La mancha negra, de Enrique García

DOÑA MATILDE CISNEROS HA MUERTO.

“Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad”.

“Bodas de sangre”, de Federico García Lorca

Estamos en 1971, en Aljarria, uno de esos pueblos del interior de Andalucía, perdidos de la mano de Dios. Son los años duros de los setenta con los últimos coletazos del franquismo. Tiempos de incertidumbre, de rencores y de odios a punto de explotar después de años de silencio. Unos odios y rencores instalados en la familia de los Cisneros. La matriarca Doña Matilde acaba de morir. Con ella se va un tiempo de odio, de silencios y sobre todo, un tiempo que advierte un porvenir difícil. Al mismo tiempo, el único varón de la familia, Eugenio, viene de vuelta al pueblo después de más de quince años, acompañada de su mujer Emilia. Parece que las cosas le han ido bien, o al menos eso parece. En Aljarria, se encontrará con sus tres hermanas, Modesta, la servicial, la callada y la sumisa, Manuela, la independiente, la señalada y la de carácter, y finalmente, Mercedes, que perdió la cabeza y ahora se ha convertido en un muerto.

El recién llegado se enfrentará a Doña Julia, una arpía que, compinchada con Don Andrés, el cura, ya que traman arrebatarles todo el dinero a la familia, y sin olvidarnos, del hermano de Doña Julia, el Juaneque, un pobre infeliz y retrasado que quería con locura a la finada. La llegada del antiguo habitante del pueblo, no solo desatará las envidias y demás entre los lugareños, sino que generará el mayor de los cimas en casa de los Cisneros. De Enrique García (Málaga, 1971), conocíamos su trabajo en el cortometraje, y sus tres largometrajes, 321 días en Michigan (2014), Manic Tales (206), en la que dirige uno de los segmentos, y Resort Paraíso (2016). Un cine que ha buceado por el thriller, el terror y el drama, tres géneros que se dan la mano en su cuarto trabajo La mancha negra, coescrita con su guionista habitual Isa Sánchez (de la que hemos visto hace poco Alegría, de Violeta Salama), en una película carpetovetónica, centrada en una sola jornada, en un velatorio y entierro de armas tomar, donde los Cisneros pondrán sus cartas sobre la mesa, donde muerta la madre, ya nada podrá detener tantos años de odio y maldad.

La excelente cinematografía de José Antonio Crespillo, que ya estaba en Manic Tales y Resort Paraíso, conjuga con habilidad la luz asfixiante que recorre todo el metraje, con esos primeros planos y encuadres cerrados bien compuestos, para generar esa fragmentación que existe entre los cuartos hermanos, con un brillante manejo del tempo en el montaje de Ana Álvarez-Ossorio (que es habitual en los trabajos de Paco León), y la cortante música de Jesús Calderón, una eminencia en el mundo del corto, que sabe atraparnos desde el primer minuto. Nos encontramos ante una película donde el universo lorquiano juega un papel fundamental, con esas mujeres enlutadas, esas miradas que echan fuego y esa violencia soterrada a punto de explotar. El imaginario de Delibes, y sus santos inocentes, con ese caciquismo que representa el cura del lugar, y esa Mercedes, que no está muy lejos de la “niña chica”, y esa España negra con la violencia extrema de se palpa en cada rincón de “La familia de Pascual Duarte”, de Cela, o el fatalismo que recorre el mundo de Aldecoa y Benet. En el cine, amén de las adaptaciones de los autores ya citados, bebe mucho de La caza, de Saura y Furtivos, de Borau, donde existen esos pueblos llenos de amargura y miseria, donde la violencia es el pan de cada día.

