Entrevista a Nora Navas, actriz de «Formentera Lady», de Pau Durà. El encuentro tuvo lugar el miércoles 20 de junio de 2018 en el Soho House en Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nora Navas, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez y Tariq Porter de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.
“La nostalgia es el dolor por la imposibilidad de regresar”
Milan Kundera
La última parte de la canción “Formentera Lady”, de los King Crimson dice así: El tiempo gris no me atrapará mientras el sol se oculte, desátame y libérame mientras las luces brillen. Formentera baila tu danza para mí, oscura amante Formentera. La canción lanzada en 1971 en pleno apogeo del estadillo hippie, no sólo nos habla de ese estado de libertad colectiva que se desató, sino también de un sueño, de una vuelta al interior, de volver a ser nosotros, de que hasta en los paraísos puedes envolverte en sombras, ese sueño imposible de vivir otra forma de vida. Aunque, la película no se centra en aquellos años, sino en que ocurrió con uno de esos aventureros del alma que siguió creyendo en ese sueño frustrado, en construirse su paraíso dentro de otro, atraparse en esa isla como un paraíso cerrado y solitario. Samuel es un viejo hippie, manteniendo el sueño a duras penas, sigue viviendo en una casa sin luz y apenas muebles, y ganándose la vida tocando el banjo en un garito de un colega. Su mujer e hija, hastiadas por el desengaño hippie, lo abandonaron a su suerte, ya que él nunca quiso dejar su sueño, convertido en una existencia llena de recuerdos, nostalgia y solitaria, en un tiempo, el de ahora, lejos de aquello que fue, que se soñó, donde los amigos se han marchado o están a punto de hacerlo, donde aquella vida de libertad y conciencia colectiva se quedó en las letras de una canción que escuchada ahora se remonta a un paraíso perdido, que cuesta creerse que alguna vez existió.
Pau Durà (Alcoi, Alicante, 1972) después de más de dos décadas dedicado a la interpretación, como también a la dirección de cuatro cortometrajes y alguna que otra obra de teatro, se lanza a dirigir con una ópera prima sencilla y honesta, que nos habla de un tipo cansado de cabalgar (que recuerda al Harry Dean Stanton de Lucky) que sigue viviendo en su paraíso particular, en su zona de confort, y un buen día, Samuel recibe la visita de su hija Anna (a la que apenas ve y ha tenido relación fraternal) que tiene que marchar, y le tiene que dejar su hijo Marc de 10 años. A partir de ese instante, la película se adentra en la relación de un señor de 80 años que siempre ha vivido a su libre albedrío, con su nieto que no apenas conoce. Pero, no estamos en la típica cinta con niño, cargada de buenos sentimientos, no, para nada, la película va por otro camino, dejando entrever las aristas que aparecen en la conciencia del abuelo, que ve en el niño a aquella hija que decidió no cuidar (en esos instantes de súper 8 tan elegantes y maravillosos que desprende la película, pero con esa amarga del paso del tiempo y las decisiones tomadas).
Podríamos decir que estamos ante un relato lleno de humor, pero también de amargura, de tiempos pasados y reencontrados, de final del camino, de que en los lugares que creíamos fantásticos, también encontramos grietas emocionales, porque cuando uno hace examen de conciencia, siempre encuentra todo aquello que creía ser y jamás será. Durà pivota su película en un excelente José Sacristán que, habla sin decir nada, con esas miradas que te penetran y dejan huella, sigue al pie del cañón a sus 80 tacos, componiendo personajes llenos de complejidad y crítica como el periodista cansado de Madrid, 1987, el asesino enfermo de El muerto y ser feliz o el profesor jubilado de Magical Girl. Aquí, Samuel sigue la estela de esos tipos cargados de conciencia, en los que la vida les da nuevas oportunidades para encontrarse a sí mismos, y no dejarse llevar por sus historietas e ideologías, con ese aroma que desprendía el Gregory Peck de Yo vigilo el camino. Bien acompañado por el chaval Sandro Ballesteros, y los siempre seguros Nora Navas, Jordi Sánchez (como fiel amigo de Sami, como todos lo llaman, pescador y bonachón, que estará con él hasta la muerte) o Ferran Rañé (el dueño del garito dónde toca Sami) uno de aquellos que se quedó alimentando el sueño, pero que hay un momento en que las cosas dejan de ser, y emprender nuevos caminos.
Aunque si tuviéramos que elegir esa película-espejo de ésta, sería El viejo y el niño, la primera película dirigida por Claude Berri, donde en plena segunda guerra mundial, un anciano antisemita (maravilloso Michel Simon) debe hacerse cargo de un niño judío sin conocer su identidad, y a través de una historia iniciática y experiencia emocional, vamos conociendo la relación íntima que se va generando entre dos personas que se encuentran alejadas en principio. Porque tanto Sami como Marc, abuelo y nieto, y su particular relación, de dos personas tan alejadas entre sí, descubrirán que, a veces, la vida se empeña en mostrarnos ese camino que nos ayuda a seguir hacia adelante, por muchos errores y decisiones que hayamos tomado, tomando otros caminos y emprendiendo tantas aventuras, algunas pasionales, y otras, en cambio, llenas de odio y rencor, como dejándose llevar por algo que sabían de antemano que estaba destinado al fracaso, pero ellos se empeñaban en seguir creyendo y aprtiéndose la cara por ello. Estamos ante un tipo, Sami, un perdedor digno, pero no en lo material, sino en lo emocional, que está viviendo sus últimos atardeceres crepusculares, como aquellos personajes que poblaban las películas de Ray, Fuller o Peckinpah, empeñados en ser ellos mismos cuando todos se han ido, y sus aventuras eran imposibles.
El cineasta alcoyano ha ganado la partida en esto de dirigir, dejando que las miradas de sus actores hablen de lo que les ocurre, sin caer en la reiteración y sin ser demasiado explícito, logrando que la sutilidad y la contención de las interpretaciones nos cuente todo aquello que con las palabras no sería suficiente, creando ese aroma de nostalgia, pero sin caer en el maniqueísmo tan recurrente en este tipo de tramas. Durà ha construido una película sensible y amarga, donde hay tiempo para reír y también, para sentirse tristes, en el que vemos esa Formentera que se aleja de la imagen arquetipo para adentrarse en el alma del paisaje, de ese espacio interior lleno de vida y de pasado, de decisiones que vuelven para quedarse en forma de personas que creíamos que habíamos olvidado o ellas nos habían olvidado, Sami sabe mucho de eso, de que el tiempo soñado y su paraíso particular, quizás no estaban en ningún lugar, sino en su interior.
“Para mí la familia es el principio de todo. El microcosmos en el que nos formamos y que más tarde reflejamos, consciente o inconscientemente, en el macrocosmos al que somos lanzados como personas adultas. El que nos arma o nos desarma para defendernos en el mundo exterior”
Miguel del Arco
La frase que acompaña el cartel de la película nos advierte que hay que tener mucho cuidado con lo que uno hace con los suyos, si no te perseguirán “Las furias”, seres con cabeza de perro, alas de murciélago y serpientes en lugar de cabello, con la misión de obligarte a expiar tu culpa o enloquecerte. A continuación, arranca la cinta con el breve prólogo situado en el camerino del padre actor, después de una función, rodeado de los suyos, con la compañía de la niña, iremos conociendo a todos los integrantes de la familia Ponte Alegre. Seguidamente, la película viaja hasta diez años después, más o menos, cuando la niña, María (excelente la joven Macarena Sanz) se ha convertido en una adolescente con problemas mentales, su madre, Casandra, la hija, (los tres hermanos compartes nombre extraídos de “La Ilíada”, de Homero) actriz frustrada, se gana la vida como loctura de radio escuchando las penurias ajenas, el padre, Gus, al cuidado de la hija, se ha olvidado de sí mismo y de su mujer. El hermano mayor, Héctor, de mediana edad, triunfador en las finanzas y felizmente enamorado de María, y el hermano menor, Aquiles, actor del montón, ahora se ha refugiado en el caserón de la infancia para escribir las memorias familiares. El padre, Leo, de más de setenta, famoso y carismático actor, ahora padece alzhéimer y ha olvidado su vida y los que le rodean, aunque en ocasiones irrumpe con su voz poderosa recitando pasajes de Shakespeare y demás. La madre, Marga, de alrededor de los setenta, mantiene una relación lésbica con Julia, una psiquiatra atractiva, que mantiene en secreto.
Miguel del Arco (Madrid, 1965) que arrancó su carrera como actor, se ha convertido en una de las voces más interesantes y comprometidas del teatro actual, en el que ha adaptado a autores de renombre como Shakespeare, Gorki, Gógol o Molière, entre otros, además de escribir, dirigir y llevar un teatro. Desde el año 2000, dirige tres cortometrajes con numerosos premios tanto nacionales como internacionales, Las furias es su puesta de largo, y para ello se ha rodeado de algunos de los actores con los que ha trabajado a lo largo de estos años, y ha construido una película en torno a la familia, a todos sus logros, y sobre todo, fracasos. A ese extraño núcleo o grupo al que pertenecemos sin haberlo pedido, a ese mundo complejo de relaciones y confidencias, de secretos ocultos que no se dicen o situaciones del pasado que no se quieren volver a vivir, del implacable paso del tiempo y todo aquello que arrastra en su demolición natural, de los efectos, ilusiones, tragedias que se mascan en el seno de una familia muy vinculado al teatro, como no podía ser viniendo de Del Arco. El conflicto arranca cuando la madre, incapaz de afrontar la verdad (una constante que padecen todos los personajes) y desvelar su relación lésbica se escapa anunciando que va a vender la casa familiar, la casa de la infancia, de los recuerdos, de ese tiempo de esperanza, de juegos, de risas.
Del Arco acota su obra en un fin de semana, un par de días en el que todos los componentes se reunirán para despedirse de la casa, situada en el norte con el cantábrico como testigo, y el paisaje de bosque frondoso y secreto, un lugar que los ha acogido con tanto amor, y de paso, asistirán a la boda de Héctor y María. Aunque la cosa de entrada pinta bien, pronto aparecerán los conflictos, rencores y diferencias entre ellos, todos, absolutamente todos, arrastran cargas emocionales muy pesadas que explotarán sin control durante esas 48 horas. El padre, que parece ausente, compondrá la figura marchita que ha perdido todo su esplendor de gran actor para caer en un olvido injusto, pero que quizás no parece tan perdido, la madre, pretendiendo ocultar su relación, se topará de bruces con la realidad y tendrá que hacerla frente, Gus y Casandra, distanciados por la mentira de ella, no tendrán más remedio que mirarse y hablar, Héctor y María con su boda quieren tapar una noticia terrible que ha roto sus vidas, y pronto saldrá a la luz, Aquiles, tendrá que hacer frente a su vida y dejar de huir, dejando atrás tantos castillos de cartón. Y finalmente, María, consumida por su enfermedad en medio de una familia perdida, hilarante y confundida (como suele ocurrir con todas, en mayor o menor medida) tomará una decisión que quizás ayudará a que todos se sientan menos solos, y manifiesten el amor que han olvidado, aunque solo sea ese fin de semana.
Del Arco se ha rodeado de un reparto coral extrarodinario (como las películas de Berlanga) un elenco extraordinario encabezados por dos figuras de la interpretación como son José Sacristán y Mercedes Sampietro, con Carmen Machi, Gonzalo de Castro y Alberto San Juan, como los hijos perdidos de la Troya sitiada, con Emma Suárez y Pere Arquillué, como las parejas que resisten estoicamente, la maravillosa Bárbara Lennie, como la amante que quiere dejar de ser la asistente, y para finalizar, Macarena Sanz, la pequeña del clan que huye de sus demonios. El cineasta madrileño ha compuesto una lúcida, amarga y estupenda disección sobre la familia, (que recuerda en muchos aspectos a la deliciosa y cruel Mamá cumple cien años, de Saura, o más reciente en la negrísima Como en las mejores familias, de Cédric Kaplisch) que a ratos encoge el alama y en otros, se mueve entre el humor más cínico. Una tragicomedia de cimientos sólidos, que nos cuenta la vida de una familia de teatro, o al menos una que lo fue, de una familia de difícil y extraña complejidad que se mueve entre las sombras del pasado que fue diferente, y la incertidumbre de un presente, y de un tiempo oscuro en el que todos, cada uno a su manera, van a intentar escapar por otros caminos, aunque lo que desconocen que ese camino siempre lleva al mismo lugar, a ese espejo, sin trampa ni cartón, en el que debemos mirarnos para conocernos, saber quiénes somos y seguir adelante, aunque nos duela, porque siempre va a doler.
Entrevista a Óscar Fernández Orengo, con motivo de su exposición de fotografía «Cineastes al seu lloc», en la Filmoteca de Catalunya. El encuentro tuvo lugar el martes 21 de junio de 2016, en uno de los rincones de la sala de exposición.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Óscar Fernández Orengo, por su tiempo, generosidad, amistad y cariño, a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su paciencia, amabilidad y simpatía, y a Esteve Riambau y al equipo de la Filmoteca, por organizar la exposición, y acogerme tan bien.
Desde tiempos inmemoriales, el buen cine se ha revelado como un fiel reflejo de la situación social, política y económica del país en cuestión, erigiéndose como metáfora en la que se reflejaban todos los males de una sociedad enferma, perdida y corrupta. Después de la interesante e hipnótica Eva (2011) con la que debutó en el largo Kike Maíllo (1975, Barcelona), su nuevo trabajo supone una vuelta de tuerca en relación a la citada película. Si en Eva, componía un relato a medio camino entre la literatura de ciencia-ficción clásica, la búsqueda interior y una “love story” interrumpida, bajo una imagen estética de gran belleza, en la que se imponía una historia a la que le faltaba algo más de emoción. En Toro, se ha decantado por dos guionistas de gran calado y experiencia como Fernando Navarro (Anacleto, agente secreto) y Rafael Cobos (habitual de Alberto Rodríguez), en la que no falta de nada: ese sur, el de Marbella, Torremolinos…, de fuertes costumbres y tradiciones, la arquitectura vacacional de edificios con aliento espectral que desafían los límites arquitectónicos y estéticos, el mundo oscuro de los bajos fondos, persecuciones rodadas con gran nervio y sentido del espectáculo, y un buen puñado de personajes con enjundia emocional, apoyados por una fuerte estilización de la imagen que impregna la historia de ese aroma de pérdida, desilusiones y mugre que contamina todo el ambiente y a los personajes.
El film se sumerge en una trama frenética y sangrienta, nos mete de lleno en 48 horas, en las que un pardillo e inmaduro tipejo que se hace llamar López, ha robado al capo, a Don Rafael Romano, éste envía a sus matones para cobrar, y López acojonado, pide ayuda a su hermano pequeño, Toro, que dejó ese mundo de mafiosos y gentuza, y está a punto de pasar al tercer grado de una condena de cinco años. Toro ha cambiado de vida, conduce un aerotaxi y vive con su novia. Pero todo cambia, y para peor, Toro, López, y la hija de este se sumergen en un huida a toda hostia, en la que deberán esconderse como alimañas perseguidas por Don Rafael y sus secuaces. La quemada y abstracta luz que impone Arnau Valls (responsable de la imagen de Eva, Anacleto o Naufragio, de Pedro Aguilera) actúa de forma impecable para llenar de contrastes y desazón todo lo que sienten unos personajes al límite y llenos de malasangre. Un montaje punzante y eléctrico obra de Elena Ruiz (las últimas de Coixet, entre otras) que mezcla con sabiduría los momentos que van a toda velocidad con los de apaciguamiento, llenan una película valiente, honesta y rabiosa, que se ve con mucho interés y atrapa desde el primer instante (con ese sublime arranque de luz tenebrosa en la que Don Rafael se encuentra con la echadora de cartas, en la que el destino toma la palabra y las emociones se disparan).
Una cinta de buenos personajes, desde los matones a sueldo que limpian la mierda del jefe, destacando a Ginés, su hombre fiel, un tipo que obedece a un diablo con apariencia paternal, López (contenido y fantástico Tosar) en un personaje miserable, cobarde y vilipendiado, que no hace más que meter en líos a sus hermano, y vagar como un pobre diablo, Don Rafael Romano (como aquel Pepe, figura del macho en La Casa de Bernarda Alba, de Lorca, que además de citar a los clásicos, suelta perlas del tipo: “España es un país de malos hermanos” ó “La mala memoria, otros males de este puñetero país”), interpretando magistralmente por José Sacristán (convertido en icono y figura esencial en el cine español actual) que realiza toda una inacabable gama de recursos interpretativos, desde su forma de mirar, hablar y moverse. Sacristán es el capo del dinero sucio, la figura paternal para ellos, de los que saca toda la sangre y la vida, lo mejor de cada uno de ellos para su beneficio, un señor elegante, señorito andaluz, de la vieja escuela, vestido de los pies a la cabeza, sin escrúpulos, cofrade mayor, y que se maneja como Dios en ese inframundo de gentuza sin escrúpulos que mata sólo con oler el dinero.
Y para finalizar, Toro (con un Mario Casas en plena forma física y emocional, que defiende un personaje fuerte pero sensible) representa a ese joven que ha dejado el mundo de Don Rafael, pero inevitablemente tiene que volver a él, y peor aún, enfrentarse a su figura. Toro es esos chicos de infancia perdida, de sinsabores y huidas constantes, que han sido amamantados por seres infectos e inmorales, que los han utilizado y exprimido para su beneficio económico y emocional, que no han conocido otra vida. Toro no puede dejar su pasado atrás, lucha contra fuerzas superiores que no puede vencer, su camino es ingrato y lleno de miseria y podredumbre, está condenado a un destino que lo persigue y lo ahoga sin remedio, sin posibilidad de escape, como los Cagney, Bogart, etc…, que también describía el cine clásico de los 30 y 40. La película no esconce sus referencias, los clásicos setenteros de Peckinpah, Lumet, Siegel, Pakula, Boorman o Pollack, por citar algunos, o el Spaghetti western de los Leone, Corbucci, etc… están muy presente, o los más cercanos en el tiempo y estructura, los thrillers asiáticos, o los trabajos de Díaz Yanes (Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto ó Sólo quiero caminar), Urbizu (La caja 507 ó No habrá paz para los malvados) ó Rodríguez (Grupo 7 ó La isla mínima), películas que demuestran el buen pulso del género patrio, y que convierten a Toro, en una buena muestra de ese cine, en el que se mezclan las raíces más intrínsecas de lo nuestro, patria, religión, sangre y familia, con la mentira, extorsión y el retrato de un país amoral, lleno de sinvergüenzas que mienten, roban, y llegados al caso, asesinan y te borran del mapa.
En la novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley, la tiranía se imponía a través del placer, en cambio, en 1984, de George Orwell, la tiranía se basaba en el miedo, a través del omnipresente Gran Hermano, la figura que todo lo veía y conocía. Vulcania, (que le debe su nombre al mito de “La Eneida”, de Virgilio, en la que el Dios Vulcano y su fragua, dedicada a la fabricación del acero dan origen a la fiesta del fuego) la película del debutante José Skaf (con experiencia en el medio publicitario y televisivo), se vale del concepto del miedo, y construye, a través de una pequeña comunidad que vive en un pueblo rodeado de montañas, un lugar oscuro y gris, en el que sus habitantes, divididos en dos bandos separados e irreconciliables, viven, piensan y sienten por y para el trabajo en “La Fábrica”, en el que las máquinas de fundición de acero no se detienen nunca.
La trama gira en torno a la figura de Jonás, que después de perder a los suyos, entra a trabajar en la zona más peligrosa de la fábrica, situación que le reporta unos poderes magnéticos en los que es capaz de mover objetos. Conoce a Marta, del otro bando, rota también por el dolor, ya que sufrió la pérdida de lo que más quería, y entre los dos, se embarcan en una durísima investigación para conocer la verdad de ese lugar sin tiempo ni espacio, basado en las tradiciones arraigadas y el respeto a la memoria de los ancestros. Skaf ha construido una distopía honesta y sencilla, que bebe de las fuentes clásicas del género, pero alejada de los convencionalismos y lugares comunes. Posee un género indefinido, porque además de la ciencia-ficción, se descubre como un film noir, en el que también hay drama personal y social, y sobre todo, se hilvana a través de un relato sencillo, filmado con personalidad y sobriedad formal, no hay nada que cambie el tono a la contención impuesta por la naturaleza de la película. Los tonos tristes y grises que se respiran en esta fábula en la que un anti héroe deberá creer en sí mismo, para poder reconciliarse con su dolor y de esa manera, emprender su camino de redención para su pueblo y ese maldito lugar en el que todo nace y muere en la explotación laboral y la falta de cualquier tipo de oportunidades personales.
Podríamos ver la película como una alegoría del momento actual, como por otra parte, siempre han sido la naturaleza de las distopías clásicas en las que se basa la película, relatos de género construidos a través de la ciencia-ficción, en los cuales han sabido describir profundamente los temores y la falta de libertades del ser humano bajo el yugo de las tiranías. Otro de sus grandes aciertos es la sobriedad del equipo artístico, un grupo encabezado por Miquel Fernández y Aura Garrido (la princesa triste) la pareja resistente que se levanta contra la tiranía, les acompaña Jose Sacristán (el encargado y la voz suprema que se impone en el lugar, uno de los grandes, que en los últimos años se ha convertido en la piedra angular del cine emergente español, los convincentes Ginés García Millán, como el ogro en la sombra, y Ana Wagener, la mantis religiosa retorcida, entre otros). Skaf ha edificado un relato esperanzador, en el que la libertad es un derecho que hay que trabajar diariamente, porque el miedo y el yugo más atroz para los seres humanos es creer que ser libre es tener todo lo que nos ofrecen los que mandan, y no pensar que ser libre pueden ser otras cosas, diferentes, de otra manera, y sobre todo, basadas en las necesidades reales humanas, y no ficticias.
<p><a href=»https://vimeo.com/141660039″>Tráiler Vulcania</a> from <a href=»https://vimeo.com/dypcomunicacion»>DYP COMUNICACION</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>
El cine de Isaki Lacuesta (Girona, 1975) ha destacado por su valentía y riesgo en sus propuestas, apoyándose en un lenguaje propio y a contracorriente, que ha experimentado y se ha sumergido entre los límites difusos y confusos de la ficción y el documental, con títulos imprescindibles que forman parte del último cine contemporáneo como La leyenda del tiempo (2006), Los condenados (2009) o su díptico Los pasos dobles (que le valió la Concha de Oro) y El cuaderno de barro, ambas de 2011. Ahora, su nuevo trabajo, el séptimo largo de su brillante filmografía, es un golpe de timón en su carrera, enfrentándose a la comedia, un género que si bien había coqueteado en alguna ocasión, (recuerden algunos instantes de la citada Los pasos dobles, o su pieza del 2013 para Venga monjas, Tres tristes triples), ahora es el centro de la película.
Una obra que ha visto la luz gracias al equipo técnico y artístico (donde Lacuesta ha logrado reunir uno de los repartos corales más célebres del último cine español) en el que todos ellos han participado en forma de cooperativa, en un rodaje que se ha prolongado durante un año. Una cinta alocada y de ritmo endiablado, que ya desde sus títulos de crédito (que recogen el guante de La pantera rosa) a ritmo de la canción de los Astrud, Hay un hombre en España que lo hace todo, hay un hombre que lo hace todo en España, deja claras sus intenciones, una aproximación crítica y amarga, a base de un humor irreverente y esperpéntico de la situación de catástrofe económica que ha asolado el país en los últimos tiempos. La estructura es clásica, nos pone en la pista de cinco desplazados por la crisis (uno de ellos ha perdido todo su dinero por invertir en un abandonado local que el Ayuntamiento tirará abajo, otro, acaba viviendo en una caravana y encima, no puede pagar el colegio elitista de su hija, el siguiente, está sin blanca por derrochador y debe la biblia en verso a su jefe que lo amenaza con matarlo, otro más, que malvive en un trabajo hostigando a morosos, y el último, la enfermedad terminal de su mujer le ha llevado a una situación desesperada), cinco almas en pena que han acabado con sus huesos en un manicomio, allí perpetran un plan diabólico y siniestro que consiste en escaparse y secuestrar al director del Banco Central Europeo.
La descripción que hace Lacuesta del panorama es desoladora y brutal, los escenarios deprimentes, situados en el extrarradio, lugares como hospitales sin recursos, barrios sin trabajo, puticlubs sin clientes, solares abandonados, y tugurios de vicio, en fin, espacios sin alma donde han ido a parar los desahuciados sociales, donde nos metemos en restaurantes chinos que tienen su entrada por una lavadora, y que además mientras comes puedes ver a los transeúntes, y estos sólo ven un espejo, o ese barco, oxidado por fuera y bello por dentro, todo un laberinto de pasillos, habitaciones y salones que no tienen fin, de auténtico lujo, donde se celebran bacanales y fiestones de sexo, drogas y alcohol, un mundo de contrastes y pura apariencia, una sociedad en descomposición, donde la riqueza es para unos, y la pobreza para todos. Destacan momentos brillantes como el instante de José Sacristán, donde hace autocrítica de las causas que han llevado a esa situación, o el intenso monólogo de Albert Pla, Pues a mí lo que me gustaría, (que recuerda a otro de los grandes momentos del cine de Lacuesta, el soliloquio de Bárbara Lennie en Los condenados, aunque de tono totalmente opuestos), sin olvidarnos del encuentro con el director del BCE, un Josep María Pou, pletórico, en penumbra y sólo, que parece un trasunto del coronel Brando Kurtz de Apocalipse Now). Lacuesta se ha abierto en canal, ha parido una estupenda película que contiene un derroche de rabia y desesperación, comedia bruta y desparramada, que no deja títere con cabeza, caza al cuello a todos y todos, asombra por su irreverencia y contundencia en algunos instantes, quizás cuando se pone serio pierde algo de fuelle. Una obra que nace como respuesta al momento, pero que aguanta su propia naturaleza y pese a quién pese, no sólo es hija de este tiempo, sino de muchos otros, muy a nuestro pesar. Una extraña mezcla de films como El mundo está loco, loco, loco (1963, Stanley Kramer), Atraco a las tres (1962, José María Forqué), Rufufú (1958, Mario Monicelli), o La Vaquilla (1985), y La escopeta nacional (1978), ambas de Berlanga, donde en esta última tendría su espejo inspirador, si el maestro nos habló del franquismo con su habitual mala leche y actitud negrísima, sería porque este país no tiene otra salida, que reírse a carcajadas y descojonarse de todos y todo, y sobre todo de nosotros mismos, aunque en el fondo de todo el asunto, nos sintamos más amargados y más solos.
En 2011, Carlos Vermut (Madrid, 1980), sorprendió gratamente a todos aquellos que se acercaron a ver su opera prima, Diamond Flash, un terrible, poderoso y febril descenso a las profundidades que fusionaba drama, fantástico, terror y thriller, en la que cinco mujeres, por una serie de situaciones ajenas a sus deseos, cruzaban los destinos con Diamond Flash, un mágico y enigmático personaje. La película, producida con los ahorros del propio director, tuvo un coste de sólo 25.000 euros, no llegó a las salas, pero tuvo gran repercusión en internet, siendo una de las películas más vistas en la plataforma online, Filmin. Tres años después, Vermut aborda su segunda película, ahora son tres personajes, Alicia, una niña enferma, fascinada por el mundo del manga que sueña con ser una Magical girl y le pide un deseo a su padre, quiere un vestido de su heroína, Yukiko. Éste, Luis, un profesor en paro, que por una serie de situaciones, se tropieza con Bárbara, una joven casada con graves trastornos emocionales. El profesor chantajea a la joven con el fin de sacarle el dinero para adquirir el preciado vestido para su hija. También, aparece un hombre del pasado de Bárbara, Damián, profesor retirado, al que le une una extraña vinculación con la joven. Dividida en tres segmentos: Mundo, Carne y Demonio, que reciben como título cada una de estas historias entrecruzadas y fragmentadas. Vermut nos sumerge en su imaginario de una manera sencilla, brutal y fascinante, en su apariencia. El relato está contado con brillantez y estilo, mezcla diversos géneros, si en su arranque parece un drama social, luego se convierte en una poderosa paranoia de terror cotidiano, para acabar en un fascinante ejercicio de cine noir. La película está poblada de innumerables referencias e influencias, desde el mundo de los cómics, el cine coreano reciente, el giallo italiano, la España negra, oscura y trágica, las corridas de toros y la copla (maravillosa la inclusión del tema de Manolo Caracol, «La niña de fuego»), el cine onírico, despiadado y bruto de Buñuel, Belle de Jour (1967) o Tristana (1970), lo metafórico y descarnado de Saura, El jardín de las delicias (1970), Ana y los lobos (1972), el universo de Almodóvar, y lo tenebroso e irreal de la escuela de Lodz, con Kieslowski, Sin fin (1985), No amarás (1988) y Polanski, Respulsión (1965). Vermut ha parido una película brutal y cálida, honesta y descarnada, vomitada desde lo más hondo, terrorífica en su armazón, que inquieta y también, enamora, que sabe explorar en lo más profundo del alma de estos personajes ambiguos y terriblemente cotidianos, extrayendo todo su jugo, exprimiendo sus emociones, inquietudes, complejos, deseos y ambiciones hasta el fin. Un cine local, que recoge eficazmente la idiosincrasia más nuestra, pero elaborando un cine universal y perfectamente comprensible en cualquier rincón del planeta. Un cuento cruel y fascinante que tendría a Alicia y El mago de Oz entre sus aliados, con la suave, cálida y etérea luz de Santiago Racaj, (habitual de las films de Rebollo), que navega entre lo trágico y lo ridículo, un puzzle argumental que invoca al espectador a completar con su imaginación las grietas, subterfugios y habitaciones oscuras que componen su tenebrosa y enmarañada. Vermut es un creador de personajes (maravillosos sus intérpretes) y atmósferas, compone un mundo de espejos transversales y sentimentales que pone en cuestión la difícil frontera que separa la emoción de la razón, la complicada convivencia entre dos maneras de ser y de enfrentarse a nuestras propias vidas.