Billy, de Max Lemcke

LOS VERDUGOS NUNCA MUEREN.

“Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia”

José Saramago

La película arranca bajo dos líneas narrativas en las que se va a sustentar todo su entramado. Por un lado, vemos imágenes de la película El hombre que mató a Billy el niño (1967), de Julio Buchs, uno de los tantos spaghetti western que durante los sesenta y setenta se filmaron en España. Nos muestran una persecución, la misma que emprendió la película Billy, con la labor fundamental de desenterrar la figura de Antonio González Pacheco, alías “Billy el niño” (1946-2020), un policía metido a matón a sueldo del franquismo a través de la temida Brigada Político Social. La segunda línea tiene que ver con el personaje en cuestión, que murió durante la filmación de la película. Dos elementos paradigmáticos y muy reveladores de cómo el sistema democrático de España ha gestionado la memoria, la falta de implicación en recuperar la memoria histórica del franquismo, llevar al banquillo a sus torturadores y asesinos, y sobre todo, y lo más deleznable, alargar los procesos judiciales para que las víctimas vayan desapareciendo y así, reconstruir ese período funesto de la historia del país a través de un siniestro pacto de silencio, donde todo cambie para seguir como siempre.

El cuarto trabajo como director de Max Lemcke (Madrid, 1966), sigue escarbando en los grandes problemas de la sociedad. En Mundo fantástico (2004), nos puso en la piel de dos aspirantes a actrices con una existencia difícil, muy activa, que recogían ínfimos frutos. Con Casual Day (2007), se metió de lleno en el mundo laboral y esas estrategias para fomentar la competitividad y la individualidad entre los empleados, y en 5 metros cuadrados (2011), la compra de una vivienda por parte de una joven pareja se eternizaba y se llenaba de múltiples trabas y conflictos. Con Billy se mete de lleno en el franquismo, ese periodo oscuro que la democracia de este país se ha empecinado en borrarlo y llenarlo de sombras. El cineasta madrileño compone una película que se sustenta a través de variados e interesantes elementos y marcos. Por un lado, tenemos el documental testimonial, donde varias víctimas de “Billy”, en los lugares de infausto recuerdo (como lo hacía Rithy Panh en S-21: La máquina de matar de los Jemeres Rojos), explican sus orígenes de activismo político en la década de los setenta, sus detenciones y sus torturas a manos del susodicho. A esas imágenes se le van entrelazando material de archivo, en un trabajo my serio de found footage, con otros momentos musicales con canciones de protesta de la época en las que escuchamos a nombres tan importantes como Serrat y María del Mar Bonet, entre otros, y finalmente, imágenes de películas de ficción, la citada sobre el famoso pistolero, Siete días de enero, (1979), de Juan Antonio Bardem, sobre los asesinatos de los abogados de la calle Atocha, donde un personaje estaba basado en “Billy el niño”.

Todo ese compendio de imágenes propias y ajenas, ayuda a reconstruir o podríamos decir, a desenterrar la figura del célebre torturador, del que vemos algunas imágenes de archivo con el aspecto de entonces y el actual, pasando por incógnito por Madrid, situación que cambió cuando la justicia Argentina quiso extraditarlo, pero la Audiencia Nacional desestimó la demanda en abril del 2014. Billy ayuda a conocer a este siniestro personaje, y solo por eso, ya merece un lugar importante en el documental de este país, aunque no solo se queda ahí, va mucho más allá, porque nos habla de las cloacas oscuras del tardofranquismo y la transición, desmontando toda esa estructura que se empeña en entronizar un período sangriento y extremadamente convulso, descabalgando todos sus no héroes y desmitificándolo todo, en que un tipo como Antonio González Pacheco, se convierte en un personaje completamente revelador de las chapuzas y malas gestiones de la democracia con el franquismo.

El extraordinario trabajo de montaje de la película que firman Clara Martínez Malagelada y Julie Trillo, consiguen ritmo, contenido, sensibilidad, tensión y convierten su relato y su narración breve, de tan solo 70 minutos, en un caleidoscopio imaginativo, profundo, absorbente, valiente y magnífico en el trato al material encontrado, a los testimonios y la conjunción de todos esos elementos y miradas y texturas para construir un documento que destapa a verdugos y sistemas podridos, pero lo hace con intensidad, naturalidad y sobriedad. Billy  tiene mucho de cine de guerrilla, porque no ha recibido ninguna ayuda estatal, y su financiación se ha conseguido gracias al micro mecenazgo de personas que han contribuido a su producción, otro síntoma triste y sintomático de la relación del poder con ese pasado franquista, en una inútil tarea de meter la mierda bajo la alfombra y esperar la desaparición de testigos y olvido de todos. Billy, al igual que otras películas que siguen escarbando como El silencio de otros y Lesa Humanitat, por citar algunas de las más recientes, que no solo demuestran la ineficacia del estado mal llamado democrático, sino que ayudan a seguir esclareciendo y nombrando a todos los que asesinaron, a todos los desaparecidos, y a los que siguen hablando de lo que vivieron, aunque en este deshonroso país no hagan nada el poder que debe, por humanidad, hacerlo. Habrá que seguir haciendo películas, escribiendo libros, cantando canciones, investigando y trabajando incansablemente para que nada de todo eso quede en el olvido. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .