Dulcinea, de David Hebrero

ALGUIEN QUE NOS QUIERA.

Connor tiene graves problemas emocionales, se ha construido una realidad paralela en la que se engaña a su familia y sobre todo, se miente a sí mismo. Después de una de sus huidas para no enfrentarse a los demás, vuelve y su novia se ha liado con su hermano, pierde su empleo, su madre ha fallecido y su padre no quiero ni verlo. Ante este panorama, Connor recae en sus problemas y opta por el suicidio, pero con la ayuda de su terapeuta Martha se aborta el intento. A partir de ese instante, y con la ayuda de un anillo mágico, la vida de Connor se abrirá a su desidia y huidas constantes, y experimentará una segunda oportunidad para relacionarse con los demás y reencontrarse a sí mismo. El director español David Hebrero de apenas 23 años que debuta en el largometraje, estudió en Madrid y luego se trasladó a Los Ángeles con 18 años, en la que trabaja como cinematógrafo y gaffer, donde conoció al actor Steven Tulumello y juntos escribieron el guión de Dulcinea, un relato en el que hay ingredientes de la famosa novela de El Quijote, de la que su protagonista está obsesionado desde que era un niño,  la ciudad de Madrid, temas como la búsqueda de la felicidad, la insatisfacción personal, y el ideal del amor escenificado en el personaje de Dulcinea, ese amor inventado que el caballero de la triste figura buscaba sin cesar en sus aventuras imaginarias con su fiel escudero Sancho.

Hebrero y Tulumello han levantado una película a golpe de timón y muy independiente, en una historia que se filmó durante un año y medio, en varios países, en la que el propio director hace la cinematografía, y junto a Tulumello coproducen la cinta. El relato es una comedia romántica con toques fantásticos, y se cuenta con agilidad, ritmo y frescura, llevándonos a través del desdichado Connor, aunque buena culpa tiene él mismo de su mala fortuna, por diferentes ciudades, desde L. A., la ciudad donde reside hasta Madrid, la ciudad soñada, la ciudad que su amor por la clásica novela de Cervantes le ha llevado a visitar, esa ciudad donde cree que conocerá al amor de su vida, en esa continua espiral de huida en la que todo acaba siendo imaginado o soñado, alejándose de una realidad en la que todo resulta duro y complejo para Connor. En Madrid, entre la realidad y el sueño, o entre lo inventado o lo vivido, conocerá a Isabella, una joven pintora que se pierde por las calles ilustrando aquello que le fascina. Entre Connor e Isabella nacerá el amor, aunque hay gato encerrado y las cosas nunca son fáciles, porque el anillo mágico que le cedió Martha, la terapeuta tiene algo de trampa, y Connor se verá imposibilitado de iniciar una relación con Isabella.

Ante tantas idas y venidas de Connor, y ese continuo volver a empezar, la idea de evasión del anillo se convierte en todo lo contrario, un laberinto emocional de difícil solución, y sobre todo, más telarañas en la existencia del perdido Connor. La película tiene comicidad, naturalidad, sueño, como esos instantes donde el relato se envuelve en misterio y aventura con la aparición de Alonso, una especie de Quijote de nuestro tiempo que todavía cree en ese amor ideal de Dulcinea, y también, en amor, o podríamos decir, en ese búsqueda incesante en ese amor ideal, que no real, que sufren la mayoría de mortales occidentales de nuestro tiempo, en esa idea confusa e idealizada del amor como tabla de salvación de todos los males habidos y por haber. Una fábula de nuestro tiempo, con ese aroma a películas como Atrapado en el tiempo, Lluvia en los zapatos o la más reciente Amor a segunda vista, donde desafortunados jóvenes entraban en un laberinto de tiempo y amor en el que tenían que volver a empezar cada día para reconciliarse con el amor perdido, como le ocurre a Connor, en esta comedia romántica con la que podríamos darnos de bruces en cualquier esquina de nuestra ciudad, con esa pareja que se acaba de conocer y caminan y ríen por las calles, conociéndose y conociendo una ciudad, en la fabulan sobre su pasado, su presente y quizás, su futuro.

El buen hacer interpretativo de Steven Tulumello dando vida a Connor, un tipo peculiar que hace y deshace su universo soñado según le conviene, que deberá aprender que la vida real es mucho más interesante que la soñada, aunque en ocasiones los sueños nos pueden salvar de una realidad demasiado dura e incómoda, junto a él, la calidez y belleza de Sara Sanz, convertida en Isabella, ese ideal romántico que pretende Connor, llevado en volandas por el sueño quijotesco del amor ideal, o de la abnegación de una realidad tan aburrida y superficial, o Germán Torres que da vida a un peculiar y actual Don Quijote, con su aire de caballerosidad y esperpento, personaje imaginario-real que se tropieza Connor mientras recita en castellano pésimo a Cervantes, y vive con él alguna aventurita que otra mientras los dos se imaginan a caballo reconquistando doncellas de encantadora belleza ya enamoradas o ínsulas perdidas en el subconsciente, o Thelma de Freitas como Martha, la terapeuta que ayuda a Connor, y una especie de hada madrina, como en los cuentos, que abre la puerta de un paraíso perdido a Connor, aunque como todos los universos soñados también tienen su parte oscura y tenebrosa, quizás Connor deberá descubrirlas y vivir con ellas y sabrá que en la mayoría de ocasiones la aventura más extraordinaria de nuestras vidas siempre se vive en nuestro interior y quizás, muy cerca de casa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¡Buen Camino!, de Lydia B. Smith

A_Buen_camino-597951954-largeEL LATIDO HUMANO

Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”

Antonio Machado

La realizadora estadounidense Lydia B. Smith debuta en el largometraje (después de una amplia experiencia en los departamentos de producción y cámara en películas tan importantes como Ed Wood, Matilda o Mentes peligrosas), abordando el viaje emocional y espiritual de seis personas que están haciendo el Camino de Santiago (el Camino Francés, de 800 km de recorrido desde St. Jean Pied de Port, en Francia, hasta Santiago de Compostela). Seis personas de diferentes nacionalidades, edades y creencias, todas ellas con sus propias razones y motivaciones personales que les han llevado a realizar este viaje personal e interior hacía sí mismos.

La cineasta toma una actitud honesta y humana, se aleja de subterfugios conmovedores y efectistas, y se centra en las personas, en este grupo de seres humanos y sus vivencias diarias acompañándolos en estos 40 días más o menos que dura el trayecto. Unas personas que han dejado atrás la vertiginosa vorágine del mundo, se han parado, y se han puesto a caminar, en soledad o en compañía, disfrutando de otro tiempo, un tiempo detenido, un tiempo para respirar, para escucharse, para mirar y disfrutar de cada gesto, de cada detalle, del propio paisaje y sentir sus emociones en contacto con la madre naturaleza. La directora se detiene en cada uno de ellos, se toma el tiempo necesario, nos los muestra de manera sencilla, y desde un lado espiritual, a unos, y otros como aventura y reto personal, no pretende enseñar nada sobre el camino, tampoco que su película sirva como un escaparate para empujar a otras personas a hacerlo, sino todo lo contrario, es un viaje muy personal de cada uno de ellos, mostrándonos los momentos alegres y los problemas que se van encontrando: la camaradería que reina entre los peregrinos o caminantes, la solidaridad entre ellos, la convivencia que se genera y la paz y tranquilidad que se respira a cada paso, y por otro lado, las dificultades que se van encontrando, el cansancio físico, lesiones y heridas, lluvia, sol abrasador, y demás incontinencias de la propia naturaleza del camino.

Smith aporta los testimonios de sus protagonistas, que van explican sus sensaciones y sentimientos que van experimentando a lo largo y ancho de la ruta jacobea, acompañado de las reflexiones de los expertos en el camino, sacerdotes, hospitalarios y demás personas que explican la historia, las motivaciones y el espíritu que recorre todo el trayecto religioso que recorren gentes de todo el mundo desde el siglo IX. La cineasta americana se detiene en los gestos y los detalles, pariendo un magnífico trabajo de luz que invade todos los escenarios naturales de la película, y retrata la belleza y tradiciones de los lugares y pueblos que se van encontrando durante el trayecto, su cámara camina entre los peregrinos, vive y respira la experiencia, habla cuando es necesario, y calla cuando la situación lo requiere, toma su distancia cuando las personas que filma necesitan su espacio, se introduce en sus vidas, en sus personales trayectos de búsquedas de sí mismos, de manera sutil y enriquecedora, sin caer en discursos y juicios sobre ninguno de ellos, deja que ellos se expliquen, que el propio camino los defina o simplemente, que el camino y la experiencia que están viviendo, les sumerja en un proceso vital y personal que han elegido vivir para seguir creciendo como seres humanos y descubrirse a sí mismos.