Tenemos lo más intrínseco de nuestra forma de vivir y sentir, bien fusionado con el thriller estadounidense de los setenta que marcó una época con los Peckinpah, Boorman y Frankenheimer, entre muchos otros, unos policíacos sucios, llenos de vidas autodestructivas, muy violentas, fatalistas y amargas, donde nunca hay esperanza, solo disparar y rendirse a la violencia. Y claro, un relato que juega mucho a todo lo que nos e dice, a todo lo que se oculta, y a todo lo que quema por dentro, tenía que componer un reparto muy coral y digno de unos personajes complejos, derrotados y amargados. Un grupo de intérpretes, entre los que hay compañeros de viaje del director, entre los que destacan las presencias de Natalia Roig, Virginia Demorata y Noemí Ruíz, como las tres hermanas Cisneros, junto a un gran Pablo Puyol como el hermano, Virginia Muñoz como Emilia, Cuca Escribano, fea y malvada como Doña Julia, Ignacio Nacho, que conocemos como director de El intercambio (2017), dando vida a Juaneque, toda una gran sorpresa, Aníbal Soto como el boticario, Juanma Lara como el cura, con ese corpachón y su vozarrón, y las presencias más breves de María Alfonso Rosso como la que se muere, Sebastián Haro y Joaquín Núñez.

Dylan Moreno que ya coprodujo Manic Tales y El intercambio, vuelve a producir una película de Enrique García. La mancha negra no esconde su modestia, pero tampoco hace alarde de ella, porque sabe el relato que tiene entre manos, seco, duro y violento, y lo va contando poco a poco, sin prisas pero sin pausa, en un in crescendo que hiela el alma,  dosificando con acierto la información, al modo del western, de cuando alguien volvía a un pueblo y nunca sabíamos cómo éste lo iba a recibir, generando esta tensión, ese calor que ahoga y vuelve más violenta a las personas, enhebrando don decisión todas las relaciones, todas las miradas y gestos. García ha conseguido una película muy honesta, bien equilibrada y compuesta, en el que la forma y el fondo casan con astucia y fuerza, porque cuenta lo que conoce y lo hace con lo que tiene, sin entrar en terrenos pantanosos. García ha construido una película con hechuras, con un ritmo pausado que coge velocidad en su último cuarto, donde todo explota, donde cada personaje reclama su sitio y sobre todo, su pasado, un pasado que saldrá a la superficie, y nada ni nadie podrá detenerlo y lo cambiará todo, porque cada uno de los individuos en cuestión ya está cansado de estar callado, una metáfora que define mucho el sentir de aquel país de tantos de dictadura, terror y silencio. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Iván Guarnizo

Entrevista a Iván Guarnizo, director de la película «Del otro lado», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el recinto de la Universidad de Barcelona, el martes 30 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Iván Guarnizo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de comunicación de L’Alternativa, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marc Sempere-Moya

Entrevista a Marc Sempere-Moya, codirector de la película «Canto cósmico. Niño de Elche», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el Parc de la Ciutadella en Barcelona, el viernes 26 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marc Sempere-Moya, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Eva Calleja de Prismaideas y al equipo de prensa de L’Alternativa, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

El páramo, de David Casademunt

LA BESTIA QUE NOS ACECHA.

“No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor”.

Alejandro Dumas

El convulso y sangriento siglo XIX en España, azotado por tres guerras Carlistas, desterró a muchas familias  que huían de los núcleos urbanos a la protección de las casas aisladas en páramos desiertos. El primer largometraje de ficción de David Casademunt (Barcelona, 1984), se instala en ese período y en ese lugar. Un lugar aislado, un espacio acotado por unas extrañas figuras talladas en madera que, a modo de tótems, acotan una entrada imaginaria, que pone barrera dejando fuera a esa terrible violencia que hay más allá. En ese sito, perdido de la mano de Dios, vive o más bien, sobreviven, una familia compuesta por un meditabundo, callado y rudo padre, una madre, Lucía, el pilar del hogar, y su hijo, Diego, inquieto y temeroso. De Casademunt conocíamos su paso por la Escac, dos de sus estupendos cortometrajes, Jingle Bells (2007), y La muerte dormida (2014), que abordaban las relaciones maternofiliales y las consecuencias de sus ausencias, elementos que continúan muy presentes en El páramo, y finalmente, la película Rumba Tres, de ida y vuelta (2015), que codirigió junto a Joan Capdevila, que a modo de documento, recogía la vida del famoso grupo rumbero barcelonés.

Un guion que firman Fran Menchón, Martí Lucas (que ya había trabajado con Casademunt), también surgidos de la Escac, y el propio director, nos sitúan en un lugar sin lugar, en un tiempo sin tiempo, en un paraje vacío, vasto y seco, donde esta familia vive atenazada por todo ese miedo que nunca vemos y está ahí, o al menos ellos así lo creen. Un aroma denso, de colores terrosos y oscuros, y una ambientación sólida, obra de Balter Gallart (que ha trabajado en thrillers de Paco Plaza, Nacho Cerdà, Oriol Paulo y Guillem Morales, entre otros), una música interesantísima que mezcla lo íntimo con lo más oscuro, con esas melodías de cuento de hadas que casan tan bien, en una banda sonora que firma Diego Navarro, habitual de Mar Targarona, que produce junto a Joaquín Padró y la hija de ambos, Marina Padró, que se incorpora a un equipo que ya había levantado los primeros largos de Bayona, y de los citados Morales y Paulo, y hacen lo propio con Casademunt, a través de Rodar y Rodar. El exquisito y formidable montaje de Alberto del Toro, reconocible por sus trabajos para Javier Ruiz Caldera, y finalmente, la magnífica luz tensa, sensible y atmosférica de Isaac Vila, que ya habíamos visto su talento en películas como Lo mejor de mí, de Roser Aguilar, El silencio del pantano, de Marc Vigil y Bajocero, de Lluís Quílez.

El páramo es un buen cuento de hadas, bien contado y toda una férrea y conseguida fusión entre el drama familiar rural con raíces lorquianas y carpetovetónicas, con el aroma del western crepuscular, donde todo sucede en el interior de los personajes, en sus dramas y tragedias emocionales, y en todos esos monstruos que experimentan y proyectan al exterior, como le sucedía a la heroína de la majestuosa El viento, de Sjöström, en una película que recoge mucho del genio del cineasta sueco, en la que se emula la escena famosa de los hachazos de La carreta fantasma, con esos ambientes claustrofóbicos y asfixiantes, con el interior/exterior cambiante, donde en un principio, el exterior es la amenaza, y el interior, la paz, y viceversa, confundiéndose y confinando a los personajes, amenazados por lo de fuera y por lo de dentro. La película juega con ese miedo que unas veces parece muy real, y otras, no, aunque la verdad, qué más da, porque toda la progresión que van experimentando los personajes es lo que hace sumamente atractiva la película, con un trío de intérpretes que manejan su cuerpo en ese espacio de formas muy interesantes, en unos individuos que hablan muy poco, y todo es muy físico, acarreando sus problemas y aquellos otros que no se ven, pero también están, ese miedo irracional de perder a los tuyos.

Un Roberto Álamo en su línea, con un personaje dolido y silencioso, que no estaría muy lejos de los que interpretó en Alegría Tristeza y El lodo, una Inma Cuesta que no la veíamos tan magnífica y compleja desde que interpretó a la presa y comprometida Hortensia en La voz dormida, y finalmente, Asier Flores, el chaval que conocimos siendo Salvador Mallo de niño en Dolor y gloria, de Almodóvar, aquí siendo la piedra angular del relato, ya que todo lo veremos a través de él, en ese traspaso de la infancia a la adolescencia, cruzando ese puente que jamás olvidará, en esa transición en el que dejará quién ha sido hasta ahora para ser el dueño de su destino en esa tierra hostil, violenta y salvaje. Debemos felicitar a Casademunt por su arrojo y perseverancia para levantar un proyecto de estas características, que si bien podríamos enmarcar en un cuento de terror, se aleja de lo convencional para mostrar el miedo de una forma más emocional, a partir de lo sugerente, de lo que intuimos sin llegar a ver, como hacían en Los otros, de Amenábar, también sostenida en la relación maternofilial,  en la mejor tradición de las clásicas películas de monstruos de la Universal, o aquellas que hacían nombres tan ilustres como los de Tourneur, donde lo importante no estaba en lo que ocurría en la pantalla, sino en todo aquello que imaginábamos que sucedía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ana Bustamante

Entrevista a Ana Bustamante, directora de la película «La asfixia», en el marco de la Mostra Internacional de Films de Dones. Documentalistas Latinoamericanas., en los Cinemes Girona en Barcelona, el viernes 7 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Bustamante, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Anne Pasek de Comunicación de la Mostra, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mothers, de Myriam Bakir

EL ESTIGMA DE SER MADRE SOLTERA EN MARRUECOS.

“Hay que ser muy valiente para pedir ayuda, pero hay que ser todavía más valiente para aceptarla”.

Almudena Grandes

En la España franquista, ser madre soltera era una terrible condena. Las mujeres, en muchos casos, menores de edad, eran vilipendiadas por la sociedad y sus familias, y presionadas por todos, optaban por soluciones drásticas: abortos clandestinos, donaciones forzadas sin ningún tipo de protección legal, o abandonadas a su suerte. Las mismas situaciones las viven en la actualidad las madres solteras marroquíes. Mujeres olvidadas e invisibilizadas por una sociedad que vende modernidad, y bajo la alfombra sigue anclada en ideas muy conservadoras y medievales. Aunque para muchas de estas mujeres, existe un resquicio de luz, la Asociación Om El Banine, creada por Mahjouba Edbouche, una señora que con su equipo de trabajadoras sociales, se dedica a escuchar a estas mujeres solas, ofrecerles ayuda, acompañarlas durante el embarazo, a darles un empujón una vez son madres, y también, a trazar puentes entre estas mujeres y sus familias.

La directora Myriam Bakir, nacida y criada en París (Francia), pero de padres marroquíes, ya tocó un tema candente como la prostitución en su primer largo de ficción Agadir-Bombay (2011). Para su primer documental, la directora se centra en otro gravísimo problema para las mujeres que tienen hijos fuera del matrimonio, que como marca la ley, pueden ser causadas de prostitución, un delito muy grave en Marruecos, que las puede llevar a la cárcel. Bakir compone una película breve, de sesenta y dos minutos de metraje, y filma el proceso de seis mujeres: Karima, Bahija, Ilham, Imane, Sarah y Fátima, seis mujeres a las que nunca veremos el rostro, siempre de espaldas o de lado a la cámara, que empiezan explicando su caso a la trabajadora social, en planos cerrados, encajonándolas en esos trances por los que están pasando, casi siempre en interiores, donde las escuchamos y conocemos los pormenores de su embarazo y la nula relación con su familia, que desconoce los hechos. Las veremos en el piso tutelado de la asociación, en sus quehaceres diarios, en sus encuentros con abogados y doctores, con sus preocupaciones, sus ilusiones y sus tristezas, todo contado desde una intimidad que encoge el alma, desde esa posición de frente y directa, en que el relato cuenta, sin juzgar y siempre desde la distancia justa y no intrusiva, sino optando una voz amiga, tendiendo un puente en que retrata y da voz a estar mujeres que la sociedad oculta, estigmatiza y las obliga a tomar decisiones drásticas.

La directora franco-marroquí no embellece ni maquilla su dispositivo, todo desprende una realidad tangible, cercanísima y llena de humanidad, acercándonos una realidad más acogedora y una línea de luz, en la que la asociación consigue algo muy emocionante, una lucha diaria para financiarse, y sobre todo, una herramienta necesaria y vital para todas estas mujeres, una ayuda indispensable para llevar el mal trago de ser madre soltera en Marruecos. Hace tres temporadas, vimos la película Sofia, de Meryem Bemm’Barek, en que tomaba el caso de una menor embarazada y el vía crucis doloroso y traumático en el que se veía sometida por su familia y el estado para regularizar su situación. Una película que encaja perfectamente en la idea que plantea la película de Bakir, mostrar unos hechos deleznables para una sociedad, y también, explicar las acciones de ayuda y humanitarias que se dan desde la asociación para no abandonar a estar mujeres, acompañarlas, asesorarlas y sobre todo, seguirlas decidan lo que decidan, pero siempre desde el respeto y el amor.

Mothers es un brutal puñetazo de realidad, que hiela el alma, y también, resulta reconfortante, porque da un poco de luz. La cinta no se anda con atajos ni condescendencias, sino que lo muestra todo de forma áspera, cruda y honesta, mostrando una realidad terrible, sin concesiones, pero no olvida ese punto de esperanza que da la asociación, ofreciendo ayuda y apoyo, en un camino que no será en absoluto nada fácil, pero sí, muy diferente, un camino que ya no tendrán que hacer solas. La Asociación Oum El Banine y su creadora, la grandísima Mahjouba Edbouche, se convierten en esas personas que demuestran que con mucha voluntad, trabajo y esfuerzo, las pequeñas ideas pueden salvar muchísimas vidas y derribar muros de intolerancia, machismo y dolor y dar mucho de vida, humanidad y sobre todo, esperanza, que siempre es difícil, a veces casi imposible, pero con amor, solidaridad y libertad pueden llegar a cuantas mujeres mejor y ofrecer otra forma de hacer las cosas, y sobre todo, de ayudar, esa palabra que tanto se dice y tan poco se práctica, ayudar y ayudar a los demás, que es la única actitud que nos hace humanos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Aitor Merino

Entrevista a Aitor Merino, director de la película «Fantasía», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el Teatre CCCB en Barcelona, el martes 16 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aitor Merino, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fantasía, de Aitor Merino

RESCATARNOS DEL OLVIDO.

“Todo lo que somos lo debemos a otros”

Antonio Muñoz Molina en su libro “Volver a dónde”

De Aitor Merino (San Sebastián, 1972), conocíamos su carrera como actor, trabajando a las órdenes de grandes nombres de nuestro cine como Montxo Armendaríz, Vicente Aranda, Pilar Miró, Icíar Bollaín, Chus Gutiérrez y Manolo Matji, entre otros. En el 2007 debuta en la dirección con El pan nuestro, una película de 19 minutos sobre el drama de la inmigración. Seis años más tarde, volvía a ponerse tras las cámaras con Asier y yo (Asier eta biok), codigirgida junto a su hermana Amaia, un largometraje que indagaba en la relación del propio Aitor con su amigo del alma, Asier, que ingresó en Eta en el 2002. Una película compleja, brillante e íntima, que nos maravilló por su enrome sensibilidad y naturalidad para retratar un conflicto muy difícil. Ocho años más tarde, Aitor Merino vuelve a dirigir, ahora en solitario, una película muy íntima y cercanísima, en la que profundiza en la memoria familiar, a través de todos los que ya no están y los presentes, sus padres, Iñaki y Kontxi, un par de jubilados de Iruñea.

Todo arranca en el 2015 con la excusa de un viaje en crucero, que se llama Fantasía, en el que los cuatro miembros de la familia, padres y los dos hijos, se reúnen para celebrar las bodas de oro de los progenitores. Una parte que Merino filma como si se tratase de un vídeo doméstico, atropellado y naturalista, según van sucediendo las situaciones, abriéndonos a un universo donde la intimidad aflora a cada encuadre, donde las acciones muy divertidas en general, y alguna más seria, donde se habla del aquí y el futuro, donde los padres ya no estarán. La tremenda agitación y corredizas del viaje nos conduce por una película ágil, divertidísima y llena de vida. Esas imágenes del crucero se cruzan con otros más reposadas, las de las navidades del mismo año, donde Amaia, que vive en Ecuador no puede viajar a pasar las fechas tan señaladas, y Aitor filma a sus padres, los filma en armonía, cada uno a sus cosas, también, enfadados, que no se dirigen la palabra, y Aitor actúa como mediador del conflicto, componiendo ese maravilloso plano en el que sus propios dedos juntan a sus padres, separados por escasos metros. También, habrá otras imágenes, en la que los cuatro conviven en la casa familiar, entre bromas, diálogos, discusiones, y reflexiones.

Merino no solo habla del presente, sino también del pasado, acordándose de aquel familiar del siglo XVIII, tan lejano como presente como todos los ausentes, aquellos miembros familiares que se fueron, y que pueblan nuestros recuerdos, y físicamente están presentes en forma de fotografías, cuadros y en charlas y recuerdos, donde la memoria se vuelve omnipresente y totalmente necesaria para recordarlos y sobre todo, recordarnos a nosotros de dónde venimos y quiénes somos. Fantasía tiene ese aroma que desprendían películas como Stories We Tell (2012), de Sarah Polley, y Muchos hijos, un mono y un castillo (2017), de Gustavo Salmerón, donde se habla de pasado desde el presente, se habla de familia, de ausencias, y sobre todo, se habla en un tono de investigación y divertido. Merino hace un retrato sobre la memoria, o quizás, podríamos decir que la película es un retrato contra el olvido, porque su razón de ser es recordar a los ausentes, pero también, filmar a los presentes, a los padres, a Iñaki y Kontxi, que nos devuelven al presente a todos los que no están, y lo hace desde la sencillez, la intimidad, la honestidad, y la brillantez, sin ser condescendiente ni juzgante, solo filmar la vida, la cotidianidad, lo doméstico, desde la sinceridad y desde lo humano, con sus deseos, ilusiones, tristezas y amarguras de la existencia.

Una película hecha en familia, la real y la profesional, porque el guion lo firman Ainhoa Andraka, que también se encarga del montaje y de la producción, junto a Zuri Goikoetxea y Cristina Hergueta (los mismos productores de Asier y yo), y los dos hermanos Amaia, y Aitor, que firma la cinematografía y el sonido directo. Los cien minutos de la película pasan volando, porque hay tiempo para todo, para viajar en el “Fantasía”, echar unas risas, recordar a los otros, unos ratos de tristeza, otros, de hospital por la dolencia respiratoria del padre, otros, para echarse de menos cuando Amaia está fuera, las visitas a la abuela, y otros, para recordar y hablar de los no presentes, y todos esos espacios donde va pasando la vida, va pasando el tiempo, y los padres en sus cosas y Aitor con su cámara capturándolos para la posteridad, generando esas imágenes que tendrán un grandísimo valor cuando los filmados no estén. Fantasía no es solo un retrato sobre una familia y sus dos hijos mayores, sino que es además un profundo, sensible y magnífico documento sobre la memoria y sobre contra el olvido, porque mientras alguien nos siga recordando, los que ya no están, seguirán vivos en nuestra memoria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Libertad, de Clara Roquet

EL ÚLTIMO VERANO.

“Uno no puede ser uno mismo de manera absoluta cuando se está en público, porque estar en público ya te obliga a cierta autodefensa”

John Lennon

Para hablar de Libertad, opera prima de Clara Roquet (Malla, Barcelona, 1988), nos tenemos que ir a sus primeros trabajos, El adiós (2015), una película de quince minutos, en la que nos hablaba de forma muy íntima y profunda de la muerte, a través de la cuidadora sudamericana y de una niña bien. En su segundo trabajo, Les bones nenes (2016), de 17 minutos, retrataba las consecuencias de los actos a través de una niña y su hermana adolescente en un entorno rural. Para su debut en el largometraje, la directora barcelonesa nos envuelve en un verano, el último de la infancia de Nora, una adolescente de 14 años, con su familia, una familia tradicional y conservadora que representa su madre Teresa, y su abuela Ángela, cuidada por Rosana, una colombiana que recibirá la visita de su hija Libertad, a la que no ve hace años. La recién llegada trastocará por completo la existencia de Nora, porque lo que parecía un verano más, aburrida y solitaria por los juegos demasiado infantiles de los pequeños, y las conversaciones ajenas de los adultos, se convertirá en otra cosa, porque Libertad, un año más que ella, le mostrará otra forma de vivir, de relacionarse con los chicos, y una especie de libertad que hasta ahora, era una quimera para Nora, siempre vigilada y caminando por una senda trazada de antemano.

Roquet se ayuda de parte del equipo que le ha acompañado en sus anteriores trabajos como la productora Lastor Media, el músico Paul Tyan, que le da ese toque sutil y triste de los conflictos que atraviesa la protagonista, y la cinematógrafa Gris Jordana, con una luz cegadora en el exterior, e íntima y densa en los interiores, que recoge con precisión los diferentes tipos de luz que había en los cortometrajes citados, y el delicioso y acogedor montaje de la siempre estupenda Ana Pfaff. Libertad no subraya en absoluto las situaciones que se van produciendo, todo está contado desde el interior y la mirada de Nora, que a modo de fábula, nos va conduciendo por esa transición en la que está inmersa. Por un lado, no encaja en esa vida llena de convenciones, de la que se siente muy alejada, una desconocida para ellos, luego, a más está las decisiones de su madre que no entiende, por la hipocresía y falsedad en la que se mueve, luego, su abuela, ensimismada en sus recuerdos y su demencia, en la que entrada de Libertad en la casa y en ese verano que pinta tedioso, dará un vuelco en el todo cambiara. La visitante le mostrará otra forma de ver la vida, más acorde a lo que Nora siente, sus juegos, sus escapadas, sus baños a la luz de la luna, y sobre todo, una vida de idas y venidas, todo lo contrario a la vivida por Nora.

Nos rondan en la cabeza algunas películas que tienen mucho que ver con lo que cuenta Roquet, esa mirada libre, extraordinaria y sensible de acercarse a esos universos familiares, de verano y llenos de oscuridades, como por ejemplo, La ciénaga, de Lucrecia Martel, Tres días con la familia, de Mar Coll,  Las horas del verano, de Olivier Assayas y Una segunda madre, de Anna Muylaert, donde el verano, la familia, las cuidadoras e hijos/as de éstas, juegan un papel fundamental en ese choque de clases, en ese espejo deformador entre los privilegios de unos y las carencias de otros, en esa especie de paraísos invertidos porque lo que materialmente les sobra a unos, emocionalmente les falta. La directora catalana que ha coescrito películas tan interesantes como 10000 km y Los días que vendrán, de Carlos Marqués-Marcet, y Petra, de Jaime Rosales, conoce estos universos burgueses y sus grietas, ya que creció en una familia de estas características, y sabe atrapar de forma sutil y extraordinaria, sus intimidades, sus zonas oscuras y todas sus apariencias y mentiras, y los muestra de forma detalla, intensa y nada invasiva, como deja patente en el cuadro que abre la película, con esas cortinas mecidas levemente por el viento, y de repente, Rosana, las abre y empieza a destapar los muebles ante la inminente llegada de Nora y su familia.

Todo se cuenta sin sobresaltos ni piruetas argumentales, todo encaja de forma maravillosa y llena de sutilezas, el guion escrito por la propia directora, se acoge a un relato lineal, un relato de iniciación, o podríamos decir, un relato de despedida, de ese tiempo de la infancia que Nora está dejando, y entrando en la vida de los adultos, donde todo está bajo la alfombra, donde todo se oculta, donde todo está impregnado de la tristeza y la mentira, de ese mundo que Nora va a huir porque no es el suyo, y sobre todo, porque está provisto de la verdad y la libertad de ser y ejercer de uno mismo, eso que da tanto miedo a los adultos, y por eso siguen el plan establecido desde generaciones. Cada detalle, cada plano y cada movimiento de cámara está supeditado al estado de ánimo de la protagonista, como ocurre con las dos canciones que suenan durante la película: “Pena, penita pena”, de Lola Flores, relacionada con ese mundo de la abuela que se está extinguiendo, y el otro tema que escuchamos, “Si supieras”, de Gloria, que alude completamente a las emociones de Nora, a esa cárcel y esos impedimentos de su madre hacia la joven.

Amén de las interpretaciones brillantes de Nora Navas que es Teresa, la madre de Nora, esa mujer acomodada, que sigue una tradición que ya ni cree ni siente, Vicky Peña como la abuela Ángela, en su mundo, con su enfermedad y ausente y cercana, Carol Hurtado como Rosana, la cuidadora, servil y una más, aunque en la práctica, una menos, y las dos niñas, Nicolle García es Libertad, y María Morera como Nora, que ya nos encantó en La vida sense la Sara Amat, de Laura Jou, se erigen no solo como la pareja protagonista de la película, sino como el contrapunto perfecto a todo el entramado de la historias, con esas dos formas de mirar, de sentir, de esos dos mundos opuestos, tan diferentes, pero que en la práctica, las dos adolescentes tan distintas entre sí, encontrarán ese punto que las une, las acerca, a pesar de sus diferencias, que son muchas, encontrarán aquello que las hace iguales, las ansias por ser ellas mismas, por descubrir el mundo de fuera, sintiéndose que están haciendo algo por ellas, sin nadie que las dirija, que les diga y dejándolas sentir todo eso que andaban tanto tiempo buscando o queriendo encontrar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tokyo Shaking, de Olivier Peyon

LA SACUDIDA INTERIOR.

“Hay palabras que suben como el humo, y otras que caen como la lluvia”.

Madame de Sévigné

Alexandra es una mujer de mundo, su trabajo como jefa en un banco la ha llevado a recorrer medio mundo. Ahora, ha llegado a Tokyo procedente de Hong Kong, junto a sus dos hijos, dejando al marido por trabajo en el territorio autónomo chino. Estamos en los días previos del 1 de marzo de 2011, cuando el terremoto más trágico de Japón, asoló el país, provocando decenas de miles de fallecidos, y ocasionando el accidente nuclear en Fukushima. Después del incidente, la estampida y el caos se apoderan de los empleados del banco donde trabaja Alexandra, y de toda la ciudad de Tokyo, con esa disparidad de información ante el tsunami y las diversas amenazas tóxicas que se acercan o no. Las dos películas de ficción anteriores de Olivier Peyon (L’Haÿ-Les-Roses, Francia, 1969), se centraban en dos mujeres de diferentes edades, en contextos ajenos, que deben luchar contra los elementos y sus monstruos interiores, la abuela de Les petites vacances (2006), y la madre en busca de su hijo en Uruguay en Une vie ailleus (2017), mujeres que luchan y rompen prejuicios y barreras como la madre que pierde a su hijo y se hace activista en el documental Latifa, le coeur au combat.

Alexandra sigue la estela de las mujeres que ya había retratado el director francés, porque se trata de grandes profesionales en sus empleos, que con fuerza, valentía y coraje siguen con todo, y como las demás, también se halla en un país extraño, en el que lleva apenas un mes, y solo conoce las cuatro paredes de su banco, y su vivienda, y no aminará ante la convulsión que sucede a su alrededor, tanto exterior como interior, con varios frentes abiertos: seguir en Tokyo al frente del banco cuando la ciudad parece amenazada, escuchar las advertencias de su marido preso del pánico, dejar que sus hijos se vayan con su padre, ceder ante las decisiones erróneas de sus jefes, y por último, escuchar a sus empleados japoneses que parece que la seguirán vaya donde vaya. El guion que firman el propio director y Cyril Brody, su guionista de confianza, nos cuentan estos pocos días de la película, bajo la mirada de Alexandra, una mujer que no las tiene todas consigo, que recibe órdenes de sus superiores y debe acatarlas, aunque no les parezcan idóneas ante la situación en la que se encuentran.

Una mujer que debe empezar a escuchar y sobre todo, a escucharse, a mirar a su alrededor y mirar a los que la rodean, y mantener la calma, sobre todo, por sus aparentemente calmados empleados japoneses, y su lugarteniente, un joven congoleño brillante que, segundos antes del terremoto, había despedido. Quizás la película quiera tocar demasiadas teclas, y algunas le salgan algo desafinadas, pero el conjunto está ordenado, desprende mucha cercanía, humanidad, y no nos distrae con atajos emocionales que no llevan a nada, manteniendo todo el conjunto bien sujetado, moviéndose entre el conflicto social de la amenaza exterior, y los conflictos interiores que van desarrollándose, tanto en el personaje de Alexandra como con sus empleados, entre los conflictos laborales, las decisiones arbitrarias de los jefes, y la paciencia y la humanidad que tienen los japoneses ante una tragedia de tal magnitud. Un reparto que desprende vida y humanismo, entre los que destacan Stéphane Bak que da vida a Amani, el ayudante de Alexandra, que estando despedido, seguirá arrimando el hombro y ayudando a su jefa en todo lo que haga falta, Yumi Narita como Kimiko, la otra ayudante, que habla un francés perfecto, que es la voz cantante del ejemplo de solidaridad y de honor que mantienen todos los trabajadores japoneses, con esa idea de unión y compañerismo ante la tragedia.

La voz cantante del relato y el alma de este drama íntimo es Karin Viard en la piel de Alexandra, una actriz portentosa y que siempre brilla, aunque los papeles no estén a su altura. Aquí está fantástica, dotando a su mujer de ahora y profesionalmente ejemplar de humanismo, de verdad y sobre todo, de fragilidad, de tirar hacia delante sin saber qué hacer, pero saber también escuchar y aprender de todo lo que sucede y las acciones de uno y otro cuando la soga aprieta el cuello. Peyon no sucede con honestidad y valores humanos, en una película que se sumerge en la calidad humana de hoy en día, en esos aspectos como la palabra dada, la confianza y el honor, en una situación que es de todo menos tranquila, en una situación de terror donde realmente conocemos a quién tenemos al lado, la verdadera naturaleza de los que nos rodean, como sucedía en la interesantísima Fuerza mayor (2014), de Ruben Östlund, película que guarda ciertas semejanzas con los conflictos que aborda de forma inteligente e íntima Tokyo Shaking, que habla de una mujer francesa en Tokyo ante la tragedia y ante sí misma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA