Entrevista a Víctor Moreno, director de la película «La ciudad oculta, en el marco del D’A Film Festival, en el Teatre CCCB en Barcelona, el martes 30 de abril de 2019.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Víctor Moreno, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a sonia Uría de Suria Comunicación, y al equipo del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.
“¿Piensas que los perros no estarán en el cielo? Estarán allí mucho antes que cualquiera de nosotros.”
Robert Louis Stevenson
Amanece otro día más en Santiago de Chile, y más concretamente en el Parque de Los Reyes, el “skatepark” más antiguo de la ciudad. En ese microcosmos apartado de la urbe, donde en contundentes planos generales nos muestran la hilera de rascacielos que queda más allá, apartada de ese lugar. En ese paisaje, se encuentran skaters, que a velocidad de vértigo hacen piruetas imposibles y saltos desafiando la gravedad, jóvenes consumidores de estupefacientes de todo tipo, hablando de sus trapicheos, su vida sedentaria y sus conflictos con sus padres, la policía y demás, siempre en un tono en ocasiones cómico y en otros, dramático. Pero, a sus directores Bettina Perut (Roma, 1970) e Iván Osnovikoff (Puerto Montt, Chile, 1966) lo que más les interesa de los habitantes del parque no son los seres humanos, sino dos canes y sus miradas, Fútbol y Chola, una pareja de perros abandonados que pasan sus días en ese territorio, al que han hecho suyo. Fútbol es un perro viejo, apenas sus ladridos emiten sonoridad, suenan a ahogados, es tranquilo, reposado, camina con dificultad, pero tiene una mirada sobrecogedora, atenta y despierta. En cambio, Chola es una can más joven, inquieta, curiosa, nerviosa, que no cesa de ladrar a todos los vehículos y transeúntes que cruzan el parque de aquí para allá, le encanta tirar la pelota de tenis al foso de los skaters y antes que la pelota llegue al final, bajar a toda velocidad y cogerla.
Con ocho títulos a sus espaldas, la dupla que forman Perut y Osnovikoff es un documental diferente, arriesgado y profundo, mirando esa cotidianidad desde puntos de vista no comunes, desde el otro lado, como la elección de sus temas que van desde lo social, lo político y lo cultural, mirando siempre a lo más humano, a aquello que queda fuera de la historia general, como un boxeador que después de la cuarentena decide volver al ring, o las horas de antes de la muerte del dictador Pinochet, o la mirada crítica e incisiva sobre la ciudad de New York, o los últimos supervivientes de la cultura Aymara, cine que arriesga para contarnos los temas que quedan fuera de los medios, desde el lado humano, desde la verdad de los hechos, y desde las miradas de las personas implicadas que se olvidaron en el anonimato.
Ahora, en su nuevo trabajo nos sorprenden con una película desde la perspectiva de dos canes, dos animales abandonados, y desde su altura, dos animales de los más de 350000 que son abandonados anualmente en Chile, dos perros que juegan con pelotas de tenis, con botellas de plástico, con balones que se pierden entre los juegos de los chavales que comparten el mismo espacio, dos perros que soportan las inclemencias del tiempo, que deambulan noche y día por el parque ya este concurrido como vacío, entre días de competición de skaters o días de tormenta en el que deambulan sin más, con sus correspondientes casetas colocadas por los empleados del ayuntamiento, o recostados en la hierba o en el cemento mientras los aspersores los van bañando, escuchando a unos y otros, sus conversaciones, sus dilemas, sus contenturas o tristezas.
Perut y Osnovikoff han construido, quizás, la mejor película sobre canes en años, que viene a ser una digna sucesora de Umberto D, de De Sica, con su inseparable perro Flike, en su mirada humanista de la sociedad, encarnada eso sí por dos canes como Fútbol y Chola, sin el amparo humano, se convierten en parientes muy cercanos de aquel perro que seguía incansablemente al anciano desahuciado, al que no quería nadie, ni encontraba consuelo allá donde fuere, o el burro de Au hasard Balthazar, de Bresson, donde el équido podría ser un reflejo perfecto de esa idea de humanidad que no se encuentra en los humanos y si en los animales, en una reivindicación sobre la igualdad de las necesidades de los seres vivos. La pareja de cineasta italo chilena huye de la complacencia o el sentimentalismo a la hora de abordar su relato. Aquí, los animales se muestran en su hábitat, el parque y sus alrededores, desde una mirada observacional, no de intervención, la cámara los filma continuamente, en sus estados de reposos o sus acciones, que no son pocas, observados desde la distancia, mirándolos a través de de sus miradas, de qué miran y hacia donde, dejando que la vida siga su curso, y los habitantes del parque se relacionen, ya sea con una pelota o simplemente, desde las miradas o los detalles que a veces nos cuentan mucho más.
Perut y Osnovikoff hacen gala de una paciencia infinita, como los cineastas que filman animales en la naturaleza o en otro espacio, con el añadido que aquí se filman en un espacio urbano, en un espacio próximo y alejado a la vez para los canes, construyendo una crítica feroz y demoledora sobre la sociedad actual, en la que se mezclan la desidia de buena parte de la juventud, perdida en sus adicciones, en su falta de horizontes laborales, y una desidia brutal en perder la vida entre delitos, conflictos y demás pozos sin fondo, y los perros, auténticos protagonistas de la película, desde sus miradas, volviendo a lo mencionado al comienzo del texto, la necesidad de una regulación que evite tantos abandonos y les proporcione dignidad a los perros como cualquier otro ser vivo del planeta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
El pasado 25 de mayo, después de diez intensos de cine, se cerraba la XXII edición del DOCSBARCELONA. Festival Internacional de Cinema Documental. Adoptando el título de MIRADAS INQUIETAS, el festival arrancó con los encuentros profesionales que albergó el mercado, un espacio de debate y conocimiento en el que los proyectos llegan cargados de ilusión en busca de la ansiada financiación. También, hubo encuentros con cineastas, y masterclass, en las que se habló largo y tendido del estado actual del cine documental, sus formas de financiación, y sus temáticas, que siguen caminando hacía la denuncia social y los conflictos humanos, y el análisis de un mundo muy capitalizado, injusto y deshumanizado. El miércoles 15 de mayo con la película Aquarela, de Victor Kossakovsky, quedaron inauguradas las proyecciones cinematográficas que se llevaron a cabo en los lugares acostumbrados, las cinco salas de los Aribau Multicines, y en el auditori y teatre CCCB. Díez días intensos de cine, en las que se contó con innumerable presencias de los directores de las películas programadas, en las que se dialogó y debatió con un público entusiasmado que llenó las salas y participó en un festival que se ha consolidado como un referente sólido y necesario en el panorama del documental. El domingo se cerró el certamen con la entrega de premios, los diferentes jurados formados entre otros, por destacados cineastas y profesionales del campo documental como Montse Armengou, Carolina Astudillo, Diana Toucedo, Denis Delestrac, etc. Hicieron públicos sus veredictos. El máximo galardón recayó en la película Honeyland, de Tamara Kotveska y Ljubomir Stefanov, también, hubo mención especial del jurado a Chris the Swiss, de Anja Kofmel, el premio Nou Talent, recayó en la película In Search, de Beryl Magoko, el premio Latitud se lo llevó Cahada, de Marlén Viñayo. El premio What the Doc recayó en Lapü, de Juan Pablo Polanco y César Alejandro Jaimes. El premio Jurat Jove Reteena fue a parar a Push, de Fredrik Gertten, y finalmente, el premio Amnistia Internacional de Cataluña a Me llamo Violeta, de Marc Parramón y David Fernández de Castro, que también se llevó el premio del público.
Mi camino por el festival arrancó con la película inaugural AQUARELA, de Victor Kossakovsky. El prestigioso cineasta ruso nos propone una viaje hipnótico y fascinante por el agua, en sus múltiples formas, texturas y estados, siguiendo su curso, observándola en su ambiente salvaje y natural, moviéndonos por encima y debajo de su superficie, por dentro y por fuera, mirándola desde múltiples puntos de vista y sintiéndola desde lo más profundo, en un viaje planetario que nos lleva desde los bloques de hielo del interior de Rusia, la irrupción devastadora del huracán “Irma”, o la “Caída del Ángel” en Venezuela, en que el agua se presenta libre y sin ataduras, en sus inabarcables capas y sonidos, y luego, en su encuentro con lo humano con consecuencias terribles. Un documento excepcional que huye de los diálogos, y filma el bien más preciado del planeta en todos sus estados y sus formas, fusionando su majestuosa belleza y su ira, descubriéndonos sus elementos y su interior filmado a 96 fotogramas por segundo para admirar y conocer sus entrañas y todo su esplendor. Seguí con la Sección Oficial LATITUD con la película CACHADA, de Marlén Viñayo. La directora leonesa debuta en el largometraje con una historia sencilla, profunda y reveladora, filmando a un grupo de mujeres de El Salvador, vendedoras ambulantes metidas a hacer teatro para explicar su pasado en el que fueron víctimas de la violencia machista, intrínseca en la sociedad salvadoreña. La película nos muestra la intimidad y la cotidianidad de los ensayos de la obra y los hogares de estas mujeres que se muestran sencillas y honestas, el proceso interior que experimentan para enfrentarse a su pasado y la forma que cómo lo llevan a cabo, desnudándose tanto física como emocionalmente ante la cámara, hablándonos sin tapujos ni condescendencia de los males de su pasado, exponiéndonos todo el dolor que acarrean y explicándonos el poder creativo como magnífica medio para curar los males del alma.
FLOW, de Nicolás Molina. El director de Los castores, vuelve al festival para sumergirnos en un viaje profundo y magnético por los ríos Ganges de la India y el BioBío de Chile, desde sus nacimientos en las montañas hasta su paso por las ciudades y los distintos lugares de su curso, filmando con pausa y detenimiento todo aquello que se produce, en un proceso espiritual y onírico, capturando todos los seres humanos que viven a su alrededor y todas sus cotidianidades y reflexiones acerca del río y la vida, en un documento excepcional donde el río y el agua adquieren connotaciones mágicas y muy íntimas en su relación con las personas y todo lo que conlleva, en una experiencia mística donde tanto un río como el otro acaban confundiéndose en el relato y nos van guiando por un caleidoscopio inmenso de rostros, miradas, culturas y sociedades diversas, diferentes e iguales. CITY FOR SALE, de Laura Álvarez. El primer largometraje de la directora catalana es un retrato humano e íntimo sobre cuatro familias de Barcelona que sufren las terribles consecuencias de la turistificación y la gentrificación. La cámara filma con esmero y honestidad sus vidas, sus cotidianidades enfrentadas a los problemas con sus caseros para mantener sus viviendas y todo el proceso de acoso que reciben, como se organizan y protestan contra estos problemas. La película huye del manierismo y del posicionamiento ideológico para centrarse en el valor humano, en la necesidad humana de una vida digna y tranquila, frente a los especuladores inmobiliarios, centrándose en la vida vecinal, en el cómo era y cómo es ahora, explicando en detalle un problema que sufren los vecinos de las ciudades donde el turismo se ha convertido no sólo en un problema social, sino también, político y económico.
Cerré la Sección con la propuesta de OPERACIÓ GLOBUS, de Ariadna Seuba Serra. La puesta de largo de la directora natural de Vic, arranca con una historia sucedida 40 años atrás, cuando un grupo de amigos se lanzó a dar la vuelta al mundo con el patrocinio de la marca “Pegaso” que les cedió uno de sus camiones. Mientras vemos algunas imágenes de aquel viaje que no fue como era de esperar, seguimos otra aventura, de nuestros días, cuando uno de aquellos intrigantes, Jou, vuelve a Sudamérica para encontrar el camión que tuvo que dejar hace cuatro décadas. El relato nos muestra las dos aventuras, una protagonizada por unos amigos ávidos de aventuras, conocimiento y experimentación, y otra, la actual, donde Jou, un hombre singular y diferente, busca su “Dorado” o lo que queda de él, rememorando aquel viaje o todo lo que aquel viaje lo cambió y lo transformó. En la Sección Oficial PANORAMA, arranqué con la película THE ANCIENT WOODS, de Mindaugas Survila. El cineasta y biólogo lituano nos sumerge en un documento excepcional y conmovedor, adentrándonos en un bosque ancestral, con su tiempo, ritmos y habitantes, desde los microorganismos más insignificantes hasta lo más inmenso, en una obra sencilla y honesta, que huye de la voz en off y los diálogos, para construir un relato inmenso y pequeño a la vez, donde el tratamiento del sonido acaba por trasladarnos a un espacio sensorial, donde le tiempo desparece y al contemplación del universo del bosque se convierte en una experiencia fascinante e hipnótica, donde las cosas adquieren un valor tremendo, donde todo tiene su gran valor y al vida adquiere connotaciones espirituales, ya sean insignificantes o grandes, done los accidentes del tiempo van conduciéndonos por este universo próximo y alejado a la vez, en un proceso donde la mirada vuelve a mirar, como si mirase por primera vez, descubriendo el inmenso placer de mirar sin tiempo, alejado de todos y todo.
CHRIS THE SWISS, de Anja Kofmel. La directora suiza nos traslada veinte años atrás, en los inicios de la Guerra de Yugoslavia, recorriendo el trayecto que hizo su primo, un periodista suizo que acabó asesinado perteneciendo a un grupo de mercenarios armado nacionalista y ultra católico. La película construye un relato en el que Kofmel vuelve al lugar de los hechos, escuchamos las anotaciones del diario del periodista fallecido, los testimonios de sus familiares, ex compañeros y demás testigos que se cruzaron con él malogrado periodista, ofreciendo una visión fragmentada de la identidad del periodista muerto, incluso la película recrea mediante animación momentos del periplo vital y profesional del periodista, así como sus últimos momentos de vida. Una película que nos habla de aventureros inconscientes, nacionalismos, familia, y procesos de vida de antes y ahora. COLD CASE HAMMARSKJÖLD, de Mads Brügger. Partiendo del accidente de avión que acabó con la vida de Dag Hammarskjöld, secretario de la ONU, en 1961 en Ndola (Zambia) el cineasta e investigador danés nos lleva por diversos lugares de África para contarnos un inmenso y complejo entramado que va desde las teorías conspiratorias, misiones secretas, intereses económicos y colonialismo de ayer y hoy, donde escucharemos a expertos, ex espías, activistas e investigadores que intentan darnos algo de luz a tantos secretos ocultos y desconocidos, como practicas donde multinacionales utilizaban a la población africana para extender el Sida o experimentar con medicamentos prohibidos o en proceso de fabricación. Un documento excepcional y necesario, no exento de humor, en el que se habla de política, economía, sociedad y sobre todo, de almas humanas, creando un complejo relato, donde todo desemboca en oscuras artimañas del poder político.
SOLES NEGROS, de Julien Elie. El cineasta canadiense vuelve a adentrarse en una zona de violencia como en sus anteriores trabajos, construyendo una película política y humanista, en un expresivo blanco y negro, un alegato contundente y honesto relato sobre la violencia en México, a través de varios familiares de víctimas y desaparecidos, activistas, periodistas y abogados que trabajan incansablemente para que todos estos asesinatos no queden impunes, y viajando a los lugares más oscuros y siniestros de las zonas rurales donde se ha desatado una violencia y corrupción estatal endémica que ha logrado construir una sociedad que tiene que ocultarse y llena de dolor y miedo. Los 154 minutos de metraje consiguen implicarnos y mantenernos atentos a todo lo que muestra, tanto el lado humanista como el mal que acecha a sus habitantes, poniendo cara y ojos a aquellos que no callan, a esa memoria silenciada que lucha por los derechos humanos de aquellos que no están, de los que desaparecieron o simplemente fueron asesinados, en una sociedad la mexicana abocada al silencio y el olvido. WHEN TOMATOES MET WAGNER, de Marianna Economou. Un documento interesante e íntimo sobre cómo revelarse ante la tremenda crisis que asoló Europa, y más concretamente en Grecia, en el que la directora helena se traslada a una pequeña zona rural donde dos primos acompañados de la sabiduría de las abuelas del lugar, consiguen cultivar tomates orgánicos y producir conservas que comercializan por todo el mundo, creando así una red cooperativa que ha ayudado a las familias del pueblo salir adelante y tener una vida digna. El relato nos habla de familia, hermandad y amistad, de ayudarse, de generar un cooperativismo entre todos y cada uno para lograr vivir de los tomates, con la peculiaridad que les ponen música clásica como Wagner y otros para que se desarrollen más bonitos, suaves y sabrosos.
De las Sesiones Especiales vi la película CITIZEN EUROPE, de Angeliki Aristomenopoulou, Andreas Apostolidis. Un documento sincero y próximo que mira a Europa y al programa Erasmus, a través de cinco jóvenes estudiantes que participaron en el programa en 1987, reflexionan sobre la participación del programa, la convivencia en el extranjero y todo aquello que les ha aportado en sus vidas. También, se le da voz a expertos, periodistas y pensadores sobre los cambios en Europa, con la crisis económica, la entrada de refugiados y las cuestiones que han debilitado el proyecto europeo. Así como estudiantes que han vivido y estudiado en países con otros ritmos y sociedades en la actualidad, y todo lo que han sentido y experimentado, poniendo en debate el programa Erasmus actual, su supervivencia y estructura. Y finalmente, me acerqué a la clausura del festival, la película EL PEPE, UNA VIDA SUPREMA, de Emir Kusturica. El cineasta serbio, como hiciera con la figura de Maradona, vuelve a retratarnos de manera sencilla y sincera, la figura del ex guerrillero y político uruguayo Pepe Múgica, a través de su entorno doméstico, su huerto y sus sitios de costumbre. Partiendo de su último día como presidente de la república, Kusturica recorre desde la intimidad, la honestidad y el humanismo de un hombre común y transparente haciendo un recorrido de su vida, de aquellos oscuros de la dictadura cuando era un militante en la clandestinidad, sus años en prisión, su resistencia al capitalismo, su militancia política, sus años de presidente, y sobre todo, una obra donde escuchamos la sabiduría y la inteligencia de alguien corriente, alguien sencilla, alguien del pueblo, alguien con quién tomar mate mientras vemos las hortalizas en su huerto, y el sol del atardecer va bañando la vida de las personas corrientes y de la tierra, sin más deseos que una vida sencilla y llena de amor con los suyos y su entorno.
Hasta aquí mi camino por el festival, un viaje que empezó cargado de ilusión y entusiasmo, y acabó de la mejor de las maneras, lleno de emoción desbordante, convencido de haber asistido no sólo a una fiesta del cine documental, sino también a una emocionante y muy agradable reunión de amigos, llena de interesantes propuestas que nos hacen la vida mejor y sobre todo, nos muestran realidades inquietas, arraigadas, doloridas, reivindicativas, amargas, feministas, cotidianas, ocultas y silenciadas por unos medios dominados por el capital, y conocer esas realidades nos aleja de la comodidad capitalista, y nos agita, nos despierta y nos devuelve la mirada del otro, llenándonos de sentimientos que nos hacen sentirnos más llenos de vida y algo más felices. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
La primera película de Víctor Moreno (Tenerife, 1981) Edificio España (2012) se adentraba en las obras de rehabilitación del famoso inmueble, emblema de prosperidad del régimen franquista. Ahora, un inmenso y envejecido rascacielos lleno de pasillos y habitaciones oscuras y derruidas, llenas de polvo y suciedad, por el que pululaban incansablemente centenares de trabajadores de múltiples nacionalidades. Su último plano, en los subterráneos del edifico, se perdía en una zona oscura, imperceptible para el espectador, un cuadro totalmente negro, y así, de esta manera tan singular y crucial por lo contado anteriormente, se despedía la película. Un plano negro, en total oscuridad, como ensamblando las dos películas, nos da la bienvenida a la segunda película de Víctor Moreno, La ciudad oculta. Un plano que muy lentamente nos irá desvelando una diminutas luces o algo que se le parece, aún todavía sin saber donde nos encontramos ni a qué nos enfrentamos. Poco a poco, y entrando el sonido, iremos descubriendo que nos encontramos en las entrañas de una ciudad, sin saber muy bien en qué zona y qué lugar identificable, o alguna zona que podamos descifrar entre la maraña de espacios muy oscuros, y sobre todo, muy ajenos a nuestro universo del exterior, más tangible y próximo, en apariencia, porque este lugar, de difícil acceso y complejo, también se encuentra cercano a nosotros, aunque oculto y desconocido a nuestra mirada.
Moreno vuelve a contar en tareas de guión con Rodrigo Rodríguez como en su anterior trabajo, a las que suma Nayra Sanz Fuentes, que en Edificio España estuvo como comontadora, para sumergirnos en una película experiencia, en la que asoman unos escasísimos diálogos de los empleados que iremos viendo por este mundo, en una sinfonía del subsuelo, adoptando como referentes a Berlín, sinfonía de una ciudad, de Ruttman y El hombre de la cámara, de Dziga Vertov, para viajar a esa ciudad que vive oculta bajo nuestros pies, a recorrer con una cámara en continuo movimiento, eso sí, movimientos suaves, con la cinematografía de José Alayón (director de Slimane) para movernos por un entramado inmenso, desconocido y misterioso de galerías, túneles, alcantarillas, tuberías, redes de transportes y estaciones subterráneas, en un trayecto más allá de nuestro inconsciente, en el que desconocemos a qué o a quién nos encontraremos, ya que las imágenes y su sonidos, a veces ambientales, y en otras imperceptibles, industriales, líquidos, llenos de musicalidad, que nos transportarán por ese universo oscuro, de poca luz, muy sonoro y sobre todo, sensorial, donde nuestros sentidos viajarán más lejos de lo que vemos, de lo que iamginamos, de lo que sentimos.
La película nos propone un viaje sideral y único, en una experiencia personal y profunda, en un documento íntimo y apabullante, dejándonos llevar por esas imágenes inquietantes y misteriosas, donde lo cotidiano adquiere una dimensión desconocida, imágenes de múltiples texturas, donde lo más insignificante se convierte en inmenso, y viceversa, un mundo en el que nada es lo que parece, donde todo adquiere su propio cuerpo, movimiento y latitud, organismos vivos de toda índole se mueven y se organizan en las profundidades del subsuelo, donde las imágenes a través del sonido van componiendo su propio estado de ánimo, un estado contagioso que lentamente nos irá atrapando y sumergiéndonos más profundo, aún más, más lejos aún, haciéndonos desaparecer entre aquello que se nos está desvelando, en el que ya nada ni nadie tiene su propia consciencia, más lejos de lo que conocemos y podemos soñar. El propio Moreno y Samuel M. Delgado firman un montaje calculado al milímetro, guiándonos por este otro mundo, a través de algunos de los trabajadores que trabajan en este otro planeta, ataviados como si fuesen astronautas, caminando con lentitud por sus infinitas galerías, escuchando sus respiraciones mecánicas mientras ejercen su actividad laboral.
El cineasta canario se destapa como un director enorme y extraordinario, capaz de descubrirnos lo desconocido a través del detalle más invisible, porque consigue con lo mínimo vivencias y capturas increíbles, conduciendo al espectador por un universo muy cercano para nosotros, pero a la vez totalmente desconocido, filmando su intimidad, su vida, y su inconsciente, su alma, consiguiendo una película magnífica, profunda y orgánica, llena de sensaciones e imágenes que vamos proyectando en nuestra mente, dejándonos llevar por nuestros sentidos, alejámdonos de nosotros mismos, de nuestra forma de ser y pensar, adentrándonos en otros cuerpos, sonidos y paisajes. Una película viva, que respira y siente, donde se manejan diferentes texturas, sonidos e imágenes, revelando lo más fútil a lo más fundamental, en un micro-macro cosmos lleno de laberintos, cuerpos y entes, por el que caminamos como si fuese un cuerpo gigantesco o una especie de masa orgánica que vive, en continuo movimiento y transformación, en una experiencia única y magnífica que nos recuerda a la misma sensación que proponía Dead Slow Ahead, de Mauro Herce, donde nos adentrábamos en las entrañas de un carguero a la deriva sumergiéndonos en sus profundidades más oscuras y ocultas de sus entrañas.
Quizás todo lo que vemos o intuimos ver, porque eso nunca lo sabremos ni tendremos la capacidad de identificarlo, no sea más que una mera representación de aquello que proyecta nuestro propio inconsciente, aquello que no somos capaces de identificar con algo real, algo tangible, algo que podamos descifrar con nuestra mirada, algo que pertenezca a nuestra cotidianidad, porque el universo de imágenes y sonido que ha construido Moreno es un mundo desconocido, un mundo sucio, insalubre, lleno de gérmenes, donde se amontona la basura de las ciudades que habitamos, un paisaje más allá de lo que podamos soñar, un mundo más próximo a la ciencia-ficción, porque en muchos instantes de la película, nos sentiremos como aquellos exploradores del universo que se adentraban en otros mundos desde la inquietud, desde el más puro desconocimiento, dejándose llevar por sus sentidos, sus emociones y aquello que quizás era lo revelado, como ocurría en el famoso plano de la taza de café de Dos o tres que yo sé de ella, en la que Godard, nos rompía todas las certezas posibles e imaginalbes, para sumergirnos en nuestro inconsciente, llevándonos en un suspiro al espacio o más allá. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Los cinéfilos de pro no cabe duda que conocerán a Nausicaä, Mononoke, Momo, Mima Kirigoe, Makoto o Chihiro, todas ellas adolescentes o jóvenes enfrentadas a tesituras de órdago, a estados emocionales difíciles que las llevarán por caminos complejos de transitar, heroínas cotidianas muy a su pesar, envueltas en problemas que les transportarán en viajes emocionales de primer orden, viajes que les ayudarán a conocerse más, a interiorizar más, a descubrirse y sobre todo, a afrontar las pérdidas que en muchos casos padecen. No debería sorprendernos el indudable interés de la animación japonesa en tratar la complejidad de la pérdida a través de la mirada femenina, ya que están pobladas de mujeres sus películas, protagonizadas por chicas sacudidas por el dolor y con un carácter indomable que les hará enfrentarse a todo aquello que les enquista en su existencia. Okko es una chica que viene a sumarse a las anteriormente citadas, ya que después de perder a sus padres en un accidente de tráfico, su vida cambia de raíz y se traslada a vivir junto a su abuela en la ciudad de la primavera llamada Hananoyu, donde trabajará en el pequeño hostal familiar, un ryokan de aguas termales, una posada tradicional japonesa. Allí, las cosas indudablemente que no serán nada sencillas y deberá lidiar con su nuevo hogar, sus nuevas obligaciones y todo lo que ello conlleva.
El cineasta Kitarô Kôsaka (Prefectura de Kanagawa, 1962) miembro durante muchos años del Studio Ghibli, el gran estudio de animación japonés que dirigían Hayao Miyazaki y Isaho Takahata, siendo uno de los más destacados en los equipos de producción de películas tan memorables como La tumba de las luciérnagas, La princesa Mononoke o El viaje de Chihiro, entre muchas otras Su puesta de largo fue en el 2003 con Nasu, verano en Andalucía, sobre la historia de Pepe, un ciclista que participa en la Vuelta de España, le siguió cuatros años después una secuela, Nasu, A Migratory with Suitcase. Ahora, después de años dedicados a la producción y a la dirección de equipos de animación, vuelve a ponerse tras las cámaras adaptando las novelas juveniles Wakaokami wa Shogakusey, de Hiroko Reijo, en un guión firmado por Reiko Yoshida, que está detrás de títulos tan importantes como A Silent Voice.
El director japonés envuelve su película de un cuento sensible y sincero sobre las dificultades de adaptación de una adolescente en el medio rural, en otro ambiente y con la carga de haber perdido a sus padres, con el añadido que en su nueva vida recibe la visita de unos seres peculiares, se les presentan fantasmas que tienen que ver y mucho con su nueva existencia, porque se tratan del amigo de la infancia de su abuela, la hermana mayor de la alumna más repipi y extravagante de clase, que resulta que también es la hija de los propietarios del hotel más lujoso de la zona, y finalmente, un diablillo glotón que atrae a personas con problemas emocionales, porque Okko tendrá que atender a personas con su mismo conflicto, vivir después de una perdida, tales como un chaval que acaba de perder a su madre, una joven que ha roto con su amor, o un padre de familia que se recupera de un aparatoso accidente que costó las vidas de algunas personas. Kôsaka nos cuenta una fábula infantil, haciendo un retrato sencillo y a la vez complejo sobre las vicisitudes de Okko y su nueva vida, donde hay momentos divertidos productos de las relaciones con los fantasmas, que solo ve ella, o con los tira y afloja con su compañera de clase, o con las nuevas obligaciones de Okko, que en algunos momentos se les harán cuesta arriba.
La película, como suele ser habitual en el cine de animación japonés, desborda imaginación por los cuatro costados, una factura visual y sensorial sublime, y una capacidad extraordinaria para envolvernos en un relato de caparazón ligero, pero que oculta en su interior toda la complejidad que siente el personaje de Okko, el descubrimiento de un entorno visualmente arrebatador, en la que la niña deberá interactuar con él, descubrir sus secretos más ocultos, y sobre todo, crecer y sentir que la vida a pesar de los embates difíciles que nos toca experimentar, tiene cosas bellas que nos darán herramientas para seguir batallando en nuestra lucha cotidiana. Kôsaka ha construido una lección de humanidad, una alegoría a los pequeños detalles, a los trabajos sencillos, a escuchar atentamente y relacionarse con los demás, empatizar con ellos, olvidándose del éxito individual, de tomar decisiones, adquirir obligaciones, de hacerse responsable de tu vida, el esfuerzo como camino de exploración y crecimiento personal, el significado de ayudar a los demás como acto de generosidad, respeto a ti mismo y a tu trabajo, y el único camino para alcanzar la felicidad y el bienestar íntimo y profundo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”
Eduardo Galeano
En mitad de la noche, en una casa alejada de todo, en una tierra rodeada de viñas, en algún lugar del Ampurdán en Girona, unos encapuchados asaltan la casa y entran con algunas dificultades en su interior. Seguidamente, un grupo de personas reducido acceden al interior y se instalan. Después, conoceremos que la casa es propiedad de tres hermanos, entre ellos Jules, uno de los del grupo, que pertenece a un movimiento okupa, junto a su compañera Lucía y la hija pequeña de ambos. Otro de los hermanos, Gustave, un transportista con graves penurias económicas, desea fervorosamente vender para salvar su negocio, y finalmente, Lou, la benjamina perdida entre los deseos contrapuestos de los hermanos y con la necesidad de descubrir nuevas experiencias. Y en esas estamos, en un tira y afloja entre la vida que propone el sistema de trabajo y materialismo, y la otra vida, aquella alejada de los convencionalismos, perteneciendo a un grupo de cooperativismo y democracia alternativa, con el abundante peligro de esconderse y salvar mil y un obstáculos legales.
La puesta de largo de Sarah Hirtt (Braine-l’Alleud, Bélgica, 1985) nos habla de hermanos muy diferentes, con formas de vida antagónicas, de pasados dolorosos y presente conflictivo, también, de sociedades alternativas, de lucha contra el capitalismo y de hermandad frente a los problemas, de pensamientos y reflexiones que chocan y se debaten efusivamente, aunque, en ocasiones, no sea fácil entenderse en las distintas formas de ver la vida y organizarla. Eso sí, la directora belga no cae en ningún momento en el panfleto incendiario de decantarse por una forma de vida u otra, la película expone todos los puntos de vista de manera creíble y honesta, explicando todos los detalles y mostrando las contradicciones y conflictos que se van generando, entre las disputas entre los hermanos y las propias del movimiento okupa, y todo contado de forma realista y natural, en un verano que a simple vista nos pudiera parecer idílico, con esa forma alternativa de vida y sociedad, pero pronto chocará con las amenazas externas, las gestadas por el hermano mayor, que se destapa con una postura conservadora y seguir con su vida material, aunque se encuentre a punto de la bancarrota, y la hermana pequeña, con su idea de conocer mundo y financiarla con la venta futura de la casa. Y no sólo eso, sino el tío que viene a sacar la tajada que cree corresponderle, o la hija de éste, que ya imagina la parte que le tocará.
Ante este dilema, la película que se acerca a la tragicomedia en algunos momentos, haciendo hincapié en lo naturalista y lo íntimo, en otras ocasiones, se adentra en el drama interno y personal, cuando algún que otro personaje le asaltan las dudas y su forma de vida y sobre todo, su inmediato futuro. Hirtt nos cuenta el relato desde todos los puntos de vista posibles, con personajes de aquí y ahora, que muestran carácter, humanismo y contradicciones, que luchan contra un sistema feroz y deshumanizado con las armas que tienen a su alcance, una vida en comunidad, socialista, fraterna y sobre todo, una vida diferente, más próxima a las necesidades humanas y más solidaria y justa. Dos formas de economía antagónicas, que inevitablemente chocan y generan un conflicto grave y profundo.
La directora belga confía su película en sus personajes, complejos y en eterno conflicto con los demás y con ellos mismos, personajes de carne y hueso, valientes y con miedo según las circunstancias, pero eso sí, nunca arquetipos de una idea, sino en continuo conflicto, con dudas existenciales, con caracteres opuestos y debatiendo las formas de vida, economía y social que están generando con su trabajo y sus ilusiones, interpretados por actores y actrices de toda índole, mezclando jóvenes valores, con profesionales y amateur, como François Neycken que da vida a Gustave, Yohan Manca como Jules y Raphaëlle Corbisier en el rol de Lou, que todavía no habían tenido papeles importantes, consiguiendo esa naturalidad que tanto demanda la película, con las aportaciones de intérpretes más consagrados como María León como Lucía, con su desparpajo y naturalidad, Sergi López como trabajador social, Fermí Reixach o Bruna Cusí, como familiares impertinentes, y actores amateur afines al movimiento okupa como Iván Altamira o Marta Durruti, descendiente del famoso anarquista Durruti.
Hirtt ha construido una película muy reflexiva, auténtica y contemporánea, que se puede ver como una tragicomedia de nuestro tiempo, con alegrías y tristezas, con amores y desamores, con ideales y utopías, algunas reales y otras, no tanto, con los conflictos que nos aceptan diariamente, peor vistos desde miradas diferentes, desde el conflicto y las ideas, que incide en muchas problemáticas que han emergido con la crisis económica que ha asolado en todos los ámbitos sociales, generando esos debates pertinentes sobre las formas de vida tradiciones en contraposición con formas de vida alternativas, creando ese caldo de cultivo entre defensores y detractores, y no sólo eso, sino también, todas las contracciones, conflictos y demás, tanto internos como externos, que se van destapando y confundiendo y debatiendo ideas y la materialización de las mismas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a María Antón Cabot, directora de la película «<3», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pultizer en Barcelona, el jueves 2 de mayo de 2019.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a María Antón Cabot, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.
“No busques por qué, en el amor no hay por qué, no hay razón, no hay explicación, no hay solución”.
Anaïs Nin
Las mujeres que pueblan el universo cinematográfico de Isabel Coixet (Barcelona, 1960) son mujeres decididas, fuertes y con coraje, no se amilanan frente a la adversidad, frente a los prejuicios sociales, frente a aquellos que harán lo imposible para impedir sus deseos, ilusiones y sueños. Mujeres que se ponen en pie y luchan encarnizadamente contra el poder establecido, contra la injusticia, para hacer valer aquello en lo creen, en lo que consideran justo, en lo que se sienten. Muchos recordaréis a la Ann de Mi vida sin mí, que hizo lo indecible para dejar bien a su familia cuando ella no estuviera, o la mujer solitaria que se enfrentaba a su pasado y a su dolor en La vida secreta de las palabras, o Consuelo Castillo que luchaba contra su amor y su enfermedad en Elegy, o Wendy, la neoyorquina que empezaba de nuevo a vivir después de su divorcio en Aprendiendo a conducir, o Josephine Peary, la aventurera que se enfrentaba al frío esquimal y todo en su contra para reunirse con su marido, y finalmente, Florence Green, la solitaria y decidida emprendedora que luchaba contra todos para abrir su librería en el ambiente más hostil en La librería. Coixet lleva más de tres décadas contándonos historias, en sus trece películas de ficción, amén de un buen puñado de documentales de contenido social y político.
En sus ficciones, sus historias giran en torno a mujeres de toda clase social, tiempo, carácter y deseo, como lo son sus nuevas heroínas, Elisa y Marcela, las primeras mujeres que contrajeron matrimonio en España, Elisa vive en un colegio de monjas que dirige su tía, en cambio, Marcela, junto a sus padres, en la Galicia de finales del XIX, más concretamente la de 1898, esa Galicia de gran devoción religiosa, prejuicios sociales, e implacable contra todo aquello que sea diferente, libre o alejado de lo establecido o convencional, también, la otra Galicia, la de Emilia Pardo Bazán, como su libro La cuestión palpitante, que le regalará Elisa a Marcela. Ya desde el plano inicial, en el que vemos la imagen de Elisa de espaldas a nosotros, en el que se va superponiendo la imagen, también de espaldas, de Marcela, mientras escuchamos la voz de Elisa explicando lo que siente y todo aquello que se interpone entre sus sentimientos y aquello que se impone, esa sociedad religiosa, oscura e inquisitoria.
La primera parte, Coixet nos habla del nacimiento del amor entre las dos mujeres, entre los corredores de la escuela, entre la lluvia incesante que moja las calles empedradas, entre atardeceres bañándose en los riachuelos cerca de la playa, mirándose, tocándose, jugando, riendo, y sobre todo, empezando a sentir la una por la otra, sintiéndose libres en un mundo tan ajeno a ellas, tan hostil, como nos irá recordando la magnífica forma de Coixet, con esos barrotes constantes que aparecen entre ellas, incluso los tentáculos del pulpo, que se cuelan en el encuadre escenificando esa cárcel en la que viven las dos jóvenes y a la que deberán enfrentarse más adelante cuando su amor se consuma. Cuando escenifican su amor y se casan, haciéndose Elisa pasar por hombre, tres años más tarde, en la Galicia rural de 1901, empezarán sus problemas cuando ley religiosa destapa el engaño, las mujeres huirán y serán apresadas en la localidad de Oporto, en la vecina Portugal, allí son encarceladas y descubriremos el embarazo de Marcela.
La cineasta catalana envuelve su relato en un primoroso y apabullante blanco y negro cinematografiado por Jennifer Cox (que ya había trabajado con la cineasta en el documental El espíritu del tiempo, sobre el trabajo del artista chino Cai Guo-Quiang en el Museo del Prado) con ese juego de sombras, propio del expresionismo alemán, o esas luces mortecinas para dar calidez y negrura a esos interiores, con el exquisito montaje de Bernat Aragonés, que ya estuvo en La librería, ayuda a contarnos con ritmo y pasión un relato que se va a los 124 minutos, quizás el ritmo se resienta durante la segunda parte cuando las mujeres viven en la cárcel, aunque la aparición de la subtrama del alcaide de la prisión y su mujer, alienta convincentemente el relato, cuando la cárcel de Portugal escenifica la libertad de la que no tienen en el exterior. Coixet nos habla de un amor puro, libre a pesar de los pesares, y muy sentido, protagonizado por dos mujeres, dos almas libres, dos mujeres cultas, que ejercen la docencia, que sienten el amor que se procesan como un compromiso tanto personal como íntimo, como las maravillosas secuencias eróticas, elegantemente bien filmadas, con ese toque de surrealismo como el instante con el pulpo, ahora ya no representa la cárcel, sino el erotismo libre y sin ataduras, o ese otro momento con las algas, donde los cuerpos de las mujeres desnudos se aman, se entrecruzan y sienten la libertad de amarse y experimentar sus deseos alejadas del alcance de esas miradas inquisitorias y malvadas de ese pueblo ignorante, rudo y sometido por los poderes fácticos como el gobierno de turno conservador y la iglesia.
Un reparto que brilla a la altura del relato como Natalia de Molina que da vida a Elisa, creciendo mucho en cada película y demostrando toda su valía, junto a Greta Fernández que interpreta a Marcela, cum laude que después de algunos breves papeles aquí se despega como una de las grandes actrices jóvenes del momento, y esos secundarios como Francesc Orella y María Pujalte, como los padres de Marcela, dejando claro el machismo y la intransigencia del padre y el sometimiento y servilismo de la madre, aunque hay momentos de respiro leyendo a escondidas, Tamar Novas como el joven pretendiente de Marcela, hombre rural de gran hombría, rudo y de carácter. Manolo Solo como Alcaide de la prisión de Oporto, que se sensibiliza con la causa de las mujeres y les comprende, junto a su mujer negra, y finalmente, Lluís Homar como gobernador en una breve secuencia, que deja claro la animadversión hacia sus vecinos. Coixet ha hecho una película necesaria, valiente y comprometida, que gustará más o menos, pero es indudable su generosidad y aplomo para contarnos con astucia y sensibilidad esta historia de amor libre, que desafió los cánones conservadores de la época para ser libres, para amarse sin reservas, para sentirse todo, disfrutando de sus cuerpos, su deseo y su erotismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Muchos han sido y serán los que vaticinen erróneamente el “The End” del western, quizás, el género por excelencia del cine, ese género que en los cincuenta y sesenta no hubiera otro que le tosiera, un género que tuvo que reinventarse a menudo para continuar cabalgando, y nunca mejor dicho, un género muy personal, íntimo y profundo, una especie de modus vivendi para muchos autores que se acercaron a su naturaleza con resultados en mayor o menor media satisfactorios, una forma de ver el mundo, de enfrentarse a él, de acariciar eso que algunos han llamado libertad o al menos alguna sensación parecida, una idea de ser uno mismo, de sentirse libre cabalgando a lomos de un caballo, sin ataduras de ningún tipo, libre como el viento, sintiendo toda la naturaleza en estado primitivo y salvaje, expuesto a todo tipo de circunstancias adversas, pero, sobre todo, vivo. Quizás muchos serán los sorprendidos cuando vean al mando de Los hermanos Sisters, un director como Jacques Audiard (París, 1952) aunque esa sorpresa inicial quedará disipada cuando penetren en las costuras de la película y se detengan con tiempo.
Lo primero que hay que mencionar es que el relato está basado en la segunda novela homónima de Patrick DeWitt, un escritor canadiense que ha vivido en Oregón y California, lugares donde sucede la narración. Segundo, el guión lo firman el propio Audiard con uno de sus colabores más estrechos, Thomas Bidegain, que curiosamente debutó como director en el 2015 con Mi hermana, mi pequeña, un relato con múltiples resonancias del western. Y tercero, no estamos ante una película más, ni un western más, ni mucho menos, sino en una película de Audiard que alimenta lo noir y carcelario de su cine, un cine de tipos a la deriva, unos fueras de la ley en toda regla, imbuidos por su forma arriesgada y violenta de vida, sino recuerden al delincuente de Lee mis labios, al tipo que se negaba a seguir los pasos paternos en el negocio sucio de la inmobiliaria en De latir, mi corazón se ha parado, el preso convertido en magnate en Un profeta, el tipo de peleas clandestinas de De óxido a hueso, o el trabajo siniestro en el barrio durísimo de Deephan. Queda claro que Audiard conoce al dedillo esos ambientes hostiles y despiadados que podemos encontrar en su western, el primero de su intensa carrera.
Si bien, Audiard huye de la épica y la aventura, para centrarse en un relato muy reflexivo y muy profundo, más cercano al oeste de finales de los cincuenta y principios de los sesenta, cuando el género se reinventó por enésima vez para seguir insuflando a la gran pantalla de historias de vaqueros. Esta vez, acercándose a la filosofía, con tipos de vueltas de todo, viejos y cansados, que andaban a paso lento pegando sus últimos disparos, rememorando sus años de gloria o simplemente cuando eran más jóvenes y más fuertes, y sobre todo, yendo a la búsqueda de un lugar para bajarse del caballo y reposar finalmente, una especie de viaje de vuelta a lo Ulises, donde la película da buena cuenta de esa vuelta a casa, a los orígenes después de una y mil batallas, propio de la tragedia griega y de cómo no, de El Quijote. El cineasta francés nos sitúa a mediados del siglo XIX en plena fiebre del oro, y nos llevara viajando por el noroeste americano desde Oregón a las tierras californianas, en compañía de dos hermanos, Charlie, el pequeño y líder de los dos, un tipo violento, malcarado y visceral. A su lado, Eli, el mayor, todo lo contrario, una especie de guardián de su hermano pequeño, más reposado, juicioso y más cometido. Eso sí, los dos asesinos a sueldo de un tal Comodoro, el cacique de la zona, protagonizado por Rutger Hauer.
El nuevo trabajito de los hermanos consiste en arrebatar a un genio de la química, un tal Hermann Kermit, una fórmula mágica que se vierte en el agua y consigue dejar a la vista las pepitas de oro. Por otro camino, John Morris, detective también pagado por Comodoro, anda en la misma tarea, aunque, como suele ocurrir a veces, las cosas no salen como se esperan y todo se acaba liando de mala manera. El cinematógrafo Benoît Debie, colaborador de Harmony Korine y Gaspar Noé, entre otros, impreime esa luz crepuscular y mortecina que tiene la película, no obstante, el arranque y el cierre llenan de negro toda la pantalla, también, contribuye la película en 35 mm, para dotar al relato como un cuerpo orgánico que vive, se agita y se torna tangible, sudoroso, íntimo y muy profundo, como esa música de Alexandre Desplat, en todas las películas de Audiard, menos en Deephan, que insufla a las imágenes de esa cadencia propia del cine del oeste, donde se mezclan largas cabalgatas por mitad de caminos rocosos y desérticos, con apacibles noches junto al fuego, o enfrentamientos crueles y muy violentos donde los disparos suenan secos, vacíos y nos explotan en el alma.
La octava película de Audiard nos devuelve a nuestra infancia postrados en la tele a media tarde viendo una de vaqueros y de indios (como el magnífico texto que lanza desde lo más profundo del alma el personaje de Phoenix hablando de todo aquello que significa el “far west” para él) devolviéndonos a la memoria el western metafísico, el western clásico pero con armadura contemporánea como los de Ford en Dos cabalgan juntos o Centauros del desierto o Los profesionales, de Brooks, por citar algunos, tipos duros, de infancias más duras, con sus revólveres como único sustento, que andan en busca de otros, pagados por gentuza de la peor calaña, y así van, aniquilando a todo aquel aventurero que quiera liquidarlos, no por su dinero, que lo hay, sino por la fama que le reportaría asesinar a tipos tan famosos, como ocurría en El pistolero, de King. También, hay mucho de El tesoro de Sierra Madre, de Huston, o la incesante codicia del ser humano de conseguir aquello que no tiene, cueste lo que cueste, convertido en un demente peligroso que no tiene fin, ni ningún escrúpulo que lo detenga.
El relato de fraternidad, de largas conversaciones profundas y diferentes que les hablan de ellos mismos o aquello que fueron y nunca serán como en Duelo en la alta sierra, de Peckinpah, o esos títulos aún más reflexivos y desnudos emocionalmente hablando de Monte Hellman, donde el hombre y sus circunstancias, está por encima del pistolero y su leyenda. Un reparto de altura como no podía ser menos con un Joaquin Phoenix convertido en un actor que deslumbra con cada rol que interpreta, dotando de dureza, de caballo salvaje imposible de domar, y encarnando a esos tipos a punto de derrumbarse pero que, sin que nadie lo sepa, continúan resistiendo a pesar de los duros embates de la vida. A su lado, John C. Reilly, originador del proyecto, un actor que sabe interpretar con sencillez y astucia a esos tipos a la vera, como un Sancho Panza bondadoso, inteligente y sagaz a la sombra del jefe, pero con más humanidad que todos los que le rodean. Jake Gyllehaal es el detective Morris, alguien capaz de enfrentarse a quién sea, alguien empático en ese universo híper-violento y muy hostil, y finalmente, Riz Ahmed, el intelectual del circunstancial grupo, alguien diferente, un tipo de otro tiempo y otra realidad, alguien que siente que ha conseguido la gallina de los huevos de oro, y nunca mejor dicho.
Los hermanos Sisters engrosa ipso facto desde su estreno en los westerns míticos, no solo de la historia, sino del nuevo siglo cabalgando a la vera con El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, de Dominik, Valor de ley, de los Coen, Los odiosos ocho, de Tarantino o Sweet Country, de Thornton, títulos que vienen a regenerar un género en constante ebullición, aunque algunos piensen lo contrario, porque mientras allá alguien capaz de empuñar un revólver y disparar a aquellos que huyen, el género seguirá vivo y latiendo con fuerza. Audiard ha logrado sumergirnos en su relato, en su interior, en todo aquello que no vemos pero está ahí, hablándonos de hermanos, de amistad, de tiempo finito, de tiempo en pausa, de cambiar de vida, de ser más que tener, de olvidarse de quién fuimos para ser quién verdaderamente hemos querido ser, de estar más que ir, de sentir más que guardar, y sobre todo, de devolvernos a lo que éramos y alejarnos de lo que somos, porque lo odiamos, porque nos hemos cansado y porque ya no tiene sentido. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Iratxe Fresneda, directora de la película «Cold Lands/Lurralde Hotzak», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pultizer en Barcelona, el jueves 2 de mayo de 2019.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Iratxe Fresndeda, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.