Entrevista a Álex García y Miki Esparbé, intérpretes de la película «Una vida no tan simple», de Félix Viscarret, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el jueves 15 de junio de 2023.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Álex García y Miki Esparbé, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Marién Piniés de Prensa de la película, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Y, y recordé aquel viejo chiste. Aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina. Y el doctor responde: ¿pues por qué no lo mete en un manicomio? y el tipo le dice: lo haría, pero necesito los huevos. Pues eso es más o menos lo que pienso sobre las relaciones humanas, ¿sabe? son totalmente irracionales, locas y absurdas; pero supongo que continuamos a mantenerlas porqué la mayoría necesitamos los huevos”.
Alvy Singer en Annie Hall (1977), de Woody Allen
Recuerdan Bajo las estrellas (2007), la ópera prima de Félix Viscarret (Pamplona, 1975), basada en una novela homónima de Fernando Aramburu, que contaba la existencia de Benito Lacunza, extraordinario Alberto San Juan, un trompetista de tres al cuarto de vida quebrada y nómada, que se relacionaba con Lalo, su hermano que construía esculturas de chatarra, y la novia de éste, Nines, castigada por la vida y su hija, Ainara, todo un amor. Una historia que se movía entre la comedia y el drama de forma natural, transparente y eficaz, donde había espacio para la ilusión y la desesperanza, la del relato agridulce como la vida misma.
Después de policíacos al mejor estilo como Vientos de La Habana (2016), su serie Cuatro estaciones en La Habana (2017), ambas inspiradas en la literatura de Leonardo Padura, documentales sobre el cine como Saura(s) (2017), series sobre las consecuencias del terrorismo vasco como Patria (2020), y relatos metafísicos del mundo absurdo y cotidiano de Juan José Millás en No mires a los ojos (2022), vuelve a los submundos y texturas de Bajo las estrellas, ahora partiendo de un guion original escrito por el propio Viscarret, en el que cambia la clase social considerablemente, pero continúa en esos personajes perdidos y desorientados, deambulando por una vida que parece que les pasó de largo, o quizás, les habían puesto demasiadas expectativas, pocas reales. Nos cruzamos con Isaías, un tipo de cuarenta y tantos, como cantaba Sabina, arquitecto, casado y padre de dos niños pequeños. De joven, ganó un prestigioso premio que auguraba un gran futuro profesional, pero ese futuro no acaba de llegar, y se pierde en pequeños proyectos más desilusionantes que otra cosa junto a su socio Nico. Las tardes las pasa en el parque cuidando de sus hijos y su matrimonio va y poco más, aunque no como debería. Se siente como en el otro lado de esos patinadores nocturnos con los que se cruza que recorren las calles vacías en total libertad. Unos patinadores que nos recuerdan a aquellos que se paseaban por Almagro, 38 y tenían el mismo efecto en el personaje de Pepa Marcos en Mujeres al borde de un ataque de nervios.
El cineasta navarro retrata de forma sencilla y honesta ese tiempo no tiempo que muchos vivimos o simplemente, padecemos. Un tiempo donde todo nos parece extraño, como si la cosa fuese con otro, como si todo estuviera en nuestra contra y lo que pasa no sólo es el tiempo sino nuestra ilusión, aquella que creíamos irrompible o vete tú a saber. Cuatro almas son los individuos que se cruzan por Una vida no tan simple, que nos habla de trabajo, de familia, y sobre todo, de segundas o terceras o cuartas oportunidades, y de trenes que pasan y pasan por la vida, y ni nos enteramos. Acompañan a Isaías, tres más de cuarenta y tantas. Su mujer Ainhoa, profe de universidad y a lo suyo, sin nada más. Tenemos a Nico, el socio del protagonista, que tontea con veinteañeras, y Sonia, la maniática de la salud, una madre que coincide en el parque con Isaías, y quizás en más cosas. La excelente cinematografía de Óscar Durán, que ha trabajado con Jaime Rosales y Gerardo Olivares, entre otros, con ese toque melancólico y nublado, que va de la mano con el estado de ánimo de los personajes, el rítmico y pausado montaje de Victoria Lammers, que ha trabajado con Viscarret en series como Patria y la citada No mires a los ojos, y la agridulce composición de Mikel Salas, que ha puesto música a películas de Paco Plaza y films de animación tan interesantes como Un día más con vida.
si hay algo que siempre está bien en el cine que nos propone Viscarret es su elección del elenco, ya hemos hablado de San Juan como el trompetista de Bajo las estrellas, y otros como Emma Suárez, Jorge Perugorría, Juana Acosta, todos los de Patria, Paco León y Leonor Watling, formando un grupo heterogéneo pero siempre desafiante. Un excelente reparto que brilla con intensidad, conduciendo y acercándonos a unos personajes atribulados y sin vida, que podríamos ser uno de nosotros o nosotras, encabezados por un deslumbrante Miki Esparbé como isaías, que vuelve a uno de esos tipos de Las distancias (2018), de Elena Trapé, bien acompañado por Álex García como Nico, qué estupenda presentación la de su personaje. Está Olaya Caldera como Ainhoa, que nos encantó en series como Sinvergüenza y films como Los europeos, de Víctor García León, Ana Polvorosa, la pelirroja del parque, tan cercana como enigmática. Y las aportaciones de un viejo amigo de Viscarret, Julián Villagrán, el encantador Lalo de Bajo las estrellas, ahora en la piel de Rascafría, un arquitecto muy snob y total, y la presencia de Ramón Barea como Don Antonio, el “abuelo” de los arquitectos, esa especie de gurú de todos y todas.
Viscarret ha construido una película de aquí y ahora, que recoge ese estado de ánimo de muchos y muchas, sobradamente preparados, como decía cierto anuncio, pero incapaces y derrotados ante la vida, o mejor dicho, ante la sociedad consumista que exige mucho y da muy poco, a nivel emocional hablando. Seres que deben compaginar profesión, paternidad y maternidad, y además, estar bien, un cristo, y todo para llegar a ese lugar donde quieren estar o se supone que hay que estar, porque los personajes de Una vida no tan simple nos recuerdan a aquellos personajes de clase media frustrados y náufragos de sus propias vidas que pululan por el universo de Woody Allen, tantos y tantas intentando creer en ellos en una sociedad que sólo cree en lo material, en los superficial y en la apariencia, y se olvida de todo lo demás, de las cosas que importan de verdad, las que nos empujaron para hacer esto o aquello, aquellas cosas que las prisas y la obsesión con llenar el tiempo, nos han llevado a olvidarlas y a sentirnos muy tristes y no saber qué hacer con nuestras vidas, o lo que es peor, vivirlas sin más, como si fueran con otro. Quizás Isaías y las demás criaturas de la película aún pueden engancharse a aquel otro yo que cada día que pasa, queda un poco más lejos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Carla Subirana, directora de la película «Sica», en su domicilio en Barcelona, el viernes 26 de mayo de 2023.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carla Subirana, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El mar es tu espejo; en la sucesión infinita de las ondas tu alma se refleja, y tu espíritu no es un abismo menos amargo».
Charles Baudelaire
La película se abre de forma prodigiosa y tremendamente reveladora. El rostro de Sica mirando algo en fuera de campo, le acompañan otros otros, el de su madre, el de su magia Leda, el de Julio. Figuras que miran en silencio al mar, un mar agitado y muy sonoro, donde unos buzos en sintonía de unos guardias en la playa dan por finalizada la búsqueda. Todos emprenden la marcha cabizbajos, en cambio, Sica, con la mirada fijada en el mar embravecido, continúa inmóvil como esperando alguna señal del mar. Sica es la historia de una niña de 14 años, una niña que espera que el mar le devuelva a su padre desaparecido. También, es la historia de un lugar, la Costa da Morte en Galicia, un paisaje acotado por el mar, un mar de fuego, un mar salvaje, un mar que se ha llevado a muchos que lo desafiaron. Hay más temas en la película, como el paso de la infancia a la adultez, las consecuencias de una forma de vivir que está contaminando y sobre todo, alterando peligrosamente la naturaleza. Es la historia de una niña que se aleja de su madre para conocer ese otro mundo, el mundo de las almas, de personas solitarias como Suso, el niño que caza tormentas, o aquel otro, El Portugués, todos personajes que pululan en las grietas de un paisaje que late entre el mar, entre la tierra, y sobre todo, entre todo aquello que queda entre medio, en ese lugar donde acaban los que no encuentran su lugar.
Sica, a la que muchos la etiquetan como la primera película de ficción de Carla Subirana (Barcelona, 1972), aspecto que debería haberse quedado fuera del análisis de una obra que desde su primer trabajo, el recordado Nedar (2008), donde la propia directora, junto a su madre y abuela, recordaban la figura ausente del abuelo, ya maneja tanto ficción como documento, o mejor dicho, se adentraba en el fondo y forma a través de los diferentes dispositivos que ofrece un arte como el cinematográfico, generando ese formato híbrido, donde todo se mezcla, se fusiona y vive. Lo mismo ocurría en sus posteriores trabajos, Volar y la película colectiva-episódica Kanimambo, ambos del 2012, así como en Atma (2016). Ese cine-fusión sigue latiendo en cada plano y encuadre de Sica, y lo hace desde un impresionante trabajo de espejo-reflejo entre la joven protagonista y su entorno, donde el mar es el “personaje”, ese monstruo que nos mira y sobre todo, nos interroga y nos hipnotiza, generando esa increíble fuerza que nos empequeñece y quedamos a su merced.
La magnífica y penetrante cinematografía de un grande como Mauro Herce, nos va sumergiendo en la fábula que nos ofrece Sica, en unas imágenes filmadas en 16 mm, con la textura y el tacto que tenían aquellas novelas de Stevenson como La isla del tesoro, y de películas fantásticas sobre el mar como Yo anduve con un zombie (1943), de Jacques Torneur o Jennie (1948), deWilliam Dieterle, en las que conviven elementos cotidianos, reales, fantásticos, social, y demás. La película se fortalece porque tiene esa duración convencional de 90 minutos, en la que no falta ni sobra nada, en un estupendo trabajo de montaje de concisión y detalle que firma Juliana Montañés, que hemos visto en películas de Carlos Marques-Marcet, Nely Reguera, entre otras. La música de Xavi Font, también coproductor de la cinta, junto a la cineasta Alba Sotorra, y Andrea Vázquez, ayuda a crear ese aura de misterio y realidad en la que navega constantemente el cuento, así como el sonido directo de Amanda Villavieja, que recoge esa furia del mar y esos golpes cotidianos, como muestran todas las secuencias de interiores apoyadas en las miradas, los silencios y lo cotidiano, frente al sonido encantador y amenazante del mar, bien acompañado por el diseño de sonido de Alejandra Molina, y Fernando Novillo, que ya estaban en la mencionada Volar.
La obsesión de Subirana por descubrirnos el atemorizante paisaje en el que se instala la película, en el que juega entre esas grietas que antes comentábamos, entre ese mundo o no mundo en el que late su película, con todas esas mezclas, texturas e hibridez de su propuesta, tanto en el apartado técnico que ya hemos comentado como en el tema artístico, en el que tiene a dos intérpretes profesionales como Núria Prims, que pedazo de actriz, como transmite con tan poco, en un excepcional trabajo de contención y silencio, rememorando a aquella Carlana en la que su Carmen nada tiene que envidiarle, y Lois Soaxe, al que hemos visto en series galegas de gran acabado como Fariña, Agua seca o Néboa, entre otras, en el papel del citado Portugués, ese marino solitario que sabe mucho y más del mar misterioso. Y luego, están los acertados intérpretes de los adolescentes, captados en un extenso y laborioso casting en la zona donde se ha rodado la película. Tenemos a María Villaverde Ameijeiras, en el rol de Leda, la amiga de Sica, con su vaivenes propios de la edad y de compartir a los padres desaparecidos, a Marco Antonio Florido Añón como Suso, el peculiar cazador de tormentas, una especie de escudero o ángel de la guarda de Sica, ese fiel amigo que tanto necesita la protagonista cuando su universo se está demorando debido a su incomprensión de su entorno que acepta demasiadas cosas inaceptables.
Y finalmente, está Thais García Blanco como Sica de Nausícaa, nombre de La Odisea, de Homero, que significa “la que quema barcos”, imposible imaginar la película con otro rostro, y esa forma de mirar desde dentro hacia afuera, con ese miedo y esa tristeza que le acompaña en ese deambular y soledad que tiene en muchos momentos, qué mirada mantiene durante toda la película, un ser puro, táctil y corporal que deberá dejar el universo de protección y comprensible, para adentrarse en ese otro mundo, el de los adultos, tan falso, tan extraño, y sobre todo, tan frustrante y desolador, con el mar, el de Costa da Morte, como espejo-transformador, y sobre todo, como testigo y amenazante naturaleza que da y quita, tan bella como peligrosa, tan dulce como amarga. Celebramos la vuelta al cine de Carla Subirana porque ha construido una película que habla de todos nosotros, de nuestra relación tan demoledora con nuestro entorno, con esa naturaleza que empieza a rebelarse ante tanta maldad humana, y esa textura y tangibilidad de cuento, de cuento iniciático, de la vida que se abre ante nosotros, ante Sica, ante la imposibilidad, ante el viaje intenso y misterioso de una adolescente que debe aceptar la frustración y la tristeza de la vida, de los silencios de los que ya no están y de los que están. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Pedro Mari Sánchez y Daniela Fejerman, actor y codirectora de la película «Alguien que cuide de mí», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 26 de abril de 2023
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pedro Mari Sánchez y Daniela Fejerman, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Revolutionary Press, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.
“Si te interesa algo, sea lo que sea, ve a por ello a toda velocidad. Recíbelo con los brazos abiertos, abrázalo, ámalo y, sobre todo, apasiónate por ello. Lo tibio no es bueno. Lo caliente tampoco. Ser incandescente y apasionado es la única opción”.
Roald Dahl
La directora Mascha Haberstad (Holanda, 1973), fogueada en mil y una batallas en el universo de la animación, menciona como fuente de inspiración al grandísimo escritor Roald Dahl (1916-1990), que dedicó tantas obras para el público infantil con títulos inolvidables como Gremlins, Charlie y la fábrica del chocolate, Fantastic Mr. Fox, Las brujas y Matilda, entre otras. El autor galés siempre creó personajes encantadores con sus lados oscuros, elevando a una categoría superior el libro infantil, convirtiéndolo en obras de culto para todos los públicos, al igual que algún que otro de los personajes que nutren Oink Oink, el primer largometraje de Haberstad, que parte del libro De wraak van Knor, de Tosca Menten, adaptado para la gran pantalla por la guionista Fiona van Heemstra, en la que nos cuenta la peripecia de Babs, una niña de 9 años que va en skate y pasa las horas en su cabaña con su fiel amigo, y vive junto a sus padres muy diferentes. La madre es una obsesiva del veganismo, con su huerto y sus ejercicios, y el padre, reservado y poco carácter que pinta muy poco.
La película se agita y de qué manera, rompiendo toda esa aparente tranquilidad, volviendo todo del revés a partir de dos inesperadas visitas: la del abuelo, que viene de Estados Unidos y demasiado cowboy, que vuelve a casa con la espinita de su exilio forzado cuando, veinte y cinco años atrás, fue descalificado del gran concurso local de “El rey de la salchicha”, por una pelea con su enemigo acérrimo, el carnicero de la ciudad, y la del cerdito Knor, que se convierte en inseparable para Babs, que podrá quedarse con la condición de ser adiestrado. Estamos ante una película de exquisita belleza plástica y un elaboradísimo diseño de producción basado en la técnica de animación “Stop-motion”, que dota a los personajes de una naturalidad y cercanía maravillosas, en un equipo entre los que destacan la producción de Marleen Slot, el supervisor de efectos visuales Florentijn Bos, la cinematografía de Peter Mansfelt, la música de Rutger Reinders, y el exquisito montaje de la propia directora, en un depurado trabajo en una película brevísima de setenta y dos minutos de duración.
Estamos delante de una película con el mismo espíritu de aquella maravilla que era Babe, el cerdito valiente (1995), de Chris Noonan, en que el protagonista absoluto de la cinta era un pequeño cerdito que venía a trastocar las leyes naturales de la granja y de la vida, porque su mayor sueño era ser pastor de ovejas, un filme que era deudor de la gran novela Rebelión en la granja, de George Orwell. En la misma línea podríamos añadir otros títulos emblemáticos como James y el melocotón gigante, basada en una novela de Dahl, Chiken Run, evasión en la granja, Wallace y Gromit, la maldición de las verduras, La oveja Shaun, La vida de calabacín, entre otras. Película destinadas al público más pequeño, pero que no olvidan a los adultos que lo acompañan, porque mezclan a las mil maravillas las situaciones divertidas e ingeniosas que harán las delicias de los niños y niñas, y tienen esas partes que nos hablan directamente a los adultos, en las que se habla, como ocurre en el caso de Oink Oink, de ecologismo, de mentiras, de apariencias, de egoísmo y demás oscuridades de la condición humana, y todo contado desde la sencillez y la intimidad, y la humanidad de unos personajes que sienten y padecen como nosotros, rodeados de una apabullante técnica de animación, llena de una imaginación desbordante, una capacidad de fabulación infinita y sobre todo, un amor por la belleza y la plasticidad de la creación de los personajes y los mundos que habitan.
La cineasta Mascha Halberstad, a la que habrá que seguir la pista, ha construido una delicia para los sentidos, una cuento muy Dahl con muchísima imaginación que tiene de todo: crítica social, comedia desternillante y en algunos tramos, muy negra, drama intimista y familiar, y sobre todo, mucha aventura cotidiana, y ese toque de codicia y manipulación que albergan algunos personajes, en su afán de tener aquello o lo otro aunque tengan que pisar a unos y otros, una crónica social que vemos continuamente en la sociedad superficial y sin valores en la que vivimos diariamente. Su implacable y detallismo en cada secuencia, en cada encuadre, y en cada espacio de la pequeña ciudad y la casa en la que se sucede la película, la hace extraordinaria y una aventura en sí misma, porque está llena de detalles y belleza por toda la acción. Una trama extraordinariamente sencilla pero exquisitamente elaborada, en la que todo encaja a la perfección y todo rezuma vida y sencillez, y todo contado en sus escasos setenta y dos minutos, que aún la hace más estupenda, en una cinematografía actual que tiene al alargue innecesariamente, sometiendo al espectador a series cada vez más exentas, y con escaso contenido, donde se impone el cuánto más mejor, pues no, porque Oink Oink, demuestra todo lo contrario, porque es breve y con un contenido abrumador, que hace pensar, entretiene un montón, y además, usa la reflexión como mejor arma, en que niños y adultos lo pasarán muy bien y encima, se irán a casa reflexionando, unos elementos que no abundan en la mayoría de la producción que se realiza, destinada al más puro entretenimiento y a veces, ni eso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El que no está dispuesto a perderlo todo, no está preparado para ganar nada”.
Facundo Cabral
El tema de la “superación” se ha convertido en un género en sí mismo en el sistema hoolywodiense. Películas de corte cercano, de sentimientos y muy empáticas, donde sus protagonistas después de caer en la más absoluta desgracia, sea por los motivos que sean, emprenden un camino de obstáculos que irán salvando para finalmente conseguir ser una buena persona, o sea, una persona aceptada, con un trabajo bien remunerado, la casa con piscina, el perro, la señora, los hijos y los domingos de barbacoa. Películas que ensalzan unos valores conservadores, superficiales, materialistas, y sobre todo, muy patriotas. Fuera del circuito comercial, también hay películas que hablan de “superación”, pero en otros términos, mucho más humanos, más reales y sobre todo, mucho más complejas, mostrando un Estados Unidos de verdad, más decadente, violento y jodido. La película To Leslie, de Michael Morris (London, Reino Unido, 1974), va por esos encajes, porque nos pone en la piel de la Leslie del título, una mujer agraciada con un premio suculento en la lotería, como nos explican en sus magníficos títulos de crédito iniciales, pero la película arranca con Leslie, sin un puto dinero, porque ha despilfarrado en regalos y alcohol toda su fortuna, y después de perder su casa, se va como una homeless intentando colocarse en algún sitio. Ahí comenzará un periplo que la llevará con su hijo, y luego, al pueblo que la vio nacer y hace la tira que no pisa.
Morris que se ha pasado toda su carrera dirigiendo series de televisión, entre las que podríamos destacar algunas como Kingdom y Better Call Saul, entre muchas otras, hace su puesta de largo con un guion de Ryan Binaco, que también ejerce como coproductor, en una película “indie”, en todos los sentidos (sin abusar del término “indie”, del que se ha abusado hasta la saciedad, corrompiendo su verdadera esencia y espíritu), y sí, con To Leslie, decimos “independiente”, por varios motivos, desde su reparto, lleno de rostros desconocidos, que llenan de alma y vida cada momento de la historia, de su tema, que habla de esas gentes invisibles, gentes que viven en la periferia, gentes que la vida les va mal y viven con muy poco, y sobre todo, gentes muy perdida y que siempre pierde, esas gentes que llenaban las películas de los outsiders tan alejados de los parámetros hollydienses como Ray, Brooks, Mulligan, Fuller, Altman, Cassavetes y demás francotiradores del alma y de la realidad más inmediata. Un gran trabajo de cinematografía de Larkin Seiple, de la reciente “Todo a la vez en todas partes”, que construye una luz natural, tan cercana , una luz de verdad, de esa que escuece el alma, donde lo sombrío acecha en cada rincón, en esos no lugares en que el tiempo parece ni darse cuenta que existen, llenos de gentes sin alma, o gentes que la vida ha retirada después de muchos tumbos, tropelías y desaciertos.
La suave y delicada composición de Linda Perry, que actúa como una caricia entre tanta hostia en la existencia de Leslie, una tipa enganchada al alcohol, en un proceso de autodestrucción y una vida que solo sirve para fallar a los suyos y sobre todo, a ella misma. El estupendo montaje de Chris McCaleb, que consigue imponer ese ritmo cadente y reposado en una película con un metraje que se va a las dos horas, donde nada de lo que ocurre está contado con prisas y es vacío, en una película completamente apoyada en las miradas y en las relaciones sucias entre los personajes. La película con un tercio que nos habla del periplo de no búsqueda de Leslie, en el que va de aquí para allá, sin rumbo ni nada, y luego, un par de tercios, donde a su llegada al pueblo, todo adquiere más búsqueda, ahora con un sentido real. Viendo To Leslie nos viene a la memoria una película que parece su inspiración como La balada de Cable Hogue (1970), de Sam Peckinpah, situada en aquel no lugar, alejado de todos y todo, donde van a parar los desahuciados de la sociedad, a los que nadie quiere o los que no se quieren, porque ese no lugar donde va a parar Leslie tiene mucho de tierra de nadie, de esos sitios de paso, esos espacios donde van a caer todos aquellos y aquellas que algún quisieron y fueron queridos.
Un reparto de esos que sin decir nada transmiten todo, porque solo hay verdad, esa verdad a la que no le hace falta fingir ni tampoco hacer la pose, con un reparto de rostros no populares, pero brillante en cada plano y en cada mirada, como Owen Teague, Catfish Jean, Stephen Root, James Landry Hebert, Andre Royo, Matt Lauric y Allison Janney, mención especial tiene la pareja de la película, o quizás podríamos decir mejor, el dúo que tiene un peso importante en la película, como son Marc Maron, que tuvo su serie propia, y hemos visto en películas tan importantes como Joker y Worth, frente a él, una arrebatadora y fascinante Andrea Riseborough como Leslie, una antiheroína en toda regla, esa mujer que ha fallado a todos, pero más a sí misma, una outsider que podría ser cualquier mujer rodeada de mala suerte del cine de Fuller, alguna de esas mujeres sin suerte del cine de Nicholas Ray, y algunas otras de más allá, que pululaban en lugares donde imperaba la violencia y el desamor. Celebramos que una película como To Leslie se haya metido en la carrera de los premios de la Academia de Hollywood, aunque la nominación a la mejor actriz para la increíble Andrea Riseborough ha venido precedida de una enorme manifestación de la profesión reivindicando un trabajo tan impresionante. No obstante, que una película de estas características esté ahí, eso es muchísimo, quizás sea la cuota de cine “indie” de verdad, o quizás también sea que, el cine que se hace fuera de los encajes de Hollywood, también puede aportar, en su pequeño espacio, pero a la postre aportar, y con eso nos quedamos, con que el cine aporte, otras cuestiones más ambiciosas se las dejamos para él que quiera aportarlas, yo no lo haré, porque hacer una película bien construida, que cuente algo que emocione, y encima, te creas, ya es mucho más de lo que aportan la mayoría. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El hombre es el inventor de la crueldad. Sé que tengo que gobernar la bestia que llevo dentro; algo así hacemos con la razón; pero la crueldad es fruto de la razón. La misma razón que crea.“
José Saramago
Después de cinco películas y media, podemos decir sin ánimo de aventurarnos demasiado que, el cine de Rodrigo Sorogoyen (Madrid, 1981), tiene una mirada de aquí y ahora, un cine que se centra en nuestro alrededor más próximo, en relatos donde sus individuos están metidos en encrucijadas de difícil tesitura, personajes totalmente emparentados con la figura clásica del antihéroe trágico del western, esos tipos, nobles y transparentes, que deben lidiar con fuerzas del mal, ya sean caciques de pueblo de turno, o sheriffs corruptos y demás tipejos, porque cuando el western alcanzó su mayoría de edad, o sea que se dejó los alardes nacionalistas donde los indios eran el foco de enemistad y demás, se centró en la corrupción imperante y la violencia desatada con la que se edificaron muchas ciudades, en que el miedo y la muerte era el pan de cada día.
No podría entender el cine del madrileño sin el grandísimo trabajo de la guionista Isabel Peña (Zaragoza, 1983), en el universo de Sorogoyen, porque le viene acompañando en la elaboración de los guiones desde casi el principio. Tanto el madrileño como la maña han construido una solidísima filmografía que abarca cinco largometrajes y alguna que otra serie, en que a partir de un conflicto dramático, visten sus obras de thrillers agobiantes y laberínticos, donde las emociones complejas tienen una parte muy importante en su desarrollo. La magnífica apertura de As bestas, con ese hipnótico y revelador prólogo, del que ya tuvimos buena cuenta en A rapa das bestas (2017), de Jaione Camborda, y en Trote (2018), de Xacio Baño, en las que también escenificaban la lucha del hombre y el animal. Sorogoyen, después de ese arranque, nos sitúa en una de esas aldeas galegas, aunque podría ser cualquiera del ancho y largo territorio del país, esos lugares fantasmales que la falta de trabajo y la dejadez gubernamental ha vaciado, y se basa en un hecho real, para contarnos la existencia de un matrimonio francés alrededor de la cincuentena, los Antoine y Olga, que quieren hacer su proyecto de vida cultivando la tierra y restaurando las casas abandonadas para que otros como ellos vengan a disfrutar de la naturaleza.
Antoine y Olga se encontrarán o mejor dicho, se tropezarán con los “otros”, las pocas gentes de la aldea que todavía resisten a pesar de tantas hostias, y en especial, los hermanos Xan y Loren que están en conflicto con los franceses, porque una empresa eólica quiere instalar sus molinos y todos votaron que sí, menos el francés y algún otro. El cineasta madrileño nos mete en faena desde el primer instante, manteniendo las brasas de este irremediable estallido de llamas, porque como buen western que es, la tensión está presente en cada instante, en cada mirada y en cada gesto, son impagables todos los momentos del bar del pueblo, esos diálogos tan llenos de rabia y furia, y el estupendo uso del miedo instalado tanto en unos como en otros, con esas grabaciones caseras de Antoine, que ayudan a hacer correr el tiempo y a situarnos en el continuo conflicto malsano que tienen entre los franceses y los hermanos gallegos. Un elemento fundamental de la película es la excelente música de Oliver Arson, del que hemos escuchado hace poco su trabajo en Cerdita, y un habitual de Sorogoyen, con esos ritmos afilados y de lija que nos sacuden a cada momento, con esos tambores de esa guerra inminente entre unos y otros.
El gran trabajo de luz del cinematógrafo Alex de Pablo, otro cómplice del director, del que hemos visto no hace mucho su maestría en El sustituto, de Óscar Aibar, que acoge esa luz mortecina, de monte, de niebla, de humedad y de frío, que tan bien penetra en cada espacio, tanto interior como exterior, donde los contrastes evidencian la tensión y el miedo que se palpa, y finalmente, el exquisito trabajo de montaje de Alberto del Campo, que también estaba en Competencia oficial, que unifica una historia que tiene dos partes bien diferencias, y también, dos tonos muy diferentes, pero que son una unidad, donde el miedo y la tensión van cambiando, pero no desaparecen, donde todo fluye en un metraje que se va a los ciento treinta y siete minutos. Resulta alentador y magnífico que la última temporada de cine español haya vuelto su mirada a lo rural, con relatos muy diferentes entre sí, que aglutina todas las complejidades existentes y las diferentes luchas de sus habitantes por mantener una forma de vida y de relación con la naturaleza como son Alcarràs, de Carla Simón, Cerdita, de Carlota Pereda, y la de Sorogoyen, deseamos que esto no sea flor de un día, y los cineastas sigan acercándose a lo rural que siempre había sido espacio intrínseco del cine de nuestro país.
Una película como As bestas que tanta importancia le da a todo lo invisible, en un gran equilibrio entre lo físico, ya sea el entorno y el movimiento de los personajes, como lo emocional, tenía que reclutar a un buen grupo de intérpretes capaces para mostrar todo ese interior salvaje y malsano que ocultan y el que no, y lo ha conseguido con dos star del cine francés como Denis Ménochet, que le hemos visto en mil y una, y hace poco en Peter von Kant, de Ozon, haciendo de Fasbinder, casi nada, con ese físico tan imponente y esa mirada alijada, hace un Antoine con ternura y también, una animal herido que luchará por “su casa”, junto a él, su esposa en la película, una Marina Foïs, que nos enamoró en Una íntima convicción, en el rol de la esposa enamorada, que vive el sueño de su marido, una mujer en la sombra que más tarde, también tendrá su protagonismo y demostrará una entereza, valentía y arrojo envidiables. Y luego están los otros, los hermanos machados y desgraciados, como espeta en algún momento de la película, unos enormes Luis Zahera, su tercera película con Sorogoyen, aquí dando vida al malcarado y dolido Xan, bruto y salvaje, y el otro hermano, Diego Anido, que nos encantó en la citada Trote, el hermano más tranquilo o quizás, podríamos decir, el menos violento, aunque tiene lo suyo. Dos hermanos que no estarían muy lejos de aquellos de Puerto Hurraco que se liaron a tiros con todos un maldito domingo de finales de agosto de 1990.
También tenemos a los de fuera, aquellos que orbitan alrededor y funcionan como testigos, como hacía el joven Enrique en la inolvidable La caza, entre los que están Marie Colomb, la hija del matrimonio francés, que mira y observa e interviene y no entiende a sus padres ni nada de lo que hacen, y el actor no profesional José Manuel Fernández Blanco como Pepiño, el “amigo” de los franceses. As bestas es una película que recoge lo ancestral con esa lucha entre lo propio y lo extraño, entre lo de aquí contra lo extranjero, entre la animalidad y lo racional, un choque entre formas de mirar, entender y relacionarse con la naturaleza y los animales, entre lo mío, lo de toda la vida, y lo otro, lo que viene de fuera, el que me quiere arrebatar, un conflicto eterno de difícil solución, y lo muestra a través de una complejidad apabullante y con el tempo de los grandes, con una película que nos habla de muchas cosas, de la sociedad rural, de una de ellas, porque tampoco pretende ser ejemplo de nada, de capitalismo salvaje, de agricultura, de formas de vida ya desaparecidas y otras, a punto de desaparecer, como la que encarna el señoritingo que hereda y nunca va al pueblo, o lo ve como una oportunidad de negocio sin más, de drama cotidiana y extraordinario, y de thriller del bueno, del que se te mete en las entrañas y no te suelta, y todo contado con la precisión del que sabe hacia dónde va. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Diego Lerman, director de la película «El suplente», en els Jardins Miquel Martí i Pol en Barcelona, el martes 10 de enero de 2023.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Diego Lerman, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Todo poder humano tiene un componente de paciencia y tiempo.”
De Eugénie Grandet (1883), de Honoré de Balzac
Resulta revelador que la primera adaptación al cine de una novela de Honoré de Balzac La marâtre (1906), la dirigió Alice Guy (1873-1968), el/la primera cineasta de la historia. Más tarde vinieron otras dirigidas por Truffaut y Rivette, que adaptó un par La bella mentirosa y La duquesa de Langeais. De Eugénie Grandet ya se había llevado a la gran pantalla en otras ocasiones. Ahora llega de la mano de Marc Dugain (Dakar, Senegal, 1957), excelente novelista con una trayectoria de casi la veintena de títulos, de la que El pabellón de los oficiales se llevó al cine dirigida por François Dupeyron en el 2011. Como director lo conocemos por Une exécution ordinarire (2010), que adaptó su propia novela en un drama ambientado semanas antes de la muerte de Stalin. Le siguió L’echange des princesses (llamada aquí Cambio de reinas), adaptación de la novela homónima de Chantal Thomas, y ambientada en el siglo XVIII, bajo la mirada de una adolescente y una niña princesas francesas que las casarán con los herederos españoles para mantener la paz.
Con Eugénie Grandet, Dugain se mete de lleno en la mirada de otra mujer, la Eugénie del título, una joven soltera e hija de Felix Grandet, un tonelero y hombre de poder en Samur, tremendamente codicioso y avaro que oculta su fortuna a todos y todas, ambientada en la época de la Restauración de los Borbones en Francia, tras la caída de Napoleón en 1814 y previo a la Revolución de Julio de 1830, en la que Balzac nos habla sin cortapisas y de frente sobre la situación de sometimiento de la mujer por parte del hombre. La llegada de Charles Grandet, sobrino del amo, recientemente huérfano y sin bienes, cambiará todo para la joven Eugénie, que dejará esa vida de beata y trabajo de hogar, y se enamorará del joven. Entre sus virtudes, la cinematografía gala puede presumir de producir excelentes dramas históricos, tanto por calidad artística y técnica, como demuestran títulos como Cyrano de Bergerac, El nombre de la rosa, La reina Margot, Ridicule, entre otros. Eugénie Grandet es otra de las películas que se suma a esa excelencia del drama histórico.
Un drama histórico que sigue la gran tradición de la cinematografía francesa porque el cineasta francés se rodea del cinematógrafo Gilles Porte, del que vimos por aquí como director El estado contra Mandela y los otros (2018), que codirigió con Nicolas Champeaux, y ya trabajo en Cambio de reinas, en un trabajo riguroso y con una luz magnética, en la que predominan los claroscuros, y esos interiores velados que recuerdan a los citados títulos, así como los grandes trabajos de diseño de producción de Sevérine Baehrel y de vestuario de Fabio Perrone, también en Cambio de reinas, y en la poderosa Germinal (1993), de Claude Berri. La excelente partitura de Jeremy Hababou, que sabe dotar de belleza, drama y sensibilidad del que está construido el relato. El magnífico montaje de Catherine Schwartz, habitual en el cine de Gaël Morel, que hace un trabajo inmejorable de concisión y detalle para contar una historia que combina el estatismo en el que vive la protagonista con el movimiento perpetuo de los hombres, en una historia que abarca los ciento tres minutos de metraje.
Un enorme reparto que fusiona a los veteranos como el estupendo Olivier Gourmet, un actor capaz de hacer lo que quiera, con sencillez y aplomo, que da vida al monstruo de Grandet, ese padre de ambición desmedida, estúpido y altivo. A su lado, Valérie Bonneton, un actriz que ha trabajado con Olivier Assayas y Mia Hansen-Love, entre muchos otros, que interpreta a la sumisa y anulada mujer de Grandet y madre de Eugénie, y los más jóvenes, entre los que encontramos a César Domboy, que tiene en su haber a directores como Mélanie Laurent y Robert Zemeckis, dando vida a Charles Grandet, un joven atractivo parisino que llega a Samur con una mano delante y otra detrás, será una luz para Eugénie, que interpreta Joséphine Japy, a la que hemos visto como protagonista en Amor a segunda vista y en los repartos de El monje y Las apariencias, se convierte en una maravillosa protagonista, en un personaje que mira más que habla, que mezcla su indudable belleza con una serenidad y paciencia indomables, en una mujer fuerte, valiente y llena de sabiduría que esperará su momento y tendrá muy claro su camino y qué hacer.
Dugain ha construido una hermosísima, reveladora y magnífica película, que no solo es un brillante y eficaz drama, sin fisuras ni sentimentalismos baratos, sino que profundiza con honestidad e intimidad en todas aquellas mujeres de mediados del XIX en aquella Francia machista y soberbia, sino que habla de todas las mujeres, de todos sus sometimientos, sus deseos y amores, y como no, habla del amor desde una perspectiva muy diferente, alejándose de tantos y tantos retratos de amor romántico sin medida. Aquí no hay nada de eso, porque nos habla de un amor de verdad, de aquellos que se pueden tocar y sentir, nada que ver con esos amores que nos venden en el cine y la novela barata, que nada tienen que ver con la realidad dura en la que nos movemos. Eugénie Grandet no es solo una novela sobre aquella Francia del XIX, sino que es un certero y sencillo retrato sobre la condición humana, aquella masculina que somete a las mujeres, y la femenina, aquella que se calla, como la madre, y aquella otra que no, que sigue firme, que camina, que sabe hacia adónde va, que tiene muy claro que la vida está mucho más allá que casarse y tener hijos, que también se puede experimentar la felicidad de formas muy diferentes, y sobre todo, en libertad y en soledad, porque todo eso nada tiene que ver con lo que uno siente en el interior, y la compañía más importante siempre es la de uno o una, porque Balzac era femeninista y miraba a la mujer de verdad, creía en ella, en todo su ser, una mujer que no está muy lejos de la Madame Bovary, de Flaubert, otra novela del XIX, que también cuestiona y rompe los valores tradicionales impuestos por los hombres, y retrata a mujeres libres, valientes y con coraje. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA