The Farewell, de Lulu Wang

UNOS DÍAS CON LA FAMILIA.

“Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera.”
León Tolstói

La película se abre anunciándonos que se trata de “una mentira real”, una mentira que experimentó la directora Lulu Wang en sus propias carnes, cuando al descubrir que su Nai Nai (abuela en mandarín) tenía una enfermedad terminal y la familia decidió ocultárselo. A partir de esa experiencia familiar, Wang, nacida en Beijing, China y emigrada a los Estados Unidos con 6 años, tuvo la necesidad de contar la historia familiar en forma de audiocomentario que se escuchó en un episodio de This American Life titulado Lo que no sabes. De esa primera incursión en su familia, nació The Farewell, su segunda película después de Posthumous (2013) en la que también explicaba otra mentira, la que oculta un artista que ve como la noticia errónea de su suicidio revaloriza su carrera. En su segundo largo, Lulu Wang aborda un relato anclado en la familia, en una familia muy peculiar ya que los dos hermanos, hijos de Nai Nai, han emigrado de China, uno a Japón y el otro a EE.UU.

La familia instalada en Estados Unidos tiene una hija Billi, convertida en alter ego de la directora e hilo conductor en esta historia que nos habla de aquellos lazos invisibles que unen a las familias, los choques culturales y generacionales, el arraigo de las tradiciones ancestrales y la forma que han ido cambiando según la familia, y sobre todo, nos habla de una despedida, de decir un adiós sin decirlo, de convocar a toda la familia con la excusa inventada de una boda, que esconde un fin aún mayor y más complejo, el de compartir los últimos días con la matriarca familiar. Lulu Wang se mira en el espejo de otro compatriota cineasta como Wayne Wang (Hong Kong, China, 1949) que también ha abordado las relaciones familiares de los chinos-estadounidenses en películas como El club de la buena estrella, La princesa de Nebraska o Mil años de oración, entre otras, y lo hace de manera elegante, sobria y magnífica, llenando su película de intimidad, cercanía y cotidianidad, con una extraordinaria interpretación de Awkwafina que compone una soberbia Billi, la artista que no logra triunfar en la “tierra de las oportunidades” y mantiene una existencia desordenada y perdida, a la que su vida da un vuelco cuando se entera de la fatal noticia de su abuela, con la que mantiene una relación muy estrecha.

La vuelta a China de Billi, una vuelta a sus orígenes, aunque sean tan lejanos y con recuerdos muy distorsionados, con lugares que quedaron en el olvido, se encuentra con una situación diferente a la que esperaba con la decisión familiar de ocultar la enfermedad a la abuela, situación que llevará a Billi a cuestionarse sus propios principios y los de sus familiares, acentuando esa forma tan diferente de aceptar y vivir el conflicto que ha estallado en las ideas de la joven china-estadounidense. Wang no se centra en la tristeza de la familia, sino que lo marca sin profundizar, porque a la directora chino-estadounidense le interesa más las relaciones humanas, los diferentes puntos de vista con el conflicto existente, y sobre todo, el grandísimo choque cultural entre unos y otros, en el que Billi pivota en el medio de todos, perpleja ante la decisión familiar y experimentando ese proceso de aceptación ante algo que considera gravísimo, el hecho de ocultar la enfermedad a alguien que va a morir.

De la mano de Billi, no sólo conoceremos a todos los integrantes de esta peculiar familia, acaso no todas las familias lo son, con sus existencias, dificultades, deseos y conflictos, tan variopintos y diferentes, sino que también haremos un recorrido por esa China tan cambiante y encaminada a un capitalismo feroz y arrasador, donde la joven no verá tantas diferentes con el ambiente capitalista occidental de Estados Unidos, donde si verá el choque más enraizado será en la forma de afrontar la tristeza y los conflictos entre los componentes de su familia donde sí que todos van a una y se parecen demasiado. La directora tiene tiempo para tomarse a sus personajes y el conflicto que plantea de forma ligera y nada traumática, a partir de ese arraigo de las tradiciones que tienen en los países asiáticos, como aseverará el tío de Billi en contraposición a los países occidentales, y también, con un sentido del humor que en ocasiones rayará lo absurdo y lo excéntrico como las mejores comedias de los hermanos Marx o Jerry Lewis.

Lulu Wang ha construido una obra estupenda, sincera y llena de múltiples capas, con resonancias dramáticas a las que planteaba Mar Coll en su estupenda Tres dies amb la familia, que va descubriéndose a partir de las relaciones entre sus personajes, en la mejor tradición del cine de Ozu, donde padres e hijos chocan entre lo tradicional y lo moderno, en la que ha contado con un atractivo y convincente reparto donde podemos encontrar destacadas figuras del cine chino-estadounidense como Tzi Ma, Diana Lin, Zhao Shuzhen, A Mayo, entre otros, que dan vida a una familia llena de diferencias culturales y personalidades, pero que saben formar un conjunto para despedirse de la abuela sin decirlo, montando una verdad que no es verdad, pero que todos la toman como tal, situación que explica con suma delicadeza y detalle la película, interpelando constantemente al espectador, colocándolo en esa tesitura moral y removiendo de forma crítica todas nuestras ideas y creencias respecto a la familia, las tradiciones, la muerte y las relaciones humanas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las niñas bien, de Alejandra Márquez Abella

SE ACABÓ EL PASTEL.

“Los cubiertos de plata. El gran Magnier. Las copas de vino blanco. No me convencen los alcatraces, quiero que me los cambien por tulipanes. Le pido a Mari que le pegue sesenta veces al pulpo porque si no queda duro y es una tristeza. Hay una mariposa negra en la pared de la sala. El jardinero me dice que hay que dejar que se salga sola si no es de mala suerte. Es mi fiesta de cumpleaños. Traigo el vestido marfil que me compré en Nueva York. La casa está preciosa. Llena de gente. Todos me miran. Entre los invitados está Julio Iglesias, se me acerca, me dice que me ama, me toma la mano, me lleva con él a España y vivimos en El Corte Inglés”.

La protagonista de la película se llama Sofía de Garay, casada con un heredero acaudalado y madre de tres hijos pequeños. Sofía es la perfecta anfitriona, ambiciosa, altiva, soberbia y obsesionada con las apariencias y los bienes materiales y la imagen personal. Su vida se reduce a contentar a su marido, ordenar a su servicio, jugar al tenis en el club con sus amigas, asistir a eventos sociales y sobre todo, comprar con el dinero del marido, cuidando al detalle en la burbuja que habita.

Un día, la crisis económica estalla en el México de 1982, encendiendo la mecha de que todo ese mundo de Sofía de Garay tiene los días contados, ha empezado a desmoronarse, pero Sofía seguirá aparentando tranquilidad y paz ante sus conocidas, como si nada estuviera pasando, como si todo su universo quedase intacto ante los problemas económicos. Después de Semana santa (2015) primer largo de Alejandra Márquez Abella (San Luis Potosí, México, 1982) en el que retrataba un viaje familiar que sacaba a la luz tantos secretos reprimidos, que tuvo un gran recorrido internacional, vuelve a la dirección con Las niñas bien, basada en la novela homónima de Guadalupe Loaeza, en la que se lanza al convulso año 1982 para contarnos a modo de crónica social y personal la decadencia de una señora de altos vuelos, contando al detalle las miserias de una clase pudiente mexicana autodestructiva y derrochadora, que ve impotente desmoronarse su castillo de marfil, con un marido inmaduro y cobarde en pleno colapso mental y físico, y unos hijos que empiezan a hacer demasiadas preguntas incómodas con las que Sofía nunca llegó a imaginar.

La directora mexicana nos cuenta su película a través de la mirada de Sofía de Garay, una de esas señoronas insoportables y superficiales que tanto habitan en esos espacios de riqueza abundante y poco más. Una mujer que cuida todos los detalles superfluos y aparentes que tanto se valoran en su mundo, en ese universo alejado de la realidad, ajeno a todos los problemas, o quizás no tanto, como demostrarán los acontecimientos que Sofía se niega a ver, a continuar con su mentira cuando la realidad comienza a ser devastadora. Ese mundo de cuento, de pétalos de rosas, música romántica y champán, al ritmo de la música de Julio Iglesias, con el que Sofía fantasea con una vida al lado del cantante y viviendo en hoteles de lujo, caviar y en El Corte Inglés. La estética naif y pop alimentan el mundo de Sofía, y le quitan amargura y oscuridad a la película, llevándola a ese terreno donde los personajes resultan caricaturas de sí mismas y constantemente el relato cuida los detalles para no caer en la burda crítica o el ensañamiento gratuito, sino describiendo con precisión quirúrgica y aplomo los distintos movimientos y conflictos en los que se va encontrando la caída sin remedio del mundo de Sofía.

Una actriz elegante, inmensa y cercana como Ilse Salas era la guinda del pastel, llevándonos con esa naturalidad que nos sobrepasa, conduciéndonos desde el primer instante, como ese espectacular arranque con esa voz en off, la peluquería y la descripción de los detalles de la fiesta, así como sus movimientos y su forma de mirar a esos invitados que tanto odia, pero a la vez, tanto necesita para seguir reinando en su trono. Márquez Abella ha conseguido hilvanar una película grandiosa a partir de los pequeños detalles, de aquellos que son imperceptibles para el espectador, creando ese universo de apariencias, superficialidad y de vacíos, peor haciéndolo con elegancia, clase y sobriedad, sin convertir a sus personajes en meras figuras, sino yendo mucho más allá y describiendo con valentía y profundidad todo ese mundo clasista que tanto ha vivido en México, y desgraciadamente, en tantos otros países, donde viven ajenos a toda la realidad social, y es de agradecer que la película retrate a una mujer y su reino de cristal romperse, desmoronarse y caerse sin remedio, y cómo la va afectando y lo que trata de mentir y falsear en su círculo social, haciendo creer lo inevitable, agarrándose a la última puerta lujosa aunque ya no quede ni rastro material de la vida que tuvo y sobre todo, de ella misma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Presentación de la XIII Mostra de Cinema Àrab i Mediterrani de Catalunya

Presentación de la XIII Mostra de Cinema Àrab i Mediterrani de Catalunya, con la presencia de Txell Bragulat, directora de la Mostra, Léa Morin, Esteve Riambau, director Filmoteca, Léa Morin, investigadora y Sarra Abidi, directora, en la Filmoteca de Catalunya, el jueves 7 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Txell Bragulat, Esteve Riambau, Léa Morin y Sarra Abidi, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, a Jordi Martínez de Comunicación Filmoteca, y a Ana Sánchez y Tariq Porter de Trafalgar Comunicació, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Cuando fuimos brujas, de Nietzchka Keene

LO HUMANO Y LO DIVINO.

“Bajo un árbol de enebro, cantaban esparcidos los huesos relucientes. Estamos satisfechos de estar desperdigados, no hicimos nada bueno los unos por los otros. A la fresca del día, bajo un árbol, con la anuencia de la arena, En olvido de sí mismos y de los otros, juntos en el silencio del desierto”.

T. S. Elliot (Fragmentos de Miércoles de ceniza)

Sayat Nova. El color de la granada (1969) de Serguei Paradjanov, Mysterious object at noon (2000) de Apichatpong Weerasethakul,  Ikarie XB 1(1963) de Jindřich Polák, Grandeza y decadencia de un pequeño comercio de cine (1986), de Jean-Luc Godard, son algunos de los títulos inéditos en nuestras pantallas que, gracias a la hermosísima iniciativa de Capricci Cine han tenido una segunda vida. En este tan heterogéneo y singular grupo de películas se añade Cuando fuimos brujas, de Nietzchka Keene (Boston, Massachusetts, EE.UU., 1952 – Madison, Wisconsin, EE.UU., 2004) filmada en 1986 la película se pudo terminar en 1990, tuvo un recorrido exiguo y cayó en el olvidó. Tres décadas después llega a la gran pantalla un relato filmado en blanco y negro, y en inglés, con localizaciones en los paisajes volcánicos de Islandia, que significó el debut como actriz de Björk (Reikiavik, Islandia, 1965) entonces llamada Björk Guðmundsdóttir.

La directora estadounidense se sirve de guía del cuento Del enebro, de los hermanos Grimm, para contarnos un relato iniciático anclado a finales de la Edad Media, protagonizado por Margit, una niña de 13 años que huye de su pueblo junto a Katla, su hermana mayor, cuando queman a la madre por brujería. Las dos mujeres encuentran acomodo y un hogar con Jóhann y su hijo pequeño Jónas, que todavía vive muy presente el recuerdo de su madre fallecida, y al que la presencia de Katla, le desestabiliza y la acusa de bruja. Entre Margit y Jónas nace una amistad y la niña le muestra las visiones que tiene de su madre muerta. Keene toma prestada las atmósferas y las narrativas del cine escandinavo clásico con Sjöström, Dreyer o Bergman, para sumergirnos en una fábula intimista y sombría que camina con impecable naturalidad entre el realismo más exacerbado con el fantástico humanista, contándonos de forma precisa y pausada la experiencia vital de Margit en su cambio físico y emocional de aceptar su condición natural y seguir su camino.

La composición formal obra de la cinematógrafa Randy Sellars basada en las mitologías y leyendas nórdicas, capta de forma abrupta y sencilla todo ese paisaje entre lo real y lo imaginario, o dicho de otra manera, entre aquello que tocamos y aquello que sentimos, desprendiendo una belleza visual extraordinaria, que en algunos casos remite a la forma de Dovzhenko y su exquisitez plástica a la hora de plasmar sus dramas rurales y reivindicativos. Sus escasos 78 minutos de metraje nos trasladan a la cotidianidad de una vida dura y silenciosa de unas gentes que se dedican al campo como medio de vida, con relaciones conflictivas de personajes que intentan encontrar su lugar en el mundo, descubriéndose a medida que se van encontrando con sus obstáculos, tanto familiares, físicos y emocionales. La indudable belleza formal viene acompaña por esos paisajes que nos introducen en una tierra entre lo real e imaginario, que se sitúa en una especie de limbo donde todo sucede de forma natural y sorprendente, en que sus personajes, y en cuestión el centro de la acción que es sin duda la niña Margit, acepta su identidad e interactúa con el más allá de manera tranquila y pausada, encaminándose a su destino del que no puede escapar.

Keene agrupa un cuarteto de intérpretes que compone unos personajes complejos, solitarios, vivos y tremendamente esquivos, arrancando por Margit, interpretada por Björk, dotando a esa niña que sufre por sus visiones y no logra encontrar su sitio, bien acompañada por Bryndis Petra Bragadóttir dando vida a Katla, esa mujer que noe s querida por su hijastro y hará lo imposible por ser aceptada, Valdimarörn Flygenring es Jóhann, un viudo solitario que tiene en su hijo Jónas su razón vital, Guôrúns Gísladóttir es esa madre fantasma, en la mejor tradición del espectro de la abuela de La línea del cielo, creando una imagen que se mueve entre lo real y lo fantástico, pero de un modo íntimo y muy cercano, y Geirlaug Sunna Pormar es el pequeño Jónas, un niño que siente que esa “nueva madre” viene a borrar la memoria de la madre muerta. Un brillante e implacable cuento realista y fantástico que se mueve entre la vida y la muerte, entre lo tangible y lo espiritual, a través de unos paisajes imponentes donde la belleza plática choca con la complejidad de los personajes, creando un universo iniciático donde todo lo real se convierte en una pesadilla y lo fantástico se torna en lo más humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El cuadro, de Andrés Sanz

EL ENIGMA DE LAS MENINAS.

“Un cuadro que constantemente es una escenificación de la realidad en que todo es fingido”

Francisco Calvo-Serraller

Toda imagen, independiente de cuál sea su forma y estructura, oculta un misterio, un enigma que se revelará justo en el instante en que un espectador la observe, solo en ese momento será cuando esa imagen desvelará o no sus enigmas ocultos, porque cada espectador la mirará de formas diferentes y sobre todo, cada espectador hará su propia interpretación, que seguramente será muy diferente a la de otro espectador. Las meninas, quizás el cuadro más misterioso ya no solo de su autor Velázquez (1599-1660) sino de la historia del arte, se convierte en la primera película de Andrés Sanz (Madrid, 1969) en el centro de todo, en la materia de investigación y en el objeto a estudiar, desde múltiples puntos de vista. Sanz vinculado con el mundo del arte desde sus estudios y realizador de piezas relaciones con el universo pictórico, enmarca su película en un thriller intenso y profundo sobre los misterios de Las meninas, convocando a expertos en la obra de Velázquez y en su célebre pintura.

Algunos de estos estudiosos pasan por delante de su cámara como si fuesen testigos de un crimen y ofrecen sus testimonios para esclarecer los hechos que plantea la famosa pintura. Veremos y escucharemos al historiador estadounidense Jonathan Brown; los conservadores del Prado Manuela Mena, Javier Portús, Matías Díaz Padrón; el académico Félix de Azúa, el crítico Francisco Calvo Serraller; y los expertos del Metropolitan Keith Christiansen y Michael Gallagher, o el pintor Antonio López, especialistas del Museo Nacional del Prado y del Metropolitan Museum de Nueva York, entre muchos otros. Todos mantienen una relación estrecha con Velázquez y Las meninas, todos aportan su mirada al misterio del cuadro, lanzando sus ideas sobre lo que oculta la obra, cada uno a su forma, cada uno desde el convencimiento de que algo se oculta, algo misterioso ronda por la pintura. Ideas, planteamientos y formas de ver una obra y estudiarla, que choca contra las de otros expertos.

Entre todos nos ofrecen una idea de cómo acercarse al cuadro, como introducirnos en su interior y viajar por ese espacio que plantea la pintura de Velázquez. “Mirar a través del cuadro”, como espeta uno de los testimonios que aparecen en la cinta, o lo que es lo mismo, viajar por su interior, mirando con detenimiento sus figuras, sus sombras, sus espejos y sus múltiples reflejos que nos interpelan constantemente, produciendo esa fascinación que sigue hipnotizando a todos los observadores del cuadro desde hace tres siglos y medio. Sanz escenifica el tiempo, allá por el año 1656, en que se pintó la obra en la corte de Felipe IV, las relaciones entre Velázquez y el rey, y todo aquello que se cocía entre ellos y en mitad de un tiempo de decadencia de un reino que desaparecía entre las sombras, por medio de secuencias de miniaturas animadas por la técnica de stop motion, creando ese mundo laberíntico y absorbente que encierra la pintura, en una película que arranca proponiéndonos un sueño, un sueño recurrente del propio Sanz desde que era niño, cuando alguien le invitaba a mirar a través del agujero de una casa que escondía otros mundos infinitos e imposibles donde se desarrollaban escenas de la realización del cuadro.

La enigmática y magnífica música de Santiago Rapallo, la cinematografía misteriosa y sombría de Javier Ruiz conforman ese haz de misterio y enigma por el cual se estructura la película convocándonos a los espectadores a un juego de fantasmas, espectros y sombras en que dilucidar lo que se oculta, en un juego detectivesco en la mejor tradición del género, de la misma forma que se desentrañaban las formas de trabajo de Picasso en el fascinante documento de El misterio de Picasso, de H. G. Clouzot, o en La ronda de noche, de P. Greenaway, en que el cuadro de Rembrandt, también ocultaba un misterio en forma de asesinato, y que era desentrañado en la película. Sanz ha hilvanado con paciencia quirúrgica una obra fascinante, hipnótica y maravillosa sobre la pintura, el arte, los misterios materiales e inmateriales, el tiempo, los fantasmas y la increíble capacidad del arte para detenernos en una imagen, que sea cual sea su misterio o enigma que encierre, seguirá sometiéndonos a su belleza, a sus trazos, colores, juegos de espejos, espacios infinitos y sobre todo, seguirá manteniendo en suspense todos sus misterios que oculta, porque cada generación de espectadores seguirá elucubrando nuevas teorías, conspiraciones, hipótesis y demás ideas sobre Las meninas, Velázquez, Carlos IV y sus profundas e inagotables interpretaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Estafadoras de Wall Street, de Lorene Scafaria

LAS REINAS DE LA NOCHE.

“Esta ciudad, este país entero, es un club de striptease. Hay gente arrojando dinero y gente bailando”.

Desde que estalló la última crisis económica mundial, hemos visto muchas películas en las que se retrataba de una forma más o menos precisa, los dramas y tragedias que han sufrido muchos desde miradas muy diferentes y extremas, en algunas de ellas se analizaban desde las perspectivas de los brokers de las finanzas, esos tipos de altos cargos que se hincharon a ganar cantidades ingentes de dinero en el tiempo donde todo valía. Pero todavía faltaba el otro lado del espejo de esos ejecutivos, el devenir de las bailarinas de striptease que los destensaban y los relajaban de sus vidas frenéticas de dólares. Mujeres que durante los años de vacas gordas, también se embolsaron mucho dinero acosta del disfrute de los tipos de taje y corbata y engominados. Pero, que pasó cuando en septiembre de 2008 llegó la crisis y todo bajó o simplemente, las cosas volvieron a una realidad demasiado cruda y triste. Y el dinero despareció. Hustlers (estafadoras en inglés) pone de relieve las vidas y las existencias de todas esas mujeres que utilizaban su cuerpo y su baile para entretener a estos tiburones de las finanzas y nos explica el destino que les deparó después de la crisis, en el que se reinventaron profesionalmente.

A partir del artículo publicado en la New York magazine  titulado  “The Hustlers  at  Scores”  escrito  por  Jessica  Pressler (como ocurriera con The Bling Ring, de Sofia Coppola, inspirada en otro artículo) Lorene Scafaria (Holmdel, New Yersey, EE.UU., 1978) autora de un par de películas enmarcadas en una suerte de comedia dramática en las que habla de segundas oportunidades y de reconciliaciones personales, ha escrito y dirigido una película basándose en las experiencias reales de un grupo de striptease desde el 2007 hasta el 2014, a través de una entrevista a una de ellas, Destiny, de origen asiático, que relata el caso desde que se mal ganaba la vida trabajando en un club de striptease, y conoce a Ramona, de origen latino, que es la gran atracción del local, y enseñará a Destiny todos los trucos y las formas de ganar dinero en ese ambiente. Pero estalla la crisis y a partir del 2008, las cosas se vienen abajo y el tiempo separará a las dos amigas. Scafaria construye una película de continuos saltos en el tiempo, donde las peripecias están contadas bajo la mirada de Destiny, que cuida de su abuela y de su hija pequeña, y la directora estadounidense lo hace con un ritmo endiablado y espectacular, a ritmo de música pop y rock y una steady cam que se va colando en todos los rincones de ese club de striptease que acaba siendo un reflejo fehaciente de la realidad de EE.UU. y del mundo capitalista.

Scafaria retrata ese mundo nocturno de ocio, drogas y sexo, donde la pasta va marcando el desenfreno y los aparentemente límites, que se sobrepasan constantemente. La cinta planteada como dos partes bien diferenciadas, con un limbo de por medio, en que en su primera mitad nos hablan del club de striptease y cómo hacer cash, el famoso limbo sería ese intervalo entre que llega la crisis en 2008 y cómo Destiny y Ramona vuelven a encontrarse y junto a Annabelle y Mercedes, dos ex compañeras del club, idean una estafa que consistirá en atraer a ejecutivos solitarios de bares lujosos y entre las cuatro drogarles y sacarles toda la pasta posible. Scafaria explica con todo lujo de detalles el timo de las cuatro mujeres, con una mise en scene fantástica y concisa, muy al estilo de las películas de Scorsese sobre gánsteres, con esas maravillosas entradas a cámara lenta frontales o de espaldas, donde estas reinas de la noche hacen valer su talento para despilfarrar a esos incautos podridos de dinero y mostrar ante el mundo esas riquezas y esos objetos materialistas.

Aunque la película no se queda en la superficialidad de ese universo de la noche donde priman la juerga y el dinero, sino que también indaga en lo más profundo y nos sitúa durante el día, donde conoceremos las duras realidades de cada una de ellas, una realidad que se va imponiendo, y conoceremos la parte más personal del cuarteto, sus vidas, sus deseos e ilusiones, sus frustraciones y tristezas, unas existencias vacías que llenan con materialismo y ese peculiar cuento de hadas que se tornará en pesadilla,  a la que se añadirán algunas “colaboradoras”, que no resultarán del todo recomendables, todas ellas secuencias filmadas con nervio y apoyándose en un tono muy sombrío, donde los conflictos entre ellas se van sucediendo y los timos no siempre salen como esperaban, metiéndose en situaciones difíciles. Scafaria se centra en la relación de amistad de Destiny y Ramona, en sus experiencias conjuntas, y en sus idas y venidas, y en como los lazos construidos se van resquebrajando cuando aparecen los problemas y la policía. Scafaria impone una película detallista y llena de glamour y tinieblas, donde los espejos brillantes, la purpurina, los zapatos de tacón, los vestidos de seda brillantes, y las joyas de infarto, se volverán contra ellas, en una especie de cuento moderno de Cenicienta, y no sólo deberán enfrentarse a ellas sino también a la cruda realidad en forma de delito.

Un reparto magnífico entre las que destacan una estupenda Jennifer López interpretando a Ramona, la líder natural de este cuarteto de estafadoras, una interpretación brillante como los vestidos de lentejuelas que porta, una composición de la estadounidense puertorriqueña que no la veíamos tan grande desde su impresionante Grace McKenna de Giro al infierno, bien acompañada por Constance Wu como la menuda y valiente Destiny, con las agradables aportaciones de Keke Palmer como Mercedes y Lili Reinhart como Annabelle, y la presencia de Mercedes Ruehl como una especie de matriarca mentora de todas ellas. Scafaria ha construido una película de grandes hechuras, bien contada y resuelta, describiendo con detalle y minuciosidad el ascenso y caída de este cuarteto de la noche, donde hay tiempo para todo, pasta, lujo, despilfarro, drogas, sexo, conflictos personales y humanos, y sobre todo, amistad y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

La trinchera infinita, de Jon Garaño, Aitor Arregi y José Mari Goenaga

30 AÑOS DE OSCURIDAD.

A finales de los sesenta, con la ley franquista que amnistiaba todos los delitos cometidos durante la guerra, empezaron a aparecer casos de hombres ocultos en falsas paredes en sus propias casas escondiéndose para no ser represaliados por el franquismo. Los topos, ensayo periodístico obra de Jesús Torbado y Manuel Leguineche daba buena cuenta de todas aquellas personas vinculadas con la República que se ocultaron en sus casas. Un libro que daba buena cuenta del miedo y la realidad de las dos Españas durante la dictadura de Franco. Una de las películas que daba buena cuenta de estos hechos fue Mambrú se fue a la guerra (1986) de Fernando Fernán Gómez, donde se explicaban los sucesos de Emiliano, oculto en su casa, después vino Los girasoles ciegos (2008) basada en la novela de Alberto Méndez, en que José Luis Cuerda, en la que un hombre también se escondía en su casa, y finalmente, 30 años de oscuridad (2011) de Manuel H. Martín, que a través de la animación, y con la voz de Juan Diego, nos contaban el caso real de Manuel Cortés, antiguo alcalde de la localidad malagueña de Mijas, que al acabar la guerra civil, estuvo oculto en su casa. Misma experiencia real ha servido de guía para los directores Jon Garaño (Donosti, 1974) Aitor Arregi (Oñati, 1977) José Mari Goenaga (Villafranca de Ordicia, 1976) para desarrollar su cuarto largometraje de ficción, La trinchera infinita, con un gruión que firman Luiso Berdejo, especialista en el cine de terror, y Goenaga, donde colocan el foco en la vida de Higinio Blanco, un republicano que se esconde en su casa con la ayuda de su mujer Rosa y permanece en ese agujero-zulo durante treinta años.

Los tres directores guipuzcoanos llevan desde el 2007 en la que alumbraron el documental Lucio, una trayectoria muy ascendente convirtiéndose en tres miradas muy interesantes y reflexivas de la cinematografía actual. A Lucio, retrato sobre la vida de un anarquista, le siguieron 80 egunean (2010) retrato de la amistad y el amor de dos septuagenarias, con Loreak (2014) rompieron la baraja con una historia sencilla y profunda sobre la relación de tres mujeres solitarias y las flores, la buena estrella les acompañó con Handia (2017) donde rescataban la vida de “El gigante de Altzo”, un hombre que alcanzó la estatura de 230 cm, que le valió salir de su aldea en compañía de su hermano y recorrer mundo a finales del XIX. Obras rodadas en euskera, de gran belleza visual y técnica, intérpretes vascos poco conocidos, y relatos de fuerte carga emocional sobre la condición humana. Ese gran camino lo continúan con La trinchera infinita, rodada en andaluz, y ambientada en aquella Andalucía de 1936, un polvorín en toda regla, donde la República agonizaba y los nuevos “jefes” aterrorizaban la zona, cazando “rojos” e implantando un régimen de terror, vengativo y asesino.

Higinio se esconde en su casa, en un agujero-zulo donde escapar de las garras franquistas. Los tres realizadores vascos plantean una película muy profunda e intensa bajo la mirada del propio Higinio, a través de los agujeros estratégicos por los cuales mira esa vida que se está perdiendo, la que no vive, la que no está, como le reprochará su mujer Rosa en algún momento. Seguimos la cotidianidad de un hombre encerrado en un cubículo, con poca luz, en el que la indefensión a ser descubierto, como ese miserable vecino, uno más del nuevo régimen autoritario, clama venganza y no cejará en su empeña de verlo muerto. Las dos vidas que separan a este matrimonio, esas dos realidades que viven, convirtiendo el exterior en un espacio siniestro, de sombras y sobre todo, de miedo, ese miedo que puede colarse en cualquier instante en sus vidas, en el interior de su casa. Una película de susurros, de vidas agitadas, en constante tensión, llenas de horror y miedo, cargadas de una esperanza que con el paso de los años, y disipándose esa ayuda internacional tan ansiada, se irá recomponiendo en una realidad miserable, donde las relaciones harán mella en el matrimonio, y los conflictos, a más con la llegada del hijo, se envolverán en un aura de amargura y soledad.

Con esa luz velada y sombría obra de Javier Agirre, cómplice en la obra de los directores, una luz que recorre los diferentes espacios de esa casa, donde la poca luz del agujero, o la escasa vela de las noches, se convierten en la única esperanza, eso sí, muy leve y casi imperceptible, en la única compañía de estos vencidos casi derrotados, a los que el paso del tiempo obligará a mantenerse en pie con extremas dificultades. El minucioso montaje de otros colaboradores del equipo como Raúl López y Laurent Dufreche mantienen el ritmo cansino y terrible que constantemente azota las pobres vidas de Higinio y Rosa, marcando con elegancia y agilidad los diferentes tiempos en los que se va desarrollando la película, con ese sonido obra de Alazne Ameztoy e Iñaki Díez, otro cómplice, en un minucioso trabajo en que el sonido se va maleando según conveniencia de forma sensitiva y elegante, en que la música delicada y suave de Pascal Gaigne, uno más de este excelso equipo, en la que los éxitos de música pop como Campanera, de Ana María o La vida sigue igual, de Julio Iglesias, entre otros, nos van abriendo las diferentes épocas a lo largo de las tres décadas que abarca la narración fílmica, con esas definiciones acertadas de varios términos, que actúan a modo de capítulos, que cobran importancia en el relato como oculto, desenterrar, etc…

Una película de estas características basada en el relato y en los personajes debía de tener una ambientación exquisita como la que atesora, unos secundarios de órdago como los que aparecen y una pareja protagonista como Antonio de la Torre, demostrando una vez su extensa versatilidad y su talento para descubrirnos el alma de un Higinio que va minándose con el tiempo, alguien que se va agujereando la vida y convirtiendo su cotidianidad en un pozo muy oscuro. A su lado Belén Cuesta, habituado a los roles cómicos, aquí rompe todas las reglas y alza a Rosa a los altares de la interpretación abriéndonos a una mujer sencilla, costurera, con una bondad a prueba de bombas, que deberá sortear las habladurías del pueblo, lidiar con los miserables franquistas en forma de chivatos o guardia civiles que quieren atentar contra su condición de mujer sola, y sobre todo, relacionarse con un hombre que no está, oculto en las sombras y llevar hacia adelante un hijo que a su debido tiempo hará preguntas demasiado incómodas que la llevarán a respuestas muy dolorosas.

Una película magnífica y compleja, llena de alma y miserias, indagando en las emociones de ese matrimonio que capea como pueden tantos sinsabores y soledades, unas épocas mejor que otros, viendo como sus vidas se han detenido y continúan casi por inercia, llevada por un imponente ritmo sus 147 minutos de metraje, con momentos tristes, alegres, oscuros o muy oscuros, que nos habla con sensibilidad y conmueve con este retrato sobre todo lo que se perdió, sobre aquellos que tanto perdieron y cómo afectó a sus vidas o a sus existencias, y lo hacen a tumba abierta deteniéndose en tantas barbaridades cometidas por el franquismo, a través de los vencidos de la guerra, de tantos derrotados que desaparecieron para continuar viviendo, aunque tuvieron que pagar un altísimo precio como simplemente respirar y no estar, alejados de sus familias aunque las tuvieran al otro lado de la pared, vidas tristes, oscuras, con ese miedo que se pega a las entrañas y no te deja viví, ni respirá ni ná de ná. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lo que Walaa quiere, de Christy Garland

QUIERO SER UNA SOLDADO.

“Soñar debería estar prohibido, porque soñar significa casi siempre protestar”.

Emmanuele Arsan

Desde que estalló la guerra árabe-israeliana en 1948, conocida como Al-Nakba (“La Catástrofe”) que supuso la aparición del estado de Israel y condenó al éxodo de buena parte del pueblo palestino, unas gentes que el ACNUR cifra en más de 5 millones los refugiados. En la actualidad, en Cisjordania aún viven más de 800000, repartidos en los campos de refugiados como Balata, en la ciudad de Nablus (Palestina). Una de esas palestinas refugiadas es Walaa Khaled y su familia. Del conflicto árabe-israelí hemos visto muchas películas desde miradas muy diferentes, aunque no muchas desde el punto de vista de la infancia, los más vulnerables a este tipo de conflictos bélicos. De los más recordados serían Promises, de Carlos Bolado, B. Z. Goldberg y Justine Shapiro, del año 2001, un excepcional documento que ponía el foco en testimonios de niños y niñas de entre 9 y 13 años, que explicaban a la cámara sus cotidianidades y sus reflexiones sobre el conflicto desde una sinceridad y honestidad digna de elogio.

La directora Christy Garland (Cánada, 1968) especialista en tratar temas universales desde miradas sinceras y conmovedoras nos habla del eterno conflicto entre árabes y palestinos desde la mirada de Walaa, una niña encerrada en su propio país, de fuerte carácter y obstinada, aunque también rebelde, tiene el sueño de convertirse en policía y trabajar para la Autoridad Palestina, con una madre que acaba de salir de la cárcel después de pasarse 8 años por ayudar a un terrorista suicida, y con un hermano que sueña con convertirse en un luchador callejero. Garland acota su película desde los 15 a los 21 años de Walaa, mostrando una realidad muy íntima y cercana del hogar donde la niña y su familia viven, los sueños de Walaa, su período en la academia policial para realizar su sueño, con sus conflictos internos y externos, soportar los durísimos entrenamientos, su dificultad para aceptar disciplina y aplacar sus ansias de individualismo y rebeldías constantes, su energía y carácter ante las actividades y el orden militar, y luego, cuando una vez convertida en policía, el día a día en esas calles convertidas en un polvorín eterno, y las discusiones con su madre debido a sus choques en la forma de ver el trabajo de Walaa y el incierto futuro que les espera a una gente secuestrada en su propio país y olvidados por la política internacional.

Garland no juzga a su protagonista, la filma en sus quehaceres diarios, ya sean en su hogar como en la academia militar, siguiéndola desde la más absoluta intimidad y mostrando los diferentes estados anímicos por los pasa la niña-joven en su período de aprendizajes y conocimientos, tanto como su crecimiento personal como las adversidades físicas y emocionales con las que se va encontrando en su camino. La novedosa y brutal mirada de Garland al conflicto desde el punto de vista de Walaa resulta un documento excepcional e inaudito, como pocas veces se había visto, con un personaje como el de Walaa lleno de ira y rabia por la situación familiar y de su patria, y seremos testigos privilegiados de ver su evolución de niña a mujer, soportando sus aciertos y debilidades, su vulnerabilidad frente al estamento militar, las propias contradicciones de cómo afrontar un conflicto tan largo en el tiempo y las diferentes formas de verlo y actuar frente a él.

Garland ha construido un diario intenso y profundo sobre todos esos niños y niñas que no conocen otra realidad que la del abuso, persecución e invasión del estado de Israel en su tierra, y nos explica las herramientas que tienen para paliar y sobrevivir entre una crudísima realidad que no tiene vistos de cambio, en que las acciones de Walaa desde el estado chocan frontalmente con las acciones de Mohammed, su hermano que sin trabajo ni futuro a la vista, se echa a las calles a protestar y es detenido. Una película magnífica y honesta, que interpela a los espectadores las diferentes miradas de una lucha constante y triste, que acaba minando las vidas de tantos niños y jóvenes que se sienten atrapados en una tierra ocupada, en una tierra en llamas, en una tierra que sólo les pertenece en sueños o por las historias que contaban esos abuelos que casi ya no recuerdan, una lucha de tantos años como ese retrato de Yasser Arafat que sigue siendo la llama del pueblo palestino, un pueblo que sigue en pie, en lucha y convencido de su destino como el personaje de Walaa, alguien que define muy bien el carácter del pueblo palestino. JOSÉ A. PEREZ GUEVARA

Presentación Love Me Not en el D’A

Presentación de «Love Me Not», de Lluís Miñarro, en el marco del D’A Film Festival, con la presencia de su director, los intérpretes Ingrid García-Jonsson, Francesc Orella y Lola Dueñas, y Carlos R. Ríos, director del D’A. El encuentro tuvo lugar el viernes 26 de abril de 2019 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lluís Miñarro, Ingrid García-Jonsson, Francesc Orella, Lola Dueñas y Carlos R. Ríos, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez y Tariq Porter de Trafalgar Comunicació, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a LLuis Miñarro

Entrevista a Lluís Miñarro, director de la película «Love Me Not», en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el viernes 26 de abril de 2019 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lluís Miñarro, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez y Tariq Porter de Trafalgar Comunicació, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.