Entrevista a Anna Alarcón, Ventura Durall y Mathurin Malby, intérpretes y director de la película «Supernatural», en una de las salas de los Aribau Cinemes en Barcelona, el martes 2 de diciembre de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anna Alarcón, Ventura Durall y Mathurin Malby, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Àlex Mañas, director de la película «Hada», en su domicilio en Barcelona, el miércoles 3 de septiembre de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Àlex Mañas, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Pere Vall, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Maria Sanz y Sara Espías, actrices de la película Hada» de Àlex Mañas, en el domicilio del director en Barcelona, el miércoles 3 de septiembre de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maria Sanz y Sara Espías, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Pere Vall y Àlex Mañas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Cómo te amas a ti mismo es cómo les enseñas a los demás a amarte”.
Rupi Kaur
Érase una vez… en la isla escocesa de Skye, durante un fin de semana, allí se juntaron dos desconocidos. Por un lado, tenemos a Kira, una mujer en los cuarenta, que ha vuelto a revivir un viaje al lugar cuando estaba con su ex. Por el otro, tenemos a Ian, también en los cuarenta, que visita a sus padres, en plena huida constante de sus conflictos llevando una vida al día. Los dos, sin pretenderlo, pasarán 24 horas juntos, donde corren, saltan, bailan y ríen, y se olvidarán de sí mismos, y sobre todo, vivirán experiencias diferentes y fuertes. Todo quedará ahí, en Skye, porque volverán a London, a sus vidas, a sus huidas, y a sus problemas de los que siguen huyendo. La primera película como directora de la actriz Aylin Tezel (Bünde, Alemania, 1983), retrata las relaciones de hoy en día y las huidas de unos cuarentones que les cuesta lidiar con el conflicto, y viven con un miedo constante para ser ellos mismos y trabajar en sus sueños en una sociedad tan vacía y mercantilista, y tan líquida como mencionaba Bauman.
Tezel demuestra una gran observación en tejer con paciencia y detalle las dos vidas de los respectivos protagonistas, en la que nosotros los espectadores somos testigos de sus trabajos, sus sentimientos y sus devaneos en general, en un relato escrito por la propia directora en el que nunca se juzga nada ni a nadie, sino que se muestran unos hechos y unas circunstancias y se deja espacio para que el público los juzga como buenamente pueda. No estamos ante una película que pretenda sacar conclusiones de cómo vivir y relacionarse, eso sí, nos habla de dos personajes que están en constante huida, con el daño que eso produce en ellos, contándonos sus respectivos conflictos personales, unos problemas que los arrinconan de los demás, y les llevan a tener relaciones superficiales y nada complacientes. Son dos personajes complejos, como somos todos, pero están en ese momento de limbo, de no saber qué hacer con sus respectivos problemas, como dos islas a la deriva que chocan y de qué manera, aunque la vida con sus caprichos y meteduras de pata los aleja porque todavía no están preparados, ya que siguen en su lucha, aprendiendo a amarse, una cosa tan vital y tan difícil.
La excelente cinematografía que firma el alemán Julian Krubasik, con experiencia en el cine de su país en películas tan importantes como We Are Nest of Kin (2022), de Hans-Christian Schmid, donde priman los planos y encuadres muy cercanos para construir la profunda intimidad en la que está instalada la historia que nos cuentan, donde la cámara se mueve al son de sus dos personajes, sin incomodarlos ni nada que se le parezca, dejando ese especia esencial para ver y no juzgar. El montaje de David J. Achilles es dinámico, lleno de ritmo mezclando con inteligencia esos momentos de pausa donde los protagonistas hablan de ellos, que van in crescendo, dentro de sus torpezas, inseguridades y miedos, donde no existe un ápice de falta de ritmo ni de pausas innecesarias, en una película que se va a casi las dos horas de metraje, de continuas idas y venidas, de amor y desamor dentro de ellos. La música, esencial en la trama, él toca el piano y desea convertirse en músico, entre otras cosas, está compuesta por el músico electrónico Jon Hopkins y el berlinés Ben Lukas Boysen, con experiencias en cine, que dotan a la historia de esos subidones y reposos que viven los dos personajes.
Uno de los aspectos que destacan más de Nuestro momento perfecto (“Falling into Place”, en el original), es su fantástica pareja protagonista, o podríamos decir, su anti pareja, jajaja. La propia directora Aylin Tezel se reserva el personaje de Kira, una alemana en London, siendo la eterna aspirante en todo: al amor, en plena crisis de ruptura, en el trabajo, no acaba de ser la escenógrafa principal en el teatro, siempre la ayudante, y muchas cosas más. Ella no vive, ella está y finge vivir, como les ocurre a muchos. Frente a ella, o mejor dicho, en el mismo estado emocional de huida y pérdida, nos encontramos a Chris Fulton como Ian, que hemos visto en series como Bridgerton, The Witcher y Outlander, se convierte en el partenaire perfecto para Kira, porque los dos están ahí, esperando a romper el cascarón, a enfrentarse al espejo, a ser las personas que no se atreven o no pueden ser por ahora. El resto del reparto, tan cercano y transparente, marca de la película, así como los paisajes tanto rurales como urbanos, componen un equipo artístico de gran nivel con los Rory Fleck-Byrne, Alexandra Dowling, Olwen Fouere, Samuel Anderson, Anna-Russell Martin, entre otros, tan bien en sus composiciones dándole a la película esa amplitud y naturalidad tan necesaria.
Una película que tiene de título Nuestro momento perfecto, tan ideal para lo que cuenta, está llena de reflejos en la sociedad actual, en nuestra forma de amarnos o no, y de amar o no a los demás, de quiénes somos, de nuestros sueños, miedos e inseguridades y de estos tiempos en qué todo va tan rápido y hemos olvidado lo esencial de nuestras vidas, nuestros verdaderos propósitos y al fin al cabo, para qué estamos aquí, y para que nos levantamos cada día, fingiendo nuestra vida y haciendo como si no fuera con nosotros. La película no olvida su cine deudor, es decir, la comedia romántica clásica, tan divertida, tan personal y profunda que habla de amor, sí, pero desde prismas diferentes, donde no se limita al éxito o fracaso impuestos por los estereotipos mercantilistas, sino desde la convicción personal de no tener miedo de ser lo que queremos ser y sobre todo, luchar por ello, y sobre todo, no huir de nosotros y encerrarnos ante lo que somos y ante los demás, siempre mirándonos a esos espejos que cuesta tanto mirarse, aunque si logramos mirarnos todo va a cambiar, todo va a verse con otra mirada, y todo aquello que creíamos a pies juntillas va a desaparecer y en ese instante, podremos mirarnos y descubrirnos sin miedo, sin trampas y sobre todo, amándonos para amar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Luciana Grasso, actriz de la película «Vera y el placer de los otros», de Federico Actis y Romina Tamburello, y de la obra de teatro «Como si pasara un tren», de Lorena Romanín, en la Sala Versus Glòries en Barcelona, el jueves 23 de mayo de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luciana Grasso, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Violeta Rodríguez y Nany Tovar, actrices de la película «Calladita», de Miguel Faus, en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 24 de abril de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Violeta Rodríguez y Nany Tovar, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Arantxa Sánchez de Karma Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Los pobres somos el prado humano donde crecen las cosechas de la vida y de la alegría que recogen los ricos… A fuerza de abusar de nosotros”
Frase de la película “Le journal d’une femme de chambre” (1964), de Luis Buñuel
La película Calladita se abre de forma contundente y sutil, es decir, vemos un cuadro de postal veraniega, con una costa de casitas blancas y la playa llenando el cuadro. Una imagen esteticista del sumun del placer consumista. De repente, el ruido de un spray y el líquido se impregna en el encuadre del lado derecho por abajo. Una joven vestida de criada limpia con un trapo el cristal de la ventana. Una secuencia que recuerda a aquella otra que también abría La piel quemada (1967), de Josep Maria Forn. En el siguiente plano vemos a la mujer que limpiaba apoyada en otro cristal mientras viaja en el lado posterior de un automóvil. Dos imágenes capitales que dan comienzo a una película que pone el foco en la mirada de Ana, una interna que trabaja para los Roca, una familia de burgueses catalanes que se dedican a marchantes de arte. Esos espacios limitantes que separan la vida de la servidumbre de los señores. Un cristal/espejo los separa y los define, como el cristal de la barra de la cocina, que sube y baja según conveniencia, creando ese no mundo en el que unos viven y los otros trabajan para ellos.
La puesta de largo de Miguel Faus (Barcelona, 1992), nació como un cortometraje del mismo nombre en 2020 como trabajo de fin de carrera en la prestigiosa London Film School, donde también había hecho The Death of Don Quixote (2018), y después de una pionera en Europa, laboriosa y exitosa campaña de mecenazgo NFTs (non-fungible tokens) creada por el propio director vendiendo fotogramas del corto, en una cinta que nos sumerge en la dura existencia de Ana, una colombiana sin papeles en el mes de agosto en una casa lujosa en la Costa Brava sirviendo a los Roca, en un tono que se mueve entre el realismo y la sátira, a partir de la mirada de la criada, que se irá abriendo a su nueva experiencia, aprendiendo el modus operandi de sus señores y toda su oscuridad. El guion del propio Faus huye del relamido ricos y pobres y se centra en la complejidad de unos y otra, captando todo lo que les separa y les une, en el que emergen la transparencia y oscuridades de sus relaciones, y la vida que desvelamos y la que ocultamos dentro de una cotidianidad tan cercana que abruma por su naturalidad, compuesta por unos días de quehaceres domésticos y unas noches donde las cosas adquieren una extrañeza que revelará lo que esconden cada uno de los personajes.
Una parte técnica bien equilibrada que juega a mostrar todos los matices del relato como la cinematografía del debutante Antonio Galisteo que resulta fundamental para entrar en ese espacio donde se funden la tranquilidad y la tensión in crescendo, con ese aspecto muy Chabrol, donde conjugaba con talento los desencuentros entre burgueses y servidumbre, y ese tono entre lo real y lo onírico de Buñuel, cineasta del que es muy deudora Calladita, así como el estupendo montaje de Iacopo Calabrese, otro debutante que, maneja con precisión el tempo con esos magníficos 94 minutos de metraje, llenos de momentos donde las relaciones se ennegrecen en ese juego de espejos y reflejos muy hitchockiano en su último tramo, dándole viveza a una película donde lo cotidiano se impone pero de forma pasoliniana donde los roles adquieren mucha confusión. La excelente música de Paula Olaz, que ha trabajo con cineastas tan interesantes como Lara Izagirre, Ibon Cormenzana, Sílvia Munt y Gerardo Herrero, entre otras, genera esa inquietud constante entre la apariencia y lo que se oculta que casa con elegancia y sencillez todo lo que se remueve en la historia.
Si la parte técnica brilla con sello propio, la parte artística no se queda atrás, y tenemos una protagonista magnífica en la piel de la debutante Paula Grimaldo, que ya protagonizaba el mencionado cortometraje, siendo Ana, una mujer aislada en esa casa lujosa junto al mar, una mujer que cuidado de los suyos desde ahí, que expresa sin alardes toda esa inquietud de la promesa de sus señores del contrato soñado en septiembre y así conseguir sus papeles, que tiene un proceso brutal en la película, porque empieza invisible y poco a poco va despertando y revelándose y haciendo sus cosas, a espaldas de sus burgueses. Le acompañan un elenco extraordinario como la familia Roca, con una Ariadna Gil maravillosa, que bien se mueve, mira y habla, Luis Bermejo, con esa ridiculez de su bicicleta, su huerto y demás caprichos de rico idiota, y los hijos, Violeta Rodríguez, que comparte película y parentesco ficcional con su madre por primera vez, siendo esa joven libre sin ataduras físicas ni psicológicas que es la persona más cercana a Ana, y luego, el otro lado, Jacobo que hace Pol Hermoso, que también estaba en el corto, es el hijo consentido, pijo a rabiar, tonto y aprovechao como el que más. Y luego, Gisela, la otra criada y colombiana que será un aire fresco a la soledad y clausura en la que vive Ana, que hace con naturalidad la venezolana Nany Tovar.
Una película como Calladita tiene todos los ingredientes para convertirse en una obra que no sólo guste a los espectadores, sino que les haga reflexionar, porque todo lo que cuenta es de una verdad abrumadora, con toda esa hipocresía y violencia de los diversos componentes de la familia, con su exquisitez y apariencias de pacotilla, y toda la estupidez en la que viven y se mueven, y el sometimiento que imponen a una empleada que la tienen en una prisión, sin seguro ni condiciones laborales justas, y luego, está la criada, una mujer que aprenderá rápido y jugará en el mismo espacio que sus señores, escondiendo sus miserias y mostrando su pompa y demás. Una cinta que recoge con inteligencia todo el legado y universo de Buñuel en su capacidad para mostrar todo lo que no vemos, todas esas oscuridades y silencios en el que también existimos, entre lo que mostramos y lo que ocultamos, entre esos mundos de imaginación, donde lo onírico y la mentira se imponen, en el que lo importante no es lo que somos, sino en cómo nos miran los demás, con todas las grietas por las que se escapan las cosas, con detalles que aumentan la profundidad como esos gatos invasores, objetos importantes en la trama como la piscina y el flamenco hinchable y demás, como todo lo que vemos, lo que no, lo que creemos ver o escuchar, y sobre todo, las vidas que tenemos en nuestro interior o no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Manuel Martín Cuenca, director de la película «El amor de Andrea», en la plaça de Joan Llongueras en Barcelona, el miércoles 22 de noviembre de 2023.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manuel Martín Cuenca, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanto talento y a Ainhoa Pernaute de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Los problemas familiares son amargos. No van de acuerdo con ninguna regla. No son como dolores o heridas, son más como divisiones en la piel que no sanan porque no hay suficiente material”.
F. Scott Fitzgerald
De una casa aislada en las montañas escarpadas de las Sierras de Cazorla y Segura en la provincia de Jaén de La hija (2021), pasamos al otoño de la Bahía de Cádiz de El amor de Andrea, el nuevo largometraje de Manuel Martín Cuenca (El Ejido, Almería, 1964). Dos ambientes fríos. Dos paisajes que definen con exactitud los estados emocionales en los que se encuentran sus personajes. Vuelven a rondar los problemas familiares, ahora desde la mirada de su protagonista Andrea, una chica de 15 años, que a veces, pasa del instituto y deambula por las calles y acaba en la playa leyendo su inseparable “Juan Salvador Gaviota”, de Richard Bach, el libro que le regaló un padre ausente, alguien que los dejó a sus dos hermanos pequeños y a ella cuando se divorció de la madre con la conviven que sólo ven por las noches. Andrea se siente rasgada como una foto, a la que le falta una parte, le falta ese padre que no ve, con el que no se relaciona, en una existencia llena de dudas, de espacios vacíos y de pasados oscuros.
A partir de un guion escrito por Lola Mayo, que ha sido productora y guionista de todas las películas de Javier Rebollo, y el propio director, que nos va sumergiendo en la intimidad e interior de Andrea, una chica solitaria, que intenta reconstruir unos sentimientos troceados e incompletos, y se tropieza con la indiferencia de una madre que quiere olvidar, y unos adultos inmaduros y faltos de comunicación que guardan silencio y tienden muros. Andrea se muestra fuerte y valiente en su decisión y sigue empeñada en trazar un puente de reconciliación y sobre todo, de amor entre su padre y ella. El director almeriense se aleja de la autocomplacencia y lo esperado, y construye de forma artesanal su relato, desde esa luz natural que traspasa e interioriza a los personajes, que firma Eva Díaz Iglesias, la cinematógrafo habitual de Víctor García León, la música de Vetusta Morla, que vuelve a trabajar con el almeriense después de la experiencia de la mencionada La hija, en una composición que ayuda a iluminar tanto desgarro emocional, y el preciso y reposado montaje de Ángel Hernández Zoido, que ha estado en toda la filmografía de Martín Cuenca.
Con rasgos parecidos a La mitad de Óscar (2010), que también exploraba las difíciles relaciones familiares, donde primaba la desnudez, la cercanía y la transparencia de la cámara y la interpretación, la odisea de Andrea y su demanda de amor es muy bressoniana, porque tiene ese corte de plano, esos cuadros con el formato de 4:3, en que sus individuos aparecen encerrados y asfixiados en sus vidas anónimas, y en que el relato ayuda a desplazar tanto físicamente como emocionalmente, pero que deja interesantes huecos en sus conflictos, y en que Andrea se mira al espejo de la Marie de Au assard Balthazar (1966), y la Mouchette de la película homónima de 1967. Dos jóvenes atrapadas en un mundo de adultos cruel, infantil y triste. Chicas adolescentes como las que retrató en La flaqueza del bolchevique (2003) y en la citada La hija, el cineasta andaluz que compone una película con hechuras, tremendamente intensa sin ser condescendiente, sino con una armadura que nos sobrepasa, que deja un poso difícil de olvidar, dentro de esa linealidad que tiene su trama, una linealidad imprescindible para ir acercándonos a este duro e intenso drama que se adentra en lo que sienten sus personajes que tiene su reflejo en esa bahía gaditana gris, fría y ventosa, con ese barco-puente que distancia a unos personajes, sobre todo, Andrea, que quiere y busca, que mira y siente, que hace y no se resigna a perder el amor de su progenitor.
Mención aparte tiene la elección de su elenco interpretativo, lleno de caras desconocidas, de esos actores-modelo que tanto le gustaban a Bresson, donde la película no seduce con unos rostros marcados, con grietas por la vida y las tristezas, en relación con los niños y niñas que todavía están sin marcar por ese vivir, todavía libres de espíritu, honestos y cercanos, y sobre todo, comunicativos. Cuántos males ha provocado y provocará la incomunicación en las relaciones. Tenemos a esa luz que es pura naturalidad y transparencia como Lupe Mateo Barredo como Andrea, que debería llevarse muchos reconocimientos esta temporada de galardones, y eso que no me gustan los premios y las competiciones, pero su Andrea es puro amor, pura valentía, y sobre todo, una alma que quiere y busca amar, esa cosa que todo el mundo busca y pocos se atreven a vivir. Le acompañan sus dos hermanos pequeños y estupendos Fidel y Tomás que hacen Fidel Sierra y Cayetano Rodríguez Anglada, respectivamente, Agustín Domínguez es Abel, el amigo de Andrea que le echará un cable y los haga falta para sobrellevar tanta dificultad, Carmen es Irka Lugo, esa madre que tampoco ven mucha y quiere olvidar y que su hija también olvide y dejé de reclamar ese amor, Jesús Ortiz es Antonio, el padre que no está, qué bien mira este tipo y esos maravillosos encuadres bajo la atenta mirada de su hija mientras apura cigarrillos contra el viento. Y luego, esos dos ángeles para el camino empedrado de Andrea con la complicidad de Inés Amieva como Beatriz, la abogada y el profe José M. Verdulla Otero que hace de José María, el profe, que seríamos si muchos profesores sólo cumplieran su trabajo y olvidasen ayudar emocionalmente a sus alumnas como Andrea.
Dice Martín Cuenca que ha hecho su película más luminosa, y tiene razón, porque aunque El amor de Andrea se adentra en pantanos muy duros y tensos, sí, pero lo hace sin caer en el dramatismo y en la estridencia ni nada que se le parezca, y podría haber caído en la tentación, porque el material que maneja da para ese tono, pero el cineasta almeriense se va muy lejos de allí, y se centra en sus personajes y sus sentimientos, desde lo más profundo, desde sus gestos, desde sus miradas, que no hablan y lo dicen todo, dentro de esa Bahía de Cádiz, que vista desde otro lugar, resulta un espacio difícil y gris, como todos los lugares cuando estamos mal, cuando nos falta algo, como le ocurre a Andrea, que le falta algo, le falta el amor de su padre, y le falta porque está lleno de un pasado demasiado vacío, un pasado que quiere mirar para entender, para seguir creciendo, para enfrentarlo, porque ya tiene edad suficiente para saber y reconocerse, con unos padres que no hablan, no se comunican y viven rodeado de fantasmas y miedos e inseguridades. Estamos sorprendidos ante la madurez y coraje de un personaje como Andrea, porque a pesar de su corta edad, demuestra más verdad que sus perdidos padres, porque ella es valiente, tiene fuerza y está preparada para mirar de frente, porque la vida no puede vivirse con tantas ausencias y falta de amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El verdadero paraíso no está en el cielo, sino en la boca de la mujer amada”.
Frase de “Señorita de Maupin” (1836), de Théophile Gautier.
Recuerdan a Natalia y Carlos, los jóvenes protagonistas de Hermosa juventud (2014), de Jaime Rosales, que encontraban en el porno amateur una salida económica a su existencia precaria. Los tiempos han cambiado pero las formas siguen estando ahí, porque Julia y Mateo viven del porno amateur a través de la web Onlyfans, en la que venden su intimidad a base de sexo. Los jóvenes del sexo protagonizan 21 paraíso, la ópera prima de Néstor Ruiz Medina (Madrid, 1988), que se ha fogueado en unos 15 cortometrajes, en una película que explica una especie de paraíso en el que tanto Julia y Mateo han encontrado su vida a través del porno amateur que practican en una estupenda casa anclada en un entorno rural magnífico, donde la vida y su felicidad se dan la mano y en la que sus momentos de intimidad han calado en la web y sus días son pura armonía. Una armonía que veremos resquebrajarse a modo de 21 instantes-episódicos en planos secuencia que vienen anunciados por pequeñas ideas en forma de frases cortas, en las que somos testigos de cómo ese paraíso tiene sus zonas oscuras y de tristeza.
El director madrileño se deja de un relato rocambolesco y de giros inverosímiles, sino todo lo contrario, porque se apoya en un guion construido con sus dos intérpretes, basados en muchas improvisaciones y en ir encontrando su historia y la forma de contarse, donde la cinematografía de Marino Pardo, al que conocíamos por su trabajo en el cortometraje Polvo somos (2020), de Estíbaliz Urresola, la directora de la reciente 20000 especies de abejas, que recurre al celuloide en 16mm y el marco en 4:3 para sumergirnos en las cuatro paredes y el entorno de ese lugar, la provincia gaditana, un espacio donde la luz se impone en un principio, y a modo de crepúsculo vamos asistiendo a la ruptura de la armonía que hablábamos al inicio del texto, pero casi a cámara lenta, centrándonos en los detalles y las diferentes secuencias en la que todo ese lugar aparentemente perfecto, empieza a agrietarse, no nos explican porque, casi siempre nadie sabe porque suceden, sólo sabe que surgen de la nada, del interior de una mujer como Julia. La película en un preciso trabajo de montaje que firma el propio Ruiz Medina, que en sus 98 minutos de metraje, refleja el deterioro de ese amor, o quizás podríamos decir, de eso que tenían, y las consecuencias de esa distancia, de esa falta de comunicación que les afecta y sobre todo, de la nueva realidad a la que deben enfrentarse que les empuja a buscar un modo de vida diferente, con mucho menos dinero y más real.
Una cámara que los traspasa, que se convierte en uno más, en ese invitado incómodo que da testimonio y forma a su relación o lo que queda de ella, y a ellos mismos. Aunque una película de estas características, donde prevalece la intimidad en un entorno muy cercano, con pocos espacios, tanto interiores como exteriores, debía tener una pareja de protagonistas que transmitieran todo esa fractura que se produce entre ellos, y el director lo consigue con el intenso y excelente dúo que forman la debutante María Lázaro y Fernando Barona que hemos visto en series y en la mencionada Hermosa juventud, dando vida a Julia y Mateo, o lo que es lo mismo, a estos Eva y Adán expulsados de su paraíso particular, y no por un motivo con explicación, sino con uno de verdad, el que siente Julia, ese abismo de la identidad, cuando no sabemos qué queremos y lo único que tenemos claro es que no deseamos seguir haciendo lo que hacíamos, no sabemos porqué, sólo que estamos en ese proceso de descubrirnos y sincerarnos con nosotros mismos y con los demás, y seguir caminando para encontrarnos y encontrar lo que queremos hacer a partir de ahora.
La película 21 paraíso es un buen ejemplo para una primera película, porque está filmada sin pretensiones, no empleando caminos difíciles de manejar, y sacando el máximo rendimiento a los recursos que tienen más al alcance, eso sí, sin construir una película a gusto de todos, sino con un relato, que gustará más o menos, pero con la idea de contarlo con acierto, detalle y complejidad, porque lo que vemos y lo que va sucediendo, no es baladí, porque pasamos del paraíso particular de Julia y Mateo a una especie de infierno contado en segundos, donde cada mirada y gesto está lleno de desánimo, distancia y perplejidad, porque es una cinta que habla mucho de estos tiempos donde parecemos que lo tenemos todo y en realidad, no tenemos nada, nos faltan muchas cosas, muchas emocionales, que repararía tanto vacío, tristeza y desorientación. Julia y Mateo son un reflejo de esa juventud, que ya no es tan joven, que han pasado de los treinta, y siguen un poco varados, esperando que esa idea del porno amateur dure eternamente, pero lo que no saben es que la vida está sujeta a los cambios constantes, esos que van sucediendo mientras tú haces otros planes, que citaba Lennon, porque si de algo habría que esperar de la existencia es que siempre nos sorprende, siempre nos dejará de vuelta y media, y sobre todo, siempre, por muy mal que estemos, encontramos una salida para tanto desaliento y vacío interior. No estemos temerosos de ser expulsados del «paraíso» y centremos en quiénes somos y qué queremos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA