Calladita, de Miguel Faus

DIARIO DE UNA CRIADA.  

“Los pobres somos el prado humano donde crecen las cosechas de la vida y de la alegría que recogen los ricos… A fuerza de abusar de nosotros”

Frase de la película “Le journal d’une femme de chambre” (1964), de Luis Buñuel 

La película Calladita se abre de forma contundente y sutil, es decir, vemos un cuadro de postal veraniega, con una costa de casitas blancas y la playa llenando el cuadro. Una imagen esteticista del sumun del placer consumista. De repente, el ruido de un spray y el líquido se impregna en el encuadre del lado derecho por abajo. Una joven vestida de criada limpia con un trapo el cristal de la ventana. Una secuencia que recuerda a aquella otra que también abría La piel quemada (1967), de Josep Maria Forn. En el siguiente plano vemos a la mujer que limpiaba apoyada en otro cristal mientras viaja en el lado posterior de un automóvil. Dos imágenes capitales que dan comienzo a una película que pone el foco en la mirada de Ana, una interna que trabaja para los Roca, una familia de burgueses catalanes que se dedican a marchantes de arte. Esos espacios limitantes que separan la vida de la servidumbre de los señores. Un cristal/espejo los separa y los define, como el cristal de la barra de la cocina, que sube y baja según conveniencia, creando ese no mundo en el que unos viven y los otros trabajan para ellos. 

La puesta de largo de Miguel Faus (Barcelona, 1992), nació como un cortometraje del mismo nombre en 2020 como trabajo de fin de carrera en la prestigiosa London Film School, donde también había hecho The Death of Don Quixote (2018), y después de una pionera en Europa, laboriosa y exitosa campaña de mecenazgo NFTs (non-fungible tokens) creada por el propio director vendiendo fotogramas del corto, en una cinta que nos sumerge en la dura existencia de Ana, una colombiana sin papeles en el mes de agosto en una casa lujosa en la Costa Brava sirviendo a los Roca, en un tono que se mueve entre el realismo y la sátira, a partir de la mirada de la criada, que se irá abriendo a su nueva experiencia, aprendiendo el modus operandi de sus señores y toda su oscuridad. El guion del propio Faus huye del relamido ricos y pobres y se centra en la complejidad de unos y otra, captando todo lo que les separa y les une, en el que emergen la transparencia y oscuridades de sus relaciones, y la vida que desvelamos y la que ocultamos dentro de una cotidianidad tan cercana que abruma por su naturalidad, compuesta por unos días de quehaceres domésticos y unas noches donde las cosas adquieren una extrañeza que revelará lo que esconden cada uno de los personajes. 

Una parte técnica bien equilibrada que juega a mostrar todos los matices del relato como la cinematografía del debutante Antonio Galisteo que resulta fundamental para entrar en ese espacio donde se funden la tranquilidad y la tensión in crescendo, con ese aspecto muy Chabrol, donde conjugaba con talento los desencuentros entre burgueses y servidumbre, y ese tono entre lo real y lo onírico de Buñuel, cineasta del que es muy deudora Calladita, así como el estupendo montaje de Iacopo Calabrese, otro debutante que, maneja con precisión el tempo con esos magníficos 94 minutos de metraje, llenos de momentos donde las relaciones se ennegrecen en ese juego de espejos y reflejos muy hitchockiano en su último tramo, dándole viveza a una película donde lo cotidiano se impone pero de forma pasoliniana donde los roles adquieren mucha confusión. La excelente música de Paula Olaz, que ha trabajo con cineastas tan interesantes como Lara Izagirre, Ibon Cormenzana, Sílvia Munt y Gerardo Herrero, entre otras, genera esa inquietud constante entre la apariencia y lo que se oculta que casa con elegancia y sencillez todo lo que se remueve en la historia. 

Si la parte técnica brilla con sello propio, la parte artística no se queda atrás, y tenemos una protagonista magnífica en la piel de la debutante Paula Grimaldo, que ya protagonizaba el mencionado cortometraje, siendo Ana, una mujer aislada en esa casa lujosa junto al mar, una mujer que cuidado de los suyos desde ahí, que expresa sin alardes toda esa inquietud de la promesa de sus señores del contrato soñado en septiembre y así conseguir sus papeles, que tiene un proceso brutal en la película, porque empieza invisible y poco a poco va despertando y revelándose y haciendo sus cosas, a espaldas de sus burgueses. Le acompañan un elenco extraordinario como la familia Roca, con una Ariadna Gil maravillosa, que bien se mueve, mira y habla, Luis Bermejo, con esa ridiculez de su bicicleta, su huerto y demás caprichos de rico idiota, y los hijos, Violeta Rodríguez, que comparte película y parentesco ficcional con su madre por primera vez, siendo esa joven libre sin ataduras físicas ni psicológicas que es la persona más cercana a Ana, y luego, el otro lado, Jacobo que hace Pol Hermoso, que también estaba en el corto, es el hijo consentido, pijo a rabiar, tonto y aprovechao como el que más. Y luego, Gisela, la otra criada y colombiana que será un aire fresco a la soledad y clausura en la que vive Ana, que hace con naturalidad la venezolana Nany Tovar. 

Una película como Calladita tiene todos los ingredientes para convertirse en una obra que no sólo guste a los espectadores, sino que les haga reflexionar, porque todo lo que cuenta es de una verdad abrumadora, con toda esa hipocresía y violencia de los diversos componentes de la familia, con su exquisitez y apariencias de pacotilla, y toda la estupidez en la que viven y se mueven, y el sometimiento que imponen a una empleada que la tienen en una prisión, sin seguro ni condiciones laborales justas, y luego, está la criada, una mujer que aprenderá rápido y jugará en el mismo espacio que sus señores, escondiendo sus miserias y mostrando su pompa y demás. Una cinta que recoge con inteligencia todo el legado y universo de Buñuel en su capacidad para mostrar todo lo que no vemos, todas esas oscuridades y silencios en el que también existimos, entre lo que mostramos y lo que ocultamos, entre esos mundos de imaginación, donde lo onírico y la mentira se imponen, en el que lo importante no es lo que somos, sino en cómo nos miran los demás, con todas las grietas por las que se escapan las cosas, con detalles que aumentan la profundidad como esos gatos invasores, objetos importantes en la trama como la piscina y el flamenco hinchable y demás, como todo lo que vemos, lo que no, lo que creemos ver o escuchar, y sobre todo, las vidas que tenemos en nuestro interior o no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Manuel Martín Cuenca

Entrevista a Manuel Martín Cuenca, director de la película «El amor de Andrea», en la plaça de Joan Llongueras en Barcelona, el miércoles 22 de noviembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manuel Martín Cuenca, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanto talento y a Ainhoa Pernaute de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El amor de Andrea, de Manuel Martín Cuenca

SÓLO QUIERO QUE ME AMES. 

“Los problemas familiares son amargos. No van de acuerdo con ninguna regla. No son como dolores o heridas, son más como divisiones en la piel que no sanan porque no hay suficiente material”.

F. Scott Fitzgerald

De una casa aislada en las montañas escarpadas de las Sierras de Cazorla y Segura en la provincia de Jaén de La hija (2021), pasamos al otoño de la Bahía de Cádiz de El amor de Andrea, el nuevo largometraje de Manuel Martín Cuenca (El Ejido, Almería, 1964). Dos ambientes fríos. Dos paisajes que definen con exactitud los estados emocionales en los que se encuentran sus personajes. Vuelven a rondar los problemas familiares, ahora desde la mirada de su protagonista Andrea, una chica de 15 años, que a veces, pasa del instituto y deambula por las calles y acaba en la playa leyendo su inseparable “Juan Salvador Gaviota”, de Richard Bach, el libro que le regaló un padre ausente, alguien que los dejó a sus dos hermanos pequeños y a ella cuando se divorció de la madre con la conviven que sólo ven por las noches. Andrea se siente rasgada como una foto, a la que le falta una parte, le falta ese padre que no ve, con el que no se relaciona, en una existencia llena de dudas, de espacios vacíos y de pasados oscuros. 

A partir de un guion escrito por Lola Mayo, que ha sido productora y guionista de todas las películas de Javier Rebollo, y el propio director, que nos va sumergiendo en la intimidad e interior de Andrea, una chica solitaria, que intenta reconstruir unos sentimientos troceados e incompletos, y se tropieza con la indiferencia de una madre que quiere olvidar, y unos adultos inmaduros y faltos de comunicación que guardan silencio y tienden muros. Andrea se muestra fuerte y valiente en su decisión y sigue empeñada en trazar un puente de reconciliación y sobre todo, de amor entre su padre y ella. El director almeriense se aleja de la autocomplacencia y lo esperado, y construye de forma artesanal su relato, desde esa luz natural que traspasa e interioriza a los personajes, que firma Eva Díaz Iglesias, la cinematógrafo habitual de Víctor García León, la música de Vetusta Morla, que vuelve a trabajar con el almeriense después de la experiencia de la mencionada La hija, en una composición que ayuda a iluminar tanto desgarro emocional, y el preciso y reposado montaje de Ángel Hernández Zoido, que ha estado en toda la filmografía de Martín Cuenca. 

Con rasgos parecidos a La mitad de Óscar (2010), que también exploraba las difíciles relaciones familiares, donde primaba la desnudez, la cercanía y la transparencia de la cámara y la interpretación, la odisea de Andrea y su demanda de amor es muy bressoniana, porque tiene ese corte de plano, esos cuadros con el formato de 4:3, en que sus individuos aparecen encerrados y asfixiados en sus vidas anónimas, y en que el relato ayuda a desplazar tanto físicamente como emocionalmente, pero que deja interesantes huecos en sus conflictos, y en que Andrea se mira al espejo de la Marie de Au assard Balthazar (1966), y la Mouchette de la película homónima de 1967. Dos jóvenes atrapadas en un mundo de adultos cruel, infantil y triste. Chicas adolescentes como las que retrató en La flaqueza del bolchevique (2003) y en la citada La hija, el cineasta andaluz que compone una película con hechuras, tremendamente intensa sin ser condescendiente, sino con una armadura que nos sobrepasa, que deja un poso difícil de olvidar, dentro de esa linealidad que tiene su trama, una linealidad imprescindible para ir acercándonos a este duro e intenso drama que se adentra en lo que sienten sus personajes que tiene su reflejo en esa bahía gaditana gris, fría y ventosa, con ese barco-puente que distancia a unos personajes, sobre todo, Andrea, que quiere y busca, que mira y siente, que hace y no se resigna a perder el amor de su progenitor. 

Mención aparte tiene la elección de su elenco interpretativo, lleno de caras desconocidas, de esos actores-modelo que tanto le gustaban a Bresson, donde la película no seduce con unos rostros marcados, con grietas por la vida y las tristezas, en relación con los niños y niñas que todavía están sin marcar por ese vivir, todavía libres de espíritu, honestos y cercanos, y sobre todo, comunicativos. Cuántos males ha provocado y provocará  la incomunicación en las relaciones. Tenemos a esa luz que es pura naturalidad y transparencia como Lupe Mateo Barredo como Andrea, que debería llevarse muchos reconocimientos esta temporada de galardones, y eso que no me gustan los premios y las competiciones, pero su Andrea es puro amor, pura valentía, y sobre todo, una alma que quiere y busca amar, esa cosa que todo el mundo busca y pocos se atreven a vivir. Le acompañan sus dos hermanos pequeños y estupendos  Fidel y Tomás que hacen Fidel Sierra y Cayetano Rodríguez Anglada, respectivamente, Agustín Domínguez es Abel, el amigo de Andrea que le echará un cable y los haga falta para sobrellevar tanta dificultad, Carmen es Irka Lugo, esa madre que tampoco ven mucha y quiere olvidar y que su hija también olvide y dejé de reclamar ese amor, Jesús Ortiz es Antonio, el padre que no está, qué bien mira este tipo y esos maravillosos encuadres bajo la atenta mirada de su hija mientras apura cigarrillos contra el viento. Y luego, esos dos ángeles para el camino empedrado de Andrea con la complicidad de Inés Amieva como Beatriz, la abogada y el profe José M. Verdulla Otero que hace de José María, el profe, que seríamos si muchos profesores sólo cumplieran su trabajo y olvidasen ayudar emocionalmente a sus alumnas como Andrea. 

Dice Martín Cuenca que ha hecho su película más luminosa, y tiene razón, porque aunque El amor de Andrea se adentra en pantanos muy duros y tensos, sí, pero lo hace sin caer en el dramatismo y en la estridencia ni nada que se le parezca, y podría haber caído en la tentación, porque el material que maneja da para ese tono, pero el cineasta almeriense se va muy lejos de allí, y se centra en sus personajes y sus sentimientos, desde lo más profundo, desde sus gestos, desde sus miradas, que no hablan y lo dicen todo, dentro de esa Bahía de Cádiz, que vista desde otro lugar, resulta un espacio difícil y gris, como todos los lugares cuando estamos mal, cuando nos falta algo, como le ocurre a Andrea, que le falta algo, le falta el amor de su padre, y le falta porque está lleno de un pasado demasiado vacío, un pasado que quiere mirar para entender, para seguir creciendo, para enfrentarlo, porque ya tiene edad suficiente para saber y reconocerse, con unos padres que no hablan, no se comunican y viven rodeado de fantasmas y miedos e inseguridades. Estamos sorprendidos ante la madurez y coraje de un personaje como Andrea, porque a pesar de su corta edad, demuestra más verdad que sus perdidos padres, porque ella  es valiente, tiene fuerza y está preparada para mirar de frente, porque la vida no puede vivirse con tantas ausencias y falta de amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

21 paraíso, de Néstor Ruiz Medina

LAS FRACTURAS DEL AMOR. 

“El verdadero paraíso no está en el cielo, sino en la boca de la mujer amada”.

Frase de “Señorita de Maupin” (1836), de Théophile Gautier.  

Recuerdan a Natalia y Carlos, los jóvenes protagonistas de Hermosa juventud (2014), de Jaime Rosales, que encontraban en el porno amateur una salida económica a su existencia precaria. Los tiempos han cambiado pero las formas siguen estando ahí, porque Julia y Mateo viven del porno amateur a través de la web Onlyfans, en la que venden su intimidad a base de sexo. Los jóvenes del sexo protagonizan 21 paraíso, la ópera prima de Néstor Ruiz Medina (Madrid, 1988), que se ha fogueado en unos 15 cortometrajes, en una película que explica una especie de paraíso en el que tanto Julia y Mateo han encontrado su vida a través del porno amateur que practican en una estupenda casa anclada en un entorno rural magnífico, donde la vida y su felicidad se dan la mano y en la que sus momentos de intimidad han calado en la web y sus días son pura armonía. Una armonía que veremos resquebrajarse a modo de 21 instantes-episódicos en planos secuencia que vienen anunciados por pequeñas ideas en forma de frases cortas, en las que somos testigos de cómo ese paraíso tiene sus zonas oscuras y de tristeza. 

El director madrileño se deja de un relato rocambolesco y de giros inverosímiles, sino todo lo contrario, porque se apoya en un guion construido con sus dos intérpretes, basados en muchas improvisaciones y en ir encontrando su historia y la forma de contarse, donde la cinematografía de Marino Pardo, al que conocíamos por su trabajo en el cortometraje Polvo somos (2020), de Estíbaliz Urresola, la directora de la reciente  20000 especies de abejas, que recurre al celuloide en 16mm y el marco en 4:3 para sumergirnos en las cuatro paredes y el entorno de ese lugar, la provincia gaditana, un espacio donde la luz se impone en un principio, y a modo de crepúsculo vamos asistiendo a la ruptura de la armonía que hablábamos al inicio del texto, pero casi a cámara lenta, centrándonos en los detalles y las diferentes secuencias en la que todo ese lugar aparentemente perfecto, empieza a agrietarse, no nos explican porque, casi siempre nadie sabe porque suceden, sólo sabe que surgen de la nada, del interior de una mujer como Julia. La película en un preciso trabajo de montaje que firma el propio Ruiz Medina, que en sus 98 minutos de metraje, refleja el deterioro de ese amor, o quizás podríamos decir, de eso que tenían, y las consecuencias de esa distancia, de esa falta de comunicación que les afecta y sobre todo, de la nueva realidad a la que deben enfrentarse que les empuja a buscar un modo de vida diferente, con mucho menos dinero y más real. 

Una cámara que los traspasa, que se convierte en uno más, en ese invitado incómodo que da testimonio y forma a su relación o lo que queda de ella, y a ellos mismos. Aunque una película de estas características, donde prevalece la intimidad en un entorno muy cercano, con pocos espacios, tanto interiores como exteriores, debía tener una pareja de protagonistas que transmitieran todo esa fractura que se produce entre ellos, y el director lo consigue con el intenso y excelente dúo que forman la debutante María Lázaro y Fernando Barona que hemos visto en series y en la mencionada Hermosa juventud, dando vida a Julia y Mateo, o lo que es lo mismo, a estos Eva y Adán expulsados de su paraíso particular, y no por un motivo con explicación, sino con uno de verdad, el que siente Julia, ese abismo de la identidad, cuando no sabemos qué queremos y lo único que tenemos claro es que no deseamos seguir haciendo lo que hacíamos, no sabemos porqué, sólo que estamos en ese proceso de descubrirnos y sincerarnos con nosotros mismos y con los demás, y seguir caminando para encontrarnos y encontrar lo que queremos hacer a partir de ahora. 

La película 21 paraíso es un buen ejemplo para una primera película, porque está filmada sin pretensiones, no empleando caminos difíciles de manejar, y sacando el máximo rendimiento a los recursos que tienen más al alcance, eso sí, sin construir una película a gusto de todos, sino con un relato, que gustará más o menos, pero con la idea de contarlo con acierto, detalle y complejidad, porque lo que vemos y lo que va sucediendo, no es baladí, porque pasamos del paraíso particular de Julia y Mateo a una especie de infierno contado en segundos, donde cada mirada y gesto está lleno de desánimo, distancia y perplejidad, porque es una cinta que habla mucho de estos tiempos donde parecemos que lo tenemos todo y en realidad, no tenemos nada, nos faltan muchas cosas, muchas emocionales, que repararía tanto vacío, tristeza y desorientación. Julia y Mateo son un reflejo de esa juventud, que ya no es tan joven, que han pasado de los treinta, y siguen un poco varados, esperando que esa idea del porno amateur dure eternamente, pero lo que no saben es que la vida está sujeta a los cambios constantes, esos que van sucediendo mientras tú haces otros planes, que citaba Lennon, porque si de algo habría que esperar de la existencia es que siempre nos sorprende, siempre nos dejará de vuelta y media, y sobre todo, siempre, por muy mal que estemos, encontramos una salida para tanto desaliento y vacío interior. No estemos temerosos de ser expulsados del «paraíso» y centremos en quiénes somos y qué queremos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El hombre sin culpa, de Ivan Gergolet

LA CULPA DE LOS OTROS. 

“Ninguna culpa se olvida mientras la conciencia la recuerde”.

Stefan Zweig

Ángela es una mujer de unos cuarenta años que vive en Trieste, una ciudad portuaria de la costa adriática italiana. Su existencia es anodina, tiene su trabajo como limpiadora en un hospital, pone flores a la tumba de su marido, y no conecta con su joven hija rebelde. Su vida cambia de repente, cuando en el hospital ingresan a Francesco, un sesentón que acaba de sufrir un ictus que le ha paralizado la parte derecha y le impide hablar y moverse. Francesco forma parte del pasado de Ángela, ya que era el empresario que provocó la muerte de su marido al no advertirles que manipulaban amianto. A Ángela está situación le provoca rechazo, rabia y cercanía con el enfermo, y cuando es dado de alta, se convierte en su cuidadora. El hombre sin culpa, que tiene uno de los arranques más impresionantes que he visto en los últimos tiempos, en ese sala de juicios con los participantes en silencio y llenos de polvo. Una cinta que nos habla de pasado, de culpa, de castigo, y de redención, de rendir cuentas con nuestro pasado, con descansar nuestra rabia y desesperación, de cerrar puertas demasiado abiertas, de mirarnos al espejo y volver a sonreír, o al menos, perdonar y perdonarnos. 

El debut en la ficción de Ivan Gergolet (Italia, 1977), después de su documental Dancing with Maria (2014), sobre la experiencia de una bailarina de 93 años en el pleno centro de Buenos Aires, y su trabajo como activista cinematográfico como la fundación de la televisión de la calle, una asociación de cineastas en Gorizia, ciudad fronteriza entre Italia y Eslovenia. Gergolet construye un relato intenso y callado, donde prima más la mirada y el gesto, en un espléndido thriller psicológico sobre la culpa y el castigo, donde abundan los interiores, esa luz tenue e íntima, esos encuadres donde se explica todo, el pasado y el presente, o quizás, ese limbo en que el personaje de Ángela está atrapada hasta que no resuelva su dolor y tristeza. El hombre sin culpa es una película para verla sin prisas, con calma, porque propone un ritmo reposado, calmo, de los que cada mirada y cada gesto es fundamental para su desarrollo, con unos personajes complejos, entre el que destaca por encima de los demás a Ángela, el personaje vehicular del relato, porque es ella la que provoca todo, la que vive su calvario personal, y lo lleva en silencio, o a medias, porque nunca cuenta toda la verdad de su elección, o cuenta una parte, la que le conviene, la que le hace más llevadera una posición discutible, pero que ella sabe que necesita hacer, quizás no lo sabe con profundidad, y tiene dudas, pero no son las elecciones así en la vida, que nunca sabemos con seguridad lo que hacemos, lo hacemos y ya está. 

El aspecto técnico de la película es ejemplar, con la cinematografía de Debora Vrizzi, con esos tonos apagados y claroscuros, donde priman los rostros y los cuerpos, el conciso y brillante montaje de Natalie Cristiani, que ya estuvo en Dancing with Maria, y repite con un trabajo de una película nada fácil de casi dos horas de duración, y finalmente, la música de Luca Clut, que también estaba en el documental de Gergolet, que detalla y explica todo lo que no vemos pero está. La historia inquietante y difícil que cuenta la película necesitaba un rostro penetrante, un rostro que explicará mucho más que las imágenes, un rostro con todo el peso del pasado, con toda la rabia contenida tantos años, un rostro que se magnetiza con el relato, un rostro inolvidable. El rostro de Valentina Carnelutti que da vida o quizás, podríamos decir, que pone cuerpo y alma a Ángela, una mujer o lo que queda de ella, con esos gestos mecánicos en silencio cuando limpia, cuando hace cualquier cosa. Una actriz magnífica que deambula por la película como una especie de fantasma, acarreando todos los muertos del amianto a sus espaldas, un espíritu en vida, o una muerta que la vida o el destino o el azar, o vete tú a saber qué, le brinda una nueva oportunidad para vengarse. 

A Valentina Carnelutti, que hemos visto en películas tan excelentes como La mejor juventud (2003), de Marco Tullio Giordana,  El polvo del tiempo (2008), de Theo Angelopoulos, y Locas de alegría (2016), de Paolo Virzi, entre otras, resulta complicado aguantar esa mirada tan imponente que tiene durante la película, por eso la labor de los otros intérpretes es fundamental, y lo consiguen con actores y actrices que están en el mismo tono, con miradas de las que se recuerdan como el que le acompaña por esta travesía del dolor y el pasado, como “el otro”, el hombre de su pasado, el hombre responsable, Francesco que hace el actor esloveno Branko Zavrsan, un trabajo impresionante en que su cuerpo se vuelve en su contra, con poquísima movilidad, sin habla, sólo con esa mirada, con ese gesto y ese silencio. Livia Rossi es Daria, la hija difícil de Ángela, que hemos visto en un par de películas de Gianni Amelio, Enrico Elia Inserra es Enrico, el hijo de Francesco que, al igual que Daria, desconoce la relación que une a sus progenitores. Y finalmente, Rosana Mortara es Elena, amiga de Ángela, y también, afectada por el amianto como su marido, que recordamos de verla en Mia madre (2015), de Nanni Moretti, entre otras. 

Seguiremos la pista del director Ivan Gergolet, de las conexiones entre Italia y Eslovenia, de idas y venidas, de pasado y presente, del continuo reflejo que es la vida, de ese devenir hacia atrás y adelante, sin ningún orden ni concierto. Es una película para descubrir, para saborearla, para sentarse con tranquilidad, desconectarlo todo, y situarse frente a unos personajes rotos enfrentados a esa ciudad triste y melancólica, una ciudad de puerto industrial y mercantilizada que se llevó por delante su belleza y las vidas de cientos de trabajadores, de una ciudad afeada por la avaricia y codicia desmesurada de esta sociedad enferma que sólo le va el beneficio sin importarle el coste de vidas y de personas, de dolor y tristeza. Todos deberíamos ser un poco como Ángela, o al menos parecernos un poco a ella, a su voluntad, a su decisión, y sobre todo, a su valentía y su humanidad, esa condición que no viene cuando nacemos, hay que demostrarla, y créanme cuando les digo, que no resulta nada sencillo ponerlo en práctica, y si no pregúntenle a Ángela. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Laura Gómez

Entrevista a Laura Gómez, actriz de la película «Upon Entry», de Alejandro Rojas y Juan Sebastián Vásquez, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 7 de junio de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Gómez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación y Arantxa Sánchez de Karma Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Upon Entry, de Alejandro Rojas y Juan Sebastián Vásquez

WELCOME TO THE UNITED STATES.  

“Y en vez de reconocer que tenemos una deuda contraída con la población migrada que se ve obligada a huir de sus tierras por culpa de nuestras acciones (e inacciones), nuestros Gobiernos erigirán un número creciente de fortalezas de alta tecnología y adoptarán leyes antiinmigratorias cada vez más draconianas”.

Esto lo cambio todo (2014), de Naomi Klein 

Se cuenta que Diego, venzolano de profesión urbanista y Elena, bailarina de Barcelona, viajan a Estados Unidos para empezar una nueva vida. El vuelo se desarrolla sin sobresaltos, aunque cuando llegan al aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de New York, en la zona de inmigración la cosa se complica y son trasladados a una sala de inspección secundaria. En ese instante, sus vidas en la “tierra de oportunidades” pende de un hilo y son sometidos a un exhaustivo interrogatorio donde sus secretos más íntimos salen a relucir y en el que sus existencias quedan en suspenso, aisladas y prejuiciadas por los dos agentes de inimgración estadounidenses. Esta es la historia de Diego y Elena, también es la historia de cientos de miles de ciudadanos inmigrantes que deciden ir a EE.UU. y empezar una nueva vida o no. 

Upon entry es la ópera prima de Alejandro Rojas (Caracas, Venezuela, 1976), dedicado a la escritura y montaje de documentales, y Juan Sebastián Vásquez (Caracas, Venezuela, 1981), cinematógrafo de las películas Callback (2017), otra cinta que habla de la otra cara del “American Dream”, y El practicante (2020), ambas dirigidas por Carles Torras, que actúa en esta como coproductor, a través de Zabriskie Films, junto a Basque Films, que coprodujo El hoyo (2019), de Galder Gaztelu-Urrutia, y Alba Sotorra. Estamos ante una cinta agobiante, llena de tensión y alucinatoria, acompañamos a los protagonistas viviendo o mejor dicho, malviviendo una experiencia de sometimiento terrible, angustiante, sumergidos en una vorágine de habitaciones cerradas, preguntas juzgadoras, y sobre todo, una sensación de aislamiento, miedo y claustrofobia. Un guion escrito por los mismos directores, que nos pone contra la pared, con esa cámara intensísima y pegada a sus rostros, en un excelente trabajo de Vásquez, como los que había hecho para el citado Torras, donde todos somos Diego y Elena, todos somos inmigrantes, en un relato que va in crescendo su tensión y agobio, en el que vamos conociendo de primera mano ese pasado que desconocemos, y ese presente que se va desarrollando de forma terrorífica, como si fuese una cinta de terror puro, de esas que se agarran al alma y no te sueltan, por su verosimilitud y su verdad, que la tiene y la va subiendo.

Un grandísimo montaje de Emanuel Tiziani, que ha trabajado en tres con Torras, a parte de las mencionadas, estuvo en Open 24h (2011), y en documentales como El escritor de un país sin librerías (2019), de Marc Serena, entre otras, en una edición de primeros planos y cortos, en unos 75 minutos brutales y concisos, que agobian y enervan de lo lindo, con esos rostros en tensión continúa y en esa lucha silenciosa con ellos mismos y unos acontecimientos que los superan y los ponen en cuestionamiento. Upon Entry tiene el aroma, la textura y la fuerza que tenían las cintas de gente como Lumet, Carpenter y Boorman, por ejemplo, todos esos cineastas de la New Wave Americana, que se acogían al género, el thriller o policíaco, como deseen denominarlo, para desgranar las miserias y las injusticias de una sociedad arbitraria, partidista y dictatorial, disfrazada de libertad, socialdemocracia y demás eslóganes falsos e hipócritas. Si recuerdan Doce hombres sin piedad (1957), La colina (1965), Tarde de perros (1975), Veredicto final (1982), son sólo ejemplos de la maestría de Lumet, filmadas en una localización, en espacios cerrados a cal y canto, donde el exterior es un espejismo, y un impresionante in crescendo dónde conocíamos los detalles de la situación y el pasado de los personajes sin ningún tipo de alardes y piruetas narrativas ni formales. 

La película de Rojas y Vásquez tiene mucho del cine de Lumet, de sus suspense y terror, porque con un solo escenario, un paisaje institucionalizado, tan frío, tan burocrático, y sobre todo, tan alejado de la vida, todas dentro de ese centro de inmigración, o podríamos decir contra la inmigración, con esas obras que aumentan la desazón y la solitud de esos lugares sin alma y deshumanizados, que también ha retratado el poderoso Frederick Wiseman en su espléndido cine, donde mira los estados a través de sus instituciones. Si la parte técnica de la película brilla con esplendor, así como el calculado y magnífico guion, su reparto no se queda atrás, con una estupenda pareja protagonista, con Alberto Ammann en la piel de Diego, con un rostro que lo explica todo, que va de la ilusión del inicio al desamparo y el miedo de después, un actor que siempre resulta eficaz y muy creíble, porque mira como miran los grandes, y a su lado, Bruna Cusí, que bien elige las películas en las que participa, tan variadas y con tantos registros diferentes. Su Elena va conociendo y desesperanzado a medida que avanza la película, con ese rostro atacado, y la mirada de los dos intérpretes que tanto dicen y tanto callan, y cómo se miran. 

Les acompañan “los otros”, los polis de inmigración, los representantes de la ley, o también, llamados los representantes de la (in )justicia, porque cómo actúan, cómo miran, y sus preguntas, sus ataques y su rabia. La actriz dominicana Laura Gómez hace una formidable agente, que cosas del destino, también fue una inmigrante, ahora convertida en “estadounidense” por la gracia de Dios, qué cosas. Ben Temple es el otro agente de inmigración, qué bien mira este actor, estadounidense de nacimiento y afincado en el cine español con un currículum junto a directores como Imanol Uribe, Paco Plaza y Miguel Ángel Vivas, entre otros. No se pierdan Upon Entry porque les gustará, entiéndanlo, por su forma y fondo, y sobre todo, porque asistirán a la enésima paranoia estadounidense donde todos somos tratados como sospechosos de terrorismo o vete tú a saber qué estupidez nueva se inventan, porque parece que los yanquis siguen instalados en los preceptos de alucinados como McCarthy, donde todos los que no se sometían eran sospechosos de “comunistas” “negros” o inmigrantes, en esas estamos, en vender la democracia constantemente y no practicarla y venderla como “tierra de oportunidades y de acogida”, pero no sé en que conceptos, y si no que le pregunten a Diego y Elena, y a tantos Diegos y Elenas que un día deciden entrar en los Estados Unidos para trabajar y estar bien, como cualquiera de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Paula, de Florencia Wehbe

LA NIÑA QUE NO SE QUERÍA. 

“La adolescencia es cuando las niñas experimentan la presión social para dejar de lado su yo auténtico, y mostrar solo una pequeña porción de sus dones”.

Mary Pipher

La película se abre con una secuencia-prólogo muy reveladora, en la que asistimos a la conversación de las cinco compañeras de clase que, después del verano, están en su primer día de colegio. Las notamos tristes, fuman, e intercambian ideas y sobre todo, desilusiones y tristezas de una existencia que pasa demasiado rápido y no hay tiempo para asimilarlo todo, donde la rutina las aplasta, y el ocio es siempre un leve instante de tiempo, como un sueño. Corte a unos imaginativos, coloridos y sorprendentes títulos iniciales con animaciones, que manifiestan esa adolescencia de cambios y problemas. Después, la película se asienta en la existencia de una de las cinco amigas, Paula, un adolescente de 14 años, con unos kilos de más, que debe soportar a una hermana mayor delgada, una madre que le insta a llevar una ropa que no le viene, un padre ausente, y sobre todo, la presión social de adelgazar para tener un cuerpo normativo y gustar a Facu, el chico que le gusta. Paula decide conectarse a una de esas webs con las que adelgazar milagrosamente a base de no comer y adentrarse en la anorexia. 

Segundo largometraje de la directora Florencia Wehbe (Río Cuarto, Córdoba, Argentina), después de Mañana tal vez (2020), en la que también hablaba de la adolescencia a través de Elena, aspirante a compositora, y el encuentro con su abuelo, un compositor jubilado que sentía el menosprecio de su edad. La aceptación de uno mismo en pos a la presión social en la que vive, vuelve a ser el motor de la trama, en la que la joven Paula se siente atrapada en esos kilos de más que no la dejan ser la persona que quiere ser, para así gustar a los demás, y ponerse la ropa de su hermana, gustar al chico y sobre todo, sentirse más bella y atractiva. con un espléndido y acertadísimo guion de Daniela de Francisco y la propia directora, la historia podría haberse metido en el duro drama de esta adolescente, pero en cambio, aunque hay dureza, la trama se va por otros derroteros, sumergiéndonos en esa existencia donde la cámara se va filtrando por las aristas emocionales, retratando su tristeza, su realidad durísima, y sus dolorosos métodos para adelgazar en tiempo récord. 

Estamos ante una especie de diario personal y muy íntimo de la vida de Paula, “Pauli” para las amigas, en un relato asentado en una naturalidad muy transparente y cercanísima, filmada con detalle y precisión quirúrgica, en un portentoso trabajo de la cinematógrafa Nadir Medina, que la hemos visto en películas con Darío Mascambroni, y en Bandido, de Luciano Juncos, y en la citada ópera prima de Wehbe, en un ejercicio donde prima el retrato de Paula frente a ella misma y frente al resto, donde nunca se juzga y sobre todo, se sigue sin subrayar nada, acompañando a la protagonista en el colegio, en su casa y con sus amigas, son maravillosos esos momentos entre las cinco amigas, mientras se preparan para salir y su complicidad en la discoteca y demás lugares que transitan. La directora no sólo ha vuelto a contar con Medina, sino también encontramos a Fernanda Rocca, la productora y Julia Pesce en arte, que repiten en esta segunda película, y la incorporación de Damián Telelbaum, en el montaje, al que hemos visto tanto en ficción como no ficción, bajo las órdenes de cineastas como Anna Paula Hönig, Alejandra Marino, Lorena Muñoz, Silvina Schnicer y Ulises Porra, en un estupendo trabajo de precisión y contención, donde en sus magníficos ochenta y nueve minutos de metraje se cuenta todo lo necesario, en los que ni falta ni sobra nada. 

Paula se adentra en el complejo y difícil territorio de la adolescencia, ese espacio a veces terrorífico, incierto, lleno de cambios, todos impredecibles, todos inquietantes, y sobre todo, un lugar del que no salimos indemnes, donde vamos haciéndonos y haciendo en relación con nosotros y con los demás. Una etapa que últimamente el cine americano ha tratado con sutileza, a partir de un acercamiento humano y complejo, y también, retratando todo su verdad y su angustia, hay tenemos casos como los de Después de Lucía (2012), de Michel Franco, Juana a los 12 (2014), de Martin Shanly, Las plantas (2015), de Roberto Doveris, Kékszakállú (2016), de Gastón Solnicki, Tarde para morir joven (2018), de Dominga Sotomayor y Las mil y una (2020), de Clarisa Navas y Tengo sueños eléctricos (2022), de Valentina Maurel, títulos a los que hay que añadir Paula, en su incansable búsqueda de ese sentir todavía demasiado joven y expuesto a peligros inconscientes, sometidos a una sociedad demasiado superficial y competitiva que sólo quiere alcanzar ese éxito cueste lo que cueste, para ser uno más y pertenecer a las reglas artificiosas que dictan los mercados y la publicidad. Paula tendría su más fiel reflejo en la película Miriam miente (2018), de Natalia Cabral y Oriol Estrada, porque también habla de una joven de 14 años, enamorada de un chico, y al igual que la protagonista, está preparando su fiesta de los 15, y por lo visto, la presión social no entiende de territorios y demás, porque una sucede en la República Dominicana y otra en Argentina. 

Para terminar no podíamos olvidarnos de la potentísima y maravillosa interpretación de la debutante Lucía Castro en el papel de la protagonista Paula, lo bien que mira, que se mueve, y sobre todo, lo bien que habla sin abrir la boca, todo un extraordinario hallazgo que con su presencia hace que la película vuele muy alto, y consiga todo lo que se propone, su verdad y todo lo que transmite. Le acompañan su familia: María Belén Pistone, como la madre, Beto Bernuéz como Horacio, el padre, que ya estuvo en la mencionada Mañana tal vez, y Virgina Shultess como la hermana mayor, y la retahíla de amigas de Paula, tan naturales y cercanas como la protagonista, todas ellas debutantes son un gran descubrimiento. Tenemos a Tiziana Faleschini, Lara Griboff, Julieta Montes y Líz Correa. No se pierdan Paula, de Florencia Wehbe, y quédense con el nombre de esta directora riocuartense de Argentina, que de buen seguro, nos volverá a conmovernos con su contención y su maravilloso retrato sobre la adolescencia, la vida y lo que somos y lo que no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lola Buero y África de la Cruz

Entrevista a Lola Buero y África de la Cruz, intérpretes de la película «Los gentiles», de Santi Amodeo, en los Cinemes Girona en Barcelona, el jueves 2 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lola Buero y África de la Cruz, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y Rubén Codeseira de Comunicación de la película, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las gentiles, de Santi Amodeo

LAS JÓVENES SUICIDAS.

“Llega un momento en que algo se rompe en tu interior, y ya no tienes ni energía ni voluntad. Dicen que hay que vivir, pero vivir es un problema que a las larga lleva al suicido”

Umberto Eco en “El cementerio de Praga”

Muchos hemos visto la película corta Bancos y el largometraje El factor Pilgrin, ambos del 2000, y dirigidos por el tándem Alberto Rodríguez (Sevilla, 1971) y Santi Amodeo (Sevilla, 1969), unos trabajos de culto que despegaron dos filmografías que siguen dando guerra veintidós años después. Amodeo siguió con Astronautas (2003), en la que se centraba en las difíciles relaciones de un ex yonqui en pleno proceso de integración en la sociedad  y una adolescente perdida y en busca de su hermano desparecido, y Cabeza de perro (2006), un chaval con una rara enfermedad neurológica conoce a una joven inquieta y alocada. Dos películas que ponían el foco en el final de la infancia y la primera juventud a través de dos jóvenes bastante a la deriva, sin futuro y relacionándose con tipos difíciles. La tercera parte de la trilogía iba a ser Las gentiles, pero las circunstancias imposibilitaron el proyecto y la carrera del director sevillano continuo con trabajos más industriales como la serie Hispania (2010), y los largometrajes ¿Quién mató a Bambi? (2013), y Yo, mi mujer y mi mujer muerta (2019).

Ahora, Amodeo ha podido retomar su proyecto guardado en un cajón y ha parido Las gentiles, coescrita junto a un grande como Rafael Cobos, el colaborador más estrecho del citado Alberto Rodríguez. Un relato intenso y magnífico que protagonizan un grupito de chicas adolescentes que piensan a menudo en el suicidio, sobre todo, dos de ellas. La película situada en Sevilla, como muchas de la filmografía del director, se sumerge de forma natural y sin estridencias en la cotidianidad de cinco amigas. Tenemos a Pacheco, Moriñigo, Tere, y las dos amigas del alma, la Corrales, con tendencias suicidas, y Anita, la voz cantante de la película, porque la historia está contada a través de ella, su intensa y bella mirada se hace con el retrato de la película, contándonos su vida y por ende, la del resto, a través de su realidad, de su entorno y demás. Amodeo huye de la condescendencia y el sentimentalismo para mirar a sus chicas de forma profunda y sensible, sin caer en el manierismo, sino todo lo contrario, en dejar que su cámara las siga y las deje hablar, hacer y experimentar.

Una excelente cinematografía de Álex Catalán, también productor asociado, que ha trabajado en cuatro de las cinco películas del cineasta sevillano, que captura unas vidas en continuo movimiento, donde las acompañamos en el instituto, en sus clases, en sus botellones, sus viajes por internet, sus fotos y videos, su música, bien seguidas por las animaciones marca de la casa del cine de Amodeo y la música, que firman el propio director, la cuarta de sus películas, junto a Bronquio. Sintonías y ritmos muy bien elegidos que detalla y nos sumerge en esos microcosmos vertiginosos y alucinógenos, donde hay una verdad y mentiras poliédricas entre la realidad y las redes sociales, donde el montaje de José M. G. Moyano, un habitual de Amodeo, y Darío García García (con experiencia en documentales, la serie La peste y el próximo estreno de Rendir los machos, de David Pantaleón), sabe introducirnos en esa vorágine de vidas, de experiencias sin fin, de pensamientos, ideas, reflexiones y demás emociones, donde todo se vive de forma intensa y a toda velocidad, sin tiempo.

Las gentiles se detiene en la juventud, en ese período transitorio donde todavía no eres de un lugar ni del otro, como si fueras náufragas sin isla, vagando sin rumbo, esperando que algo ocurra, cuando ocurre la vida, a veces vacía, a veces llena, y casi siempre sin saber que pasa. Unas chicas jóvenes con esas vidas complejas, inseguras y llenas de dolor, de rabia y perdidas, unas chicas que siguen a aquellas dos como Teresa Hurtado de Ory de Astronautas, y Adriana Hugarte en Cabeza de perro. También, habla de falta de comunicación en las familias, de unas vidas no satisfechas que parecen escaparse no se sabe dónde, y se profundiza de forma realista e íntima del suicidio, sin caer en la típica película de género que lo usa como excusa, aquí es el centro de todo y se habla desde la sencillez y la realidad de sus vidas, sin intentar ningún discurso ni cosas por el estilo. Las mencionadas Teresa y Adriana ya demostraron el buen hacer de Amodeo con las debutantes como vuelve a demostrar con el extraordinario quintero de Las gentiles.

Un grupo que forman Alva Inger, Lola Buero, Olga Navalón, y las dos más principales: Paula Díaz en la piel de Corrales, la antítesis de África de la Cruz como Anita, la autentica alma mater de la película, una fiera de la actuación, de la mirada y la gestualidad, todo un maravilloso descubrimiento que deseamos que siga en la interpretación y ofreciendo personajes tan humanos y cercanos como su Anita, uno de esos personajes que no se olvidan con facilidad, que lo dice todo con una mirada y que, sobre todo, se mueve, siente y padece de forma muy hacia adentro, muy suya, que acapara cada encuadre en el que aparece, llenándolo todo. Celebramos con entusiasmo esta vuelta de Amodeo al cine más personal, reflexivo y auténtico, ese cine que cuenta lo que nos pasa, y lo forma humana y vital, donde no hay proclamas ni tesis, sino toda una amalgama de sensaciones, emociones y experiencias que viven las inolvidables protagonistas y además, se atreve a hablar de forma clara y transparente del suicidio entre los jóvenes, y haciéndolo como lo hace, de forma verdadera y honesta. Todo un lujo de película y una de las hermosas, profundas y sencillas aproximaciones de la juventud de aquí y ahora. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA