Rock Bottom, de María Trénor

EL AMOR DE BOB Y ALIF.  

“Pareces diferente cada vez. Vienes de la salmuera con cresta de espuma. Es tu piel brillando suavemente bajo la luz de la luna. En parte pez, en parte marsopa, en parte cachalote. ¿Soy tuyo? ¿Eres mía para jugar? Bromas aparte (…)”

Letra de “Sea Song”, de Robert Wyatt

Este año se ha cumplido medio siglo de la aparición del disco “Rock Bottom”, mítico disco de Robert Wyatt (Bristol, Reino Unido, 1945), obra capital de la música psicodélica y rock progresivo, con la ayuda de Nick Mason, batería de Pink Floyd, Brian Eno, Fred Frith y Mike Oldfield. Ahora también es el título del primer largometraje de María Trénor (Valencia, 1970) que, después de varios cortometrajes, entre los que destaca ¿Dónde estabas tú? (2019), emerge con una película inspirada en la vida del citado músico y la letrista y artista visual Alfreda Benge y el amor tortuoso, desesperado y fou que vivieron el verano de 1972 en Deià, Mallorca. La directora nos presenta a Bob y Alif que, envueltos en ese amor negruzco y muy apasionado, envueltos en alcohol, drogas, la omnipresente música de Wyatt como leit motiv narrativo y formal, baños en el mar, desesperación, salidas y demás pasatiempos para matar un tiempo que parece detenido, ausente y sin futuro. Un tiempo en que el músico estaba componiendo y soñando en el disco que sacaría un par de años después, tras recuperarse del accidente de 1973. 

La cineasta valenciana, que siempre se ha movido en el campo de la animación, compone un guion junto a Joaquín Ojeda, que firma el montaje y ya estaba en el cortometraje citado más arriba, que tiene películas junto a Marc Recha y Sigfrid Monleón, donde se aleja del biopic al uso, y construye unas imágenes que se integran de forma natural y profunda con la vorágine que se vivía en una época de agitación política y búsqueda espiritual, tanto en Mallorca como New York, un ambiente de post hippies, como refleja el arranque de la película con esa fiesta en el piso de la citada ciudad estadounidense. Un relato que se descompone en dos atmósferas diferentes e iguales a la vez, dónde la realidad y lo onírico se van fusionando para construir un mundo de cotidianidad y ensoñación donde el efecto del alcohol, las drogas y ese amor tan fuerte como frágil, van generando unos ambientes límbicos en el que los espectadores nos vamos sumergiendo en esos universos artificiales y reales por los que transita la magnífica película, donde asistimos al nacimiento del futuro álbum, sus primeros compases, las alegrías y tristezas y demás conflictos que se van originando en esa fusión de vida, desesperación, felicidad y tristeza por el que se mueven sus personajes.

La animación se convierte en el vehículo esencial para sumergirnos en la existencia de Bob y Alif, rodeados de mundos imposibles, de cotidianidades diversas, táctiles y nada convencionales. Estamos frente a una película que mezcla con acierto y tremenda sabiduría la ficción que nace de vidas reales e imaginadas, el documental nada convencional para explicar situaciones que serían difíciles con la imagen real, y el retrato de una generación de músicos vitales para la música que sentaron las bases en un tiempo irrepetible, eso sí, contando sus talentos, su trabajo, y también, sus miserias, adicciones y demás pozos oscuros. Si tuviéramos que encontrar películas inspiradoras de Rock Bottom nos viene a la cabeza el cine de René Leloux y su extraordinaria El planeta salvaje (1973), y aquella maravilla que fue Heavy Metal (1981), de Gerald Potterton, junto a la delicia de Vals con Bashir (2008), de Ari Folman, en que las posibilidades del cine animado llegó a cotas realmente sorprendentes sentando las estructuras por donde andar a los futuros cineastas, porque consiguen de forma clara y concisa introducirnos en universos cercanos, íntimos y alucinantes.  

Estamos ante una película convertida de culto instantáneamente, y no exagero cuando les escribo estas palabras, y si no al tiempo, o más aún, cuando la vean, verán que Rock Bottom, de María Trénor, es una obra mayor y no sólo de la animación, sino del cine y de cualquier cine, porque nos adentra en un tiempo donde la música y las drogas y el alcohol siempre iban de la mano, retratando a la, quizás, mejor generación de músicos de la historia, y el retrato de unos años que más parecen pertenecer al mundo de los sueños, de la alucinación, de la libertad y del compromiso con la música como vehículo y motor de cambio, de reflexión y de agitación política, cultural y social. También podemos ver la película como una historia de amor fou, como mencionaba Buñuel, donde los amantes se aman y también se dañan, se desean y se matan, se quieren y se odian, donde no hay límites ni nada esperado, todo es extremo, todo es indiferente y todo es profundo. Una love story de las de verdad, alejada de los convencionalismos y sensiblería de otras producciones, aquí todo se vive de forma intensa, íntima y sin mirar atrás, y si no compruebenlo por ustedes mismos, y verán y sobre todo, sentirán esos otros mundos que rodeaban a Bob y Alif, cuando están juntos o separados, es lo mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Carla Subirana

Entrevista a Carla Subirana, directora de la película «Sica», en su domicilio en Barcelona, el viernes 26 de mayo de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carla Subirana, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sica, de Carla Subirana

LA HIJA DEL NAUFRAGIO. 

“El mar es tu espejo; en la sucesión infinita de las ondas tu alma se refleja, y tu espíritu no es un abismo menos amargo».

Charles Baudelaire

La película se abre de forma prodigiosa y tremendamente reveladora. El rostro de Sica mirando algo en fuera de campo, le acompañan otros otros, el de su madre, el de su magia Leda, el de Julio. Figuras que miran en silencio al mar, un mar agitado y muy sonoro, donde unos buzos en sintonía de unos guardias en la playa dan por finalizada la búsqueda. Todos emprenden la marcha cabizbajos, en cambio, Sica, con la mirada fijada en el mar embravecido, continúa inmóvil como esperando alguna señal del mar. Sica es la historia de una niña de 14 años, una niña que espera que el mar le devuelva a su padre desaparecido. También, es la historia de un lugar, la Costa da Morte en Galicia, un paisaje acotado por el mar, un mar de fuego, un mar salvaje, un mar que se ha llevado a muchos que lo desafiaron. Hay más temas en la película, como el paso de la infancia a la adultez, las consecuencias de una forma de vivir que está contaminando y sobre todo, alterando peligrosamente la naturaleza. Es la historia de una niña que se aleja de su madre para conocer ese otro mundo, el mundo de las almas, de personas solitarias como Suso, el niño que caza tormentas, o aquel otro, El Portugués, todos personajes que pululan en las grietas de un paisaje que late entre el mar, entre la tierra, y sobre todo, entre todo aquello que queda entre medio, en ese lugar donde acaban los que no encuentran su lugar. 

Sica, a la que muchos la etiquetan como la primera película de ficción de Carla Subirana (Barcelona, 1972), aspecto que debería haberse quedado fuera del análisis de una obra que desde su primer trabajo, el recordado Nedar (2008), donde la propia directora, junto a su madre y abuela, recordaban la figura ausente del abuelo, ya maneja tanto ficción como documento, o mejor dicho, se adentraba en el fondo y forma a través de los diferentes dispositivos que ofrece un arte como el cinematográfico, generando ese formato híbrido, donde todo se mezcla, se fusiona y vive. Lo mismo ocurría en sus posteriores trabajos, Volar y la película colectiva-episódica Kanimambo, ambos del 2012, así como en Atma (2016). Ese cine-fusión sigue latiendo en cada plano y encuadre de Sica, y lo hace desde un impresionante trabajo de espejo-reflejo entre la joven protagonista y su entorno, donde el mar es el “personaje”, ese monstruo que nos mira y sobre todo, nos interroga y nos hipnotiza, generando esa increíble fuerza que nos empequeñece y quedamos a su merced.

La magnífica y penetrante cinematografía de un grande como Mauro Herce, nos va sumergiendo en la fábula que nos ofrece Sica, en unas imágenes filmadas en 16 mm, con la textura y el tacto que tenían aquellas  novelas de Stevenson como La isla del tesoro, y de películas fantásticas sobre el mar como Yo anduve con un zombie (1943), de Jacques Torneur o Jennie (1948), deWilliam Dieterle, en las que conviven elementos cotidianos, reales, fantásticos, social, y demás. La película se fortalece porque tiene esa duración convencional de 90 minutos, en la que no falta ni sobra nada, en un estupendo trabajo de montaje de concisión y detalle que firma Juliana Montañés, que hemos visto en películas de Carlos Marques-Marcet, Nely Reguera, entre otras. La música de Xavi Font, también coproductor de la cinta, junto a la cineasta Alba Sotorra, y Andrea Vázquez, ayuda a crear ese aura de misterio y realidad en la que navega constantemente el cuento, así como el sonido directo de Amanda Villavieja, que recoge esa furia del mar y esos golpes cotidianos, como muestran todas las secuencias de interiores apoyadas en las miradas, los silencios y lo cotidiano, frente al sonido encantador y amenazante del mar, bien acompañado por el diseño de sonido de Alejandra Molina, y Fernando Novillo, que ya estaban en la mencionada Volar

La obsesión de Subirana por descubrirnos el atemorizante paisaje en el que se instala la película, en el que juega entre esas grietas que antes comentábamos, entre ese mundo o no mundo en el que late su película, con todas esas mezclas, texturas e hibridez de su propuesta, tanto en el apartado técnico que ya hemos comentado como en el tema artístico, en el que tiene a dos intérpretes profesionales como Núria Prims, que pedazo de actriz, como transmite con tan poco, en un excepcional trabajo de contención y silencio, rememorando a aquella Carlana en la que su Carmen nada tiene que envidiarle, y Lois Soaxe, al que hemos visto en series galegas de gran acabado como Fariña, Agua seca o Néboa, entre otras, en el papel del citado Portugués, ese marino solitario que sabe mucho y más del mar misterioso. Y luego, están los acertados intérpretes de los adolescentes, captados en un extenso y laborioso casting en la zona donde se ha rodado la película. Tenemos a María Villaverde Ameijeiras, en el rol de Leda, la amiga de Sica, con su vaivenes propios de la edad y de compartir a los padres desaparecidos, a Marco Antonio Florido Añón como Suso, el peculiar cazador de tormentas, una especie de escudero o ángel de la guarda de Sica, ese fiel amigo que tanto necesita la protagonista cuando su universo se está demorando debido a su incomprensión de su entorno que acepta demasiadas cosas inaceptables. 

Y finalmente, está Thais García Blanco como Sica de Nausícaa, nombre de La Odisea, de Homero, que significa “la que quema barcos”, imposible imaginar la película con otro rostro, y esa forma de mirar desde dentro hacia afuera, con ese miedo y esa tristeza que le acompaña en ese deambular y soledad que tiene en muchos momentos, qué mirada mantiene durante toda la película, un ser puro, táctil y corporal que deberá dejar el universo de protección y comprensible, para adentrarse en ese otro mundo, el de los adultos, tan falso, tan extraño, y sobre todo, tan frustrante y desolador, con el mar, el de Costa da Morte, como espejo-transformador, y sobre todo, como testigo y amenazante naturaleza que da y quita, tan bella como peligrosa, tan dulce como amarga. Celebramos la vuelta al cine de Carla Subirana porque ha construido una película que habla de todos nosotros, de nuestra relación tan demoledora con nuestro entorno, con esa naturaleza que empieza a rebelarse ante tanta maldad humana, y esa textura y tangibilidad de cuento, de cuento iniciático, de la vida que se abre ante nosotros, ante Sica, ante la imposibilidad, ante el viaje intenso y misterioso de una adolescente que debe aceptar la frustración y la tristeza de la vida, de los silencios de los que ya no están y de los que están. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mi vacío y yo, de Adrián Silvestre

SOY RAPHI NADA MÁS.

“No hay necesidad de apresurarse. No hay necesidad de brillar. No es necesario ser nadie más que uno mismo”.

Virginia Woolf

El año pasado conocimos a Tina Recio, Alicia de Benito, Cristina Millan, Saya Solana, Magdalena Brasas y Yolanda Terol. Las seis mujeres trans que protagonizaban Sedimentos, de Adrián Silvestre (Valencia, 1981). Una estupenda película que profundizaba en el interior de seis mujeres que nos explicaban sus realidades a través de un divertido y humanista periplo por la zona rural de León. Silvestre sigue en el universo trans con la película Mi vacío y yo, en la que nos sitúa en la mirada de Raphaëlle Pérez, una mujer trans francesa que acaba de aterrizar en Barcelona. La cámara acogedora y cercanísima de Silvestre sigue incansablemente la realidad y realidades a las que se enfrenta una mujer joven, una mujer atrapada en un cuerpo de hombre, empleada en un call center, muy sensible y naïf, compleja, vital y contradictoria, que desea ser aceptaba y encontrar a un hombre con el que tener una relación.

La película parte de un magnífico guion que firman el director Carlos Marquès-Marcet, Raphaëlle y el propio director, a través de un relato que huye del sentimentalismo y el edulcoramiento, en el que hay honestidad y sensibilidad, donde construye una historia completamente descarnada y muy realista de la cotidianidad de Raphi, a la que vemos en sus visitas al médico para seguir el tratamiento de su tránsito, sus decepcionantes citas con hombres que le llevan a encuentros sexuales insatisfactorios, y su idea de ser aceptaba en una sociedad que continuamente la señala y le imponen una “normalidad” generalizada que excluye a los diferentes. Silvestre vuelve a contar en la producción con Javier Pérez Santana, al que se unen Marta Figueras y la directora Alba Sotorra, Laura Herrero Garvín vuelve a encargarse de la cinematografía como ya hiciese en Sedimentos, en un trabajo transparente, donde no hay artificio ni tampoco embellecimiento, sino algo sumamente tangible e íntimo, como si se pudiese tocar, siguiendo junto a la protagonista en sus tristezas y reflexiones, en su deambular por una Barcelona alejada de la postalita. Una ciudad de verdad, donde la gente trabaja y vive como puede, una urbe real y de cada día.

Del montaje vuelve a hacerse cargo Adrián Silvestre, en un preciso y detallista ejercicio donde prima lo físico y lo interior, consiguiendo un ritmo ágil y sencillo en el que los noventa y ocho minutos de metraje se ven con atención y sobre todo, dando tiempo a una reflexión necesaria en este tipo de historias. Como hemos mencionado, es tan importante el viaje físico como interior de Raphaëlle en la película, en este itinerario en el que ella debe aceptarse y ser aceptada en su propio camino y fluyendo con todas las cosas de su alrededor, como con las cosas que le van sucediendo, tanto las más incómodas y de rechazo, y aquellas otras donde se valora su identidad, y la persona que quiere ser como la muestra de artistas en la que ella participa, el trabajo como actriz en la obra de teatro sobre su experiencia y conocer a hombres que la valoran y desean tal y como ella es. Mi vacío y yo tiene esa forma de cuento, de relato en primera persona, de búsqueda interior y sobre todo, de encontrar tu lugar en el mundo, de seguir en el viaje a pesar de todo y todos para encontrarse a esas personas que no miran lo otro y si a la persona que tienen frente a ellos, una persona que busca quién quiere ser y ser aceptada por los demás.

Con Sedimentos y Mi vacío y yo, el director valenciano ha tejido con sabiduría y paciencia un hermosísimo díptico que no solo visibiliza el colectivo de mujeres trans, sino que profundiza en los prejuicios y “normalidades” de nuestra sociedad a la que todavía le falta sensibilidad y acercamiento a todo aquello que resulte diferente, que suele rechazar y condenar, aunque Raphaëlle se encontrará a personas, todavía pocas, que la miran de otra manera, de una forma más humana y con la inquietud de conocer y escuchar, aunque sean breves destellos, las cosas están cambiando poco a poco, y eso no es solo primordial para el crecimiento emocional de una sociedad, sino completamente necesario para construir una sociedad más plural, diversa y llena de amor y libertad. Una película que traza toda su ingeniería en la mirada y existencia de su protagonista, necesitaba a una mujer capaz de contar, sufrir y sentir como la hace Raphaëlle Pérez, una interpretación maravillosa y tan de verdad, en esta ejemplar fusión de documento y ficción, donde es tan importante lo que se ve como lo que no, porque la riqueza del relato radica en ese mundo interior de la protagonista, una persona a la que podemos mirar desde todos los ángulos, que se abre en canal para contarnos su vida, para contarnos sus intimidades, para trabajar en la aceptación de su viaje, y ser querida por los demás.

Nos encanta volver a encontrarnos a las seis maravillosas mujeres de Sedimentos en breves pero intensas intervenciones en Mi vacío y yo, porque resultan fundamentales para ayudar y acompañar a Raphaëlle en su viaje, porque no solo aportan sus experiencias y testimonios, sino que son un buen apoyo emocional en el viaje que está realizando la protagonista. El personaje de Raphi no está muy lejos de los transparentes, desdichados y cercanos personajes de las películas de Rainer Werner Fassbinder, personas que hacen lo imposible para vivir una existencia de lo más humana posible y ser uno más, amar y sentirse amados, sin cortapisas de nadie y sin trampas, de verdad, de esos amores que se sienten profundamente, que tienen algo de otro mundo, de otra dimensión, de ser ese otro que te niegas o simplemente ser uno mismo, aceptado, deseado y querido, quizás una tarea harto complicada en una sociedad que se empeña en deambular por las apariencias y en la superficialidad, aunque como sucede con todas las cosas más importantes de la vida que no cuestan dinero, pero cuestan tanto. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Alba Sotorra

Entrevista a Alba Sotorra, directora de la película «El retorno, la vida después del ISIS», en la oficina de su productora en Barcelona, el miércoles 29 de septiembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alba Sotorra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Jeny Montagut, de Comunicació DocsBarcelona, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El retorno, la vida después del ISIS, de Alba Sotorra

LAS MUJERES DEL ISIS.

“En la medida en que realmente pueda llegarse a superar el pasado, esa superación consistiría en narrar lo que sucedió.”

Hannah Arendt

Los tres largometrajes que hemos visto de Alba Sotorra /Reus, Tarragona, 1980), giran en torno a la guerra y al mundo árabe, y dos de ellas a las mujeres. En Game over (2015), relataba la tristeza de un joven que le aburre la guerra real y se inventa otra virtual en el que todo es más como a él le gusta. Su siguiente trabajo, Comandante Arian (2018), se centraba en un batallón de mujeres kurdas luchando cuerpo a cuerpo contra el Daésh (ISIS), a través de una intimidad sobrecogedora, la directora filmaba la guerra y la recuperación de las heridas de la protagonista, a través de una película sobre la lucha por la libertad de unas mujeres fusil en mano. De su experiencia en Comandante Arian, nace su nuevo trabajo, El retorno: la vida después del ISIS, que sería el contraplano de la anterior, en el otro lado, sumergiéndose en el enemigo, en todas esas mujeres occidentales, algunas muy jóvenes que, fascinadas por la propaganda del Estado Islámico, dejaron sus países y se enrolaron en el ISIS. La cineasta catalana entra con su equipo en uno de los centros de detención al noroeste de Siria, que se parece más a un centro de desplazados, y coloca su mirada en estas mujeres, odiadas por Occidente y perdidas en una especie de limbo, un espacio en el que quieren dejar atrás su terrible pasado, y volver a sus países de origen y empezar de cero, cosa que se les niega rotundamente.

Sotorra realiza una radiografía física y emocional de estas seis mujeres Shamima, Hoda, Hafida, Ouidet, Nawal y Kimberly, a través de descarnados testimonios de su pasado, su enrolamiento en el ISIS, su experiencia, sus hijos, sus maridos, la guerra, y luego, su momento actual, apoyándose en algunas imágenes de archivo (por primera vez en el cine de la directora), que ayudan a contextualizar cada una de las vidas, y dar profundidad a sus testimonios. También, asistimos al proceso personal y profundo de cada una de ellas, en que la película las desnuda emocionalmente, sin caer en los juicios y prejuicios, sino escuchándolas, olvidando la idea de odio construida por Occidente, y penetrando en el alma de estas seis mujeres, con todos sus sentimientos, ilusiones, tristezas, dolor y esperanzas. La película nos convoca a un viaje muy emocional sobre nuestras ideas y prejuicios como occidentales, que es en mayor medida todo el núcleo del trabajo de Sotorra, acercarnos las mujeres del mundo árabe y construir una mirada más humana, más personal, y sobre todo, limpia de prejuicios, para que cada uno de nosotros se haga su propia idea, alejada de las informaciones oficialistas más preocupadas de alimentar un odio visceral al mundo árabe.

Un guion que escriben la propia directora junto a Júlia Parés, que ya estuvo en la producción de Comandante Arian, Lara Vilanova, Gris Jordana y la experimentada Núria Roldós construyen la cinematografía basada en la naturalidad, la cercanía y la limpieza visual para enmarcar a estas seis mujeres, Michael Nollet y Xavier Carrasco se encargan de firmar un montaje que sabe manejar con sensibilidad las imágenes y dotar de ritmo a una película donde hay mucha información y testimonios, pero mostrados de manera clara, sencilla y concisa. El retorno la vida después del ISIS, no es una película más, es, ante todo, un ejercicio brillante y sensible, que no solo nos habla de unas mujeres arrepentidas que quieren empezar una nueva vida, sino de la posición de los kurdos, que lucharon contra el ISIS, y ahora, entre ellas, la activista kurda que trabaja con ellas en el centro, quieren perdonar para avanzar y dejar el odio atrás, como esa grandísima conversación entre ella y su padre, donde el progenitor le insta que hay que mirar al enemigo, ver a la persona que hay detrás y escucharlo, para avanzar juntos en una vida en paz. Toda una gran lección de humanidad, de perdón y sobre todo, de enterrar el odio y empezar a construir para que el mundo sea menos feo cada día.

La cineasta reusense mira sin acritud ni rencor, sumergiéndonos en el alma de estas seis mujeres, en todo aquello que fueron y en todo aquello que quieren ser, porque la película también es una mirada hacia las mujeres árabes, y todas las mujeres del mundo, en su capacidad para seguir hacia delante, en perdonarse y en mostrarse de forma descarnada asumiendo sus errores para poder recuperarse, y sobre todo, que los demás, aquellos que las odian, las puedan mirar de otra manera, de frente y al rostro, a esas miradas que siguen rotas, desoladas y llenas de tristeza, porque todo aquello que creían sobre el ISIS, casi un paraíso en la tierra y los preceptos del islam, cayeron en saco roto, y se enfrentaron en la mayoría de los casos, a una represión y machismo absolutos, como menciona una de ellas “Salimos de un infierno y nos encontramos con otro peor”. No dejen de ver esta película, porque habla de las mujeres que estuvieron en el ISIS, y también, habla de todos nosotros, de cómo vemos al otro, como valoramos sus errores, y sobre todo, habla de nuestra capacidad de perdonar, y la humanidad que hay en nuestro interior. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Alba Sotorra

Entrevista a Alba Sotorra, directora de la película «Comandante Arian», en las oficinas de su productora en Barcelona, el miércoles 17 de octubre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alba Sotorra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Comandante Arian, de Alba Sotorra

 ¡JIN, JIYAN, AZADI! (¡MUJERES, VIDA, LIBERTAD!)

«Echo de menos a mis compañeras, la lucha, la guerra. Echo de menos compartir su dolor y sus dificultades, y compartir también la alegría de la liberación. Sufrir y luego disfrutar de la libertad es algo increíble».

Comandante Arian

Hace tres años, Alba Sotorra (Reus, 1980) sorprendía a propios y extraños con Game Over, en el que nos hablaba de Djalal, un joven que desde pequeño soñaba con ser soldado profesional, pero cuando estuvo en primera línea de fuego, se sintió decepcionado de la guerra que vio y que sólo conocía a través de los videojuegos y su alter ego online, un soldado de élite que se enfrentaba a peligrosos enemigos en sus misiones secretas. Un ejercicio contundente, personal y reflexivo sobre la fascinación de la guerra, la violencia y las imágenes que nos invaden constantemente sobre temas bélicos y violentos. Ahora, Sotorra vuelve con una película que tiene la guerra como foco de atención, pero desde otro punto de vista, el de un grupo de mujeres combatientes en la guerra de Siria, las YPJ (Unidades de Defensa de Mujeres) un grupo  formado en el año 2013 sólo de mujeres, en su mayoría kurdas, para combatir al Dáesh (Isis), para defender su tierra y su condición como mujeres libres.

La película se introduce en la piel de estas mujeres a través de una de sus líderes, Arian Afrîn, la “Comandante Arian”, y nos cuenta de un modo íntimo y personal, su diario de guerra en el asedio de la ciudad de Kobane para reconquistarla y acabar con el Estado Islámico. La película se estructura a través de dos tiempos, en el presente, estamos en el 2016, cuando Arian, que ha recibido cinco heridas de bala, se recupera lejos del frente, y en el pasado, cuando Arian y su batallón de combatientes, emprenden el asedio para liberar Kobane. La cámara de Sotorra, y ella misma,  se camuflan junta a las mujeres, convirtiéndose en unas combatientes más, dejando fiel testimonio de las experiencias sanas y terribles que iremos viendo a lo largo de sus 80 minutos de metraje, en las que habrá momentos de paz interior, o violencia bélica, y también, tiempo para compartir, recordar y sentir, en las que escucharemos sus conversaciones, sus inquietudes, sus soledades, (des) ilusiones, sacrificios e ideales, su pasado bajo el yugo machista, y su futuro, al que todas lo encaran con esperanza por una tierra mejor, más justa, igualitaria y solidaria.

Vemos con detalle y profundo análisis su cotidianidad, su entorno y los compañeros masculinos que las acompañan luchando codo a codo en el campo de batalla, donde escuchamos con precisión el ruido de las bombas, el silbido de las balas, y las continuas refriegas que se van produciendo, dentro de un entorno de camaradería, compañerismo y libertad, una libertad que se ganan diariamente con su kalashnikov y valentía. La directora catalana nos habla de guerra, de vida y muerte, sin caer en el heroísmo y la plasticidad de unas imágenes que no son bellas o complacientes, sino duras, ásperas, y en ocasiones, tremendas, que quitan el aliento por su terrible dureza, pero la película nunca cae en eso, se mantiene firme en contar con alegrías y tristezas las vidas de este batallón feminista de manera clara y precisa, en el que nos la presenta como mujeres de carne y hueso, mujeres que nos podríamos encontrar por la calle en otras circunstancias, despojándolas de cualquier aura de espiritualidad o por el estilo, la cinta extrae su humanidad, su fuerza y su voluntad, esa voluntad de hierro y determinación que las dejar a sus familias, y por ende, su destino marcado como esposas y madres, para liberarse de sus porvenires anulados, y vivir libremente y como ellas quieren, aunque para ello tengan que pegar tiros y jugarse la vida cada día.

Arian y su batallón de mujeres despierta una fuerza brutal y unos ideales perdidos por nuestros lares, donde la fuerza del equipo y la fraternidad se convierten en sólo uno, donde van todas a una, ayudándose y levantándose unas a otras, siguiendo en pie a pesar de las bajas y los problemas de la guerra, porque todas juntas llegarán hasta donde las armas y el coraje les aguante. Sotorra nos brinda una película humanista y cercana, donde se explora con claridad y detalle la condición humana, donde el término libertad adquiere significados distintos a los que nosotros conocemos, donde la individualidad y los conflictos a los que nos enfrentamos diariamente, se diluyen en la nada, observando a estas mujeres y sus circunstancias, unas mujeres de gran fortaleza y virtud, que rompen estereotipos y tradiciones milenarias para ser ellas mismas, y sobre todo, defender aquello que consideran importante para ellas y su tierra, defendiendo a tiros valores humanos que aquí hemos olvidado hace demasiado tiempo.

La directora reusense nos brinda una película necesaria y valiente, una película que le ha llevado tres años de filmaciones, entre idas y venidas, un documento muy alejado de la visión de los informativos occidentales, en los que parece que la guerra siempre la hacen los hombres, y nunca sabemos nada de las mujeres. Un trabajo sincero y honesto, que recuerda a las películas de Rithy Panh o Wang Bing, en la forma de colocar la cámara y filmar las conversaciones y el entorno de estas combatientes kurdas, en las que la relación entre cineasta y el objeto filmado acaba diluyéndose y creando una relación diferente e íntima, en el que todo se mezcla y adquiere una proximidad que nos traspasa y nos acaba convirtiendo a los espectadores en seres activos y reflexivos de las imágenes que estamos viendo, y creando ese vínculo mental entre la cineasta y sus personas. Sotorra construye una cinta emocionante y bella en sus valores humanísticos sobre unas mujeres que viven y guerrean diariamente por su libertad, por su identidad y por vivir en una tierra mejor, aunque para ello tengan que perder su vida o ver como la pierden algunas de sus compañeras.


<p><a href=»https://vimeo.com/290442289″>Comandante Arian – Trailer Oficial</a> from <a href=»https://vimeo.com/albasotorra»>Alba Sotorra Clua</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Encuentro con Alba Sotorra y Carla Subirana

Encuentro con las cineastas Alba Sotorra y Carla Subirana, con motivo de la mesa redonda «Intruses». Cineastes en espais de masculinitat exclusiva, propuesta de la Mostra Internacional de Films de Dones de Barcelona, en el marco del VI Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona. Modera Marta Nieto (Miembro de la directiva de Drac Màgic). El evento tuvo lugar el miércoles 27 de abril 2016, en la sede del SGAE Catalunya de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alba Sotorra y Carla Subirana, por su tiempo, conocimiento, generosidad y cariño, al equipo de Drac Màgic, por proponer el evento, su trabajo, amabilidad y cariño, y al equipo del VI Festival Internacional de Cinema d’Autor, por su trabajo y buen hacer.

Encuentro con Alba Sotorra

Encuentro con la directora Alba Sotorra, sobre su próxima película «Amazones», con la participación de Jordi Vàquez de KurdisCat – Còmite Català de Solidaridat amb Kurdistán.  El evento tuvo lugar el lunes 7 de marzo de 2016, con el título «Dones protagonistas dels canvis socials», dentro del marco del Día Internacional de la Mujer, en la Biblioteca Sant Gervasi-Joan Maragall de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alba Sotorra, por su tiempo, generosidad y cariño, a Jordi Vàzquez, por su participación y conocimiento, y a Laura Pla, de la Biblioteca y organizadora del evento, por su paciencia, amabilidad y simpatía.