Entrevista a Álvaro García-Capelo

Entrevista a Álvaro García-Capelo, director de la película «Viento Sur», en el marco de BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el jueves 27 de abril de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Álvaro García-Capelo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sílvia Maristany de Comunicación del Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Álex García y Miki Esparbé

Entrevista a Álex García y Miki Esparbé, intérpretes de la película «Una vida no tan simple», de Félix Viscarret, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el jueves 15 de junio de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Álex García y Miki Esparbé, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Marién Piniés de Prensa de la película, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marc Fitoussi

Entrevista a Marc Fitoussi, director de la película «Las cícladas. Escapada de amigas», en el marco del BCN Film Festival, en la terraza del Hotel Casa Fuster en Barcelona, el jueves 27 de abril de 2023

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marc Fitoussi, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Violeta Cussac de MadAvenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Las ocho montañas, de Felix van Groeningen y Charlotte Vandermeersch

UNA AMISTAD Y DOS CAMINOS. 

“La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas”.

Aristóteles 

Erase una vez la historia de Pietro y Bruno. Cuenta la historia que se conocieron siendo niños en un verano en los Alpes italianos. Se dice que el tiempo los separó, porque Pietro era de ciudad, y en cambio, Bruno era de pueblo y quería vivir rodeado de montañas y animales. Pietro y Bruno son los dos protagonistas de Las ocho montañas, un relato que nos habla de amistad, de diferencias, de amor a uno mismo y a los demás, y cómo no, a la naturaleza, y sobre todo, a seguir tu camino y encontrar tu lugar, ese espacio que es en el que serás quién quieras ser. A partir de la novela homónima de Paolo Gognetti, Felix van Groningen (Gante, Bélgica, 1977) y Charlotte Vandermeersch (Oudenaarde, Bélgica, 1983), que repite en la escritura después de Alabama Monroe, escriben juntos un guion que nos atrapa desde el primer instante, porque arrancan con el mundo de la infancia, de los gestos y confidencias en un verano, en todos los veranos que compartían Pietro y Bruno, donde la vida tenía sentido y todo a su alrededor vivía con intensidad y asombro. De van Groningen habíamos visto la mencionada Alabama Monroe (2012), la historia de amor difícil de Elise y Didier, dos personas muy diferentes, y también, Beautiful Boy (2018), rodada en inglés, sobre las complejas relaciones de un padre y su hijo drogadicto. 

Groningen codirige con Vandermeersch un relato lleno de encanto, sensibilidad y humanismo, y su declarado y sentido amor a la amistad, a la diferencia y a la naturaleza como el bien más preciado y único de toda nuestra existencia, que ahora ha alcanzado un valor muchísimo más importante después de la pandemia. Tenemos a dos protagonistas principales tan únicos como diferentes, que el tiempo los aleja, y ese mismo tiempo, los vuelve a reunir para llevar a cabo el último deseo del padre de Pietro. Filmada desde la curiosidad y la contemplación de la belleza natural del paisaje mastodóntico y espectacular de los Alpes italianos, en el que la cámara observa, se agita y rueda cada detalle por mínimo que sea, en un magnífico trabajo del cinematógrafo Ruben Impens, que conocíamos por sus películas con Julia Ducournau, en un trabajo inmenso que traspasa cada rincón y espacio de las montañas que visitamos, así como esos rostros y camaradería entre los dos protagonistas, así como el exquisito y conciso montaje de Nico Leunen, que había estado en Ad Astra (2019), de James Gray, en una película que no se hace ni larga ni aburrida en sus casi dos horas y media de metraje, de hecho, produce el efecto contrario, quieres saber más y seguir viviendo en esas montañas y dejándote llevar por sus protagonistas y sus conflictos. 

Tanto Impens como Leunen son dos grandes técnicos-cómplices de van Groeningen, y la incursión del músico Daniel Norgren, que no se limita a acompañar las imágenes poderosas de las montañas, sino que las acoge y ayuda a entender con más profundidad la película y a sus personajes. Una película que invita a detenerse, acomodarse a la butaca y dejarse un tiempo de nuestra existencia y nuestros quehaceres, y disfrutar de sus bellas imágenes y del silencio que te transporta más allá de los sentidos y de aquí, y nos lleva a esos lugares, esos espacios y sobre todo, a ese paisaje que sólo pertenece a Pietro y Bruno, porque Las ocho montañas es más que una película que valora la naturaleza y todos sus encantos, porque es una cinta que quiere y consigue que mires con detenimiento, que observes tu alrededor y te dejes invadir por toda la emocionalidad que desprende, y que lo hagas a través de sus complejos, diferentes y vitales personajes, encarnados por unos grandes intérpretes que manejan con aplomo y contención unos increíbles de esos que los estadounidenses los llaman “Bigger Than Life”. 

Un Luca Marinelli, el que va y viene, el que deambula, perdido y el que busca su lugar en el mundo. Un actor que ha trabajado con grandes del cinematografía italiana como los hermanos Taviani, Paolo Sorrentino y Paolo Virzí, entre otros, aunque fue con la película de Martin Eden (2019), de Pietro Marcello, con el que nos deslumbró en todos los sentidos, encarnando al antihéroe de London de forma ejemplar y cercana, como hace con su Pietro, un tipo de carne y hueso, alguien transparente, perdido y a la deriva. Frente a él, tenemos a Bruno que interpreta de forma magistral Alessandro Borghi, que ha trabajado con Castellito, Ferzan Ozpetek y en la serie Suburra, en el papel del hombre de la montaña, que dice que es su patria, como menciona en varias ocasiones a lo largo de la película, un tipo de y para la montaña, que vive, crece, respira y sobre todo, mira a la montaña, a la naturaleza con el respeto de quién valora su belleza y su felicidad, pero también, su peligrosidad y hostilidad. Les acompañan a estos Butch Cassidy y Sundance Kid de la naturaleza, el actor Filippo Timi como padre de Pietro, e íntimo de Bruno, con una carrera brutal con directores como Bellocchio, Valeria Bruni Tedeschi y Teresa Villaverde, entre otras, y Elena Lietti como la madre de Pietro, que tiene en su haber películas con el citado Virzí y Nanni Moretti. 

Van Groeningen y Vandermeersch han construido una de las grandes películas que se han estrenado en lo va de año, vendrán más e igual de potentes, pero Las ocho montañas es de esas historias que quedan, que recordaremos por mucho tiempo, porque tiene de todo y muy bueno, con esa forma de mirar la naturaleza, no quedándose en la mera belleza física, sino explorando esos lugares y tensiones emocionales que también tiene el paisaje y en relación con la amistad que une a los dos protagonistas, y el estado ánimo de cada uno de ellos, en un relato que se alarga en el tiempo de sus vidas y las diferentes circunstancias en las que tienen que lidiar sentimientos agradables y contradictorios, porque tanto Pietro y Bruno saben que la montaña es su mayor tesoro, y que su amistad, inevitablemente, va acompañado de ese valor incalculable que, por desgracia, hemos olvidado en la sociedad, y la montaña la hemos arrinconado, y dejada como mero pasatiempo vacacional o mucho peor, como obstáculo a nuestros delirios económicos, una lástima, porque la naturaleza es infinitamente más grande y sabia que nosotros, porque sabe respetar y respetarnos, y sobre todo, estaba aquí antes que nosotros, y continuará aquí después de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las buenas compañías, de Sílvia Munt

LAS MUJERES QUE SE PUSIERON EN PIE.  

“La mujer está obligada a tomar la libertad si no se la dan”.

Federica Montseny 

El cine, un arte que tiene la imagen como base fundamental, encuentra en la mirada su vehículo idóneo para transmitir todo aquello que se propone. En Las buenas compañías, el nuevo trabajo como directora de Sílvia Munt (Barcelona, 1957), la mirada de Bea se convierte en ese puente que transmite todo el engranaje y complejidad emocional por el que pasa su protagonista en aquel verano del 77 en Errentería, en el País Vasco. Un país, con el dictador ya fiambre, que todavía arrastraba demasiadas cosas del antiguo régimen, que luchaban febrilmente con las ansias de libertad de muchos. Las mujeres vascas, y más concretamente, las de Errentería, protestaban contra la falta de derechos y libertad, y ayudaban a otras que querían abortar y viajaban con ellas a Francia para que lo hicieran de forma digna y segura. Con guion de la propia directora, que retrata a sus coetáneas, y Jorge Gil Munarriz, del que conocemos su trabajo como guionista y director en El método Arrieta (2013) y la coescritura de Sueñan los androides (2014), de Ion de Sosa, se inspiran en “Las 11 de Basauri”, un grupo de mujeres feministas acusadas y encarceladas por practicar abortos en un proceso que se alargó una década. 

La trama, como ya hemos comentado, se posa en la mirada profunda e inquieta de Bea, una joven de 16 años, que es una más del movimiento feminista que hace todo tipo de protestas: baña en pintura a violadores impunes, extiende pancartas a favor de las encarceladas, y ayuda a pasar a mujeres que abortan en Francia. Ese verano, el del 77, será significativo para Bea, que vive con su madre Feli, y tiene a su padre en la cárcel por temas políticos. Ese verano conocerá a Miren, una joven más mayor que está embarazada, con la que descubrirá el amor y la emancipación en todos los sentidos. Munt, que amén de su extraordinaria carrera como actriz con la que ha trabajado con mucho de los grandes de este país, se ha labrado una prolífica carrera como directora en la que hay ocho películas para televisión, la miniserie Vida privada (2017), excelentes documentales como Lalia (1999), Gala  (2003), y La granja del pas (2015), y grandes dramas como Pretextos (2008), que le valió muchos reconocimientos. con Las buenas compañías entra en una liga superior, sumergiéndonos en un sólido y magnífico drama, mezclado con las tramas de iniciación, e introduciendo de forma ejemplar el contexto histórico, y las luchas feministas del posfranquismo. 

Todo encaja a la perfección, todo se desenvuelve con naturalidad y fortaleza, en una película donde el aspecto técnico brilla con contundencia como la excelente cinematografía de Gorka Gómez Andreu, que ha trabajado con director vascos de la últimas hornadas como Koldo Almandoz, Asier Altuna y Paul Urkijo, con esa luz inmensa, que detalla con minuciosidad todos los avatares emocionales que registra la cinta, el estupendo trabajo de montaje de Bernat Aragonés, que tiene en su haber nombres tan interesantes como Isabel Coixet, Agustí Villaronga, Judith Colell y Belén Funes, con detalle y tensión en una historia que cuenta mucho y en poco tiempo, en apenas 95 minutos de metraje. Sin olvidarnos la magnífica música de Paula Olaz, de la que hemos visto Nora, de Lara Izagirre y La cima, de Ibon Cormenzana, entre otras, con esa banda sonora que sigue, que acompaña y que reescribe las imágenes, haciendo mención especial el tema “Nadie te quiere ya”, de Los Brincos, un grupo a reivindicar, con los Fernando Arbex y compañía, un temazo que encaja a la perfección en el estado de ánimo por el que pasa Bea, un grito de rabia y desesperación, como si estuviese escrito para la película. 

El brillante reparto no se queda atrás, y eso que era difícil encontrar a las protagonistas principales, en una película que se mueve entre la lucha y la protesta a nivel social, y en la contención y el silencio en la vida íntima y personal. Entre las mujeres guerreras y valientes encontramos a María Cerezuela, que era la hija de Maixabel, que hacía Blanca Portillo, en la película homónima de Icíar Bollaín de hace un par de temporadas, la fuerza de una gran Nagore Cenizo, Heren de Lucas, la inolvidable Itziar Ituño, que hace de Feli, la madre trabajadora y sola de la protagonista, que nos encantó en Loreak y Hil Kanpaiak, entre otras, y las dos almas en peligro, en tránsito y con demasiadas historias a su alrededor, Elena Tarrats es Miren, la actriz catalana se ha labrado una interesante carrera teatral, y va mostrándose en la televisión y el cine, y hace de la niña rica, demasiado sola y herida, que encontrará en Bea una grandiosa tabla de salvación y sobre todo, una forma de ver la vida tan diferente. Alicia Falcó es la maravillosa Bea, que fue la niña de La por (2013), de Jordi Cadena, y hemos visto en series como Gigantes y Cuéntame cómo pasó, un estupendo y complejo personaje, en qué Falcó lo coge y lo hace muy suyo, siendo todo un acierto que está actriz, dotada de una mira portentosa, acompañada de un gesto contenido que expresa tanto sin decir casi nada, una alma libre que está atrapada entre tanta imposición, reglas y retroceso, y esa libertad, tan hijaputa que hay que luchar cada centímetro. 

Aplaudimos y celebramos la vuelta al largometraje de Munt, que no sólo nos ha despachado una magnífica drama y película de iniciación, de amor, de amistad, de lucha, de camaradería, de compañerismo, valores en desuso en la actualidad, sino que recupera un caso olvidado, cómo “Las 11 de Basauri”, y las mujeres de Errentería, y tantas otras que ayudaron a que hoy en día todas tengamos derechos y libertades, y también, que sigamos en la brecha, atentas a que todos esos derechos conseguidos a pico y pala sigan siendo, y que otros, que todavía siguen en la lucha, lo sean algún día más pronto que tarde. Un film como Las buenas compañías, que coincide con otra película Modelo 77, de Alberto Rodríguez, estrenada apenas siete meses atrás, que también se centraba en las luchas por mejorar las condiciones carcelarias. Una película, y no voy a decir la relamida frase de su necesidad, sino que van muchísimo más allá, porque rescata y recupera nuestra memoria histórica tan olvidada por algunos intereses, y lo hace con una excelente película, una de esas películas que guardaremos por mucho tiempo, una película que habla de esa “verdad”, que algunos quieren cambiar, y otros, como Sílvia Munt y todo su equipo quieren contarla como fue, y también, como ha quedado para nosotros, que siguiendo su espíritu, sigamos en lucha, por todo, por las mujeres, por la libertad, por los derechos y por nosotras. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Almas en pena de Inisherin, de Martin McDonagh

A COLM YA NO LE CAE BIEN PÁDRAIC. 

“Vivimos como soñamos, solos”.

Joseph Conrad

Después de cuatro películas, podemos decir, sin ánimo de pecar de exceso, que el universo de Martin McDonagh (Camberwell, London, Reino Unido, 1970), está plagada de pobres tipos, de individuos solitarios y algo torpes, tanto física como emocionalmente, seres que deambulan por sus circunstancias muy solitarios y extraordinariamente tristes, perdidos en la inmensidad de su realidad y también, porqué no decirlo, ensimismados en unos sueños que saben que muy difícilmente se harán realidad, eso sí, en su afán por no sentirse más solos de lo que están, siguen empecinados en empresas abocadas al más absoluto fracaso. Sean lo que sean, porque aunque cambie el contexto, los personajes del cineasta británico son lo que son: los asesinos que deben desaparecer en una ciudad desconocida de Escondidos en Brujas (2008), el guionista sin inspiración y sus dos locos amigos en Siete psicópatas (2012), la madre desesperada por esclarecer el asesinato de su hija en Tres anuncios en las afueras (2017). 

Con Almas en pena de Inisherin el talento de McDonagh se pone al servicio de un relato sumamente sencillo, con un conflicto de esos que no llaman la atención, pero que tiene mucha miga, es decir, cuando nos hemos visto privados, ya sea de amistad o amor, de esa persona que queríamos profundamente, o al menos así lo sentíamos, y nos hemos visto privados de esa relación sin que haya ocurrido nada extraordinario, aunque quizás sí que pasaba y nosotros no éramos conscientes de tamaño desenlace. Porque la cosa de la película es que Colm ya no quiere ninguna relación de amistad con Pádraic, con el que ha sido amigo de muchos años, explicando que se aburre con él, y quiere pasar el poco tiempo que le quede de forma muy diferente. El problema es que, los dos ex amigos viven en en un pueblo llamado Inisherin, apartado y olvidado de la costa irlandesa allá por el año 1923, después de la Guerra de irlandeses con ingleses, y ahora enfrascados en una civil, con esos bombazos que vienen de otra isla cercana. Ante esa cercanía y lugares comunes, como son la iglesia de la misa de los domingos, el ultramarinos donde compran todos, los caminos pedregosos del pueblo, y sobre todo, la única taberna en la que los dos amigos pasaban las horas, uno aburriendo con sus repetitivas historias, y el otro, tocando su inseparable violín. 

La película se centra en las profundas heridas que supone un desarraigo emocional de semejantes características, que no es poco, cuando hay tan pocos alicientes en la vida y mucho menos en Inisherin. Pádraic sufre esa pérdida como puede, sufriendo mucho y deambulando por ese pueblo tan triste y desolador, contando con la ayuda y compañía de Siobhán, su hermana que vive con él, y que arde en deseos de abandonar la isla y marcharse a una más grande, y también, está Dominic, un joven obsesionado con las mujeres, golpeado por su padre, el policeman del lugar, y con problemas emocionales. Una cinta muy bien contada y mejor explicada, con un formidable guion que firma el propio director, con esa impecable cinematografía de Ben Davis, que ha estado en tres películas con el director, y con gente tan importante como Frears, Eastwood y Tim Burton,que imprime esa luz mortecina, tan propia de esos lugares, con esa luz natural fusionada con la velada, creando una aroma de penumbra y recogimiento que recuerda mucho a Zurbarán. La fantástica música de Carter Burwell, que ha puesto música a todas las películas del director londinense, y mítico músico de los hermanos Coen, y de Spike Jonze, y de Carol (2015), de Todd Haynes, que recoge con acierto toda esa melancolía, soledad y tristeza que radia en la película, sin olvidarnos de esa sátira y humor negro tan característico en el cine de McDonagh, que es una marca de la casa los mencionados Coen. 

El acertado y conciso montaje de Mikel E. G. Nielsen, que tiene en su haber a Thomas Vinterberg y Robin Wright, entre otros, que impone un ritmo pausado y elegante, condensado sus casi dos horas de metraje sin grandes alardes ni estridencias de ningún tipo, en que lo importante son esos tiempos sin nada que hacer que dicen mucho de lo que está ocurriendo y sobre todo, en el interior de los personajes, en el que cada gesto, cada mirada y cada no acción es cine y nada más, como decía mi querido Ángel Fernández-Santos. McDonagh recupera a sus dos actores más fetiche como Brendan Gleeson y Colin Farrel, ambos irlandeses que fueron los asesinos desterrados a Brujas en la película Escondidos en Brujas, amén de haber trabajado Gleeson en Six Shooter (2004), un cortometraje de veintisiete minutos, y Farrel en Siete psicópatas. Dos intérpretes de calibre curtidos en mil batallas, que componen unos personajes que cuesta creer que en algún momento pudieran ser íntimos amigos, porque son tan diferentes, Farrel más apocado, más rudo, más corto y más superficial, frente a Gleeson, en las antípodas del otro, músico, más emocional y sobre todo, más inteligente y sensible. Ambos consiguen mostrar sin mostrar, imbuidos en esa atmósfera cargada, asfixiante y pesada que reside en cada rincón de la isla, de ese Inisherin tan y tan irlandés con sus canciones, sus pintas, sus cotilleos y su idiosincrasia tan arraigada y tan apegada a un lugar y a una forma de ser. 

Ambos intérpretes están excelentemente bien acompañados por la irlandesa Kerry Condon, que vimos en Tres anuncios en las afueras, dando vida a Siobhán, la hermana que quiere volar y ser ella misma en otro lugar, con más carácter que su hermano y sobre todo, una mujer que sabe lo que quiere y no se deja intimidar por nadie. Barry Keoghan, que muchos recordamos por películas como El sacrificio de un ciervo sagrado, que hizo con Farrell, y Dunkerque, dirigido por Dolan, entre otros, dando vida a Dominic, ese bufón y tontolpueblo que, al igual que Pádraic y todos los personajes del pueblo, ansía un poco de compañía y algunas palabras, y luego todo un ramillete de intérpretes británicos a cual mejor, como Gary Lydon, el policeman del pueblo y padre maltratador de Dominic, David Pearse como el cura, que tiene unos momentazos llenos de ironía y sarcasmo con el personaje de Gleeson, y finalmente, Pat Shortt, uno de esos taberneros que hemos disfrutado y tronchado en películas que no hace falta nombrarlas para saber de las que estoy hablando. Amén de otros actores y actrices que conforman los simpáticos, cotillas y solitarios de Inisherin. 

McDonagh no olvida a sus referentes ni los oculta, sino que los mira con detenimiento y construye su película pensando en ellos, lanzando puentes y reflejándose en sus ambientes y personajes como El hombre tranquilo (1952), de John Ford, con su mítico Innisfree, que sería el padre cercano de Inisherin, y todos esos personajes de la película de Ford que podrían ser también de la del director británico, y La hija de Ryan (1970), de David Lean, más de lo mismo, eso sí, con historias muy diferentes, pero con atmósferas, lugares y estados de ánimo evidentes. Nos despedimos de Almas en pena de Inisherin, también de Colm, Pádraic, Siobhán y los demás, no porque nos sintamos a disgusto con ellos, pero ya se sabe que a los sitios ajenos hay que ir, verlos y marcharse cuánto antes mejor, no vaya a ser que los de allí se sientan espiados, invadidos y sobre todo, incómodos. Les dejamos con sus cosas, con sus tristezas, con sus canciones melancólicas, con sus soledades, y también, con sus almas, porque sí deja clara la película y su tema sobre la ruptura de una amistad es que, cuando algo se rompe es porque es mejor para todos, aunque en ese momento no lo entendamos, habrá un día que nos despertemos y sabremos el porqué, y ese día todo será diferente y nosotros también. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vasil, de Avelina Prat

EL REFLEJO DEL OTRO.

“Tengo que conocer a la otra persona y a mí mismo objetivamente, para poder ver su realidad, o, más bien, para dejar de lado las ilusiones, mi imagen irracionalmente deformada de ella”.

«El arte de amar» (1956), Erich Fromm

¿Qué extraño mecanismo consigue que conectemos con alguien, o por el contrario, no lo soportemos? ¿Qué detonantes o elementos, y no me refiero a los materiales, construyen una relación estable, o por el contrario, hacen que naufrague estrepitosamente?. Muchas de estas cuestiones son las que se exponen en Vasil, el primer largometraje de la directora valenciana Avelina Prat, que empezó como arquitecta, peor pronto acudió a la llamada del cine, donde ha trabajado como script en más de cuarenta títulos junto a nombres como los de Fernando Trueba, Javier Rebollo, Jonás Trueba, Manuel Martín Cuenca, Cesc Gay, entre otras, amén de dirigir algunos cortometrajes de ficción y documental. Para su opera prima se ha decantado por un relato sobre un (des) encuentro con el otro, en la que Alfredo, un arquitecto jubilado de vida tranquila y algo huraño, y carácter muy peculiar, por circunstancias ajenas a su voluntad, debe convivir en su casa con Vasil, un búlgaro que necesita un sitio donde quedarse.

Prat cocina a fuego lento una historia cotidiana, sencilla y nada complaciente, donde a través de la curiosa situación entre los dos hombres mencionados, seremos testigos de todos los cambios que se van produciendo en la persona de Alfredo, eso sí, muy sutiles y casi sin darnos cuenta. La película con suma delicadeza y sensibilidad, que no ñoñería ni sentimentalista, nos sitúa en medio de estas dos almas, tan diferentes y extrañas entre sí, pero que poco a poco, se irán conociendo, reconociendo en el otro y sobre todo, cambiando, sobre todo el cascarrabias Alfredo. Hay otros elementos curiosos que hacen de Vasil, una película atípica, como su escenario localizado en Valencia, que huye de lo típico mediterráneo a la que se relaciones, para situar la historia en invierno, en un lugar nublado, tristón y apagado, en que la cinematografía de un grande como Santiago Racaj ayuda a dotar a la trama de ese aspecto distante al principio, y después, mucho más cálido, así como su preciso montaje que acoge con detalle sus noventa y tres minutos de metraje, que firma Juliana Montañés, que tiene en su filmografía a directores como Carlos Márques-Marcet, Clara Roquet y Nely Reguera, entre otros.

La excelente música que acentúa ese aspecto agridulce que recorre toda la película obra de Vincent Barrière, que ha trabajado con Adán Aliaga, Claudia Pinto, Alberto Morais y Roser Aguilar, etc… Con la producción de Miriam Porté que, a través de Distinto Films ha producido a Neus Ballús, Sílvia Quer, Laura Mañà y Patricia Ferreira, entre otras. Dos juegos, muy opuestos entre sí, en apariencia, porque los dos requieren de conocimiento, concentración y habilidad, se convierten en el quid de la trama. Uno de ellos es el ajedrez, convertido aquí en un juego que sirve de puente para salvar las diferencias entre los dos protagonistas, y el bridge, el famoso juego de cartas formando parejas, donde la habilidad de Vasil en ambos juegos, lo convierte en los demás en una pieza muy codiciada. Con unos protagonistas cercanos y complejos, entre los que, sin saberlo a ciencia cierta, se necesitan más de lo que son capaces de admitir, hay también unos personajes de reparto que no solo muestran las diferentes realidades ocultas de los principales, sino que profundizan en los sinsabores de una realidad difícil para los recién llegados como Vasil, y las eternas burocracias que más que ayudar, marean y dañan.

Tenemos a Alexandra Jiménez, en un personaje muy alejado de las comedietas que nos tiene acostumbrados, dando vida a Luisa, la hija de Alfredo, una experta en idiomas que, durante las comidas semanales con su padre, estallarán más de un conflicto por lo parco en información de Alfredo. Susi Sánchez es Carmen, una experta jugadora de bridge, que verá en Vasil una oportunidad de ganar a sus odiosas contrincantes en el club, y de paso, conocer mejor al búlgaro talentoso, y Sue Flack, con más de treinta títulos en España, da vida a Maureen, otra jugadora del bridge, antigua compañera de juego de Alfredo, que ayuda a Vasil. Mención especial tiene la pareja protagonista, que tiene el aroma de aquella memorable que hacían Jack Lemmon y Walter Matthau, en la piel de un Karra Elejalde, en uno de sus mejores interpretaciones, un tipo solitario, apasionado del ajedrez y cansado y hastiado de la vida, con sus pequeños placeres y poco más, que con la llegada de Vasil todo su espacio y su microcosmos se ve amenazado y cambiado.

Frente a él, el tal Vasil, que interpreta Ivan Barnev, viejo conocido por estos lares por protagonizar películas como La lección y The Father, ambas del tándem Kristina Grozeva y Petar Valchanov, y Destinos, de Stepahn Komandarev, siendo el mejor Vasil posible, un tipo de gran inteligencia y aplomo, con una grandísima actitud ante la adversidad, digno de admiración por parte de un sorprendido Alfredo. Nos alegramos de la fantástica incorporación a la dirección de largometrajes de Avelina Prat y por su reposada y profunda mirada, para hablarnos a hurtadillas de una historia muy contemporánea que aborda los grandes problemas de las sociedades actuales; la soledad, el miedo al otro, la actitud ante la adversidad, y sobre todo, los conflictos con los demás y son uno mismo. Y todo esto lo hace con una asombrosa sencillez, humanidad, con unos personajes de carne y hueso, sumamente complejos y cercanísimos, igual que las personas que nos cruzamos diariamente en nuestras vidas, con sus cosas, que como Alfredo y Vasil, tienen sus cosas y se parecen mucho a las nuestras. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jonás Trueba e Irene Escolar

Entrevista a Jonás Trueba e Irene Escolar, director y actriz de la película «Tenéis que venir a verla», en los Cinemes Girona en Barcelona, el miércoles 22 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba e Irene Escolar, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Relabel Comunicación y a Diana Santamaría de Atalante Cinema, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Elena Martín y Carlos Troya

Entrevista a Elena Martín y Carlos Troya, intérpretes de la película «Nosotros no nos mataremos con pistolas», de María Ripoll, en el Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 13 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Elena Martín y Carlos Troya, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lorena López y Joe Manjón

Entrevista a Lorena López y Joe Manjón, intérpretes de la película «Nosotros no nos mataremos con pistolas», de María Ripoll, en el Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 13 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lorena López y Joe Manjón, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA