Entrevista a Borja de la Vega y Claudia Traisac

Entrevista a Borja de la Vega y Claudia Traisac, director y actriz de la película «La última noche de Sandra M.», en los Cinemes Girona en Barcelona, el martes 12 de diciembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Borja de la Vega y Claudia Traisac, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Toni Espinosa y Pere Vall de Cinemes Girona, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Splendid Hotel: Rimbaud en África, de Pedro Aguilera

ARTHUR CONTRA RIMBAUD. 

“La historia de mi vida no existe. No existe. Nunca hay centro. No hay camino ni trazo. Solo vastos espacios dónde debía haber alguien, pero no es así, no había nadie”.

Arthur Rimbaud

La primera imagen que vemos de Hotel Splendid: Rimbaud en África, de Pedro Aguilera (San Sebastián, 1978), es la de un caballo solitario en un paisaje desértico, mientras escuchamos la voz de Rimbaud, la que pone el actor Damien Bonnard, citando el texto que abre esta reseña. Una imagen reveladora e impactante, aún más, cuando entra en el encuadre el actor mencionado, vagando por ese árido espacio, como un alma en pena, o quizás, como alguien en continúa búsqueda de sí mismo, y si lo encuentra, vuelve a empezar otra vez la misma búsqueda infinta. El cuarto largometraje del cineasta donostiarra vuelve a ser un desafío como lo fueron sus anteriores trabajos: La influencia (2007), Naufragio (2010), y Demonios en tus ojos (2017), en la que indagaba en la psique humana, en todo aquello que ocurre en nuestro interior, en todo aquello que no vemos pero que está muy presente en nosotros. Un cine nada complaciente, que nos cuestiona, que nos sitúa en lugares incómodos, inquietantes y sobre todo, en esos espacios que siempre queremos evitar. 

Aguilera nos sumerge en la existencia de Arthur Rimbaud (1854-1891), cuando después de publicar su famoso poema “Una temporada en el infierno”, en 1875, deja la poesía y parte al cuerno de África para convertirse en comerciante de armas y de todo tipo porque anhela riqueza para vivir. Vemos al poeta ahora sólo convertido en Arthur, en una tierra extraña, en un espacio físico que se materializa en su psique, en todos sus infiernos particulares, moviéndose de un lado a otro, intentando encontrar su mercancía que se retrasa, compartiendo sus días pesados y oscuros con las gentes del lugar, caminando de aquí para allá, en caballo observando su entorno. La obra de Joseph Conrad que ha inspirado a tantos otros, también se manifiesta en la película, porque este Rimbaud huyendo de sí mismo, alejándose de su París, dejando atrás al poeta, no está muy lejos de las criaturas que viajan por África de las novelas del polaco que escribía en inglés, ya sea aquel de El corazón de las tinieblas o aquel otro de Lord Jim. Hombres en busca de algo, que no saben qué es, en continua lucha contra sí mismos, encerrados en sus paranoias y emociones, construyéndose en ese bucle constante, sumergidos en un limbo laberinto del que no son capaces de encontrar la salida. 

A partir de un guion nada convencional y tremendamente personal que firman Nathan Fischer, que además es coproductor, el propio director y la colaboración del intérprete Damien Bonnard, construido a partir de lo físico, en consonancia con esa voz del poeta, o de lo que queda del poeta, que reflexiona sobre sí mismo, sobre su situación, sobre lo que espera encontrar y la nada, o el vacío, esa vida errante que parece detenida o simplemente, sin rumbo o convertida en una performance donde el poeta quiere dejar de ser y ser lo que imagina, lo que siente, en un estado espiritual, emocional y siendo otro. El tema del doble que tanto ha tocado Herzog, e Isaki Lacuesta en sus filmes como Arthur Cravan y Los pasos dobles, que relataban las odiseas de dos artistas, películas que dialogan mucho con esta, ya que las dos nos hablan de viajes físicos y emocionales, en las que ambas consiguen introducirnos en esos elementos donde lo físico se integra en lo psicológico y en lo emocional, y en lo invisible. La factura visual de la película es otro gran aliciente porque tenemos a uno de los grandes, Jimmy Gimferrer, que me impresionó en Aita, de José María Orbe, Història de la meva mort, de Albert Serra y Born, de Claudio Zulian, entre otras, creando ese mundo que, en realidad, son todos esos mundos de Rimbaud, los físicos y los psicológicos, los que vemos y los que no, en un magnífico trabajo del gironí cinematógrafo, que también hace la música, una banda sonora orgánica, muy atmosférica y llena de otros tantos mundos, con la música adicional de Fernando Vacas, que hizo la de Tu hijo, de Miguel Ángel Vivas, y ya trabajó con Aguilera en Rediseñando el mundo

Un exquisito montaje, lleno de digresiones, donde prima lo caleidoscopio, creando todo ese mundo, submundo y más, en el que vive o está el propio Rimbaud, que firma Sergio Vega Borrego, en el que nos van metiéndonos en todo esos universos límbicos en los que está y no está el poeta, en esos estupendos 79 minutos de metraje. Una cinta que juega a la construcción de la representación, como hace el cine de Serra al que hemos citado más arriba, que dialoga con su última película Pacifiction, como con el cine de Lisandro Alonso, necesitaba y más aún, un actor como Damien Bonnard, un tipo al que hemos visto en diferentes roles con directores tan alejados como Polanski, Ladj Ly, Lafosse, Lanthimos, Wes Anderson y Dominik Moll, que recuerda al Depardieu setentero que nos flipó en las películas poéticas de Duras, en Los rompepelotas, de Blier, el Novecento, de Bertolucci, con Ferreri, y en aquella maravilla de Loulou, de Pialat, entre otras. Su Rimbaud es alucinante, tanto en lo físico como en lo psíquico, que está muy cerca de Robinson, el protagonista de la citada Naufragio,  un ser que camina junto a sus otros yo y sus fantasmas, creando ese hombre y su deterioro a todos los niveles, su pérdida de fe en su poesía, esa huida a ser otro, a olvidarse del poeta y ser poema, o incluso, a esa idea de buscarse en su interior e ir desapareciendo sin dejar rastro, metido en ese traje blanco, siendo y no siendo quién no quiere ser, metido en su confusión, en su limbo etéreo donde lo físico desaparece para ser otra cosa, algo invisible y presente a la vez. 

Hotel Splendid: Rimbaud en África, de Pedro Aguilera nos sumerge en un viaje que se mueve por aquellos pliegues del cine y su artificio, en un relato que cuestiona cada paso y cada imagen, creando esos universos donde no hay huellas que podamos situarnos, sino todo lo contrario, nos van conduciendo a esos otros lugares y esos otros nosotros. Un cine que demuestra la grandísima diversidad del cine hecho por estos lares, aunque algunos no sepan verlo, allá ellos, porque estamos ante un cine que indaga, profundiza y cuestiona el propio cine y su materia, en el hecho de acercarse a una figura tan gegantina como Rimbaud, y hacerlo de esta manera, tan diferente, tan elevadísima del biopic convencional, tan igual a todos, aquí no hay nada de eso, porque la película nos propone un viaje en el que no hay vuelta posible, en que hay que estar dispuesta a vivir una experiencia donde se confabulan los géneros, porque hay drama, aventuras, terror, ciencia-ficción, entre otros, para redifinirlos y situarlos de forma natural y transparentes, donde todo convive de manera sencilla y honesta, porque el relato se cuenta y se cuenta desde lo más profundo, desde lo que no se ve, desde la fantasmagoría de los inicios del cine, devolviendo todo aquello que el cine parece haber perdido o no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Laetitia Colombani

Entrevista a Laetitia Colombani, directora de la película «La trenza», en el Hotel Ikonik Anglí en Barcelona, el jueves 14 de diciembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laetitia Colombani, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Françoise Galibert, por su inmensa labor en la interpretación, y a Lara P. Camiña y Eva Herrero de Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La última noche de Sandra M., de Borja de la Vega

LA JOVEN QUE QUERÍA SER ACTRIZ. 

“No me importa vivir en un mundo de hombres, siempre que pueda ser una mujer en él”. 

Marilyn Monroe

La primera vez que escuché sobre la actriz Sandra Mozarowsky (1958-1977), fue en la novela “El asesino tímido”, de Clara Usón, publicada por Seix Barral en 2018. Conocí su trágico final en aquel fatídico martes 23 de agosto de 1977 cuando se precipitó desde su terraza en un cuarto piso y quedó en coma, falleciendo unos días más tarde. Sandra dejaba una filmografía de 21 títulos desde 1969, amén de una exitosa aparición en la famosa serie Curro Jiménez. A día de hoy, las circunstancias de su muerte siguen siendo un misterio. La segunda película de Borja de la Vega, después de la interesante Mía y Moi (2021), se centra en el último día de Sandra Mozarowsky, imaginando ese día, indaga sobre la parte emocional de una actriz de tan sólo 18 años que se tomaba un tiempo para estudiar y olvidarse del cine que sólo la usaba para mostrar su cuerpo en el cine del destape. El revelador y fascinante prólogo de la película, con el texto en que se nos explica que no estamos ante un biopic convencional, huyendo de la mera reconstrucción, y adentrándose en el campo de la ficción, en un espacio donde la trama juega a inventar, a escenificar ese última de Sandra M. 

