The square, de Ruben Östlund

DESTAPAR LAS MISERIAS.  

La película sigue la existencia de Christian, uno de esos hombres triunfadores y rodeados de buenos sentimientos. Christian es un hombre alrededor de los cuarenta y bien parecido, es de esos tipos felices con su trabajo, dirige uno de los museos más importantes de arte contemporáneo y además, se muestra satisfecho con su vida. Conduce un coche moderno y eléctrico, y tiene un apartamento de alto standing. Divorciado y padre de dos hijas impertinentes y consentidas. Toda su vida marcha sobre ruedas. Pero, una mañana, una como otra cualquiera, después de ser alertado por un incidente cotidiano en plena calle, le sustraen la cartera y el móvil sin darse cuenta. A partir de aquí, su vida girará en torno a recuperar sus objetos, y además, sin sarde cuenta, o dándose mucha, se cuestionarán sus ideales y valores humanos frente a sus actos, si éstos reflejan realmente sus pensamientos de solidaridad y justicia.

Ruben Östlund (Styrsö, Suecia, 1974) vuelve a la carga con sus sátiras morales donde reflexiona sobre la fragilidad humana envuelta en situaciones morales que los hacen replantearse su existencia, como viene explorando, desde su debut en Involuntario (2008) donde a partir de 5 episodios cuestionaba el poder del grupo sobre el individuo, en Play  (2011) se centraba en niños negros e hijos de inmigrantes que se excusaban en el racismo y los prejuicios sociales para desplumar a chicos de su edad, y finalmente, en Fuerza mayor (2014) resquebrajaba los ideales de la familia a partir de la situación de un padre de familia que anteponía su salvación a la de su mujer e hijos, ante una avalancha de nieve. El cineasta sueco construye parábolas morales sobre el individuo y la construcción de sus valores, muchos de ellos incuestionables y defendidos a capa y espada, aunque llegados a sus materializaciones físicas en la sociedad, esas situaciones incómodas, en las que esos valores que se creían sólidos desaparecen en pos a un instinto de individualismo y egoísmo.

Östlund, al que podríamos definir como un alumno aventajado de Haneke o de Roy Andersson, eso sí en un tono diferente, pero en esa idea de arremeter contra los prejuicios sociales y cuestionar los aparentemente valores que estructuran nuestras existencias que materializados adquieren cuanto menos un disfraz de hipocresía, vanidad y condescendencia. La película penetra en el mundo del arte contemporáneo, siguiendo la cotidianidad del museo, y lo hace desde la mirada extraña y crítica, a través de una exposición que revela más de cómo somos y sobre todo, como actuamos, en la que se plantea la confianza que tenemos depositada en los otros, esos extraños que no conocemos, a partir de un cuadro en mitad de una plaza, que expone nuestra voluntad de ayudar a los demás por encima de nuestras necesidades individuales, una especie de altruismo, que no lo es tanto (instalación llevada a cabo por el propio director en el museo Vandalorum en Suecia). Östlund no sólo mide el grado de esnobismo y caparazón de mucho del arte contemporáneo de la actualidad, en la impostura que vende, sino su propia utilidad y utilización en el mundo de fuera, en la realidad de ricos y pobres que estructura nuestra sociedad, sino que también, penetra en las relaciones superficiales y desinhibidas que se producen en ese ambiente de nuevas tecnologías (de lo que llegamos a hacer para vender el producto a toda costa) los falsos valores hipócritas tanto de los que dirigen y trabajan en el museo, como esos mecenas que lo alimentan, todos ellos se mueven en un coto cerrado que tiene poco o nada que ver con el exterior, ensimismados en su superficialidad.

Östlund construye una película de largas secuencias, como es habitual en su cine, macerando sus historias introduciendo aspectos inquietantes que nos causan una gran extrañeza e incomodidad (como el chimpancé real que vive con la periodista o la performance del hombre actuando como un simio ante el asombro de todo ese público que se mueve en ese falso oropel y virtuosismo humano) sin olvidarnos de una forma y fondo que nos cuestiona continuamente a los espectadores, obligándonos a tomar partido de aquello que estamos viendo, en una suerte de juego de espejos en el que el reflejo que nos devuelve nos arrincona y nos da la vuelta, posicionándonos en ese espacio de falsedad, apariencia y terror, elementos en los que hemos posado nuestra vida, aspectos de nuestro carácter que odiamos, aunque cuando nos aprietan un poco las clavijas y nos sumergen en ambientes y situaciones en las que nuestra tranquilidad y confort se ven amenazados, aparecen nuestras miserias y actuamos como el más vulgar de los semejantes, convirtiéndonos en eso que criticamos de los demás, o en esa bestia salvaje descontrolada.

La Chana, de Lucija Stojevic

EL ALMA DE LA BAILAORA.

“Nací para bailar. Por las noches me quedaba despierta con la cabeza debajo de la almohada, repitiendo los ritmos en mi cabeza hasta que se convirtieran en una parte de mí. ”

TACA, TACA, TACA, TACA, TACATACATACATACATA, TACATA. La Chana baila sobre el escenario, se encuentra en éxtasis, poseída por el compás, en perfecta comunión entre su alma y los movimientos que ejecuta, llevados por un ritmo vertiginoso, a una velocidad endiablada, un ritmo que impone la bailaora que les cuesta seguir a los guitarristas. Sus pies se mueven con una profunda agitación, van de un lado a otro sin pausa, ejecutando todos los movimientos a velocidad de crucero, no sigue ningún guión, tampoco ningún ensayo previo, todo se sustenta en la improvisación y en su arte, una pasión nacida desde las entrañas, en trance entre alma y cuerpo, realizando perfectas combinaciones rítmicas alejadas de lo tradicional, dando un golpe a la mesa a lo inamovible a  través de la innovación, la expresión y la fuerza que la acompañan. La Chana hechiza al respetable público, todos hipnotizados con sus movimientos, en una alianza que traspasa el alma, entre la bailaora, el flamenco y el público que guarda un silencio sepulcral en la sala, sólo escuchamos el intenso zapateado y taconeo de la llamada emperatriz del flamenco.

La puesta de largo de Lucija Stojevic, que cuenta con un gran trabajo de montaje de Domi Parra (habitual de Isa Campo e Isaki Lacuesta) nos cuenta la vida, obra, milagros y soledades de Antonia Santiago Amador, de nombre artístico “La Chana”, una de las más grandes bailaoras del flamenco, y lo hace desde el aquí, en plena actualidad, cuando la bailaora con 67 años, se prepara para volver a bailar en un teatro. Encontramos a una artista veterana, que la artritis y los dolores de espalda han limitado su cuerpo, pero que debido a esa fuerza innata de incansable luchadora, sigue zapateando, aunque ahora sentada, pero con la misma fuerza que la encumbró en los 60, 70 y 80, cuando todos eran testigos de su arte, incluso el mismísimo actor Peter Sellers, con el que trabajó en la película The Bobo (1967) y quiso llevársela a Hollywood, pero la Chana no fue, la Chana era la reina del escenario, la artista inigualable que destrozaba conceptos arcaicos y se lanzaba a un endiablado movimiento a gran velocidad que rompía convenciones y tabús de los más puristas del baile, aunque detrás de la artista, se encontraba la ama de casa, la mujer maltratada por su marido, que la acompañaba a la guitarra, una violencia que se mantuvo durante 18 años, en la sociedad patriarcal de la época, y además, su condición de mujer y gitana.

Stojevic penetra en su hogar, en sus trajes, en sus zapatos, mostrándonos su interior y exterior, sus recuerdos y objetos, traspasando la intimidad del personaje público para desnudarnos a la persona, a esa mujer de infancia difícil que, encontró en el baile la mejor manera de expresarse ante el mundo y sobre todo, de rebelarse ante el ambiente machista de su entorno. Una carrera intermitente debido a estos problemas no consiguieron amilanar la fuerza de su alma ni tampoco la extraordinaria creatividad que poseía, convenciendo a los más tradicionalistas con su maravilloso baile, que escapa de cualquier convencionalismo y etiqueta en el mundo del flamenco. Una gran innovadora, una revolucionaria del flamenco, autodidacta, que memorizaba casi sin querer los movimientos que escuchaba por la radio cuando era una niña, una grande o incluso la más grande como la han llamado aquellos que más saben.

La directora nacida en Zagreb, filma a Antonia mientras recuerda a la Chana, donde la persona pública e íntima traspasa la imagen para condensarse en una sólo, de la que escuchamos un testimonio sincero, amable, que nace desde lo más profundo de su corazón, hablándonos casi en susurros de su arte, su baile, su improvisación, de la importancia del compás, de sus cierres después de un torbellino de zapateo, de todo lo que la hizo convertirse en la más grande, en aquellos tiempos negros de la España franquista, pero también, hay tiempo para el dolor, los años oscuros de maltrato, las ausencias en contra de su voluntad de los escenarios, las penas, el aislamiento, y las soledades que tantos años le acompañaron, y nos lo cuenta sin máscaras, a tumba abierta, sin adornos ni edulcorante, cómo ocurrió y cómo lo recuerda, con alegría y tristeza, con dolor y rabia, pero también, con humildad y honestidad, de cara, sin esconderse, echando pa’lante con una hija y sin nada.

Stojevic no sólo ha creado un viaje íntimo de una artista que baila con el alma, sino que ha construido una película que va más allá del documento, penetra en sus profundidades, revelándonos su vida y testimonio, en un encuentro emocionante sólo posible en el cine, en el alma de la película, cuando la artista y la mujer, o lo que es lo mismo, La Chana y Antonia Santiago Amador se encuentran y dialogan una con la otra, sin rencores, sin reproches, sólo con una mirada intensa y catártica, en la que se crea un lazo irrompible, convirtiéndolas en la mujer que era su dueña en el escenario, donde todos la seguían (como una especie de flautista de hamelín del baile) y aquella que sufría la violencia doméstica, y tuvo que mantenerse en pie, a pesar de todas las cornás que le dio la vida, porque su poderosa fuerza que la hizo triunfar en el escenario con su arte, también le ayudó para vencer esos frentes que aparecieron en su vida, plantándose con casi setenta años y con ganas de seguir zapateando.


<p><a href=»https://vimeo.com/237379069″>TRAILER LA CHANA ESP 2017</a> from <a href=»https://vimeo.com/user1287458″>Noon Films SL</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Spoor (El rastro), de Agnieskza Holland

ANIMALES SALVAJES.

Nos encontramos en un pueblo de montaña en la frontera checo-polaca, en pleno invierno, en una casa alejada del pueblo vive Duszejko, una ex ingeniera, astróloga y vegetariana que roza la setentena. La mujer vive en consonancia con la naturaleza y su pasional amor hacia los animales que protege ante las temporadas de caza. Un día, sus dos perros desaparecen y nadie los ha visto. A partir de ese instante, Duszejko, ya cansada de denunciar las atrocidades en las cacerías, iniciará una cruzada contra aquellos que atentan contra lo que ella más quiere. Una aventura en la que tratará con su vecino de su misma edad Matoga, un tipo solitario y callado, Buena nueva, una jovencita desarraigada que acaba de putita en las manos de un sinvergüenza sin escrúpulos, Dyzio, un informático que trabaja para la policía que oculta sus ataques epilépticos, y finalmente, Boros, un señor que estudia el comportamiento de los insectos. Un grupo aparentemente alejado pero que la trama los irá acercando y los llevará a trabajar por ese bien común en el que todos acaban creyendo.

La nueva película de Agnieszka Holland (Varsovia, 1948) basada en la novela elogiada por crítica y publico «Sobre los huesos de los muertos», de Olga Todarczuk, que actúa como coguionista junto a la directora, se detiene en las injusticias contra los animales, representada en la figura de esta señora que, aunque resulte excéntrica y bastante loca, hará lo imposible para luchar y protestar contra esos atentados a los más indefensos. En el otro lado, sus enemigos no son otros que las élites del pueblo, el gobernador, el jefe de policía, el sacerdote y el empresario de turno, todos ellos corruptos, gentuza que aprovecha su posición para vivir a costa de los demás, sin ningún miramiento ni compasión. Holland que aquí tiene la colaboración de su hija Kasia Adamik en labores de dirección, ha construido una filmografía honesta y sin fisuras, desde sus comienzos allá por 1978 con Provincial actors, muy aplaudida internacionalmente, y su consagración con Europa, Europa (1991), que trataba la odisea de dos judíos con el telón de fondo de la Segunda Guerra mundial, y también su labor como guionista con Krzystof Kieslowski en su trilogía Tres colores (1993) acercándose a géneros más clásicos como Washington square (1997) adaptación de “La heredera”, o Copying Beethoven (2006) o volviendo al tema judío con In Darkness (2011), y trabajar en el medio televisión dirigiendo episodios en algunas de las series más reputados de los últimos años como The Wire, Treme o House of Cards, entre otras.

Una carrera sincera, a contracorriente, que ha sabido manejar los distintos géneros y apuestas artísticas, dentro de unas temáticas donde se exploraba la vida de los más débiles, aquellos que huyen, o los que se esconden. En Spoor nos sumerge en un relato que podríamos decir que mezcla géneros, porque podemos advertir el thriller psicológico de ambiente rural, el drama social, las historias de amor sencillas y el documento antropológico, en el que además de mostrarnos la vida cotidiana de estos lugareños, saca a la luz esa lucha eterna y ancestral entre la naturaleza contra la codicia humana, entre aquello inmutable frente a esa apisonadora del capitalismo que, a través de la fuerza y la imposición aniquila todo aquello que tiene a su merced, sin importarle la destrucción de la fauna salvaje y la mutilación del entorno natural. La película se apoya en Duszejko, esa señora que se pone de pie como voz de los animales asesinados, que pueda parecer extravagante y ruidosa, incluso que ha perdido la razón y un montón de cosas más, pero, en su vida se ha propuesto acabar con esas cacerías terribles, que aunque no lo consiga, al menos, luchará hasta la extenuación para que ese salvajismo afecte lo menos posible a sus queridos animales.

Holland acota su película en un año, donde asistimos a las diferentes temporadas de caza (en las que se dispara contra ciervos, corzos, jabalíes…) donde se van acumulando los cadáveres de esos “hombres de bien” que van apareciendo asesinados en mitad del bosque, siempre con las sospechas del ataque de animales que, parecen vengarse de tantas atrocidades cometidas contra ellos. Una película de ritmo cadente, en el que las diferentes relaciones entre los personajes nos va sumiendo en esa atmósfera oscura y densa, donde parece que unos mandan y otros obedecen, romper esa injusticia social será el propósito de la misión de Duszejko (fantástica composición de la actriz Agnieszka Mandat, que tiene en su filmografía nombres tan importantes del cine polaco como Andrzej Vajda) en una película que ha significado una esfuerzo de producción de varios países europeos como Polonia, Alemania, R. Checa, Suecia y la R. Eslovaca, en la que aborda de un modo realista, nada complaciente y certero esas inquinas rurales que persisten entre unos y otros, entre quiénes se creen con el derecho de poseer todo lo que está a su alcance, y entre los otros, aquellos que respetan el medio en el que viven y se han posicionada junto a los más deprimidos, marginados e invisibles, aquellos que no encajan en esta sociedad clasista y deshumanizada, donde los aparentemente más civilizados, acaban siendo los más hipócritas y salvajes, y se mueven sobre dos piernas y empuñan armas. 


<p><a href=»https://vimeo.com/237575857″>Trailer SPOOR (EL RASTRO) – vose</a> from <a href=»https://vimeo.com/festivalfilms»>FESTIVAL FILMS</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Amazona, de Clare Weiskopf

(RE)ENCUENTROS ENTRE MADRE E HIJA.

“Alguna vez te has preguntado sobre aquellas decisiones que definen el rumbo de tu vida para siempre. Un día me llamó mi mamá y me dijo que tenía que conocer a Nico, un chico que estaba viajando en bicicleta y se había quedado unos días en su casa. Eso fue hace siete años. Me dijo que era perfecto para mí. Eso me produjo mucha curiosidad. Lo conocí. Y sí, hubo una atracción inmediata entre los dos. Una vez más, mi mamá había cambiado el rumbo de mi vida.

La directora colombiana de origen británico Clare Weiskopf siempre quiso hacer una película sobre su madre, pero no encontraba la manera de acercarse a ella, y tampoco, el relato idóneo que describiría quien era su madre, Valerie Meikle, Val, de buena familia irlandesa, viajó con 23 años junto a su novio colombiano a vivir en Armero, un pequeño pueblo donde nacieron sus hijas. Luego regresó a Inglaterra y conoció a Jimmy, un hippie con ganas de aventura con el que vivió como unos nómadas y con el que tuvo dos hijos, Clare y Diego. Finalmente volvieron a Colombia, se separaron, y en 1985, cuando un volcán devastó la zona de Armero llevándose la vida de su hija mayor, Valerie dejó a sus hijos en la ciudad y se lanzó a una búsqueda personal que la llevó a viajar al interior de la selva amazónica colombiana.

Ahora, Clare va a ser mamá, y regresa a casa de su madre, en plena selva colombiana, a reencontrarse con ella, a platicar sobre su relación, su pasado, de la maternidad de una, y la que está en ciernes, de las obligaciones como madre y sobre todo, a comprender a su madre y no juzgarla. Weiskopf rescata imágenes de archivo de su familia para reconstruir la peculiar y aventurera vida de su madre Valerie, una mujer inquieta, de espíritu libre e indomable, que ha hecho de su vida un canto de amor a la naturaleza, a los animales y a las sabidurías espirituales, y sobre todo, a encontrar y encontrarse siempre en su propio camino, alejada de los convencionalismos sociales y el patriarcado imperante de un país, en una constante camino personal en el que una vida estable y normalizada no entran en sus planes. Una vida errante, siempre en el camino, y de pueblo en pueblo, y de feria en feria, vendiendo artículos artesanales para subsistir, en una vida de itinerario en compañía de su amor e hijos, sin más nada que su aventura y contradictoria, temor a lo desconocido, pero a la vez, una necesidad imperiosa de continuo descubrimiento por la vida, la armonía con la naturaleza y las necesidades vitales de uno mismo. Imágenes del pasado y de ahora que, reconstruyen la vida de su madre y la suya misma, los vacíos por las ausencias maternas y la falta de estabilidad de aquellos años de vagabundeo y de continuo viaje.

La directora colombiana en su puesta de largo, filma la intimidad de su madre y la suya, en una película sencilla, construida por la directora y su pareja y colaborador Nicolas Van Hemelryck, en el que captan el paisaje natural en mitad de la selva de Val, una mujer que antepuso su vida y sus necesidades a las obligaciones como madre, a alguien que optó por vivir a su manera, alejada de sus hijos y de todo. Weiskopf cimenta la película en las relaciones amor y odio que ha experimentado con su madre, ahora que ella va a experimentar el camino de la maternidad, encuentra el sentido de la película que quería hacer sobre su madre, y nos ofrece una profunda reflexión sobre el significado de la maternidad, de aquellas obligaciones y sacrificios que hacemos al ser padres, de todo aquello que hacemos o no, y la naturaleza del amor materno, y lo hace desde la sinceridad, a través de conversaciones con su madre, preguntándole todo aquello que mantenía guardado, que nunca se atrevió a preguntar,  todos aquellos sentimientos y emociones que tuvo y tiene a raíz de la actitud tan libre de su madre.

El encuentro entre madre e hija resulta aleccionador y muy gratificante emocionalmente hablando, donde cada una de ellas escenifica sus posiciones ante la maternidad, y el verdadero sentido de la vida, y el hecho de traer hijos al mundo, e indagando en los distintos aspectos que contribuyen no sólo a la felicidad de uno mismo, sino a la felicidad y el bienestar de los hijos. Una cinta intensa y peliaguda emocionalmente, pero que sabe captar los sentimientos contradictorios de madre e hija, sin caer en ningún momento en el manierismo de las posiciones, sin prevalecer ninguna de ellas, exponiendo de manera íntima y conmovedora los encuentros de madre e hija, escuchándose y dialogando sobre todo aquello que vivieron, sintieron y en realidad, son, aquellas decisiones que nos hacen tomar un rumbo u otro en nuestra vida, que nos hacen avanzar hacía los lugares o espacios que tenemos que encontrarnos en este camino vital que nos trazamos cada día.

Desig sota els oms, de Eugene O’Neill/Joan Ollé. Teatre Nacional de Catalunya.

AMOR Y TIERRA EN LA AMÉRICA RURAL.

“Jo som la mare fins la darrera gota de sang. La granja era seua. La mare è mort. La granja è meua”

«Vui  compartir-ho  ambe  tu,  Abbie…  presó  o  mort  o  infern  o  tot!»

Nos encontramos en la Nueva Inglaterra de mediados del XIX, en una granja construida madero a madero encima de una tierra agreste y pedregosa, que trabajada año tras año se ha convertido en una tierra fértil y provechosa. Su dueño es Efráin Cabot, uno de aquellos irlandeses que llegaron al nuevo mundo dispuestos a labrarse un futuro, también viven sus dos hijos mayores, Simeon y Peter, que trabajan con el propóxito de abandonar esas tierras y emprender su viaje al oeste donde les espera el oro y una vida más fácil. Y también conoceremos a Eben, el hijo menor, hermanastro de los otros dos, que aunque ama la tierra que trabaja, reprocha al padre la vida miserable que le dio a su madre ya fallecida. Todo parece ir como siempre, con el trabajo diario, los sueños de una vida mejor y los recuerdos de los que ya no están. Toda esa armonía aparente la rompe Abbie, una treintañera de buen ver que se ha convertido en la tercera esposa de Efráin Cabot que, llega a la granja para tener una casa y esa vida que, su triste vida no ha logrado darle.

Después de En la solitud dels camps de cotó, de Bernard-Marie Koltès, sobre las máscaras y los deseos ocultos que interpretaban Andreu Benito e Ivan Benet en un magnífico tour de force, representada a principios de este año en la Sala Pequeña del TNC, Joan Ollé (Barcelona, 1955) vuelve, pero ahora a la Sala Grande con un texto de Eugene O’Neill (1888-1953) uno de los más grandes dramaturgos y escritores estadounidenses que, construye sus obras a través de un grupo de personajes que viven en los márgenes o los traspasan, siempre llevados por los aspectos más sórdidos de la condición humana y que rara vez conseguirán llevar a cabo sus ilusiones y deseos más ocultos. Estrenada en 1924, tiempos difíciles para los farmers de aquella América antesala al crack del 29, un país clasista y sumido en la derrota y la desesperación que martilleaba incesantemente a las clases más humildes y trabajadoras.

En la versión de Iban Beltran y el propio Ollé se recupera el lenguaje coloquial, aquel angloirlandés que hablaban aquellos granjeros de mediados del XIX, elemento indispensable para acercarnos a ese mundo miserable y violento, en el que tanto unos y otros huyen sin remedio de un destino cruel, y todos los medios que tienen a sus alcance, en vez de alejarlos de esa tragedia, los acerca más irremediablemente. El viejo Cabot que ya pasa de la setentena es un hombre al final del camino, las fuerzas que ayudaron a levantar su granja están oxidadas y el viejo amo se niega a desaparecer e intenta mantener a flote todo aquello por lo que luchó, se encuentra cansado y lucha con todas sus fuerzas para no sentirse solo, ya que sus hijos no han continuado su camino y lo han abandonado. Su idea de dejar un heredero a su granja parece ir por buen camino con la llegada de Abbie, que parece que le dará ese ansiado hijo que continuará su legado. Abbie es una arpía, una mujer hecha a sí misma, que tiene en su belleza su mejor arma, encuentra en la boda con el viejo Cabot un negocio formidable para sus deseos de tener una casa, y sobre todo, un hogar. Y el vértice de este fatal triángulo lo compone Eben, lastrado por el recuerdo omnipresente de su madre muerta, quiere mantener su espíritu quedándose en propiedad con la granja, ya que, según él, fue de su madre. Eben es impetuoso, con carácter, y aunque ama la tierra y la granja, su deseo está más arraigado a la memoria de su madre.

O’Neill se inspira en los clásicos griegos, en las pasiones rurales de Tolstoi,  y su dramaturgia recuerda a los dramas negros lorquianos, en un relato intenso, pasional y violento acotado en un año, situándonos en las cuatro paredes de la granja, y las relaciones humanas, complejas y llenas de sombras y violentas, cuando el conflicto entra en esa tranquilidad onírica, cuando Abbie y Eben, cada uno por motivos diferentes, más cerca de sus intereses materialistas que otra cosa, empiezan una relación amorosa, una relación oculta, salvaje e incestuosa que, llegará a oídos de todos, menos del viejo Cabot. Pero lo que empieza como un cúmulo de deseos materiales deviene en un amor puro, en una pasión arrebatadora que consigue enmendar a esas dos almas desdichadas, en el fondo, y el deseo de construir algo juntos descubriendo la importancia de compartir. Dejar el “yo” y el “mio”, por  el “nosotros”, por el sentimiento de confianza y dejar el individualismo imperante que ha ceñido sus existencias por el de la felicidad compartida, aunque esta sea porhibida, oscura y oculta de las miradas ajenas.

La rompedora y estética escenografía de Sebastià Brosa compuesta de dos espacios, uno, a su vez, muestra 4 ambientes: la fachada y los campos, la cocina, las habitaciones, tanto del matrimonio como de Even, que la pared desnuda nos ofrece dos lugares en uno, creando un magnífico juego escénico, y por último, la estancia mortuoria de la madre de Eben, donde pervive su memoria más viva cada día. Espacios donde impera el realismo de las situaciones y la oscuridad de cada uno de los personajes,  y el otro espacio, esas escaleras que nos llevan a una plataforma que hace las veces de camino que lleva al pueblo, donde iluminada de forma expresionista, observamos algunos de los momentos más intensos de la solitud y los conflictos de cada uno de los personajes. Todos esos ambientes que se mueven debido al espectacular movimiento circular obra de Andrés Corchero y Ana Pérez que, nos trasladan con especial detalle según el movimiento de los personajes.

Una obra cuidada, de temperamento escénico, y brutal desarrollo, en el que la tragedia de tres actos va apareciendo lentamente, sin prisa. Un drama rural que se apoya en el fantástico trío de intérpretes sabiamente dirigidos por Ollé, tenemos a Pep Cruz como el viejo y cansado Cabot (que recuerda a los viejos pistoleros de las películas de Peckinpah, que se niegan a asumir que su tiempo finalizó y su tiempo se ha convertido en almas en pena) a Laura Conejero, guapísima y elegante, en uno de sus mejores trabajos, llena de sensualidad y erotismo, una especie de mantis religiosa, una femme fatale que arrancará con esos deseos materialistas para alcanzar su presa, pero que el destino la hará cambiar de planes y caer arrastrada por ese amor oscuro pero llena de pasión, y por último, Ivan Benet, convertido en uno de los mejores actores de su generación, que repite con Ollé, en un personaje atrapado en los recuerdos maternos, que encuentra en Abbie una oportunidad de ser feliz, una mujer pasional y sexual donde llevar a cabo sus más bajos instintos, y sobre todo, vivir en una zona de paz que tanto ansía encontrar. Ollé ha construido una obra sobre las ambiciones materialistas, sobre el capitalismo que derrota a las personas y las consume de egoísmo, individualismo y las vuelve posesivas en lucha fraticidad con el amor romántico, ese amor puro, el que nace sin querer, el que ama con humildad, desnudo y desarmado, y consigue devorarnos con esa atmósfera fatalista que se abre paso en un mundo rural machacado y cruel que, se muere cada día, a través de unas relaciones humanas duras, violentas y miserables.

La gran enfermedad del amor, de Michael Showalter

KUMAIL Y EMILY SE CONOCEN Y… ¿ENAMORAN?

Se ha escrito y se escribirá muchísimo sobre el hecho de enamorarnos. Ideas, reflexiones y análisis existen infinidad, tantos como enamorados o no ha habido a lo largo de la historia de la humanidad. Pero que significa “estar enamorado”, lo único que sabemos o no, se basan en nuestras experiencias más íntimas, esa cosa que bulle en nuestro interior cuando nos acercamos o hablamos con esa persona que, de repente un día, penetra en nuestros pensamientos para quedarse, nunca conoceremos qué extraño mecanismo hace que eso suceda, quizás tiene que ver y mucho sobre nuestra emocionalidad o no, lo que sí sabemos con certeza que, cuando se introduce en nuestro interior ese extraño sentimiento que no podemos explicar, pasamos por toda una serie de conflictos internos, algunos placenteros y otros, no. La película dirigida por Michalel Showalter (Princeton, Nueva York, 1970) comediante, actor y director fogueado en televisión, alcanzó cierta notoriedad con la película Hello, My name is doris (2015), donde una Sally Field sesentera reflexionaba sobre lo laboral e intentaba ligar con su compañero joven, y la serie Love, donde coincidió con Judd Apatow, otro neoyorquino que ha dirigido algunas comedias renovadoras del género apostando por un humor irreverente, crítico y audaz como Lío embarazoso o Y de repente tú, entre otras.

En La gran enfermedad del amor anudan sus esfuerzos para hablarnos del amor o algo que se le parece, y lo hace de un modo realista, auténtico, vital o podríamos decir, muy parecido a lo que nos podría ocurrir en algún momento de nuestras vidas, porque su pareja de guionistas Kumail Nanjiani y Emily V. Gordon trasladan sus vivencias a la gran pantalla, nos explican cómo se conocieron y se enamoraron o no. La trama se sitúa en Chicago, donde nuestro protagonista Kumail, de origen pakistaní, se gana la vida como conductor, pero su gran sueño es ser monologuista, sueño que trabaja algunas noches en un club de la ciudad. Una de esas noches, conoce a Emily, una estudiante de psicología, se acuestan y aunque ninguno de los dos lo desea aparentemente, comienzan a salir. Mientras tanto, la familia de Kumail, y su madre en cuestión, de fuertes raíces musulmanas, intenta sin conseguirlo presentarle jóvenes pakistaníes para que Kumail elija esposa y se case. Aunque como suele pasar en estos casos, cuando las diferentes étnicas y culturales son tan grandes, la pareja entra en crisis y las cosas comienzan a ir de mal en peor.

La trama es sencilla y honesta, y reflexiona y mucho sobre la naturaleza del amor, sobre quiénes somos y a qué estaríamos dispuestos a hacer para ayudar a la persona que amamos. Preguntas que tarde o temprano surgen en cualquier relación que tengamos, cuestiones que quizás no nos hemos preguntado nunca, y que las circunstancias, de una manera u otra, nos llevarán a formularnos, quizás la película si bien consigue un ritmo excelente, lleno de situaciones tanto divertidas en el primer tramo, y luego se convierte en un drama realista y emocionante, cuando Emily contrae una grave enfermedad, en el último tramo la película se endulza, no mucho y nos acaba llevando por terrenos más transitados por las comedias románticas que tanto conocemos. Aunque Showalter consigue hacer una película que combina con holgura la comedia y el drama, y en algunos instantes roza la gran comedia clásica, y en otros, se adentra en un drama, donde Kumail se convierte en el intruso incómodo que no solamente tendrá que lidiar con sus sentimiento hacia Emily, sino que circunstancias de la vida, tendrá que relacionarse con los padres de la joven que se supone que ama, y con los suyos, que se empecinan en hacer de su vida algo que él no desea.

Un gran trabajo de la pareja protagonista, por una parte a Kumail Manjiani, surgido de la serie cómica Silicon Valley, que se interpreta a sí mismo, y Zoe Kazan, que compone una Emily divertida y de carácter que, no sólo deberá pasar por una dolencia grave, sino que medirá su amor por Kumail. Les acompañan los padres de ella, Terry, y Beth, que la interpreta la gran Holly Hunter, aquí, en una madre algo arisca e irascible. Una comedia valiente, realista y divertida que, ahonda no sólo en esos sentimientos contradictorios que nos contaminan cuando nos enamoramos o no, sino que también reflexiona sobre las relaciones humanas, nuestras diferencias, y todo aquello que somos, y que a veces nos separa y otras, nos une, aunque nunca lleguemos a saber nuestra naturaleza humana, y sobre todo, nuestra fragilidad emocional, y de esa manera, conocernos profundamente, hasta que nos enfrentemos a esos sentimientos que llamamos amor.

El tercer asesinato, de Hirokazu Kore-eda

NADIE DICE LA VERDAD.

En la primera secuencia de la película, bajo el manto oscuro de la noche, nos sitúan cerca de un río, en el que vemos a dos hombres caminando uno tras el otro, en un momento, el de atrás, asesta un golpe al otro, que cae al suelo, inmediatamente después, el hombre en pie, se agacha y remata al otro propinándole más golpes que acaban con su vida. Seguidamente, rocía el cuerpo con gasolina y le prende fuego. Somos testigos de unos hechos, si, pero la nueva película de Hirokazu Kore-eda (Tokio, 1962) la número 11 en su filmografía, se centra en las pesquisas de un reconocido abogado Shigemori para esclarecer las causas que han llevado a su defendido Misumi, a cometer semejante crimen, la cosa no resultará nada sencilla ya que el acusado asume su culpa. El cineasta japonés deja de lado sus dramas familiares basados en experiencias muy personales, para adentrarse en otro marco, en el cine de género, el thriller judicial de investigación.

La película se centra en las pesquisas del abogado y su equipo para esclarecer la verdad de los hechos, empresa compleja, por no decir imposible, en un entramado de personajes, La mujer e hija del asesinado, y algún que otro trabajador de la empresa de alimentación de la que era dueño también el muerto. Aunque entre esta tela de personas que callan más que hablan, ocultando una verdad que jamás sabremos con exactitud, y que como es sabido el juicio tampoco la buscará, ya que el proceso judicial de nuestras sociedades existe para dirimir los intereses particulares de las partes implicadas en el proceso, sin ningún atisbo de buscar esa verdad que, por un lado, sería el primer mandato de cualquier proceso judicial, y por otro, nos haría entender el porqué de muchas cosas que ocurren. Kore-eda enmarca su película, como es habitual en su cine, en una trama de pocos personajes, si bien, la película se sitúa en el marco judicial, hay rasgos significativos que anidan en su mirada hacía las familias, centro de análisis de buena parte de su filmografía, aquí, volvemos a encontrarnos con familias desestructuradas, rasgadas por separaciones, odios, mentiras y enormes faltas de cariño entre ellos.

La película avanza en dos direcciones, los careos entre abogado y acusado, en los milimétricos y apabullantes encuentros filmados en la cárcel, donde descubrimos algo más de lo que se cuece en el interior de estos dos personajes, uno intentando levantar aire y mar para desempolvar la verdad de los hechos, que curiosamente, defiende a un hombre que treinta años atrás también, y con su padre de juez, fue condenado por doble asesinato. Y frente a él, al acusado, un hombre solo, contradictorio, que está alejado de su única hija, y parece asumir su destino o no. Kore-eda nos lanza infinidad de cuestiones al aire, sin inmiscuirse en la moral de sus personajes, dejándolos ir y venir, con sus consecuencias, por la película, eso sí, dejándonos a nosotros, sus espectadores, encontrar la verdad o no, a partir de todos los argumentos de unos y otros, y no sólo sus necesidades vitales, económicas y demás, sino aquellas que ocultan, aquellas que mantienen en secreto, que a la postre, son las verdaderas razones que les han llevado a obrar de una manera u otra.

Dejando la fotografía naturalista que nos tenía acostumbrados en sus películas familiares, Kore-eda opta por una luz artificial, obra de Mikiya Takimoto, muy propia de los clásicos americanos, en la que la cámara filma a sus personajes muy cerca, creando esa atmósfera inquieta, plaga de claroscuros que también viste en estas películas, que tanto en argumento como forma nos recuerda a El infierno del odio o Anatomía de un asesinato. Una película de ritmo cadencioso, suave, como susurrándonos al oído, sin esas incomodas sorpresas sacadas de la nada, aquí, no hay nada de eso, Kore-eda nos propone un intenso y emocionante thriller judicial, un apabullante tour de force entre sus dos intérpretes, Masaharu Fukuyama y Koji Yakusho, abogada y acusado, tanto monta, monta tanto, dos personajes atrapados en este entramado de apariencia y mentiras, a través de unos personajes complejos que se mueven entre las tinieblas de una sociedad demasiado agarrotada en sus falsas mentiras, en un mundo de trajes oscuros, pero de doble moral, que contribuye a un mundo cada vez más legal con el sistema e ilegal con las personas, donde convertirse en adulto es comenzar a mentir como mencionaba Pessoa, reflexión que nos debería empezar a replantearnos qué tipo de sociedad estamos creando y para quién demonios sirve.

En cuerpo y alma, de Ildikó Enyedi

¿QUÉ SOÑASTE ANOCHE?.

Un nuevo día, un día como otro cualquiera, en un matadero de cualquier ciudad europea, sus empleados se mueven mecánicamente por las diferentes salas, haciendo su trabajo como cada día. Se reúnen en el comedor para ingerir alimentos, todos se mueven de manera tranquila y mecánica, pero, nos quedamos viendo a uno de ellos, Endre, el maduro director financiero, impedido de un brazo, que come el estofado que más le gusta. De repente, algo llama su atención, se trata de Mária, una joven atractiva que es la nueva inspectora de sanidad. El séptimo trabajo de Ildikó Enyedi (Budapest, 1955) después de un largo período sin dirigir largometrajes, 18 años exactamente, dedicados a la enseñanza, a trabajos en campos como el documental, el cortometraje o la televisión, después de su celebrado Mi siglo XX, debut allá por 1989, premiado en Cannes y en innumerables festivales, y elegida como una de las mejores películas del cine húngaro. La cineasta húngara nos cuenta una peculiar y original historia de amor, dos seres antagónicos aparentemente pero con grandes similitudes emocionales, que descubren por azar que sueñan lo mismo. Sueñan con dos ciervos, macho y hembra, que se encuentran en un bosque nevado rumiando, buscando comida, bebiendo de un arroyo, etc.

Enyedi construye su película de forma sencilla y austera, situándonos en apenas algunos espacios, el matadero, por el día, con los quehaceres mecánicos y asépticos, donde la mecanización absorbe cualquier vestigio de humanidad, ya no digamos las relaciones superficiales que allí se mantienen, en contraposición, con los pisos de los dos protagonistas, fríos e incómodos, pero que nos descubren la intimidad y las interioridades de cada uno de ellos. Tanto Endre, el maduro de vida apagada y vacía, que debido a su edad ya se ha retirado y ha renunciado a volver a enamorarse, y acepta su vida y su trabajo de forma tranquila y aburrida, en el que las cosas funcionan de forma cotidiana y aburrida, y luego está Mária, una joven muy observadora y extremadamente eficaz en su trabajo, pero carece de sociabilidad, debido a sus problemas emocionales, ya que le resulta incapaz de relacionarse con los demás de manera natural, y tiene su sexualidad apagada. Un relato sencillo y emocionante que nos relaciona con el mundo animal, tanto con los ciervos de los sueños, como las vacas que son sacrificadas en el matadero, las emociones de unos seres no tan alejadas de las nuestras.

Dos seres cotidianos, con los que nos cruzamos cada día por la calle, que no llaman la atención, dos seres que podríamos ser nosotros, llevando sus vidas sin más, unas vidas vacías y ancladas en la nada, del trabajo a casa, alguna cerveza en un bar triste y vacío, y cenas precalentadas mientras se aburren mirando un estúpido programa de televisión. Vidas sin más, como tantas existen y tenemos en estas sociedades industrializadas, donde todo se ha racionalizado y las emociones han quedado castigadas sin más, done todo se desarrolla bajo los objetivos materiales sin importar los sentimientos. Endeyi cimenta su película bajo los territorios de sus anteriores trabajos, donde la condición humana y las relaciones personales forman la estructura argumental de su cine, mostrando relatos cotidianos donde esa aparente sencillez oculta conflictos interiores personales y sociales difíciles de resolver, en unas tramas donde se mezclan la realidad con el mundo de los sueños, como les ocurre a sus protagonistas, seres mundanos que ocultan graves conflictos emocionales, pero que descubrirán que no todo está perdido, porque ese mundo onírico que los tiene seducidos, quizás tiene su interpretación en el mundo real en el que viven diariamente, aunque su materialización resulte demasiado complejo y provoque grandes tensiones entre ellos, debido a sus torpezas, miedos e inseguridades.

Endeyi ha construido una bellísima película sobre el dolor, el amor, la vida, y el mundo de los sueños, de lo que somos y en realidad, deseamos ser, de todo aquello que ocultamos por miedo a sentirnos rechazados y todas nuestras cargas emocionales que tanto cuesta compartir, en una cinta que atrapa desde su frágil armonía de personajes, espacios y elementos, en un inmenso trabajo de luz, que se mueve entre la frialdad y el claro oscuro, de colores muy opacos, obra de Maté Herbai, y el detallista trabajo de arte de Imola Láng, que bucea en la desnudez de unos espacios deshumanizados e incómodos, el sutil y preciosista montaje de Károly Szalai, y la suave y seductora música de Ádám Balázs, un equipo técnico de trabajo ejemplar, que ayudan a contarnos esta íntima y bellísima historia donde la gran pareja protagonista, Géza Morcsányi que da vida a Endre, debutante en el cine, que ha desarrollado su profesión en una de las grandes editoriales del país, y Alexandra Borbély, componiendo a la correcta y fría Mária. Una pareja que se aleja de los intérpretes de las historias románticas al uso, aunque esta es una historia de amor diferente, compleja y conmovedora, que nos atrapa suavemente, sin necesidad de artificios, sólo con un par de personajes, un trabajo sin más, y unos sueños que se comparten y provocan emociones complejas y seductoras a ambos.

Jericó, el infinito vuelo de los días, de Catalina Mesa

EL ALMA FEMENINA DE LAS PEQUEÑAS COSAS.

“Nada por perder, nada por ganar, todo para dar”

Mathieu Richard

La semilla de esta película se inició como homenaje a Ruth Mesa (1925-2008) escritora y poetisa de Jericó, un pequeño pueblo a 100 km de Medellín (Colombia) que se alza a 2500 metros de altura, en la cordillera occidental de Los Andes, en el sureste del departamento de Antioquia. Sus historias, sabiduría e inquebrantable espíritu enamoraron a una de sus nietas, la directora Catalina Mesa, que años después, volvió con su cámara y su equipo, para levantar su primera película enla tierra de su tía abuela para filmar sus calles, sus casas coloridas, sus vientos, su luz y sobre todo, recoger el testimonio de 8 mujeres de diferentes vidas, clase social, amores, dolores, creencias, etc… pero todas compartiendo el mismo espíritu férreo y vitalista de esas pequeñas cosas que conforman unas existencias en las que ha habido de todo, desde lo más bonito hasta lo más duro, pero que nunca, a pesar de todo lo que les tocó vivir, no han desfallecido en su forma de ser y en su maravillosa actitud ante la vida y sus cosas.

La directora colombiana construye su película a través del testimonio y la mirada de estas 8 mujeres, mujeres que pasan de la setentena, en un viaje poético e íntimo a sus vidas, sus recuerdos y todo aquello que ha rodeado sus existencias, en el que la ausencia masculina, por diferentes motivos, llena sus testimonios, y Mesa, no lo hace con bustos parlantes, sino que lo plantea a través de diferentes diálogos-encuentros que van manteniendo las mujeres con su entorno, en el que las vamos conociendo, escuchando y reflexionando sobre sus vidas, sus viajes, su trabajo, y esa relación tan íntima con su paisaje a través del llamativo colorido de sus casas, sus comidas y todos los objetos que decoran sus casas, y tienen un especial significativo en el transcurso de sus vidas. Mesa, a través de una exquisita forma, en la que prevalece la explosión de colores, debido a su peculiar arquitectura, y un finísimo detalle en la filmación de los objetos, muebles y espacios en los que viven estas mujeres, y no sólo se quedándose en el elogio de esas vidas vividas.

La película, también, nos descubre el dolor y la fortaleza que han tenido que sacar de sus entrañas para sobrevivir ante los avatares de sus vidas, sus pérdidas, las ausencias, algunos elegidas y otras, no, y el apoyo en lo religioso, herencia de la cultura europea, como motor espiritual en sus vidas. Una película que también puede verse también como un homenaje, no sólo a estas mujeres fuertes y dulces, sino también a la vida rural colombiana, y su cultura popular, en las que escuchamos su sabiduría de la tierra que las ha visto crecer y convertirse en mujeres, con sus itinerarios de vida, en que hay espacio para escuchar la poesía de Jericó, y la música que ha acompañado a estas mujeres, como la pianista Teresita Gómez, Eydie Gorme y Los Panchos, o Dr. Alfonso Ortiz y Juan Arvizu, donde escuchamos tangos, boleros, cumbias y unas melodías que nos transportan a los recuerdos de estas mujeres, a aquella juventud de viajes, de rezos, de amores, de amistades, de males, alegrías y tristezas, vidas en las que el recuerdo está muy presente, pero siempre desde un punto de vista lleno de humor, porque estas 8 mujeres pasan del llanto a la risa en un abrir y cerrar de ojos, aceptando el dolor y la alegría como elementos indisolubles de vivir y seguir hacia delante.

Un relato bellísimo y conmovedor, que tiene en el cine de Depardon y sus películas del mundo rural francés, su fuente de inspiración, en el que filma con honestidad y espíritu de observacional, alejándose de la postal embellecedora tan manida de otros. La película contiene un trabajo antropológico y valioso de dejar testimonio del pueblo y su historia, y de sus habitantes, en este caso de un puñado de sus mujeres, de reflexionar y mostrar ese espíritu inquebrantable femenino que sigue en pie, con sus recuerdos amontonados, sus fotografías que nos muestran esas vidas de trabajo duro y felicidad, pero que no cejaron en vivir sus propias vidas, siendo autónomas, y sobre todo, trabajar con energía e ilusión para ser las mujeres que querían ser, a pesar de las dificultades de una sociedad anclada en el patriarcado imperante, pero que ellas, seguras de sí mismas y haciendo frente a los problema logrando ser unos espíritus libres, alegres y combativos.


<p><a href=»https://vimeo.com/209874521″>TRAILER JERICO</a> from <a href=»https://vimeo.com/compacto»>COMPACTO.coop</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

El secreto de Marrowbone, de Sergio G. Sánchez

EL MAL ENTRE NOSOTROS. 

“Nada, nadie, nunca podrá separarnos”

Una madre y sus cuatro hijos llegan una mañana de principios de verano a una antigua casa abandonada que perteneció a la familia. Huyen de alguien, y lo único que desean es empezar una nueva vida, todos juntos, alejados de ese mal que les acecha. Pero, la madre cansada y enferma, muere a los pocos días, y los hermanos tendrán que ocultar su muerte para continuar juntos. Pero, cuando todo parecía alimentarse de armonía y una nueva ilusión, el pasado, personificado en un padre asesino vuelve a penetrar en sus vidas. La primera película cinematográfica de Sergio G. Sánchez (Oviedo, 1973) guionista habitual de J. A. Bayona (ejerciendo como productor) que ya había dirigido un telefilm y un par de cortos, en uno de ellos 7337, supondría el germen argumental de El orfanato (2007) primer largo de Bayona, así que su puesta de largo como director no ha sido una sorpresa, sino que era de esperar. La película mantiene el armazón de su cine predecesor, manteniendo elementos compartidos con la mencionada El orfanato. Volvemos a una casa abandonada que guarda muchos enigmas, también está protagonizada por niños que huyen de algo, y nos cuentan su historia siguiendo los parámetros del cuento de terror, ese que nos contaban en las noches de tormenta.

El cineasta asturiano sitúa su película en la América rural del 1969, donde unos hermanos tendrán que vivir o al menos intentarlo, y hacer frente a las continuas adversidades a las que deberán enfrentarse. Jack, el mayor, se hará cargo de la familia, Jane, la segunda, cuidará de Sam, de 5 años y benjamín de todos, y por último Billy, de 18, el rebelde que generará algún que otro conflicto. En sus vidas, aparecerá Allie, una chica que trabaja en la biblioteca del pueblo, que iluminará y devolverá algo de esperanza a sus existencias, y el marco de esta trama, lo completa Potter, el abogado de la familia que investigará más de lo debido, causando algún que otro problema al secreto que guardan los hermanos. G. Sánchez nos sumerge en una fábula moral, en un relato de terror psicológico siguiendo las leyes del cuento clásico, conduciéndonos por una estructura que nos ocultan una serie de enigmas que la propia trama nos irá desvelando concienzudamente, siguiendo un ritmo pausado, generando con astucia todas las tensiones y conflictos que se producirán en este relato que mezcla diferentes elementos, desde el thriller, algún que otro susto, una historia de amor libre e inocente, y además se adentra en el drama social, distintas situaciones que conviven en una trama in crescendo, en que ese pasado y oscuro, que se nos irá desvelando muy despacio, se acabará adueñando de la casa.

La casa donde se desarrolla este drama, aislada de todo y todos, y no menos que ruinosa, que actúa como un personaje más, como mandan los cánones de los filmes de terror, en un gran trabajo de arte de la mano de Patrick Salvador (habitual del director Gabe Ibáñez) consiguiendo crear un espacio vivo, lleno de grietas, manchas y habitaciones oscuras rodeadas de ruidos extraños, en un inmenso trabajo de luz naturalista (muy setentera, que recuerda al Néstor Almendros de Días del cielo) obra de Xavi Giménez (colaborador de Balagueró, Fresnadillo, que ya cinematografió los dos capítulos de la serie Penny Dreadful, dirigidos por Bayona) y el enérgico e intenso montaje de Elena Martín (que hemos visto en trabajos de Bayona , Kike Maíllo e Isabel Coixet) en un cuento clásico de terror que huye del efectismo, aunque recurre a algún que otro susto muy recurrente a este tipo de películas en el cine actual, y deja algún que otro cabo suelto en un argumento que mantiene su línea de tensión narrativa e inquietud rara, esas situaciones donde en cualquier momento estallará algo aterrador.

La película mantiene su ritmo y pulso narrativo, creando esa atmósfera inquietante y carcomida que se ha instalado en esas cuatro paredes que hablan más de lo que parece y en esos hermanos que callan más de lo que sienten, donde los fantasmas que rodean sus vidas y la casa, tienen que ver más con su pasado que su actual presente. El buen trabajo de los intérpretes jóvenes, británicos y talentosos, protagonistas de la película consigue convencernos en unos personajes huidos, llenos de incertidumbre, que se mueven entre sombras y arrastran la condena de ese pasado terrorífico reencarnado en la figura de ese padre Saturno, y nunca logran mantener por mucho tiempo esa paz que tanto ansían. Rodada en localizaciones de Asturias (raíces del director) la película entretiene, conmueve, y logra introducirnos en esta historia de huérfanos en constante peligro, en un bien contado cuento de terror, recuperándonos nuestros miedos infantiles, donde los fantasmas parecen más reales que lo que nos dicta nuestra imaginación, y el terror y los males siempre se encuentran más cerca de lo que imaginamos, y sólo en nuestro interior, tenemos las respuestas a todo aquello que nos amenaza e inquieta profundamente.