Eo, de Jerzy Skolimowski

EL BURRO Y EL MUNDO.

“Él comprende bien que lo quiero, y no me guarda rencor. Esta tan igual a mí, tan diferente a los demás que he llegado a creer que sueña mis propios sueños”

Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez (1917)

El cineasta Jerzy Skolimowski (Lodz, Polonia, 1938), pertenece a esa maravillosa terna surgida de la magnífica Escuela de Cine y Teatro de Lodz:  Andrew Vajda, Jerzy Kawalerowicz, Wojciech Jerzy Has, Krzystof Kieslowski, Andrzej Munk, Roman Polanski, Krzystof Zanussi y Andrzej Zulaski, entre otros que, a lo largo del siglo XX, crecieron haciendo cine en el bloque soviético con películas de fuerte carga crítica y poética, llenas de humor, que les abrieron las puertas al mercado y los certámenes internacionales. En el caso de Skolimowski, recordamos sus películas como Walkover (1965), La barrera (1966), y La partida (1967), filmado en Polonia, y las otras, rodadas en Gran Bretaña como Zona profunda (1970), El grito (1978), Trabajo clandestino (1982), The lightship (1986), entre otras. Su largo período dedicado a la pintura figurativa y expresionista. Su vuelta a Polonia con películas como Cuatro noches con Anna (2008), Essential Killing (2010), y 11 minutos (2015).

Después de siete años sin rodar, el cineasta polaco vuelve con Eo una hermosísima, poética y sensorial fábula contemporánea protagonizada por un pequeño burro grisáceo de raza sarda que es, ante todo, un sentido y honesto homenaje a Au Hasard Balthazar (1966), de Robert Bresson, quizás la película que mejor ha retratado el mundo de los animales, erigiendo al burro en un ser que, en su peculiar aventura recibe maldad y bondad, en un mundo cínico e implacable. Skolimowki vuelve a contar con la guionista Ewa Piaskowska, que le ha producido sus últimas cuatro películas, y con la que ha coescrito sus tres últimas, en un relato que nos devuelve el cine en su máxima esencia, ya que casi no hay diálogos, en un grandioso espectáculo visual y sensorial, donde nos sumergimos en una aventura que nos lleva por el rural polaco e italiano siguiendo los pasos de Eo, el pequeño burro protagonista, que, al igual que le sucedía al soldado afgano que interpretaba Vincent Gallo en Essential Killing, debe luchar contra los obstáculos y sobrevivir a un mundo demasiado hostil.

Eo será el alma de este cuento viviendo a través de un periplo difícil que lo llevarán a estar siempre de aquí para allá, como Eo que después de ser desahuciado del circo donde lo tienen trabajando, lo recluirán en una granja en la que no se adapta, para más tarde huir campo a través, y acabar siendo mascota a su pesar de unos salvajes seguidores de un equipo de fútbol, del que será apaleado por los hinchas del rival, y luego, curado para ser mal vendido como carne junto a unas vacas, y después, siendo rescatado por un joven italiano que tiene una relación extraña con una condesa, y mucho más. Desventuras en las que Skolimwski nos muestra una mundo-sociedad llena de peligros, pero también, de bondad y soledad, de pequeñas alegrías y tristezas, de unos humanos salvajes y egoístas que usan y tiran al pequeño animal según su conveniencia, mostrando así la relación de los sapiens con los animales y nuestro entorno natural, en que la película lanza una profunda y directa crítica hacia el trato y respeto que tenemos con los animales y la naturaleza.

La película reivindica los valores humanos a través del animal, deteniéndose en la inocencia, aspecto en desuso completamente en una sociedad en el que todo parece una lucha encarnizada de poderes en el que todo vale, donde estamos todos contra todos, y un sálvese quien pueda, y poco más, en una sociedad totalmente individualiza, solitaria y apática, donde rige la ley del talión y la desesperanza. Una película de contenido abrumador y ejemplar, tiene una parte técnica a su altura, con la exquisita y excelente cinematografía de Mychal Dymek, que tiene en su haber grandes trabajos como el que hizo en  la reciente Sweat, de Magnus von Horn, y su trabajo en el equipo de Cold War (2018), de Pawel Pawlikowski, el conciso, detallado y brutal montaje de Agnieszka Glinska, que ya estuvo en 11 minutos, en sus extraordinarios ochenta y ocho minutos de metraje, la impresionante música de Pawel Mykietyn, un habitual en la filmografía de Krzystof Warlikowski, y de otros como Wajda, Bartas y Małgorzata Szumowska, en una composición que se fusiona con armonía y belleza con la banda sonora que nos va transportando al mundo interior del asno protagonista.

Uno de los productores es el mítico Jeremy Thomas, el mítico productor de casi medio siglo de carrera, con más de setenta títulos producidos a nombres tan ilustres como Bertolucci, Cronenberg, Kitano, Miike, Wenders, Jarmusch y Guilliam, entre otros, que le produjo Skolimowski El Grito, y le ha coproducido las tres últimas, en una de esas colaboraciones que se extienden a lo largo de sus carreras extensísimas, donde la autoría deviene uno solo, en una idea de hacer cine desde la emoción y desde la necesidad de hacer lo que uno quiere, alejándose de modas y tendencias del momento, haciendo cine desde el alma, con el alma y sobre el alma. Aunque el equipo es el absoluto protagonista de la película, el animal va encontrándose personajes de toda índole y condición social encarnados por Sandra Drzymalska, una de las actrices jóvenes polacas más talentosas de su generación, el italiano Lorenzo Zurzolo, Mateusz Kosciukewicz, uno de los actores polacos más destacados del momento, y la maravillosa presencia de una grande como Isabelle Huppert. Celebramos el regreso al cine de Skolimowski que no solo mira a Bresson, sino a ese cine del que ya queda poco, donde lo primordial era contar una historia desde el corazón, construyendo emociones y sumergiendo al público a todo aquello que no se ve del cine pero está, donde se le mostraba una historia, se construía una mirada y había espacio para la reflexión a través de una mirada crítica sobre la sociedad y al fin y al cabo, sobre nosotros y todos los seres de nuestro entorno, ya sean animales como vegetales. No se la pierdan, porque es maravillosa y encima, sensible y humanista, porque todos deberíamos ser como ese asno, con la misma humanidad que tenían Platero, Balhazar y Eo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Suro, de Mikel Gurrea

HELENA E IVÁN Y EL BOSQUE.

“Las fronteras no son el este o el oeste, el norte o el sur, sino allí donde el hombre y la mujer se enfrenten a un hecho”.

Henry David Thoreau

Erase una vez a Helena y David, un par de arquitectos y enamorados, que deciden dejar la locura de la ciudad y comenzar un proyecto de vida en la casa de la tía del pueblo de ella que está en desuso. En los primeros instantes, la armonía entre ellos y el nuevo lugar parecen ir de la mano. Pero, en cuanto empieza la temporada del corcho, donde una colla pela el corcho de los alcornoques durante el verano, empiezan a surgir entre ellos conflictos y tensiones que virarán su entorno, su amor y sus vidas. De Mikel Gurrea (San Sebastián, 1985), conocíamos su trabajo en varios cortometrajes y su labor como docente en el proyecto de Cinema en Curs. Con Suro, construye una sólida opera prima, llena de espacios ocultos y muchos subterfugios, donde prima el estudio psicológico de los dos personajes principales, y los cambiantes y certeros puntos de vista durante el relato, amén de una elaboradísima disertación con la frontera en toda su amplísima definición, ya sea física y emocional, donde el conflicto no solo acentúa los problemas internos de la pareja, sino que los sitúa en ese lugar de no lugar donde nunca sabemos qué hacer, o simplemente donde mirar.

La historia nos sitúa en ese entorno natural y agradable que parece al inicio de la película, en la comarca de l’Alt Empordà, porque siempre lo conoceremos desde la posición de la pareja recién llegada, donde todo significa un descubrimiento, y sobre todo, un sueño y una nueva vida para ellos, ajenos a todo lo que les espera, para luego más tarde, en una trama in crescendo, se van adentrando en su realidad y su complejidad, en  terrenos y situaciones más complejas, en el que el verano abrasador, la difícil tramuntana que sopla, y la amenaza constante del fuego, convierten el lugar y los personajes que lo habitan, en un campo de minas, en un espacio donde todo se tensiona y se generan conflictos a doquier. No estamos ante una película que sea un reflejo de la extracción del corcho, porque esa actividad funciona como espejo para introducir las grietas de esta pareja urbanita, que no son conscientes en las dificultades que se estaban metiendo en ese entorno rural que,  a simple vista, parecía otra cosa.

El primer largometraje de Gurrea brilla en su parte relato con un implacable guion que escriben el el propio director y el argentino Francisco Kosterlitz, que ya demostró su valía en la película El silencio del cazador (2019), de Martín Desalvo, con la que guarda algún parentesco en el tratamiento psicológico de los personajes y el entorno rural, y tampoco se queda atrás en su cálida y ennegrecida luz a medida que avanza la trama y los problemas, firmada por Julián Elizalde, del que hemos visto grandes trabajos con Meritxell Colell, Elena Trapé y la más reciente La maternal, de Pilar Palomero, la excelente música de Clara Aguilar, que dota de ese elemento crucial para una historia en el que casi todo pasa en el interior de los personajes. El estupendo trabajo de sonido de Leo Dolgan en el directo y Xanti Salvador en la mezcla, para crear toda esa atmósfera densa y dura que se va generando en esa casa, en ese lugar y en esa pareja. El magnífico trabajo de montaje de Ariadna Ribas, que pocas presentaciones hacen falta, en otro ejercicio de concisión, de miradas y gestos cortantes y en dura batalla consigo mismas y con el entorno, en un metraje que se va casi a las dos horas.

Otra de las grandes ideas de la película es su mezcla entre actores profesionales y actores naturales, donde encontramos a la pareja Helena e Iván, intérpretes con experiencia como Vicky Luengo, en la piel de Helena, una mujer que no se arruga ante nada, con más vida que Iván, alguien que deberá enfrentarse a todo aquello que soñaba con su vida en el pueblo, y que en la realidad ha sufrido sus más que variaciones que la han sacudido su interior, y Pol López, que interpreta a Iván, un tipo que le ocurre lo mismo que a Helena, porque no es consciente de las consecuencias de sus acciones y sobre todo, en el lugar en el que está, tan complejo y ajeno a él y a su forma de ver las cosas. Tenemos a Karim, ese chaval marroquí sin papeles que trabaja como pelador, que hace el joven debutante Ilyass El Ouahdani, que se convierte en la piedra de distensión entre la joven pareja por una serie de acciones que se van planteando. Y luego, la colla de peladores, con sus hachas rompiendo la tranquilidad y la paz de un bosque que luego veremos que no es tal. Suro se enmarca en ese cine de lo rural, de la frontera entre aquellos que lo habitan y aquellos otros que vienen de la ciudad, con sus ideas, sus formas de hacer y sobre todo, de mirar, una idea que veíamos en cintas tan extraordinarias como Defensa (1972), de John Boorman, y en Furtivos (1975), de José Luis Borau, donde el bosque y lo rural dictaba sus reglas, sus hipocresías, sus códigos sociales y sobre todo, el espacio que a cada uno le tocaba.

Nos alegramos enormemente por este extraordinario debut de Mikel Gurrea, no solo por todo lo que plantea, sino también por sumergirnos en un cuento moral y psicológico, como los que hacían Carlos Saura y Víctor Erice en los setenta, donde agarraban con fuerza e intensidad a los espectadores y los sacudían con sus entramados estudios de la condición humana, tan frágil, tan vulnerable y tan estúpida, y a veces, tan cruel, que se divide entre los que sí y los que no, y al que se rebela, lo ajusticia sin contemplaciones, en una ley entre aquello que la mayoría considera justo, y solo unos pocos consideran injusto, donde los personajes se mueven entre arenas movedizas, ya no solo en esos entornos tan asfixiantes y hostiles, sino en sus interiores, tan cambiantes, tan contradictorios y tan complejos, en ese de deambular por las emociones, por todo nuestro código moral que, en muchas ocasiones, se desbarata y nos cuestiona todo, porque en el fondo todos y cada uno de nosotros, se mueve en líneas muy finas entre el lo que llamamos bien y mal, y casi siempre sabemos muy poco y lo aplicamos peor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Girasoles silvestres, de Jaime Rosales

EL ROSTRO DE JULIA.

“No filmar para ilustrar una tesis o para mostrar a hombres y mujeres limitados a su aspecto externo, sino para descubrir la materia de la que están hechos. Alcanzar “ese corazón” que no se deja atrapar ni por la poesía, ni por la filosofía, ni por la dramaturgia”.

Robert Bresson

Vistas las siete películas que forman la filmografía de Jaime Rosales (Barcelona, 1970), podríamos decir que existen dos etapas bien diferenciadas. En la primera, la que va de Las horas del día (2003), La soledad (2007), Tiro en la cabeza (2008) y finaliza con Sueño y silencio (2012). Cuatro trabajos donde prima el rigor estético, tanto formal como narrativo, donde su cine explora la condición humana atravesada por la irrupción violenta de un hecho que trastoca las vidas de sus personajes. Un cine que le dio una enorme reputación internacional en los festivales más prestigiosos. Con Hermosa juventud (2014), abre una nueva senda en su cine, donde las formas se suavizan, sin perder un ápice de interés, pero abriéndose más al público. Le siguen Petra (2018), y la que nos ocupa Girasoles silvestres. Un cine anclado en la mirada de tres mujeres, tres mujeres que buscan su lugar en el mundo, que sienten diferente y que no se detendrán ante nada ni nadie. Una mirada que sigue profundizando en esos brotes violentes que sacuden la aparente tranquilidad de sus individuos. Una mirada crítica de las alegrías y tristezas cotidianas en el nexo familiar, y sobre todo, un análisis certero sobre uno de los males ancestrales del ser humano y no es otro que la terrible incomunicación que padecemos, nuestra incapacidad para expresar aquello que sentimos y compartirlo con los demás.

Con su nueva película, coescrita junto a Bárbara Diez (que debuta en labores de guionista después de una carrera como jefa de producción desde Tiro en la cabeza y ejecutiva desde Hermosa juventud), Rosales hace un fiel y certero retrato de Julia, una joven de veintidós años y madre sola de dos niños pequeños. Una de esas mujeres que vive en la periferia barcelonesa, con una capacidad enorme pa’ tirar palante, y también, una luchadora incansable en su búsqueda del amor. El retrato de Julia lo hace a través de tres hombres que pasan por su vida. Óscar, es el típico nini de barrio, sin oficio ni beneficio, obsesionado con los tatoos, con su físico que se machaca haciendo deporte, y muy apasionado, posesivo y ido de la olla. También, están Marcos, el joven militar, padre de sus dos hijos, ese amor juvenil alocado y del momento, que no es capaz de asumir sus responsabilidades paternas ni tampoco emocionales, y finalmente, Alex, el tipo más centrado, más trabajador, y más racional, pero con sus defectos e inseguridades, como todos.

El director barcelonés recupera los ambientes periféricos, precarios y difíciles que ya transitó en Hermosa juventud. La Natalia que interpretaba maravillosamente Ingrid García Jonsson, no está muy lejos de Julia, pasando por el mismo momento emocional de pasión y vitalidad, a pesar de los problemas de ganarse la vida, encontrar a un hombre de verdad y tirar palante con una familia. Julia es una hermana gemela de Natalia, un ser que, a pesar de su temprana maternidad, no se rinde, sigue tirando hacia adelante, con ánimo, a pesar de los obstáculos que se va encontrando, su dependencia al amor, una especie de yonqui del amor, o mejor dicho, de la pareja, con esas emociones “montaña rusa”, que van y vienen, donde todo nace y muere cada día, en un torbellino de emociones incontroladas para bien y para mal, porque la película nunca hace un retrato maniqueo y sentimentalista de Julia y su entorno, sino todo lo contrario, imprimiendo una realidad construida que emana una naturalidad y cercanía de verdad, en la que ayuda el 35 mm de una experta como Hélène Louvart, que vuelve a trabajar con Rosales, después de las experiencia de Petra, donde se traspasa la piel y el cuerpo de los personajes para buscar esa emoción, sobre todo, la del personaje de Julia, epicentro de la trama y todo lo que vemos y lo que no.

El exquisito e inteligente montaje de Lucía Casal, en su tercer trabajo con el director después de Hermosa juventud y Petra, que condensa con sabiduría y estupendo ritmo los ciento seis minutos que abarca el metraje, donde no cesan de suceder cosas, con esos grandes espacios elípticos, marcas de la casa del universo Rosales. El gran trabajo de sonido de una grande como Eva Valiño, en la cuarta película junto al director catalán, en que el sonido se convierte en un personaje más, porque lo escuchamos todo, como ocurría en el cine de los cincuenta, sesenta y setenta europeo donde la verdad también se construía con lo que escuchábamos y con lo que no. Destaca, como ocurre en el cine de Rosales, la elección de los temas musicales, temas que escuchan los personajes al igual que nosotros, exceptuando tres canciones de Triana, que obviaremos sus títulos por el bien de la experiencia del espectador, que estructuran con inteligencia los tres segmentos en los que se sustenta el relato.

Otro de los elementos destacables en el universo cinematográfico de Rosales es su elección del reparto. Un elenco que está siempre muy bien elegido, como esos breves papeles de Manolo Solo y Carolina Yuste, como padre y hermana de Julia, que no hace falta decir palabra para saber la relación que tienen con la protagonista, con esos intervalos tan significativos que tienen entre ellos, como olvidar esa despedida en la estación, se puede decir más con tan poco, con esos maravillosos cruces de miradas y nada más, que no es poco, y ese entorno de caravanas donde se dice tanto sin subrayar nada. Tenemos a los tres tipos que se cruzarán en la vida de Julia, con un Lluís Marqués que hace de Alex, que recordamos de Isla bonita y Chavalas, aquí dando ese contrapunto de serenidad y madurez, con sus cositas que todos las tenemos,  a Quim Àvila, que nos divirtió siendo el tontaina de Poliamor para principiantes, aquí siendo Marcos, un tipo que parece centrado como militar, pero en el fondo está lleno de inmadureces que le siguen desde su adolescencia, y finalmente, Oriol Pla, que repite con Rosales como Óscar, después de su inolvidable Pau en Petra, en un rol completamente diferente a lo que le habíamos visto, un especie de macarrilla de barrio, lleno de pájaros y tremendamente pasional y descerebrado.

Mención aparte tiene el extraordinario trabajo del personaje de Julia, alma mater de Girasoles silvestres, con la mirada y la vitalidad de una apabullante Anna Castillo, una actriz dotada de una naturalidad, ingenuidad y pasión que le imprime a un personaje que vive con todas las de la ley, que ha tenido que madurar demasiado rápido debido a su pronta maternidad, pero que la asume con brío y fuerza, sin achicarse lo más mínimo. Una mujer de raza, algo alocada, pero también, llena de coraje y energía ante los avatares de la vida, alegre y triste, ingenua y madura en el amor, y sobre todo, una tía de verdad, que quiere estar bien y estar junto a un hombre con el que crear una relación con sus altibajos pero de verdad, compartiendo amor y problemas como debe ser. Nos encanta este viraje hacia formas menos rígidas que hace con cada película Jaime Rosales, porque no ha perdido aquello que le caracterizaba y le ha hecho grande que, no es otra cosa, que su mirada de observador inquieto y curioso hacia esas vidas anónimas e invisibles que se cruzan cada día con nosotros, unas existencias que su cámara recoge con sensibilidad y humanidad, explorando todos sus conflictos, complejidades y alientos, en el mismo rumbo que estarían el Free Cinema y los Dardenne, donde su Rosetta (1999), no estaría muy lejos de Julia. Un magnífico cine social y humano, que describa realidades incómodas y emociones íntimas, que tanta falta hace en la cinematografía, que no solo describa el ánimo y la situación de muchos y muchas personas, sino que deje un legado de cómo se vivía, se trabajaba cuando lo hay, y sobre todo, como nos relacionamos con los demás y con nuestro entorno, y sobre todo, con nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Argentina, 1985, de Santiago Mitre

DIGNIDAD Y JUSTICIA.

“El miedo seca la boca, moja las manos y mutila. El miedo de saber nos condena a la ignorancia; el miedo de hacer, nos reduce a la impotencia. La dictadura militar, miedo de escuchar, miedo de decir, nos convirtió en sordomudos. Ahora la democracia, que tiene miedo de recordar, nos enferma de amnesia: pero no se necesita ser Sigmund Freud para saber que no hay alfombra que no pueda ocultar la basura de la memoria”.

Eduardo Galeano

Las cuatro películas que he visto de Santiago Mitre (Buenos Aires, Argentina, 1980), giran en torno a la política, al hecho político. Sus personajes están enmarcados en ambientes donde la política decide sus actos y pensamientos, aunque el director argentino no solo se queda en ese marco, sino que va más allá, y usa la política como un pretexto para hablar de algo mucho más profundo, que no es otra cosa de la condición humana, toda su complejidad, contradicción y oscuridad, porque sus individuos, tengan el cargo que tengan a nivel político, están obligados a manejar sus aspectos personales, íntimos y menos públicos.

Mitre profundiza en las almas de sus personajes a partir de las situaciones morales que la política los lleva sin remedio, explorando todos sus actos y como no podría ser de otra manera, la gestión de esas consecuencias, que como suele ocurrir, nunca llegan a ser las más acertadas y las más comprensibles ante los ojos de los otros. Aunque, una cosa si tienen las almas de Mitre, nunca son personas que se dejen avasallar por las circunstancias y siguen remando a contracorriente, siguen creyendo en sus ideas y sobre todo, en su justicia. Con Argentina, 1985, el director Santiago Mitre se enfrenta por primera vez a un caso real, y a un persona como el fiscal Julio Strassera (1933-2015), convertido en el personaje de la película, porque a partir de él se construye todo el entramado. A partir de un guion del propio director y Mariano Llinás, toda una institución del cine más personal y profundo de Argentina, a través de El Pampero Cine, en su cuarto guion junto a Mitre, después de Paulina (2015), La cordillera (2017), y Pequeña flor (2022). La trama cuenta el caso real de Strassera, junto a su asistente Luis Moreno Ocampo y el equipo de jóvenes abogados, que se encargaron de la acusación en la causa contra los nueve mandos del ejército argentino, integrantes de la dictadura cívico-militar que entre el 1976 y 1983, que bajo las órdenes de Videla  sembró de detenciones, torturas, asesinatos y desaparecidos el país.

La película se desarrolla en dos tiempos. En la primera mitad, asistimos a la preparación del juicio, siguiendo las investigaciones y la recavación de información para preparar la acusación. En la segunda mitad, asistimos al juicio, en el que nos muestran las grabaciones reales, tanto de video como de audio que se registraron del juicio, que casa con la imagen de la película, más cuadrada que la estándar, un preciosista e intenso trabajo de Javier Julia, que ya había trabajado con Mitre en La cordillera y Pequeña flor, y qué decir del rítmico y magnífico trabajo de montaje de Andrés P. Estrada, que ha trabajado con gentes tan importantes como Pablo Trapero, Juan Schnitman, y estuvo en el equipo de La cordillera, en una película de ciento cuarenta minutos con un grandioso ritmo, en el que no cesan de suceder cosas, tanto físicas como emocionales. La excelente música de Pedro Osuna ayuda a sumergirnos en el contexto social, económico y cultural de aquella Argentina que quería hacer memoria en una democracia todavía con el olor a muerte y destrucción de la dictadura.

Un grandísimo reparto entre los que destaca un extraordinario Ricardo Darín, que se nos acaban los calificativos de este enorme actor, el bonaerense hace toda una amalgama de registros y detalles que son toda una lección de cómo interpretar y sobre todo, como capturar la esencia de un tipo que, muy a su pesar, tuvo que lidiar con el juicio más importante de la historia de Argentina, en uno de esos personajes con alma, sencillos y tremendamente cotidianos, como los que construía Frank Capra en sus maravillosas películas, gentes de aquí y ahora, de carne y hueso, que están muertos de miedo ante lo que les espera, enfrentarse al poder más oscuro y terrorífico, pero aún así, sacar valentía y ser dignos y hacer lo imposible por reparar las injusticias cometidas, y sobre todo, no rendirse jamás, a pesar del miedo, de las dudas y las amenazas a las que son sometidos por ese poder invisible y asesino. Bien acompañado por su peculiar Sancho Panza, el actor Peter Lanzani, al que habíamos visto en El clan, de Trapero, y El ángel, de Luis Ortega, se mete en la piel del asistente Luis Moreno Ocampo, un tipo sin experiencia que, a pesar de la oposición materna y familiar, con militares como parientes, se enfrenta a ellos y trabaja en lo que considera justo, necesario y digno.

En personajes más de reparto, nos encontramos con un actor que nos encanta, el veterano Norman Briski, que tuvo su idilio con el cine español, en películas de Saura y Gutiérrez Aragón, cuando estalló la dictadura y se exilio por estas tierras. En un personaje entrañable, de frágil salud, mentor de Strassera, con conversaciones de esas que encogen el alma y sirven para que el personaje que hace Darín tenga una voz de la experiencia, una especie de padre y amigo a la vez. Y, también encontramos la presencia de Laura Paredes, una actriz fetiche de “Los Pampero”, en un rol de superviviente de la dictadura. Mitre ha construido una película fabulosa, que tiene de todo, alma y cuerpo, que habla de política, de memoria, de dignidad y de justicia, de unos pocos hombres y mujeres que se enfrentaron a los asesinos militares de su país, y lo hicieron con las armas que tenían, libertad, democracia, reparación y verdad, palabras que deberían ser una realidad, y que suelen costar tanto que se materialicen en las sociedades actuales en las que vivimos. La película no necesita florituras ni aspavientos narrativos ni demás, para convencer al espectador y llevarlo de su mano, porque todo lo cuenta tiene una parte conmovedora y sensible, sin ser sensiblera ni condescendiente, y sumerge al espectador en este viaje de la dignidad y la justicia para los que ya no están y para los que se han quedado, para construir una sociedad un poco mejor cada día, aunque, como vemos en la película, haya que seguir luchando y luchando, y sobre todo, desenterrando muertos y darles la voz que otros le negaron. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Justin Lerner

Entrevista a Justin Lerner, director de la película «Cadejo blanco», en el Hotel Casa Fuster, el miércoles 14 de septiembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Justin Lerner, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cadejo blanco, de Justin Lerner

SARITA Y EL INFIERNO.

“hay una manera de salir del bosque oscuro, pero la mala noticia es que el camino atraviesa el infierno. Y”

Mihaly Csikszentmihalyi

Según la Real Academia de la Lengua Española, el término “cadejo”, recoge la siguiente definición: En la mitología popular de países como Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua, se trata de un animal fantástica al que se le atribuye aparecerse a algunas personas para asustarlas o llevárselas. A partir de esta premisa, el cineasta Justin Lerner (State College, Pensilvania, EE.UU., 1980), en un viaje para abrir una escuela de cine en la Ciudad de Guatemala, conoció las “cliclas”, bandas desorganizadas e ilegales llenas de jóvenes delincuentes que se dedican al narcotráfico, al robo y al asesinato. Con todos estos elementos imagina la historia de Sarita, una joven guatemalteca que, una noche después de desaparecer su hermana Bea, sigue al ex novio de esta, Andrés, que la llevará a la ciudad portuaria de Puerto Barrios, en el noreste del país, en la que se infiltrará en la banda a la que pertenece el joven para conocer el paradero de su hermana desaparecida.

Con un guion escrito por el propio Lerner, seguimos el descenso a los infiernos que protagoniza Sarita, una joven sin nada, que nada tiene que perder, y sobre todo, le obsesiona la desaparición de su hermana, un objetivo que no la detendrá a pesar de meterse en lo más profundo de la violencia extrema de Guatemala. Con un gran trabajo de cinematografía que firma el austriaco Roman Kasseroller, del que conocíamos sus trabajos en Juana a los 12, de Martin Shanly, y Cocote, de Nelson Cairo de los Santos Arias, el relato se centra en la mirada y la posición de la protagonista, sumergiéndonos en ese infierno en el que Sarita hará todo y mucho más para ser una más y ganarse la confianza de los delincuentes y así saber que fue de su hermana. Un gran trabajo de montaje del propio director y César Díaz (del que hemos visto su película como director Nuestras madres, sobre los desaparecidos de la dictadura de Guatemala), en el que prima la pausa y el realismo crudo y sucio para una película de ritmo intenso y oscuro que se va a las dos horas.

Díaz también actúa como productor, junto a otros grandes nombres del cine independiente como Mauricio Escobar, en los trabajos de Jayro Bustamante, y el productor estadounidense Ryan Friedkin, responsable de películas como Monos, de Alejandro Landes, y la última de Ruben Ostlund, y Gino Falsetto, detrás de nombres tan potentes como Clint Eastwood y Martin Scorsese. El espectacular trabajo de sonido de un grande como Frank Gaeta, que está al frente de películas de Alexander Payne, Walter Salles y otros productos blockbuster. Un grandísimo reparto encabezado por Karen Martínez dando vida a Sarita, inolvidable protagonista de La jaula de oro, de Diego Quemada-Díez, que ejecuta a la perfección un personaje aislado, que se mete en la boca del lobo en soledad, con valentía y mucho de inconsciencia,. Una joven temeraria y tenaz en su propósito sin calibrar las consecuencias de tan tamaña y peligrosa empresa. Una mujer que radia fragilidad, belleza, fuerza y un coraje inquebrantable.

Un reparto que se completa con Rudy Rodríguez como Andrés, un antiguo miembro de una “clica”, que bajo las órdenes de Tatiana Palomo, una prestigiosa coach de actores no profesionales que, aprendió en la escuela de Carlos Reygadas, actúa de forma natural ante la cámara, al igual que los otros amateur de la película que forman la “banda”. También encontramos a otro de La jaula de oro, el actor Brandon López como Damian, otro de los “gallitos” de la cinta, y al actor guatemalteco Juan Pablo Olyslager, que hemos visto como protagonista en Temblores, y en el reparto de La llorona, ambas de Jayro Bustamante, en un rol de gánster y malcarado. Cadejo blanco  tiene el aroma de películas como Accattone (1961), de Pasolini, con esos jóvenes de la periferia, sin futuro y echados al crimen como una salida para sobrevivir, o títulos como Hardcore (1979), de Paul Schrader, en la que un padre buscaba a su hija desaparecida en los tugurios del sexo más depravado, y en Matar a Jesús (2017), de Laura Mora, donde una joven se introducía en los bajos fondos de la violencia en Colombia para vengar el asesinato de su padre. Bajo una apariencia de thriller de investigación, el relato nos guía por un país muy desigual e injusto, muy bien reflejado en la relación de Sarita y el joven de clase alta con el que se relaciona sexualmente.

Un país en el que una buena parte de su población está destinada a vivir de forma pobre y miserable o eligiendo salidas como las “clicas” dirigidas por sinvergüenzas como “el patrón”, un tipo aparentemente buen ciudadano, padre de familia y simpático, que capitanea esa legión de jóvenes delincuentes que hacen el trabajo sucio para su enriquecimiento. Un gran acierto es no hacer una película condescendiente ni edulcorada, donde las cosas sean blancas o negras, sino llenas de matices e innumerables grises, en que la línea que separa lo honesto y la violencia es finísima, donde uno o una debe cuidarse a sí mismo y hacer lo que tiene que hacer, a pesar de cruzar todas las líneas posibles e imposibles. Sarita no quiere vengarse, solo quiere saber qué ha sido de su hermana, y para ello, no se detendrá ante nada ni nadie, siendo consciente o no del peligro que corre su vida, pero cuando has perdido lo que más querías, porque no arriesgarse en conocer la verdad, aunque está te haga cruzar el lado más oscuro de la condición humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ángeles González-Sinde y Gabriela Ybarra

Entrevista a Ángeles González-Sinde y Gabriela Ybarra, directora y novelista de la película «El comensal», en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster, el domingo 24 de abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ángeles González-Sinde y Gabriela Ybarra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Susana Abaitua

Entrevista a Susana Abaitua, actriz de la película «El comensal», de Ángeles González-Sinde, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster, el domingo 24 de abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Susana Abaitua, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El comensal, de Ángeles González-Sinde

LAS HERIDAS QUE COMPARTIMOS.

“Cuentan que en mi familia siempre se sienta un comensal de más en cada comida. Es invisible, pero está ahí. Tiene plato, vaso y cubiertos. De vez en cuando aparece, proyecta su sombra sobre la mesa y borra a  alguno de los presentes. El primero en desparecer fue mi abuelo paterno”.

Las tres películas que ha dirigido Ángeles González-Sinde (Madrid, 1965), tienen mucho que ver con la literatura. En La suerte dormida (2003), la escribió junto a la escritora Belén Copegui, en Una palabra tuya (2008), se basó en una novela de Elvira Lindo, y en El comensal, la novela homónima autobiográfica de Gabriela Ybarra, le sirve para volver a dirigir, después de un tiempo dedicada a escribir guiones en películas y series y otras actividades. El relato se mueve entre dos tiempos. El Bilbao de 1977 con las primeras elecciones democráticas, donde asistimos al secuestro del industrial vasco Javier Ybarra y las terribles consecuencias en sus hijos con Fernando, el mayor como portavoz. Y la Navarra de 2011, en el que Fernando de sesenta años y su hija Icíar se enfrentan a la enfermedad de Adela, la esposa y madre respectivamente.

Un guion férreo e inteligente que firma la propia directora, con la colaboración de Gabriela Ybarra, que demuestra su sabiduría en estas lides, ya que ha escrito guiones para nombres tan consagrados como los de Manuel Gutiérrez Aragón, Ricardo Franco, Gerardo Herrero, Luis Puenzo y Daniela Fejerman, entre otros, en una película se mueve indistintamente entre los dos tiempos, creando un complejo puzle psicológico en que las circunstancias del pasado remiten constantemente en el presente, sin caer en esas reconstrucciones demasiado fieles y frías y olvidándose de la humanidad e intimidad doméstica que tanto vivieron los hijos del industrial secuestrado. Padres e hijos y la herencia de las heridas y sobre todo, como unos y otros gestionamos el dolor y el pérdida. Por un lado, tenemos el dolor social con ETA, con cuarenta años de actividad y 829 víctimas mortales, y por otro, un dolor íntimo con la enfermedad y fallecimiento de la madre. Dos pérdidas, dos ausencias que, tanto hija como padre afrontan de formas antagónicas y ahí radica el conflicto central de la película. González-Sinde construye una película elegante, bien contada y magníficamente interpretada.

Una película bien trabajada técnicamente, tanto en el pasado como el presente, en el que cada espacio habla mucho de los sentimientos de los personas y sus actitudes. Con ese aire opresivo, como de película de terror del 77 y ese otro aire más cálido peor que se irá ennegreciendo del 2011, en un gran trabajo del cinematógrafo de Juan Carlos Gómez, que tiene en su haber a nombres como los de Achero Mañas, Daniel Sánchez Arévalo y Gracia Querejeta, entre otros. El magnífico trabajo de edición de Irene Blecua, que condensa los cien minutos de la película de forma interesante y certera. Y finalmente, la excelente música de Antonio Garamendi, un recién llegado en esto del cine, que consigue el acompañamiento perfecto en unas imágenes que hablan de dolor y tristeza y las herramientas para asumirlo y continuar, pero desde la aceptación y lo compartido, muy lejos del sentimentalismo de otras producciones, y en ese sentido, la música lo ilustra de forma esencial y da todo ese lugar que no se ve un valor aún más grande, como deja patente en la secuencia que cierra la película, donde brillan una muy buena composición y estructura, donde todo encaja de forma sencilla y cercana.

Un relato que se apoya mucho en el silencio y en las miradas, debía tener un reparto a la altura y lo consigue con Adriana Ozores, que ya protagonizó La suerte dormida, dando vida a Adela, la madre, que soporta los avatares vitales con entereza y humildad, todo un ejemplo. Mención aparte tiene la interpretación Fernando Oyaguez en la piel del Fernando del 77, ese hermano mayor que debe lidiar con el secuestro del progenitor y tranquilar a sus hermanos y hermana pequeña. Todo un reto para el joven actor que sabe transmitir todo la dureza y el dolor que siente y sobre todo, enfrentarse a un conflicto my difícil y que le sobrepasa. Después, tenemos a la pareja protagonista, a un estupendo Ginés García Millán como Fernando del 2011, el padre que prefiere seguir, no hablar, ni del pasado ni de nada, y frente a él, Susana Abaitua que da vida a Icíar, la hija que es todo lo contrario al padre, porque ella quiere saber, quiere mirar al pasado para construir un presente más de compañía y de diálogo, porque comparte con su padre la tragedia de perder al padre o la madre con la misma edad.

Aplaudimos y nos emocionamos con el regreso a la dirección de Ángeles González-Sinde, con un relato sobre las heridas de ETA, sobre todo ese peso que los personas arrastran, y la parte central de la película, como afrontar ese dolor con los nuestros, sentarnos y mirarnos, y luego, explicarnos, que todo lo que ocultamos salga y lo sepa el otro, para compartir el dolor, todas las heridas del pasado, y así construir un presente más ligero de cargas y culpas y tristezas, y más alegre, tranquilo y en paz, porque la paz para las víctimas no llega cuando ETA dejó de matar, sino que llegará cuando las víctimas hablen entre ellos y ellas y se expliquen lo que sienten y lo que les duele, y poco a poco, dejen de tener miedo de hablar, de ocultarse, de mirar debajo del coche, y caminar con tranquilidad por la calle. El comensal es el libro que había que escribir y la película que había que hacer, que coincide con poco tiempo de distancia con Maixabel, de Icíar Bollaín, una película que al igual que esta, aboga por la reconciliación, por el perdón, y por avanzar juntos después de todo, como única herramienta para aliviar el dolor y dejar de tener miedo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

JFK: Caso revisado, de Oliver Stone

STONE VUELVE A KENNEDY.

“¿Qué clase de paz buscamos? Yo hablo de la paz verdadera, la clase de paz que vuelve a la vida en la tierra digna de ser vivida, la clase que permite a los hombres y a las naciones crecer, esperar y construir una vida mejor para sus hijos”

John F. Kennedy

La película JFK: Caso abierto, de Oliver Stone (New York, EE.UU., 1946), se estrenó en España el viernes 13 de febrero de 1992, el día de mi 18º cumpleaños. Yo fui a verla cuatro días después junto a dos amigos al desparecido cine Euterpe de Sabadell, ya desparecido. Imposible de olvidar todas las sensaciones e inquietudes que me produjo la película. Apenas conocía el caso del asesinato de Kennedy. La película resultó toda una elaboradísima investigación, a través de imágenes de archivo y ficción, de todo lo que sucedió aquel mediodía en Dallas, el 22 de noviembre de 1963, cuando el 35º Presidentes de los Estados Unidos fue asesinado. Las tres horas de la película eran fascinantes, con un ritmo frenético, de aquí para allá, capturando todos los individuos, organizaciones y demás objetos implicados. Todo se trataba desde la minuciosidad y el detalle más exhaustivo. La cinta volaba ante mis ojos, deslumbrado por la lección de historia y política del Sr. Stone, en que el cine iba muchísimo más allá, y volvía a sus orígenes, o a uno de sus propósitos, documentar la historia, observar los acontecimientos y registrarlos para las generaciones venideras.

Hay dos momentos que recuerdo con una nitidez asombrosa. El extraordinario momento del encuentro de Garrison (el personaje que interpretaba magistralmente Kevin Costner), con el Señor X (que hacía Donald Sutherland), donde le destapa todas las operaciones secretas de la CIA para aniquilar gobiernos democráticos con golpes de estado, y demás actividades para seguir con la guerra, y sobre todo, todas las oposiciones a tales operaciones de Kennedy, y aún más, todos los enemigos interiores en el ámbito militar estadounidense, que se iba creando el presidente ante su oposición en seguir con este tipo de operaciones secretas. Una secuencia que siempre ha vuelto a mi cabeza para explicar el triste funcionamiento del mundo en el que vivimos. Y el otro momento imborrable de la película, cuando Garrison muestra la película de Abraham Zapruder, en el que vemos el asesinato del presidente y todos sus detalles. Una de las pocas veces que el cine era testigo y lo documentaba de semejante suceso.

