Almudena, de Azucena Rodríguez

ALMUDENA FRENTE AL ESPEJO. 

“La alegría me había hecho fuerte, porque (…) me había enseñado que no hay trabajo, ni esfuerzo, ni culpa, ni problemas, ni pleitos, ni siquiera errores que no merezca la pena afrontar cuando la meta, al fin, es la alegría”. 

Almudena Grandes 

Permítanme que les cuente mi experiencia personal con Almudena Grandes (Madrid, 1960-2021), que sucedió un Sant Jordi en Barcelona, el de la edición de 2007, cuando guardé escrupulosa cola para ser uno de los agraciados que se llevase a casa la dedicatoria y la firma de la insigne escritora en su último libro “Corazón helado”. La cosa fue bien, o más bien, fue inolvidable y muy emocionante, ya que Almudena se mostró cercana, simpática y sobre todo, natural y acogedora, haciéndote sentir especial en aquellos breves minutos que duró el encuentro. Cuando volvía a casa en tren miraba atónito como hipnotizado sin dejar de mirar su letra y pensando en su mirada y nuestro encuentro. Fue el primero de otros encuentros, aunque en ese instante lo desconocía, eso sí, los otros fueron igual de sinceros e inolvidables. Recuerdo uno junto a mi hermano, igual de emocionante, aunque eso es ya otra historia.  

Ahora sí, vamos a centrarnos en Almudena, la película que ha hecho Azucena Rodríguez (Madrid, 1955), que adaptó una de sus novelas “Atlas de la geografía humana” en 2007, amén de ser una de sus mejores amigas. Su retrato se centra en Almudena contado por la propia Almudena, a través de su compromiso con la vida, la infancia, la familia, la literatura, la política y demás aspectos de la vida, rastreando en una fascinante material de archivo donde podemos encontrar a aquella niña morena y de facciones bruscas que soñaba con escribir e inventar su propio mundo, y otras imágenes que nos van ilustrando junto a la voz inconfundible de la escritora. La estructura no obedece a una linealidad, sino todo lo contrario, la cosa se va contando de aquí para allá, adelante y atrás y vuelta a empezar o acabar, recorriendo sus ideas, sus fantasías, ilusiones, sus novelas, su amor, sus amigos, sus experiencias buenas y no tan buenas y demás aspectos de la vida y de la no vida. Recorremos su ciudad Madrid junto a ella, y un espacio importante que se abre con la Granada que compartió junto a su hombre Luis García Montero, el excelente poeta que muestra otra faceta de Almudena, y abre ese lado del duelo cuando la vida continúa a pesar de la ausencia de la escritora, como hacen sus hijos, sus hermanas y algún que otro más. Sin olvidar las playas de Rota en Cádiz, donde las vacaciones junto a amigos como Sabina, Prado y demás se convertían en noches sin fin. 

Un buen equipo técnico encabezado por Juan Barrero, amén de director de La jungla interior y Chillida: Lo profundo es el aire, y editor de documentales del desaparecido Diego Galán, y de Samuel Alarcón o de ficciones con Emma Tusell, que se encarga de la cinematografía y montaje, en un excelente trabajo donde todo gira en torno a Almudena, donde hay de todo, risas y alegría por la vida y por todo lo que contiene en sus entretenidos y reflexivos 80 minutos de metraje. La música corre a cargo de Rosa Torres-Pardo, que la conocemos por su trabajo como pianista, para Carlos Saura en Iberia y Arantxa Aguirre en El amor y la muerte. Historia de Enrique Granados, aportando esa sensibilidad e intimidad que tanto demanda una película que habla de una mujer excepcional, de carácter, libre y tozuda y del atleti, y el temazo que canta Enrique Morente sobre un poema de Lorca, ahí es nada. Elementos que nos ayudan a viajar por Almudena y su mundo, el que vivió y la huella que nos dejó, tanto en sus novelas, recibidas con gran entusiasmo tanto por la crítica como el público convirtiéndola en una magnífica novelista de nuestro tiempo, y esa otra parte humana cuando las puertas se cerraban. Dos espacios que convergen con naturalidad y sencillez durante toda la película. 

El tratamiento tan cercano e íntimo construye una película que consigue atrapar a cualquier espectador ávido del pensamiento y la reflexión, independientemente que conozcan a la escritora y su trabajo, es lo de menos, porque el retrato que se hace de ella, el presente escuchándola y el otro presente, el de ahora, cuando la escritora ya no está, es de una delicadeza sobrecogedora, porque construye un profundo y honesto retrato de quién era, quién fue y qué ha dejado, una huella y legado que todos los que la conocieron y leyeron siguen experimentando cada vez que la leen, que la escuchan y la piensan, porque en cada libro hay un pedacito de ella, en cada palabra escuchada y leída sigue muy presente, por su forma de ser, por su valentía, su capacidad para afrontar retos y obstáculos y mostrarse como lo que era, una mujer humanista que hablaba desde el corazón y la razón, muy conocedora de su tiempo, de la España que le tocó vivir, de esa España deudora de guerra y miserias, de la que tanto escribió, pensó y analizó. Acérquense a ver Almudena, de Azucena Rodríguez, porque de seguro que les va a emocionar y hacer reflexionar, porque no es triste ni condescendiente, sino un retrato sobre alguien de verdad, y con los tiempos que corren, eso es mucho. Para finalizar, me permito otra licencia personal como la que encabeza este texto y les dejó con Almudena y la dedicatoria de aquel primer encuentro: “Para José Antonio, con la esperanza de que le caliente el corazón”. Allá donde estés querida Almudena, seguimos luchando para que el corazón siga caliente. Un abrazo!. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Johanné Gómez Terrero

Entrevista a Johanné Gómez Terrero, directora de la película «Sugar Island», en su habitación del Hotel Cortes Rambla en Barcelona, el miércoles 26 de marzo de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Johanne Gómez Terrero, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan maravillosa, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pablo Lago Dantas

Entrevista a Pablo Lago Dantas, director de la película «O auto das ánimas», en su alojamiento en Barcelona, el miércoles 15 de mayo de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pablo Lago Dantas, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan maravillosa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Nadine Naous

Entrevista a Nadine Naous, guionista de la película «Bye Bye Tiberias», de Lina Soualem, en el marco de El Documental del Mes, iniciativa de DocsBarcelona, en la terraza del H10 Casa Mimosa en Barcelona, el miércoles 5 de marzo de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nadine Naous, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Sam Wallis, por su gran labor como intérprete, y a Carla Font de Comunicación de El Documental del Mes, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bye Bye Tiberias, de Lina Soualem

CUATRO MUJERES PALESTINAS. 

“Somos lo que dejamos en los otros”. 

Ángeles Mastretta

La película arranca con una grabación doméstica en la que vemos el lago Tiberias, símbolo de un pasado que ya no volverá para la excelente actriz palestina Hiam Abbas (con más de 60 títulos en los que ha trabajado con Amos Guitai, Tom McCarthy, Jim Jarmusch, Ridley Scott y Costa-Gavras, etc…)  y su familia. Un lugar que sigue existiendo en un tiempo determinado. Un espacio que simboliza también el tiempo pasado y el futuro incierto en el que se encuentra la población palestina. Así empieza Bye Bye Tiberias, la segunda película de Lisa Soualem, hija de Hiam, que vuelve a hablar de sus raíces como hiciese en su primer largo Leur Algèrie (2020), en la que hablaba de la familia paterna. Ahora, profundiza en la familia materna, a través de su madre, que se exilió a los 20 años para seguir su sueño de ser actriz, y las dos mujeres que le precedieron, su madre y abuela. Pasado y presente se envuelven para contarnos una historia de cuatro generaciones de mujeres palestinas en las que se recorre, cómo no podía ser de otra forma, la dura historia del pueblo palestino. Aunque, a diferencia de otros documentos sobre el conflicto, en esta, la raíz de todo es una historia familiar, la de Abbas, contando una cotidianidad invisible y muy cercana. 

El guion que firman la propia directora y Nadine Naous, también realizadora en títulos como Clichés (2010), cortometraje protagonizado por la citada Hiam Abbas, y el largo Home Sweet Home (2014), que explora las entrañas de su familia palestina-libanesa, se sustenta desde mostrar lo oculto, es decir, recorrer a las cuatro mujeres palestinas que escenifican la historia y la realidad de otras muchas que se han visto afectadas por la eterna guerra entre Palestina e Israel, a partir de archivo en el que vemos imágenes inéditas de la Palestina de los cuarenta del siglo pasado, la expulsión de familias palestinas de 1948 para que fuesen ocupadas por israelitas, las mencionadas grabaciones domésticas de los noventa cuando Hiam volvía a ver a su familia con Lina de niña. Una película de idas y venidas entre pasado y presente, donde lo de antes y lo de ahora, con la actriz viajando a los lugares que fueron y ya no son, es un continuo espejos-reflejos donde la historia queda a un lado para centrarnos en el rostro y los cuerpos de unas mujeres que han vivido el horror, el exilio, y las penurias de una vida en constante peligro que, les ha llevado a estar separados de los suyos. 

Soualem se ha acompañado de grandes cineastas para contar la historia de su familia materna a través de su madre, empezando por la cinematógrafa Frida Marzouk, de la que hemos visto películas como Entre las higueras y Alam, entre otras, con un trabajo de luz natural y mucha naturalidad, donde se cuenta desde lo íntimo y con gran profundidad en una interesante mezcla de texturas y colores cálidos todo el devenir de las que no están y de las que sí. La música de un grande como Amin Bouhafa con más de 50 títulos en su filmografía, junto a cineastas de la talla de Abderrahmane Sissako, Kaouther Ben Hania y Rachid Bouchareb, y muchos más, donde sin enfatizar vamos descubriendo la historia desde la honestidad y la sinceridad que demanda un relato como éste. El gran montaje de Gladys Joujou, una gran profesional que tiene en su haber nombres tan importantes como Oliver Stone, Jacques Doillon, y películas recientes como El valle de la esperanza, de Carlos Chahine, que imprime un carácter sólido e interesante a la amalgama de imágenes, tiempos y miradas que anidan en la película, consiguiendo que en sus reposados 82 minutos todo ocurre de forma tranquila por la que se recorren temas como la familia, la sangre, la tierra, la política, los sueños y demás menesteres.

La gran labor de una película como Bye Bye Tiberias no es la de hacer una historia que hable sobre la guerra y la expulsión de los palestinos, como ya hay muchas películas sobre el tema, sino la de hacer una relato que se centra en la retaguardia, es decir, en todas las heridas que un conflicto tan sangriento ha dejado en las personas, y sin hacerlo desde la tristeza y la desilusión, sino desde la mirada y el gesto cotidiano, desde las cuatro mujeres palestinas de esta familia: la bisabuela, la abuela, la madre Hiam Abbas y la propia directora, y hacerlo desde lo más íntimo y lo más profundo, sin caer en el derrotismo y la desesperanza, sino con alegría y humor, a través del amor que nos han dejado las que nos precedieron y lo que hacemos desde el presente, recordándoles y siendo fieles a su legado, a su tiempo, a su historia y por ende, la de nuestro país, Palestina, un país que siempre existirá en el corazón aunque pierda la tierra, nunca perderá su historia y su memoria, porque esa cuestión es la que pone sobre la mesa la película de Lina Soualem: el significado de un país, su tierra, sus gentes, su memoria y todo lo demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Laia Manresa Casals

Entrevista a Laia Manresa Casals, directora de la película «Casa Reynal», dentro de la iniciativa de El Documental del Mes, en La Bonne. Centre de Cultura de Dones Francesca Bonnemaison en Barcelona, el martes 14 de enero de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laia Manresa Casals, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Carla Font de comunicación de El Documental del Mes, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ciento volando, de Arantxa Aguirre

EL PAISAJE, LA FORMA Y LOS ENCUENTROS. 

“El arte está ligado a lo que no está hecho, a lo que todavía no creas. Es algo que está fuera de ti, que está más adelante y tú tienes que buscarlo”. 

Eduardo Chillida

Es verano, amanece en San Sebastián. Junto al mar, donde las olas rompen contra la piedra, en la ubicación de la escultura del “Peine del Viento”, de Eduardo Chillida (1924-2002), se persona la actriz Jone Laspiur, que nos encantó en Ane (2020), de David Pérez Sañudo, en Akelarre (2020), de Pablo Agüero y Negu Hurbilak (2023), del Colectivo Negu, entre otras. La actriz nos guiará por Ciento volando (que acoge como título una frase recurrente del escultor), la séptima película de Arantxa Aguirre (Madrid, 1965), que está dedicada a la vida y obra de Chillida, que el pasado viernes 10 de enero hubiera cumplido 100 años. La película no se dedica a mostrar sus obras y a acompañarla de expertos y admiradores de su obra que nos vayan resplandeciendo tanto su figura como su trabajo, como a veces ocurre con este tipo de trabajos. El largometraje de Aguirre no va por ahí, se decanta por otros menesteres, que escribía Cervantes, porque su trabajo nos invita a la quietud y el silencio, y nos convoca a bucear nuestra alma, sin prisas pero tampoco con excesiva pausa, y no usa mejor vehículo que un gran paseo por Chillida Leku, el museo al aire libre convertido en la obra cumbre del escultor. 

Una película se nutre de la escultura de Chillida, como no podía ser de otra manera, a través de la contemplación de sus obras, acompañada de algunas referencias históricas de su vida y obra, mediante un archivo escueto, porque la película quiere romper el tiempo convencional y restaurarlo, es decir, hablar del pasado y el futuro siempre con el presente por delante, donde el tiempo se esfuma, se revierte hacia un sentido mucho más amplio del término, despojándose de su espacio convencional para abrirlo a más formas, texturas, ideas, reflexiones y sobre todo, dibujar una obra imperecedera, sin tiempo ni lugar, aunque el cielo oscuro y plomizo del norte vasco tenga una importancia cumbre en el hierro y forjado que usaba el escultor. La película abraza el paisaje, no tiempo y los encuentros a partir de la curiosidad de la citada Jone Laspiur que, actúa como un guía inquieto y tremendamente observador, como los narradores Shakesperianos, que va dialogando con familiares, compañeros y amigos de Chillida para contarnos la parte más humana y desconocida del genio, en la que la presencia de su mujer Pilar Belzunce en su vida fue capital para entender y saber su camino como escultor y también, su pasión por su trabajo, su tierra, sus obras y todo el universo invisible y espiritual que la rodea. 

La obra de Aguirre tiene un acabado formal y narrativo exquisito, donde cada encuadre es conciso y sobrio, porque era muy fácil caer en un exceso de belleza, pero la película tiene mucho tacto en ese aspecto, porque no se recrea ni con el entorno ni con las obras. Un trabajo de cinematografía que firman tres grandes nombres de la industria vasca como Gaizka Bourgeaud, que tiene en su filmografía nombres como Ana Díez, Asier Altuna, Telmo Esnal y Lara Izagirre, entre otros, el de Rafael Reparaz, que ya hizo Dancing Beethoven (2016), con Aguirre, amén de Ira, de Jota Anorak, Asedio, de Miguel Ángel Vivas, y Carlos Arguiñano Ameztoy. Una imagen elegante y cercana, cogiendo todos esos colores grisáceos que van tan bien para mirar las obras como para descubrir su interior, El magnífico trabajo de montaje de Sergio Deustua Jochamowitz en su segunda película con la directora después de La zarza de Moisés (2018) sobre la longeva compañía teatral de Els Joglars. El gran trabajo de sonido que cuida y mima al detalle cada leve ruido que escuchamos, de un grande como Carlos de Hita, que ha trabajado con Gerardo Olivares, en documentales sobre naturaleza con Joaquín Ruiz de Hacha y Arturo Menor, e Icíar Bollaín, entre otros. 

Si no les gusta la obra de Chillida, o quizás, tampoco estén interesados en la escultura y mucho menos en su estilo, o tal vez, no tengan ni idea ni sepan interpretar sus obras, no teman, porque la película está abierta a todos los públicos, tanto los seducidos como los descreídos, porque no es sesuda ni para intelectuales, como se decía antes. Ciento volando, de Arantxa Aguirre sigue la estela de anteriores trabajos de la directora madrileña, siempre en el campo de las artes y sus creadores, los ya citados que hablaban de danza y teatro, los que ha dedicado a grandes músicos en Una rosa para Soler (2014), El amor y la muerte. Historia de Enrique Granados (2018), y la pintura en Zurbarán y sus doce hijos (2020). Las obras de Aguirre son curiosas y muy inquietas, porque nos muestran universos complejos y biografías alucinantes, pero lo hace dejando la ceremonia y el bombo de otros títulos, para recorrer de una forma íntima y profunda todos los lados, texturas y formas de la obra del autor en cuestión y además, traza una incisiva y natural acercamiento a la persona, a su intimidad, a sus quehaceres cotidianos, a sus amores o no, y si faltaba alguna cosa, los devuelve al presente, los hace visibles, los hace contemporáneos y sobre todo, los hace muy cercanos y transparentes, los saca de la pompa y los hace cotidianos para que cualquier espectador pueda conocerlos, reconocerlos o simplemente descubrirlos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Casa Reynal, de Laia Manresa Casals

LA PADRINA MONTSERRAT.   

“Els nius no només fan possible la vida, sinó que també són llocs on digerir la mort.”

Los primeros instantes de Casa Reynal, de Laira Manresa Casals (Barcelona, 1973), son de una concisión narrativa y formal maravillosa. La película se abre con sus padres Montserrat y Ramon mirando por la ventana como un grupo de golondrinas (en off) vuelven a casa como cada primavera. Luego, un joven mide los espacios de la casa e inmediatamente, momentos relacionados con la inmobiliaria que venderá la casa. Seguidamente, la propia Laia conduciendo llega a Ca Reynal y finaliza este prólogo con la padrina Montserrat Reynal en una imagen de archivo. En apenas diez minutos ya nos han explicado el lugar donde sucederá la historia y sobre todo, las personas que la habitarán. Porque el segundo largo como directora de Laia Manresa Casals y el primero en solitario, no es una historia más ni cualquiera. Es su historia y la historia de su padrina, la mencionada Montserrat y la de su familia y la casa que habitaron, Ca Reynal. Una historia ubicada en Bellvís, un pequeño pueblo del Pla d’Urgell, en la provincia de Lleida, el primer y último escenario que vio la padrina, como explican al inicio. 

A Manresa Casals la conocíamos por sus guiones para Joaquim Jordà en magníficas películas como De nens (2003), Veinte años no es nada (2004) y Més enllà del mirall (2006), y su debut como directora junto a Sergi Dies en Morir de día (2010), un proyecto del propio Jordà que recoge testimonios de la llegada de la heroína a Barcelona. Su siguiente película Casa Reynal, con ese hilo rojo que conecta tiempo y personas, acoge la misma estructura que su primer largometraje, ya que recupera un tiempo del pasado y olvidado, a partir de presencias y ausencias con la figura de la padrina Montserrat que vertebra todo el entramado histórico que residió la citada casa. El vaciado de la casa por parte de la propia Laia y sus padres sirve para enfrentarse al pasado de la casa, y transitar por ese otro tiempo de la padrina, desde que nació, su trabajo siendo una adolescente como empleada doméstica en Barcelona, su boda, su trabajo en la lechería de los Bonet, sus hijos, su vuelta a Bellvís, las alegrías, las tristezas, las despedidas y las llegadas y sobre todo, un recorrido que la película hace desde el corazón, contando la experiencia personal en un entorno hostil, en una Barcelona de posguerra y los años duros de hambre y miseria, la bonanza económica de los sesenta, y unos últimos años de prosperidad disfrutando del legado de los Bonet. Todo contado como un cuento con la voz de la directora como si nos contase una fábula “a la vora del foc”, donde la figura de la padrina se erige como una mujer capaz de todo, y sobre todo, una mujer de su tiempo con coraje y decidida. 

La directora barcelonesa ha querido que la película tenga una factura técnica brillante, sin ningún alarde narrativo ni formal, ni peripecias ni estridencias que no vienen al caso, porque quería que la película se contase entre susurros, “a cau d’orella”, con tranquilidad y sin prisas, tan llena de recuerdos y memoria, de presencias y ausencias, y de una casa que los vio a todas, con sus existencias, sus alegrías y tristezas. Para el filme se ha acompañado de un gran equipo humano empezando por cuidada producción de Sandra Forn y Cristina Galvarriato, y de algunos colaboradores que ya estuvieron en Morir de día como el cinematógrafo Carles Gusi, un grande con más de 100 títulos en su filmografía, y Sergi Dies, en aquella codirector y editor, y ahora nuevamente montador, y los nuevos fichajes como la cinematógrafo Lucía Venero, que estuvo en la mencionada Idrissa…, el sonido directo de Elena Coderch, con más de 40 películas con directoras como Neus Ballús, Mar Coll, y la reciente Casa en flames, y la excelente música que interpretan Albert Pla con una canción que remite a las nanas sobre la padrina que pone el vello de punta, y los temas de Judit Farrés, que le dan ese aroma de fábula y poético, donde el tiempo se desvanece y se mezcla el pasado y el presente, y ayuda a paliar los momentos de dolor y ausencia.  

Durante la presentación de su libro “Volver a dónde”, Antonio Muñoz Molina dijo: “Todo lo que somos lo debemos a otros”. Una frase que encaja perfectamente en todo lo que cuenta la película Casa Reynal, de Laia Manresa Casals, porque desde el presente se mira a los que nos precedieron, en especial, a la padrina Montserrat y su existencia y los que la acompañaron, además, es un sincero y profundo homenaje a todas aquellas mujeres rurales que debieron dejar sus pueblos de origen e ir a la capital a buscar un porvenir que se les negaba en su tierra. Casa Reynal es una obra mayúscula, profundamente emotiva, pero que, en ningún caso, cae en la relamida sensiblería. Una historia sensible, íntima y llena de alma, que cuenta una dolorosa y bella historia que recorre casi todo el siglo XX y un poco del XXI, a través de una mujer como la padrina, eje y fuerza para las generaciones que han venido después como la hija Montserrat Casals y la nieta, Laia Manresa Casals que cuenta su historia y por ende, la suya, y lo hace desde el respeto y lo humano, transmitiendo toda esa lucha vital, toda esa fuerza, todos esos años condensados en los pausados y ligeros 91 minutos de metraje, que van despacio recorriendo las vidas que fueron desde el hoy, un presente que convierte a la película en una parte más del legado familiar porque tiene la capacidad alucinante de crear un tiempo y espacio fílmico donde vivos y muertos cohabitan la Casa Reynal, donde unos y otros dialogan entre ellos y los ausentes se vuelven presentes y sus historias salen de la su intimidad y olvido personal y se vuelven de verdad y sobre todo, compartidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Great Absence, de Kei Chika-Ura

LA MEMORIA DE MI PADRE. 

“Después de deambular por tu ciudad natal todo el día sin ninguna esperanza de encontrarte, el joven solo podía mirar el mar, y sintió que… la vista que tenía delante era como tú”. 

La película se abre con un prólogo muy significativo. Vemos al protagonista, Takashi, un actor ensayando una obra de Ionesco. La ficción nos introduce en la historia, una ficción que vertebra la frágil memoria de Yohji, el padre de Takeshi, con el que ha tenido una nula relación cuando 20 años atrás se divorció de su madre. Transcurrido ese tiempo, Takeshi visita a su padre que ahora vive con Naomi, donde el abismo que les separa es muy evidente. Son dos extraños, la misma sensación cuando una llamada de teléfono informa al joven actor de la enfermedad de su padre, ahora volverá con la compañía de su mujer. La ficción sirve para llenar tantos espacios vacíos de la memoria de Yohji, y Takeshi, por su cuenta, investigará la verdad de toda esa “mentira”, averiguando lo ocurrido durante todos esos años de ausencia y sin saber la vida de su padre y su entorno, en un deambular entre pasado y presente en el que sabiamente se instala el relato.

El director Kei Chika-Ura (Japón, 1977), que ya había debutado en el largometraje con Complicity (2018), en la que seguía la vida de un trabajador chino en Japón comprando una identidad para mejorar las condiciones de su vida. En cierta forma, su segundo largo también habla de identidad, de inventarse una cuando la memoria falla, a partir de un guion que firman Keita Kumano y el propio director, que tiene cierto aroma del magnífico cómic El almanaque de mi padre, de Jiro Taniguchi, porque también habla de la relación de un hijo con su padre que hace años que no ve, y la reconstrucción de su vida en su ausencia. La historia se mueve entre el pasado y el presente, pero de forma sutil sin esas transiciones tan efectistas, sino con elegancia y sensibilidad, con ese tempo japonés, donde no hay enfatizaciones ni nada que se le parezca, con ese ritmo muy pausado en que la cámara apenas se mueve o permanece quieta, atenta y observando en silencio el no movimiento de los respectivos personajes y sus diálogos tranquilos y en calma, como si estuvieran susurrando. La memoria sirve como contrapunto en la relación de padre e hijo, en la no relación de tantos años alejados, y ahora, en este tiempo presente, el hijo tiene la necesidad de saber para quedarse tranquilo. 

La elegante y sofisticada cinematografía que firma un grande como Yutaka Yamasaki, habitual de inmejorables cineastas como Hirokazu Koreeda y Naomi Kawase, basada en la ejemplaridad del encuadre y una luz tenue, que parece acariciar cada rostro y cuerpo y cada espacio que vemos en la película, donde la cámara en 35 mm parece estar y no estar, con esa habilidad de mostrar situándose en una invisibilidad extraña, como si no estuviera. Un prodigio de la luz y el plano. Bien acompañada por la excelente composición del músico Koji Itoyama, que tenía un reto duro por delante, porque no debía acompañar demasiado tantas miradas, gestos y silencios que hay entre los personajes. El montaje que firma el director, seduce con lo mínimo, en una película de 133 minutos que, algunos espectadores les resultará difícil de seguir, porque el conflicto es mínimo, casi inexistente, porque la película se detiene en contarnos esos interiores ocultos de los personajes, y cómo gestionan el deterioro mental del padre y esa otra vida pasada y las circunstancias que la produjeron. En Drive My Car, de Ryûsuke Hamaguchi, en que la película guarda similitudes, también proponía un viaje emocional al pasado, las emociones y la identidad. 

El cuarteto protagonista compone unos personajes nada sencillos, llenos de complejidad, con demasiadas heridas emocionales todavía sin curar. Tenemos a Takeshi, el hijo ausente de vuelta, que interpreta Mirai Moriyama, que le hemos visto en alguna de Naomi Kawase, que hilvana toda la historia con sus idas y venidas y su profunda investigación del pasado para entender, bien acompañado por Yoko Maki que hace de su mujer, que tiene en su haber películas con Shimizu, Koreeda y Miike, Hideko Hara es Naomi, la segunda mujer de Yohji, una mujer muy humana y silenciosa, que también tiene muchas respuestas para Takeshi, y finalmente, la presencia de Tatsuya Fuji en el papel de Yohji, un legendario intérprete japonés con más de 60 películas en más de 60 años de carrera, siendo el inolvidable protagonista de El imperio de los sentidos (1976) y El imperio de la pasión (1978), ambas de Nagisa Ôshima, amén de otras producciones, siendo el anciano profesor jubilado que ya no tiene memoria y se va inventando ficciones para todavía pertenecer a su mundo, que ya no es este. Quizás Great Absence no es una película fácil, pero si tienen la paciencia necesaria la podrán ver sin desinterés, porque explica emociones y conflictos sobre relaciones paternofiliales en un contexto como los problemas de memoria y lo más interesante, cómo gestionarlos de manera tranquila y en compañía y mucha comprensión. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lo que me queda de ti, de Zara Zerny

LA VEJEZ Y LOS AUSENTES. 

“El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”. 

Gabriel García Márquez 

Parece ser que la vejez no es buen tema para el cine, ya que existen pocas películas que traten ese período de la vida desde la profundidad y la reflexión que se requiere, y no sea un mero acompañante de los protagonistas. Son contadas las películas en que sus principales personajes sean mayores, por eso, una película como Lo que me queda de ti (“Echo of You”, en el original, traducido como Eco de ti), sea no sólo un gran acontecimiento, sino que, además, su forma de acercarse a la vejez sea extraordinariamente lúcida, bella y muy profunda, porque aquí no vemos a ancianos que ayudan a los demás y tampoco que se sitúan en la sombra y las necesidades de sus descendientes y demás. En la película nos hablan de ellos y ellas, y sobre todo, de sus respectivas parejas que ya no están, fallecidas, y lo hacen desde el alma de cada uno de ellos y ellas, mirando y mirándonos a través de  la cámara, de frente, desnudando sus sentimientos y mostrando sus miedos, alegrías y demás. 

La directora danesa Zara Zerny (Ontario, Canadá, 1985), se formó en la escuela de cine independiente Super16 donde filmó películas en las que fusiona la ficción con el documental, por eso en su ópera prima, no sólo recoge los testimonios sinceros e íntimos de un grupo de mayores con edades comprendidas entre los 80 y más de 100 años, sino que los hace mezclando documento y expresiones poéticas, como el maravilloso arranque cuando la propia directora pide a uno de sus personajes que cierre los ojos e inmediatamente después, coloque sus manos encima de sus ojos para finalmente, recordar algo del ayer. Una imagen poderosa y muy elocuente que describe con exactitud el contenido de la película. Una obra que transita por la memoria, por el hecho de recordar, y hablar de esos momentos compartidos con la pareja que falleció, en el que hablan del amor, de la convivencia, de los días de vino y rosas, y de todo lo que conlleva vivir con una persona tantos años. Unas experiencias que la cámara recoge con claridad y sin aspavientos de ningún tipo, construyendo un cine reposado, que observa y filma, sin artificios y mirando con tiempo y honestidad a las personas que escucha atentamente.

La excelente y envolvente música de Viktor Dahl contribuye a que cada testimonio se convierta en una relación íntima entre persona, cámara y directora, generando ese acompañamiento y de vínculo que tanto necesita el cine documental para que tenga ese aroma de misterio y revelación como también hace el cine de Chantal Akerman, donde lo doméstico y lo universal se dan la mano creando un nuevo espacio para la emoción y la reflexión. La cinematografía de Jacob Sofussen se construye a partir del testimonio en su entorno, donde la cámara fija recoge su experiencia y su trayectoria vital, sus recuerdos y su cotidianidad, donde no hay prisa, y todo se envuelve desde la tranquilidad y el reposo, desde ese espacio de escucha, de pausa y de intimidad. Un montaje donde no hay estridencias ni nada que perturbe la paz y la pausa de los ancianos, en sus contenidos y especiales 76 minutos de metraje, en los que Zerny nos apabulla con lo real, y con lo poético, donde la vejez se asume desde la profundidad y la tranquilidad que dan los años y las dificultades físicas, en el que se desprende un amor hacia lo que filma, y hacia los que ya no están, y ese vínculo que genera el cine entre la vida y la muerte, como mencionaba Johan van der Keuken en su inolvidable Las vacaciones del cineasta

Hacía tiempo y muchas películas después que no veía una película que tratara la vejez desde lo más profundo e íntimo, no desde la tristeza y la pesadumbre de ser mayor, sino desde otro ángulo, el de la memoria, el de los años vividos con el amor, desde el recuerdo de las experiencias, ya fuesen duras y menos duras, desde la alegría, la felicidad, la tristeza y la soledad, y no haciéndolo de forma negativa sino todo lo contrario, filmando a unas personas que recuerdan y hacen balance de sus vidas, de sus amores y desengaños, de todo lo que contiene una vida larga de 80, 90 y 100 años, a través de sus miradas, carácteres, acontecimientos y demás situaciones. No vayan a ver una película como Lo que me queda de ti desde la tristeza, porque aunque la haya, todo se cuenta desde el alma, desde la vida vivida y no añorada, de los aciertos y desaciertos, de la ilusión y desilusión, de los pros y los contras de sus vidas y la de todos y todas cuando lleguemos, si es que llegamos, a sus edades. El misterio de la vida o mejor dicho, el misterio de seguir viviendo en soledad, rodeados de uno mismo o de otros, siguiendo en la vida o lo que queda de ella, recordando al ausente en una suerte de presencia y no que alimenta la reflexión profunda sobre quiénes somos en realidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA