Mientras seas tú, de Claudia Pinto Emperador

COMPARTIR LA VIDA Y LA ENFERMEDAD.  

“A mi amigo Al no se le nota. No es ruidoso y no duele, no te parte el corazón y no te deja el cuerpo dolorido ni la autoestima en la basura. Es muy discreto. Simplemente te va abandonando de puntillas: un día se lleva una muda, otro día algún abrigo, otro día calcetines y así hasta que el armario se quede vacío. Solo con la estructura”.

Carme Elias sobre el Alzheimer en su libro “Cuando ya no sea yo”.

En un instante de la magnífica Relámpago sobre el agua (1980), de Wim Wenders, vemos al director Nicholas Ray en el vestíbulo de un cine sentado y quejoso. Dentro, en la sala, se proyecta una de sus películas. La cámara está fuera, en la intimidad de un hombre enfermo, alejado de todo, de lo que fue, de su cine, en un espacio que nunca vemos que ahora se hace presente, un lugar que, podríamos decir, que estamos en el otro lado del espejo, el que se queda ausente de los espectadores. La misma mirada y textura la encontramos en la película Mientras seas tú, de Claudia Pinto Emperador (Caracas, Venezuela, 1977), que ha ido rodando junto a su amiga y actriz Carme Elias (Barcelona, 1951), un relato oculto a la mirada ajena, un relato que sigue el presente de la mencionada actriz después de ser diagnosticada con Alzheimer. 

La relación entre directora y actriz nació cuando rodaban en Venezuela la película La distancia más larga (2013), en que la actriz hacía de Martina, una mujer que deseaba hacer un viaje final a la montaña Roraima para despedirse porque tiene una enfermedad incurable. La amistad siguió con Las distancias (2021), en que la actriz hacía de Teresa, la abuela de una familia compleja, donde en una secuencia en cuestión la desmemoria de la actriz provocó la visita al doctor y el fatídico diagnóstico. Lo que empezó como una forma de filmar el presente, filmar la amistad, la vida, y la enfermedad, se ha convertido en una cinta que explora esos ratos íntimos y alejados de alguien como Carme Elias, una actriz que ya no puede ser actriz, una mujer que debe vivir con una enfermedad, alguien que acepta su dolencia, y quiere tener una muerte digna cuando ya no sea yo, como citaba en su libro. La mirada de Pinto nace desde la verdad y la honestidad, se acerca como una amiga, como una persona que quiere filmar aquello que no se ve, una intimidad cotidiana, un espacio donde se repasa la extensísima carrera de la actriz, con más de medio siglo como intérprete, que empezó allá por 1969 en el teatro, en el cine y la televisión, saltando de un medio a otro, convirtiéndola en una de las actriz más valoradas de nuestro país. 

Todo se cuenta desde lo sensible y la caricia, sin caer nunca en el manido tremendismo, la estúpida sensiblería o demasiado edulcorado, aquí no hay nada de eso, hay verdad y dolor, pero desde lo humano y lo complejo, como esos momentos donde la actriz y el maestro y director de actores Juan Carlos Corazza dialogan en un intenso ejercicio de teatro, que recuerda a muchos pasajes de Tras el ensayo (1984), de Bergman, en la que repasan sus personajes teatrales, donde las emociones de aquellos y de la actriz se confunden, se emparentan y resignifican el presente de forma certera y demoledora. La excelente cinematografía que construye un lugar transparente y exquisitamente natural que firma Agnès Piqué Corbera, de la que hemos visto Canto cósmico. Niño de Elche (2021), y la reciente La imatge permanent. La dulce y acogedora música de Vanessa Garde, con más de 25 títulos con gente como Álvaro Fernández Armero, Icíar Bollaín, entre otros. El sencillo y pausado montaje de Vicente Navarro, que cimenta sin darnos cuenta una película profunda y llena de instantes de una emoción intensísima, en una película breve de apenas 73 minutos de metraje. El diseño de sonido de Fernando Novillo también ayuda a acercarnos a la sutileza de todo lo que se cuenta, sin ningún tipo de alarde ni virguería, que tiene en su haber trabajos con Agustí Villaronga, Isaki Lacuesta y Carla Subirana, entre otras. 

En menos de un año, se han estrenado tres cintas que tienen el alzheimer como tema central, visto desde miradas diferentes como la cineasta que mira sus abuelos en Toda una vida, de Marta Romero Coll, la cineasta que mira a una pareja, y finalmente, Mientras seas tú, tres formas de acercarse a la enfermedad, desde lo humano, la sensibilidad, y la sencillez, explorando las dificultades, las alegrías y la complejidad, y los recuerdos de las personas afectadas, y sobre todo, las tres obras lo hacen desde la verdad, donde no hay espacio para la grandilocuencia, sino todo lo contrario, desde lo natural, lo cotidiano y la transparencia de lo que se cuenta y con quién se está contando, en este caso, desde la mirada de una directora a su actriz y amiga, y dejar en forma de película todos esos momentos donde la vida y la enfermedad se funden, se mezclan y comparten todo. Si el cine debe mirar la vida y filmarla, aunque no la entienda, en la película Mientras seas tú, se consigue una película que se hace mientras la vemos, un ensayo sobre la vida, la memoria, son impagables las imágenes de archivo, desde las domésticas, las de los trabajos de Carme en el teatro, el cine y la televisión, y en alguna que otra entrevista, y en las zonas de backstage, donde vemos a la actriz, siendo testimonios de aquello que filma la película, esos momentos donde la persona se queda sola y a solas, sin nadie, con ella misma, con su enfermedad, sentimientos, miedos y existencia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Carlos Cuevas, Anna Moliner y Vicente Villanueva

Entrevista a Carlos Cuevas, Anna Moliner y Vicente Villanueva, intérpretes y director de la película «La ternura», en los Cines Kinépolis en Cornellà de Llobregat, el lunes 16 de septiembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Cuevas, Anna Moliner y Vicente Villanueva, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Judit Huguet de Intèrmedia Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La ternura, de Vicente Villanueva

AMORES Y DESACUERDOS. 

“La raíz de todas las pasiones es el amor. De él nace la tristeza, el gozo, la alegría y la desesperación”.

Lope de Vega (1562-1635)

La filmografía de Vicente Villanueva (Valencia, 1970), siempre se ha movido dentro de una comedia romántica al uso, películas-producto producidas para el gran público con el fin de romper taquillas. Unas más conseguidas que otras, entre las que destacan Toc Toc (2017), y Sevillanas de Brooklyn (2021), de los cinco largometrajes que ha dirigido. Con su sexo largometraje, La ternura, que adapta la pieza teatral homónima de Alfredo Sanzol, representada con grandísimo éxito, la carrera del director valenciano entra en otro campo. Un espacio donde la comedia sigue siendo el vehículo, pero deja el chiste fácil y el enredo convencional, para adentrarse en otras latitudes de comedia inteligente, es decir, una comedia que evoca a grandes nombres como los de Shakespeare, quedan evidentes sus resonancias a obras como La tempestad, Sueño de una noche de verano, y Mucho ruido y pocas nueces, entre otras, donde se introduce la fantasía con la magia de esa Reina Esmeralda que guarda mucho parecido a la Reina de Corazones de Alicia en el país de las maravillas, de Carroll, con ese aroma a aquel Hollywood clásico con aquellos queridos fantasmas de las películas de Lean, Clair y Mankiewicz, entre otros.

Estamos frente a una deliciosa y entretenidísima aventura amorosa donde hay cabida para todo tipo de elementos y situaciones como el drama, el slapstick, las aventuras con isla de volcán por medio, rica metáfora, los enredos, los inequívocos, la guerra de sexos, el travestismo, la identidad, el género, incluso, el terror y mucho más. Villanueva trata con mesura y gracia un texto potente e inteligente, llevándolo a un terreno alejado a lo convencional, mezclando texturas, fondos y argumento, que parecía que no iba a funcionar, pero todo lo contrario, porque consigue una historia llena de intensidad, ritmo y mucho amor, el de todo tipo, incluso el más inesperado y extraño. La ternura funciona como un excelente cruce entre la comedia-producto con algo más, con esa trama que nos divierte, pero no sólo eso, sino que nos hace reflexionar, sobre todo, en nosotros y cómo nos relacionamos en las relaciones personales. En definitiva, en lo mal que lo hacemos con los demás y con nosotros, en todas nuestras torpezas, vilezas y demás desastres, unas actitudes provocadas por el miedo constante y esa búsqueda incapaz e impaciente del amor, sea como sea, y al precio que sea, en fin, un desvarío y una tragedia, porque es el amor el que muere ante tanta idiotez y superficialidad. 

Una película con un gran esfuerzo de producción que les ha llevado a rodar en las Islas Canarias y la República Dominicana, que casan a la perfección en ese lugar en el que todo puede ocurrir, con ese volcán amenazante, esas flores difíciles de conseguir para fabricar pócimas que encanten a los demás… Con la gran cinematografía de Luis Ángel Pérez, del que le debemos su gran trabajo en El crack cero (2019), de Garcí, que empezó en los cortometrajes de Villanueva como La rubia de Pinos Puente (2009), y ha realizado con él la mencionada Sevillanas de Brooklyn y El Juego de las llaves. El estupendo montaje de José Manuel Jiménez, que ha trabajado en películas de Achero Mañas, Miguel Ángel Vivas, Isabel Ayguavives, entre otras. Y especialmente, la extraordinaria música de un grande como Fernando Velázquez, con más del centenar de títulos en su filmografía, al lado de Bayona, Guillermo del Toro, Wim Wenders, Koldo Serra, Oriol Paulo, y muchos más. Su trabajo en la composición es de una gran belleza con una música llena de matices, colores y apabullante que ayuda a crear esa madeja de sentimientos y emociones que hay en la película. 

Otro de los grandes aciertos de la película es su reparto. Un elenco que brilla con intensidad y funciona a las mil maravillas, porque junta a dos titanes como Emma Suárez como la Reina Madre, un personaje que no está muy lejos en su vis cómica de Diana, la condesa de Belflor en la maravillosa El perro del hortelano (1996), de Pilar Miró, basada en una pieza del mencionado Lope de Vega, del que La ternura también se nutre con esa intensa mezcla de comedia y drama amoroso que funciona con brío y gran elocuencia, con ese verso que se integra con naturalidad en la cotidianidad de la isla, de estas seis almas en busca del amor o de sí mismos, y sobre todo, de ese lugar en el mundo que todos nos encantaría encontrar. Le acompaña un partenaire magnífico, un Gonzalo de Castro como Leñador Marrón,  en su salsa, ya sea como padre o como enemigo de las mujeres, cuánta perorata sale de sus labios cuando habla de las féminas, todo un caso. Sus hijos son Fernando Guallar como el Leñador Verdemar, el mayor, el que sigue a pies juntillas las proclamas y deseos paternos, aunque no los crea. Y el pequeño, el Leñador Azulcielo en la piel de un desatado y estupendo Carlos Cuevas, el ignorante y engañado. Al otro lado, o quizás sea mejor decir, al lado o encima o debajo de ellos, las hijas de la Reina, que escapan de un destino odiado y acaban en la isla, que vaya isla para acabar. Tenemos a Alexandra Jiménez como la Princesa Rubí, una actriz que se desenvuelve muy bien en la comedia, y en los enredos y mentiras, y junto a ella, Anna Moliner, la pequeña Princesa Salmón, una actriz que baila y canta, como deja bien claro en el maravilloso número musical en el que se lucen en la playa la Reina y sus hijas, ahí es nada. 

Seis personas en busca del amor o en enamorarse, que no es lo mismo, aunque lo parezca. Seis náufragos perdidos por convicción que aún se perderán mucho más cuando sepan que no están solos, porque la compañía los desbarata y de qué manera. Seis personajes no en busca de autor, como mencionaba Pirandello, sino en busca de una salida a sus desgracias, aunque quizás, y todavía no lo saben, con este encuentro fortuito, porque ellos huyen a la isla para olvidar a las mujeres, y ellas, huyen por el mismo problema, pero con hombres. Un encuentro desafortunado que tendrá de todo, con el amor de por medio, un amor de verdad, un amor inesperado que nos revuelve y de qué manera y aún más, no sabemos el porqué, esa racionalidad que siempre nos aleja de la emoción y el sentimiento que vivimos. Quizás estamos ante la mejor película de Vicente Villanueva, juzguen ustedes, al que suscribe le ha interesado y gustado mucho, porque se deja de lo esperado y nos habla de esas torpezas, miedos y tonterías que hacemos cuando nos enamoramos o cuando creemos que hemos encontrado a alguien que sí. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las chicas están bien, de Itsaso Arana

5 CHICAS, 7 DÍAS Y UNA CASA. 

“La única alegría en el mundo es comenzar. Vivir es hermoso porque vivir es comenzar, siempre, a cada instante”.

Cesare Pavese

Siempre empezar es difícil. Empezar es abrirse a los demás, desnudarse, darse a conocer, exponerse. Empezar una película requiere mucha reflexión. Ese primer encuadre, la distancia precisa, los intérpretes y elementos que lo conformarán. El primer plano que vemos de Las chicas están bien, de Itsaso Arana (Tafalla, Navarra, 1985), es sumamente revelador. vemos a las cinco protagonistas esperando tras una cancela. Una cancela que no pueden abrir. Al rato, aparece una niña, una niña que les da la llave que abre la cancela. Un plano sencillo, sí (que nos recuerda  a aquella otra cancela que se abría para los protagonistas de Pauline en la playa (1983), de Rohmer), pero un plano esperanzador y libre, y digo esto porque esa cancela no está dando la oportunidad a otro mundo, abriéndose al universo de la infancia, de los sueños, de la libertad, de la vida, con ellas, y los muertos, que ellas recuerdan. Como sucede en los cuentos de hadas, la vida se detiene en ese mismo instante cuando cruzan esa puerta, que quizás es mágica, o quizás no, lo que sí que es, y muchas más cosas, la entrada a ser tú, a expresarse, a dejar los miedos tras la puerta, a mirar y mirarse, a ver y qué te vean, a ser una, u otra, y todas las vidas que están y las que estuvieron, a dejarse llevar, y sobre todo, compartir junta a unas amigas-cómplices, una casa, el verano, el teatro, el pueblo, su río y todo lo que el destino nos depare. 

Arana lleva desde el año 2004 peleándose con el mundo de la representación y abriendo nuevas miradas, caminos y destinos en la compañía teatral La Tristura, que comparte junto a Violeta Gil y Celso Giménez, de la que nació la película Los primeros días (2013), de Juan Rayos, sobre el proceso creativo de Materia prima, una de sus obras. También ha dirigido la película John y Gea (2012), un cine hablado y comentado de 52 minutos con la inspiración de Cassavetes y Rowlands, nos enamoró en la maravillosa Las altas presiones (2014), de Ángel Santos, ha sido coguionista de La virgen de agosto (2019), que también protagonizó, así como en La reconquista (2016), y Tenéis que venir a verla (2022), todas ellas de Jonás Trueba. Una mujer de teatro, de cine, un animal de la representación, de la verdad y mentira que reside en el mundo de la creación y demás. Su ópera prima Las chicas están bien se nutre de todos sus universos, miradas y concepciones de la creación y mucho más, porque la película está llena de muchos caminos, cruces, (des) encuentros, destinos e infinidad de situaciones. 

Una película que a su vez no es una película, es y volviendo a ese primer plano que la abre, una entrada a ese híbrido, por decirlo de alguna manera, a ese universo donde todo es posible, un cine caleidoscópico, un cine que profundiza en la ficción, el documento, la realidad, la no verdad, el teatro, en la propia materia cinematográfica, en inventar, en ensayar la ficción y la vida, en exponer y exponerse, tanto en la vida como en la ficción, y viceversa. Una película totalmente libre y ligera, pero llena de reflexiones de las que no agotan, las que están pegadas a la vida, a su cotidianidad, a lo que más nos emociona, a lo que nos alegra o entristece, y a lo que no sabemos definir. Un cuento de verano, que encaja a la perfección con el espíritu de “Los ilusos”,  con sus productores Jonás Trueba y Javier Lafuente, la cinematografía llena de luz, veraniega y nocturna de Sara Gallego, de la que hemos visto hace nada Contando ovejas y Matar cangrejos, y la «ilusa», Marta Velasco, en labores de montaje, siempre medido, lleno de detalles, rítmico, con sus 85 minutos de metraje que tienen dulzura, pausa y moviminto. Un cine descarnado, que se define por sí mismo, no sujeto a ningún dogmatismo ni corriente, sólo acompañando a la vida, al cine que se hace con pocos medios, pero lleno de inteligencia y frescura, transparente, muy reflexivo, que capta con inteligencia las dudas, los miedos e inseguridades del proceso creativo que tiene la vida y la muerte en el centro de la cuestión. 