Han pasado más de treinta años de aquella película, y casi medio siglo del asesinato del presidente, y todavía hay demasiados secretos ocultos de lo que sucedió aquel día de 1963 y sobre todo, de quiénes fueron los responsables. Stone ha vuelto a Kennedy, ha vuelto a la investigación de su asesinato. Stone vuelve a hablarnos de Kennedy en JFK: Caso revisado («JFK Revisited: Through the Looking Glass, en el original), ¿Por qué lo hace? Porque Kennedy es su obsesión y el presidente que quería un mundo diferente. Si en la primera, la de 1991, se basaba en sendos libros del citado Jim Garrison y Jim Marrs, en un excelente guion que firmaba él mismo y Zachary Sklar. Ahora, vuelve al libro homónimo de James DiEugenio, que ha dedicado varios años de su vida a investigar el magnicidio, también autor del guion, y como no podía ser de otra manera hace referencia a JKF: Caso abierto (1991), que ayudó a desclasificar documentación del suceso, y vuelve al lugar de los hechos. Vemos a Stone pasear por la actual plaza Dealy en Dallas donde todo empezó o mejor dicho, donde todo acabó para Kennedy. El mismo director se entrevista con otros investigadores que se han propuesto esclarecer todo lo que envuelve al relato. Cada uno de los investigadores va informándonos de las falsedades y mentiras del relato construido por el gobierno, a través de la Comisión Warren y la culpación de Lee Harvey Oswald, que fue asesinado por Jack Ruby, dos días después del asesinato de Kennedy, y en una comisaría.

No encontramos nuevamente con un extraordinario minucioso tratamiento de búsqueda de imágenes de archivo hasta ahora inéditas, a través de sus magníficos y documentados ciento dieciocho minutos, en los que a través de testigos e investigaciones se tiran por tierra toda la versión oficial, se vuelve a profundizar con numerosos datos, documentación y objetos para esclarecer aún más si cabe todo lo que envolvió a Kennedy, desde su elección y su mandato que arrancó en enero de 1961 y acabó aquel mediodía en Dallas. Se repasa cada detalle escrupulosamente, nada se deja al azar, frente a nosotros vamos mirando atónitos toda la documentación que se nos va revelando, los testimonios que la han estudiado e investigado a fondo todo el caso. En JFK: Caso revisado, no hay ficción o quizás, todo lo que envuelve a Kennedy es una ficción, porque estaba el presidente con sus actividades para desarmar el país y quitar el poder a la Cia y los servicios secretos, y sobre todo, su misión para hacer del mundo un lugar más pacífico y seguro, no solo para Estados Unidos, sino para el resto del mundo. En definitiva, para virar la política internacional y nacional del país y dejar de ser el sheriff del mundo para construir un mundo muy diferente. Frente a esa idea estaban “los otros”, la CIA, los servicios secretos, los militares y los fabricantes de armas que no estaban dispuestos a obedecer los planes de Kennedy y urdieron un golpe de estado contra su presidente y usaron a Oswald como cabeza de turco, como él mismo denuncia cuando fue detenido.

Stone se ha consagrado como cineasta gracias a sus películas-denuncia como hizo en Salvador (1986), sobre las guerras en Centroámerica y la participación estadounidense, Platton (1986) y Nacido el cuatro de julio (1989) sobre la guerra del Vietnam donde estuvo como combatiente, y la crítica sobre el trato a los veteranos, y en El cielo y la tierra (1993), las dificultades de un estadounidense casado con una vietnamita, en Nixon (1995), sobre la corrupción política, y muchos documentales sobre figuras políticas como Fidel  Castro, Hugo Chávez y otros dirigentes americanos, Putin y demás cintas, tanto para cine como televisión, donde investiga y retrata la política en todo su detalle, la manipulación que existe por parte de los medios, y sobre todo, construyendo visiones personales y profundas de toda la sociedad estadounidense de los sesenta y los líderes de la segunda mitad del siglo XX y comienzos de este siglo. Stone vuelve a codearse de algunos de los técnicos que le acompañaron en su primer JFK, y algunos otros de su filmografía, como el cinematógrafo Robert Richardson,  Donald Sutherland en la narración, junto a Whoopi Goldberg, el músico Jeff Deal, que ya estuvo en su trabajo sobre Putin, el editor Brian Berdan, que ya estuvo en Asesinatos natos y Nixon, que junto a Kurt Mattila y Richard B. Molina firman el detallista e inteligente montaje de la película, nada sencillo porque mezcla con audacia e inteligencia entrevistas a testimonios y abundante material de archivo, donde todo es analizado con profundidad, dando forma y fondo a todos los datos, por insignificantes que sean, realizando una exhaustiva investigación sobre el asesinato de Kennedy, y todo lo que ha ocurrido respecto al caso hasta nuestros días.

JFK: Caso revisado aporta nueva información no solo sobre el asesinato de Kennedy, todo lo que lo produjo y la conspiración que hubo detrás de él, y los posteriores asesinatos de Malcolm X en 1965, Bobby Kennedy y Martin Luther King en 1968, y todo ese período tan convulso y sangriento de los sesenta en EE.UU. con problemas raciales y demás,  sino que lanza todo un detallado estudio sobre el funcionamiento de la política internacional de este mundo, y más concretamente, de los Estados Unidos, porque Stone, que empieza y acaba con un par de discursos de Kennedy, donde se puede conocer las intenciones del presidente de acabar con una forma de hacer violenta hasta entonces y el cambio que quería cambiar a su país y por ende al mundo. Stone lo tiene claro, con Kennedy se acabó la esperanza de un mundo mejor, porque él tenía el poder para hacerlo, o no, porque con su asesinato finalizó el mundo que soñaba él y otros, porque con su muerte y la de otros líderes pacifistas y dialogantes en Estados Unidos, el mundo siguió a lo suyo, la CIA también, y ahora estamos así, con un mundo militarizado, más de sesenta conflictos en funcionamiento en la actualidad, y después de la guerra de Ucrania, con más deseos de los países enriquecidos de seguir armándose para seguir dominando a los empobrecidos y sometiéndolos a sus reglas del juego. Stone explica que tiene más material sobre el asesinato de Kennedy, así que JFK: Caso revisado, es otro capítulo en su lucha contra todos y todo, para esclarecer el asesinato que lo cambió todo, o mejor dicho, el asesinato que se produjo para que no cambiará nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA