The square, de Ruben Östlund

DESTAPAR LAS MISERIAS.  

La película sigue la existencia de Christian, uno de esos hombres triunfadores y rodeados de buenos sentimientos. Christian es un hombre alrededor de los cuarenta y bien parecido, es de esos tipos felices con su trabajo, dirige uno de los museos más importantes de arte contemporáneo y además, se muestra satisfecho con su vida. Conduce un coche moderno y eléctrico, y tiene un apartamento de alto standing. Divorciado y padre de dos hijas impertinentes y consentidas. Toda su vida marcha sobre ruedas. Pero, una mañana, una como otra cualquiera, después de ser alertado por un incidente cotidiano en plena calle, le sustraen la cartera y el móvil sin darse cuenta. A partir de aquí, su vida girará en torno a recuperar sus objetos, y además, sin sarde cuenta, o dándose mucha, se cuestionarán sus ideales y valores humanos frente a sus actos, si éstos reflejan realmente sus pensamientos de solidaridad y justicia.

Ruben Östlund (Styrsö, Suecia, 1974) vuelve a la carga con sus sátiras morales donde reflexiona sobre la fragilidad humana envuelta en situaciones morales que los hacen replantearse su existencia, como viene explorando, desde su debut en Involuntario (2008) donde a partir de 5 episodios cuestionaba el poder del grupo sobre el individuo, en Play  (2011) se centraba en niños negros e hijos de inmigrantes que se excusaban en el racismo y los prejuicios sociales para desplumar a chicos de su edad, y finalmente, en Fuerza mayor (2014) resquebrajaba los ideales de la familia a partir de la situación de un padre de familia que anteponía su salvación a la de su mujer e hijos, ante una avalancha de nieve. El cineasta sueco construye parábolas morales sobre el individuo y la construcción de sus valores, muchos de ellos incuestionables y defendidos a capa y espada, aunque llegados a sus materializaciones físicas en la sociedad, esas situaciones incómodas, en las que esos valores que se creían sólidos desaparecen en pos a un instinto de individualismo y egoísmo.

Östlund, al que podríamos definir como un alumno aventajado de Haneke o de Roy Andersson, eso sí en un tono diferente, pero en esa idea de arremeter contra los prejuicios sociales y cuestionar los aparentemente valores que estructuran nuestras existencias que materializados adquieren cuanto menos un disfraz de hipocresía, vanidad y condescendencia. La película penetra en el mundo del arte contemporáneo, siguiendo la cotidianidad del museo, y lo hace desde la mirada extraña y crítica, a través de una exposición que revela más de cómo somos y sobre todo, como actuamos, en la que se plantea la confianza que tenemos depositada en los otros, esos extraños que no conocemos, a partir de un cuadro en mitad de una plaza, que expone nuestra voluntad de ayudar a los demás por encima de nuestras necesidades individuales, una especie de altruismo, que no lo es tanto (instalación llevada a cabo por el propio director en el museo Vandalorum en Suecia). Östlund no sólo mide el grado de esnobismo y caparazón de mucho del arte contemporáneo de la actualidad, en la impostura que vende, sino su propia utilidad y utilización en el mundo de fuera, en la realidad de ricos y pobres que estructura nuestra sociedad, sino que también, penetra en las relaciones superficiales y desinhibidas que se producen en ese ambiente de nuevas tecnologías (de lo que llegamos a hacer para vender el producto a toda costa) los falsos valores hipócritas tanto de los que dirigen y trabajan en el museo, como esos mecenas que lo alimentan, todos ellos se mueven en un coto cerrado que tiene poco o nada que ver con el exterior, ensimismados en su superficialidad.

Östlund construye una película de largas secuencias, como es habitual en su cine, macerando sus historias introduciendo aspectos inquietantes que nos causan una gran extrañeza e incomodidad (como el chimpancé real que vive con la periodista o la performance del hombre actuando como un simio ante el asombro de todo ese público que se mueve en ese falso oropel y virtuosismo humano) sin olvidarnos de una forma y fondo que nos cuestiona continuamente a los espectadores, obligándonos a tomar partido de aquello que estamos viendo, en una suerte de juego de espejos en el que el reflejo que nos devuelve nos arrincona y nos da la vuelta, posicionándonos en ese espacio de falsedad, apariencia y terror, elementos en los que hemos posado nuestra vida, aspectos de nuestro carácter que odiamos, aunque cuando nos aprietan un poco las clavijas y nos sumergen en ambientes y situaciones en las que nuestra tranquilidad y confort se ven amenazados, aparecen nuestras miserias y actuamos como el más vulgar de los semejantes, convirtiéndonos en eso que criticamos de los demás, o en esa bestia salvaje descontrolada.

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Pasaporte para Pimlico, de Henry Cornelius

1949 Passport to Pimlico - Pasaporte para Pimlico (ing) 01¡VIVA BORGOÑA LIBRE!

“Somos ingleses, hemos sido ingleses y siempre seremos ingleses, y precisamente por ser ingleses tenemos derecho a ser borgoñeses”.

Los Estudios Ealing fueron inaugurados por Will Baker en  1896. Pero no fue hasta el año 1938 y capitaneados por Michael Balcon, que empezaron a llamarse de esa manera haciendo honor al barrio de Londres situado en West End. En las décadas de los 30 y 40 realiza más de 60 películas protagonizadas por estrellas como George Fomby y Will Hay, y documentales de guerra, aunque será en el período de posguerra donde alcanzaría su fama y notoriedad realizando comedias satíricas que afianzaron el término british, durante el período de 1947 a 1956. Dirigidas por Alexander Mackendrick, Whisky a go gó (1949), El hombre del traje de blanco (1953) o El quinteto de la muerte (1955), Michael Crichton, Oro en barras (1951), Los apuros de un pequeño tren (1953), La lotería del amor (1954), ó Ocho sentencias de muerte, dirigida por Robert Hamer (1949), entre otras, y protagonizadas por actores de la talla de Alec Guiness, Stanley Holloway, Margaret Rutherford, David Niven, Peter Sellers, Joan Greenwood… Un sello característico y muy notable en unas películas que abordaban los temas más candentes y cotidianos, desde un prisma cómico, crítico y en ocasiones grotesco.

Pasaporte para Pimlico, producida en 1949 y dirigida por Henry Cornelius es una de las comedias más características de la época y punta de lanza de la compañía. La película se sitúa en el barrio londinense formado por cuatro calles, y una zona sin edificar que mantiene en litigio feroz a las fuerzas vivas del distrito, los unos, quieren un espacio de jardines y juego para todos, los otros, quieren edificar y comercializarlo para sacarse un dinero. Este tira y afloja se ve interrumpido cuando por accidente unos niños hacen estallar una bomba abandonada de la guerra, la explosión origina un boquete y en el que un padre y su hija descubren un tesoro que según una historiadora, conocedora de la zona, atribuye a los antiguos propietarios del lugar, los borgoñeses. A partir de ese momento, se desata la locura en el barrio, y sus habitantes se declaran borgoñeses, y fundan un país independiente de Inglaterra. Crean un gobierno e implantan sus propias leyes, los estraperlistas invaden la zona, y los problemas comienzan a florecer. Ante la libertad que se crea en Borgoña, el estado británico incapaz de aceptar la nueva nación, contraataca imponiendo fronteras, impuestos y leyes amenazantes y restrictivas a los nuevos borgoñeses, incluso los declaran país non grato y los condenan al ostracismo, deteniendo su abastecimiento de alimentos y productos de primera necesidad. Encima, Londres está sufriendo una grave sequía y la falta de agua, genera más dificultades. Ni la llegada del Duque de Borgoña, heredero legítimo del nuevo estado, paliará las dificultades.

Una maravillosa y ejemplar sátira política en el que se descojonan de todo lo british (el sentimiento nacional y patriótico, muy vapuleado en aquel momento, después de la guerra, las costumbres cotidianas tan arraigadas en los ciudadanos, un orgullo altivo que es llevado hasta sus últimas consecuencias…), hay espacio para ridiculizar las leyes y los burócratas, las estructuras políticas que hacen funcionar hipócritamente las naciones también son pasto de la risa, el cinismo de las autoridades con respecto a las necesidades ciudadanas. La película funciona como una irreverente, sencilla y brutal alegoría de la situación del país durante la terrible posguerra, donde la escasez y el racionamiento estaban a la orden del día. La respuesta del gobierno británica de represión y hostilidades contra el nuevo estado encuentra una respuesta contraria tanto en los propios borgoñeses y en el pueblo británico, que se lanzan a ayudarse, en un ejemplo de la camaradería y solidaridad que reinaba en aquella Inglaterra de escasez y hambrienta. Destacar su magnífica ambientación, y composición, así como su excelente plantel de intérpretes que componen un extraordinario mosaico de la agitación y el espíritu que se manejaba en la época, donde los maravillosos diálogos afilados y punzantes que no dejan títere con cabeza. Una obra para el cine británico como es Roma, ciudad abierta, de Rossellini para la cinematografía italiana, o Bienvenido Mr. Marshall, de Berlanga, para la española. Durísimas sátiras políticas y sociales de la terrible situación que se vivía, que funcionaban como respuestas ante esa realidad triste y gris de cada día, una realidad imperante que consume toda incipiente humanidad y desarrollo, a la que sólo queda hacer frente con todas nuestras fuerzas y luchar incansablemente para derribarla.

<p><a href=”https://vimeo.com/47769446″>Pasaporte para Pimlico</a> from <a href=”https://vimeo.com/user11868406″>Yochacal</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Encuentro con Jírî Menzel

Presentación del ciclo dedicado a la figura del director Jírî Menzel. El encuentro tuvo lugar el martes 10 de marzo de 2015, en la cafetería de la Filmoteca de Cataluña.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jírî Menzel por su tiempo, sabiduría y su maravillosa carrera cinematográfica, a Sandra Ejarque, de Vasaver, por su paciencia y generosidad, y a Pilar García, de la Filmoteca, por acogerme y tratarme con amabilidad.