Cuando fuimos brujas, de Nietzchka Keene

LO HUMANO Y LO DIVINO.

“Bajo un árbol de enebro, cantaban esparcidos los huesos relucientes. Estamos satisfechos de estar desperdigados, no hicimos nada bueno los unos por los otros. A la fresca del día, bajo un árbol, con la anuencia de la arena, En olvido de sí mismos y de los otros, juntos en el silencio del desierto”.

T. S. Elliot (Fragmentos de Miércoles de ceniza)

Sayat Nova. El color de la granada (1969) de Serguei Paradjanov, Mysterious object at noon (2000) de Apichatpong Weerasethakul,  Ikarie XB 1(1963) de Jindřich Polák, Grandeza y decadencia de un pequeño comercio de cine (1986), de Jean-Luc Godard, son algunos de los títulos inéditos en nuestras pantallas que, gracias a la hermosísima iniciativa de Capricci Cine han tenido una segunda vida. En este tan heterogéneo y singular grupo de películas se añade Cuando fuimos brujas, de Nietzchka Keene (Boston, Massachusetts, EE.UU., 1952 – Madison, Wisconsin, EE.UU., 2004) filmada en 1986 la película se pudo terminar en 1990, tuvo un recorrido exiguo y cayó en el olvidó. Tres décadas después llega a la gran pantalla un relato filmado en blanco y negro, y en inglés, con localizaciones en los paisajes volcánicos de Islandia, que significó el debut como actriz de Björk (Reikiavik, Islandia, 1965) entonces llamada Björk Guðmundsdóttir.

La directora estadounidense se sirve de guía del cuento Del enebro, de los hermanos Grimm, para contarnos un relato iniciático anclado a finales de la Edad Media, protagonizado por Margit, una niña de 13 años que huye de su pueblo junto a Katla, su hermana mayor, cuando queman a la madre por brujería. Las dos mujeres encuentran acomodo y un hogar con Jóhann y su hijo pequeño Jónas, que todavía vive muy presente el recuerdo de su madre fallecida, y al que la presencia de Katla, le desestabiliza y la acusa de bruja. Entre Margit y Jónas nace una amistad y la niña le muestra las visiones que tiene de su madre muerta. Keene toma prestada las atmósferas y las narrativas del cine escandinavo clásico con Sjöström, Dreyer o Bergman, para sumergirnos en una fábula intimista y sombría que camina con impecable naturalidad entre el realismo más exacerbado con el fantástico humanista, contándonos de forma precisa y pausada la experiencia vital de Margit en su cambio físico y emocional de aceptar su condición natural y seguir su camino.

La composición formal obra de la cinematógrafa Randy Sellars basada en las mitologías y leyendas nórdicas, capta de forma abrupta y sencilla todo ese paisaje entre lo real y lo imaginario, o dicho de otra manera, entre aquello que tocamos y aquello que sentimos, desprendiendo una belleza visual extraordinaria, que en algunos casos remite a la forma de Dovzhenko y su exquisitez plástica a la hora de plasmar sus dramas rurales y reivindicativos. Sus escasos 78 minutos de metraje nos trasladan a la cotidianidad de una vida dura y silenciosa de unas gentes que se dedican al campo como medio de vida, con relaciones conflictivas de personajes que intentan encontrar su lugar en el mundo, descubriéndose a medida que se van encontrando con sus obstáculos, tanto familiares, físicos y emocionales. La indudable belleza formal viene acompaña por esos paisajes que nos introducen en una tierra entre lo real e imaginario, que se sitúa en una especie de limbo donde todo sucede de forma natural y sorprendente, en que sus personajes, y en cuestión el centro de la acción que es sin duda la niña Margit, acepta su identidad e interactúa con el más allá de manera tranquila y pausada, encaminándose a su destino del que no puede escapar.

Keene agrupa un cuarteto de intérpretes que compone unos personajes complejos, solitarios, vivos y tremendamente esquivos, arrancando por Margit, interpretada por Björk, dotando a esa niña que sufre por sus visiones y no logra encontrar su sitio, bien acompañada por Bryndis Petra Bragadóttir dando vida a Katla, esa mujer que noe s querida por su hijastro y hará lo imposible por ser aceptada, Valdimarörn Flygenring es Jóhann, un viudo solitario que tiene en su hijo Jónas su razón vital, Guôrúns Gísladóttir es esa madre fantasma, en la mejor tradición del espectro de la abuela de La línea del cielo, creando una imagen que se mueve entre lo real y lo fantástico, pero de un modo íntimo y muy cercano, y Geirlaug Sunna Pormar es el pequeño Jónas, un niño que siente que esa “nueva madre” viene a borrar la memoria de la madre muerta. Un brillante e implacable cuento realista y fantástico que se mueve entre la vida y la muerte, entre lo tangible y lo espiritual, a través de unos paisajes imponentes donde la belleza plática choca con la complejidad de los personajes, creando un universo iniciático donde todo lo real se convierte en una pesadilla y lo fantástico se torna en lo más humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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