La mujer ilegal, de Ramón Térmens

LAS MISERIAS DEL ESTADO.

“Pocas cosas desmoralizan más que la injusticia hecha en nombre de la autoridad y de la ley”

Concepción Arenal

Desde su revelador título, La mujer ilegal, la película es un durísimo retrato de las maldades del estado contra los inmigrantes, a través de Fernando Vila, uno de esos tipos antihéroes, que luchan sin descanso, que se dedica a representar a los inmigrantes, a enfrentarse contra ese estado, que por un lado, adopta una posición humanitaria, y actúa con contundencia contra los inmigrantes, encerrándolos en esos “Guantánamo españoles”, los llamados CIE (Centros de Internamiento de Emigrantes). La potentísima secuencia que abre la película, con todo un grupo de inmigrantes, que van pasando uno por uno, frente a Vila, explicándole su miserable situación. Ramon Térmens (Bellmunt de Segarra, Lleida, 1974), ha construido una filmografía en la que utiliza el thriller para contarnos las desigualdades y miserias de la sociedad, donde pululan tipos in escrúpulos que ostentan cargos de poder, junto a otros, la otra cara de la moneda, tipos que se enfrentan a ellos, y casi siempre, como ocurrían en los policíacos de los treinta y cuarenta, nunca salen victoriosos, pero, eso sí, esas derrotas no les suponen tirar la toalla y abandonar, sino que les dan más fuerza para seguir en la brecha. Los llamados antihéroes, como lo es Fernando Vila, que además de luchar contra el estado, tiene otra “guerra”, la de su mujer enferma de cáncer, subtrama que ayuda a entender el proceso vital del personaje.

Vila es un tipo que está ayudando a Zita Krasniqi, una joven kosovar que ejerce la prostitución y que ha sido encerrado en un CIE, pero la joven aparece muerta, y Vila empieza a investigar, se tropezará con Juliet Okoro, una joven inmigrante nigeriana, que conocía a la víctima, y con Oriol Cadenas, un jefe de policía con malas artes, y todo se complicará mucho. La película tiene esa mezcla de tono clásico de los grandes títulos de Lang, Hawks o Huston, y también, la potencia de títulos más recientes como Promesas del este, de Cronenberg o Perdida, de Fincher, con esa luz sombría y pálida de una ciudad como Lleida, con la excelente cinematografía de Pol Orpinell, en un eficaz y rítmico guion que firman el propio director y Daniel Faraldo, que llevan una década trabajando. La película es lineal en su compleja trama, pero con abundantes giros y diferentes puntos de vista, con el impecable trabajo de edición que firman Anna Térmens, Sergi Maixenchs y Ramon Palau, en la que nos van enredando en un relato de puro cine negro como los de antes, aquellos que servían para criticar con dureza las miserias e injusticias del estado, poniendo sobre la mesa a toda esta retahíla de corruptos que dirigían las vidas del resto.

La mujer ilegal nos habla de la situación humana de los recién llegados, sus vidas de huida constante, de miedo y explotados en empleos sucios, pero no los trata con condescendencia, ni la película construye una superficial disputa de buenos contra malos, Térmens huye de esa posición y se adentra en un terreno más difícil y complejo, porque todos los personajes se mueven por intereses, ya sean económicos o personales, en la que la historia captura todas sus contradicciones, miedos e inseguridades, unas más comprensibles que otras, pero sus razones al fin y al cabo. El director leridano ha conseguido una película muy sobria y elegante, repleta de personajes y personas, de aquí y ahora, con individuos que nos cruzamos diariamente, pero, quizás, por miedo o desconocimiento, miramos hacia otro lado, sin implicarnos, escondiéndonos en nuestras existencias, evitando el problema, sin saber cómo enfrentarnos, y sobre todo, con esa estúpida carga condescendiente.

El magnífico trabajo del reparto es otro de los elementos que más brillan en la película, encabezados por Daniel Faraldo, un actor que lleva más de cuatro décadas trabajando en Hollywood con nombres tan ilustres como Cukor o Ferrara, que además de firman el guion y coproducir con Térmens, pone la piel y sobre todo, el rostro, a un individuo, que parece haberse bajado del caballo de alguna película de Peckinpah, de esos tipos que la vida los ha zurrado tanto que están llenos de magulladuras y cicatrices que arrastran, tipos capaces de enfrentarse a quién sea con tal de enmendar cualquier injusticia, abogados humanistas y sencillos que no cesarán de seguir en la lucha resistiendo y combatiendo sin tregua las leyes inhumanas contra los más vulnerables, escenificando a todos los perdedores de todas las batallas, pero fieles a lo que creen y sobre todo, humanistas sin remedio. Bien acompañado por la sorprendente y maravillosa Yolanda Sey, debutante en el cine, que hace la inmigrante nigeriana atrapada en las mafias de unos tipejos sin escrúpulos, con el beneplácito de una policía corrupta, la presencia del excelente Isak Férriz, un intérprete dotado de una fuerza brutal, dando vida a ese Oriol Cadenas, un poli de armas tomar, alguien que se mueve entre las sombras, que usa y escupe, que no se amilana por nadie ni por nada, un ser de ley que usa la ley para su beneficio.

La terna protagonista brilla con la ayuda de todo un grupo de intérpretes de reparto, de vital importancia en películas de este tipo, que mezcla viejos conocidos del director, como Boris Ruiz, Àngels Bassas, y luego, otros como Montse Germán, que da vida a la esposa de Vila, Raquel Camón, activista marroquí contra los CIE, y Klaudia Dudová como la desdichada kosovar. Térmens ha construido un relato duro, sin concesiones, que denuncia las malas prácticas del estado contra los inmigrantes, aprovechándose de los necesitados, como recientemente denunciaba la excelente Sole, de Carlo Sironi, en una historia que enrabietará a los espectadores más críticos y emocionará a todos, por su personas humanos y cercanos, su elegancia visual, con esos planos cenitales, esos movimientos siguiendo a los personajes, como en las grandes del género, o la construcción que hace de los funcionamientos miserables e invisibles de nuestros estados, esos que deberían ayudar a hacer la sociedad más justa y sobre todo, más humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The square, de Ruben Östlund

DESTAPAR LAS MISERIAS.  

La película sigue la existencia de Christian, uno de esos hombres triunfadores y rodeados de buenos sentimientos. Christian es un hombre alrededor de los cuarenta y bien parecido, es de esos tipos felices con su trabajo, dirige uno de los museos más importantes de arte contemporáneo y además, se muestra satisfecho con su vida. Conduce un coche moderno y eléctrico, y tiene un apartamento de alto standing. Divorciado y padre de dos hijas impertinentes y consentidas. Toda su vida marcha sobre ruedas. Pero, una mañana, una como otra cualquiera, después de ser alertado por un incidente cotidiano en plena calle, le sustraen la cartera y el móvil sin darse cuenta. A partir de aquí, su vida girará en torno a recuperar sus objetos, y además, sin sarde cuenta, o dándose mucha, se cuestionarán sus ideales y valores humanos frente a sus actos, si éstos reflejan realmente sus pensamientos de solidaridad y justicia.

Ruben Östlund (Styrsö, Suecia, 1974) vuelve a la carga con sus sátiras morales donde reflexiona sobre la fragilidad humana envuelta en situaciones morales que los hacen replantearse su existencia, como viene explorando, desde su debut en Involuntario (2008) donde a partir de 5 episodios cuestionaba el poder del grupo sobre el individuo, en Play  (2011) se centraba en niños negros e hijos de inmigrantes que se excusaban en el racismo y los prejuicios sociales para desplumar a chicos de su edad, y finalmente, en Fuerza mayor (2014) resquebrajaba los ideales de la familia a partir de la situación de un padre de familia que anteponía su salvación a la de su mujer e hijos, ante una avalancha de nieve. El cineasta sueco construye parábolas morales sobre el individuo y la construcción de sus valores, muchos de ellos incuestionables y defendidos a capa y espada, aunque llegados a sus materializaciones físicas en la sociedad, esas situaciones incómodas, en las que esos valores que se creían sólidos desaparecen en pos a un instinto de individualismo y egoísmo.

Östlund, al que podríamos definir como un alumno aventajado de Haneke o de Roy Andersson, eso sí en un tono diferente, pero en esa idea de arremeter contra los prejuicios sociales y cuestionar los aparentemente valores que estructuran nuestras existencias que materializados adquieren cuanto menos un disfraz de hipocresía, vanidad y condescendencia. La película penetra en el mundo del arte contemporáneo, siguiendo la cotidianidad del museo, y lo hace desde la mirada extraña y crítica, a través de una exposición que revela más de cómo somos y sobre todo, como actuamos, en la que se plantea la confianza que tenemos depositada en los otros, esos extraños que no conocemos, a partir de un cuadro en mitad de una plaza, que expone nuestra voluntad de ayudar a los demás por encima de nuestras necesidades individuales, una especie de altruismo, que no lo es tanto (instalación llevada a cabo por el propio director en el museo Vandalorum en Suecia). Östlund no sólo mide el grado de esnobismo y caparazón de mucho del arte contemporáneo de la actualidad, en la impostura que vende, sino su propia utilidad y utilización en el mundo de fuera, en la realidad de ricos y pobres que estructura nuestra sociedad, sino que también, penetra en las relaciones superficiales y desinhibidas que se producen en ese ambiente de nuevas tecnologías (de lo que llegamos a hacer para vender el producto a toda costa) los falsos valores hipócritas tanto de los que dirigen y trabajan en el museo, como esos mecenas que lo alimentan, todos ellos se mueven en un coto cerrado que tiene poco o nada que ver con el exterior, ensimismados en su superficialidad.

Östlund construye una película de largas secuencias, como es habitual en su cine, macerando sus historias introduciendo aspectos inquietantes que nos causan una gran extrañeza e incomodidad (como el chimpancé real que vive con la periodista o la performance del hombre actuando como un simio ante el asombro de todo ese público que se mueve en ese falso oropel y virtuosismo humano) sin olvidarnos de una forma y fondo que nos cuestiona continuamente a los espectadores, obligándonos a tomar partido de aquello que estamos viendo, en una suerte de juego de espejos en el que el reflejo que nos devuelve nos arrincona y nos da la vuelta, posicionándonos en ese espacio de falsedad, apariencia y terror, elementos en los que hemos posado nuestra vida, aspectos de nuestro carácter que odiamos, aunque cuando nos aprietan un poco las clavijas y nos sumergen en ambientes y situaciones en las que nuestra tranquilidad y confort se ven amenazados, aparecen nuestras miserias y actuamos como el más vulgar de los semejantes, convirtiéndonos en eso que criticamos de los demás, o en esa bestia salvaje descontrolada.