarán al oído en susurros. El preciso y pausado montaje de Santiago Bednarik, otro habitual del documental uruguayo, ayuda a no sólo ver la película, sino a escucharla y sobre todo, a saborearla sin prisas con sus breves 80 minutos de metraje, con la sensación que nos deja de querer más, así que el trabajo está bien construido. 

En una película de estas características no podían faltar los testimonios de esas personas que conocieron y trataron tanto con Benedetti como con Luz como Pepe Mújica, el expresidente uruguayo, tan acertado y tan sereno en sus declaraciones y pensamientos, la actriz Nacha Guevara, que cantó algunos de sus poemas, al igual que el citado Joan Manuel Serrat, siempre tan claro, cercano y humano a la hora de hablar de otros, y sobre todo, de Benedetti, que conoció y trató con tanto cariño, como el escritor Juan Cruz, con el que trató en su etapa en Madrid, Hortensia Campanella, presidenta de la fundación del escritor, los músicos cubanos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, el actor Héctor Alterio, que protagonizó La tregua (1974), de Sergio Renán, basada en la novela de Benedetti, y otros amigos, familiares y demás que aportan su experiencia con ellos dos, su amor, y su experiencia vital, que aportan valiosos testimonios que hacen de la película un viaje muy emocionante por el convulso siglo XX de la mano de dos personas que se conocieron, se respetaron, se acompañaron, se hablaron, se cuidaron, y se inspiraron mutuamente, y finalmente, también se amaron, que es toda esas cosas citadas y muchas más que se desconocen. Descubran la película, y se enamorarán de la poesía de Benedetti, y de la mujer que la inspiró, y si no lo conocen tendrán esa inolvidable experiencia que es ver y sentir por primera vez algo que nos acompañará el resto de nuestras vidas y más allá, porque otros cogerán el testigo de la vida y obra de Benedetti, porque poetas como él nunca morirán mientras alguien siga leyéndolos y esta película es un buen comienzo para conocerlo y descubrirlo. Permítanme finalizar con el poeta con el último párrafo de “Hagamos un trato”: “No ya para que acuda, presurosa, en mi auxilio. Sino para saber, a ciencia cierta. Que usted sabe que usted puede contar conmigo”. Queda dicho, y ya saben. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Arctic Convoy, de Henrik M. Dahlsbakken

OCÉANO ÁRTICO, 1942.   

“Aprendí que el coraje no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. El valiente no es el que no siente miedo, sino el que vence ese temor”.

Nelson Mandela  

Si recuerdan la trama de Dunkerque (2017), de Christopher Nolan, situada en junio de 1940, en la que ante el poderoso avance del ejército nazi, más de 300000 soldados aliados, entre británicos y franceses, se veían rodeados sin escapatoria. Debido al dantesco panorama, el gobierno inglés hizo un llamamiento y cerca de 800 embarcaciones civiles acudieron al rescate y lograron sacar de las playas de Dunkerke a los soldados. Una hazaña que marcó un antes y después en el devenir de la guerra. Poco se ha contado de la participación ciudadana en la Segunda Guerra Mundial en el mar, y la película de Nolan es una buena muestra. También lo es la cinta de The Arctic Convoy (“Convoi”, en el original), de Henrik M. Dahlsbakken (Hamar, Noruega, 1989), en la que nos sitúa a bordo de un carguero que ha salido de Islandia con destino a Nurmansk y Arkhangelsk cargado de suministro bélico para el ejército soviético ante el arrollador avance nazi en el verano del 42. La cosa parece ir bien, escoltado por buques de guerra, pero las circunstancias hacen que deban seguir solos. 

A partir de un guion firmado por Lars Gumestad y Harald Rosenlow Eeg y Christian Siebenherz, que también actú como coeditor, que tienen en su haber libretos como Traicionados y El mar del norte, entre otras, nos colocan a bordo del carguero donde se desarrolla toda la trama, con dos pilares antagonistas. Tenemos a Skar, el capitán, un zorro marino que parece muy valiente y decidido en su cometido, frente a Mork, que lleva un par de años como marino, que tiene otra idea, más cautelosa ante las dificultades. Dos caracteres muy diferentes a bordo, en una cinta en la se impone un espléndido thriller psicológico de gran tensión y detalle, afinando mucho en las diferentes personalidades de la tripulación, como la telegrafista, de carácter frente a un espacio masculinizado, y los jóvenes, cada uno con sus procedencias y sentimientos. Tenemos la espléndida factura artística y técnica que suelen mostrar las producciones escandinavas, empezando por la dirección del mencionado Dahlsbakken, un realizador todoterreno que ha tocado todos los géneros, aunque más cómodo en el drama y el thriller, como demuestra en The Arctic Convoy, una buena muestra de cine donde encontramos drama, thriller, bélico y sobre todo, humanismo y muy personal. 

El director noruego se ha vuelto a rodear de sus cómplices más estrechos como el cinematógrafo Oskar Dahlsbakken, que le ha acompañado en toda su filmografía, con una estupenda y detallista luz, a medio camino entre la tiniebla y la densidad, creando esa atmósfera de inquietud que rodea a toda la película, como el preciso y rítmico montaje que firman el citado Siebenherz, junto a Elise Solberg y Kalle Doniselli Gulbrandsen, que mantiene con eficacia toda la tensión y el enfrentamiento entre los diferentes personajes y roles que se escenifican en las situaciones más duras. La excelente música de un experimentado compositor como Johannes Ringen, dando ese toque de tensión in crescendo y esa atmósfera turbia y densa. El gran plantel de intérpretes de la película consigue unas composiciones muy creíbles y de gran complejidad, donde asistimos a montañas rusas constantes donde los roles y las actitudes van mutando según avanzan los sucesos tan difíciles. Tenemos a Anders Baasmo como el capitán, que hemos visto a las órdenes de Nils Gaup, en La decisión del Rey, de Erik Poppe, a su lado, o frente a él, Tobias Santelman, el segundo de a bordo, protagonista de la serie Darkness, Heidi Ruud Ellingsen, la citada telegrafista tan fuerte como vulnerable, como todos sus colegas masculinos, y luego todo un ramillete de intérpretes que componen personajes complejos y naturales, como Jon Ranes, Adam Lundgren, Tord Kinge, Preben Hodneland, Jakob Fort y Olav Vaastad, entre otros. 

Des obra es conocida la tremenda popularidad que tienen las series escandinavas por nuestras plataformas, no es así con su producción cinematográfica, que cae por aquí a cuenta gotas, así que, que podamos disfrutar de una película como The Arctic Convoy, de producción noruega, no sólo resulta una gran satisfacción sino que, además, estamos ante una película bien construida, que recoge una parte desconocida para un servidor, de tantas historias de la fatídica Segunda Guerra Mundial. Estamos ante una de ellas, disfrutemosla y sobre todo, admiremos su arrojo y valentía, y el buen hacer, tanto artística como técnicamente, por su tono y relato que huye del manido heroísmo, o quizás podríamos decir, de la falsedad que acompaña al héroe, y toda la propaganda que se ha vendido, para construir un magnífico relato sobre el coraje, la valentía y todos esos héroes anónimos, héroes de verdad, los de carne y hueso, los que tienen miedo, y aún así, lo hacen, donde vemos a un grupo de personas enfrentadas a mil obstáculos que les pueden costar la vida, y a pesar de eso, o en contra de eso, se lanzan a hacerlo, no por heroísmo ni nada de eso, sino por ayudar a los otros, en un acto que nada tiene que ver con ser valiente, sino con un acto de humanidad, de ayudar al que lo necesita, en un acto de locura, sí, pero también, de humanidad que, en aquellos momentos, era más importante que cualquier otra cosa, incluso que la propia vida. La película de un suceso rescatado para el cine, cuántos habrán quedado en el olvido, por eso está muy bien reivindicar a estos civiles, por lo que hicieron y por lo que eran, a ellos y a los otros, y a todos que ayudaron con lo que tenían. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA