Entrevista a Anna M. Bofarull, directora de «Sonata para Violonchelo». El encuentro tuvo lugar el viernes 20 de noviembre de 2015, en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anna M. Bofarull, por su tiempo, generosidad y amistad, a Eva Calleja de Prismaideas, por su paciencia, amabilidad y cariño, y a Diana Toucedo, montadora de la película, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.
En el 2004, Bertrand Tavernier filmó La pequeña Lola, donde relataba de forma austera y sencilla el viaje a Camboya de una joven pareja francesa que se veía sumida en una infinidad de problemas en su deambular para adoptar una niña. Ahora, también nos cuentan la historia de una joven pareja catalana Natalia y Daniel que se han trasladado a un país ex soviético, nunca nos dicen de cuál se trata, para adoptar un niño rubio. Daniela Fejerman (1964, Argentina) abandona la comedia, en la que había dirigido 3 películas, dos de ellas con Inés París, para adentrarse en una historia que parte de una experiencia propia y personal, sumergiéndonos en un terreno inhóspito y extraño, en un escenario aterrador y difícil, donde la pareja que encarnan espléndidamente Nora Navas y Francesc Garrido, pasará por distintas fases emocionales a medida que avancen en su complejo y kafkiano itinerario para conseguir su objetivo. Poco nos cuentan de su pasado, sólo que se trata de una pareja consolidada, se quieren y ella tiene un padre doctor con el que mantiene una relación tensa.
Ahora, han llegado a este lugar hostil y helado, en muchos instantes muy inquietante y peligroso, cubierto por un manto de nieve, en el que resultará complicado respirar y caminar. Lo que ha empezado como un viaje lleno de ilusión y alegría, acabará convirtiéndose en una vía crucis donde se medirán y resquebrajarán muchas cosas entre la pareja y lo que sienten, que todavía no se habían manifestado. Un viaje que arranca con la pérdida de sus maletas, que podría parecer un caso aislado, pero que la directora ya nos quiere poner en guardia, informándonos que la pareja no lo tendrá nada fácil en su objetivo. Un país diferente, que todavía respira la herencia soviética, que servirá de telón de fondo austero que resulta complicado entender, (Frejérman añade un plus interesante, con la dificultad de entenderse debido al idioma, introduciendo situaciones cómicas), donde su particular y doloroso periplo les llevará por lugares fríos y muy hostiles, desde el apartamento triste en el que se alojan, donde la calefacción va cuando quiere, la visita a orfanatos donde les mostrarán niños con problemas de salud, conocerán funcionarios que parecen militares, su contacto, una señora que actúa como enlace, unas veces parece tenderles la mano, y otras, se muestra como su enemigo, doctores que primero ayudan y luego quieren sacar tajada. Todos viven en un estado decrépito y hundido, muerto, donde la corrupción está a la orden del día, a todos les hace falta dinero, y esta joven pareja, con la excusa del niño, son unas alimañas perfectas.
La pareja tendrá que soportar las humillaciones de la maraña burocrática que juega con ellos, reclamándoles tiempo y más dinero, una locura psicótica que en muchos momentos parece una película de terror, de esas donde la pareja parece que no se salvará. La relación de pareja se verá machacada y desgastada por los problemas a los que se enfrentan diariamente. Entonces, Frejerman que, nos había mostrado unos personajes y cómo actuaban, nos los gira, y nos encauza unos seres que se ven superados, el que parecía más fuerte, y más firme, se muestra más débil y vulnerable y viceversa. Un drama social de grandísima altura, que nos revela una cineasta seria y personal para un género que ya se había prodigado en sus guiones, (recordemos Sé quién eres, que escribió para Patricia Ferreira). Un guión de hierro escrito pro la directora junto a Alejo Flah, que navega con amplitud de detalles por estas aguas heladas y turbulentas. Otro de los grandes aciertos, aparte de la pareja protagonista, ya comentada, es la tenebrosa y fina luz de Juan Carlos Gómez, que se erige como el perfecto aroma que necesita la trama. Sin olvidarnos de la música, con esa pieza de piano de Véla Bartok, el cuarto de Beethoven que escuchamos y esa nana ucraniana que nos envuelve y da un poco de calor y esperanza a este particular y doloroso descenso a los infiernos.
Entrevista a Javier Cámara, actor de «Truman». El encuentro tuvo lugar el martes 27 de octubre de 2015, en la terraza de la habitación 801 del 10º piso del Hotel NH Calderón de Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Javier Cámara, por su tiempo, generosidad y simpatía, a Sandra Ejarque de Vasaver, por su paciencia, amabilidad y cariño, y a un colega que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra la publicación.
El cineasta danés Bille August (1948) descubrió las mieles del éxito con dos títulos que forman parte del imaginario cinéfilo de finales de los 80 y principios de los 90. Pelle en conquistador (1987), ganadora de la Palma de Oro en Cannes, el Globo de Oro y el Oscar, narraba la odisea de unos inmigrantes, y Las mejores intenciones (1992), a partir de un guión autobiográfico de Ingmar Bergman, se adentraba en un intenso y memorable drama familiar. Ahora, después de un periplo internacional, donde el director escandinavo se ha dirigido grandes producciones rodadas en inglés con resultados menos buenos de los esperados, ha vuelto a su país, y ha recuperado la esencia de aquel cine intenso e intimista, un cine de personajes, de las relaciones entre ellos, y los conflictos que los abordan.
El resultado es este intenso drama, de envoltura de pieza de cámara, como aquel teatro que defendía Brecht, o el cine de Bergman, y nos cuenta, o podríamos decir, nos susurra, en apenas tres jornadas, y con una única localización, la casa familiar, junto a un lago, que reúne durante un fin de semana, que será el último que los reúna a todos, a tres generaciones de una familia, ahora mas desunida que antes, como suele ocurrir en todas. Todos ellos, la hermana mayor, Heidi, acompañada de su marido e hijo, Sanne, la hermana menor que aparece con su novio de idas y venidas, una amiga del matrimonio, y los padres. Todos se han juntado para despedir a la madre, para pasar el último fin de semana con ella, porque la matriarca, Esther, enferma de una dolencia degenerativa ha decidido acabar con su vida. August filtra su cámara en las aristas y los pliegues que se irán resquebrajando entre los componentes de esta familia a lo largo de esos tres días. El cineasta mira a sus criaturas de forma honesta y sincera, los observa sin inmiscuirse en sus vidas, se detiene cerca de ellos, pero sin molestar, se toma el tiempo preciso y cocina a fuego lento este durísimo encuentro de verdades y mentiras que salen a la luz, y sobre todo, un retrato sobre lo efímero de la vida, donde los personajes deberán redimirse frente a ellos y al que tienen delante, despojarse de sus miedos e inseguridades, y aceptar al otro, la decisión que tendrán que entender por el bien de todos, y sobre todo, por su bien.
Una película que aborda temas complejos y difíciles donde cada uno de los personajes deberá hacerse las pertinentes preguntas para entender y aceptarse primero a él mismo, y luego comprender a una madre que sólo quiere morir como ha vivido, en paz. La cinta de August tiene muchos elementos comunes con Celebración (1998), de Thomas Vinterberg, una de las joyas del movimiento «Dogma» que se inventó Lars Von Trier, si en aquella una fiesta familiar destapa la caja de los truenos mediante reproches e insultos, debido a un padre maltratador y represor, en ésta, con que también comparte algunos intérpretes, la reunión deriva por otros derroteros, menos acusadores, pero a la postre, los hijos mantienen una posición moral parecida, deben enfrentarse a una decisión que algunos de ellos ignoraban, y otros deben aceptarla y vivir con ella. El trabajo de August dirigiendo a los actores es magistral, todos ellos, algunos tomando protagonismo sólo en breves momentos, tienen su instante de importancia dentro del conflicto familiar, entre las que destacan Paprika Steen, conocida actriz que ha trabajado en la mencionada Celebración, al lado de Von Trier y con Susanne Bier, entre otros, reconocida con la Concha de Plata a la mejor actriz en el Festival de San Sebastián del 2014, por su notable interpretación de la calculadora, engreída y perfecta Heidi, que enmascara con esa apariencia una vida aburrida, monótona y tradicional, Ghita Norby, que interpreta a la madre, logra con una mirada y un gesto lo que no se puede describir con palabras, y finalmente, Danica Curcic, que compone a Sanne, esa hermana pequeña depresiva, desencajada dentro del núcleo familiar, que no logra la estabilidad emocional y que anda dando tumbos sin remedio. Un grupo humano que deberá enfrentarse a una situación en la que no sólo deberán aceptar la muerte de su madre, sino aceptarse a ellos mismos y también, a los otros componentes familiares.
El cineasta Wim Wenders (1945, Dusseldorf, Alemania), autor de un treintena de títulos, realizó en la primera década de su carrera algunos de los títulos más notables del llamado “Nuevo cine Alemán”, con joyas del calibre de Alicia en las ciudades (1974), En el curso del tiempo (1975), El amigo americano (1977), Relámpago sobre el agua (1980), o El estado de las cosas (1982). En los 80, podríamos rescatar dos obras de gran alcance como fueron París, Texas (1984) y El cielo sobre Berlín (1987), todos ellas películas de tono intimista y humano, donde los escenarios jugaban un papel decisivo en el transcurso de cada una de ellas. Títulos que consagraron a nivel internacional al cineasta alemán, alzándole a niveles de grandísimo autor, dotado de un universo propio y muy elaborado. A finales de los 80, su carrera tomó un nuevo camino adentrándose en otros discursos y propuestas que muchas de ellas no alcanzaron los objetivos deseados. Durante estos dos lustros, el cine de Wenders ha tenido honrosas excepciones como Tierra de abundancia (2004), sobre el post atentados del 11 de septiembre, o Pina (2011), filmada en 3D, sobre la bailarina de danza Pina Bausch, entre alguna otra. Su anterior película La sal de la tierra (2014), sobre la figura del fotógrafo Sebastiao Salgado, se saldó en un retrato plano y bienintencionado, una barbacoa entre amigos, en el que el oficio de fotógrafo se convertía en una mera excusa para engordar el ego y la cartera del afamado fotógrafo.
En su nueva película, Wenders vuelve al 3D, y a un drama intimista en el que el escenario, Montreal juega un papel decisivo, como en muchas de sus películas. El relato se detiene en Tomas Vater, un escritor en crisis existencial, profesional y de pareja, que tiene la mala fortuna de atropellar mortalmente a un niño en un mañana de crudo invierno. Este hecho lo perseguirá durante 12 años, período en el que perderá a su novia, se relacionará con la madre del niño fallecido, e intentará comenzar una nueva vida al lado de otra mujer. El proyecto llegó a manos de Wenders a través del guionista noruego Bjorn Olaf Johannessen, que coincidió con el director en un festival donde se presentaban proyectos y quedaron que el joven noruego le enviaría su siguiente guión. El conjunto, aunque tiene una cuidada ambientación, un exquisito gusto de la composición, y una historia que arranca de forma contundente y no se desarrolla del todo mal. La película no acaba de funcionar, apenas emociona ni plantea ninguna complejidad emocional, cuando debería provocarlo, quizás el excesivo gusto por la imagen, deja en un segundo plano el planteamiento argumental, que parece supeditado a la exquisita fotografía.
En el apartado interpretativo la cosa es donde parece más desigual, las actrices están correctas y comedidas en unos personajes que juegan un papel secundario en la trama, Rachel McAdams, funciona bien como desdichada novia que no logra penetrar en la mente de Tomas, y lo abandona por imposible, Charlotte Gainsbourg, como la madre del niño muerto, es la que se luce con más imaginación, componiendo un personaje ambiguo y con suficientes aristas como para que cada vez que aparece en pantalla, la película suba de nivel y resulte muy interesante, la tercera mujer, Ann, con la que Tomas emprenderá un nuevo rumbo, la interpreta Marie-Josée Croze, actriz de belleza atrayente que defiende un personaje importante y eficaz en la película, es una mujer que ama a su pareja, pero éste se muestra ausente, y todavía anda metido en rupturas emocionales del pasado, y para finalizar, el protagonista de la función, donde aparecen los síntomas de que la función no acaba de despegar, la interpretación de James Franco no resulta del todo convincente, está perdido en un personaje que pedía más emoción y tristeza, durante buena parte del metraje muestra un rostro impertérrito que no permite introducirse en un psique quebrada, en un personaje que debería mostrar más matices y más dolor. Wenders ha fabricado un trabajo correcto, con demasiados altibajos, que poco tiene que ver con sus grandes trabajos, donde la emoción entusiasmada por sus personajes y relatos se agrandaba mostrando unas historias que han quedado grabadas en buena parte de la cinefilia.
En la película de Fellini Y la nave va, un grupo de amigos, familiares y amantes, se embarcaban con los restos mortales de una diva de la ópera para rendirle tributo en su último adiós. Ahora, el homenajeado es un actor, Saverio Crispo (trasunto de los Mastroianni, Delon, Belmondo, Trintignant…) que falleció hace una década, y su pueblo, situado en la región de Puglia, ha preparado una fiesta donde le dedicará una plaza y una proyección, por ese motivo se reúnen sus mujeres: dos de sus ex, y cuatro de sus cinco hijas. Cristina Comencini (Roma, 1956), que comenzó su carrera como guionista junto a su padre a principios de los 80, Luigi Comencini (1916-2007, uno de los padres de la commedia all’italiana, con más de 40 títulos en su filmografía, entre los cuales destacan éxitos del calibre de Pan, amor y fantasía -1953-, Todos a casa -1960- o Sembrando ilusiones -1972-, producida por Dino de Laurentiis, que contó con un reparto estelar, Alberto Sordi, Bette Davis, Joseph Cotten y Silvana Mangano). Ahora, la Comencini se enfrenta a una película de mujeres, muy coral y deudora del talento paterno, una comedia con el estilo de las de antes, en el que reúne en una villa italiana a la familia disfuncional y heterodoxa del artista fallecido, que ejemplifica a la perfección la vida díscola del actor, de ahí el título original Latin lover.
Por un lado tenemos la anfitriona, Rita (Virna Lisi), la que se presenta como la esposa oficial, y una hija, Susanna, presidenta de la fundación del actor, organizadora del evento y que mantiene en secreto a su novio de los ojos de su familia, luego, está el paréntesis francés, donde el intérprete tuvo un affaire de un par de años con una actriz, del que no queda rastro, pero si una hija, Stephanie (Valeria Bruni Tedeschi), que ha heredado la promiscuidad paterna, con tres hijos de tres parejas diferentes, después llegó España, y ahí conoció a Ramona (Marisa Paredes), que si se presenta, la acompaña su hija Segunda (Candela Peña), aunque sea la tercera hija, ésta viene con dos hijos y un marido (Jordi Mollà), don juan de tres al cuarto que pondrá sus ojos en Solveig, la cuarta hija, sueca, de la época en que el actor trabajó allí, y de la etapa americana, hay una hija, Shelley, pero no aparece en el homenaje. También, pululan un crítico admirador del divo, un paparazzi que sueña con arrancar algún secreto no desvelado, y por último, Pedro del Río (Lluís Homar), doble del actor en su etapa del spaguetti western en España. Presentados los contrincantes de esta comedia que se mueve por muchos tonos y ambientes, desde la tragicomedia, el vodevil, donde pasa de todo, revelaciones de secretos ocultos, risas por las situaciones disparatadas que van sucediendo, puertas que se abren y cierran, personajes surgidos del pasado que algunas no quieren volver a ver, alguna lágrima por el tiempo pasado, y sobre todo, muchísimo amor por el ausente.
Comencini con un buen plantel de intérpretes, unos comediantes en estado de gracia, que mueven a sus personajes la mar de bien, la directora los pelea, los hace reír, llorar, los discute entre sí, y también, les saca sus miedos y anhelos, porque en el fondo, aunque apenas se conozcan, son una familia, todos pertenecen al mismo hombre, al actor estrella, aclamado por todo el mundo, pero que fuera de los focos, sólo fue alguien que amó de verdad a cada una de las mujeres que conoció, aunque fuera sólo por un tiempo. La cineasta romana se destapa ofreciéndonos un lúcido e interesante tributo a aquel cine europea que asombró a todo el mundo a partir de los años cuarenta hasta finales de los setenta como el cine italiano de comedia, que hacía su padre y sus coetáneos, al cine filosófico y existencial de Bergman, al cine de la Nouvelle Vague en Francia, al spaguetti que se hizo en España, y también un guiño al cine de Hollywood. Una manera de hacer cine ya extinguida y desaparecida que sólo forma parte de los recuerdos, de la memoria, de lo que en cierta medida nos habla la película, somos lo que vivimos y también, como nos recuerdan.
La película arranca con un trepidante y enigmático prólogo donde vemos a una joven salir despavorida de su casa huyendo de algo, no sabemos qué. Su padre sale tras ella y la llama insistentemente, pero la chica sigue corriendo sin rumbo, cayéndose y volviéndose a levantar, vuelve a entrar en casa, y sale al momento, coge el coche y desaparece ante los gritos del padre. El siguiente plano vemos a la joven despedazada en una playa. De esta manera tan contundente y brutal empieza la segunda película de David Robert Mitchell (Michigan, 1974), después de su primer trabajo, El mito de la adolescencia (2010), que tuvo una excelente acogida en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes, donde jugaba de forma admirable con elementos temporales, en un relato sobre el fin de la adolescencia.
Ahora se embarca en otra aventura, situada en el desolado y triste Detroit, ciudad donde el director pasó su infancia, y que recientemente servía como telón de fondo de las existencias de la pareja de vampiros de Sólo los amantes sobreviven (2013), de Jim Jarmusch-. Mitchell se centra en Jay, una chica de 19 años estudiante unviersitaria que vive en las afueras de Detroir, su vida da un giro radical cuando después de un encuentro sexual con un chico con el que sale, se verá sometida a una pesadilla psicológica y tenebrosa donde parece que no hay salida posible. Unos seres la siguen para matarla, personas que sólo ella ve, y por mucho que escape siempre aparecen, este donde este. Con la ayuda de unos amigos y su hermana pequeña, Yay afrontará con más fuerza esta amenaza terrorífica que la sigue. Mithell aborda la película desde una trama clásica, aunque se atreve con una mise en scène novedosa, toda la trama está construida a través de planos secuencia y el punto de vista subjetivo (con Hitchcock en el horizonte), que siguen incesantemente a la heroína a su maldito pesar.
La cinta logra una atmósfera recurriendo a una luz natural o con una iluminación mínima, dotando al relato de una fuerza y verosimilitudes admirables. Otro de los elementos que destacan es la mezcla de géneros, pasamos de una película de contenido social y crítico, donde parece una radiografía sobre los comportamientos de los jóvenes estadounidenses, luego a un relato donde el drama familiar parece imponerse, y todo fundido con la trama de terror que estructura toda la acción. Mitchell se apoya en elementos cotidianos para desarrollar un cuento de terror contemporáneo que asfixia y angustia a partes iguales, con unos jóvenes intérpretes que logran dar verosimilitud a sus inquietos personajes, destacando la joven Maika Monroe que encarna a la desdichada Jay, que consigue soportar el peso de la historia de forma ejemplar, quizás en el segundo tercio, el ritmo de la película decae y se vuelve algo reiterativa, pero el buen hacer del realizador estadounidense reconduce la situación y consigue mantener el interés hasta la parte final, cerrando la película de forma novedosa e interesante. Una cinta que bebe de diferentes fuentes aunque nos tendríamos que detener en el cine de terror que hizo furor en los 70 para encontrar sus referentes, los Carpenter, Kubrick, Cronenberg, Polanski, etc… planean de forma seductora en todo el aroma que desprende esta humilde, cotidiana y estupenda fábula de terror cotidiano.
La película arranca con un joven en la treintena que se encuentra en su piso, está borracho y pone música. Al rato, se mete en la bañera y vemos como la sangre comienza a teñir el agua. Corte a una chica de la misma edad, que se mira al espejo y tiene en una mano un vaso de agua y en otra, un puñado de pastillas. Cuando está a punto de tomárselas, le suena el móvil. Después de este prólogo, a todos nos daría por pensar que estamos ante un drama de corte existencial, una de esas películas donde unos personajes hartos de todo buscan un sentido a sus pobres vidas. Pero no, Graig Johnson, en su segunda obra, (la primera, True adolescents -2009-, no se ha estrenado por estos lares) no nos introduce en ese tipo de berenjenal metafísico, aunque si nos presenta a dos personas con vidas maltrechas, pero su tono es completamente diferente, y tampoco nos quiere transmitir ningún mensaje de laboratorio. The Skeleton twins, nos habla de Maggie y Milio, dos hermanos gemelos que llevan una década distanciados por algo que sucedió entre ellos, y además arrastran un pasado tormentoso con su progenitora, que les ha conducido a no encarrilar sus existencias. Tras el intento de suicido frustrado de Milo, Maggie se lo lleva a su casa, situada en Nueva York, en los días fríos de Halloween, donde vive con Lance, un marido bueno pero inmaduro, con la intención de recuperar la relación con su hermano. Milo, por su parte, es un actor en paro, que se gana la vida sirviendo cafés, y también, arrastra una ruptura no superada con Billy, su profesor de inglés, con el que volverá a cruzarse. Johnson sazona su relato de grandes dosis de comedia, también hay drama, aunque no uno de rompe y rasga, sino el de mirarse a la cara, de frente, y sacar todo lo que hemos guardado durante años, esas cosas o momentos de nuestras vidas donde nos hemos sentido mal y nunca nos hemos atrevido a sacarlo, a expresarlo, a hablarlo para sanar las heridas y continuar con el camino. Si Milo anda de capa caída, su gemela Maggie no se queda atrás, su matrimonio no le satisface sexualmente, y frecuenta a otros hombres. Dos almas rotas, dos seres que son incapaces de expresar sus emociones ante el otro, en este caso, el hermano que tienen delante. Johnson plantea una historia intensa, emotiva, divertida y sobre todo, una cinta donde seamos conscientes de nosotros mismos, de los errores que cometemos, y seamos lo suficientemente valientes para admitirlos a las personas que queremos, para empezar a perdonarnos a nosotros y a los que nos rodean. Quizás en algunos momentos, la trama fuerza algunas situaciones, apartándose del tono que ha caracterizado buena parte del metraje, aunque la buena labor de la pareja protagonista hace el resto. La excelente química que desbordan, no obstante empezaron juntos en el programa de humor de tv Saturday Night Live. Kristen Wiig, vista en La boda de mi mejor amiga (2011), y Bill Hader, que hacía de amigo con gafas del protagonista en la reciente La desaparición de Eleanor Rigby. Rescatar el maravilloso momento del playback, donde cantan a dúo la canción Nothing’s gonna stop us now, de los Starship, que nos recuerda a otra reciente igual de divertida, el I’m so exited, de The pointer sisters, que se marcan los azafatos de vuelo en Los amantes pasajeros (2013), de Almodóvar. Dos jóvenes talentos dotados para la comedia más clásica y también, para sufrir, en esta cinta agridulce que reflexiona sobre los seres ajados que arrastran trastornos emocionales y sentimientos de culpabilidad que les impiden estar bien.
Entrevista a Carlos Vermut y Bárbara Lennie, director y actriz, respectivamente, de “Magical Girl», con Daniel Arrébola (www.apetececine.wordpress.com). El encuentro tuvo lugar el Martes 14 de octubre en Barcelona, en el quiosco de los músicos del Parque de la Ciutadella.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Vermut y Bárbara Lennie, por su tiempo y sabiduría, a Manuel Palos de Avalon, por su paciencia y generosidad, y a Daniel Arrébola, compañero de fatigas en los pases, entrevistas y festivales, por su trabajo, compañerismo y complicidad.
Cada temporada, entre la multitud de eventos cinematográficos, brotan algunas películas de características y objetivos humildes que, gracias al beneplácito de la crítica y el público de los innumerables festivales por los que se pasa, se convierte en una de las sorpresas del año, conocidas en el argot cinéfilo como sleeper.Loreak (flores en vasco), forma parte de ese grupo de películas. Filmada en el País Vasco y hablada en euskera, (primera película rodada íntegramente en ese idioma que ha participado en la Sección oficial del Festival de San Sebastián) nos cuenta de forma sencilla, íntima y sensible el relato entrecruzado de tres mujeres que deben afrontar la pérdida de alguien, y las relaciones que se establecen entre ellas, con el testigo de los hermosos ramos de flores que actúan como eje de la trama. Segunda película de los directores, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga, después de 80 egunean (En 80 días, 2010), que retrataba también de modo íntimo y sensible, una emotiva historia sobre el reencuentro de dos antiguas amigas de la adolescencia y el amor no declarado surgía entre ellas. Ahora, siguiendo la misma línea, vuelven a sorprender con Loreak, bellísimo retrato sobre los sentimientos ocultos y las palabras que se guardan, que no se dicen, en una historia contada a través de varios puntos de vista, donde tres mujeres, se ven envueltas en una hermoso cuento sobre la cotidianidad, de cómo afrontamos la pérdida y el dolor. La historia es sincera y sobria, arranca con Ane, una mujer al borde de la menopausia, que vive un matrimonio infeliz, donde la distancia y la incomunicación se han instalado en el hogar que comparte con su marido. Su vida da un vuelco inesperado, cuando cada jueves, a la misma hora, recibe un ramo de flores anónimo, pero ese detalle sin remitente, le despertará sentimientos frustrados y la alegría se apodera de ella. Por diversas circunstancias, que no desvelaré, acaba tejiendo una amistad con Tere, una señora que le cuesta aceptar la muerte y que además, tiene un nefasta relación con su nuera, Lourdes, que también conocerá a Ane, envolviendo a las tres mujeres en una película que viaja por diversos géneros, desde el drama íntimo hasta el misterio, todo envuelto en un tratamiento formal donde la atmósfera se fusiona con unos personajes invadidos por el tedio de una sociedad que aniquila emociones. La fotografía de Javier Aguirre, que vuelve a colaborar con los directores, atrapa de manera sutil, a través de planos generales y cortos, encerrando a los personajes en lugares abiertos que parecen cerrados, en viviendas de tonos oscuros y ásperos, en días nublados y lluviosos. La suave y delicada música de Pascal Gaigne envuelve esta cinta, atrapando al espectador desde lo más íntimo, apoderándose de nosotros, despertando nuestros sentimientos más ocultos, secretos y profundos.