El director opta por un relato doméstico, encerrándonos en las cuatro paredes del piso de Sandra, un espacio en el que ella espera una llamada de su novio, al igual que sucedía en La voz humana, de Jean Cocteau, texto que adaptó Rossellini con la Magnani en 1948, e inspiró Almodóvar para Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), y más tarde adaptó con Tilda Swinton hace tres años. Mientras tanto llega “la llamada”, Sandra se despide de su madre, y recibe unas cuántas visitas: la de un periodista y fotógrafo para una entrevista, la de un señor inquietante que quiere hablar con ella, la de Inma, una amiga también actriz, y la de una mujer que viene con amenazas al igual que el hombre. Somos testigos de un día en la existencia de Sandra que huye de un cine demasiado facilón y de un amor imposible, estando con ella, mirándola en su intimidad, en su soledad, en sus reflexiones y sus sentimientos. El relato nos cuenta un trozo de esa vida muy joven, de alguien que empezó demasiado joven en un mundo que usaba a las mujeres para vender sus cuerpos, un mundo lleno de gentes que usaba y tiraba a las jóvenes actrices que convertían en meros objetos sexuales para enriquecerse en taquilla. 

Estamos ante una película que consigue mucho con poco, una cinta muy trabajada en su cinematografía que firma Martín Urrea, que ha trabajado en los equipos de cámara para películas de Carlo Padial y Ramón Sálazar, que debuta en el largometraje de ficción con una luz acogedora y llena de misterio, porque pasamos de la luz a las tinieblas en una trama contenida, en un formidable juego de espejos en su forma y detalle. Un preciso y pausado montaje que firman Pedro Collantes, que firmó como director El arte de volver, y ha montado series policíacas como Antidisturbios y La novia gitana, entre otras, y Jorge García Soto, también con una experiencia en series, conducen en una edición reposada y llena de vericuetos emocionales en una trama que se va a los 88 minutos de metraje. Como la estupenda música de Marc Durandeau, que trabajó en La noche que murió Elvis, de Oriol Ferrer, que ayuda a envolvernos en esa cercanía de la joven protagonista, con sus continuos vaivenes e inquietud en la que está Sandra, en ese piso aguantando un calor infernal de agosto y una amenaza de un pasado que no la deja en paz. 

La tarea de encontrar a la actriz que interpretase a Sandra no era trabajo fácil, pero De la Vega, representante y conocedor de actores y actrices, ha encontrado a su Mozarowsky en la piel de una magnífica Claudia Traisac, auténtica alma mater de la película, qué bien mira, cómo se mueve y la sensualidad, belleza y capacidad para transmitir toda la montaña rusa emocional en la que se encuentra, o podríamos decir, que sufre su personaje. Un personaje construido en ese día que a parte de ser “el día”, es cuando todo va a ocurrir. Las visitas acompañan para su tranquilidad y nerviosismo a Sandra, unas visitas que interpretan nombres poco conocidos pero muy competentes que no desentonan en absoluto formando una interesante terna en un gran acierto de cast de la película. Tenemos a Georgina Amorós como Inma, Núria Prims es la madre, Nicolás Lloro es un repartidor muy peculiar, Rafa Castejón y Pep Ambrós son el periodista y fotógrafo citados, Oriol Tarrason y Olaya Caldera son esos que vienen con malas intenciones, y Ramon Pujol, Bruno Sevilla y Bea Arjona son algunos compañeros de rodaje que aparecen en sus pensamientos. Volvemos a encontrarnos a Toni Espinosa que, a parte, de llevar los Cinemes Girona, también distribuye y coproduce como ya hiciese en Mía y Moi, ahora junto María Àngels Amorós y el actor Ricardo Gómez, uno de los protagonistas de la ópera prima de De la Vega. 

No se pierdan La última noche de Sandra M. porque sin pretensiones ni artimañas, nos cuenta una parte muy oscura de aquella etapa de la transición y el cine del destape, insuflando humanidad a una joven que sólo quería ser actriz, y lo hace a través de Sandra Mozarowsky, y no alejándonos de las dudas y misterios de su muerte, sino que centrándose en ella, en sus deseos, ilusiones y frustraciones y tristezas de alguien que el cine le llegó demasiado joven, un mundo lleno de peligros que lidó como pudo y cómo sabía, y cuando decidió parar y empezar desde una posición más madura, más libre y siendo ella misma, se topó con su muerte. La película huye de la superficialidad, de la reconstrucción fidedigna, y opta por la ficción, opta por imaginar cómo fué a nivel emocional ese último día, situándonos en ese 23 de agosto de 1977, en un país que acababa de votar después del franquismo, un país todavía muy oscuro, un país haciéndose, un país machista, un país que usaba a mujeres y luego las tiraba, un cine que mostraba los cuerpos de las actrices sin ninguna impunidad, un país en el que jóvenes como Sandra Mozarowsky soñaban con hacer cine y no mostrar su cuerpo sin más. La película bucea en el interior de Sandra, en todo lo que nadie conocía, sin adentrarse en los hechos sino en lo que sentía una joven utilizaba que soñaba con convertirse en actriz como Ana Belén. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Albert Serra

Entrevista a Albert Serra, director de la película «Pacifiction», de Albert Serra, en Andergraun Films en Barcelona, el lunes 3 de octubre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Albert Serra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial, y a Montse Triola, productora de Andergraun Films, por su paciencia, generosidad, voluntad y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pablo Berger

Entrevista a Pablo Berger, director de la película «Robot Dreams», en una placita en Poblenou en Barcelona, el lunes 27 de noviembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pablo Berger, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Anatomía de una caída, de Justine Triet

LA DISECCIÓN DEL AMOR. 

“No sé como es el amor y no lo puedo describir. La mayoría de las veces no puedo sentirlo”.

De Secretos de un matrimonio, de Ingmar Bergman

Antes de hablar de Anatomía de una caída, el cuarto trabajo de Justine Triet (Fécamp, Francia, 1978), debemos escarbar un poco en sus tres películas y un cortometraje anteriores, porque la mirada de la directora hacia el mundo femenino tiene mucho de disección, en la que ha mostrado diferentes mujeres que se ven condicionadas en la toma de sus decisiones y viven atrapadas en mundos de los que quieren escapar. Tenemos a Laëtitia, una actriz de calentamiento en paro en Vilaine Fille, mauvaus garçon (2012), estupendo corto qué podéis ver en Filmin bajo el nombre Chica traviesa, chico malo, atrapada en una vida insulsa y al cuidado de un hermano discapacitado mental. A Leticia, la periodista que cubre las elecciones del 2012 en La batalla de Solferino (2013), que debe afrontar una jornada frenética y aguantar las demandas en un entorno hostil. A Victoria, la abogada penalista de Los casos de Victoria (2016), que no puede escapar de una profesión demasiado intensa. Y a Sybil, la terapeuta de El reflejo de Sybil (2019), que desea cambiar de oficio y ponerse a escribir. 

Mujeres que tienen empleos muy estresantes y además, están atrapadas en relaciones insatisfechas o no encuentran el amor de verdad. Una parte de cada una de esas mujeres que ha retratado la cineasta está en Sandra Voyter, el personaje protagonista de Anatomía de una caída, porque es una novelista de éxito, madre y convive en pareja. Todo cambia cuando Samuel, su pareja y padre de su hijo Daniel de 11 años, es encontrado muerto en la entrada de la casa de la montaña aislada donde viven. A partir de un guion excelente de Arthur Harari y la propia directora, que ha coescrito dos películas junto a Triet, amén de dirigir películas como Onoda, 10000 noches en la jungla (2021), la trama nos sumerge en la  investigación para desvelar que ha sucedido, si la caída ha sido accidental o no, a través de un larguísimo interrogatorio en el que se cuestiona absolutamente todo, el que somete Vincent, el abogado amigo de Sandra, a la protagonista, que clama por su inocencia, y luego, un año después, en el juicio que se llevará a cabo por parte del enérgico fiscal. 

Estamos ante un descenso a los infiernos a modo de cinta de terror que bucea en las miserias de la vida en pareja de la propia Sandra y el fallecido Samuel, y el rol que los dos tenían en su relación. Ella, una escritora de éxito, libre e independiente, y él, un profesor que da clases a su hijo, e incapaz de acabar una novela. Dos roles, dos opuestos, y sobre todo, dos enamorados que viven en común sus ilusiones, frustraciones y (des) esperanzas. A modo de ejercicio estilístico quirúrgico, donde el thriller psicológico se impone en una historia que bebe de Hitchcock, en su metódica aproximación a la oscuridad de las relaciones de pareja, y a todo lo que lleva en sí misma, a hablar sin tapujos y sacando toda la mierda de lo que llamamos amor y sus terribles consecuencias. Sólo un flashback para hablarnos de la “secuencia” de la película, indispensable para conocer en qué estado se encontraba el “amor” de los mencionados. Un guión bien construido que está lleno de sorpresas, no de las que nos levantan de la butaca, sino de las que nos hunden más en ella, en el que resulta crucial el rol de Daniel, el hijo de ambos que padece una deficiencia visual derivada de un accidente, que también hará acto presencia en el juicio, porque es un personaje vital en la película porque llegados a cierto momento, deberá tomar una decisión que afectará al devenir del citado juicio. 

La gran utilización del sonido, firmado por el cuarteto Julien Sicart, Fanny Martin, Jeanne Delplancq y Olivier Goinard, como evidencia su arranque, en ese intenso prólogo en el que la música llena el cuadro, ahogándonos mucho. Un sonido que nos lleva al pasado del día de autos y a otros pasados de la pareja, esenciales para comprender algunas partes que nos han llevado hasta aquí. El estupendo trabajo de cinematografía de Simon Beaufils, que ha estado en las tres últimas de Triet, amén de Paolo Virzi, Yann González y Valeria Bruni Tedeschi, donde priman los planos y encuadres sucios, es decir, los movidos, los rugosos y demás imperfecciones que ayudan a adentrarnos en esa relación con más sombras que luces, y contarnos todos los pormenores entre ellos, entre todo aquello que no se nos desvela en la película, todo aquello que debemos suponer e imaginar. El montaje de Laurent Sénéchal, otro cómplice de la directora, consigue un gran trabajo en una película muy dificultosa de contar por sus 150 minutos de metraje, que en ningún momento pierde su interés, al contrario, lo va aumentando de forma ejemplar, sumergiéndonos en ese espacio doméstico, que acaba siendo una prisión insoportable, donde abundan los reproches, silencios y mucha incomodidad, dejando al descubierto todos los males de la pareja y el supuesto amor. 

Una película donde constantemente se está mirando de arriba a abajo y viceversa, convirtiendo lo doméstico en un universo propio diseccionado de todas las formas posibles, según la interpretación de los diferentes actores que lo miran e investigan. Una trama que asfixia a los personajes, y juega con la ficción del relato, porque no deja de construir muchos relatos como personajes ahí, ya que cada uno de ellos construye su relato, y el juicio construye el suyo propio, en un laberinto en constante ebullición de construcción de relatos, en el que todos exponen sus razones y entre todos van construyendo los hechos en cuestión, o algo que se le parezca, porque la verdad de lo que ocurrió se la guardan los personajes implicados, y sobre todo, el personaje de Sandra, porque la película en un extraordinario acierto, no desvela los hechos, no entra en mostrarnos lo que pasó realmente, tampoco lo necesita para contar la historia que muestra, y en su misterio, deja a los espectadores que dilucidamos que ocurrió exactamente o no, y construyamos nuestro relato, porque como sucede en cualquier situación hay muchas formas de contarlo, pero sólo una que es cierta. 

Los pocos personajes, muy importantes en una película de esta índole, están muy bien interpretados por Sandra Hüller, que nos enamoró cuando la descubrimos en la formidable Toni Erdmann (2016), de Maren Ade, en su segunda película con Triet después de El reflejo de Sybil, siendo esa Sandra, que ha tenido que renunciar a muchas cosas: vivir en un pueblo de montaña de los Alpes, cuando no lo deseaba, hablar en inglés cuando es alemana y tiene una pareja francesa, y soportar la frustración de un compañero que quiere escribir y no puede. Un personaje sumamente complejo y oscuro que Hüller le da naturalidad y cercanía dentro de la ambigüedad en la que se mueve. Frente a ella, su abogado Vincent, que hace el actor Swann Arlaud, un intérprete que mira muy bien y habla mejor, que nos encantó hace no mucho en Quiero hablar sobre Duras, siendo el enigmático último novio joven de la célebre escritora. El niño Milo Machado Graner que hace de Daniel, un niño que no conoce el suceso, porque estaba paseando al perro, otro perro como el que había en Los casos de Victoria, que tendrá su protagonismo durante el juicio y será testigo de la verdad de sus padres, una verdad que se le ocultaba, la enérgica composición del fiscal que hace Antoine Reinartz, que era uno de los chicos de 120 pulsaciones por minuto, y en films de Assayas y Desplechin, entre otros, y Samuel Theis es el muerto, un personaje que tiene poca y mucha presencia, ya que su fallecimiento es clave en el devenir de la acción, que tiene esa “secuencia” clave en la película, tan importante que mejor no desvelar nada de su contenido. 

Si han llegado hasta aquí, cosa que les agradezco enormemente, ya saben que me ha interesado mucho Anatomía de una caída, por los muchos valores cinematográficos que tiene, y en su ejemplar ejecución de trama y como está contada, clave en el hecho cinematográfico como saben, y sobre todo, en su disección quirúrgica sobre el amor y las relaciones humanas, que sin ánimo de exagerar, se podría hermanar con ese tótem sobre el mismo tema que es Secretos de un matrimonio, de Bergman, que una de sus citas actúa como arranque de este texto, porque tanto una como otra juegan en el mismo espacio, en ese lugar que vive cuando se cierra la puerta de las casas que habitan las parejas, esos espacios desconocidos que son un universo paralelo en sí mismo, donde habitan los sentimientos, las (des) ilusiones, las (in) satisfacciones, y sobre todo, el amor o aquello que creemos que es, porque como menciona la propia Justine Triet: “La igualdad en una pareja es una maravillosa utopía sumamente difícil de alcanzar”. Su película aborda este tema y todos aquellos que no vemos, y que están ahí, como el recorrido que traza la propia película, construyendo un relato de lo que puede haber pasado o no juzguen ustedes mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Robot Dreams, de Pablo Berger

CUANDO DOG ENCONTRÓ A ROBOT. 

“En un mundo de sueños, nuestra única realidad es el amor”. 

De “Tokyo Blues”, Haruki Murakami

Había una vez un perro llamado Dog, que vivía en East Village, uno de esos barrios cosmopolitas del New York de los ochenta. Su vida es cotidiana, algo aburrida y muy solitaria. El tiempo pasa sin necesidad de llenar plenamente y la vida se ha instalado en algún sin más muy lejos de allí. Un día pasa algo diferente, como suceden la mayoría de las cosas, y es que después de ver un anuncio en la insulsa programación televisiva. Un día Dog encarga un robot a domicilio y se construye su propio amigo. La vida vacía y solitaria de Dog se llena de Robot, un ser de otro mundo que se convierte en la parte más importante del mundo de Dog, alguien con quién jugar, patinar por Central Park, comerse un hot dog en cualquier esquina del barrio, sentarse en silencio mientras observan la fauna de la ciudad, y un compañero con el que pasar un día en la playa de Long Island. Un amigo del alma para saborear la vida y sobre todo, para llevar los sinsabores de la existencia de forma más reconfortante, aunque la vida también tiene su lado menos amable y otras circunstancias, provocan que Dog debe despedirse de Robot, quizás algún día vuelvan a encontrarse o no, sólo el tiempo y sus avatares responderán a esa cuestión. 

El cuarto largometraje de Pablo Berger (Bilbao, 1963), basado en la novela gráfica homónima de Sara Varon, como hizo en su premiadísimo cortometraje Mama (1988), inspirado en el cómic de Vuillemin, sigue el mismo camino que trazó con la maravillosa Blancanieves (2012), porque si en aquella volvía a los orígenes del cine construyendo una historia muda, en blanco y negro, y adaptando el famoso cuento trasladando la trama al Madrid de los años veinte en un entorno de amor, circo y toros. Ahora, también vuelve a los orígenes del cine, porque Robot Dreams opta por el mudo y la animación para contarnos una nueva fábula, llena de animales en el que conviven razas y etnias en esa city extraordinariamente diversa, en una comedia en el que vuelve a su ópera prima Torremolinos 73 (2003), y Abracadabra (2017), y una comedia en la que tocó diversos palos como el slapstick, recordando a los pioneros como Chaplin, Keaton y Lloyd, entre otros, la romántica, y la negra, así como el musical emulando a las sirenas de la Williams, o ese otro de los grandes tiempos de la Metro, o el más casolà, en que la cotidianidad se mezcla con lo cotidiano, y el mundo de los sueños, el verdadero leitmotiv de la trama, donde la comedia indie existencialista hace acto de presencia, en el que está muy cerca de los Jarmusch, Wes Anderson y Baumbach y demás. 

El cineasta vasco se acompaña de algunos de los grandes de la ilustración y la animación como el ilustrador José Luis Agreda, del que conocemos por su trabajo en Buñuel en el laberinto de las tortugas, y el diseñador de personajes Daniel Fernández Casas, que estuvo en Klaus, y el gran director de animación Benoît Feroumont, del que hemos visto Les triplettes de Belleville y The Secret of Kells, dos monumentos de la animación europea de las últimas dos décadas. Para la música vuelve a contar con un cómplice como Alfonso de Vilallonga, que consigue componer una delicia de banda sonora, a la altura de sus bellas e íntimas imágenes, porque la película demandaba una música heterogénea ya que su historia va por muchos derroteros emocionales. Con el acompañamiento de algunos hits ochenteros como “September”, de Earth, Wind and Fire, y “Let’s Go”, de The Feelies, entre otros, que conjugan a la perfección con las melodías del músico barcelonés. Para el diseño de sonido otra cómplice como Fabiola Ordoyo, que ya estuvo en Abracadabra, consiguiendo esa sonoridad tan especial que da la oportunidad profundidad a una película de estas características. El montaje de otro “colega” como Fernando Franco, que sabe condensar de ritmo y pausa a una película que va del llanto a la alegría en cuestión de un instante, en una trama estándar que se va a los 95 minutos de metraje. 

La mirada de Berger a ese New York ochentero, que conoció las huellas que dejó cuando se pasó una década en la ciudad estudiante cine en los noventa, se mueve entre la realidad y la fantasía, esa mezcla que funciona tan bien en una trama que habla en profundidad sobre temas tan humanos como la amistad, el amor, la pérdida, la ausencia, la memoria y el olvido, y sobre todo, la aceptación de aquello que perdemos y el proceso de duelo de alguien que estuvo en nuestras vidas, que significó y significa muchísimo, pero las circunstancias hicieron que les dijéramos adiós, un adiós que cuesta, que hace desprenderse una parte de nosotros, pero no sabíamos como no lo sabía Dog, el protagonista, que las cosas suceden muy a pesar nuestro, a pesar de nuestra voluntad férrea y demás fantasías, porque la vida y sus circunstancias son lo que son, y nada ni nadie puede evitar que se produzcan, y sólo podemos aceptarlas y seguir caminando aunque sea lejos de aquellos que amamos en un tiempo, siempre nos quedará su recuerdo, unos días más fuerte que otros, y quizás, el tiempo, el juez más implacable, nos dirá si esa persona vuelve o no a nuestras vidas, mientras eso se produce, si alguna vez se produce, debemos seguir con nuestras vidas, unos días mejores que otros. 

Robot Dreams es una película de dibujos animados para todos los públicos y están muy bien realizada y mejor contada, porque tiene ese alma de las cosas sencillas, pequeñas y honestas hechas con amor y de verdad, desde adentro, como las películas de Ghibli como Nausicaä del valle del viento, Mi vecino Totoro y La princesa Mononoke, entre otras, donde la fantasía y los sueños nos ayudan a soportar las oscuridades de la existencia que, a veces se pone muy difícil y trabajosa, pero que en otras, la vida es más amable, porque nos pone en el camino a esa persona que nos cambiará para siempre, y casi siempre para mejor, que nos ayuda a crecer, a ser mejores, a sentirnos, a ayudarnos, a vernos, a nos escapar de nosotros mismos, a ser quiénes deseamos ser y no nos atrevemos, a mirarnos en esos espejos que no queremos mirarnos por miedo a no ver lo que queremos ver, a compartirnos, a seguir creyéndonos en nosotros y en las cosas que hacemos, a vivir lo que sentimos, a no tener miedo, ese miedo a fracasar que nos impide a ser nosotros mismos, a disfrutar la vida, a levantarnos cuando nos caemos, a ser quiénes somos, y sobre todo, y esto lo más importante, personas que un día se cruzan por nuestra vida y nos enseñan a querernos, posiblemente nos harán daño, pero un dolor tan necesario para despertarnos y afrontar la vida y sus consecuencias, y algo así nunca se olvida, como le sucede a nuestro Dog con Robot. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La isla de las mujeres, de Marisa Vallone

ÉRASE UNAS MADRES DE CERDEÑA… 

“No podemos dejar que las percepciones limitadas de los demás terminen definiéndonos”.

Virginia Satir

El extraordinario prólogo de La isla de las mujeres (La Terra delle Donne, en su original), que detalla de forma concisa y sobria el orden y desorden existente en esa parte de Cerdeña junto al mar después de la Segunda Guerra Mundial. Una pequeña sociedad llena de superstición religiosa que declara a la séptima hija como una bruja. A Fidela le ha tocado ese deshonroso honor que la estigmatiza de por vida, convirtiéndola en un ser solitaria y despojada de la familia como deja tan evidente la estupenda secuencia de la fotografía. Fidela vive alejada cuando es mayor, pero es una joven especial, una joven espiritual, que conoce las hierbas del lugar y sabe curar a los demás. Una mujer aislada pero llena de vida, emociones y de amor, aunque no sea comprendida por su madre y los demás lugareños, que la siguen tratando como un ser oscuro del que hay que alejarse para protegerse de su brujería y malas conductas. 

La ópera prima de Marisa Vallone (Bari, Italia, 1986), que después de dedicarse a la videoinstalación y al arte multimedia, y formarse en el prestigioso Centro Sperimentale di Cinematografía de Roma, por el que han pasado diferentes generaciones de cineastas italianos que ha  hecho muy grande su cinematografía, como Vallone con una primera película que nace con el propósito de contarnos la cotidianidad de un pequeño lugar de la Cerdeña, un espacio diminuto donde las mujeres tienen el mando, donde la tremenda religiosidad convive con lo pagano y lo espiritual, en un mundo de contrastes en el que la historia se sitúa en tres mujeres de la misma familia. Tenemos a la madre, una mujer viuda que vive entre lo emocional de su hija Fidelia y las apariencias y oscuridad de la tradición, a la hermana mayor Marianna que recorrerá un parte de Europa con el objetivo de quedarse embarazada, y finalmente, la mencionada Fidelia, la pequeña,  la llamada “bruja”, un ser especial que trata con plantas medicinales las dolencias de sus vecinos, que por orden del párroco del lugar, deberá criar a Bastiana, una niña ilegítima que al ser la séptima es expulsada de su casa, y se topará con Fidela y su mundo. 

La cineasta se mueve entre el realismo de un tiempo difícil y triste después de una guerra, y la fábula, porque encontramos personajes que bien podrían ser de un cuento de hadas: el soldado inglés que se enamoró de una italiana y que se quedó sólo cuando aquélla volvió con el marido que creía muerto, la llegada del pintor y fotógrafo y su padre al pequeño pueblo, y la propia Bastiana, una especie de princesa diferente a todos y todas que deberá crecer en un mundo diferente y lleno de sabiduría y oscuridad. Sin olvidar la propia idiosincrasia del lugar, una isla en que el mar delimita la vida, la esperanza y el mundo, un más allá demasiado lejano para el microcosmos en el que viven estas mujeres singulares. Un gran trabajo de cinematografía de Luca Coassin, que envuelve con detalle y precisión a las mujeres de este pueblo, enlutadas y supersticiosas, frente al violeta de Fidela y su hija, y aún más, entre los colores más suaves y elegantes de los visitantes. Un montaje del dúo Francesco Garrone (que tiene en su haber películas de Daniele Luchetti), e Irene Vecchio (muy presente en la filmografía de Elisa Amoruso), en un estupendo trabajo donde imponen un ritmo pausado y emocional en el que se va desenvolviendo un relato contenido y sin estridencias, que captura con orden y reposo los avatares de sus protagonistas en una película que se va a los 104 minutos de metraje. 

Si la parte técnica es destacable, no lo es menos el magnífico trabajo de sus intérpretes entre los que destaca una maravillosa Paola Sini, que produce y coescribe el guion con la directora, que compone una inolvidable Fidela que, a pesar del desprecio de su familia y los demás, ella se hace su mundo, entre los espiritual y terrenal, huyendo de las tradiciones religiosas, y centrándose en la naturaleza y lo interior, creando un universo en sí mismo, y a pesar de las traiciones, ella sigue en pie, firme y con una voluntad de hierro, porque Fidela es un personaje de luz, alguien que quiere vivir su vida y hacer su mundo, siendo ella misma a pesar de la oposición de los demás, porque ella sabe que sólo hay una vida y cada uno ha de vivirla como desea desde su más profundo ser. Valentina Lodovini es Marianna, que está obsesionada con ser madre y recurrirá a todo por conseguirlo, y no se detendrá en su propósito. Syama Ryanair es Bastiana, la hija de Fidelia, que tomará su camino después de las enseñanzas y consejos de una madre diferente, y luego están los hombres de la película, el párroco cercano y algo díscolo que hace un grande como Alessandro Haber, que ha trabajado con los grandes del cine italiano como Bellocchio, Bertolucci, Rosi, Moretti, Monicelli, Pupi Avati, Risi, entre muchos otros, el belga Jan Bijvoet, al que vimos en películas que me gustaron mucho como Alabama Monroe, Borgman y El abrazo de la serpiente, entre otras, hace del soldado inglés encallado y ermitaño, o quizás, el hombre que encontró su lugar o alguno que se le parecía, se convierte en una especie de padre para Bastiana, o un amigo con el que hablar y reírse, y los visitantes, el padre, una especie de doctor que ayuda a Marianne a quedarse embarazada que hace el actor japonés Hal Yamanouchi, que ha trabajado con directores tan interesantes como Mangold, Kapanoglu, Bava, Salvatores y Wes Anderson, y su hijo Freddie Fox, con una carrera al lado de nombres como los de W. S. Anderson y Lone Scherfig. 

Nos ha convencido La isla de las mujeres y nos encantaría seguir la filmografía de su directora Marisa Vallone, por contarnos que hay muchas formas de ser madre, de estar en el mundo, y sobre todo, de ser una misma en una sociedad anclada en meras idioteces y miedos infundados, o lo que es lo mismo, una sociedad dominada por el miedo a vivir y a ser ellos mismos, porque lo más fácil en la vida es seguir el rebaño y no detenerse y pensar si eso es lo que queremos para nosotras. Fidela lo tiene claro a pesar de las dificultades, más vale vivir como quieras y aceptar los conflictos, que estar siempre a la greña y despreciada por el resto. Fidela es una mujer muy especial, quizás lo que muchos deseamos, ser especiales pero no para nada ni nadie, sino para nosotros mismos, que somos las personas que más nos necesitamos, amarnos a pesar de todo, a pesar de nosotros, y comprendernos a pesar de nosotros, porque el amor de verdad, el que se siente desde lo más profundo de nuestro ser, solamente será verdad cuando empieza por uno mismo, aceptándonos y siguiendo hacia adelante, pese a quién pese, porque nadie vendrá a rescatarnos si no lo hacemos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Víctor Iriarte

Entrevista a Víctor Iriarte, director de la película «Sobre todo de noche», en el Hotel Catalonia Eixample 1864 en Barcelona, el martes 28 de noviembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Víctor Iriarte, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA