La juventud, de Paolo Sorrentino

poster_lajuventudEL DESENCANTO DE VIVIR.

El universo del cineasta Paolo Sorrentino (1970, Nápoles, Italia) está plagado de personajes maduros desencantados con la vida, inquilinos de su propia existencia, cansados de la futilidad de vivir y perdidos en su hastío existencial. Como le ocurría a Titta di Girolamo, el cincuentón aburrido que arrastraba su soledad viviendo en un hotel sin nada que hacer, ni tampoco sabiendo hacía donde ir en Las consecuencias del amor (2004), a Giulio Andreotti, el capo del estado italiano que se aferraba al poder por miedo a desaparecer en Il Divo (2008), y a Jep Gambardella, el periodista cansado que se movía entre la decadencia y la desesperación de una clase miserable e insustancial en La gran belleza (2013).

Sorrentino, que vuelve al idioma inglés, como hiciera en la fallida Un lugar donde quedarse (2011), se ha ido hasta los Alpes suizos, y ha situado su película en un hotel de vacaciones, donde nos encontramos a Fred Ballinger (maravilloso Michael Caine), un músico octogenario retirado que rechaza los cantos de sirena de la mismísima Reina Isabel II que quiere que dirija la orquesta para celebrar el cumpleaños del príncipe, le acompaña Micky Boyle (Harvey Keitel), su amigo de la infancia, cineasta, que con la ayuda de unos jovenzuelos guionistas, está metido en la construcción del guión que significará su testamento fílmico, junto a ellos, se suma Lena (Rachel Weisz), la hija del primero, que acaba de ser abandonado por su marido, hijo del segundo. También, se encontrarán con otro huésped, Jimmy Tree (Paul Dano), un joven actor que se halla inmerso en la preparación del personaje de su próximo trabajo, y para redondear el cuadro, las apariciones de Maradona, sometido a una cura, que arrastra su obesidad y asfixia, junto a los tiernos cuidados de su joven enfermera. Sorrentino nos sitúa en un balneario lujoso, rodeado de naturaleza y de un paisaje de belleza evocadora, en ese espacio de quietud y sin nada que hacer, el realizador italiano nos lo muestra de forma estilizada, donde lo visual se apodera del cuadro, no obstante, no deja que esa belleza nos cautive y sigue sometiendo a sus criaturas a sus inquietudes como cineasta, tratando temas que le continúan obsesionan, como la crisis existencial y artística, la decadencia de vivir, la futilidad de la existencia, la memoria y los recuerdos olvidados, el amor, las relaciones humanas y paterno-filiales, y la falta de deseos e ilusiones en la vejez, y el inexorable paso del tiempo, entre otros.

Michael Caine, Director Paolo Sorrentino, and Harvey Keitel on the set of YOUTH. Photo by Gianni Fiorito. © 2015 Twentieth Century Fox Film Corporation All Rights Reserved

Sorrentino no olvida a sus maestros, y como sucedía en La gran belleza, el universo Felliniano está muy presente en la película, encontramos las huellas de Guido Anselmi, el personaje que interpretaba Marcello Mastroianni, en 8 ½ (1963), el cineasta en crisis, que también paseaba su existencia en un balneario, donde repasaba su vida, sus amores, sus inquietudes, sus recuerdos y el tiempo que se extinguía a su alrededor, y otros personajes Fellinianos como los de Ginger y Fred, que bailaban en el ocaso de su vida rodeados de un mundo televisivo que había olvidado a sus referentes, o aquellos otros, de Y la nave va, que despedían al amigo durante una travesía en barco. Seres perdidos, que no encontraban, por mucho que buscaban, la verdadera existencia de la vida, y se refugiaban en sus sueños para soportar el peso vital. Sorrentino deja a sus personajes que hablen, que sientan el peso de su frustración, que naveguen por un camino sin sentido, que la espera de la desaparición sea lo más digna posible, o no. Los dos amigos evocan su vida, lo que hicieron, y dejaron de hacer, las mujeres que amaron, o creyeron amar, de un mundo que se extingue frente a ellos, al que ya no pertenecen, que les ha olvidado. Un mundo decadente y vacío, tanto para los que están en su ocaso como para los jóvenes, que no consiguen encontrarse a sí mismos, llenos de miedos e inseguridades, y disfrutar de su existencia, aunque sea así de superficial y solitaria. En un momento de la película, el personaje de Keitel, recibe la visita de Brenda Morel (extraordinaria Jane Fonda) que parece la Gloria Swanson de El crepúsculo de los dioses, una actriz fetiche para él, que le insta a dejar todo su propósito y en descansar de su cine y sobre todo, de sí mismo, porque su mundo ya ha desaparecido y jamás volverá. Quizás la idea de Sorrentino no sea otra, que sea cual sea tu vida, por muy placentero que pueda llegar a ser, con el tiempo, cuando seas mayor, ni siquiera se acordarán de ti, o por el contrario, tú ni te acordarás.

Mia madre, de Nanni Moretti

Mia-madreCOMPARTIR EL DOLOR.

En un momento de la película, Margherita, la directora de cine, contesta de forma estándar a la pregunta que le hace un periodista, de si su película concienciará al público. Otros periodistas se levantan y le formulan preguntas a la vez, la cámara avanza hacía Margherita y escuchamos sus pensamientos: “Ya, claro, el papel del cine… Pero ¿por qué sigo repitiendo lo mismo año tras año? Todos están convencidos de que entiendo lo que pasa, que puedo interpretar la realidad, pero ya no entiendo nada”. Un personaje perdido, que discute con sus emociones,  enfrentado a la enfermedad de su madre, es lo que plantea la última película de Nanni Moretti (1953, Brunico, provincia de Bolzano, Italia.).

El reputado cineasta ha fabricado  un sólido drama intimista, desarrollado en un ambiente familiar y cercano, en un espacio donde seguimos la cotidianidad de Margherita, una directora de cine, atractiva, de unos cuarenta años – que apoya su interpretación en su contundente mirada y silencios- en pleno rodaje de su nueva película, y visitando a su madre enferma en el hospital. Ella es un personaje huidizo, que le cuesta a aceptar a los demás, en plena crisis sentimental (acaba de romper con su novio, actor en su película) y creativa, no acaba de encontrarse cómoda con la película que está rodando, un film que habla sobre la compra de una fábrica por un americano y los trabajadores se encierran para mantener sus puestos de trabajo. Moretti se ha alejado de sus películas más ambiciosas como El Caimán (2006), donde construía un retrato muy crítico y sarcástico sobre Berlusconi, o Habemus Papam (2011), donde hablaba de la incapacidad del Papá para responder a su pontificado, interpretada por un maravilloso Michele Piccoli, para adentrarse en su cine más querido, un cine que hable de él, de su oficio, y de su familia. Unas referencias que nos remiten a Caro Diario, aquel cuento maravilloso que filmó hace más de dos décadas, un universo cinematográfico planteado a través de su propia vida, su trabajo y los seres queridos que le rodean.

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En 1998 filma Abril, donde sigue volcando sus obsesiones y planteamientos como cineasta a través de su familia y cotidianidad, o La habitación del hijo, rodada en el 2011, uno de sus grandes éxitos de crítica y público, donde una familia se desmoronaba emocionalmente a causa de la pérdida de su hijo. Ahora, siguiendo las directrices de esta última, allí la era la pérdida, aquí es afrontar la pérdida que va a producirse, Moretti vuelve a centrarse en su universo particular, aunque esta vez ha escogido a la actriz Margherita Buy para que lo interprete, pero sus obsesiones personales siguen ahí, ahora nos habla de su madre, una profesora de latín y griego, de su pérdida, y la experiencia de vivir una experiencia así. Se reserva el papel del hermano, alguien a quién no se le puede reprochar nada, y la hija de la directora, una adolescente en plena revolución hormonal. Moretti encierra a sus personajes en su querida Roma, y nos conduce por su película a través de la mirada de Margherita, una mujer que no se agrada, que su trabajo no le llena, y además, debe aceptar y superar la enfermedad de su madre. En su película número 12, Moretti nos sumerge en un sentido homenaje a su madre, a su memoria y al recuerdo que lo invade, formando un microcosmos de emociones complejas y difíciles, en un paisaje de emociones complicadas, un lugar retratado de forma sencilla y tierna, donde se permite la licencia de viajar por diferentes géneros y tonos, las secuencias cómicas e irónicas, muy de su gusto, están presentes a través de John Turturro, fantástica su interpretación, un actor americano, con pinta de italiano, que aparece como una exhalación aportando las dosis de locura y comedia a la película, desbordándolo todo con su peculiar forma de vivir e interpretar, y le sirve para homenajear a su querida Roma y al Fellini de los 60 con Ocho y medio o La dolce vita. Una obra de un cineasta que maneja a sus personajes de manera íntima y edifica sus películas a través de los detalles, creando un mundo donde se mezclan de forma admirable la fantasía, los recuerdos y los sueños. Un cine crítico con la sociedad de su tiempo, aparentemente ligero, pero que esconde múltiples capas, donde retrata las complejidades y dificultades de la vida, el paso del tiempo, y el oficio de cineasta que tanto ama.

El hijo de Saúl, de László Nemes

El_hijo_de_Sa_l-670313002-largeREPRESENTAR EL HORROR.

«Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie.»

Theodor Adorno

Después del holocausto nazi, el cine (como cualquier otra arte) tiene pendiente la cuestión de cómo representar el horror que aconteció en aquellos lugares de terror y barbarie. Noche y niebla, de Resnais, abrió el camino de cómo replantearse cinematográficamente las imágenes de archivo y cómo filmar en su momento aquellos centros de la monstruosidad, a sí mismo, Lanzmann invirtió 10 años de su vida para filmar Shoah, que logró presentar en 1985, su camino fue diferente, se apoyó en la palabra como vehículo para representar el horror nazi. Godard se manifestaba en la falta de compromiso con las imágenes de lo que allí sucedió. La cuestión formal sobre la manera de afrontar la representación del horror es una de las incertidumbres que el cine, como forma de expresión, tiene todavía que resolver.

El debutante László Nemes (Budapest, Hungría, 1977) – asistente de Béla Tarr en el segmento Visiones de Europa y en el film El hombre de Londres – ha emprendido un camino diferente, una forma de afrontar la representación del horror a través de lo que no vemos, y sólo escuchamos. La primera imagen de la película deja claras sus intenciones formales y artísticas. Arranca la acción con una imagen borrosa de un campo por la mañana, mientras escuchamos el ruido ambiente, casi ininteligible, alguien se acerca, y lentamente, vamos viendo un hombre y luego un rostro. Estamos en Auschwitz, en 1994, y el hombre es Saúl Auslander, un hombre con el rostro impertérrito, de mirada ausente y gacha, se mueve como un autómata, se trata de un trabajador en un sonderkommando, los prisioneros que eran esclavizados a trabajar por los SS, en conducir a los deportados hasta las cámaras de gas, donde los obligaban a desnudarse y luego los introducían en el interior donde morían, luego, recogían sus cadáveres, los transportaban a los hornos crematorios, y limpiaban las cámaras, y las dejan preparadas para el próximo convoy. Los turnos eran extenuantes, se trabajaba a un ritmo brutal en esa fábrica de la muerte y el horror.

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Nemes resuelve su cuestión moral, colocando su cámara enganchada a Saúl, – como hacía Klimov en su magnífica Ven y mira – recorremos ese mundo pegados a su nuca, vemos ese mundo laberíntico y claustrofóbico a través de sus ojos, a través de su mirada carente de humanidad, un mundo donde sobrevivir es una cuestión de suerte, nada más. El joven realizador húngaro resuelve la cuestión de la representación a través de dejar desenfocado la profundidad de campo, y capturando todo lo que queda fuera del cuadro a través del sonido, sin espacio para la música diegética, sólo ese sonido atronador, donde se mezclan los diferentes lenguajes que allí se hablan, los gritos de auxilio, las órdenes de los SS, que apenas vemos, todo se mezcla, todo es confuso. Nemes nos sumerge durante dos jornadas en el abismo del horror, en un espacio fílmico orgánico, a través de la fragmentación, nos introduce mediante tomas largas en ese mundo inhumano, donde no hay tiempo para pensar, todo va ocurriendo de forma mecánica, sin respiro, sin tiempo para nada. Nemes se aleja de esos filmes ambientados en campos de concentración, donde dan protagonismo a las historias heroicas y de supervivencia, con múltiples puntos de vista, dejando un aliento de esperanza a lo que se cuenta. Aquí no hay nada de eso, no hay espacio para lo humano, o hay tan poco que apenas se percibe.

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El cineasta ha empleado una cámara de 35 mm, y un formato de 4:3, filmando con una lente de 40 mm, para registrar ese submundo sin vida, completamente deshumanizado, para que no veamos directamente el horror, que nos lo imaginemos, que reconstruyamos el horror en nuestro interior, o al menos una parte. El conflicto que plantea la película es muy sencillo, casi íntimo, en un instante de su infernal jornada, Saúl cree identificar a su hijo muerto, en ese momento, da inicio a su vía crucis particular, aparte del que ya vive a diario, centrado en recuperar el cadáver, encontrar un rabino para que le rece el kaddish y así, darle un entierro digno. Esa idea, de extrema y compleja  ejecución,  lo lleva a enfrentarse a la resistencia del campo, que no ven necesaria su causa, y le piden que se centre en el objetivo de resistir y enfrentarse a los SS. Nemes ha parido una obra brutal y magnífica, donde el espejo del horror se nos clava en el alma, se acerca a ese espacio de barbarie de forma contundente y ejemplar, teje una obra de inmensa madurez fílmica, a pesar de tratarse de su primer largometraje. Un proceso exhaustivo de documentación de las formas y cotidianidades de trabajo de estos comandos del horror, han hecho posible no sólo una película que nos habla de un ser que, a través de su fin intenta sobrevivir moralmente en ese espacio del vacío, donde no hay nada, ni hombres ni seres humanos, – resulta esclarecedora la secuencia con la mujer en el barracón, el silencio se impone, no hay palabras, sólo miradas -. La película de Nemes se erige como una obra humanista, moral y necesaria, sobre la memoria y nosotros mismos, donde asistimos a una experiencia brutal como seres humanos. Como nos contaba Primo Levi – superviviente de Auschwitz – en su obra Si esto es un hombre, donde recordaba los días en los campos de exterminio, donde no había tiempo, de los que allí encontraron la muerte, y los otros, los que lograron sobrevivir, los que tienen la obligación de contar lo que vieron.

Los odiosos ocho, de Quentin Tarantino

581051UNA CABAÑA EN WYOMING.

La 8ª película de Quentin Tarantino (Knoxville, Teneessee, 1963), como rezan sus créditos, arranca de forma lacónica, y casi podríamos añadir, con una imagen mítica del género. Un encuadre de Jesús crucificado – que parece anticipar el destino de los personajes- donde irán apareciendo los títulos, da paso a esa imagen de la que hablábamos, una diligencia se aproxima hacía nosotros, que recuerda a aquella de Ford, ahora no cruza el desierto inhóspito plagado de indios, sino las montañas nevadas de Wyoming, unos años después de la Guerra de Secesión. El talentoso cineasta estadounidense parece retomar algunas situaciones y formas de su ejemplar debut, Reservoir dogs (1992), en aquella nos sumergía en el alma de un grupo de desalmados ladrones que medían sus cuentas en un almacén, un único escenario y rodeados de seres malcarados, es el viaje al infierno que nos propone Tarantino en su última película.

Mantiene algunas líneas formales y argumentales de su anterior película, Django desencadenado (2012), donde un esclavo negro ayudado por un cazarecompensas alemán, decide liberar a su mujer de las garras de un esclavista sanguinario. Los odiosos ocho, transcurre en el mismo período que la anterior, aunque esta vez, el paisaje ha sufrido una gran variación, de las cálidas tierras del sur, de plantaciones de algodón de Mississippi nos ha trasladado al norte, a las montañas nevadas de Wyoming. En la diligencia en cuestión, viaja un desconfiado cazarecompensas, John Ruth, apodado “La Horca”, porque sus capturas siempre acaban en ese trance, lleva consigo, y literalmente, esposada a él, a Daisy Domergue, una asesina que será ajusticiada en Red Rock, por el camino, se encuentran a otro colega del negocio, Marquis Warren, un negro veterano del ejército yanqui, de verborrea inteligente, lleva consigo una carta del mismísimo Lincoln, que utiliza como salvoconducto, se les añade en el camino, Chris Mannix, un tipo despistado del ejército confederado. Una tormenta de nieve les obliga a detenerse en la parada de diligencias llamada “La mercería de Minnie”. Allí se encontrarán a Bob, un mexicano parco en palabras, a Oswaldo Mobray, un hombrecito con pintas de inglés refinado que dice ser el verdugo de Red Rock, a Joe Gage, que apenas masculla alguna palabra, pero lo anota todo lo que sucede en su cuaderno, y finalmente, a Sandy Smithers, un anciano veterano general de los Confederados. Presentados los contrincantes de este juego macabro que, lentamente se irá convirtiendo en una trama de suspense a lo Hitchcock, donde nunca sabremos quién dice la verdad y quién miente.

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Tarantino es un magnífico cineasta de ambientes tensos, donde la violencia va in crescendo, sabe manejar este tipo de situaciones donde el suspense se apodera del relato y las acciones dejan paso a los diálogos. También, maneja de forma ejemplar, a sus intérpretes, los mueve de forma cadenciosa por el decorado, situándolos en el lugar que mejor los describe, y sin prisas, nos los va presentando, y a su debido tiempo, dotándoles del protagonismo que se merecen. Todo tiene que ocurrir de forma que el espectador no pierda la atención y el interés por lo que se cuenta. El western, género por excelencia que tradicionalmente ha representado la historia de los Estados Unidos del momento, desde los clásicos, donde los indios eran los malvados, en los 50, el ideal americano, donde en algunos los indios empezaban a tomar otro tipo de protagonismo, en los 60, los spaguetti, y en los 70, los pacifistas y crepusculares, para volver, en plena era Reagan, a la épica y el establishment. La película de Tarantino se puede también ver desde el punto de visto político de la situación actual de los EE.UU. y los problemas raciales de los últimos años. En su película, no faltan las alusiones a este tema y demás cuestiones, el único negro de la función, suelta cosas como “Los blancos sólo se mantienen protegidos cuando los negros no llevan armas”, y cosas del estilo. Tarantino ha hecho un película espectacular, mantiene sus dosis de violencia desatada tan habituales en su cine, quizás aquí no es irónica, es bruta y sucia, con los años, y las películas, el director estadounidense ha filmado la violencia con más dureza y horrible, quizás el país y sus acontecimientos le han obligado a mirarla de esa forma.

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Sus “odiosas” criaturas viven en un mundo atroz y salvaje hasta la saciedad, nada ni nadie está a salvo, aunque vaya armado, todos desconfían de todos, todo mienten como bellacos, el ambiente se ha vuelto malsano e irrespirable, parece que la única forma de salir con vida del entuerto es liarse a tiros con todos, y tener alguna posibilidad por mínima que sea. Tarantino vuelve a contar en el score con Morricone, que fabrica una banda sonora elegante y envolvente, “marca de la casa”, contribuyendo a crear esa atmósfera que acabará en ese descenso a los infiernos sin fondo, en este viaje terrorífico de malvados y deshumanizados que tienen el gatillo fácil. Tarantino vuelve a ponerse a las órdenes de sus habituales productores, los Wenstein, y el cinematógrafo Robert Richardson, habitual de Stone y Scorsese, que realiza el cuarto trabajo junto al director de Knoxville, ahora el reto ha sido filmar en Ultra Panavision 70 mm (la última película filmada con este formato fue Kartum, en 1966), que consigue filmar todo el esplendor de los exteriores con la belleza de la nieve y la diligencia, sino en captar esa intimidad que se desarrolla en el interior de esa cabaña, que acapara dos tercios del metraje. El plantel de intérpretes, plaga de colaboradores, destaca la presencia del inmenso Samuel L. Jackson, con sus dosis de ironía y sarcasmo, y los Russell, Madsen, Roth, Dern, el mexicano Bichir, y la sorpresa de Goggins, y sobre todo, la brutalidad física y animal de la única fémina del cuadro, Jennifer Jason Leigh, avasalladora y magnífica perra inmunda que hará lo que sea para salvar el pellejo. Tarantino vuelve a enamorarnos con una obra magnífica, una elegante pieza de cámara de ritmo endiablado que no olvida a sus referentes (Corbucci, Leone, Hawks, Peckinpah, Godard…), que se saca licencias como la inclusión de una apertura, o un “intermedio”, donde detiene su película 15 minutos, y al volver, con su propia voz, nos explica todo lo ocurrido mientras descansábamos. Un director sobresaliente que pare películas entretenidas, – la película alcanza las 3 horas dominando un ritmo que va desde lo clásico a lo posmoderno sin un ápice de escapismo ni adorno de cara a la galería- películas comprometidas socialmente, de su tiempo, y sobre todo, películas profundas y personales, contadas desde la autoría que Tarantino tanto ama y reivindica de los maestros y del cine que hacían.

Encuentro con Isabel Coixet

Encuentro con la cineasta Isabel Coixet, con motivo de la programación en la Filmoteca de Catalunya de la retrospectiva íntegra de su obra, y el ciclo Dones (Bastant) perdudes, elegido por ella. El evento tuvo lugar el lunes 11 de enero de 2016, en la cafetería de la Filmoteca de Cataluña.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Isabel Coixet, por su tiempo, conocimiento y sabiduría, y a Pilar García de Comunicación de la Filmoteca, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su paciencia, amabilidad y cariño.

En el sótano, de Ulrich Seidl

bigtmp_31103LA HOGUERA DE LAS MISERIAS.

El enfermizo imaginario austríaco (recordamos los casos de la última década, el de Josep Fritzl, que secuestró y violó a su hija durante 24 años, o el de Natascha Kampusch, que fue secuestrada y violada durante 8 años por un psicópata, todos ocurridos en los sótanos de las casas) ha sido explorado de forma crítica y profunda, tanto por la literatura, de la mano de los novelistas Elfriede Jelinek y Thomas Bernhard, y por el cine, por la mirada del director Michael Haneke. El universo cotidiano, siniestro y delirante del cineasta Ulrich Seidl (1952, Viena) también ha profundizado en ese mundo oculto, en ese espacio doméstico fuera del alcance público, ese lugar donde las partes más oscuras de la condición humana se materializan y dejan paso a la imaginación más retorcida y depravada.

Desde que debutase, el cine de Seidl se ha sumergido, tanto en el terreno de la ficción como el documental, en estos lugares y oscuros de la naturaleza humana, recordamos sus célebres documentos sobre el cariño enfermizo hacía las mascotas en Animal Love (1996), o la mirada crítica y superficial del mundo de las modelos en Models (1999), así como en la estupidez y paradoja de una Europa a la deriva y sin moral que retrataba en Import/Export (2007), donde unos inmigrantes cambiaban sus países de origen, Ucrania y Austria, para seguir soportando unas vidas miserables, o su penúltimo trabajo hasta la fecha, la trilogía Paraíso, compuesta por Amor, Fe y Esperanza, donde a través del retrato de tres mujeres de la misma familia que viajaban escapando de su soledad, pero se daban de bruces con la triste realidad, una, viajaba inocentemente a Kenia en busca del amor romántico, otra, abraza de forma aterradora la evangelización, y la última, una adolescente que se trasladaba a un campamento con la idea de adelgazar.

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En su último trabajo, el realizador austríaco centra su mirada en los sótanos de las casas, de esa clase media acomodada, y nos muestra de forma honesta y directa que ocurre en esos espacios. Tenemos a nazis nostálgicos que tocan en una banda y se emborrachan, a señoras que guardan celosamente bebés de látex que cuidan y miman como si se trataran de sus hijos, a enfermos de las armas que además son cantantes frustrados de ópera, a obsesionados con el ejercicio físico, a cazadores que exhiben sus presas disecadas con orgullo, a los que se excitan sólo con prostitutas practicando juegos sexuales de dominación o sadomasoquistas que tienen todo un espacio dedicado a dar rienda suelta a sus deseos sexuales más profundos y reprimidos. Seidl retrata todo ese universo de forma onírica, casi banal, donde lo grotesco y el delirio se apoderan de la imagen, pero en otros momentos, las situaciones extremas nos llevan a reflexionar sobre la banalidad, la hipocresía, la soledad inmensa del mundo moderno, la crudeza y lo terrorífico de los escenarios (algunos decorados de forma kitsch) y la realidad de la represión moral y sexual en la sociedad en qué vivimos. Seidl lo filma de forma muy estilizada, desde el interior de estos espacios, exceptuando algún que otro exterior, su mise en escène está compuesta a través de cuadros, planos frontales o compuestos desde ángulos, estáticos, donde sus personajes son coreografiados de forma antinatural, sólo con música diegética, marca muy personal de su cinematografía, donde los personajes, solos o en compañía miran a cámara en silencio durante un rato, y en otros, explican sus deseos y cómo los practican, observándonos o siendo observados, forma que nos recuerda a la utilizada por el cineasta Roy Andersson, otro director que explora las miserias ocultas de los seres humanos. Seidl sazona su obra de un humor críptico, da risa del daño que hace, no juzga a sus criaturas, simple y llanamente las muestra, cómo las observa él, con esa mirada ácida y retorcida, en sus espacios de confort, en esos lugares donde son ellos mismos, alejados de ese mundo hipócrita, materialista y deshumanizado.

Grecia: reinventarse para sobrevivir, de Elena Zervopoulou

untitledLA DIGNIDAD DE LOS NADIES.

El arranque de la película nos sobrecoge de manera directa, situándonos de forma contundente y golpeándonos de bruces con la durísima realidad a la que tuvieron y tienen que enfrentarse los ciudadanos griegos. A comienzos de la primavera de 2010, el gobierno griego, acosados por los acreedores alemanes, se vieron obligados a anunciar un período terrible de recesión, donde se adoptaban medidas de ajustes y recortes en todo tipo de derechos laborales y sociales, situación que llevó a la ruina moral y física a miles de griegos. La debutante Elena Zervopoulou, formada en Antropología y Cine Documental, y con diversas experiencias en proyectos para ONGs y demás colectivos y asociaciones solidarias, sitúa su foco de atención en tres personas muy perjudicadas por estas medidas, tres individuos que tuvieron que empezar de cero, reinventar su vida laboral para seguir con dignidad a pesar de las tremendas dificultades económicas.

La cineasta griega se centra en Grigoris, un padre de familia que decide dejar Atenas y trasladarse a la región del Peloponeso a trabajar la tierra y ganarse así su sustento, después, tenemos a Giorgos, un hombre de mediana edad, compositor y músico, que una serie de circunstancias adversas, lo llevaron a vivir en la calle, y ahora, después de ese período, trabaja para una ONG que ayuda a salir a los que se encuentren en la situación que él estuvo. Y finalmente, conocemos a Ilías, profesor universitario y activista, que junto a otros colaboradores funda y trabaja para “el movimiento de la patata”, un colectivo de personas que decide comprar alimentos de primera necesidad directamente a los productores, sin contar con los intermediarios, creando una red solidaria que lucha contra los precios abusivos de los supermercados. Zervopoulou recoge el espíritu de aquel cine latinoamericano documental que, denunciaba de forma honesta y sincera, las salvajes situaciones que vivían los ciudadanos, los trabajos de nombres tan importantes como Miguel Littín o Pino Solanas, entre otros. Un cine humanista que profundizaba en las razones económicas y políticas que llevaban a la población a subsistir de manera tan precaria e indigna.

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La realizadora helena sigue con su cámara la cotidianidad de sus tres cabezas visibles, su lucha diaria, como se enfrentan a los problemas de los demás y propios, una lucha contra ese organismo europeo más preocupado de la moneda y de financiar su economía, que del pueblo que reclama sus derechos. Un cine combativo, alejado de artificio y aspavientos, sólo personas humanas, de la calle, que podrían ser cualquiera de nosotros, como nos recordaban las comedias de Capra, esa gente que se cruza con nosotros cada día, que lo han perdido todo, y tienen que empezar desde abajo, con la ayuda del otro, que se encuentra en su misma situación, protestando contra su gobierno, empeñado en obedecer la injusticia europea, y no escuchar a su pueblo sin trabajo y hambriento. Zervopoulou huye del reportaje televisivo, muestra los hechos y las personas que los viven, no juzga ni tampoco se posiciona, muestra sus historias y lo que hacen, la directora documenta unos hechos que están sucediendo y se mantiene junto a ellos, respetándolos y sobre todo, sin caer en la demagogia en la que suelen caer habitualmente este tipo de trabajos, donde se explican situaciones de dignidad y solidaridad, ante todo se nos hace un retrato humano de personas que luchan contra unos elementos poderosos hostiles que les conducen al abismo, y cómo encuentran un resquicio de luz ante tanta adversidad, para seguir levantándose cada día y seguir trabajando para vivir dignamente.

Entrevista a Hubert Sauper

Entrevista a Hubert Sauper, director de «We come as friends». El encuentro tuvo lugar el viernes 20 de noviembre de 2015, en la terraza de la cafetería del CCCB de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Hubert Sauper, por su tiempo, generosidad y simpatía, a Marta y Laura de La Costa Comunicació, por su amabilidad, paciencia y afecto, y al equipo de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, por tomar la fotografía que ilustra la publicación, y por acogerme con tanto cariño y hacerme sentir tan bien, en un festival tan necesario, emocionante y vital.

La primera película. Ideas y experiencias de filmación y producción/ La Sala de los Cineastas.

Evento organizado por la Unión de Cineastas. Bajo el título «La primera película. Ideas y experiencias de filmación y producción», conversación sobre los proyectos de Carla Simón, «Verano 1993», de Meritxell Colell, «Tierras de soledad», y de Elena Martín, «Julia Ist», y la experiencia de producir a debutantes de los productores Sergi Moreno, de Lastor Media, y Artiz Cirbián, del Colectivo Niu d’Indi. Moderados por la cineasta Mar Coll. El encuentro tuvo lugar el martes 15 de diciembre de 2015, en el Cine Zumzeig, en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carla Simón, Meritxell Colell, Elena Martín, Sergi Moreno y Artiz Cirbián, por su tiempo, generosidad y simpatía, al equipo de Unión de Cineastas, en especial a Mar Coll y Cristina Silvestre, por su paciencia, amabilidad y cariño, y al Cine Zumzeig, por apoyar la causa y dar visibilidad a este tipo de eventos.

Entrevista a Ion de Sosa

Entrevista a Ion de Sosa, director de «Sueñan los androides». El encuentro tuvo lugar el viernes 20 de noviembre de 2015, en la Plaza de Joan Coromines de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ion de Sosa, por su tiempo, generosidad y simpatía, a Marta y Laura de La Costa Comunicació, por su amabilidad, paciencia y afecto, y al equipo de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, por acogerme con tanto cariño y hacerme sentir tan bien, en un festival tan necesario, emocionante y vital.