Entrevista a Andrew Haigh

Entrevista a Andrew Haigh, director de la película «Leon on Pete», en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el lunes 7 de mayo de 2018 en el hall del Holtel Pulitzer en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrew Haigh, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Mathilde Grange, por su labor como traductora, y a Haizea Gimenez de Diamond Films España, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Hannah, de Andrea Pallaoro

LA BATALLA ÍNTIMA.

La película se abre con una pantalla en fondo negro, en la que vamos escuchando una voz que lentamente va subiendo su volumen hasta emitir un grito agudo y sostenido. El encuadre muestra a una mujer mayor que está emitiendo ese sonido que escuchábamos, nos encontramos en una clase de teatro para aficionados. Quizás, en ese momento lo desconocemos, pero ese grito, ese sonido hacia afuera, explica mucho de lo que le ocurre al personaje, casi como un grito de socorro, una llamada a no se sabe a quién, emitido por una mujer sola, una mujer que debe lidiar una batalla íntima, contra sí misma, y también, contra a aquellos que han quedado fuera, los ausentes de su vida. El segundo trabajo de Andrea Pallaoro (Trento, Italia, 1982) vuelve a centrarse en los procesos interiores, en aquellos estados de ánimo adversos y complejos que debemos pasar para seguir viviendo de la mejor manera posible, si en su puesta de largo, en Medeas (2013) describía a través de los silencios y los espacios el declive de una familia mexicana no muy alejada de la frontera. Ahora, vuelve a sumergirse en una ruptura, a través de una familia, pero enfocada en una mujer mayor, en una mujer que deberá volver a empezar, acarrear su dolor y seguir yendo hacia adelante, pero sin más ayuda que la suya propia.

Pallaoro ha vuelto a contar con varios de sus cómplices que ya les acompañaron en su debut, en el guión Orlando Tirado, juntos describen una trama sencilla apoyada íntegramente en un único personaje, que nos muestra la cotidianidad sin más de Hannah, su trabajo como limpiadora, sus clases de teatro para aficionados y sus rutinas de natación en el gimnasio. Hannah practica esas actividades en silencio, casi sin ánimo, casi sin vida, como si algo en su interior no le dejase hacer nada más, como si quisiera mantener su vida como hasta ahora, como si nada hubiera ocurrido, pero algo ha pasado en su vida, algo oscuro que ella intenta ocultar, no enfrentarse a ello, y más tarde o temprano sabe que no tendrá más remedio que hacerlo, ya que su marido ha hecho algo malo y ha de ingresar en prisión (la película deja ver lo sucedido pero sin entrar en detalles) y además, su hijo le ha dado la espalda y no quiere saber nada de ella. La exquisita y agridulce luz de Chayse Irving (que también realizó la de Medeas) planteada a través de planos fijos (sólo percibimos unos tres movimientos de cámara en toda la película y son debidos al movimiento de izquierda a derecha de la protagonista) para describir con minuciosidad el aislamiento sometido al personaje, en una propuesta sostenida en espacios interiores y exteriores, en los que se evidencia aún más si cabe el estado anímico por el que está pasando Hannah.

Pallaoro nos plantea un relato sobre el horror de nuestro interior, de las consecuencias de las decisiones que tomamos en nuestra vida, de la lealtad a nuestra pareja a pesar de lo ocurrido, de la alineación de una sociedad que nos juzga según nuestras conductas y nos aísla para culpabilizarnos de nuestros actos, convirtiéndonos en unos apestados, en alguien condenado a la soledad por el hecho de no seguir ciertas normas y conductas sociales. El cineasta italiano nos sumerge en el interior de su personaje, sus rutinas nos explican las batallas anímicas que vive un personaje que no habla, sólo continua con su vida, o lo que queda de ella, con sus quehaceres cotidianos, su trabajo, y su lento caminar, en el que poco a poco va convirtiéndose en un fantasma, algo así como un espectro para la sociedad, y sobre todo, para ella misma, en un viaje hacia lo más oscuro de nuestro ser, donde lo profundo nos hace daño y no nos deja levantar cabeza y asumir nuestros errores y hacer lo posible para enmendarlos, porque no tenemos otra, porque vivir, en ocasiones, genera confusión, complejidad y ausencia.

Quizás una película de estas características necesitaba una actriz de grandes recursos, y sobre todo, contando que es una película llena de silencios y sin diálogos, una actriz que pudiera expresar con su mirada mucho más, para que pudiéramos adentrarnos en ese interior oscuro y maltrecho que arrastra el personaje en la figura de Charlotte Rampling, una actriz soberbia, una actriz que lleva más de medio siglo en el oficio, donde ha trabajado con gente como Visconti, Cavani, Oshima, Parker o Cantet, en alguien que es capaz de explicarlo todo sin decir nada, en una composición extraordinaria e inmensa que ayuda a trasnmitir todas las sutilezas y entrelíneas que se manifiestan a lo largo del metraje, después de 45 años, de Andrew Haigh, la veterana actriz británica nos vuelve a emocionar con un personaje difícil y atormentado, pero sin caer en la sensiblería ni el juicio de su director, la mirada triste y ausente de Rampling, y su cuerpo moviéndose como un autómata sin alma por esas habitaciones, esos pasillos, esa piscina, o a través de esos ventanales, o simplemente, observando su alrededor, esa sociedad que la criminaliza y la vuelve invisible, son de una belleza aterradora, que duele y mucho, en una clase magistral de la Rampling de cómo describir el horror y la ruptura interior, a través de la sutileza y la composición de unos movimientos cotidianos, con una mirada perdida, que más que producir alivio, nos descubre una alma rota, vapuleada y sin descanso.

Lean on Pete, de Andrew Haigh

CRÓNICA DE UN NIÑO SOLO.

“Es cierto que somos débiles y enfermos y feos y pendencieros, pero si eso es todo lo que siempre fuimos, hace milenios que habríamos desaparecido de la faz de la Tierra”

John Steinbeck

El anhelo y la soledad son las dos emociones que más nos remiten después de ver el cine de Andrew Haigh (Harrogate, Reino Unido, 1973) tanto en Weekend (2011) donde hablaba del shock emocional que sentían un par chicos gais después de una noche de sexo, como en 45 años (2015) donde el pasado irrumpía de forma brusca en un matrimonio septuagenario. Mismos motivos los volvemos a encontrar en su cuarto trabajo, basado en la novela de Willy Vlautin, que deja su Inglaterra natal para adentrarse en los ambientes de Portland y el oeste estadounidense, donde conocemos a Charley Thompson, un chaval de 15 años, que vive junto a un padre que lo deja sólo muy a menudo, en esa América alejada de los neones fluorescentes y el éxito individual, para adentrarse en la más absoluta cotidianidad, que se alojan en casas prefabricadas y matan su vida en empleos precarios, sin más futuro que el pasa en el momento. Charley encuentra en los caballos una forma de cobijo y empatía con los animales que no encuentra con su padre y en su entorno más cercano. Una manera de sentirse útil y arropado, aunque sean con un trabajo casi nulo, un empleo sin más, en el que su jefe, un tipo sin escrúpulos que se gana la vida en las carreras de caballos, y la aparición de Bonnie, esa jinete que es como su hermana mayor.

Aunque, la vida de Charley no es fácil, todavía es demasiado joven para enfrentarse el sólo al mundo, a su vida, y circunstancias del destino, deberá emprender su propio camino huyendo del destino marcado que se cierne sobre él. Haigh nos habla desde la sinceridad y la honestidad, planteándonos una película sobre la búsqueda de uno mismo a una edad muy temprana, en ese tiempo de transición entre la infancia y la edad adulta, en el su joven protagonista aprenderá que nuestras emociones difieren mucho de la sociedad que nos ha tocado vivir. El cineasta británico plantea un relato dividido en dos partes, en la primera, Charley encontrará su refugio en las carreras de caballos y la relación, más o menos sana, que mantiene con Montgomery y ese mundo brillante, por su relación con los caballos, y oscuro, por las artimañas en las formas que se gasta Montgomery. En la segunda mitad, todo cambia para Charley, y emprende una huida sin rumbo ni destino, con la compañía de uno de los caballos, “Lean on Pete”, un pura sangre que quieren vender porque su tiempo ha finalizado.

El abrasador desierto, la soledad como una sombra impenetrable, y ese caminar sin más ayuda que la de uno mismo, serán las jornadas cotidianas a las que Charley tiene que enfrentarse. Si la película en un primer momento nos adentraba en lo social, ahora, siguiendo con esa idea, se fundía en un anti western, con la huella de Peckinpah o Hellman, pero sin épica ni héroes, sino todo lo contrario, sólo el devenir de un alma triste que camina sin cesar en busca de algo o alguien que lo acoja, o simplemente le dé un abrazo. Haigh huye de toda sensiblería o condescendencia al uso, y con un tono de sobriedad y limpieza visual, mira a su protagonista desde la distancia justa, construyendo una admirable retrato sobre la soledad, dejando de lado esas películas de niño con animal y las buenas obras, aquí, también hay un niño y un caballo, pero se acerca más a una amistad entre aquellos que han abandonado, aquellos desfavorecidos, aquellos que la sociedad ya no necesita, en la línea de Crin blanca, de Lamorisse o Kes, de Ken Loach, dos estupendas películas en las que tanto el niño como el animal se ayudan ante las intransigencias y ataques de una sociedad que todo lo alinea y oculta.

La contenida y brillante luz de Magnus Nordenhof Joenck (autor de la cinematografía de A War (Una guerra) entre otras, ayuda a capturar esos claros oscuros de la primera parte, para fundirse en esos desiertos rojos y polvorientos de la segunda mitad, donde el inmenso trabajo de Charlie Plummer (que hemos visto hace poco haciendo de Jean Paul Guetty Junior en Todo el dinero del mundo, de Ridley Scott) brilla a gran altura, dando vida al desdichado chaval, le acompañan dos intérpretes de gran calado en este tipo de relatos como Steve Buscemi o Cloë Sevigny, dando vida al jefe complejo del chaval, y a la jinete que le echa un capote al niño, respectivamente. Haigh ha hecho una película valiente y compleja, una cinta que nos atrapa desde la honestidad del relato bien contado, en una película que nos habla del desamparo, de sentirse solo, de no saber hacia adonde ir, de caminar sin descanso, de saber que los demás pueden prescindir de ti, que nadie te quiere de verdad, en una película de corte social, pero desde todos los prismas posibles, y también, en una road movie a pie junto a un caballo, donde nos habla de esos desfavorecidos, de los que tienen donde caer muerto, de aquellos para los que cada día, la vida es un milagro, donde comer algo ya es todo un logro, todos esos que vagan por el mundo.

Entrevista a Petr Václav

Entrevista a Petr Vaclav, director de la película «Nunca estamos solos». El encuentro tuvo lugar el martes 17 de abril de 2018 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Petr Vaclav, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Xènia Puiggrós de Segarra Distribución, que además ejerció de traductora, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Nunca estamos solos, de Petr Vaclav

LOS DEMONIOS DE NUESTROS DÍAS.

Jana es una mujer atractiva que ronda los cuarenta, trabaja en el supermercado de un pueblo flanqueado por una carretera, de esos que hay cientos en cualquier ciudad. Jana es infeliz, vive con un marido hipocondríaco en paro, y un par de hijos. Tiene una vida triste y vacía, y sus días se desarrollan sin más. Un día, entra un hombre de etnia romaní a comprar cigarrillos al supermercado, Jana se siente atraída y hará lo imposible para estar junto a él. Pero, este tipo, vigilante de un puticlub de carretera, está enamorado de una de las stripper, pero ésta, a su vez, pierde los vientos por un hombre que cumple condena. Para redondear el cuadro, un nuevo vecino, paranoico (que recuerda y de qué manera al tipo enfermizo con la violencia de Tierra de abundancia, de Wenders) y nostálgico del comunismo, funcionario de prisiones, con la arma siempre en el hombro (que tiene un hijo al que atemoriza, y el chaval intenta rebelarse) se hace íntimo del marido enfermo imaginario. El cineasta Petr Vaclav (Praga, República Checa, 1967) ha desarrollado una filmografía a través de dos vertientes, por un lado la exploración de las desigualdades e injusticias sociales de la cultura romaní, y por el otro, los sinsabores y aburrimiento de la burguesía checa.

En Nunca estamos solos mezcla esos dos caminos, pero desde un aspecto social, los burgueses han dejado paso a unas gentes que viven en la periferia, en las afueras, no solamente físicas, sino también emocionales, unas almas infelices y atormentadas que se mueven entre las brumas de una sociedad injusta e insatisfecha. Václav plantea una película desde el extremo, tanto formal como argumental, porque va del blanco y negro al color y viceversa, según las variaciones emocionales de sus personajes, así como a nivel de diálogos, donde en algunos instantes la verborrea se apodera del relato, combinada con silencios asfixiantes que rasgan el alma. Y qué decir de su trama, en el que tanto adultos como niños se mueven en ese frío y triste bosque urbano donde lo miserable contamina cada espacio y cada sentimiento, donde sus personajes acarrean en la intimidad sus conflictos y demonios que los acechan constantemente, en el que cada uno de ellos se siente mal consigo mismo, y con su entorno, y todo lo que hace para cambiar esa situación, provoca el efecto contrario, sumergiéndolo más si cabe en su pozo de miseria cotidiana.

El cineasta checo construye una película dura y oscura, pero no tremendista, siempre hay un atisbo de esperanza, y los dramas existenciales que cuenta forman parte de muchas ciudades europeas en el que los distintos pensamientos y formas de vida convergen en un tiempo y espacio, y no siempre de una manera humana y respeto al otro, al diferente. Vaclav compone una película compleja y sincera, donde sus criaturas buscan su felicidad a través del amor, y de estar bien con uno mismo, aunque los caminos que trazan para conseguirlo no sean los más afortunados y los lleven a sentirse más tristes y vacíos. La película recuerda al primer cine de Loach, Leigh o los Dardenne, tanto en su apuesta formal, donde la cámara devora a sus personajes, penetrando en su intimidad familiar y en su interior, mostrándolos de manera sencilla, como en parte argumental, donde se detiene a describirnos toda la complejidad del ser humano en su esencia más personal.

El poderoso reparto en el que Vaclav mezcla con sabiduría y energía profesionales de la interpretación con debutantes, como Karel Roden como el antipático hipocondriaco, Lena Vlasáková como Jana, la infeliz enamorada del vigilante gitano (con esa mirada triste que dice tantas cosas sin emitir ninguna palabra) Miroslav Hanus como el pirado que ve monstruos en todas partes, sin darse cuenta que su hijo le tiene miedo y hace lo imposible por huir de él, y los romaníes salidos de un trabajoso casting, que impactan con su naturalidad,  Zdenék Godla como el vigilante amante de Jana y enamorada de un imposible en la figura de Klaudia Dudová, la stripper alcohólica que tiene su amor en prisión, sin olvidarnos de los niños, que consiguen con sus miradas relatarnos toda la complejidad de sus personajes. Vaclav ha conseguido una película durísima, pero humana, en el que el amor se convierte en la única salida a sus vidas solitarias y vacías, aunque sea un amor fou, que ayudar a sus personajes a tirar para adelante, a que sus existencias tengan algo de luz, aunque sea a hostias y sufriendo más de lo debido, porque a veces lo que creemos que es bueno para nosotros, en realidad, no es más que una huida para dejar aquello que nos atemoriza, aquello a lo que no somos capaces de enfrentarnos, y preferimos, porque quizás es más fácil, seguir a lo desconocido, a lo que parece mejor para nosotros, aunque sin saberlo nos adentrarnos en la boca del lobo, en un mundo y perverso y cruel, que si bien al principio nos hará sentir mejor o al menos lo sentimos así, a la larga, volveremos a sentirnos mal y seguiremos igual o peor.


<p><a href=»https://vimeo.com/240981098″>NUNCA ESTAMOS SOLOS (We Are Never Alone) – Tr&aacute;iler Oficial HD (VOSE)</a> from <a href=»https://vimeo.com/segarrafilms»>Segarra Films</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Entrevista a Laura Mora

Entrevista a Laura Mora, directora de la película «Matar a Jesús». El encuentro tuvo lugar el miércoles 4 de abril de 2018 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Mora, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Violeta Medina de Prensa, y a Xavi Garcia Puerto de El Sur Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Heartstone, corazones de piedra, de Gudmundur Arnar Gundmundsson

QUEDATE JUNTO A MI.

La primera secuencia de la película es muy descriptiva y esencial en el devenir de la historia que nos ponemos a presenciar a continuación. Unos chavales, entre ellos Thor, uno de los protagonistas, se encuentran a la espera que algún pez pique en sus anzuelos. De repente, los hilos se tensan y empiezan a tirar como si la vida les fuera en ello, y extraen peces de gran tamaño. Uno de ellos, se encuentra con un pez escorpión, de fisionomía rojiza y muy diferente al resto de los peces que capturan, el niño lo lanza al suelo asqueado y junto a los demás, lo pisotean y lo reducen a escombros. La primera película de Gudmundur Arnar Gudmundsson (Reikiavik, Islandia, 1982) después de una fructífera carrera con un puñado de cortometrajes de éxito internacional, se lanza a una película sobre la adolescencia, sobre uno de esos veranos donde hay mucho tiempo por encima y nada que hacer. Thor y Christian son amigos, se ven todos los días, y van y vienen por un pueblo aislado de pescadores alejado del mundanal ruido. Thor vive junto a sus hermanas y su madre, el padre se marchó. En cambio, Christian tiene madre y padre pero no se avienen, el padre bebe y pega a su madre.

Los dos chicos se encuentran en un tiempo de crecimiento, de descubrimiento, de experimentar por primera vez las emociones, los primeros cigarros, beber alcohol, alguna escapada nocturna con chicas, a las que besar o hacer el amor. Es tiempo de verano, pero de verano islandés, donde hay poco que hacer, donde viven en un lugar que puede ser muy hostil, donde los chicos más mayores imponen su dominio, y los adultos se refugian en su soledad, en el alcohol o el trabajo de granja, en el que humanos y bestias conviven en un paisaje agreste, sin grandes cambios, donde el verano hay tiempo para el sol y en invierno ni se ve. Gudmundsson nos cuenta con sensibilidad y delicadeza ese período de cambios, de transición, donde se deja la infancia para ser adulto, donde la inocencia expirará para dejar paso a otro tiempo, un tiempo donde las cosas son diferentes, donde nos atraen y gustan otras cosas, donde conoceremos a otras gentes y sentiremos cosas diferentes. Una época de conocerse a uno mismo, de saber quiénes somos, que sentimos y que queremos.

El realizador islandés nos relata ese tiempo de adolescencia, de incertidumbre, junto a dos personajes, uno, Thor, un poco más joven que Christian, que desea a Beth, que quiere hacer cosas con ella, descubrirse y descubrirla, donde su amistad con Christian, su amigo del alma, se irá transformando en algo diferente a los ojos de Christian, que también empieza a descubrir sus emociones, su homosexualidad, y a sí mismo. Una película sobre la adolescencia, donde se profundiza y reflexiona de manera inteligente y honesta sobre los cambios que se producen, sobre las vivencias y ese tiempo de cambios profundos y extraños que cada persona vive en ese tiempo. Podríamos pensar que su duración de 129 minutos es excesiva, peor todo lo contrario, Gudmundsson no tiene prisa ni añade momentos superfluos o faltos de interés, nada de eso, su película vive en cada fotograma, vivimos junto a los protagonistas sintiendo sus deseos, ilusiones y desengaños, que también los hay, de manera íntima y natural, sin artificios sentimentales de ninguna clase, aquí todo pasa por un motivo y las consecuencias son palpables, a través de unos chavales que viven, sienten y desean que se les reconozca por ser quiénes desean ser, no por lo que se espera de ellos. Rodeados de ese espectacular paisaje, en ocasiones bellísimo por su entorno, y en otras, durísimo por la condición moral de sus habitantes, que juzga y pisotea todo aquello que resulta diferente, que no sigue la lógica establecida y convencional de una moral correcta.

La naturalista luz de la cinematógrafa Sturla Brandth Groulen, que consigue una fotografía que traspasa las emociones, y consiguiendo a través de los encuadres, manifestar la cercanía o la frialdad en la distintas relaciones de los personajes. Baldur Einarsoon da vida a Thor (que recuerda físicamente y de qué manera al River Phoenix de Cuenta conmigo) Blaer Hinriksson es Christian y Diljá Valsdóttir como Beth, actores jovencísimos que consiguen capturar los conflictos, miedos e inseguridades de unos personajes que también viven el verano y su desaparición como un tiempo que perderán todo aquello que eran para adentrarse en un mundo donde ya nada se estructura de la misma forma y deberán aceptarse y seguir su camino, a pesar de la oposición de los otros. El director islandés construye una película que nació a través de un sueño, en la que recoge el aroma de los retratos adolescentes más recordados del cine como Verano del 42, de Robert Mulligan, cineasta que también supo describir los conflictos de la adolescencia, o Mes petites amoureuses, de Jean Eustache, que exploró de forma bella y trágica ese tiempo de incertidumbre, y finalmente, la citada Cuenta conmigo, de Rob Reiner, donde una aventura para buscar a un muchacho desparecido se convertía en un aprendizaje crucial para curar heridas, y las más recientes, como C.R.A.Z.Y. o Call me by your name, donde la adolescencia se adentraba en una experimentación con la homosexualidad. Thor y Christian no sólo vivirán sus experiencias en la estación estival, sino que crecerán como personas, y quizás con el tiempo, encuentren algunas respuestas de todas las emociones y conflictos que vivieron aquel verano cuando eran adolescentes.

Matar a Jesús, de Laura Mora

EL LUGAR DEL OTRO.

“La resistencia es el único lugar donde habita la esperanza”

Ernesto Sabato

Paula tiene 22 años y estudia en la Universidad de Medellín, en Colombia, sale con amigos y tiene una vida parecida a la de muchos jóvenes de su edad. Pero, un día todo va a cambiar. Cuando su padre y ella regresan a casa, y en la misma puerta de su casa, un sicario asesina a sangre fría a su padre. A partir de ese instante, la vida de Paula se convierte en la obsesión de encontrar al asesino y acabar con su vida. La cineasta Laura Mora (Medellín, Colombia, 1981) que después de unos cuántos cortometrajes, tuvo la oportunidad de codirigir la exitosa serie Escobar, el patrón del mal (2012) y realizar Antes del fuego (2015) para televisión sobre la corrupción política, se enfrasca en su primer largometraje para cine Matar a Jesús que le ha llevado varios años de su vida. Una película durísima y sin concesiones, que nos lleva a un viaje infernal por las laberínticas y suburbiales calles de Medellín, una ciudad que respira violencia y transgresión moral por cada uno de sus rincones.

Nuestra guía será Paula que se impregna de toda esa violencia a pie de calle, metiéndose en la boca del lobo literalmente, siguiendo y conociendo con el asesino de su padre, un chico de su misma edad, que malvive y se mueve como una alimaña por esos espacios de odio y violencia latente. Mora nos lleva de la mano con sus dos personajes, en un relato sobre dos almas en desdicha, sobre dos personas que se encuentran a su pesar, en el que una lo sabe todo de la otra, y la otra ni siquiera tiene ninguna sospecha. La directora colombiana nos atrapa de forma sencilla y honesta, construyendo un retrato sobre dos personajes, sobre su ciudad, y sobre todo un país, sobre esa idea de la violencia como medio para solucionar conflictos, inherente, desgraciadamente, en la sociedad colombiana, aunque la película no pretende analizar el conflicto de manera general, sino que se adentra en dos almas, en dos personas que han sido atravesadas por la violencia, víctima y victimario, dos reflejos del mismo espejo, y lo hace desde a cotidianidad, llevándonos por esos lugares oscuros y siniestros por donde se mueve Jesús, lugares apartados donde practicar con las armas, callejuelas y bares donde encontrarse con los suyos, moviéndose de un lugar a otro quemando rueda de las motos que rugen por la metrópolis que parece que nunca duerme y donde el gatillo anda demasiado ligero.

Mora antepone ese tono naturalista, que hace daño, rasgado por esos rostros jóvenes pero violentados, nacidos y malvividos en ese paisaje urbano oscuro y mortal, que muestra su intimidad, sus almas en continuo conflicto, que nos guían por esta espiral donde la violencia siempre parece a punto de estallar, en un retrato donde se acercan a ese abismo interior y exterior, físico y emocional, donde todos son víctimas y verdugos, donde parece que la violencia no tiene fin, y todo se ha convertido en un bucle donde matar es el único inicio y final. Una película que destila cercanía y espontaneidad, filmada con actores no profesionales, que destilan una fuerza y una humanidad que nos azota en nuestras conciencias, mostrando una realidad social brutal, pero sin caer en ningún momento en el tremendismo, en el regodeo de la violencia, como un estilo, sino todo lo contrario, la película muestra suciedad física, pero también moral, como si todos los protagonistas fuesen almas rotas que no encuentran consuelo ni aire para sus conflictos.

Una película deudora del cine de Víctor Gaviria, uno de los máximos exponentes en reflejar esa realidad que vive en Colombia, mostrando sus personajes, sus suburbios y esa animalidad inmoral que transita por sus calles malolientes y violentas, testigo que han seguido otros cineastas jóvenes como Óscar Ruíz Navia en Los hongos o Juan Sebastián Mesa en Los nadie, cineastas jóvenes que han crecido con esa durísima realidad que ahora en sus trabajos la plasman desde la sinceridad y la naturalidad de quién lo ha vivido con sus propios ojos. Mora ha construido una película donde nos hace reflexionar sobre la violencia inherente de su país, desde dos puntos de vista diferentes pero muy cercanos, desde dos formas de entenderla y vivirla, sin ofrecer ninguna tesis ni nada parecido, mostrando el aroma que persigue ese escenario, pero desde la mirada de la que sabe que todo es más complejo de lo que en un primer instante parece, que las cosas a veces, se manifiestan de las formas más extrañas posibles, donde cada uno de nosotros, tenemos la forma de cambiarlo o al menos de mirar hacia nuestro entorno con otros ojos, sin dejarnos llevar por la podredumbre que nos rodea, resistiendo a pesar de todo, a pesar de nuestros miedos y nuestros propios deseos violentos.

Encuentro con Guillermo del Toro

Encuentro con el cineasta Guillermo del Toro, junto al actor Sergi López y Esteve Riambau, director de la Filmoteca, con motivo del ciclo que le dedica la Filmoteca en colaboración con Sitges. Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Cataluña. El encuentro tuvo lugar el domingo 8 de octubre de 2017 en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Guillermo del Toro, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Yo, Tonya, de Graig Gillespie

AMADA POR TODOS, ODIADA POR TODOS.

La sociedad estadounidense es muy proclive a divinizar sus héroes nacionales, ya sean del ámbito que sean (recordarán aquellos cinco minutos de gloria a los que se refería Warhol) en la que por supuesto no hay medida ninguna, todo adquiere una desmedida desproporcionalidad, en buena medida por los medios de comunicación, que se convierten en bestias insensibles construyendo monstruos y sobre todo, guiando los juicios de la opinión pública. Cuando estos juguetes populares se hallan en la cumbre, todos son buenas palabras y golpes en el pecho, síntomas inequívocos de una sociedad necesitada de figuras exitosas de las que emerger su orgullo patrio, pero cuando las cosas se tuercen, cuando caen estrepitosamente, cuando dejan de ser o simplemente se humanizan, aquellos que los abalaban se convierten en Mr. Hyde y disparan a matar, atizándolos con fuerza, de manera terrorífica, sin medida, despedazándolos y arrancándoles la piel a tiras, en un juego macabro y siniestro donde los medios de comunicación vuelven a dirigir a las masas y matando al monstruo. Yo, Tonya se centra en la figura de Tonya Harding, una patinadora artística que alcanzó su cenit a comienzos de los noventa,  que representaba a esa América que las autoridades esconden, la que ocultan, la que no se rige por la convencionalidad de una sociedad que aparenta moralidad y convenciones conservadoras. Tonya es la hija de LaVona Golden, una de esas madres déspota, insensible y autoritaria que ha tenido media docena de maridos y una hija, a la que trata como si fuese un soldado. Quiere que sea esa patinadora de éxito que arrolle y humille a sus rivales sin compasión. Pero, Tonya es una chica palurda, sin modales y sin un centavo, que trabajará duramente para competir con las mejores, una especie de patito feo que podrá nadar en el estanque dorado, aunque metida en un sinfín de dificultades y problemas de todo tipo.

El origen de la historia se remonta a un documental sobre Tonya que hizo Steven Rogers, guionista de la película, especializado en las comedias románticas populares, que aquí cambia completamente de rumbo y compone un retrato sobre una pueblerina don nadie que llegó a la cima y fue amada por todos,  y luego fue explusado del paraíso sin compasión, convirtiéndose en la villana más odiada del país.Graig Gillespie (Sidney, Australia, 1967) dirige la película, un director que aparte de algunas producciones convencionales, había destacado en Lars y una chica de verdad (2007) protagonizada por un imberbe Ryan Gosling. Aquí, hace su trabajo más asombroso realizando un gran biopic, que huye en todos los sentidos de las biografías al uso que nos llegan desde Hollywood. La película va por otro lado, convirtiéndose en todo un hallazgo desde la forma y su fondo, ya desde su estructura y posición ante la historia que nos van a contar, enmarcada en el dispositivo de entrevistas, como si se tratase de un fake, la trama arranca en el 2015, donde escuchamos los testimonios de los implicados en la historia, la propia Tonya, la mencionada madre, Jeff Gillooly, entonces marido, Shawn Eckhard, sus respectivas entrenadoras, el autoproclamado guardaespaldas de Tonya (pero en realidad una bola de sebo con menos cerebro que una mosca y obsesionado con el espionaje) y finalmente, y por último, pequeñas aportaciones de un bronceadísimo y paleto periodista con ganas de exclusivas amarillistas. Porque la película no cuenta la verdad de Tonya y su desgraciado incidente, sino que desdobla el punto de vista en cuatro verdades, las cuatro personas implicadas nos contarán su versión de los hechos y sobre todo, como interpretaron los hechos ocurridos, en este relato que arranca allá por el 1975, cuando LaVona Golden lleva a su pequeña hija a patinar con sólo 4 años.

A medida que avanza la película, seremos testigos de la adolescencia de Tonya junto a su maléfica madre (una especie de mezcla de la ama de llaves de Rebeca y la mala de 101 dálmatas) y su primer amor que se convertirá en su marido, el tal Jeff (un tonto de tres al cuarto, como lo describe la madre, y violento, con un bigotillo ridículo que, además golpea a Tonya) mientras Tonya sigue su camino al éxito entrenando duramente, compitiendo y soñando con ser una de las grandes y ganar una medalla olímpica. Las continuos idas y venidas de la película, no sólo se convierten en la mejor seña de identidad del filme, sino que imponen un ritmo endiablado por sus dos horas de metraje, magnífico y lleno de tensión (un montaje que hubiera firmado el mismísimo Scorsese de Uno de los nuestros o Casino) en el que las cosas suceden de manera vertiginosa, las relaciones malvadas entre los personajes, en los que Tonya parece recibir todas las hostias (como el maravilloso momento cuando se enamoran unos pipiolos Tonya y Jeff , y seguidamente los vemos casados y golpe va y viene, mientras escuchamos el “Romeo and Juliet” de los Dire Straits) los entrenamientos, las competiciones, con esos giros y piruetas imposibles bien filmadas, que nos introducen en el interior de Tonya (acompañada del “Goodbye Stranger”, de Supertram, como ocurría en otro gran momento en Magnolia)  siguiéndola de forma trepidante por la pista de hielo.

Podríamos decir que es una película en muchas, como si fuese una especie de muñecas rusas, ya que en su interior hay otras tramas, desde el drama familiar entre madre e hija, el amor fou y violentísimo, la rivalidad deportiva, las argucias y los límites de la competitividad, y hasta donde uno está dispuesto a llegar para conseguir sus objetivos,  las normas fascistas de las competiciones, donde apoyan a la que mejor representa la idiosincrasia yanqui de dinero, buena familia y éxito, en detrimento de lo que representa Tonya, esa otra América sucia, desestructurada y mugrienta, sin olvidar la elaboración del incidente (algo así como una especie de comedia surrealista con tintes de cine negro cutre y muy absurda) que empieza por el envío inocente de unas cartas amenazantes a Nancy Kerrigan (la rival de Tonya) que acaba derivando en un esperpento (con el mejor estilo de los Hermanos Coen) donde unos trogloditas sin seso acaban agrediendo a la patinadora en cuestión con una barra de hierro, y finalmente, el circo mediático donde Tonya pasa a convertirse en el ser más despreciable de la tierra, y su posterior juicio y olvido.

La película describe con gran verosimilitud y fuerza el ambiente de aquellos finales de los ochenta y comienzos de  los noventa, con la ropa hortera, los peinados con tupes imposibles y coletas al viento, que se gasta la buena de Tonya, esa luz mortecina de la América profunda donde hay bares de mala muerte donde se sirve comida grasienta y recalentada, en los que se retrata un estado de ánimo, una sociedad psicotizada por el maldito éxito, empeñada en descubrir y alentar héroes cotidianos y encumbrarlos, para luego, cuando se convierten en terrenales, bajarlos de un sopapo y quemarlos sin piedad. La impresionante y magnífica interpretación de Margot Robbie, que deja de ser aquella femme fatale florero de El lobo de Wall Street, y la mejor actuación de la olvidable Escuadrón suicida, para lanzarse al abismo en todos los sentidos con Yo, Tonya, donde además de producir una cinta de naturaleza independiente rodada en sólo 31 jornadas, se convierte en una Tonya Harding espectacular y eficiente, interpretándola en tres momentos, la adolescencia, la juventud y en la cuarentena, mostrándose endiabladamente creíble y fascinante, una mujer vapuleada por todos, aunque ella también será bastante responsable, como admite en algún momento, sin convertirla en una víctima, sino en un ser de condición humilde, que lucha por ser alguien en el mundo del patinaje, y atrapada en una espiral violenta y casi suicida que la llevó a convertirse, a su pesar, en un ser despreciable que quizás no supo a tiempo parar toda la locura que se hervía a su alrededor.

La espectacular composición de Allison Janney (que dejó buenos detalles de su talento en la serie El ala oeste de la Casa Blanca) dando vida a la madre-bruja no muy eficaz en las relaciones humanas, que quiere lo mejor para su hija, y acaba traspasando todos los límites, con el fin de que su hija sea alguien en la vida, y que no acabe como ella de camarera en un bar de mala muerte, de una ciudad vacía y poco más, una grandísima interpretación llena de matices y detalles, que casi sin decir ni pio, acaba hablando de todo, a su manera adora a su hija, aunque sus métodos sean salvajes y humillantes. El buen hacer de Sebastian Stan como el marido enamorado, pero también maltratador y pardillo, con esa relación de amor-odio que se profesan. Gillespie ha construido una película emocionante, magnífica y diferente, libre en su argumento, y con esa forma que atrapa su negrura, la cutrez de los personajes, y los diferentes ambientes, desde las luces de las competiciones a esas casas de tres al cuarto donde se cuecen todas las barbaridades habidas y por haber.