Su aparente sencillez y ligereza ayuda a reflexionar de verdad sin que tengas la sensación de estar haciéndolo, sólo dejándote llevar por las imágenes libres y vivas de la película, que consigue atraparnos de forma natural y haciéndonos participes en ese mundo íntimo en el que transitan estas cinco mujeres, con sus amores no correspondidos, sus amores que surgen, sus recuerdos de los que no están, la vida que está llegando, y los mal de cap de la escritura, de las dudas y reflexiones y miedos para construir una ficción que tiene mucho de verdad o realidad, como ustedes quieran llamarla. Un cine que se parece a muchas películas en su artefacto desprejuiciado y atento a los sinsabores y alegrías vitales como el que hacen Los Pampero, Matías Piñeiro, la últimas de Miguel Gomes, Joâo Pedro Rodrigues y Rita Azevedo Gomes, y algunos más, donde el cine, en su estado más primitivo, más ingenuo, como si hubiera vuelto a sus orígenes, a ese espacio de experimentación, de sueños, de libertad, de hacer lo que me la gana, de un mundo por descubrir, una aventura de la que sabes cómo entras pero no como saldrás. Una travesía llena de peligros, de incertidumbre, de esperanza, de alegrías, de tristezas. 

Una película como esta necesita la complicidad del grupo de actrices amigas y compañeras que aparecen en la pantalla, siendo ellas mismas, interpretándose a sí mismas, y a otras, o a otras más, donde todas son ellas mismas y todas juntas al unísono. Con dos “tristuras” como Itziar Manero (que hemos visto hace poco en Las tierras del cielo, de Pablo García Canga, en la que está como productor el citado Ángel Santos), y Helena Ezquerro, dos actrices que estuvieron en Future Lovers. Una, la rubia, a vueltas con el recuerdo de su madre, con ese momentazo a “solas con ella”, y la otra, más extrovertida, que se vivirá su enamoramiento, junto a las tres “ilusas”, Barbará Lennie, que protagonizó Todas las canciones hablan de mí, la primera de Jonás Trueba, que sin ser ilusa, ya recogía parte de su espíritu, con su relato de esa vida que está a punto de llegar, Irene Escolar, que estuvo en la mencionada Tenéis que venir a verla, la princesa del cuento, la vitalidad y la sensualidad en estado puro, que tiene uno de los grandes momentos que tiene la película con ese audio-declaración, que recuerda a aquel otro momentazo de Paz Vega en Lucía y el sexo (2001), de Medem.

Finalmente, tenemos a Itsaso Arana, guionista y directora de la película-cuento-ensayo o lo que quieran que sea, o como la miren y sientan, que ahí está la clave de todo su entramado, en funciones de escritora y directora de la obra de teatro que están ensayando, esas mujeres junto a una cama que esperan al lado de una moribunda o muerta, una cama que será el leitmotiv de la película, que cargan a cuestas y que escenifica esas charlas y reflexiones, como si fuese la cama el fuego de antes. Una mujer a vueltas con el azar, la inquietud y la creación como acto de rebeldía, libertad y prisión. No se pierdan una película como Las chicas están bien porque es una delicia, bien acompañada por la música de Bach y otros temas, y no lo digo por decir, ya verán cómo sienten lo mismo que yo, y no lo digo como una amenaza, ni mucho menos, sino como una invitación a disfrutarla, porque es pura energía y puro deseo, amor, y vital, tanto para las cosas buenas y las menos buenas, y magnífica, porque no parece una película y sin embargo, lo es, una película que habla de la vida, de la muerte, de quiénes somos, de cómo sentimos, cómo amamos y cómo nos reímos, como pensamos, como lloramos, como estamos en este mundo que nos ha tocado, y sobre todo, cómo nos relacionamos con los demás y sobre todo, con nosotros mismos. Gracias, Itsaso, por hacerla y compartirla. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Rita Azevedo Gomes

Entrevista a Rita Azevedo Gomes, directora de la película «El trío en mi bemol», en el Zumzeig Cinema en Barcelona, el martes 2 de mayo de 2023

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Rita Azevedo Gomes, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación y Diana Santamaría de Atalante Cinema, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

El trío en mi bemol, de Rita Azevedo Gomes

EL AMOR Y EL CINE SE MIRAN. 

 “Hay una contradicción: puertas que se cierran/puertas que se quieren abrir. Yo, que soy un ser contradictorio, estoy destinada a crear contradicciones, y no a detectarlas. Estas grandes contradicciones me obligan a posicionarme siempre de forma extremadamente ambigua frente a lo real. Lo que creo que soy es lo que puedo ser en lo que hago”.

Rita Azevedo Gomes

Se llaman Adélia y Paul. Fueron pareja y hace un año que cortaron. Ahora son ex que se encuentran como amigos, o al menos eso es lo que parece. Son siete encuentros durante un año. Hablan de lo que fueron, de lo que son y posiblemente, no serán. También, hablan de música, de ellos y el amor. Ellos son el eje central de El trío en mi bemol, la única obra de teatro que escribió el gran Éric Rohmer (1920-2010), que aquí se representó en las tablas de la mano de Fernando Trueba y con Sílvia Munt y Santiago Ramos. Ahora, nos llega la primera adaptación al cine de la mano de Rita Azevedo Gomes (Lisboa, Portugal, 1952), y cómo no podía ser de otra manera, conociendo el cine de la lisboeta, es una adaptación muy atípica, rehuyendo lo convencional y adentrándose en una intensa búsqueda sobre la representación del amor, del cine y nuestra propia forma de mirar y sentir, en el que el maravilloso y revelador arranque ya deja clara su mirada y su camino. 

La película nace producto de la pandemia, porque en noviembre de 2020, un equipo muy reducido de amigos se instaló tres semanas en Modelo de Minho, en el norte de Portugal, y dió forma a una película, que no sólo recoge el espíritu de Rohmer – las adaptaciones de La venganza de una mujer (2012) y La portuguesa (2018), tenían la misma textura y tono que La marquesa de O (1976) y Perceval le Gallois (1978), -, sino que se investiga a sí misma, y a modo de espejo-reflejo moldea las formas de la representación y el metalenguaje en una suerte sorprendente, ligera y profunda del cine y todo su entramado tanto en lo que vemos como lo que se nos oculta. Tenemos a cuatro almas, las citadas que componen la pareja protagonista rohmeriana, y los otros dos, el director y su ayudante, en el que la vida, el cine, la ficción y demás, se entrecruzan, se mezclan y fusionan creando múltiples espacios y miradas en las que a ciencia cierta nunca sabes dónde estás, y eso hace que la película de Azevedo Gomes, dentro de su extrema ligereza, oculte una estupenda profundidad donde todo se contagia, se acompaña y sobre todo, todo se moldea en un ejercicio magnífico de vida, de cine y de todo. 

No es la primera vez que la directora portuguesa se detiene a investigar sobre las formas y estructuras de la representación, si no recuerden su anterior film, Danzas macabras, esqueletos y otras fantasías (2019), que junto a Pierre León, el Paul de esta, y Jean-Louis Schefer profundizaban sobre las formas de representación y demás aspectos del arte, que tiene en Vanya en la calle 42 (1994), de Louis Malle, su espejo-reflejo, en la que un grupo de intérpretes ensayaban a Chéjov o quizás ensayaban sobre la vida, el amor y ellos mismos, intentando encontrar su mejor versión o no. La directora se acompaña en esta aventura con cómplices cercanos como el cinematógrafo Jorge Quintela, el sonidista Olivier Blanc, el guionista Renaud Legrand, y los intérpretes Rita Durào y el mencionado Pierre Léon, que dan vida, preocupaciones y contradicciones a la peculiar pareja protagonista, a esos dos ex que hablan de su pasado, del presente sentimental de ella y de un futuro que parece que no llega o cuando lo hace ya se ha transformado en otra cosa, y luego su reflejo, la otra pareja, la que hacen Ado Arrieta y Olivia Cábez, director especial y extraño que nunca está satisfecho de la película que está rodando, un personaje casi fantasmal, un tipo que parece algo que no es, o quizás sólo lo imaginamos, y ella, su ayudante, que le acompaña, que le guía por la película o por el rodaje de la película, porque todo va de aquí para allá, traspasando los diferente mundos, o quizás sólo es uno y nosotros pensamos que no, ahí también se sustenta la película, en ese proceso de infinita búsqueda donde el cine va más allá, donde lo tangible adquiere otro significado y damos paso a otros mundos, otros espacios, y todos se transforman. 

En El trío en mi bemol, la cosa se presenta como una comedia sentimental ligerísima, con esa naturalidad e intimidad que traspasa, sustentada en largas conversaciones, en las que hay de todo, cercanía y lejanía entre los dos protagonistas, filmadas en largos planos secuencias donde la cámara se queda fija, con algún que otro movimiento ceremonioso y pausado, presentando una parte del espacio, en el que se describe el interior de cada uno de los personajes, donde cada mirada, y sobre todo, cada gesto resultado revelador. Una trama que no es, donde aparentemente todo se mira de una pasada, pero he aquí, las conversaciones entre los dos ex amantes esconden muchas cosas más, y su profundidad radica en que no lo parece, que todo parece diferente, que todo no es como en realidad es. La película se convierte en una especie de caleidoscopio infinito en que todo tiene su reflejo, en ocasiones perceptible, y en otras, muy confuso, y en pocas, nos devuelve a una imagen natural, como pionera, una imagen que está exenta de misterio o quizás sólo nos lo parece. Una película que investiga, y nos investiga a los espectadores, viva, múltiple, intensa y natural, que parece una cosa y quizás es otra, una película que mira y nos mira, que nos refleja y la reflejamos, una película contaminada de un continuo interrogatorio con ella misma y con quién la mira.  

Una película hecha en libertad y con pausa, que define con exactitud la mirada y el cine de Rita Azevedo Gomes, una directora que se inició en el cine en 1990 con O som da terra a tremer, sobre un escritor que no escribió nada, y ya define su cine, apartado de modas, tendencias y tantas cosas que nada tienen que ver con el cine y mucho menos con mirar y ser mirado, que es al fin y al cabo la verdadera naturaleza del cine, sumergirnos en una experiencia en el que todos los espectadores sepamos muy poco de la película y nos dejemos llevar, como si fuéramos protagonistas de una aventura a lo desconocido, nos dejemos llevar y que las imágenes y sonidos que contemplemos nos afecten en algún sentido o en todos los sentidos, que nos transforme de alguna manera y nos cuestione cosas, y la película de Azevedo Gomes no sólo nos transporta a otro mundo, a otro espacio, muy reconocible pero a la vez completamente desconocido, que nos seduce y nos sumerge en esos otros mundos, en todos esos paisajes físicos y emocionales, y espirituales, donde cabe todo y cabemos todos, siendo presos de unas imágenes y sonidos, de diálogos, de miradas y sobre todo, de la vida, el cine y el amor que se fusionan y nos enamoran. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Llàtzer Garcia

Entrevista a Llàrzer Garcia, dramaturgo y director de la obra de teatro «Al final, les visions», en su domicilio en Barcelona, el jueves 28 de julio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Llàtzer Garcia, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La inspiración. El gran Pirandello, de Roberto Andò

PIRANDELLO TRISTE. 

“Pero a un personaje no se le da vida en vano. Criaturas de mi espíritu, aquellos seis vivían ya una vida que era la suya propia, que había dejado de ser una vida que ya no estaba en mi poder negársela”.

Luigi Pirandello 

Nos encontramos en algún pueblecito de Sicilia, que podría ser Agrigento, el pueblo donde nació el famoso escritor y dramaturgo Luigi Pirandello en 1867. Estamos ahí porque el ama que cuidó al insigne poeta ha fallecido, y Pirandello se queda para despedirla y honrarle el último adiós. Allí, conocerá a una pareja muy peculiar de enterradores, Onofrio Principato y Sebastiano Vella, que, además de tan noble oficio, por las noches, se reúnen con un grupo de vecinos y ensayan su nueva obra de teatro, un vodevil y farsa en toda regla. El director Roberto Andò (Palermo, Italia, 1959), del que hemos visto Viva la libertad (2013), sobre la política y sus indudables máscaras, y Las confesiones (2016), en el que comparten intriga un monje y un alto mandatario del G8, ambas protagonizadas por el grandísimo Toni Servillo, un actor capaz de interpretar a tipos tan diferentes como el silencioso Titta Di Girolamo, el corrupto Giulio Andreotti y el siniestro Silvio Berlusconi, todas ellas en películas de Sorrentino. 

El cineasta italiano compone un guion junto al tándem Ugo Chiti y Massimo Gaudioso, escritores de las películas de Matteo Garrone, en el que imagina y fabula un momento de crisis creativa y tristeza del gran Pirandello, allá por la Sicilia de 1920, un hombre de reconocido prestigio y éxito, vuelve a su pueblo, y también se atasca con su nueva obra, donde una serie de personajes se le aparecen sin descanso. La historia va mucho más allá, porque a la tristeza del dramaturgo se añaden unas dosis de humor absurdo y tan italiano, en la piel del dúo cómico “Ficarra e Picone”, en la piel de un par de tipos que por sí solos ya podían tener muchas películas a sus espaldas. Pirandello se introduce casi sin quererlo en los ensayos de la obra de teatro amateur, o “unos aficionados profesionales”, como se menciona en algún momento, y vive ese otro mundo, o esos otros mundos, como comprobaremos, donde hay de todo: infidelidades, desamor, envidias, litigios y demás, con esa idea de “Por delante y por detrás”, de Michael Frayn, donde la ficción del teatro y la vida real se confunden. La mezcla de creatividad y comedia absurda y slapstick, funciona con orden y acierto, quizás podríamos decir que cuando la película se aloca se vuelve mucho más interesante y entretenida. 

Andò tiene en mente películas como El cartero y Pablo Neruda (1994), de Michael Radford, y Shakespeare enamorado (1998), de John Madden, en las que los poetas famosos lidiaban con personas anónimas y desconocidas y nos tropezamos con relatos llenos de humanidad, transparencia y muy cercanos. La película sigue a Pirandello y también a los otros, ese espejo donde el famoso dramaturgo italiano verá y se inspirará para su inmortal y magnífico texto de “Seis personajes en busca de autor”, que pondrá la piedra del teatro moderno, romperá la cuarta pared, y sobre todo, fusionará la vida, la ficción, el autor, la creatividad, la farsa, la mentira y tantas cosas imposibles de casar hasta entonces. Andò se reúne de un equipo conocido como el cinematógrafo Maurizio Calvesi, que tiene más de 100 títulos en su filmografía, y ha trabajado en las 7 de las 8 películas del director palermitano, y el mencionado Toni Servillo, ahora en la piel de un taciturno y silencioso Luigi Pirandello, en plena crisis creativa y tratando con tantos fantasmas, que recuerda a aquel Ebenezer de Dickens, y a su lado dos fichajes como el dúo cómico “Ficarra e Picone”, esos Gordo y Flaco, esos dos clowns, que podrían pulular por alguna de Valle-Inclán, por sus vidas tan sombrías y esperpénticas, muy del estilo de Buster Keaton y Chaplin y del cine silente. 

No podemos olvidar la breve aparición pero tremendamente estelar como la de Renato Carpentieri, uno de esos actores que llevamos más de cuatro décadas viendo en películas tan importantes como las de Gianni Amelio, Nanni Moretti, Alice Rohrwacher y el citado Paolo Sorrentino, y otros intérpretes maravillosos y juguetones que componen una marabunta de personajes que viven y sobreviven en ese desbarajuste de obra de teatro, que habla más de lo que ocurre en el pueblo que del vodevil que quieren representar o quizás, es al revés. La inspiración. El gran Pirandello (“La stranezza”, en el original, traducido como “La extrañeza”), viajamos al inicio de la década de 1920, en uno de esos pueblos con la textura y el tono del “realismo mágico” de García Márquez, con esos personajes tan cercanos y a la vez, tan extravagantes y curiosos, que se dejan querer y mucho, y una historia que se ve con entusiasmo, con sensibilidad y con ese aroma de fábula, de cuento de antes y de siempre, donde la realidad adquiere una fantasía que nos lleva a imaginar, a inventar y sobre todo, a vivir, porque sería la vida sin el amor por la pasión y la aventura de ser otros, de intercambiarnos y de sentir que podemos ser y sentir de diferentes formas, maneras y seguir siendo siendo otros y otras. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una noche sin luna, de Juan Diego Botto/Sergio Peris-Mencheta. TNC

¡VIVA LORCA! ¡VIVA EL TEATRO! ¡VIVA BOTTO!.

“Somos porque otros nos recuerdan”.

La primera vez que tuve un encuentro personal y profundo con la figura del poeta Federico García Lorca (1898-1936), fue allá por 1998 en el Teatre Lliure en Barcelona, con la obra Cómo canta una ciudad de noviembre a noviembre, con Juan Echanove sobre el escenario, interpretando al excelente poeta al piano rememorando unos recitales que hizo en New York. La experiencia fue magnífica. La magia del teatro revivía no solo a Lorca, sino que lo acercaba al presente, a mí que, desde entonces, lo leo y lo descubro a cada lectura, y me descubro a mí mismo, porque la mejor manera de recordar a alguien que escribía es leyéndolo y descubriéndolo con cada lectura. Otra vez en un teatro y con Lorca, he vuelto a recordar aquella experiencia con Echanove de la mano de Juan Diego Botto, en su espectáculo Una noche sin luna, escrito por él, a partir de textos de Lorca, y dirigido por Segio Peris-Mencheta, en el Teatre Nacional de Catalunya, el viernes pasado 9 de diciembre a las 19h de la tarde. No un día cualquiera. Día de estreno. Entre el público muchas de las gentes del teatro de Barcelona.

 

El montaje lleva dos años de enorme éxito por todos los teatros del país, agotando entradas allá por dónde va, con Premio Nacional de Teatro para Juan Diego Botto y otros tantos reconocimientos. En sus primeros minutos, Botto y Lorca, tanto monta, monta tanto, ya nos seduce con cercanía, tanto en el escenario como por el patio de butacas. La inteligencia de un actor de pasar de la ficción a la realidad, o podríamos decir, a la realidad del teatro, en que va dejando claro la intimidad y la naturalidad de la obra, porque Botto, solo ante el peligro, sin más compañía que el público expectante que abarrotaba la inmensa sala grande del TNC. La obra hace un recorrido por la vida de Lorca, pero no centrándose en sus grandes momentos, sino en aquellos más sencillos y cotidianos, como una de sus primeros funciones con marionetas y su altercado con la ley que le cerró el pequeño teatro donde actuaba, o aquel otro con su compañía La Barraca, que acercaba el teatro a las gentes más humildes, y su altercado con los aldeanos a pleno sol, y ese amanecer, ¡Qué amanecer!, y hasta aquí puedo leer, y muchas más. Botto hace un recorrido muy íntimo, honesto, del alma, desordenado y sencillo, donde escuchamos algunos discursos hacía la muchedumbre, y muchas otras situaciones.

 

Quedamos maravillados del espectacular espacio escénico por el que se mueve Botto, diseñado por Curt Allen Wilmer con EstudiodeDos, en el que nos vemos por encima de tablas de madera que van abriendo puertas, secretos y confesiones del pasado del poeta, que encierran en su interior objetos, pasajes, y demás memoria del artista, y también, tierra, mucha tierra, aquella que lo sigue ocultando en algún lugar de Granada hace ya más de ochenta años. La maravillosa luz de Valentín Álvarez, que ha trabajado en teatro y cine, con nombres tan ilustres como Víctor Erice, Alberto San Juan y el propio Peris-Mencheta, y al música de Alejandro Pelayo, la otra mitad de Marlango, creando esos espacios donde nos transportamos a la memoria del poeta y su legado, sobre todo, su legado, como ese especial momento en que Botto toca en un piano imaginario y escuchamos su sonido. La magia y la fantasía, en definitiva, el mundo de los sueños y los fantasmas, están muy presentes en todo el espectáculo, porque Botto es un auténtico animal escénico, una alma entregada a la memoria del poeta, trayendo todo su arte, su lucha y su política hasta hoy relacionándolos con la actualidad.

 

Botto no pretende ser Lorca, sería un mascarón, ni revivir al poeta, sino a mirarlo, a situarse frente a frente, a acompañarlo, a sentirlo, a disfrutarlo, y eso, tan bello y tan mágico que consigue con una inmensa naturalidad de transmitirlo a todos los espectadores, que nos quedamos hipnotizados por todo lo que nos cuentan sobre Lorca vía Botto, y en su continuo diálogo con el público, al que hace partícipe constantemente, en que escenario y patio de butacas acaba formando un solo núcleo, heterogéneo y lleno de vida e ilusión, reflejando esa idea de Lorca, acercar el teatro a todos y hacerlo de forma sencilla y honesta, para que todos reflexionemos y hagamos ese acto tan sencillo y revolucionario en los tiempos que corren como es pensar, porque Una noche sin luna, nos emociona pero también, nos hace pensar. El montaje crea con maestría ese espacio único y maravilloso en que descubrimos aspectos ocultos de Lorca, en un tono divertido, porque humor hay mucho, pero también, tristeza y acongojo, transitando por los diferentes estados y fusionándolos, donde vida, teatro y memoria se funden, generando todo un gazpacho inmenso de palabras que resuenan, sonidos que nos capturan y nos envuelven, y esa canción de Rozalén que habla de tanto y de nosotros.

 

La dirección de Peris-Mencheta es sublime, certera y llena de sabiduría, que con Botto hacen un tándem maravilloso, donde los dos actores, director y actor y viceversa, en una relación donde la magia vuela ante nosotros, que repiten después del éxito de Un trozo invisible de este mundo. Lo que pasó la otra tarde en el Teatre Nacional de Catalunya fue enorme, de esos días que me reconcilian con la vida, porque el otro día, el viernes 9 de diciembre de 2022, en la ciudad de Barcelona, Federico García Lorca volvió a la vida en la piel, el rostro y la voz (qué locución, que tempo y qué ritmo tiene su voz), de Juan Diego Botto, que hablaron por él, invocándolo y devolviéndonos todo su amor por la vida, por la poesía, por el teatro y por todo, porque Una noche sin luna va mucho más allá de un espectáculo sobre Lorca o sobre su memoria, sino que es una mirada profunda y muy personal de Botto sobre Lorca, sobre todo lo que queda en nuestros días sobre uno de los poetas más extraordinarios de la historia, transmitiendo su legado, y humanizándolo, mirándolo a los ojos, reflejándose en él, y sobre todo, acompañándolo y sintiéndolo, se puede pedir más, sí, pero no mejor. ¡LARGA VIDA A LORCA, AL TEATRO Y A BOTTO!. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Viaje a alguna parte, de Helena de Llanos

LO QUE NOS DEJAN LOS QUE YA NO ESTÁN.

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”

Gabriel García Márquez en “Vivir para contarla”

La verdad es que, aunque muchos se nieguen a reconocerlo, lo que verdaderamente somos, se lo debemos a otros, a todos aquellos que nos precedieron, a todos aquellos que nos dieron la vida, a todos aquellos que estuvieron aquí antes que nosotros. En realidad, somos la suma de todos nuestros antepasados. Solo somos porque ellos fueron alguna vez. Ahora, que somos, la idea de cómo los recordamos siempre está en nosotros. Todos los recuerdos, objetos, documentación y memoria que dejan cuando ya no están. El nuevo trabajo de Helena de Llanos (Madrid, 1983), transita por ese lado. Porque la directora es la nieta de Fernando Fernán Gómez (1921-2007), y su objetivo, nada fácil, es hacer una película sobre el insigne actor, director, escritor, dramaturgo y muchísimas cosas más. Viajar por un legado muy prolífico que abarca la inmensidad de más de 200 películas como actor, 28 títulos como director, amén de muchos trabajos para la televisión, abundante obra en forma de novela, teatros y demás. Un trabajo nada fácil, lo dicho.

Un trabajo muy costoso en el que la directora-nieta ha invertido cinco años clasificando el material infinito, una quimera el de bucear por el inmenso legado en forma de objetos, documentación e imágenes, del que ya vimos un adelanto en el imprescindibles que TVE le dedicó a José Sacristán, cuando el gran actor se veía con Helena y mostraban algo de toda aquella documentación. La directora que tiene una trayectoria en la que ha hablado de política, perspectiva de género y lo rural siempre en un tratamiento de la no ficción, se instaló en el 2016 en la casa de los abuelos, el citado Fernando y Emma Cohen (1946-2016), no de sangre, pero sí de amor. De Llanos plantea una película-recorrido por la casa, tanto exterior como interior, pero no un recorrido al uso, sino todo lo contrario, un itinerario que nos recuerda a aquel otro de la Alicia de Carroll, donde la realidad y la imaginación se presentan constantemente, se mezclan, se fusión, nos confunden y además, se van bifurcando en infinitos caminos, donde Fernando Fernán-Gómez y Emma Cohen están presentes y ausentes, como nos adelante una de las frases con las que se inicia la película. La función muestra el trabajo de los dos, todo su legado y su memoria, con la que nos cruzamos a cada paso y suspiro que damos por la casa.

Helena es a su vez la directora y la protagonista, que deambula por la casa, establece diálogos con sus abuelos, en el caso de Fernando capturando minuciosamente fragmentos de sus películas, obras de teatro y novelas, y en el de Emma, algunas imágenes con ella viva, y desentierra muchas de sus obras, tanto cinematográficas como literarias, desconocidas en su mayoría. Y no solo eso, recupera el personaje de Juan Soldado, que interpretó Fernando en televisión, en la piel de Tristán Ulloa que se pasea por la casa, con su cuerpo y la voz del desaparecido actor. Invita a los intérpretes de esa mítica película El viaje a ninguna parte, de la que extrae su título, como son José Sacristán, Juan Diego, Nuria Gallardo y Tina Sainz y Óscar Ladoire, que interpretan algunos fragmentos de su obra, así como Verónica Forqué. También, otros intérpretes, todos pelirrojos como el abuelo de joven, escenifican otras partes de la obra tanto de Emma como de Fernando. De Llanos se acompaña de excelentes técnicos como Almudena Sánchez en la cinematografía, que ha trabajado con Chus Gutiérrez, y gran trabajo de edición en el que están Emma Tusell, montadora de Cuerda y Vermut, entre otros, Adrián Viador y la propia directora, para organizar o desorganizar un hermosísimo, trepidante, intenso, desordenado y emocionante collage en el que todo vale, todo se enreda, y sobre todo, se siente el amor y la memoria de los abuelos que ya no están.

Viajamos por un inmenso rompecabezas donde no hay tiempo, porque todo vive, en que todo lo que vemos no es real, o sí, todo lo que vemos pertenece a la fábula, al mundo de los sueños, de la reinterpretación, donde el archivo cobra vida y se mueve y se percibe en cada rincón de la casa. Y no solo eso, también hay reflexión y discusión, porque se plantea la cuestión de cómo hacer una película con todo ese inmenso archivo sin caer en los tópicos, en los lugares trillados y en ese sentimentalismo tan horrible, sino hacer una película sobre como recordamos a los que ya no están, usando su trabajo, su legado y su memoria, donde el cine sea cine, teatro, literatura, imaginación, ensoñación, fabulación, verdades a medias y enteras, y mentiras auténticas o deshonestas, todo al servicio para recordar y resucitar a los abuelos Fernando y Emma, y sobre todo, tenerlos en un mismo espacio, un espacio invisible, oculto, un espacio que no pertenece a este mundo, solo al mundo de los que se atreven a soñar y sobre todo, a invocar a los ausentes y presentes, o diciéndolo de otra manera, un espacio solo existente en nuestros corazones, en ese espacio donde todos los sueños son posibles, en ese espacio donde solo los valientes se atreven a soñar, a volar, a recordar de verdad, y se atreven a vivir y sentir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA