Góndola, de Veit Helmer

EL AMOR EN LAS ALTURAS. 

“Soy humorista porque miro al mundo con sentido crítico, pero con amor”. 

Jacques Tati 

Durante sus tres primeras décadas de vida el cine fue privado del sonido, y como consecuencia del diálogo. Esto provocó que el cinematógrafo usase la expresión del intérprete y el decorado como herramientas de comunicación muy expresivas. Con la llegada del sonoro, el cine hablado dejó en segundo plano los elementos de expresión citados para prevalecer el diálogo que, con el tiempo, se impuso a los otros aspectos, dejando huérfano el cine de su esencia. De vez en cuando, algunos cineastas miran al pasado y recogen todo aquel legado de los pioneros y consiguen devolver al cine su magia y su expresión auténtica, aquella que no necesitaba diálogos para contar cualquier historia. Quizás el maestro de maestros sea Jacques Tati (1907-1982), el cineasta que mejor ha recogido todo esto de lo que estoy mencionando. El director francés y su eterno alter ego Monsieur Hulot, un tipo que, sin palabras, definió como nadie el hombre enfrentándose a la maquinaria autodestructiva del progreso y la estúpida velocidad de la modernidad en pos a lo humano en la inolvidable Playtime (1967). 

El cine de Veit Helmer (Hannover, Alemania, 1968), se mueve a partir de sencillas e íntimas historias protagonizadas por personas corrientes, de vidas anodinas y comunes que, sin pretenderlo, van descubriendo las alegrías y tristezas de la vida, a partir de atmósferas que nacen de la fábula y el cuento, siempre sin diálogos, favoreciendo enormemente la expresión del intérprete, la imagen, el color y el decorado, donde emergen lugares rurales con encanto y casi imperceptibles, donde el sonido y la música, elementos capitales en su cine, van estructurando cada detalle y gesto. De sus 8 largometrajes desde que debutó con Tuvalu (1999), otros como Absurdistan (2008), y The Bra (2018), maravillosa historia de amor de un conductor de tren de mercancías que busca a la propietaria de un sujetador que ha encontrado protagonizada por una maravillosa Paz Vega, en la que sale Denis Lavant que ha trabajado en dos de sus películas. En Góndola, nos sitúa en las inhóspitas montañas del Valle de Adjara en el sudoeste de Georgia, en el teleférico que une un remoto pueblo con la ciudad, donde Nino, una chica trabaja como cobradora y aguanta al antipático y dictador jefe. Un día, llega Iva que cobrará el otro teleférico, que se junta con el otro en mitad del recorrido cada 30 minutos. 

Con una concisa y detallada cinematografía de Goga Devdariani, donde a partir de una rica gama de colores y texturas, va componiendo desde el color y los encuadres todo el relato, como la excelente música del dúo Malcolm Arison (que ya trabajó con el director en Quatsch un die Nasenbärbande de 2014), y Sóley Stefánsdóttir, que recuerda a aquella maravilla que hizo Carlos D’Alessio para Delicatessen (1991), de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, con la que guarda muchas similitudes de tono y demás. El conciso y reposado montaje de Mortiz Geiser, con sus breves 78 minutos de metraje, donde todo fluye sin sentimentalismos ni nada que se le parezca, sino contando esa poética y sensible love story desde la más absoluta cotidianidad y sencillez. La fantástica pareja de actrices compuesta por la georgiana Nino Soselia como Nino, la mujer que sueña con ser azafata de una gran compañía de aviones, y la “nueva” que hace la francesa Mathilde Irrmann como Iva, la recién llegada que, entre viajes de ida y vuelta, va conociendo a Nino, riéndose y jugando a la vida y a al amor, y relacionándose con los “otros”, los pocos pasajeros como una pareja de niños que también juegan al amor, una madura y viuda huraña y un vaquero, un discapacitado con permiso para soñar y demás pasajeros. 

Si recuerdan al ex payaso Louison y a la triste y apocada Julie Clapet y cómo se conocieron, también en las alturas y a partir de la música, en la mencionada Delicatessen, les encantará el relato que nos cuenta Góndola, de Veit Helmer, porque demuestra que hay películas que no necesitan de los diálogos para emocionarnos y transportarnos a aquella magia que tenía el cine, y de tanto en tanto, vuelve a brotar frente a nosotros. Porque el cine después de 129 años de vida todavía tiene la capacidad de seducirnos con lo más básico y tangible, eso sí, acertando en las dosis adecuadas para que toda esa intimidad se convierta en algo mágico, ya sea en el lugar más remoto y tranquilo del mundo, en esos sitios donde no es pase nada, es que nunca pasa absolutamente nada, y si pasa, casi nadie lo percibe porque ocurre muy desapercibido, en Góndola se detienen en esos personajes que pasaban por ahí, en un teleférico que va y viene, como la vida, como el amor, como los habitantes de este pueblo sin nombre en un lugar que quizás, no aparece en los mapas, o de pasada, pero que también ocurre la vida y todas sus consecuencias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jessica Woodworth

Entrevista a Jessica Woodworth, directora de la película «Luka», en el hall del Hotel Evenia Rocafort en Barcelona, el miércoles 9 de octubre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jessica Woodworth, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sylvie Leray y Matías Boero Lutz, que hizo la traducción, de Reverso Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Luka, de Jessica Woodworth

LA AMENAZA FANTASMA. 

“Madre, cuando leas estas palabras, hará ya mucho que me he ido. Los dos sabíamos que este día llegaría. (…) En mis primeros recuerdos estoy en tus brazos. Contándome las historias épicas de la Fortaleza de Kairos. Donde intrépidos guerreros defienden los restos de nuestra civilización. (…) Ahora soy más fuerte de lo que lo seré nunca. Sobreviviré al viaje. Me uniré a sus filas y me enfrentaré al norte. Cuando mires a las nubes en el cielo, piensa en mí”. 

Los primeros minutos de Luka, de Jessica Woodworth (Washington, EE.UU., 1971), son de una plasticidad sobrecogedora. Vemos a un hombre joven vagando a punto de derrumbarse en mitad de una nada que es inmensa y solitaria. Unas imágenes que nos remiten a un relato distópico, a una de esas películas donde hay rasgos de la ciencia-ficción setentera y filosófica, donde se convocaba a las relaciones siempre complejas entre humano y naturaleza. Después, nos encontramos en una especie de fortaleza, antaño más sólida ahora en plena decadencia y deteriorada, donde el joven Luka se presenta como soldado para defender el puesto frente al enemigo del Norte. 

A Woodworth ya la conocíamos por su trabajo junto a Peter Brosens, con el codirigió 5 películas como Khadak (2006), Altiplano (2009) y La quinta estación (2012), que conforman una trilogía sobre las mencionadas malas relaciones de humanos con la naturaleza, después dirigieron el díptico El rey de los belgas (2016) y su continuación El emperador descalzo (2019), comedias satíricas ambientadas en los Balcanes. Ahora, y en solitario, Brosens está en labores de producción, construye una historia minimalista, basándose libremente en la novela “El desierto de los tártaros”, de Dino Buzzati, que ya tuvo una adaptación muy fiel dirigida por Valerio Zurlini en 1976. Su propuesta coge la trama principal, la del ejército esperando a ser atacado, para llevarnos en un primoroso blanco y negro y rodado en 16mm por la cinematografía Virginie Surdej en un extraordinario trabajo de composición, que ya habíamos visto por sus trabajos para Nabil Ayouch, Maryam Touzani y César Díaz. La férrea disciplina militar en el interior de la fortaleza como si fuese un universo en sí mismo, aislado del mundo y suspendido en el tiempo, en una existencia etérea regido por unas constantes maniobras y ejercicios militares donde las cosas se hacen pero con la sensación de inutilidad y de forma desesperada. 

La inquietante y excelente música de Teho Teardo, que tiene en su haber películas con Paolo Sorrentino y Gabriele Salvatores, entre otros, ayuda a crear esa idea de fantasmagoría que llena toda la película, a partir de las relaciones de unos personajes que se mueven entre el estatismo de lo militar con las alucinadas coreografías donde muestran toda esa rabia contenida en la la historia opta por el cuerpo y las manos y deja los pocos diálogos casi ausentes, porque estamos ante un relato atmosférico y nada complaciente, regido por unos encuadres sólidos y un relato casi inexistente, que aún la hace más misteriosa y terrorífica, con esa espera absorbente y desquiciante. El ajustado trabajo de montaje que firma David Verdurme, que ya trabajó con Woodworth y Brosens en los citados filmes sobre el rey belga, amén de Lukas Dhont, y la española Ánimas, de Alvea y Ortuño, consigue atraparnos en esa constante nada e inventado o no peligro que los va consumiendo a la espera de algo que lleva años sin producirse. El fantástico diseño de vestuario de Eka Bichinashvili que, junto al lugar de rodaje, las llanuras angostas y vastas del monte Etna, consiguen crear ese espacio extraño, inhóspito y alucinado.  

El magnífico reparto que mezcla intérpretes conocidos con otros menos como el actor holandés Jonas Smulders que interpreta al joven Luka, en este relato iniciático que se aleja de los convencionalismos para adentrarse en terrenos más complejos. Le acompañan el belga Jan Bijvoet que, desde que lo vimos en Borgman y El abrazo de la serpiente, nos sigue fascinando, componiendo un sargento de armas tomar, férreo y fiero que no se detendrá ante su posición y su tropa, el actor belga Sam Louwyck, que repite con la directora, Hal Yamanouchi y Valentin Ganev son dos leales y estrictos comandantes, los jóvenes Django Schrevens y Samvel Tadevossian que hacen de los soldados Gerónimo y Konstantin, fieles compañeros de Luka, y finalmente, la presencia de Geraldine Chaplin, grandiosa actriz con más de seis décadas y más de 150 títulos de trayectoria haciendo de general, una interpretación que sin decir apenas algo transmite todo lo necesario. Luka, de Jessica Woodworth, penetra en nuestro interior con una fábula con tintes del mejor Tarkovski y ese cine del este que tanto nos ha gustado, con una atmósfera de terror, ciencia-ficción y condición humana, que suele ser la más compleja y malvada. No se la pierdan, la disfrutarán y también, les inquietara. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Luz del 86, de Inari Niemi

VERANO DEL 86. 

“No creas que puedes salvar a las personas simplemente tomándolas de la mano. Pero, aún así, toma su mano”.

Las primeras imágenes de Luz del 86 (“Valoa Valoa Valoa”, en el original, traducido como “Luz Luz Luz”), de Inari Niemi (Helsinki, Finlandia, 1978), son especialmente hipnóticas y absorbentes, mientras una voz, la de Mariia de 15 años, nos informa del accidente nuclear de la central nuclear de Chernobyl, al norte de Ucrania, por aquel entonces la URSS, ocurrido el sábado 26 de abril de 1986. La voz nos comunica de los efectos de la radiación mientras cae una lluvia incesante. Unos primeros minutos del relato que ya nos pone completamente en situación emocional, donde prevalecerán las imágenes poéticas y oníricas, como refugio o vía de escape de la dura realidad que viven las dos protagonistas. La citada Mariia con una madre enferma y Mimi, la recién llegada al pequeño pueblo, aislada y solitaria, con una familia muy disfuncional y llena de problemas y alcoholismo. Entre las dos adolescentes, muy diferentes entre sí, nacerá una bonita amistad que derivará en algo más, el primer amor o quizás, dicho de otra forma, la primera mano que nos tendrán para descubrir que no estamos tan solos como imaginamos. 

La directora finlandesa que antes había hecho Kesakaverit (2014), Joulumaa (2017) y la serie Mieheni vaimo (2022), donde optaba por la comedia y el drama, se enfrenta en su tercer largometraje a una historia donde la realidad se va transformando en una sensible historia de amor entre dos adolescentes y el universo que van creando en un verano nórdico, donde hay zambullidas en lagos alejados del pueblo, bailes a todo trapo en mitad del bosque, escapadas para ver el mar y sexo en la habitación de Mimi, entre otras cosas más. Con una atmósfera que se mueve entre la realidad cruda y sin futuro en la que sobrevive como puede la citada Mimi, y luego, ese otro mundo onírico y de fantasía y amor donde la vida y la existencia pueden ser más amables y quizás, felices. El guion de Juuli Niemi, que ya había trabajado con la directora, basado en la novela homónima de 2011 de Vilja-Tuulia Huotarinen, se sitúa en una atmósfera y tono envolventes, como de cuento, donde se mueve entre el verano del 86 y veinte años después, cuando el personaje de Mariia vuelve a casa porque está pasando una crisis y su madre vuelve a tener cáncer. La mayor parte del argumento se centra entre los días de verano que se tornan una aventura entre las dos chicas, unas personas que encuentran la una a la otra una razón más que suficiente para levantarse cada día y descubrirse en la otra, sin más futuro que el verano que están viviendo con intensidad y emoción.

El gran trabajo técnico de la película para conseguir esa fusión de realidad más heavy y la fábula de descubrimiento y amor, donde la directora se ha rodeado de cómplices como el cinematógrafo Sari Aaltonen, del que vimos su trabajo en la película Tiempos difíciles: Cantos por los cuidados (2022), de Susana Helke, que se vio por L’Alternativa, con ese aroma de cuento de dos niñas encerradas en el castillo de la madrastra que quieren saborear la libertad y el amor, así como el conciso y sobrio montaje de Hanna Kuirinlahti, en sus reposados e intensos 91 minutos de metraje, en el que todo se cuenta con una cercanía y una honestidad asombrosas, como el estupendo trabajo de la música de Joel Melasniemi, que capta con elegancia todo el desbarajuste emocional de las dos protagonistas, y sus relaciones tensas con los demás, sin olvidar los grandes hits de la música que se escuchaba entonces como el “Maria Magdalena”, de Sandra, que fue un boom en todo el continente, o no menos el “Smalltown”, de los Bronski Beat, todo un himno, el “Love hurts”, de Nazareth, otro temazo, o “Poskivalssi”, el clásico de los cincuenta finlandés que cantaba Olavi Virta, que acompañan con tacto cada diálogo y silencio de las dos protagonistas. 

El gran acierto de la película es su magnífica pareja protagonista porque son capaces de sumergirnos en esa maraña de sentimientos, tristezas y conflictos por los que transita, sobre todo, la vida de Mimi. Dos grandes actuaciones de dos casi debutantes en el cine como Rebekka Baer en el papel de Mariia, dulce y amable, generosa y valiente, que seguramente, vivirá el mejor verano de su vida, y todavía no lo sabe, y frente a ella, Mimi, que hace Anni Iikkanen, un personaje roto, alguien que quiere huir pero no sabe dónde, desamparada y muy sola, que encuentra en Mariia una tabla de salvación, alguien a qué agarrarse, alguien que le dé un sentido a su vida, o lo que queda de ella. Tenemos a la Mariia veinte años después en el rostro de Laura Birn, que vuelve al pueblo con heridas y allí deberá enfrentarse al pasado y perdonar y perdonarse, y Pirjo Lonka, que ya trabajó con la directora en la mencionada serie, aquí como madre de Mariia, uno de esos personajes que hablan muy poco, preguntan menos, pero se dan cuenta de todo lo que ocurre a su hija. Después tenemos a una serie de intérpretes, todos muy bien escogidos en sus roles, que parecen no actuar de lo bien que actúan, como la familia de Mimi, o lo que es lo mismo la familia de la casa de los horrores, por la falta de amor, empatía y cariño reinantes. 

Si tuviésemos que encontrar una película-reflejo para Luz del 86, de Inari Niemi, podríamos encontrarla en Verano del 85 (2020), de François Ozon, en que el director francés nos contaba el amor de dos jóvenes en el citado verano en la costa de Normandía, donde sonaba aquel monumento que era el “Sailing”, de Rod Stewart. Una película que también hablaba del despertar a la vida, al amor, al sexo, al dolor, a la tristeza, a ese sentimiento consciente de la efimeridad de la vida, donde todo es fugar, todo es un sueño, y todo es tan vulnerable, incluso todo lo que vemos y sentimos, porque la vida va pasando y nosotros nos quedamos allí. si se acercan a mirar la vida de Mariia y Mimi seguro que no se arrepentirán, porque les aseguro que les va encantar su historia, su amor, su juventud y sus ganas de vivir, 0 de bien seguro volverán con aquel adoelscente que fueron, o que algunos días, sin venir a cuento, recuerdan con cariño, con temor, con severidad, o quizás, la película los lleva a aquel verano, sí, aquel verano donde descubrieron el amor, la vida y su oscuridad, y querían escapar y escaparse de todo y volar o vete tú a saber. La película es también una interesante reflexión sobre el hecho de amar, de esa idea del amor como refugio para soportar las tristezas de la vida, o al menos, olvidarse de ellas por un momento. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Carles Cases y Matías Boero Lutz

Entrevista a Carles Cases y Matías Boero Lutz, intérprete y actor de la película «Los intocables de Carles Cases», en el Café Salambó en Barcelona, el miércoles 10 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carles Cases y Matías Boero Lutz, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, a Alba Sala, y a Sylvie Leray de Reverso films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los intocables de Carles Cases, de Matías Boero Lutz

EL MÚSICO QUE ACARICIA EL ALMA. 

“El arte es una forma de escapar de la realidad y explorar nuevos mundos”. 

Ennio Morricone 

Recuerdo que la primera vez que escuché una composición de Cases fue en la película El perquè del tot plegat (1995), de Ventura Pons, cuando la vi en el cine. Era el tema «Voluntat», que durante mucho tiempo tarareaba sin parar. Hay muchas formas de encarar el retrato a través de una película. Podemos hacerlo  de muchas formas, texturas y elementos, aunque también enfocarlo a través de la tendencia general a la hora de encarar un proyecto de estas características, cuando los creadores suelen optar por filmar algunos conciertos en vivo, tirar de un archivo rico, mediante imágenes y documentación, para contextualizar su obra y sus orígenes, recoger testimonios de los más allegados y los compañeros de fatigas que ofrecen una visión diferente y peculiar y dan voz al retratado en cuestión. Seguramente estarán pensando en muchos de esos reportajes televisivos hechos para homenajear al personaje en cuestión y sobre todo, rellenar la parrilla. En contadas ocasiones, el esquema citado parece revolverse a su destino convencional, y sin conocer los motivos, la obra en cuestión emerge en otra cosa, en una película que huye del formato convencional de televisión, para adentrarse en un territorio mucho más íntimo, profundo y revelador. 

Sin pecar de entusiasmo excesivo, la película Los intocables de Carles Cases es una de esas obras que, a pesar de su formato lineal y esperado, se erige como una película especial, el retratado lo es y mucho, porque es un tipo que transmite su humildad, su humanidad y su forma de hacer música y menearse en un mundo tan lleno de egos y conflictos. El director Matías Boero Lutz, que ya se había fogueado en varios cortometrajes, amén de en ramas como la distribución y exhibición, y en equipos de producción como Los fantasmas de Goya, de Milos Forman. Un trotamundos en el cine que debuta con una película sobre el músico citado, un Carles Cases (Sallent de Llobregat, 1958), con una impresionante trayectoria junto al músico Lluís Llach durante ocho años como teclista, y más de 80 películas en un período de 25 año de trayectoria componiendo para cineastas de la talla de Ventura Pons, Gonzalo Suárez, Antoni Verdaguer, Jaime Chávarri, etc…, que muchos de ellos ofrecen su testimonio a la película, así como el citado Llach, a parte de infinidad de composiciones de autores clásicos o más modernos como Ennio Morricone (1928-2020), con el que colaboró con el escritor cinematográfico Àlex Gorina.

Conocemos a un tipo muy especial y espiritual, que aprendió la música mientras tocaba, sin casi formación musical, con un aura muy hacia dentro, de recogimiento, con alma monacal sin  ser creyente, sino uno de esos seres que cuando componen o tocan se elevan y son todo para la música, porque sin ella no son nada. La película se repasa su trayectoria haciendo saltos del presente al pasado y viceversa, viajando a todos esos lugares e instantes, desde lo más cercanos como los más lejanos, en una película de corte convencional, pero rica en detalles, matices y profundidad, porque estamos frente a un Cases que tiene un carácter muy propio, de vida muy rica y sencilla, y a la vez, un loco del piano y de su música, un tipo rara avis en un mundo más empobrecido espiritualmente que se ha narcotizado a base de materialismo estúpido y banal. Alguien como Carles Cases es de esas personas de las que se aprende muchísimo, aunque no tengan ánimo de enseñar nada y mucho menos de demostrar cualquier cosa, basta con escucharles que no es poco, y también observarlos, porque sin hablar ya dicen y enseñan mucho, porque no lo pretenden y lo consiguen. 

No todo en la película son “flors i violes”, sino que también hay espacio para la oscuridad y la tristeza: los encontronazos con directores, que alguno le llevó a su ostracismo, sus adiciones que casi lo retiran de la vida y la música, y la parte de paro forzado cuando nadie lo llamaba y los conflictos interiores le consumieron, y otros menesteres. Los espectadores vamos descubriendo con la pausa y el reposo que impone una película que no tiene prisa, yéndose a los 101 minutos de metraje, porque no sólo retrata a su personaje, sino que también quiere escucharlo y descubrirlo, para muchos que lo conocían de pasada y aquí lo verán en todo su mundo y sus mundos, que no son pocos ni nada convencionales. Un título que es toda una declaración de intenciones por donde irá la película, y lo que quiere transmitir a su público, que es recogerse en sus imágenes, escuchar la música de Cases y sentirla o no, aunque creemos que es casi imposible no emocionarse con una música y un músico que no sólo ama lo que hace, sino que se esfuerza con tesón, sacrificio y paciencia para llegar a lo más profundo del alma. 

Una película que no está muy lejos de otras como el documental Canto cósmico. Niño de Elche (2021), de Leire Apellaniz y Marc Sempere Moya, sobre el iconoclasta y revolucionario músico flamenco y lo que haga falta, y la más reciente La estrella azul, de Javier Macipe, ficción sobre el músico zaragozano desaparecido Mauricio Aznar. Tres claros ejemplos de acercamiento a músicos nada convencionales, revolucionarios en su tiempo y de cualquier tiempo, que sienten el arte y la música a través de todo lo que le rodea, explorando infinidad de músicas, de espacios, de terrenos, de texturas y de lenguajes y de innumerables propuestas y diálogos. Son humanistas de la vida, de los sentimientos y de todas aquellas cosas que a la mayoría se les ha olvidado, o lo que es peor, que ni tan siquiera saben que existen, y se pierden en lo inmediato, en el placer efímero, olvidando que el placer y el deseo no nacen de lo físico sino de los espiritual, y la música es un buen aliado para dejarse llevar, para adentrarse en otros espacios que no vemos a simple vista, que debemos pararnos y descubrirlos y emocionarnos con ellos, y con todo eso que la música transmite y no son de este mundo ni de ningún mundo que sepamos racionalmente, son otros mundos invisibles que están en este y sólo con la música podemos sentir y transportarnos a otros lugares de nuestro interior. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La floristería de Iris, de Ofir Raul Graizer

DOS AMIGOS Y UNA MUJER. 

“El amor es una enfermedad inevitable, dolorosa y fortuita”.

Marcel Proust

Debido al avasallamiento descontrolado de la cinematografía estadounidense, nos quedamos huérfanos de otras formas de hacer cine que, en la mayoría de casos, resultan un cine muchísimo más interesante, estimulante y enriquecedor del citado que desgraciadamente copa las pantallas. La película La floristería de Iris (“América”, en el original), llega de la cinematografía israelí, de la mano del director Ofir Raul Graizer (Ra’anana, Israel, 1981), del que se vió por estos lares la interesante El repostero de Berlín (2017), en la que un accidente trágico devolvía al protagonista a su país natal que le llevaba a relacionarse con la mujer del amigo fallecido. En su segundo trabajo, Eli, vuelve a Tel Aviv desde Chicago, por la muerte de un padre con el que no tenía relación desde hace una década. Allí, se reencuentra con Yotam, un gran amigo y la prometida de éste, Iris. Otro accidente, resignificar la situación tanto física como emocional de los tres personajes. 

Como sucedía en su primera película, el relato se construye de forma intimista, a partir de los tres personajes mencionados, amén de los padres de Yotam, en un espacio cotidiano y muy doméstico, a partir de un presente que arrastra un pasado doloroso en el caso de Eli, que volverá ante la situación difícil que cuenta la trama. Una historia que nos habla de lo que somos, de todo aquello del pasado que nos toca, y cómo vivimos ante el peso del trauma y cómo el presente siempre tiene sorpresas que por mucho que lo intentemos, nunca podremos librarnos de ellas, ya sean situaciones que nos gustan y las que no. Es una película el que no hay ni sorpresas facilonas ni estridencias argumentales, ni nada que se les parezca, la honestidad y la intimidad con la que se cuenta la compleja historia, a través de una transparencia basada en los personajes y sus relaciones, en sus silencios, ausencias y miedos. El director israelí sabe que maneja un material sensible y no lo estropea, se toma su tiempo para contar su película, con bastantes saltos en el tiempo, inevitables para ir desvelando la naturaleza de los acontecimientos que sufren los tres protagonistas, en una constante de idas y venidas del personaje de Eli, que vive entre la citada Tel Aviv y la estadounidense Chicago, donde es entrenador de natación para chavales. La floristería de Iris se convierte en ese lazo luminoso que tiende puentes entre Eli y la citada propietaria, con las flores que dan luz y belleza ante tanto dolor. 

Muchos de los técnicos que acompañaron al director en El repostero de Berlín, vuelven a trabajar en La floristería de Iris, como el cinematógrafo Omri Aloni, que se luce en una película que usa mucha luz natural y adapta toda su forma en el rostro de los protagonistas, acogidos en ese espacio tan cercano y corpóreo en el que se edifica la película, así como otros cómplices que repiten como el montador Michal Oppenheim, que consigue un historia llena de ritmo pausado y tranquila, en una película que se va casi a las dos horas de metraje, que en ningún instante decae su interés, y el músico Dominique Charpentier, que compone una melodía íntima, deliciosa y nada complaciente. Un ejemplar reparto que contribuye a hablar de frente de temas complejos y nada fáciles, que explora la fragilidad de los sentimientos y la vulnerabilidad de lo que sentimos y de las circunstancias vitales. Tenemos a Michael Moshonov, que tiene en su filmografía a directores como Nadav Lapid, del que vimos por aquí Sinónimos (2019), y alguna que otro trabajo con el cineasta Park-Chan-wook, dando vida a Eli, un personaje ambiguo y esquivo, sus razones tiene, que se convierte en el vértice y algo más para la pareja que forman Iris y Yotam, Ofri Biterman es Yotam, e Iris es Oshrat Ingadashet. 

El elenco se completa con las estupendas presencias de los veteranos Moni Moshonov, padre de Michael, que ha trabajado en dos películas de James Gray, e Irit Sheleg, de la que conocemos Llenar el vacío (2012), de Rama Burshtein, dan vida a los padres de Yotam. Celebramos el buen ojo de Sylvie Leray, que a través de su distribuidora Reverso Films, va a la caza de películas de cinematografías poco habituales en nuestras pantallas, y no sólo destacan por su rareza, sino por ofrecernos películas que cuentan historias muy emocionales e interesantes, amén de agrandar nuestra mirada para que sigamos conociendo otras formas de hacer cine y sobre todo, de explicar historias muy cercanas a nosotros, que hablen de diferentes modos de vida, de situaciones y demás peculiaridades. Nos alegramos de volver a reencontrarnos con el cine de Ofir Raul Graizer, porque sigue contándonos relatos de y sobre personajes que nada tiene de superficial, a partir de momentos sensibles y humanos. Si pueden, no dejen pasar una película como La floristería de Iris porque les hará pensar en quiénes son y en las decisiones que tomaron en sus vidas, las acertadas y las que no, porque eso es vivir, equivocarse y volver a equivocarse, y sobre todo, quitarle trascendencia a tanta equivocación y seguir como se pueda, que créanme, no es poco. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El cine de fuera que me emocionó en el 2022

El año cinematográfico del 2022 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 26 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión de un servidor, no obedece, en absoluto, a ningún ranking que se precie).

1.- UN PEQUEÑO MUNDO, de Laura Wandel

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2.- EN UN MUELLE DE NORMANDÍA, de Emmanuel Carrère

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3.- DRIVE MY CAR, de Ryûsuke Hamaguchi

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4.- LICORICE PIZZA, de Paul Thomas Anderson

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5.- LA HIJA OSCURA, de Maggie Gyllenhaal

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6.- LA PEOR PERSONA DEL MUNDO, de Joachim Trier

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7.- UN HÉROE, de Asghar Farhadi

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8.- EL ACONTECIMIENTO, de Audrey Diwan

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9.- COMPARTIMENTO Nº 6, de Juho Kuosmanen

# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/04/14/compartimento-no-6-de-juho-kuosmanen/

10.- PARÍS, DISTRITO 13, de Jacques Audiard

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11.- JFK: Caso Revisado, de Oliver Stone

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12.- MEMORIA, de Apichatpong Weerasethakul

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13.- DIARIOS DE OTSOGA, de Maureen Fazendeiro & Miguel Gomes

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# https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2022/06/05/entrevista-a-miguel-gomes/

14.- FIRE OF LOVE, de Sara Dosa

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15.- SEIZE PRINTEMPS, de Suzanne Lindon 

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16.- LA ISLA DE BERGMAN, de Mia Hansen-Love

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17.- BENEDICTION, de Terence Davies

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18.- EL PODER DEL PERRO, de Jane Campion

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19.- IL BUCO, de Michelangelo Frammartino

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20.- ARGENTINA, 1985, de Santiago Mitre

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21.- THE INNOCENTS, de Eskil Vogt

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22.- LA PROMESA DE HASAN, de Semith Kaplanoglu

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23.- UTAMA, de Alejandro Loayza Grisi

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24.- QUESO DE CABRA Y TÉ CON SAL, de Byambasuren Davaa

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25.- AFTERSUN, de Charlotte Wells

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26.- EO, de Jerzy Skolimowski

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La isla de las mujeres, de Marisa Vallone

ÉRASE UNAS MADRES DE CERDEÑA… 

“No podemos dejar que las percepciones limitadas de los demás terminen definiéndonos”.

Virginia Satir

El extraordinario prólogo de La isla de las mujeres (La Terra delle Donne, en su original), que detalla de forma concisa y sobria el orden y desorden existente en esa parte de Cerdeña junto al mar después de la Segunda Guerra Mundial. Una pequeña sociedad llena de superstición religiosa que declara a la séptima hija como una bruja. A Fidela le ha tocado ese deshonroso honor que la estigmatiza de por vida, convirtiéndola en un ser solitaria y despojada de la familia como deja tan evidente la estupenda secuencia de la fotografía. Fidela vive alejada cuando es mayor, pero es una joven especial, una joven espiritual, que conoce las hierbas del lugar y sabe curar a los demás. Una mujer aislada pero llena de vida, emociones y de amor, aunque no sea comprendida por su madre y los demás lugareños, que la siguen tratando como un ser oscuro del que hay que alejarse para protegerse de su brujería y malas conductas. 

La ópera prima de Marisa Vallone (Bari, Italia, 1986), que después de dedicarse a la videoinstalación y al arte multimedia, y formarse en el prestigioso Centro Sperimentale di Cinematografía de Roma, por el que han pasado diferentes generaciones de cineastas italianos que ha  hecho muy grande su cinematografía, como Vallone con una primera película que nace con el propósito de contarnos la cotidianidad de un pequeño lugar de la Cerdeña, un espacio diminuto donde las mujeres tienen el mando, donde la tremenda religiosidad convive con lo pagano y lo espiritual, en un mundo de contrastes en el que la historia se sitúa en tres mujeres de la misma familia. Tenemos a la madre, una mujer viuda que vive entre lo emocional de su hija Fidelia y las apariencias y oscuridad de la tradición, a la hermana mayor Marianna que recorrerá un parte de Europa con el objetivo de quedarse embarazada, y finalmente, la mencionada Fidelia, la pequeña,  la llamada “bruja”, un ser especial que trata con plantas medicinales las dolencias de sus vecinos, que por orden del párroco del lugar, deberá criar a Bastiana, una niña ilegítima que al ser la séptima es expulsada de su casa, y se topará con Fidela y su mundo. 

La cineasta se mueve entre el realismo de un tiempo difícil y triste después de una guerra, y la fábula, porque encontramos personajes que bien podrían ser de un cuento de hadas: el soldado inglés que se enamoró de una italiana y que se quedó sólo cuando aquélla volvió con el marido que creía muerto, la llegada del pintor y fotógrafo y su padre al pequeño pueblo, y la propia Bastiana, una especie de princesa diferente a todos y todas que deberá crecer en un mundo diferente y lleno de sabiduría y oscuridad. Sin olvidar la propia idiosincrasia del lugar, una isla en que el mar delimita la vida, la esperanza y el mundo, un más allá demasiado lejano para el microcosmos en el que viven estas mujeres singulares. Un gran trabajo de cinematografía de Luca Coassin, que envuelve con detalle y precisión a las mujeres de este pueblo, enlutadas y supersticiosas, frente al violeta de Fidela y su hija, y aún más, entre los colores más suaves y elegantes de los visitantes. Un montaje del dúo Francesco Garrone (que tiene en su haber películas de Daniele Luchetti), e Irene Vecchio (muy presente en la filmografía de Elisa Amoruso), en un estupendo trabajo donde imponen un ritmo pausado y emocional en el que se va desenvolviendo un relato contenido y sin estridencias, que captura con orden y reposo los avatares de sus protagonistas en una película que se va a los 104 minutos de metraje. 

Si la parte técnica es destacable, no lo es menos el magnífico trabajo de sus intérpretes entre los que destaca una maravillosa Paola Sini, que produce y coescribe el guion con la directora, que compone una inolvidable Fidela que, a pesar del desprecio de su familia y los demás, ella se hace su mundo, entre los espiritual y terrenal, huyendo de las tradiciones religiosas, y centrándose en la naturaleza y lo interior, creando un universo en sí mismo, y a pesar de las traiciones, ella sigue en pie, firme y con una voluntad de hierro, porque Fidela es un personaje de luz, alguien que quiere vivir su vida y hacer su mundo, siendo ella misma a pesar de la oposición de los demás, porque ella sabe que sólo hay una vida y cada uno ha de vivirla como desea desde su más profundo ser. Valentina Lodovini es Marianna, que está obsesionada con ser madre y recurrirá a todo por conseguirlo, y no se detendrá en su propósito. Syama Ryanair es Bastiana, la hija de Fidelia, que tomará su camino después de las enseñanzas y consejos de una madre diferente, y luego están los hombres de la película, el párroco cercano y algo díscolo que hace un grande como Alessandro Haber, que ha trabajado con los grandes del cine italiano como Bellocchio, Bertolucci, Rosi, Moretti, Monicelli, Pupi Avati, Risi, entre muchos otros, el belga Jan Bijvoet, al que vimos en películas que me gustaron mucho como Alabama Monroe, Borgman y El abrazo de la serpiente, entre otras, hace del soldado inglés encallado y ermitaño, o quizás, el hombre que encontró su lugar o alguno que se le parecía, se convierte en una especie de padre para Bastiana, o un amigo con el que hablar y reírse, y los visitantes, el padre, una especie de doctor que ayuda a Marianne a quedarse embarazada que hace el actor japonés Hal Yamanouchi, que ha trabajado con directores tan interesantes como Mangold, Kapanoglu, Bava, Salvatores y Wes Anderson, y su hijo Freddie Fox, con una carrera al lado de nombres como los de W. S. Anderson y Lone Scherfig. 

Nos ha convencido La isla de las mujeres y nos encantaría seguir la filmografía de su directora Marisa Vallone, por contarnos que hay muchas formas de ser madre, de estar en el mundo, y sobre todo, de ser una misma en una sociedad anclada en meras idioteces y miedos infundados, o lo que es lo mismo, una sociedad dominada por el miedo a vivir y a ser ellos mismos, porque lo más fácil en la vida es seguir el rebaño y no detenerse y pensar si eso es lo que queremos para nosotras. Fidela lo tiene claro a pesar de las dificultades, más vale vivir como quieras y aceptar los conflictos, que estar siempre a la greña y despreciada por el resto. Fidela es una mujer muy especial, quizás lo que muchos deseamos, ser especiales pero no para nada ni nadie, sino para nosotros mismos, que somos las personas que más nos necesitamos, amarnos a pesar de todo, a pesar de nosotros, y comprendernos a pesar de nosotros, porque el amor de verdad, el que se siente desde lo más profundo de nuestro ser, solamente será verdad cuando empieza por uno mismo, aceptándonos y siguiendo hacia adelante, pese a quién pese, porque nadie vendrá a rescatarnos si no lo hacemos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Insensatos, de Tomasz Wasilewski

EL AMOR TAMBIÉN DUELE.

“Nunca amamos a nadie: amamos, sólo, la idea que tenemos de alguien. Lo que amamos es un concepto nuestro, es decir, a nosotros mismos”.

Fernando Pessoa

De los cuatro largometrajes de Tomasz Wasilewski (Torun, Polonia, 1980), In a Bedroom (2013), la dura existencia de una prostituta que droga y roba a sus clientes, Rascacielos flotantes (2013), sobre la homosexualidad reprimida de una atleta que vive con su novia, y Estados Unidos del amor (2016), sobre cuatro mujeres que lidian con la represión sexual y los amores insatisfechos en la Polonia poscomunista de 1990, que estrenó Golem por estos lares. De la mano de Reverso Films volvemos a tener por nuestras pantallas un nuevo trabajo del cineasta polaco, Insensatos (Glupcy, del original polaco), que nuevamente sigue rastreando la psique humana a través de sus pasiones y deseos más ocultos, aquellos que anidan en su interior en silencio. Ya sea en el pasado o en la actualidad, los espacios de sus cuatro películas siguen respirando suciedad y asfixia moral, lugares feos y hostiles, grises y de extrema palidez, hurgando en esos tonos marrones, oscurecidos y nocturnos. 

Con Insensatos, el cineasta polaco sigue explorando la condición humana a través de sus peculiares y certeros retratos femeninos en el ámbito doméstico, retratando situaciones familiares y domésticas complejas y muy difíciles, donde las relaciones son complicadas y sometidas a un pasado demasiado pesado, un pasado que en algún momento estallará como les ocurre a los dos protagonistas. Una pareja atípica y nada convencional como Marlena  de 62 años y Tomasz, veinte años menos, con ese descriptivo arranque cuando los vemos practicando sexo en la cama y escuchando sus sonoros gemidos. Una pareja que vive su amor en un lugar desolado y alejado de todos y todo, en una casa en la costa encima de unas dunas, con el rugido constante del Mar Báltico. Esa vida apacible, monótona y tranquila, se verá fuertemente sacudida con la llegada a la casa de Nikolaj, el hijo moribundo de Marlena, que erosiona y de qué manera la convivencia de la pareja. Además, ese nuevo “huésped”, llega con la visita de Magda, también hija de la mujer, que evidenciará ese pasado que los ha distanciado. 

A partir de una excelente cinematografía de un grande como el rumano Oleg Mutu, que ya trabajó con Wasilewski en Estados Unidos del amor, que tiene en su haber grandes títulos de la cinematografía rumana con nombres como los de Cristian Pugiu, Cristi Puiu, y el ucraniano Sergei Loznitsa, entre otros. A través de un inhabitual formato panorámico, la película cuece una luz que duele, que atraviesa a los personajes, entre esos claroscuros, en que el espacio los somete y agobia, contaminando cada lugar, cada mirada y cada gesto, en un relato en el que hay pocos diálogos, porque estos personajes, estos cuatros personajes hablan poco, porque todo lo que tienen en su interior es sumamente difícil expresarlo en palabras. Un estupendo y detallado montaje de Beata Walentowska, que estuvo en Estados Unidos del amor, y tiene en su amor a directores polacos tan prestigiosos como Piotr Dumala, mantiene de forma formidable la tensión y la violencia que existe entre estos cuatro personajes en una trama que se va casi a las dos horas de metraje a través de unos seres atravesados por un pasado traumático del que huyen y no tienen fuerzas para enfrentarse a él. Sin olvidar la producción de una clase como Ewa Puszczynska, que tiene en su haber las películas Ida Cold War, ambas de Pawel Pawlikowki, El capitán, de Robert Schwentke y Quo Vadis, Aida?, de la bosnia Jasmila Zbanic. 

Un magnífico cuarteto protagonista que imprime toda esa dureza y brutalidad que manifiestan en cada mirada, cada plano y cada encuadre. Encabezados por una sobresaliente Dorota Kolak en el papel de Marlena, una mujer que ama, que vive su amor con intensidad, tendrá que lidiar con todo lo que dejó en el pasado, y debatirse entre su amor y su hijo, y todo lo que ello comporta. Muchos la recordaréis por ser Renata, que se sentía fascinada por su vecina en la mencionada Estados Unidos del amor. Ahora, en Insensatos, el director polaco le ha brindado uno de esos personajes maduros y de verdad, un personaje que avanza y retrocede con mucha dignidad, sin querer ser aceptada, sólo amada. A su lado, nos encontramos con Lukasz Simlat como Tomasz, que mantiene un amor alejado de todos, un amor de verdad, íntimo y muy visceral. Un actor que hemos visto en películas de Malgorzata Szumowska y en la conocida Corpus Christi, de Jan Komasa, entre otros. El hijo moribundo, inmóvil y que no cesa de gritar, ya estuvo en In a Bedroom, al igual que Katarzyna Herman, también en Rascacielos flotantes, amén de trabajar con maestros como Zanussi y Agnieszka Holland, entre otras. Su Magda es una especie de fantasma, una mujer amargada, perdida y llena de ira. Y la presencia de Marta NieradKiewicz que hade de Iza, vecina y amiga, que fue actriz en Rascacielos flotantesEstados Unidos del amor

Insensatos es una película difícil en su complejidad emocional, porque nos habla de temas y elementos de los que no cuesta hablar, de los que duelen y nos alejan de los demás, por ese miedo de no enfrentarnos a lo que sentimos y al dolor que arrastramos. Su gran ventaja es que no deambula y construye una forma complicada ni mucho menos, porque la película se aposenta en una drama íntimo y sencillo, sin complicaciones y directo, con el mejor aroma de las películas del este que siempre nos han encantado, por su extrema sobriedad, su dureza en sus personajes, y en esas atmósferas tan inquietantes, más próximas a los cuentos de terror bien construidos, en que la diferencia con ese género que recurre a lo convencional y al susto fácil, en la película de Tomasz Wasilewski el terror sí que da miedo, porque lo cotidiano se torna una prisión agobiante de resentimiento e insatisfacción, donde sus personajes callan pero cargan con sus traumas, con sus silencios pesados y unas cargas emocionales que arrastran como pueden en ese devenir cotidiano e inquietante en el que transitan diariamente. Vayan a ver Insensatos porque no se van a encontrar la típica película de tensiones familiares, sino una de tensiones familiares de verdad, de las que quizás hayan vivido o conocen de cerca o por amigos o por otros, porque si una cosa tiene la familia es que muchas se parecen, y lo que ocurre en su seno, es el reflejo de lo que nos pasa a muchos o nos pasará. Decidan ustedes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA