Días de agosto, de Chema de la Peña

ALREDEDOR DE UNA PISCINA. 

“Los deseos se tienen, no se piden. Lo que se pide es el objeto del deseo”. 

Francisco Umbral 

Si pensamos en una piscina en materia cinematográfica nos viene a la mente la película La piscina (1969), de Jacques Deray. Imposible olvidar a Delon y Schneider envueltos en un deseo apasionado mezclado por un inquietante suspense cuando reciben una visita inesperada que enturbia el ambiente cálido y tranquilo del verano. Mucho de ese aroma lo encontramos en Días de agosto, de Chema de la Peña (Salamanca, 1964), donde una pareja de jóvenes Juan y Gabriela llegan para pasar unos días en la casa con piscina de su familia. Todo está para ellos, aunque por poco tiempo, porque aparece el padre Fernando acompañado de su novia Mónica. En ese instante, el verano en la casa con piscina se vuelve diferente, lo que iba a ser una estancia de dos jóvenes desnudos, follando y divirtiéndose ahora se torna un relato donde los deseos ocultos, los silencios, la culpa y las tensiones entre padre e hijo florecerán, ya que el citado padre acaba de abandonar a la madre, cosa que aún hace la relación más difícil y llena de lugares incómodos. 

Del director salmantino hemos visto ficciones como Isi/Disi: amor a lo bestia (2004) y 23F: La película (2011), e interesantes documentales como Sud Express (2005), codirigido con Gabriel Velázquez, el dedicado al escritor Mario Vargas Llosa, Mario y los perros (2019) y sobre la actriz Charo López Me cuesta hablar de mí (2021), entre otras. En Días de agosto recoge el tono y cierto aroma que estaba en Amarás sobre todas las cosas (2016), con Israel Elejalde y Lidia Navarro, una historia de amour fou que se iba ennegreciendo y de qué manera. Unos individuos que no andan muy lejos de los diferentes personajes que se reúnen, muy a su pesar, alrededor de ese verano, esa casa, esa piscina, y tantas cosas que no se han dicho, que se han ocultado, que, en fin, están ahí, muy presentes y a la vez, muy invisibles y la cosa se va tornando de un tono inquietante y muy psicológico. A partir de un guion de David Sueiro, con diálogos de la gran Alicia Luna, la trama recoge la cotidianidad de estas dos parejas, tan iguales como diferentes, a través de conversaciones tan anodinas que esconden demasiadas cosas, en el que experimentan situaciones tensas y nada cómodas, como esa excursión improvisada a la playa en la que sucederán cosas, o esa otra a bordo de un barco en el que se supone un día de pesca y la cosa se tensará. 

De la Peña se ha rodeado de un equipo que mezcla con acierto la juventud y la veteranía como el joven cinematógrafo Dani Salo, que ha trabajado en la serie Honor y en varias películas de la India, con una luz cegadora y transparente que construye muy bien todo lo que sucede alrededor de esa piscina, con ese revelador momento cuando el joven la destapa quitando la lona, presagio de los momentos oscuros que se ciernen sobre los personajes. La música de Joan Valent, todo un experto con más de 40 películas al lado de Sigfrid Monleón, Agustí Villaronga, el mexicano Enrique Begné y Alex de la Iglesia, entre otros. Una composición que recoge todo lo que vemos y lo que no, toda esa cotidianidad y esa otra oscuridad tan latente como soterrada que irá emergiendo en las existencias de los personajes. El montaje de Cristina Laguna, con más de 26 títulos en su filmografía, entre los que destacan muchos cortometrajes, y largometrajes como Ilusión, de Daniel Castro, la comedia Mañana es hoy, y la serie Respira, entre otras. Los 95 minutos del metraje pasan sin prisas, cociéndose a fuego lento, como las tardes de verano en los que no hay nada que hacer, simplemente dejar pasar el tiempo, un tiempo para desear, hablar y sacar las rencillas demasiado ocultas. 

Como sucede en el apartado técnico, en el apartado artístico se ha hecho la misma operación, ya que tenemos a dos intérpretes jóvenes como Pau Simon que hace del rebelde Juan, al que hemos visto en series como Nudes y El refugio atómico, y a Berta Galo es la encantadora Gabi, vista en series como Ser o no ser, entre otras. Y los experimentados y convincentes Roberto Álamo y Maggie Civantos, con la colaboración de Pilar Castro. Una mezcla que funciona a las mil maravillas y que transmite toda esa maraña de deseos prohibidos, mentiras y secretos familiares. En este tiempo de vacaciones, de pausas, de reposo, de desasosiego, de detenerse, aunque los hay y cada vez más, que usan este tiempo para seguir con el estúpido frenesí de ver, experimentar y no parar. Los que sí descansan y reducen la velocidad, tienen en Días de agosto, de Chema de la Peña, una película para dejarse llevar, donde hay diferentes formas de ver las relaciones y los deseos, de esas cosas que vemos y las que ocultas hay que pararse para verlas mejor, para descubrirlas y sobre todo, para mirarlas de verdad. Un retrato muy cotidiano, muy del mes de agosto, con la piscina omnipresente, que está ahí, que está para sacarnos todo aquello que no nos atrevemos a decir y compartir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Desig sota els oms, de Eugene O’Neill/Joan Ollé. Teatre Nacional de Catalunya.

AMOR Y TIERRA EN LA AMÉRICA RURAL.

“Jo som la mare fins la darrera gota de sang. La granja era seua. La mare è mort. La granja è meua”

«Vui  compartir-ho  ambe  tu,  Abbie…  presó  o  mort  o  infern  o  tot!»

Nos encontramos en la Nueva Inglaterra de mediados del XIX, en una granja construida madero a madero encima de una tierra agreste y pedregosa, que trabajada año tras año se ha convertido en una tierra fértil y provechosa. Su dueño es Efráin Cabot, uno de aquellos irlandeses que llegaron al nuevo mundo dispuestos a labrarse un futuro, también viven sus dos hijos mayores, Simeon y Peter, que trabajan con el propóxito de abandonar esas tierras y emprender su viaje al oeste donde les espera el oro y una vida más fácil. Y también conoceremos a Eben, el hijo menor, hermanastro de los otros dos, que aunque ama la tierra que trabaja, reprocha al padre la vida miserable que le dio a su madre ya fallecida. Todo parece ir como siempre, con el trabajo diario, los sueños de una vida mejor y los recuerdos de los que ya no están. Toda esa armonía aparente la rompe Abbie, una treintañera de buen ver que se ha convertido en la tercera esposa de Efráin Cabot que, llega a la granja para tener una casa y esa vida que, su triste vida no ha logrado darle.

Después de En la solitud dels camps de cotó, de Bernard-Marie Koltès, sobre las máscaras y los deseos ocultos que interpretaban Andreu Benito e Ivan Benet en un magnífico tour de force, representada a principios de este año en la Sala Pequeña del TNC, Joan Ollé (Barcelona, 1955) vuelve, pero ahora a la Sala Grande con un texto de Eugene O’Neill (1888-1953) uno de los más grandes dramaturgos y escritores estadounidenses que, construye sus obras a través de un grupo de personajes que viven en los márgenes o los traspasan, siempre llevados por los aspectos más sórdidos de la condición humana y que rara vez conseguirán llevar a cabo sus ilusiones y deseos más ocultos. Estrenada en 1924, tiempos difíciles para los farmers de aquella América antesala al crack del 29, un país clasista y sumido en la derrota y la desesperación que martilleaba incesantemente a las clases más humildes y trabajadoras.

En la versión de Iban Beltran y el propio Ollé se recupera el lenguaje coloquial, aquel angloirlandés que hablaban aquellos granjeros de mediados del XIX, elemento indispensable para acercarnos a ese mundo miserable y violento, en el que tanto unos y otros huyen sin remedio de un destino cruel, y todos los medios que tienen a sus alcance, en vez de alejarlos de esa tragedia, los acerca más irremediablemente. El viejo Cabot que ya pasa de la setentena es un hombre al final del camino, las fuerzas que ayudaron a levantar su granja están oxidadas y el viejo amo se niega a desaparecer e intenta mantener a flote todo aquello por lo que luchó, se encuentra cansado y lucha con todas sus fuerzas para no sentirse solo, ya que sus hijos no han continuado su camino y lo han abandonado. Su idea de dejar un heredero a su granja parece ir por buen camino con la llegada de Abbie, que parece que le dará ese ansiado hijo que continuará su legado. Abbie es una arpía, una mujer hecha a sí misma, que tiene en su belleza su mejor arma, encuentra en la boda con el viejo Cabot un negocio formidable para sus deseos de tener una casa, y sobre todo, un hogar. Y el vértice de este fatal triángulo lo compone Eben, lastrado por el recuerdo omnipresente de su madre muerta, quiere mantener su espíritu quedándose en propiedad con la granja, ya que, según él, fue de su madre. Eben es impetuoso, con carácter, y aunque ama la tierra y la granja, su deseo está más arraigado a la memoria de su madre.

O’Neill se inspira en los clásicos griegos, en las pasiones rurales de Tolstoi,  y su dramaturgia recuerda a los dramas negros lorquianos, en un relato intenso, pasional y violento acotado en un año, situándonos en las cuatro paredes de la granja, y las relaciones humanas, complejas y llenas de sombras y violentas, cuando el conflicto entra en esa tranquilidad onírica, cuando Abbie y Eben, cada uno por motivos diferentes, más cerca de sus intereses materialistas que otra cosa, empiezan una relación amorosa, una relación oculta, salvaje e incestuosa que, llegará a oídos de todos, menos del viejo Cabot. Pero lo que empieza como un cúmulo de deseos materiales deviene en un amor puro, en una pasión arrebatadora que consigue enmendar a esas dos almas desdichadas, en el fondo, y el deseo de construir algo juntos descubriendo la importancia de compartir. Dejar el “yo” y el “mio”, por  el “nosotros”, por el sentimiento de confianza y dejar el individualismo imperante que ha ceñido sus existencias por el de la felicidad compartida, aunque esta sea porhibida, oscura y oculta de las miradas ajenas.

La rompedora y estética escenografía de Sebastià Brosa compuesta de dos espacios, uno, a su vez, muestra 4 ambientes: la fachada y los campos, la cocina, las habitaciones, tanto del matrimonio como de Even, que la pared desnuda nos ofrece dos lugares en uno, creando un magnífico juego escénico, y por último, la estancia mortuoria de la madre de Eben, donde pervive su memoria más viva cada día. Espacios donde impera el realismo de las situaciones y la oscuridad de cada uno de los personajes,  y el otro espacio, esas escaleras que nos llevan a una plataforma que hace las veces de camino que lleva al pueblo, donde iluminada de forma expresionista, observamos algunos de los momentos más intensos de la solitud y los conflictos de cada uno de los personajes. Todos esos ambientes que se mueven debido al espectacular movimiento circular obra de Andrés Corchero y Ana Pérez que, nos trasladan con especial detalle según el movimiento de los personajes.

Una obra cuidada, de temperamento escénico, y brutal desarrollo, en el que la tragedia de tres actos va apareciendo lentamente, sin prisa. Un drama rural que se apoya en el fantástico trío de intérpretes sabiamente dirigidos por Ollé, tenemos a Pep Cruz como el viejo y cansado Cabot (que recuerda a los viejos pistoleros de las películas de Peckinpah, que se niegan a asumir que su tiempo finalizó y su tiempo se ha convertido en almas en pena) a Laura Conejero, guapísima y elegante, en uno de sus mejores trabajos, llena de sensualidad y erotismo, una especie de mantis religiosa, una femme fatale que arrancará con esos deseos materialistas para alcanzar su presa, pero que el destino la hará cambiar de planes y caer arrastrada por ese amor oscuro pero llena de pasión, y por último, Ivan Benet, convertido en uno de los mejores actores de su generación, que repite con Ollé, en un personaje atrapado en los recuerdos maternos, que encuentra en Abbie una oportunidad de ser feliz, una mujer pasional y sexual donde llevar a cabo sus más bajos instintos, y sobre todo, vivir en una zona de paz que tanto ansía encontrar. Ollé ha construido una obra sobre las ambiciones materialistas, sobre el capitalismo que derrota a las personas y las consume de egoísmo, individualismo y las vuelve posesivas en lucha fraticidad con el amor romántico, ese amor puro, el que nace sin querer, el que ama con humildad, desnudo y desarmado, y consigue devorarnos con esa atmósfera fatalista que se abre paso en un mundo rural machacado y cruel que, se muere cada día, a través de unas relaciones humanas duras, violentas y miserables.

Incerta glòria, de Agustí Villaronga

LAS ENTRAÑAS DE LA GUERRA.

“No t’oblidis ensenyar-los a sobreviure, perquè la majoria de vegades, sobreviure i matar van de la mà”

Nos encontramos en el frente de Aragón en junio de 1937. Es mediodía. En ese instante, irrumpe en la pantalla un jeep militar del que se apeará Lluís, un joven oficial republicano que llega a un pueblo en ruinas para levantar la moral de la tropa y enseñarles a matar. Allí, en ese tiempo y lugar de espera, en que la guerra todavía no ha hecho su presencia, conocerá a la Carlana, la señora del pueblo. También, coincidirá con Soleràs, su mejor amigo, y más tarde, se incorporará Trini, su mujer e hijo. Agustí Villaronga (Mallorca, 1953) ha construido una filmografía fiel a su estilo, en el que explora la naturaleza humana a través de personajes complejos que se debaten en sus emociones más descarnadas y vivas, las que nacen desde las entrañas y provocan hechos inesperados que los cambiarán para siempre, situando a sus personajes en lugares de atmósferas asfixiantes e irrespirables, espacios ajenos a ellos, en los que se sienten extranjeros o desplazados.

En Incerta glòria vuelve a la Guerra Civil, o mejor dicho a las consecuencias devastadoras que ésta provoca en las personas. Este especie de trilogía, no declarada, arrancó con El mar (2000), en la que basándose en una novela de su paisano Blai Bonet, relataba la relación homosexual de dos jóvenes enfermos de tuberculosis, siguió Pa negre (2010), inspirada en la novela de Emili Teixidor, esta vez la mirada se posaba en los ojos de un niño que perdía su inocencia en la Cataluña rural de posguerra. Ahora, vuelve a fijar su mirada en un texto, en Incerta glòria, de Joan Sales, una de las novelas más importantes escritas en lengua catalana desde su publicación a mediados de los 50, un inmenso freso histórico de más de 1000 páginas que recorre la devastación de la Guerra civil, el antes y el después, que hace dos años tuvo una adaptación teatral. Villaronga y su coguionista Coral Cruz, han dejado de lado la parte filosófica y espiritual de la novela, y a buen criterio, se han centrado en la parte más emocional, aquella que mueve a unos personajes entre la devastación moral que provoca la guerra, a través de una estructura de western (que recuerda a Duelo al sol, de Vidor) se adentran en un pueblo en ruinas, tanto moral como físicamente, en el que el personaje de la Carlana se erige como epicentro de la trama que se nos cuenta. Villaronga nos cuenta un relato en el que la guerra actúa como telón de fondo, en el que un ejército está esperando (como sucedía en El desierto de los Tártaros, de Zurlini).

La guerra es una sombra que contamina todo y a todos, en el que la tierra árida y el viento seco ahogan, dejando a la deriva a unos personajes que se mueven por sus emociones e intereses, en un paisaje ruinoso y asfixiante, donde las pasiones amorosas son soterradas, como si la guerra lo hubiera secado todo, en el que los personajes son incapaces a dar rienda suelta a lo que sienten y siempre tropiezan con los demás, Lluís, el joven oficial, que se mueve entre la ingenuidad y la pérdida paulatina de sus ideales, se siente fuertemente atraído por la Carlana, ésta, que huye de su pasado tortuoso, se muestra inflexible cuando arrecian el deseo y la pasión, es una araña que teje pacientemente su tela y va atrapando a los hombres para su conveniencia, Soleràs, que es un tipo que se mueve entre la razón y la locura, entre la lucidez y su especial sensibilidad, ama en secreto a Trini, la mujer de su amigo, y ésta última, que ama a su marido pero sabe que éste no la ama.

Villaronga filma a sus criaturas en ese paisaje turbio, de violencia latente (como las obras de Lorca o Aldecoa) de amores frustrados y rabia contenida (como el mejor cine de los 70 de Saura o Borau) en el que los exteriores reflejan el estado emocional de los personajes, unas emociones rotas, oscuras a punto de estallar, y los exteriores, marcadamente sobrios y desnudos, desatan lo oculto, lo que no se dice, lo que da miedo. Un grandioso trabajo interpretativo en los que la terna de jóvenes, capitaneados por Núria Pirms dando vida a la fiera herida de la Carlana (que vuelve al cine por la puerta grande después de años de retiro voluntario), Marcel Borràs como Lluís, el joven víctima de su deseo y desamparo, la fuerza arrolladora de Oriol Pla dando vida a Soleràs, y la dulzura y la energía de Bruna Cusí como la Trini, acompañados maravillosamente por los intérpretes veteranos aragoneses Luisa Gavasa, Terele Pávez, Fernando Esteso y Juan Diego.

Sin olvidarnos del trabajo técnico admirable, habitual de Villaronga, como Josep Mª Civit en la cinematografía, con un trabajo de claroscuros que recuerda a las pinturas de Goya y sus desastres de la guerra, Ana Alvargonzález en el arte, con un minucioso trabajo entre lo conciso y lo ausente, despojado de todo artificio, el montaje pausado de Raúl Román, y la producción de Isona Passola (quinto filme que rueda con Villaronga) componen una buena película, un relato que nace desde dentro, en el que la guerra, no sólo amenaza con destruirlo todo, sino a los personajes, en esta historia de retaguardia, de colas de racionamiento, de bombardeos en la ciudad, de animales en descomposición, de medicinas que pueden costar vidas, de amores que no acaban de encontrar consuelo, de heridas sin cicatrizar, de amistades rotas por culpa de las balas, y sobre todo, de pasiones encontradas, sucias, oscuras que se mueren cada día, sin dejar rastro.