A esmorga, de Ignacio Vilar

001-a-esmorga-espanaHUIDA HACIA EL ABISMO

Dese su publicación en 1959, A esmorga, de Eduardo blanco amor (1897-1979), se convirtió en todo un fenómeno en las letras gallegas, considerándose una de las grandes novelas del siglo XX. Novela anclada dentro del realismo social, aquel que sobrevivía bajo el yugo del franquismo, como los textos de Rafael Sánchez Ferlosio, El Jarama (1955) o Tiempo de silencio (1961), de Luís Martín-Santos, entre otros… A esmorga, ya tuvo una adaptación al cine en 1976 de la mano de Gonzalo Suárez, bajo el título de La parranda (epígrafe con el que se publicó en Argentina en 1960). El libro narra las 24 horas vertiginosas, llenas de locura, brutalidad, sexualidad y fatalismo que emprenden tres individuos marginales (el Castizo, el Bocas y el Milhombres) por la vecina Auria, trasunto imaginario de la conocida Ourense, tres hombres que huyen de la guardia civil, ya que uno de ellos, el Bocas, ha cometido un terrible crimen, que no veremos (la utilización del fuera de campo en la película es uno de sus múltiples hallazgos), los otros dos le siguen, uno por cómplice, y el otro, por amistad.

El realizador Ignacio Vilar (1951, Ourense) en su quinto título, se enfrenta a tumba abierta a un texto brutal, sin concesiones, una tremenda borrachera en una jornada interminable que no tiene fin, ni vía de escape para los tres parranderos, un viaje a los miedos y anhelos más profundos de cada uno. Vilar ha parido una obra mayúscula, un retrato descarnado, y sin concesiones de esa Galicia profunda de mediados de los 50, de seres ahogados en un paisaje sombrío, de lluvia, de frío, de cantidades ingentes de aguardiente que hielan el alma y destrozan la vida, de represión sexual, de homosexualidad latente y oculta, de brutalidad descarnada en cada esquina, de miseria física y moral, de gentes que se mueven de un lugar a otro, sin rumbo, sin conciencia, y sin futuro, dejando tras de sí regueros de porquería (bosques desolados, tabernas sudorosas, prostíbulos decadentes). Vilar se ha enfundado el traje de demiurgo para encajar todos los elementos que convergen en el relato, la trama avanza sin apenas descanso, la camaradería entre los tres amigos, que en algunos instantes parecen tres almas en pena o zombies metidos en una cinta de terror, los grados de embriaguez que van contaminando sus organismos sin descanso, una atmósfera sucia y mugrienta, a ratos nauseabunda, de un color ceniza, tirando a negro, donde el trabajo de luz y ambientación de la película es de órdago, un western físico y carnal, donde los cuerpos se mueven entre pasos lentos y cortados, un caminar o deambular sin rumbo ni espera, como aquellas películas de Peckinpah o Hellman, donde sus personajes se sometían a un camino más psicológico que físico, hombres que huían de algo o de ellos mismos, pobres diablos que con poca suerte iban hacia delante a enfrentarse a un destino fatalista.

Tiene mucho la película de ese cine patrio ambientado en zonas rurales donde la violencia convive de manera natural entre los individuos, como La venganza, Furtivos o Los santos inocentes… Un cine serio, falado en galego, (con tres intérpretes en estado de gracia, soberbias las composiciones de Miguel de Lira, Karra Elejalde y Antonio Durán “Morris”) tres bestias sedientas, tres animales salvajes, que se desplazan entre el patetismo y la servidumbre, que parecen llevarse por delante a to’ dios, aunque quizás en este descenso a los infiernos, también se lleven por delante a ellos mismos. A esmorga, se erige en una muestra más de ese poderoso cine gallego que está emergiendo como una experiencia reflexiva y contundente, que aborda temas de su propia idiosincrasia, capturando los límites profundos y más arcaicos de su imaginario, consiguiendo renovar y ofrecer enfoques inteligentes, dotando de interesantes miradas a la narración cinematográfica.

Las altas presiones, de Ángel Santos

372539EL PAISAJE ANÍMICO

La película arranca con un joven grabando con una cámara de vídeo lugares abandonados, espacios que fueron, pero que ya no son, lugares que pertenecen a otro momento, a otro instante. Miguel, que así es como se llama el joven, registra esos espacios para futuras localizaciones de una película. Un personaje que se tornará guía omnipresente de este cuento sencillo y honesto, un hermosísimo relato que nos habla de las derivas emocionales de este tiempo nuestro que vivimos, un tiempo de incertidumbre, de tránsito, de no saber a dónde ir, ni que hacer, un tiempo detenido, sin identificación, quizás un tiempo que nos conducirá a un lugar desconocido o tal vez a un lugar que conocemos pero que ya no es el nuestro. Ángel Santos (Pontevedra, 1976) se enfunda en su segundo título, el primero Dos fragmentos/Eva (2012), en algunos caminos ya transitados en su primer largo, (con Miguel Gil en la escritura, y Fernando Franco, director de La herida, en tareas de montaje), recogiendo las vidas de unos jóvenes que se sienten perdidos, que abrazan con nostalgia, un tiempo y unos recuerdos, que ya no son, cómo si pertenecieran a otro. Miguel se siente así, trabaja para el cine, pero no le satisface el empleo, filma imágenes para otro, imágenes que el mismo ya no reconoce, aun habiendo sido de ese lugar.

La cinta de Santos aborda la crisis, pero sin hablar de ella, sino del estado de ánimo que erosiona en cada uno de los personajes, ese aliento voraz sumergido en el interior de cada uno, ese tiempo sin tiempo, ese deambular por lugares fantasmagóricos con amigos de otro tiempo, personas que tomaron otro rumbo, otros caminos, que cuesta reconocer, que no son lo que eran. La trama es escueta, Miguel vuelve a su ciudad, y se reencuentra con sus amigos que han ido haciendo sus vidas con desigual suerte, pero también se enfrenta  a sus paisajes, a lo que recuerda, que se han convertido en espacios vacíos, olvidados, sin vida, donde los recuerdos se desvanecen. Miguel intenta vanamente recuperar a la que fue su novia, lo que fue su entorno, quizás el encuentro con Alicia le haga cambiar ciertas cosas de su vida, de ese tiempo perdido y de alguna manera intenta recobrar, aunque sea de una manera tímida y poco decidida. Santos nos habla en voz baja, susurrándonos, en esta bellísima pieza de cámara, nos interpela a nosotros, nos relata la decepción y la frustración de muchos de ahora, a través del cine y el amor, que emergen en elementos que laten de manera profunda e inquieta. Una película sin música extradiegética, donde el paisaje y el sonido se convierten en capas que envuelven a los personajes dotándolos de una lectura invisible pero fácilmente reconocible. El film se nutre de las fábulas rohmerianas, de los cuentos agudos y viscerales de Hong Sang-Soo, del aroma que recorría a aquellos cineastas españoles de la transición, como Martínez-Lázaro, García Sánchez o Trueba… y del cine español contemporáneo, un cine parido con pocos recursos, pero formalmente ambicioso, que cuenta mucho de ese estado de ánimo latente y herido de los jóvenes de ahora.

Encuentro con Gonzalo Suárez

Presentación del libro «Con el cielo a cuestas», y la reedición de «Doble Dos», ambos de Gonzalo Suárez, presentado por el escritor Rodrigo Fresán. El encuentro tuvo lugar el martes 24 de febrero de 2015, en la Bilioteca Xavier Benguerel de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Gonzalo Suárez, por su tiempo y generosidad, a Neus Castellano, directora de la Biblioteca Xavier Benguerel, por su recibimiento y acogida, a Anne-Hélène Suárez, por su simpatía y amabilidad, y a la Editorial Penguin Random House, por apostar por el libro y publicarlo. A todos ellos, Gracias por organizar este encuentro tan especial.

Mandarinas, de Zaza Urushadze

image_evento_final_14347_2015-04-21_13_33_04RESQUICIO DE LUZ 

La desaparición de los países de Yugoslavia y la URSS abrió la veda para que las regiones sometidas al yugo, despertasen y se autoproclamasen independientes, pidiendo su legitimación como naciones. En la mayoría de casos provocaron y provocan conflictos bélicos de difícil desenlace. Zaza Urushadze (Tbilisi, 1965) en su quinto título como director de su carrera, se enfrenta y explora uno de estas contiendas armadas. Nos encontramos a principios de los 90 en Georgia, las regiones secesionistas Osetia del Sur y Abjasia reclaman su soberanía, la cual Rusia apoya, aunque Georgia reclama esos territorios como suyos y ahí estalla la guerra. El realizador georgiano nos sitúa en un pueblo desierto, apenas viven dos individuos, Ivo y su amigo Argus, que pertenecen a la minoría estonia. Ellos, a pesar de la guerra, siguen a lo suyo, intentan recolectar, por todos los medios posibles, la cosecha de mandarinas, Ivo fabricando cajas de madera, y Margus recolectándolas. Una tarea nada fácil, si esto fuera poco, una mañana, se produce una refriega en frente de casa de Ivo, y resultan heridos dos soldados de bandos opuestos, un georgiano y un mercenario checheno. Ivo decide acogerlos en su hogar y cuidarlos.

Urushadze construye una fábula antibelicista, un drama íntimo y sencillo, parece que estemos delante de un western crepuscular e Ivo actúa como un trasunto de William Holden en Grupo Salvaje o Gregory Peck en Yo vigilo el camino, aquellos viejos pistoleros desplazados y solitarios que no encuentran su lugar y se ven inmersos en conflictos de los que intentan huir. Un relato pequeño de enorme grandeza humana, donde la fraternidad entre las gentes, a pesar de sus diferencias etnias, religiosas e ideológicas, se convierte en la razón de ser, donde hay un hombre, de oscuro pasado familiar, que rema a contracorriente para que a pesar de la guerra y el entorno tan hostil, en su casa se respire una armonía de paz y tranquilidad, de entendimiento y diálogo. Un cuento moral, una agradable y sentida historia donde no hay buenos ni malos, sino hombres azotados por el sinsentido de la guerra y de unos políticos suicidas que con sus decisiones y órdenes provocan infinidad de cadáveres anónimos y olvidados en las cunetas. Una cinta que estuvo nominada entre las cinco candidatas al Oscar de mejor película extranjera, primera vez en la historia del cine georgiano, que finalmente se llevó Ida. Una muestra de un cine sincero, sin alardes técnicos, de estructura clásica y enormes dosis de contención y sobriedad, una fábula que nos habla, casi susurrándonos, que a pesar de que algunos agoreros piensen que este mundo está abocado a la autodestrucción y el materialismo, todavía quedan personas como Ivo, que demuestran que están equivocados.

Entrevista a Aki Kaurismäki

Entrevista a Aki Kaurismäki, con motivo del ciclo que programó la Filmoteca de Catalunya. El encuentro tuvo lugar el Miércoles 21 de enero en Barcelona, en la terraza de la Cafetería La Monroe.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aki Kaurismäki, por su tiempo y sabiduría, a Sandra Ejarque, de Vasaver, por su generosidad y paciencia, y a Pilar García, de la Filmoteca, por su colaboración y amabilidad.

Le Havre, de Aki Kaurismäki

le_havre_297x420EL HUMANISMO COMO RESISTENCIA

“La fraternidad es una de las más bellas invenciones de la hipocresía social”

GUSTAVE FLAUBERT

 Para hablar de Le Havre, no podía empezar de otra manera que citando a uno de los más insignes escritores franceses, porque la película de Kaurismäki, amén de otras cuestiones que plantearemos en esa crítica, es un homenaje a la cultura francesa, de la que el cineasta finés es un amante incuestionable. La cinta está llena de múltiples referencias y homenajes que van desde el cine y el realismo poético de los años treinta y cuarenta –Jean Renoir, Marcel Carné, Jacques Becker, Jacques Prevért, Jean-Pierre Melville, pasando por la austeridad y el fuera de campo de Robert Bresson y el humor socarrón del gran Jacques Tati; por otras apropiaciones cinematográficas, como son el plano, el fuera de campo y los colores de Jasujiro Ozu; por esos curas hablando mientras les lustran sus zapatos, que podrían haber sido filmados por Luis Buñuel,; por las obras-milagro de Cesare Zavattini y Vittorio de Sica o el humor de Chaplin o Keaton…- hasta la pintura y Monet, como se ha hace llamar uno de los personajes.

Kaurismäki recupera el personaje de Marcel Marx (clara alusión al filósofo padre-fundador del socialismo), del que ya dio buena cuenta en la extraordinario La vida de bohemia (La vie de bohème, 1992), aquel escritor que no lograba triunfar en un Páris en blanco y negro y que invertía en las primeras ediciones de Balzaz los pocos francos que disponía. Veinte años, después, volvemos a cruzarnos con la vida de este humilde pero valeroso hombre. Ahora se ha convertido en limpiabotas y vive en una ciudad porteña, junto a su mujer enferma, en un barrio humilde de gentes corrientes. Le Havre, es una película de resistencia, una cinta a contracorriente, un cuento de hadas, donde la solidaridad y la fraternidad de sus personajes nos conmueven, hacen que nos miremos en este espejo de deformidades en que se ha convertido el estado del “bienestar” europeo. Una película necesaria, un grito de ilusión y de esperanza frente al desaliento y pesimismo que nos aniquila diariamente debido a las noticias económicas que nos llegan del capitalismo infernal de los señores de Europa. Kaurismäki ha hecho una película social, pero no al uso, como podrían ser las de Ken Loach o los hermanos Dardenne; el cine social del finés es otra cosa, está bañado de un humor cínico y grotesco, a veces de puro surrealismo, pero es un cine rosselliniano, un cine que cree en los seres humanos; que cree que dentro de esta barbarie que es la sociedad imperante, siempre quedan fisuras a las que uno puede agarrarse para no dejar de ser lo que es: un ser humano que desea vivir en paz consigo mismo y con el mundo.

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Kaurismäki nos devuelve lo mejor de nosotros mismos, donde todavía podemos salvarnos en medio de esta sinrazón en la que vivimos. Se ha esforzado en ofrecernos optimismo, en alentarnos en creer que, aunque parezca que no, todavía es posible ser y vivir de otra manera. El cineasta finés es uno de los humanistas de nuestro tiempo, un hombre que a través de su obra nos muestra unos personajes que a simple vista no tienen nada, pero que en realidad tienen mucho más que los que todos nosotros podríamos llegar a imaginar. Tal y como lo plantea el crítico Sergi Sánchez: “La desdramatización se transforma en cómica estilización, y hace que el mundo se represente a sí mismo con sus mejores trajes, los de la nobleza y humildad. Por eso los últimos planos de  Le Havre, que ilustran el milagro de una resurrección, consiguen ser trascendentes sin pretenderlo: porque la vida es una ramo de violetas, una cama felizmente vacía, un cerezo en flor, un abrazo robado a la imaginación”.

Kaurismäki habla de uno de los problemas más tremendos y lamentables que asolan la vieja Europa: la inmigración; de seres desposeídos y hambrientos que se lanzan a una aventura, a veces mortal, para conseguir ser uno más en esa Europa del todo vale. Pero, gracias a su habilidad cinematográfica, el cineasta huye del panfleto, mira cara a cara esos personajes y no se plantea cuestiones de otra índole. Sólo se centra en los seres humanos y sus quehaceres diarios, como el policía que investiga al chico negro que ha huido, un personaje con muchas similitudes a aquel prefecto francés que interpretaba Claude Raines, en la inolvidable Casablanca, otra cinta que abogaba por la resistencia frente a la barbarie. Kaurismäki huye de la autoridad: no vemos la autoridad del agente, al que nos muestra fuera de campo; y de lo moderno: Marx no tiene televisión. El vecino delator utiliza el móvil para denunciar al chico negro –otro evocador homenaje, ya que es el actor Jean Pierre Léaud, el niño de Los 400 golpes, de Truffaut, quien lo interpreta, en un guiño del propio Kaurismäki, preguntándose qué fue de la vida de aquel muchacho-. El cineasta nos habla de humanidad, de seres anodinos, de desplazados, de bares corrientes que se encuentran a la vuelta de cualquier esquina, donde van las personas corrientes.

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Quisiera acabar deseándoles una buena sesión de cinematógrafo, como se decía antes, y citando las palabras del propio Kaurismäki: “No nos engañemos, la realidad no es así y dudo de que el mundo mejore con el tipo de humanidad que tenemos, pero esto es una película”.

Murieron por encima de sus posibilidades, de Isaki Lacuesta

Murieron_por_encima_de_sus_posibilidades-895415915-largeEL ESPERPENTO NACIONAL

El cine de Isaki Lacuesta (Girona, 1975) ha destacado por su valentía y riesgo en sus propuestas, apoyándose en un lenguaje propio y a contracorriente, que ha experimentado y se ha sumergido entre los límites difusos y confusos de la ficción y el documental, con títulos imprescindibles que forman parte del último cine contemporáneo como La leyenda del tiempo (2006), Los condenados (2009) o  su díptico Los pasos dobles (que le valió la Concha de Oro) y El cuaderno de barro, ambas de 2011.  Ahora, su nuevo trabajo, el séptimo largo de su brillante filmografía, es un golpe de timón en su carrera, enfrentándose a la comedia, un género que si bien había coqueteado en alguna ocasión, (recuerden algunos instantes de la citada Los pasos dobles, o su pieza del 2013 para Venga monjas, Tres tristes triples), ahora es el centro de la película.

Una obra que ha visto la luz gracias al equipo técnico y artístico (donde Lacuesta ha logrado reunir uno de los repartos corales más célebres del último cine español) en el que todos ellos han participado en forma de cooperativa, en un rodaje que se ha prolongado durante un año. Una cinta alocada y de ritmo endiablado, que ya desde sus títulos de crédito (que recogen el guante de La pantera rosa) a ritmo de la canción de los Astrud, Hay un hombre en España que lo hace todo, hay un hombre que lo hace todo en España, deja claras sus intenciones, una aproximación crítica y amarga, a base de un humor irreverente y esperpéntico de la situación de catástrofe económica que ha asolado el país en los últimos tiempos. La estructura es clásica, nos pone en la pista de cinco desplazados por la crisis (uno de ellos ha perdido todo su dinero por invertir en un abandonado local que el Ayuntamiento tirará abajo, otro, acaba viviendo en una caravana y encima, no puede pagar el colegio elitista de su hija, el siguiente, está sin blanca por derrochador y debe la biblia en verso a su jefe que lo amenaza con matarlo, otro más, que malvive en un trabajo hostigando a morosos, y el último, la enfermedad terminal de su mujer le ha llevado a una situación desesperada), cinco almas en pena que han acabado con sus huesos en un manicomio, allí perpetran un plan diabólico y siniestro que consiste en escaparse y secuestrar al director del Banco Central Europeo.

La descripción que hace Lacuesta del panorama es desoladora y brutal, los escenarios deprimentes, situados en el extrarradio, lugares como hospitales sin recursos, barrios sin trabajo, puticlubs sin clientes, solares abandonados, y tugurios de vicio, en fin, espacios sin alma donde han ido a parar los desahuciados sociales, donde nos metemos en restaurantes chinos que tienen su entrada por una lavadora, y que además mientras comes puedes ver a los transeúntes, y estos sólo ven un espejo, o ese barco, oxidado por fuera y bello por dentro, todo un laberinto de pasillos, habitaciones y salones que no tienen fin, de auténtico lujo, donde se celebran bacanales y fiestones de sexo, drogas y alcohol, un mundo de contrastes y pura apariencia, una sociedad en descomposición, donde la riqueza es para unos, y la pobreza para todos. Destacan momentos brillantes como el instante de José Sacristán, donde hace autocrítica de las causas que han llevado a esa situación, o el intenso monólogo de Albert Pla, Pues a mí lo que me gustaría, (que recuerda a otro de los grandes momentos del cine de Lacuesta, el soliloquio de Bárbara Lennie en Los condenados, aunque de tono totalmente opuestos), sin olvidarnos del encuentro con el director del BCE, un Josep María Pou, pletórico, en penumbra y sólo, que parece un trasunto del coronel Brando Kurtz de Apocalipse Now). Lacuesta se ha abierto en canal, ha parido una estupenda película que contiene un derroche de rabia y desesperación, comedia bruta y desparramada, que no deja títere con cabeza, caza al cuello a todos y todos, asombra por su irreverencia y contundencia en algunos instantes, quizás cuando se pone serio pierde algo de fuelle. Una obra que nace como respuesta al momento, pero que aguanta su propia naturaleza y pese a quién pese, no sólo es hija de este tiempo, sino de muchos otros, muy a nuestro pesar. Una extraña mezcla de films como El mundo está loco, loco, loco (1963, Stanley Kramer), Atraco a las tres (1962, José María Forqué), Rufufú (1958, Mario Monicelli), o La Vaquilla (1985), y La escopeta nacional (1978), ambas de Berlanga, donde en esta última tendría su espejo inspirador, si el maestro nos habló del franquismo con su habitual mala leche y actitud negrísima, sería porque este país no tiene otra salida, que reírse a carcajadas y descojonarse de todos y todo, y sobre todo de nosotros mismos, aunque en el fondo de todo el asunto, nos sintamos más amargados y más solos.   

Entrevista a Laurent Cantet

Entrevista a Laurent Cantet, director de “Regreso a Ítaca». El encuentro tuvo lugar el Jueves 16 de abril en Barcelona, en la Filmoteca de Catalunya.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laurent Cantet, por su tiempo y sabiduría, a Lorea Elso, de Golem Distribución, por su generosidad y paciencia, y que amablemente tomó la fotografía que encabeza la publicación, y a Pilar García, de la Filmoteca, por su colaboración y amabilidad.

Entrevista a Jean-Charles Hue

Entrevista a Jean-Charles Hue, director de “Clan salvaje». El encuentro tuvo lugar el Jueves 16 de abril en Barcelona, en el hall del Cine Zumzeig.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean-Charles Hue, por su tiempo y sabiduría, a Diana Santamaría, de Capricci Cine, por su generosidad y paciencia, y que amablemente tomó la fotografía que encabeza la publicación, y al equipo del Cine Zumzeig, por su trabajo, complicidad y lo estupendamente bien que me tratan cada vez que los visito.

Regreso a Ítaca, de Laurent Cantet

regreso_a_itaca_32042LA REVOLUCIÓN OXIDADA

Amadeo vuelve a Cuba después de 16 años en España, sus cuatro amigos le han preparado una calurosa bienvenida en una azotea, donde beberán, se reirán y sobre todo, rendirán cuentas de sus propias experiencias y sobre la revolución. Apoyándose en esta premisa, el cineasta francés Laurent Cantet, autor de grandes títulos como Recursos humanos (1999), El empleo del tiempo (2001), y su aclamada La clase (2008), que le valió la Palma de Oro en Cannes. El realizador francés sigue fiel al realismo social, a sus personajes idealistas que luchan lo indecible contra lo establecido, pero que finalmente sucumben. Cantet vuelve a La Habana (en el año 2012 dirigió el segmento La fuente para la película colectiva 7 días en La Habana). Ahora se ha aliado con el escritor Leonardo Padura y en uno de sus libros, La novela de mi vida, para adaptar libremente algunos de sus pasajes. El resultado es un retrato agridulce y honesto de cinco amigos que soñaron con que la revolución traería una nueva vida y sueños realizables, pero el impecable paso del tiempo y la frustración se ha apoderado de ellos, aquel tiempo donde los sueños eran posibles ha dejado paso a una vida cotidiana de enormes dificultades donde el lema es sálvese quien pueda.

Cantet nos sitúa en una azotea, un lugar privilegiado desde donde tenemos una vista espectacular del mar y somos testigos del enjambre de patios y azoteas, donde se puede divisar la ebullición de la vida habanera con sus ruidos y sus gentes. En ese espacio, y acotando su relato en una noche, los cinco amigos recordarán, mientras beben whisky de contrabando y comen arroz con frijoles, sin caer en esa nostalgia sensiblera de algunas películas, lo que fueron y ya no son. Una noche donde se enfadarán, discutirán, se reprocharán y también se reirán y reconciliarán, recordando aquellas jornadas interminables recogiendo caña de azúcar, los conciertos de Serrat, el espíritu romántico de The Mamas  & the Papas o rememorando los bailes con Formula V, la sensibilidad de Bola de nieve… Los amores que tuvieron, que desearon y que dejaron escapar, momentos y canciones que los trasladan a aquellos años jóvenes que creían que todo era posible, que el mundo cabía en una mano y en el que todos conseguirían ser felices. Aunque no fue así, los tiempos de euforia y romanticismo pasaron, y la realidad se fue imponiendo, Amadeo dejó de escribir y se exilió a España donde tuvo que empezar de cero, Rafa, renunció a la pintura y se ahogó en el alcohol, Tania vio como sus hijos emigraban a EE.UU. y se quedó sola aguantando el hundimiento de Rafa y la muerte de su mejor amiga Angela, Aldo, se quedó solo después que lo abandonase su mujer, y se gana la vida clandestinamente, y finalmente, Eddy, abandonó sus sueños socialistas para abrazar fielmente al capitalismo más ególatra.

Sueños e ilusiones que se cayeron en el olvido, que sucumbieron a una realidad durísima que encogió y oxidó los ideales socialistas para convertirlos en un país aislado y moribundo que se mantiene gracias al espíritu de resistencia e imaginativo de sus gentes. Cantet se ha mirado en películas como En Septiembre (1981, Jaime de Armiñán), Reencuentro (1983, Lawrence Kasdan), o Los amigos de Peter (1992, Kenneth Branagh), donde se cuentan reencuentros de amigos que compartieron un tiempo de juventud que ya pasó, y que ya no volverá, porque aquellos jóvenes ya no son los mismos, el tiempo y la vida los han llevado por otros caminos y diferentes ideas, aunque les queda la amistad que les une, con sus alegrías y tristezas.