Le Havre, de Aki Kaurismäki

le_havre_297x420EL HUMANISMO COMO RESISTENCIA

“La fraternidad es una de las más bellas invenciones de la hipocresía social”

GUSTAVE FLAUBERT

 Para hablar de Le Havre, no podía empezar de otra manera que citando a uno de los más insignes escritores franceses, porque la película de Kaurismäki, amén de otras cuestiones que plantearemos en esa crítica, es un homenaje a la cultura francesa, de la que el cineasta finés es un amante incuestionable. La cinta está llena de múltiples referencias y homenajes que van desde el cine y el realismo poético de los años treinta y cuarenta –Jean Renoir, Marcel Carné, Jacques Becker, Jacques Prevért, Jean-Pierre Melville, pasando por la austeridad y el fuera de campo de Robert Bresson y el humor socarrón del gran Jacques Tati; por otras apropiaciones cinematográficas, como son el plano, el fuera de campo y los colores de Jasujiro Ozu; por esos curas hablando mientras les lustran sus zapatos, que podrían haber sido filmados por Luis Buñuel,; por las obras-milagro de Cesare Zavattini y Vittorio de Sica o el humor de Chaplin o Keaton…- hasta la pintura y Monet, como se ha hace llamar uno de los personajes.

Kaurismäki recupera el personaje de Marcel Marx (clara alusión al filósofo padre-fundador del socialismo), del que ya dio buena cuenta en la extraordinario La vida de bohemia (La vie de bohème, 1992), aquel escritor que no lograba triunfar en un Páris en blanco y negro y que invertía en las primeras ediciones de Balzaz los pocos francos que disponía. Veinte años, después, volvemos a cruzarnos con la vida de este humilde pero valeroso hombre. Ahora se ha convertido en limpiabotas y vive en una ciudad porteña, junto a su mujer enferma, en un barrio humilde de gentes corrientes. Le Havre, es una película de resistencia, una cinta a contracorriente, un cuento de hadas, donde la solidaridad y la fraternidad de sus personajes nos conmueven, hacen que nos miremos en este espejo de deformidades en que se ha convertido el estado del “bienestar” europeo. Una película necesaria, un grito de ilusión y de esperanza frente al desaliento y pesimismo que nos aniquila diariamente debido a las noticias económicas que nos llegan del capitalismo infernal de los señores de Europa. Kaurismäki ha hecho una película social, pero no al uso, como podrían ser las de Ken Loach o los hermanos Dardenne; el cine social del finés es otra cosa, está bañado de un humor cínico y grotesco, a veces de puro surrealismo, pero es un cine rosselliniano, un cine que cree en los seres humanos; que cree que dentro de esta barbarie que es la sociedad imperante, siempre quedan fisuras a las que uno puede agarrarse para no dejar de ser lo que es: un ser humano que desea vivir en paz consigo mismo y con el mundo.

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Kaurismäki nos devuelve lo mejor de nosotros mismos, donde todavía podemos salvarnos en medio de esta sinrazón en la que vivimos. Se ha esforzado en ofrecernos optimismo, en alentarnos en creer que, aunque parezca que no, todavía es posible ser y vivir de otra manera. El cineasta finés es uno de los humanistas de nuestro tiempo, un hombre que a través de su obra nos muestra unos personajes que a simple vista no tienen nada, pero que en realidad tienen mucho más que los que todos nosotros podríamos llegar a imaginar. Tal y como lo plantea el crítico Sergi Sánchez: “La desdramatización se transforma en cómica estilización, y hace que el mundo se represente a sí mismo con sus mejores trajes, los de la nobleza y humildad. Por eso los últimos planos de  Le Havre, que ilustran el milagro de una resurrección, consiguen ser trascendentes sin pretenderlo: porque la vida es una ramo de violetas, una cama felizmente vacía, un cerezo en flor, un abrazo robado a la imaginación”.

Kaurismäki habla de uno de los problemas más tremendos y lamentables que asolan la vieja Europa: la inmigración; de seres desposeídos y hambrientos que se lanzan a una aventura, a veces mortal, para conseguir ser uno más en esa Europa del todo vale. Pero, gracias a su habilidad cinematográfica, el cineasta huye del panfleto, mira cara a cara esos personajes y no se plantea cuestiones de otra índole. Sólo se centra en los seres humanos y sus quehaceres diarios, como el policía que investiga al chico negro que ha huido, un personaje con muchas similitudes a aquel prefecto francés que interpretaba Claude Raines, en la inolvidable Casablanca, otra cinta que abogaba por la resistencia frente a la barbarie. Kaurismäki huye de la autoridad: no vemos la autoridad del agente, al que nos muestra fuera de campo; y de lo moderno: Marx no tiene televisión. El vecino delator utiliza el móvil para denunciar al chico negro –otro evocador homenaje, ya que es el actor Jean Pierre Léaud, el niño de Los 400 golpes, de Truffaut, quien lo interpreta, en un guiño del propio Kaurismäki, preguntándose qué fue de la vida de aquel muchacho-. El cineasta nos habla de humanidad, de seres anodinos, de desplazados, de bares corrientes que se encuentran a la vuelta de cualquier esquina, donde van las personas corrientes.

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Quisiera acabar deseándoles una buena sesión de cinematógrafo, como se decía antes, y citando las palabras del propio Kaurismäki: “No nos engañemos, la realidad no es así y dudo de que el mundo mejore con el tipo de humanidad que tenemos, pero esto es una película”.

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