La última bandera, de Richard Linklater

NI HÉROES NI PATRIAS.

Después de Boyhood, donde a modo de biografía se sumergió en el proceso de la infancia a la edad adulta filmando durante 12 años la vida de una persona, y de Todos queremos algo, su revisión sobre aquellos años ochenta de ambientes universitarios, Richard Linklater (Houston, EE.UU., 1960) desvía su mirada hacia la guerra, o las consecuencias de la guerra, tanto las del pasado como las actuales, y para ello recurre a la novela Last Flag Flying, de Darryl Ponicsan (que sirvió en la Marina en los años 60) también coautor del guión, para relatar un viaje de tres veteranos del Vietnam, que vuelven a reencontrarse, ya que uno de ellos ha perdido a su hijo en la guerra de Irak y demanda su compañía para afrontar este difícil trance. Linklater afronta su cine desde la mirada y conflictos de sus personajes, el relato lo cuentan ellos, y los acontecimientos exteriores adquieren un profundo análisis por parte de los personajes que se retratan, acumulando sus diferentes puntos de vista y siguiendo las formas de actuar ante los conflictos que la trama va generando, nada camina en una sola dirección, todo se enmaraña, y las discusiones y posiciones enfrentadas arrecian en cada uno de sus filmes, en sus diferentes formas de encarar la vida, los problemas y demás situaciones personales.

Aquí, lo que parece un viaje de duelo en el que aparentemente no aparecerán problemas, una vez que llegan para recoger el cadáver, y tras escuchar la versión oficial de los acontecimientos relacionados con la muerte del soldado, Larry “Doc” Shepherd, el padre del soldado muerto, decide no enterrar a sus hijo en Darlington, el cementerio oficial de los caídos por la patria, y llevárselo a su tierra natal en Portsmouth, New Hampshire. A partir de ese instante, los tres compañeros de la guerra iniciarán una aventura que les llevará por diferentes ciudades y hablarán, dialogaran e incluso discutirán, y en algún momento, se enfadaran. “Doc” es el más reflexivo y callado, militar de profesión hasta que fue expulsado, y ahora intenta llevar una vida tranquila a pesar de los palos de la vida, Sal Nealon, es un alcohólico que regenta un bar en una de esas ciudades tranquilas y solitarias, donde aparte de levantar algún ligue de tanto en tanto, sigue fiel a su estilo de soledad y tertulia de barra, y finalmente, Mueller, que ha dado un giro a su vida radical, y se ha convertido en reverendo, en el que pasa el tiempo como pastor y llevando una vida familiar.

El cineasta texano con su habitual descripción de personajes y con brillantez,  nos habla en profundidad de las consecuencias terribles de la guerra (tanto la de ahora, la de Irak, que se asemeja a la de Vietnam, por sus continuas bajas y calamidades en su nefasta estrategia) en el que nos desvelarán que los tres veteranos soldados acarrean un episodio trágico durante la guerra que no han podido olvidar. La película es un drama agridulce, donde también hay espacio para el humor, recordando los viejos tiempos en la guerra, y las variantes de estupideces que vivieron y sintieron, a través de una road movie interesante y sencilla, donde tres hombres deberán enfrentarse a sus ideas, reflexiones y dudas ante las formas de política que envía a jóvenes estadounidenses a morir en la otra parte del mundo, a países que ni quisiera conocen, y además, son incapaces de mostrar en un mapa. El estupendo trío protagonista de la película (otra de las claves del cine de Linklater) capitaneados por la paz y la tristeza que desprende el personaje de Steve Carrel, como el padre del soldado muerto, acompañado por la irreverencia y golfería de Bryan Cranston, el eterno rebelde, y finalmente, el lado opuesto, el reverendo Mueller, que después de años de inquietud sexual, se ha quitado las botas y ahora, tiene una vida muy alejada de todo aquello, una existencia que por el camino ha abrazado la palabra de Dios.

La habilidad y sinceridad con la que nos cuenta la película Linklater, enmarcando a sus personajes en un estilo naturalista e íntimo (no es casual que la película este ambientada en diciembre del 2003, cuando fue capturado Saddam Hussein) convocando a los viejos amigos a volver en cierta manera, a lo vivido en la guerra, aquella en la que se conocieron, aquella en que les tocó compartir aquel episodio secreto y horrible. Unos personajes muy diferentes entre sí, casi extraños, con posiciones totalmente alejadas, y vidas que nada tienen que ver las unas con las otras, emprenderán no solo un viaje más, porque no lo es, sino que vivirán la experiencia del reencuentro de forma real, como si la vida les diese una nueva oportunidad para enfrentarse a aquello que les dolió, aquello que sigue latiendo en su interior, una forma de compartir el dolor junto a los que lo vivieron. Cada uno de ellos encontrará en este viaje-entierro una manera de reflexionar sobre sus vidas, sus años en la guerra de Vietnam, y sobre todo, el orden de las cosas actuales, sobre las decisiones tomadas y las que se dejaron de tomar, la vida vivida y las vidas que no se vivieron, aunque quizás, hay cosas que desgraciadamente, no cambian, o simplemente, solo transmutan para seguir igual, como las malditas guerras que siguen llevándose vidas inútiles que en el fondo no sirven para nada.

Todos los gobiernos mienten, de Alfred Peabody

TODOS LOS HOMBRES DEL PRESIDENTE.

“El periodismo es contar la verdad, defender al débil del fuerte, luchar por la justicia, aportar consuelo y perspectiva para soportar los odios y los temores de la humanidad con la esperanza de un día crear un mundo en el que los hombres celebren sus diferencias en lugar de matarse entre ellos en su nombre”

I. F. Stone

“Una mentira contada mil veces, acaba siendo verdad”, frase pronunciada por Joseph Goebbles, ministro de propaganda nazi, que creó un imperio de mentiras para propagar su discurso nacionalsocialista por el mundo. Una estrategia que continúan los medios de comunicación actuales, sometidos a los intereses económicos y poderosos de las grandes corporaciones, se han convertido en meros altavoces de esos gigantescos grupos de comunicación que hacen y deshacen según les conviene en un mundo cada vez más deshumanizado, mercantilista y egoísta. La aparición de otras miradas, otras voces, y otras reflexiones, ayuda a comprender la convulsa y compleja realidad mundial, acercándonos a la veracidad de la información, a entender la materia intrínseca de los sucesos y a tener ese espacio necesario para reflexionar sobre lo ocurrido desde un prisma humanista, claro y tranquilo. Alfred Peabody, periodista y cineasta de oficio y vocación, ha dedicado su carrera profesional a estos menesteres, ya desde su programa de investigación The Fifth Estate para la CBC (Cadena pública canadiense) donde contribuyó a ofrecer un periodismo alejado de los intereses económicos y ejerciendo su arma arrojadiza ante las mentiras de los poderosos.

Ahora, con la producción de dos grandes críticos del poder como Oliver Stone y Jeff Cohen en la producción, realiza este documento de político, de poderosa fuerza y sumergiéndose en las entrañas oscuras de los mecanismos del poder, un trabajo sobre la prensa, y todas aquellas personas que trabajan para ejercer un periodismo de verdad, independiente y libre, apartado de las “verdades” interesadas de los grandes medios de comunicación. A partir de la figura de I. F. Stone ( 1907-1989) pilar indiscutible de la libertad de prensa, que en los años 60 se convirtió en la voz crítica contra los desmanes del poder y las mentiras políticas que arrojaban contra la población estadounidense a través del semanario If Stone’s Weekly, un diario independiente que se convirtió en un emblema para toda una generación de periodistas y sobre todo, un símbolo para una parte de la población ávida de conocer la verdad y harta de las patrañas estatales. Peabody realiza una película con nervio, inteligencia y brutal, con ese ritmo endiablado de los mejores thrillers políticos de los 60 o 70, como El político, El mensajero del miedo, Cuatro días de mayo, Los tres días del cóndor o Todos los hombres del presidente (del que se hace referencia explícita en la película, además de aparecer como testimonio Carl Berntein, uno de los periodistas que destapó el escándalo del Watergate que acabó con la presidencia de Nixon).

Escuchamos a periodistas que trabajan en los márgenes, en las zangas de la investigación, lejos del mundanal ruido, con independencia y libertad, siguiendo el inmenso legado de Stone, como Amy Goodman desde su canal de televisión Democrazy Now!, Matt Taibbi en las páginas de Rolling Stone o por Glenn Greenwald y Jeremy Scahill desde The Intercept, periodistas en busca de la verdad, de destapar las vergüenzas de unos poderosos que parecen funcionar al margen de la ley y por encima de todo y todos, sacando a la luz temas espinosos y conflictos enterrados como las revelaciones de la NSA sobre el caso Snowden, las fosas comunes ilegales de inmigrantes mexicanos en la frontera, los asesinatos selectivos con drones militares en oriente Medio, o la falsedad de los motivos que justificaron la invasión de Irak, entre otros temas, con la participación de destacadas figuras de la investigación como Noah Chomsky, Michael Moore, hombres a contracorriente, hombres que conocen sobradamente los hilos invisibles del poder, los que manejan los grandes medios como la CBS o la CNN, porque saben que eso genera hábitos y opiniones en la población. Peabody construye un puzle complejo y siniestro sobre los malos usos de la información de los gobiernos y cómo este grupo de hombres buenos y profesionales (recuerdan la figura que interpretaba Cary Grant en Luna nueva, ese jefe voraz y enérgico, que valiéndose de sus artimañas para no perder a su mejor periodista, y así esclarecer la verdad para salvar a un inocente) se dedican a recabar información y llegar hasta el quid de la cuestión, a través de sus medios digitales, su fuerza narrativa y su mente creadora para esquivar los obstáculos del poder y presentar una información veraz, inteligente y necesaria.

I Am Not Your Negro, de Raoul Peck

EL ACTIVISTA INDOMABLE.

“La ignorancia, aliada con el poder, es el enemigo más feroz que la justicia puede tener”

James Baldwin

La mirada incisiva y compleja de Chris Marker (1921-2012) uno de los cineastas más grandes, o quizás el más grande, en abordar los problemas políticos, sociales y culturales de la sociedad, a través de fascinantes ensayos fílmicos donde se cuestiona la validez de las imágenes, su función y las consecuencias que provocan, se convierte en la figura guiadora de buena parte del cine de Raoul Peck (Puerto Princípe, Haití, 1953) un realizador de raza negra que ha explorado de forma crítica todos los problemas raciales, tanto de su país como de naciones donde el problema negro persiste, con títulos como Lumumba, la muerte de un profeta (1990), documento sobre la figura del líder independentista y primer ministro del Congo independiente, que tuvo su película de ficción en 1990, en Siempre en abril (2005) investigaba el genocidio de Ruanda, y en Moloch tropical (2009) y en Murder in Pacot (2014) se centraba en los conflictos raciales de Haití, entre otros.

En I Am Not Your Negro, estructura su película a través de tres vías que confluyen en solo una: primero, tenemos la figura de James Baldwin (1924-1987) activista negro, intelectual y homosexual, que se posicionó abiertamente, a través de un discurso crítico, reflexivo e inteligente, en el que explica los orígenes del problema racial de EE.UU., sus consecuencias en la sociedad y caminos para solucionar un problema complejo que afecta al conjunto de todos los ciudadanos del país. Después, las distintas reflexiones escritas por Baldwin en un libro nunca publicado, Remember This House, un ensayo que analiza la segregación racial desde múltiples puntos de vista, a través de tres de los activistas negros más influyentes, amigos de Baldwin, que fueron brutalmente asesinados: Medgar Evers, en junio del 63, Malcolm X, en febrero del 65, y Martin Luther King Jr., en abril del 68. Peck, a través de la voz del actor Samuel L. Jackson que va leyendo las partes y fragmentos que escribió Baldwin, y finalmente, pueden ver la luz. Y para terminar, las imágenes de archivo (en un trabajo concienzudo de found footage) en el que Peck nos muestra imágenes que abarcan más de medio siglo de la historia racial de EE.UU., desde películas de los años 30 hasta las últimas movilizaciones producidas en el país, tanto imágenes documentales (de manifestaciones, enfrentamientos de negros con la policía, humillaciones de blancos contra negros, etc…) como extraídas de televisión (en el que vemos a Baldwin explicando sus reflexiones y debatiendo junto a otros…) y cortes de películas de Hollywood, donde se trata el problema racial, de un modo partidista, en el que el negro siempre tiene las de perder.

Peck construye un brutal y magnífico ensayo fílmico, siguiendo la mirada ya mencionada de Marker, a las que podríamos añadir las de Kluge o Godard, en las que analiza de forma precisa y crítica la naturaleza de las imágenes, y los diferentes contextos en las que fueron creadas y cómo han servido para crear una imaginario en el público, unas imágenes que nunca son inocentes, con la firme intención de posicionar a los espectadores en el lado del hombre blanco como ciudadano de primera en EE.UU., dejando fuera a todos aquellos de diferente raza. Las palabras de Baldwin resuenan profundamente en nuestras conciencias, consiguiendo analizar todos los problemas raciales desde aquellos años 60 hasta nuestros días, unos conflictos que perduran en la sociedad, unas reflexiones que asustan debido a su vigencia absoluta, en la que Baldwin construye un discurso que abarca todas las cuestiones dejando sin replica a todos aquellos que intentan rebatirle. Peck, no sólo cuestiona los problemas raciales que siguen viviendo en la actualidad, sino que reivindica la figura de un hombre de oratoria fascinante, un humanista indomable, un activista que siguió manteniéndose en pie a pesar del país que le tocó vivir, de pertenecer a una raza machacada, ignorada e invisible.

Fences, de Denzel Washington

fencesLOS PATIOS TRASEROS.

Nos encontramos a mediados de los años cincuenta, en Pittsburg, en uno de esos barrios obreros donde subsistían gentes humildes con empleos poco atractivos, que vivían con sus familias en ristras de casas con pocos lujos, y que pasaban los fines de semana, después de una dura semana de trabajo, entre cervezas en el bar de siempre, haciendo chapuzas en casa o compartiendo recuerdos de otro tiempo entre amigos en los patios traseros. La tercera incursión en la dirección del prolífico y laureado actor Denzel Washington (Mount Vernon, Nueva York, 1954) después de una larga carrera como intérprete que le ha llevado a trabajar con directores de la talla de Attenborough, Spike Lee, Pakula, Demme, Fuqua o Ridley Scott… consiguiendo dos preciadas estatuillas de la Academia, ha tenido tiempo para dirigir dos películas, en el 2002 Antwone Fisher, la vida de un joven marino que tiene que superar un pasado traumático, y cinco años después, dirigió The great debaters, en la que seguía los pasos del profesor Melvin B. Tolson, docente que alimentó los debates humanísticos entre sus alumnos.

Stephen McKinley Henderson plays Jim Bono, Denzel Washington plays Troy Maxson and Russell Hornsby plays Lyons in Fences from Paramount Pictures. Directed by Denzel Washington from a screenplay by August Wilson.

En Fences, que Washington ya había interpretado en las tablas de Broadway, escrita por August Wilson, premio Pulitzer, también se hace cargo de dirigirla, coproducirla y además, interpretar el rol del protagonista, Troy Maxson, el eje del cual gira toda la trama. Troy es un hombre de mediana edad de raza negra, trabaja recogiendo basura junto a su fiel amigo Bono, que le escucha y aconseja cuando debe, vive en una casa que ha pagado letra a letra con el sudor de su frente, que apenas tiene cuatro comodidades, pero es su casa, junto a él su mujer, la compañera Rose, mujer paciente que ama con locura a Troy, también, está su hijo, un vástago que sueña con ser jugador de fútbol profesional, su padre probó suerte con el beisbol, pero en su época se prohibía a los negros jugar con los blancos, y cuando se levantó la prohibición, Troy ya era demasiado mayor, trauma que no lo abandonado desde entonces. Por la casa, también se dejan caer un hijo treintañero de Troy que sueña con ser músico, y el hermano pequeño de Troy que, la maldita guerra lo ha dejado retrasado mental.

Denzel Washington plays Troy Maxson and Jovan Adepo plays Cory in Fences from Paramount Pictures. Directed by Denzel Washington from a screenplay by August Wilson.

Como le ocurría a Willy Loman de Muerte de un viajante (con la que guarda cierto parentesco, dicho sea de paso) o a Eddie Carbone de Panorama desde el puente, ambas piezas teatrales de Arthur Miller, Troy es un “looser”, un perdedor en toda regla, alguien que nunca a llegó a coger las oportunidades que se le presentaron en la vida, ese tipo de personas que crecen en ambientes conflictivos, que a corta edad tienen que buscarse el pan y sufrir penurias de todo tipo, que en muchas ocasiones acaban con sus maltrechos huesos en alguna penitenciaría perdida de algún pueblucho al que llegaron escapando y no encontraron ningún provenir. Esos tipos que llamados a ser alguien en la vida, quedaron por el camino, sucumbidos a la dureza de una sociedad implacable que convierte en sueños rotos las esperanzas de los de abajo, como también describió la mirada de Miller. Troy es un pobre hombre que en su afán de querer proteger a su familia, acaba por pagar con ellos las desilusiones que ha tenido que acarrear en su existencia, todas aquellas esperanzas caídas en saco roto como tantos otros jóvenes que fueron soldados en la segunda guerra mundial, y nunca levantaron cabeza, quedando convertidos en sombras desdibujadas de las vidas que aparentemente les esperaban como el Terry Malloy (Marlon Brando) en La ley del silencio o el Charlie Davis (John Garfield) en Cuerpo y alma, por citar sólo a un par.

Denzel Washington plays Troy Maxson and Viola Davis plays Rose Maxson in Fences from Paramount Pictures. Directed by Denzel Washington from a screenplay by August Wilson.

Washington no oculta el origen teatral de la película, le saca todo el provecho que el texto le permite, conjugando inteligentemente todas las piezas del entramado, unos jugosos personajes que aportan carisma, realismo y veracidad, entre los que destacan el propio Washington dando vida a Troy, dotando a su personaje de energía, oscuridad y complejidad, Stephen Henderson dando vida a Bono, el amigo fiel, confesor y paternal, que es un fiel compañero, aunque también le aconseja por donde nunca debe tirar a Troy, y finalmente, Viola Davis, magnífica intérprete que nos regala una actuación de órdago, en una composición llena de matices, detalles, y miradas, construye un personaje maternal, firme y lleno de dignidad. Quizás el excesivo metraje (las película se va a los 139 min) alarga algunas situaciones dramáticas, pero que no enturbian demasiado el resultado final. Una película que combina con agilidad la alegría y la amargura, los momentos tensos entre el matrimonio, y el padre y el hijo, y la desazón amarga que deja toda la película, en su fiel y realista descripción de los barrios que nada tenían que ver con el American way of life, tan vendido después de la guerra, y los ambientes humeantes y polvorientos, de claroscuros, y miseria moral, que se manejaban muchos de los desplazados de la sociedad.

Jackie, de Pablo Larraín

jackie_posterUNA MUJER FRENTE AL ESPEJO.

“Nancy, ya no soy la primera dama. Puedes llamarme Jackie”

El viernes 22 de noviembre de 1963, alrededor de las 12:30, en la ciudad de Dallas, moría asesinado John Fitzgerald Kennedy, el trigésimo quinto presidente de los EE.UU. La película de Pablo Larraín (Santiago de Chile, 1976) arranca con la entrevista que un periodista hará a su viuda Jacqueline Kennedy, en la que esta hablará de frente, sin tapujos ni nimiedades, sobre los tres días siguientes al fatídico suceso. El cine de Larraín en el que la búsqueda, tanto física como interior,  estructuran su discurso, que se inició en el 2006 con Fuga, en la que un mediocre músico buscaba el espíritu de un colega atormentado, a la que siguieron vehículos políticos centrados en diversas experiencias en torno a la dictadura de Pinochet, Tony Manero (2008) y Post mortem (2010), y No (2012), en El club (2015) exploraba las miserias de cuatro sacerdotes recluidos en una casa en la que tenían que expiar sus pecados, y finalmente en Neruda, realizada el año pasado, filmaba los sucesos ambientados en 1948, cuando González Videla, presidente de Chile, mandó arrestar al político y poeta Neruda, porque este denunció el acecho contra el partido comunista del que era diputado. Larraín huye de la figura universal de Neruda, para desmitificarlo en todos los sentidos, y hacerlo un tipo de carne y hueso, con sus alegrías y tristezas, sus dudas y sus miserias, filmándolo en continua huida y en una existencia oscura llena de contrastes.

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En Jackie, continúa por los mismos parámetros, describiendo a una mujer desolada y rota por el dolor, con manchas de sangre de su marido todavía en el vestido, desnudándola en todos los sentidos, colocando su foco, no solamente en su rostro, sino en su alma, en esas 72 horas fatídicas donde el mundo de oropel adornado con flores frescas se vino abajo en un instante, el tiempo que duró el disparo que penetró en la cabeza de su marido, JFK. Larraín filma el primer plano de Jackie, su personaje nos contará la versión de los hechos, y lo hará de forma franca, mirándonos a nosotros, acariciando cada palabra, cada gesto, centrándose en cada detalle, cada mirada, cada instante que vivió en esas horas durísimas, en las que tuvo que mantenerse firme y clara, y estudiando cada acto y situación, ya que todo el mundo estaba pendiente de ella. El cineasta chileno captura al personaje invocando a la mujer que vive en su interior, mira a su personaje de frente, extrayendo su espíritu, lo que no vemos, desnudándola en todos los sentidos, tanto emocionalmente como físicamente, penetrando en el alma de una mujer que debe empezar de nuevo, dejar lo vivido, despertar del sueño, y volver a mirarse hacia dentro, valorando la figura de su marido, hablando al mundo de su legado, y de su memoria.

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La película está contada a través de flashbacks, en las que nos muestran todos los instantes de esos tres días, desde el magnicidio hasta el entierro, en los que Jackie habla de todos los preparativos del funeral de su marido, con su cuñado, Bobby Kennedy, su asistente Nancy, sus hijos, el vicepresidente Lyndon B. Johnson, nombrado presidente el mismo día del asesinato, y el secretario de defensa de éste. Larraín nos habla de la intimidad de una mujer rota, una mujer que deberá mirarse de frente, una mujer expuesta no sólo a los ojos de una nación, sino a los de todo el mundo, en aquellos convulsos años 60, donde la televisión empezaba a ser un instrumento al que se tenía que tener muy en cuenta. Larraín filma su película con un tono naturalista, casi como un documental, un cinema vérite,  como si estuviéramos asistiendo a un ensayo de aquello que fue, una película/retrato/personaje, que nada tiene que ver de los típicos biopic made in Hollywood donde se ensalzan figuras, en el que nos muestran a un personaje como nosotros, con su dolor, sus miedos e inseguridades, y todo aquello que queda fuera del objetivo mediático, la realidad que te persigue a diario, la verdad de quién eres realmente, el reflejo que el espejo te devuelve cada mañana.

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Una película con aroma de gran cine político y humano, sobe la desmitificación de un personaje, para mostrar su mirada, su gesto y su cuerpo, alejado de lo que conocemos de él, filmándolo al natural, no como una celebridad, sino como un ser humano, como hizo John Ford con El joven Lincoln  o Spielberg con el mismo personaje en Lincoln (2012), o Sorrentino con Andreotti en Il divo (2008), o Sokurov en su trilogía sobre las figuras políticas del siglo XX, en Moloch, Taurus y Sol, o Albert Serra con sus retratos sobre figuras históricas, extrayendo la esencia de la figura, en muchas ocasiones muy alejada de la imagen que teníamos. También, la película se acerca al espíritu de Vincere (2009), en la que Bellocchio se acercaba a la figura de Mussolini a través de su amante Ida Dasler, o las películas de Oliver Stone sobre figuras políticas, desde Nixon (1995) pasando por Fidel Castro o Hugo Chávez, o JFK (1991), con la que guarda algunas similitudes, como la utilización de imágenes de archivo reales con las imágenes de ficción de la película, creando un retrato inteligente y audaz que, no sólo aporta una verosimilitud extraordinaria a todo lo que se cuenta, sino que involucra de una forma humanista a los espectadores.

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Amén de la interpretación asombrosa y naturalista de una inmensa Natalie Portman, que hace un retrato excelente de Jacqueline Kennedy, mostrándonos una persona como nosotros, con sus defectos y virtudes, fuera del foco, caminando como una sonámbula en medio del caos que reina en su vida en esos tres días infernales que tuvo que (sobre)vivir como fuese. A su lado, brillan Peter Sarsgaard como Bobby, Greta Gerwig (la heroína del cine Baumbach) aquí como la asistenta de la primera dama, y John Hurt, en una de sus últimas apariciones, como el cura que habla con Jackie para darle un poco de luz en esos días tan oscuros. La fotografía de Stéphane Fontaine (habitual de Desplechin) con tonos opacos, en un ejercicio de luz naturalista ejemplar, y el montaje, mezclando tomas largas con planos medios, obra de Sebastián Sepúlveda, que ya estuvo en El club, y la producción del habitual de Larraín, Juan de Dios Larraín, y el cineasta Darren Aronofsky, hacen de Jackie una película cercana, mostrando una mujer próxima, con dudas y conflictos interiores, que debe seguir con vida después del naufragio, una mujer serena, perdida que, deberá lamerse sus heridas y seguir en pie, con dignidad y enfrentándose a todos, y sobre todo, a ella misma para seguir caminando.

Callback, de Carles Torras

callback_poster_cas_70x100SER UNO DE ELLOS.

«¿Te sientes cansado? ¿Estás decaído?

La solución a tus problemas no es huir de la ciudad.

Esta aquí, en esta lata.

Bebe Mega Boost y te sentirás bien».

El artista pop Andy Warhol acuñó la frase: “En el futuro todo el mundo será famoso durante 15 minutos”, término que se ha convertido en el estandarte de muchísima gente, que dedica su vida para conseguir ese momento, de fama, de celebridad, de conseguir agradar a todos y convertirse en una especie de imagen a la que imitar y seguir, y si hay un país que continuamente vende ese mito es EE.UU., sus líderes propagan su discurso nacionalista de que su nación es la tierra prometida, la tierra de las oportunidades en la que cualquier persona, sin importar su condición, raza, sexo o religión puede conseguir lo que se proponga. Ese éxito de popularidad, fama y dinero que sacará de su vida al looser para convertirse en un triunfador.

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El cineasta Carles Torras (Barcelona, 1974) en su cuarto largo, explora ese mundo a través de la figura de Larry de Cecco, un inmigrante latino que se gana la vida como mozo de mudanzas, introduciéndose en casas y vidas ajenas, espacios a los que aspira, a esa vida soñada que le proporcionará su sueño de convertirse en actor profesional de anuncios publicitarios, a los que acude con asiduidad. Torras sigue centrado en ese mundo de lobos solitarios y seres de difícil adaptación en una sociedad vertiginosa y deshumanizada, como los jóvenes de buena familia que acababan cruzando el lado tenebroso y cometiendo abusos a los demás en un mundo dominado por drogas, sexo y dinero, en Joves (2004, filmada junto a Ramón Térmens), en su segundo largo Trash (2009) indagaba en las relaciones personales superficiales de usar y tirar y la banalidad del amor de nuestro tiempo, en su tercer trabajo, da un giro a su carrera y filma Open24h (2011), un minucioso ejercicio minimalista en blanco y negro sobre la dura existencia de un vigilante nocturno y su vida miserable.

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Todos ellos, seres inadaptados, tipos con serios problemas de aceptar un mundo al que no consiguen pertenecer, un mundo demasiado alejado de su percepción, tipos abocados a la miseria moral y al borde de la locura en todo momento. Larry de Cecco (magníficamente interpretado por el chileno Martín Bacigalupo, coguionista del filme, un personaje que fascina y aterra a partes iguales) es uno de esos tipos, como podrían serlo aquellos cowboys que se negaban a aceptar la velocidad y los cambios de una sociedad que no los admitía y los convertía en proscritos, o los Travis Bickle que volvían del infierno de Vietnam y tampoco lograban ser uno más en esta vorágine social que miraba hacia otro lado ante las injusticias y la pobreza. De Cecco lleva una vida aparentemente normal, pero sólo en apariencia, su vida, sencilla y humilde, se mueve de un lugar a otro, haciendo todos los posibles por seguir su sueño y convertirse en ese actor que tanto ansía, pero la cruda realidad de mozo de mudanzas, un trabajo para ir tirando, con un jefe antipático y rudo, que no le tenderá la mano cuando lo necesite, o la chica que se hospeda en su casa, y a la que De Cecco parece ver en ella algo más, y también, se tropezará con ese muro que brilla pero que encierra una realidad dura, triste y fría.

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Torras, junto a su equipo ha levantado un proyecto cooperativista que rezuma al cine independiente americano que ha sacado la mugre de debajo de la alfombra, criticando las miserias de una sociedad demasiado tradicionalista y ultraconservadora, como esas proclamas salvajes y falsas que escucha nuestro protagonista en las sesiones sicóticas de la iglesia evangélica a las que asiste para ser uno como ellos. Un retrato social y político, disfrazado de thriller psicológico, sobre el verdadero rostro de muchos que llegados de otras partes del mundo más desfavorecidas acaban en la ilegalidad de un país que vende humo y ficciones de luces de neón, que entran bien por los ojos, pero salen por las cloacas de la inmoralidad. La fotografía de tonos grises y apagados en un Nueva York alejado de la postal, obra de Juan Sebastián Vásquez (habitual de Torras) refuerza ese mundo de apariencia, de irrealidad, de pesadilla en el que se encuentra De Cecco, alguien que rechaza sus orígenes, porque su vida se ha convertido en un triunfo sólo por estar allí y querer ser uno de los americanos blancos, bien pensantes, ignorantes, nacionalistas y conservadores, que no solamente ama y cree en su país, sino que lo pone como ejemplo ante el resto del mundo.

Entrevista a Elia Urquiza

Entrevista a Elia Urquiza, directora de «Next». El encuentro tuvo lugar el martes 8 de diciembre de 2015, en el Parc de la Ciutadella de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Elia Urquiza, por su tiempo, generosidad y cariño, a Pablo Caballero de Márgenes, por su amabilidad, paciencia y afecto, y al equipo de Playtime Audiovisuales por ayudarme y facilitarme tanto las cosas, y sobre todo, por seguir creyendo en un cine necesario, vital y a contracorriente.

Los odiosos ocho, de Quentin Tarantino

581051UNA CABAÑA EN WYOMING.

La 8ª película de Quentin Tarantino (Knoxville, Teneessee, 1963), como rezan sus créditos, arranca de forma lacónica, y casi podríamos añadir, con una imagen mítica del género. Un encuadre de Jesús crucificado – que parece anticipar el destino de los personajes- donde irán apareciendo los títulos, da paso a esa imagen de la que hablábamos, una diligencia se aproxima hacía nosotros, que recuerda a aquella de Ford, ahora no cruza el desierto inhóspito plagado de indios, sino las montañas nevadas de Wyoming, unos años después de la Guerra de Secesión. El talentoso cineasta estadounidense parece retomar algunas situaciones y formas de su ejemplar debut, Reservoir dogs (1992), en aquella nos sumergía en el alma de un grupo de desalmados ladrones que medían sus cuentas en un almacén, un único escenario y rodeados de seres malcarados, es el viaje al infierno que nos propone Tarantino en su última película.

Mantiene algunas líneas formales y argumentales de su anterior película, Django desencadenado (2012), donde un esclavo negro ayudado por un cazarecompensas alemán, decide liberar a su mujer de las garras de un esclavista sanguinario. Los odiosos ocho, transcurre en el mismo período que la anterior, aunque esta vez, el paisaje ha sufrido una gran variación, de las cálidas tierras del sur, de plantaciones de algodón de Mississippi nos ha trasladado al norte, a las montañas nevadas de Wyoming. En la diligencia en cuestión, viaja un desconfiado cazarecompensas, John Ruth, apodado “La Horca”, porque sus capturas siempre acaban en ese trance, lleva consigo, y literalmente, esposada a él, a Daisy Domergue, una asesina que será ajusticiada en Red Rock, por el camino, se encuentran a otro colega del negocio, Marquis Warren, un negro veterano del ejército yanqui, de verborrea inteligente, lleva consigo una carta del mismísimo Lincoln, que utiliza como salvoconducto, se les añade en el camino, Chris Mannix, un tipo despistado del ejército confederado. Una tormenta de nieve les obliga a detenerse en la parada de diligencias llamada “La mercería de Minnie”. Allí se encontrarán a Bob, un mexicano parco en palabras, a Oswaldo Mobray, un hombrecito con pintas de inglés refinado que dice ser el verdugo de Red Rock, a Joe Gage, que apenas masculla alguna palabra, pero lo anota todo lo que sucede en su cuaderno, y finalmente, a Sandy Smithers, un anciano veterano general de los Confederados. Presentados los contrincantes de este juego macabro que, lentamente se irá convirtiendo en una trama de suspense a lo Hitchcock, donde nunca sabremos quién dice la verdad y quién miente.

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Tarantino es un magnífico cineasta de ambientes tensos, donde la violencia va in crescendo, sabe manejar este tipo de situaciones donde el suspense se apodera del relato y las acciones dejan paso a los diálogos. También, maneja de forma ejemplar, a sus intérpretes, los mueve de forma cadenciosa por el decorado, situándolos en el lugar que mejor los describe, y sin prisas, nos los va presentando, y a su debido tiempo, dotándoles del protagonismo que se merecen. Todo tiene que ocurrir de forma que el espectador no pierda la atención y el interés por lo que se cuenta. El western, género por excelencia que tradicionalmente ha representado la historia de los Estados Unidos del momento, desde los clásicos, donde los indios eran los malvados, en los 50, el ideal americano, donde en algunos los indios empezaban a tomar otro tipo de protagonismo, en los 60, los spaguetti, y en los 70, los pacifistas y crepusculares, para volver, en plena era Reagan, a la épica y el establishment. La película de Tarantino se puede también ver desde el punto de visto político de la situación actual de los EE.UU. y los problemas raciales de los últimos años. En su película, no faltan las alusiones a este tema y demás cuestiones, el único negro de la función, suelta cosas como “Los blancos sólo se mantienen protegidos cuando los negros no llevan armas”, y cosas del estilo. Tarantino ha hecho un película espectacular, mantiene sus dosis de violencia desatada tan habituales en su cine, quizás aquí no es irónica, es bruta y sucia, con los años, y las películas, el director estadounidense ha filmado la violencia con más dureza y horrible, quizás el país y sus acontecimientos le han obligado a mirarla de esa forma.

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Sus “odiosas” criaturas viven en un mundo atroz y salvaje hasta la saciedad, nada ni nadie está a salvo, aunque vaya armado, todos desconfían de todos, todo mienten como bellacos, el ambiente se ha vuelto malsano e irrespirable, parece que la única forma de salir con vida del entuerto es liarse a tiros con todos, y tener alguna posibilidad por mínima que sea. Tarantino vuelve a contar en el score con Morricone, que fabrica una banda sonora elegante y envolvente, “marca de la casa”, contribuyendo a crear esa atmósfera que acabará en ese descenso a los infiernos sin fondo, en este viaje terrorífico de malvados y deshumanizados que tienen el gatillo fácil. Tarantino vuelve a ponerse a las órdenes de sus habituales productores, los Wenstein, y el cinematógrafo Robert Richardson, habitual de Stone y Scorsese, que realiza el cuarto trabajo junto al director de Knoxville, ahora el reto ha sido filmar en Ultra Panavision 70 mm (la última película filmada con este formato fue Kartum, en 1966), que consigue filmar todo el esplendor de los exteriores con la belleza de la nieve y la diligencia, sino en captar esa intimidad que se desarrolla en el interior de esa cabaña, que acapara dos tercios del metraje. El plantel de intérpretes, plaga de colaboradores, destaca la presencia del inmenso Samuel L. Jackson, con sus dosis de ironía y sarcasmo, y los Russell, Madsen, Roth, Dern, el mexicano Bichir, y la sorpresa de Goggins, y sobre todo, la brutalidad física y animal de la única fémina del cuadro, Jennifer Jason Leigh, avasalladora y magnífica perra inmunda que hará lo que sea para salvar el pellejo. Tarantino vuelve a enamorarnos con una obra magnífica, una elegante pieza de cámara de ritmo endiablado que no olvida a sus referentes (Corbucci, Leone, Hawks, Peckinpah, Godard…), que se saca licencias como la inclusión de una apertura, o un “intermedio”, donde detiene su película 15 minutos, y al volver, con su propia voz, nos explica todo lo ocurrido mientras descansábamos. Un director sobresaliente que pare películas entretenidas, – la película alcanza las 3 horas dominando un ritmo que va desde lo clásico a lo posmoderno sin un ápice de escapismo ni adorno de cara a la galería- películas comprometidas socialmente, de su tiempo, y sobre todo, películas profundas y personales, contadas desde la autoría que Tarantino tanto ama y reivindica de los maestros y del cine que hacían.

Robles, duelo al sol, de Sonia Tercero Ramiro

robles-duelo-al-solSIN DEJAR RASTRO

“Las personas desaparecen pero las cosas que han hecho no. Sus obras, los edificios, su rastro, se queda”

A lo largo de la historia de la humanidad, hubo sucesos o casos que por mucho que algunos se empeñaron en hacer desaparecer, en borrarlos, en no dejar rastro de su existencia, el tiempo nos demuestra que en algunas ocasiones aquellos intentos resultaron inútiles, y la historia los acaba desenterrando y les devuelve la luz que otros se empeñaron en que no tuviese. El caso de José Robles Pazos fue uno de ellos, intelectual y profesor, y afín al gobierno de la República, desapareció sin dejar rastro en Valencia durante la Guerra Civil Española, una noche de noviembre de 1936. Nada más se supo de él, ni su familia, ni amigos, nadie que lo conoció sabía que le había ocurrido en realidad. La cineasta madrileña Sonia Tercero, con amplia experiencia en la producción y dirección de documentales, se ha sumergido en la vida de Robles, amigo del escritor de John Dos Passos y traductor de su obra “Manhattan Transfer”, que trabajó en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore como profesor de español durante 16 años.

La película recoge aquellos años de los periodistas foráneos en la guerra, la amistad íntima de Robles y Dos Passos, la ruptura política entre Dos Passos y Hemingway, y el viaje que hizo el escritor norteamericano a España en busca de su amigo desaparecido. El proceso de investigación empezó hace dos años y medio con la lectura de “La Ruptura”, un libro de Stephen Koach, que relata el desencuentro de Dos Passos y Hemingway, de ahí pasó a “Enterrar los muertos”, de Ignacio Martínez de Pisón, que sirvió para que la hija de Robles limpiara el nombre de su padre acusado injustamente de espía, y finalmente “Idealistas bajo las balas”, de Paul Preston, donde se daba buena cuenta de los periodistas extranjeros que vinieron durante la Guerra a España. Tres novelas que son la base de este viaje de investigación sobre lo que ocurrió con Robles y el legado de su trabajo y memoria. Tercero ha asumido el rol de investigadora arqueóloga, de desenterradora de la memoria, viajando a los lugares donde vivió Robles, la película arranca con John Dos Passos Coggin, nieto del escritor americano, el joven visita los lugares donde estuvo su abuelo, los edificios de la Gran Vía, el emblemático edificio de Telefónica, las calles del Madrid viejo, el campus de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore, el pueblo de Fuentidueña de Tajo, donde se desarrolló el rodaje del documental Tierra de España, de Joris Ivens. Lugares de la memoria, escenarios donde se fraguó la batalla, en aquellos años de guerra, de incertidumbre, miedo y muerte. La película muestra cartas de los implicados, como las que escribió el propio Robles, Dos Passos o la viuda de Robles, Márgara Fernández Villegas, donde se cuenta aquellos años oscuros de guerra, y se esclarecen diversos enigmas de lo que sucedió.

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La cinta arroja luz allí donde puede, y deja entrever el destino fatal de Robles en manos de los estalinistas a los que la guerra les llevó a otros intereses. A través de las imágenes de archivo y fotografías, que se confunden con las actuales, en un universo fascinante que la película logra fundir, pasado y presente en uno sólo, un escenario soñado donde Robles cobra vida y nos mira a nosotros. Los testimonios de la película, Martínez de Pison, Preston, la sobrina de Robles, la hija de Dos Passos, historiadores e investigadores logran arrojar luz, no toda la que desearían, porque todavía hay puertas que no se pueden abrir. Testigos y expertos que explican al Robles más íntimo y familiar, y aquel cúmulo de intereses políticos entre las fuerzas republicanas con la entrada en la guerra de los servicios secretos soviéticos, aquellos que purgaron a cientos de personas a las que consideraban traidores y enemigos de la causa comunista. Una guerra propia, entre hermanos, como ocurrió en el caso de Robles, que su hermano luchó en el bando franquista, que derivó a una ajena, donde los extranjeros vinieron a hacer su guerra y arrasaron con todos aquellos que veían contrarios a la patria, según les parecía. Tercero logra edificar una película contundente y política donde consigue domar todos los datos para descifrar algunos enigmas sobre el destino de Robles, y sobre todo, las relaciones oscuras y terroríficas que se fraguaron durante la guerra. Una película que recoge el espíritu de Asaltar los cielos, donde Rioyo y López Linares retrataban el caso de la muerte de Troski a manos del pistolero Ramón Mercader, donde nos mostraban hasta qué punto los intereses de los poderosos estaban por encima y decidían la vida de las personas, afines a ellas, en un principio, pero contrarias más tarde. Diversos géneros y formas se manifiestan en la cinta de Tercero, desde el documental de investigación y recuperación de la memoria, al cine político de espías, el western crepuscular, pasando por el cine negro más oscuro, rememorando aquellas películas donde nada es lo que parece y todos huyen sin saber porqué. El final para algunos idealistas y románticos, o el despertar para otros que vieron como sus ilusiones se veían eliminadas por intereses de otro color y condición. Un cine que desentierra a uno de los personajes más olvidados de aquella guerra donde se disparaba a todos y todos parecían ir contra todos.

El Visionario. El hombre que predecía la economía mundial, de Marcus Vetter

poster_castEL HOMBRE QUE SABÍA DEMASIADO

En un momento de la película, alguien suelta la siguiente premisa: «Quién domine la economía, dominará el mundo». El experimentado realizador Marcus Vetter (Alemania, 1967), con larga trayectoria en el mundo documental nos sumerge en un fascinante y laberíntico baile de cifras, valores, mercados financieros y sobre todo, en un mundo donde nada de lo que vemos parece real, todo se mueve entre sombras y espectros, donde unos juegan y siempre ganan, y otros, nunca juegan, y cuando lo hacen, siempre pierden. Uno de esos personajes es Martin Armstrong, un economista e informático, que se convierte en el absoluto protagonista de la cinta, no se trata de una biografía al uso, sino en concentrarse en el éxito financiero que obtuvo Armstrong en los años 80, cuando diseñó un modelo de predicción basado en el número Pi, y luego el caso que lo condenó al ocaso. Armstrong ideó un modelo de gran precisión que anticipó algunas de las crisis con exactitud de reloj suizo como la Guerra del Líbano del 82 y la burbuja del índice Nikkei en diciembre del 89. Los banqueros más poderosos de Nueva York lo invitaron por todos los medios a su alcance a que formara parte de sus equipos, pero Armstrong siempre se negó. Hecho que lo condujo a una acusación de estafa y conspiración. El FBI requisó toda su documentación y se enfrentó a un delito de estafa por valor de 3000 millones de dólares. En el 2001 ingresaba en una prisión federal donde acabó pasando 11 años de su vida.

La película se detiene en el caso que hundió a Armstrong hablando con el propio protagonista, además de todos sus colaboradores y familiares, todos ellos nos ponen en antecedentes de lo ocurrido, nos desvelan detalles precisos y datos que nos llevan a pensar en una conspiración bien armada por los más poderosos para acabar con el negocio de Armstrong. La cinta arranca en el 2012, cuando Armstrong ha cumplido su condena, y asiste a realizar un seminario de economía donde vuelve a reencontrarse con todos los allegados de su equipo profesional. Luego, la cinta nos irá contando su modus operandi que utilizaba para prever las crisis y desastres financieros mundiales. Para centrarse, en el grueso de la trama, del caso que le llevó a prisión. Un caso lleno de sombras y zonas muy oscuras que implicaba al gobierno de Rusia, el FMI y uno de los bancos más poderos de Nueva York. Un caso que a día de hoy sigue sin desvelarse. Se describe minuciosamente el verdadero linchamiento al que fue sometido Armstrong, un juicio donde se le acusó injustamente con pruebas falsas, y tiempo después, cuando el Republic National Bank declaró su culpabilidad, el juez encargado del caso, quizás movido por hilos de las altas esferas, lo mantuvo en prisión. A pesar de las innumerables ofertas, primero, y luego coacciones y chantajes, Armstrong nunca desveló la clave de su modelo económico infalible. Quizás, el quid de la cuestión, que le mantuvo tantos años privado e libertad.

Un documento demoledor contra el sistema económico mundial, su modo de operar, basado en un funcionamiento ilegal fuera del alcance de la ley, donde las grandes operaciones financieras lo dominan todo, dirigen países, gobiernos y toda clase de poderes. Vetter ha realizado una obra de gran ímpetu fílmico, a modo de aquellas grandes obras de gran calado político de los 70 que dirigieron cineastas de la talla de Pollack, Pakula, Costa-Gavras… Una cinta desarrollada de forma brillante, aportando y documentando todos los datos y fuentes de primera mano, siguiendo el caso como si fuese un investigador experto, lástima que el juez y el fiscal no hayan querido participar en la realización de la película, porque quizás ellos si que tienen la clave de acceso a la información oculta que abriría las puertas que hacen falta para saber la verdad. Porque aunque el poder siempre se resista a desvelar la verdad, ésta, con el tiempo aparecerá, aunque llegados a ese momento, conoceremos todos los detalles del caso, quizás ya sea demasiado tarde, porque la frenética actualidad nos habrá sometido a otro nuevo caso sin resolver.