El gran vuelo, de Carolina Astudillo Muñoz

elgranvueloINVOCAR A UN FANTASMA

“Hay muertos a los que nadie recuerda porque duelen demasiado para querer recordarlos, otros, se han vuelto incómodos. ¿Cómo hacerlos regresar?”

En Anatomía de un instante, el escritor Javier Cercas partió de una imagen (la que se produjo en el congreso cuando Tejero irrumpió a punta de pistola aquella tarde fatídica del 23 de febrero del 81, el instante en que Suárez y Carrillo no se refugiaron en sus escaños y se mantuvieron firmes ante los civiles) para reconstruir la memoria de la transición a través de un magnífico ensayo político que indagaba en las zonas más oscuras de la historia reciente de este país. Carolina Astudillo Muñoz (Santiago de chile, 1975) ha realizado un proceso similar al de Cercas, su punto de partida eran algunas fotografías y cartas de Clara Pueyo Jurnet, una de aquellas mujeres nacidas en Barcelona, que se afilió al PSUC y luchó primero a favor de la República, y luego en contra del franquismo, y continúo en la resistencia contra la dictadura hasta su desaparición en 1943, cuando salió de la prisión de Les Corts de Barcelona con un permiso falso. Ahí se pierde su huella para siempre, nadie sabe de ella, que fue de ella, que ocurrió después.

Astudillo descubrió esa imagen perdida, (como hace Rithy Panh en su obra, donde reconstruye la memoria no filmada del terror de Camboya) la de Clara, durante la realización de su pieza De monstruos y faldas (2008), donde recorría el desgraciado devenir de las mujeres que pasaron por la prisión de Les Corts. Fue en ese instante cuando arrancó el proceso de investigación histórica, en este maravilloso y emocionante viaje que se materializa con el encuentro de la cineasta con su personaje a través del cine, donde la vida y la muerte forman uno sólo, como explicaba Joan van der Keuken en Las vacaciones del cineasta (1974). Astudillo se sumió en una ardua y laberíntica investigación sobre la memoria de Clara y todos los personajes que la rodearon, no encontró imágenes, debía construirlas, en su caso optó por la reconstrucción, por el material de archivo o el found footage, rebuscó en las filmotecas películas familiares de la alta burguesía catalana y valenciana de los años 30, 40 y 50 (los lugares vitales de Clara), que recogen hechos cotidianos y explosiones de alegría, un material que con la ayuda de las dos montadoras, Georgia Panagou y Ana Pfaff, convierte esas películas ajenas en propias, en las imágenes que faltan de Clara, en esa vida no filmada, en dar luz donde no la hay, en que los espectadores sintamos que pertenecen a Clara y los suyos, unas imágenes que son de otros, de aquellos que vivían bien, ajenos y alejados a la lucha política y el terror del franquismo. Y no sólo eso, Astudillo Muñoz, además de reconstruir la biografía de Clara, fabrica un imponente ensayo fílmico en el que reflexiona y estudia esas filmaciones, como se registraban los cuerpos femeninos que hay detrás de cada retrato, la puesta en escena que escenifica como educaban a los niños en la lucha de clases.

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Dos voces, una que nos explica el itinerario desgraciado de Clara, la juventud ilusionante, y la guerra, el exilio, y la clandestinidad, el terror del franquismo, y la paranoia comunista que ajustició a compañeros, la desilusión y el desencanto por una izquierda que acabó matándose y enterrándose a sí misma. La otra voz, nos lee las cartas de Clara, y los suyos, los amores frustrados, el desarraigo familiar, las amistades rotas, las dudas de la militancia, y la huida constante, todo aderezado con una música vanguardista, barroca, y popular, que funciona como testigo de esas imágenes que nos envuelven en las heridas del pasado que no cicatrizan. Astudillo no sólo desentierra la memoria silenciada y olvidada de Clara Pueyo Jurnet de una forma ejemplar y contundente, sino que se pregunta constantemente a sí misma, y expone unos hechos y lanza muchas cuestiones de dificultosa resolución, cediendo constantemente la palabra al espectador, para que seamos los que reflexionemos sobre lo contado. Una película humanista, honesta y tremendamente sencilla que, en ocasiones parece una película de terror y en otras, en un documento contra el olvido, cimentada en una estructura férrea plagada de sombras y espectros que escenifican a aquellas personas que siguen vagando por una historia, la oficial, que sigue negándolos, sin reconocerlos y no documenta sus vidas, porque como bien advierte el arranque de la película, hay muertos incómodos, molestos, tanto para unos como otros, quizás esa la metáfora terrible que lanza como dardo envenenado Astudillo Muñoz, que desenterrar la memoria, y ver qué y cómo sucedió, no sólo molesta a los de un lado, sino también a los del otro lado.

El mundo sigue, de Fernando Fernán Gómez

el-mundo-sigue-POSTERLA MISERIA DE AYER… Y SIEMPRE

“Verás maltratados los inocentes, perdonados los culpados, menospreciados los buenos, honrados y sublimados los malos; verás los pobres y humildes abatidos. Y poder más en todos los negocios el favor que la virtud”

 Fray Luis de Granada

(Guía de pecadores, 1556)

Fernando Fernán Gómez (Lima, 28 de agosto de 1921 – Madrid, 21 de noviembre de 2007) es una de las figuras más brillantes y geniales que ha dado la cultura de este país. En sus diversas facetas como escritor, dramaturgo, actor, y director de cine y teatro ha destacado en su buen oficio y en acometer una carrera profesional muy acorde con sus principios personales y humanos. En 2011, cuando la Academia de las Artes y las ciencias Cinematográficas de España, le entregó la X Medalla de Oro, Marisa Paredes, la presidente de la institución, lo describió de la siguiente forma: “Por anarquista, por poeta, por cómico, por articulista, por académico, por novelista, por dramaturgo, por único y por consecuente». Debutó como actor a primeros de los 40 en el teatro de la mano de Enrique Jardiel Poncela, en el cine lo haría casi al unísono, en 1943, esta vez con Juan de Orduña, en un papel secundario. Desde entonces en el medio cinematográfico ha protagonizado cientos de películas donde ha trabajado con los cineastas más grandes del cine español, Berlanga, Bardem, Neville, Nieves Conde, Erice, Saura, Gutiérrez Aragón, Trueba, Almodóvar, entre muchos otros… Su puesta de largo como director se produjo en 1954 con Manicomio (co-dirigida con Luis María Delgado). En 1958, realiza La vida por delante, a la que siguió La vida alrededor (1959), películas disfrazadas de comedia o melodrama, y costumbrismo, que retratasen las penurias y dificultades que vivían los españoles para tirar pa’lante bajo el régimen franquista.

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El mundo sigue (que junto a El extraño viaje, de 1964, son dos de los títulos más celebrados de la carrera como director de Fernán Gómez) basada en la novela de Juan A. de Zunzunegui (escritor de una publicación de Falange), rodada en 1963, (del mismo año son El verdugo, de Berlanga y Del rosa al amarillo, de Summers), cerraba esta peculiar y excepcional trilogía. Filmada en el barrio de Maravillas de Madrid (casi dos décadas después, Manuel Gutiérrez Aragón rodaba en el mismo lugar Maravillas, con el propio Fernán Gómez en el reparto). Esta fábula moral de su tiempo, y de cualquier tiempo, se centra en una familia cualquiera, los padres, Eloísa, la esposa y madre abnegada y servicial, el padre, un funcionario de orden que impone benevolencia fuera y autoridad en casa, luego está Agapito, religioso hasta la médula que fue despedido del seminario, y en el centro de la familia, las dos hijas, Eloísa y Luisita, dos caras de la misma moneda, dos fieras que se odian, se pegan y se acuchillan cada vez que se encuentran. Eloísa, que fue la guapa del barrio hace 10 años, ha caído en desgracia, casada con Faustino, un ludópata enfermizo que trabaja de camarero, pero sólo tiene una obsesión, las quinielas y ser millonario. Además del marido, Eloísa acarrea con dos criaturas, y no tiene otra salida que acudir a casa de sus padres a pedir limosna, algo de dinero para seguir respirando. La otra cara es Luisita, la hermana que trabaja en una boutique, y no duda en prostituirse para buscar al mejor postor que la mantenga y de esta manera, salir de esa miseria que recorre sus vidas o digamos mejor, las existencias de todos los personajes que describe con tanta crudeza y realismo la película. También, está Don Andrés, el vecino enamorado de Eloísa, que trabaja como crítico de teatro en un diario de derechas que le impone lo que tiene que escribir. Fernán Gómez describe en un primoroso blanco y negro, la injusticia, la hipocresía y la miseria moral esparcida por todos los agujeros y pozos de la sociedad. La negrura que recorre toda la cinta es abrumadora, no hay futuro, no hay piedad entre los seres humanos, se machacan y se matan entre ellos, todos quieren mejorar, vivir mejor, aunque sea acosta del prójimo, eso no les importa, les da igual con tal de estar bien ellos y sobre todo, mejor que el otro. No hay salvación, se condena al desdichado y se gratifica al ruin.

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El genio del cineasta brilla en toda la película, hace gala de recursos narrativos que aunque en la época eran todo un signo de modernidad cinematográfica, siguen manteniéndose como la obra de un grandísimo narrador, como el flashback (recordarán la famosa secuencia de las escaleras cuando Eloísa sube atropelladamente y se intercala con planos del pasado, de aquella flor que relucía esplendorosamente y que ahora ha quedado se ha marchitado, quedando reducida a la amargura y la tristeza), y la multiperspectiva, donde desarrolla varias secuencias a la vez. Una elección de actores magnífica, donde cada uno de ellos compone un personaje visceral y lleno de fuerza, como Lina Canalejas (la querida Prima Angélica), encarnando a Eloísa, que luchará sin remedio para salir de su triste y oscura existencia, Gemma Cuervo como Luisita, que ambicionará dinero y lujo, y para conseguir eso no le importará vender su cuerpo y su vida, o el propio Fernán Gómez, que interpreta a Faustino, a ese ser infecto y malsano, enfermo por el juego, que llegará a hacer cosas ilegales y tener querida para salir de su miseria. Seres de aquella España sumida en la autarquía, en aquella dictadura católica, represora y asesina, en una sociedad sin esperanza ni ilusión, donde reinaba la pobreza no sólo física, sino también moral de una sociedad miserable, triste y sin humanidad. Una película enclavada en aquel nuevo cine español, donde se empezaba a describir la realidad miserable y oscura de un país que se alejaba de la propaganda oficial del régimen que vendía desarrollismo y milagro económico al mundo. Una cinta que habla de adulterio, de ambición, hambre, violencia y maltrato a la mujer… Todo este contenido tan durísimo se reflejó en los múltiples problemas con la censura franquista durante todo el proceso de la película, que obligó a retrasar su estreno dos años, que se produjo en muy malas condiciones, con una doble sesión en Bilbao en julio del 65. Medio siglo después, el estreno de la película es todo un gran acontecimiento para todos aquellos que amamos el cine en general, y el español en particular. Triste pero cierto, una miseria que continúa en el mundo, en la sociedad, sigue instalada en todos nosotros, en cada cosa que hacemos, en la vida que llevamos, en todo y cada una cosa que nos rodea… porque tristemente hay cosas que nunca se borran. Recuerden el final de Plácido (1961), de Berlanga, y su famoso villancico, (…) en un mundo sin caridad, que nunca la hubo y nunca la habrá

Entrevista a Ramón Lluís Bande

Entrevista a Ramón Lluís Bande, director de “Equí y n’otru tiempu”. El encuentro tuvo lugar el Jueves 4 de diciembre en Barcelona, en la Plaza Joan Coromines junto al CCCB.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ramón Lluís Bande, por su tiempo y sabiduría, a Carlos Losilla, por su interés y dedicación en mostrar un cine de calidad y comprometido, y a la estudiante asiática que amablemente tomó la fotografía que ilustra esta publicación.